chicas el regalo 5to capitulo...

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Capítulo 5

La temperatura a las once y media, rondaba en torno a los treinta grados, como era lo normal en Broome, en el mes de junio. La brisa del mar no empezaba a soplar hasta más tarde.

Bella había pasado toda la mañana decidiendo qué iba a ponerse para salir a comer con Anthony. ¿Debería hacer un esfuerzo y arreglarse un poco, o debería ir sólo con pantalones cortos y camiseta?

Estaba un poco más calmada, después de una noche de sueño. Sabía que el día anterior, había tenido una reacción desmesurada, ante la repentina aparición de Anthony en su vida.

Además, era un hombre muy atractivo. En realidad era idéntico al hombre por el que ella había perdido la cabeza, un hombre que la derretía sólo con la mirada. Pero no era Edward y tenía que seguir repitiéndoselo una y otra vez. Sobre todo si empezaba a desearlo, de la misma forma que lo deseó el día anterior.

Gracias a Dios, Anthony no había manifestado ningún sentimiento hacia ella. No la había mirado con ojos lascivos, ni había hecho nada que pudiera provocarla sexualmente.

A la vista de todos esos razonamientos lógicos, Bella decidió llevar ropa un poco elegante. Se puso falda y se maquilló un poco.

La falda era de una tela estampada, con fondo negro, que le llegaba hasta la pantorrilla. El lápiz de labios era rosa y hacía juego con las flores de la falda.

En Broome, las mujeres nunca llevaban sujetador, ya que hacía mucho calor y eran prendas bastante incómodas. Bella todavía se acordaba del sufrimiento que pasó un día que se empeñó en ponérselo. Al final, no tuvo más remedio que imitar a las mujeres de la localidad.

Bella se dio cuenta de que hacía ya bastante tiempo que no se había preocupado de sus pechos. Pero esa mañana sí estaba pensando en ellos.

No tenía unos pechos grandes, pero sí consistentes, con pezones puntiagudos. Hubiera deseado ponerse algo negro, pero no tenía. Además el negro atraía más el calor. Nadie llevaba una prenda negra en Broome.

Al final, eligió una blusa de color rosa, que le ceñía los pechos y le dejaba al descubierto parte de su cuerpo. Bella se miró al espejo y se encogió de hombros. Era lo menos provocativo que se podía poner.

Mientras estaba recogiéndose el pelo y haciéndose un moño, pensó en los peinados que Edward la obligó a llevar después de casarse. Unos peinados con el pelo suelto hasta los hombros, muy brillante, que le cubría la parte izquierda de la cara con un sólo movimiento. Edward le había dicho que cada vez que la miraba, llevando el pelo de esa manera, sobre todo si estaban con más gente, se excitaba, ahora lo llevaba hasta la cintura y se dejaba sus adoradas ondas chocolates.

Bella no lo dudaba. Edward siempre había estado dispuesto a hacer el amor con ella. Le gustaba desnudarla él mismo, quitarle la ropa qué el mismo elegía en las tiendas más elegantes.

Sin embargo, siempre le dejaba las joyas puestas.

A lo mejor sentía un placer perverso al verla desnuda, con sólo unos cuantos diamantes en su cuerpo. A lo mejor sentía más placer al pensar que con su dinero había conseguido a la mujer perfecta.

Pero lo que Edward no sabía era que ella se habría ido a vivir con él a una cueva, si hubiera sido necesario. Y habría sido feliz.

Lo único que hubiera tenido que hacer era amarla…

Bella suspiró. Con aquellos pensamientos, no se llegaba a ninguna parte.

Estaba segura de que un día se levantaría y se habría olvidado de Edward y nunca más se atormentaría pensando en lo que habría podido pasar si las cosas hubieran sido de otra manera. Pero ese día no, ese día había quedado a comer con Anthony, un hombre que era idéntico a su marido y que le iba a hacer recordarlo todo el tiempo.

Se puso unos arillos de plata en las orejas que compró por un par de dólares en uno de los mercadillos, que diferían un abismo de los pendientes de oro de veintidós quilates que llevaba cuando vivía con Edward.

Cuando terminó de arreglarse y estaba ya dispuesta para salir a buscar a Anthony, a los apartamentos donde se estaba alojando, empezó a sentirse otra vez nerviosa.

También sentía cierta curiosidad. Anthony seguro que iba a preguntarle cosas de su matrimonio, pero ella también quería hacerle algunas preguntas.

Los apartamentos de Roe Buck Bay eran bastante nuevos, de estilo mediterráneo, blancos, con vistas a la bahía. Eran unos apartamentos bastante elegantes y espaciosos, en los que se alojaban turistas a los que les gustaban las comodidades y la posibilidad de hacerse de vez en cuando una comida.

Bella decidió las preguntas que le iba a hacer, aparte de la más importante, que era qué estaba haciendo en Broome, una coincidencia que todavía le parecía bastante extraña.

Después de diez minutos andando, llegó a un camino que la llevaba a una puerta en la que había un letrero con la palabra «Recepción». Una escalera en la parte exterior de la casa, llevaba hasta los apartamentos situados en el segundo piso. A la derecha, había un banco de madera contra la pared.

Bella se sentó a esperar a que llegara Anthony. Ella había llegado cinco minutos antes de la hora que habían quedado, lo cual ya era casi un hábito. Edward siempre llegaba tarde a todas las citas. Un signo de arrogancia, que demostraba lo poco que le preocupaban los sentimientos de los demás.

De pronto apareció Anthony, bajando por la escalera, dos minutos antes de la hora, con unos pantalones de color crema y una camisa de manga corta de cuadros brillantes. También llevaba unas gafas de sol de marca. Estaba guapísimo.

Bella se levantó y sonrió.

—Eres muy puntual —le dijo.

—Tú también.

—Es que vivo muy cerca de aquí.

—Yo pensé que vivías en el barco.

—Me quedo allí de vez en cuando —le respondió de forma sincera—. Cuando Carlisle me lo pide.

—Entiendo —respondió Anthony.

Pero seguro que no lo entendía. Seguro que pensaba que Carlisle y ella se acostaban juntos, como así lo había manifestado el día anterior. Ella había estado tan tensa, que no había tenido fuerzas para rebatírselo.

Pero ya un poco más tranquila, no quería que Anthony pensara que se estaba acostando con otro hombre, sobre todo cuando legalmente todavía estaba casada con Edward. Lo había condenado por mentir y ella no estaba dispuesta a hacer lo mismo.

—Carlisle no es mi amante —le informó—. Esa escena que montó ayer fue para intentar conquistar a Sandra.

Anthony frunció el ceño.

—No entiendo.

—Carlisle es un hombre al que le gustan las mujeres de cierta edad —le explicó—. Le gusta flirtear con cualquier mujer cuarentona que se suba a bordo. Siempre y cuando sea guapa, claro está. Al poco tiempo se da cuenta de que no es su tipo.

—Y te utiliza a ti para quitárselas de encima —comentó Anthony sonriendo.

—Es el capitán y además es inofensivo. Las mujeres de cierta edad se sienten muy atraídas por él. Cuando encuentra a una que le gusta y quiere pasar la noche con ella, me pide que me quede en el barco a cuidarlo.

—Yo hubiera pensado que a ese tipo de mujeres les habría gustado más pasar la noche con Carlisle en un sitio tan romántico como un barco.

—A muchas les gusta.

—Pero a ti no…

—No con Carlisle. No es mi tipo.

No pudo evitar pensar lo mucho que le habría gustado pasar la noche en aquel barco con Edward, cuando se casaron y parecía que estaban todavía enamorados. Hubiera sido un sitio inolvidable para pasar la luna de miel, en vez de los hoteles de cinco estrellas en los que se habían alojado. Habrían estado juntos, bajo las estrellas, la brisa marina acariciando sus cuerpos, el agua moviendo el barco al mismo ritmo que ellos hacían el amor.

—¿Y con otro? —le preguntó Anthony.

—¿Con otro? —repitió Bella, todavía imaginándose lo maravilloso que hubiera sido una luna de miel así.

—¿Hay algún hombre en tu vida? —le preguntó Anthony.

—No —respondió.

—¿Nadie? —insistió él, sin creérselo—. ¿Nadie en seis meses?

—¡Y no creo que me vaya con nadie en seis años! Yo estaba muy enamorada de Edward. Y él me traicionó.

—¿Lo odias?

—Lo desprecio.

—Entiendo.

—No creo que lo entiendas, Anthony —le respondió—. Tú no sabes nada de mi matrimonio, ni de mí.

—¿Por qué no me lo cuentas? —le propuso, con un tono de voz muy suave—. Vamos —añadió, indicándole con la cabeza el elegante coche que había aparcado debajo de la sombra de un árbol—. Vamos a beber algo que nos refresque y después a comer. Pero tendrás que ser tú la que elijas el sitio, porque yo no llevo mucho tiempo en Broome. Llegué ayer.

—¡Y sales a ver una puesta de sol en barco el primer día? —le preguntó, mientras cruzaban la carretera.

Anthony se encogió de hombros, al tiempo que le abría la puerta de al lado del conductor.

—No me gusta perder el tiempo.

Bella asintió y se metió en el coche, ajustándose el cinturón de seguridad, mientras él se dirigía a su asiento.

Cuando se acomodó y cerró la puerta, Bella volvió a percibir la fragancia de la colonia que le recordaba tanto a Edward. Y volvió otra vez a dudar de la verdadera identidad de Anthony.

Pero esta vez no pudo callarse.

—Anthony —le dijo de pronto.

Su tono debió indicarle algo, porque levantó la cabeza como si se hubiera sobresaltado.

—¿Qué?

—Esa colonia que llevas…

—¿Qué le pasa a la colonia? —le preguntó, frunciendo el ceño.

—Que es la misma que la que usa Edward.

En aquel momento, le habría gustado que no hubiera llevado gafas de sol, porque así habría visto la expresión de sus ojos.

Anthony se apoyó en el respaldo del asiento.

—¿Qué insinúas? —le preguntó, un poco tenso—. ¿Todavía crees que soy Edward?

—No sé lo que pienso.

—Mira, yo he estado poniéndome esta colonia desde hace años. Y lo mismo hace Edward. ¿Qué problema hay en ello?

—Es una colonia muy cara —comentó Bella.

—Ya lo sé. Nuestra madre nos la regaló el día que cumplimos veintiún años y supongo que a los dos nos encantó. Cuando te acostumbras a lo bueno, es muy difícil cambiar. Pero si te molesta, dejaré de ponérmela.

—¿No te importa?

—En absoluto, Bella. Pero eso no cambiará mi aspecto. Voy a seguir siendo igual que Edward.

—Eso ya lo sé. Pero es desconcertante que huelas igual que él.

Casi estuvo a punto de decir que era excitante. Porque era lo que en aquel momento había pensado. Aquella fragancia estaba embriagando sus sentidos, lo mismo que había ocurrido la noche anterior.

—En tal caso, no me la pondré más —le dijo Anthony—. Compraré otra colonia esta misma tarde.

Bella se lo quedó mirando, mientras arrancaba el coche, sintiéndose un poco más segura sobre su identidad, pero más intrigada por Anthony.

—¿Has venido aquí a Broome a pasar las vacaciones? —le preguntó.

—Sí.

—¿Por qué a Broome?

Anthony se encogió de hombros.

—Me dijeron que era un sitio donde podías olvidarte de todo. He estado trabajando mucho y necesitaba un descanso, para volver a plantearme mi vida.

Los dos hermanos eran unos adictos al trabajo, por lo visto. Pero por lo menos Anthony se había dado cuenta de ello.

—¿A qué te dedicas, Anthony?

—Soy arquitecto.

Aquella profesión le iba muy bien. Una profesión muy creativa. Bella no tenía la menor duda de que Anthony era un arquitecto muy competente.

Pero seguro que no presumía de ello, mientras que a Edward le encantaba que todo el mundo supiera que él era el mejor. Los dos hermanos se dedicaban a cosas relacionadas con la construcción. A Anthony le preocupaba más el estilo de los edificios, mientras que a Edward le interesaba más la gente que iba a vivir en ellos. Le interesaba más el dinero, pensó con amargura.

—¿Te parece mal que sea arquitecto? —le preguntó, mientras giraba el coche y tomaba la carretera que los llevaba al centro de la ciudad.

—En absoluto. Estoy impresionada. ¿Trabajas por tu cuenta, o para una empresa?

—Trabajo por mi cuenta. Me gusta hacer las cosas a mi manera.

Bella asintió.

—Lo que me imaginaba. Porque tienes ese aire…

—¿Qué aire?

—El que tienen todos los jefes.

—Ah…

—¿Y dónde tienes la empresa? —le preguntó.

—En Brisbane.

—¡En Brisbane! —exclamó, sorprendida—. ¡Vives en Brisbane!

—Sí.

Bella movió de lado a lado la cabeza.

—Nunca podré entender a Edward. ¿Cómo diablos pudo pensar que podía mantenerte en secreto de forma indefinida? Brisbane no es tan grande. No entiendo por qué no me habló de ti.

—El Edward con el que te casaste no tiene tiempo para pensar en el pasado. Y yo pertenezco al pasado.

Bella suspiró. Anthony tenía razón. Edward vivía en el presente y en lo que él llamaba «progreso». Muchas veces le había oído decir que el pasado no merecía la pena. Era un hombre pragmático, que no se dejaba atrapar por sentimentalismos.

A excepción, claro, de cuando le convenía. Porque cada vez que había querido pedirle disculpas por algo, bien que se había preocupado de comprarle flores.

La verdad, no había tenido que hacerlo muchas veces durante los nueve meses que duró su idílico matrimonio. Tan sólo en un par de ocasiones, que tuvo que salir de forma inesperada de viaje y la había llamado desde el avión.

Y las dos veces, había regresado a casa con un ramo de flores y alguna joya carísima.

Como estaba recién casado, ella había aceptado todos aquellos regalos de buena fe, creyéndose todas sus palabras, cuando le decía que la había echado mucho de menos y que la quería con locura. Siempre la había convencido y había terminado en sus brazos.

Pero aquellos recuerdos la ponían enferma.

—¿Daría lo que sea por saber lo que piensas?

Bella volvió la cabeza y lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué pasa? —le preguntó preocupado—. ¿Qué es lo que he dicho?

—Pues la misma frase que Edward me decía y con el mismo tono…

—¿De verdad?

Bella continuó mirándolo, dándole vueltas a la cabeza de que el hombre que tenía a su lado no era el hermano gemelo, sino el mismo Edward.

—Escucha, Bella. Va a haber un montón de cosas de mí que te recuerden a Edward —le dijo, como si estuviera leyendo lo que estaba pensando—. Somos idénticos. Es algo que no podemos evitar. Pero yo no soy el hombre con el que te casaste, Bella. Te lo juro por mi madre.

Por su madre. Ese era un juramento bastante fuerte. Además, estaba lo de la cicatriz, que ella había visto con sus propios ojos.

Suspiró y se sintió un poco más tranquila.

—¿Por dónde? —le preguntó Anthony, frenando un poco, según se acercaban al cruce.

—Gira a la derecha —le indicó—. Después la segunda a la izquierda y aparcas donde puedas.

El centro de Broome era muy básico. Tan sólo había dos calles paralelas, con tiendas muy pequeñas a cada lado. Habían levantado un supermercado al final de una de las calles y también un centro comercial en las afueras. Pero la gente de por allí le gustaba comprar en las tiendas pequeñas.

Broome tenía su propio carácter y su encanto, un cierto aire tropical, mezclado con costumbres australianas. No había edificios muy altos en Broome. Casi todas las casas estaban hechas de madera o hierro ondulado, a prueba de ciclones.

Los especuladores, sin embargo, estaban acudiendo a aquel lugar, viendo la posibilidad que había en el negocio turístico. Habían comprado tierras y estaban construyendo residencias y nuevas carreteras. En veinte años Broome iba a convertirse en un sitio irreconocible.

El progreso no siempre iba en beneficio de la comunidad. Bella le alegró que los planes que tenía Edward para Hidden Bay hubieran fracasado. Sus hermanos estaban felices y contentos como estaban. No necesitaban ni la riqueza, ni el éxito.

—Broome es un sitio precioso —comentó Anthony, mientras aparcaba el coche debajo de un árbol—. Confiemos en que siga así. ¿Lo dejo aquí? —le preguntó.

—Perfecto —le contestó, sonriendo.

—¿Por qué sonríes?

—Por ser tú.

—¿Por ser yo?

—Sí. Por no mirar a tu alrededor y sólo ver dinero en posibles casas a construir.

—Ah. Te estás acordando de Edward otra vez…

El tono de su voz evocó un sentimiento de culpa en Bella.

—Lo siento. No era mi intención compararos.

—No importa —le contestó él—. Compara lo que quieras. Por lo que he oído, confío en salir mejor parado. ¿Vamos?

Bella le llevó a un bar no muy elegante, pero que cocinaba muy bien el pescado frito y las patatas. Además hacían unos batidos deliciosos.

Anthony sonrió, cuando ella le dijo lo que quería comer.

—Pide lo mismo para mí —le respondió él—. Yo pago. Toma veinte dólares.

Bella lo dejó sentado a una de las mesas de la terraza, mientras ella se fue dentro a pedir la comida, pensando que nunca hubiera ido a un sitio parecido con Edward. Por una razón, porque Edward sólo comía en restaurantes a la carta. Y siempre le gustaba pedir a él. A Bella siempre le impresionó sus conocimientos culinarios. Podía pedir el menú en un francés con acento parisino.

Pero ese tipo de cosas le habían dejado de impresionar. Eran superficiales. No tenían valor real. Lo único que le impresionaba de un hombre últimamente era la honradez. Y la integridad.

Se dio la vuelta y vio a Anthony a través de la ventana del bar, estirado en una silla blanca de plástico, su cabeza bajo una sombrilla de franjas azules.

Anthony parecía un hombre muy íntegro. Y honrado. Encima, tenía la misma cara y el mismo cuerpo del hombre que cautivaba sus sentidos.

Qué pena no haberlo conocido a él primero…

—Aquí tiene señora —le dijo el hombre que había detrás del mostrador—. Lo he puesto todo en una bandeja.

—Gracias.

Anthony se echó hacia delante, cuando vio que venía con la bandeja, al tiempo que se quitaba las gafas de sol.

Bella casi tropieza cuando notó que la miraba de los pies a la cabeza. En sus ojos verde esmeralda vio un tono de admiración. Sobre todo cuando se detuvieron en su cintura desnuda, subiendo poco a poco hasta sus pechos.

Cuando Bella sintió que los pezones se le endurecían, le empezó a entrar el pánico. Casi se tropieza en el bordillo, cuando empezó a caminar de nuevo. Los vasos con los batidos se tambalearon en la bandeja.

—¡Ya los tengo! —dijo Anthony, levantando los vasos de la bandeja.

Bella empezó a reírse.

—Poco ha faltado para que te los tirase encima.

Sin mirarlo, apoyó la bandeja en el borde y fue colocando, sin que ocurriera ningún otro contratiempo, las cosas en la mesa. Desenvolvió los cubiertos, que venían enrollados en las servilletas, puso la sal, el vinagre y después los platos con pescado frito y patatas.

—Lo has hecho muy bien —le felicitó, cuando se sentó en la silla.

Bella le devolvió el cambio y se dio la vuelta, para dejar la bandeja en la mesa de al lado.

—Tengo ya mucha práctica sirviendo mesas —le dijo Bella, sentándose y extendiendo su servilleta—. Aparte de las cosas que he hecho en estos últimos meses, trabajé para mis hermanos como jefa de cocina y lavando botellas.

—Háblame de ti, Bella. Antes de que conocieras a Edward.

Y eso fue lo que hizo, feliz de poder hablar de algo que la hiciera olvidar el pánico que había sentido cuando él la miró de la forma que la había mirado.

—¿Te arrepientes de haberte ido de Hidden Bay? —le preguntó, cuando ella terminó de contarle su vida, justo hasta el momento en que se casó.

—Sí.

—Por qué no volviste allí, cuando dejaste a Edward?

—No podía. Edward me habría encontrado.

Anthony frunció el ceño.

—Eso es lo que no entiendo, Bella.

—No creo que puedas.

—Bueno, pues hablemos de tu matrimonio. ¿Eras feliz?

—Muy feliz. Yo creía que Edward estaba enamorado de mí. Yo estaba dispuesta a cualquier sacrificio por ese amor.

—¿Sacrificios? —le preguntó un poco asombrado—. ¿Qué clase de sacrificios? Seguro que tenías todo lo que una mujer puede desear.

Bella empezó a mover de un lado a otro la cabeza.

—Se ve que eres un hombre. ¿Tú crees que todo lo que quiere una mujer son cosas materiales?

—Eso era lo que yo pensaba.

—Pues estás muy equivocado. No niego que a toda mujer le gusta un cierto grado de seguridad, pero más por los hijos que espera tener. Yo abandoné muchas cosas por casarme con Edward. Demasiadas cosas. Echaba mucho de menos Hidden Bay. El barco, el mar, mis hermanos. Para serte sincera, creo que aunque no le hubiera oído decir a Edward lo que dijo, no habría sido completamente feliz a su lado. Nunca me hablaba de su trabajo, ni tampoco trataba de entenderme. Cuando me quejaba, lo único que se le ocurría decirme era que tenía que hacer algo para no aburrirme. Un día me sugirió que por qué no hacía un curso de cocina. ¿Para qué iba a hacerlo, si tenía una cocinera en la casa, que no me dejaba entrar en la cocina?

—Hay muchas mujeres que envidiarían ese estilo de vida, Bella —señaló Anthony.

—¡Pues es una pena que Edward no se casara con una de ellas! —le respondió.

—A lo mejor es que te quería a ti.

—Claro, porque pensaba que era una estúpida que me creía todo lo que me decía.

—¿Estás segura de que todo lo que te dijo era mentira?

—Claro que estoy segura. Se lo oí de sus propios labios. No estaba enamorado de mí. Nunca lo estuvo… Pero todos los días me lo decía por las mañanas, y me lo susurraba al oído cuando hacíamos el amor —continuó, con tristeza—. En especial cuando él… cuando yo…

No pudo continuar con aquella humillante confesión.

Anthony tenía cara de asombro.

—No quiero hablar más de él —le dijo, apartando su mirada de Anthony, para mirar a la gente que pasaba por la calle.

Poco a poco sus ojos fueron concentrándose en las personas que caminaban por la acera, sobre todo en un hombre que estaba hablando por un móvil, una escena poco familiar en Broome. Bella frunció el ceño, creyendo reconocer su cara. El hombre se giró y lo pudo ver con claridad.

—¡Dios mío! —gritó Bella—. ¡Nigel!