ni*as aqui esta el capitulo 7 desde mi centro de votacion nenas acabando de dar mi voto por el futuro de mi estado las quiero

Capítulo 7

La casa en la que Bella vivía con otras chicas era un tugurio de madera, infestado de hormigas. Era increíble que hubiera sobrevivido cien años, soportando ciclones.

No obstante, aquel tugurio tenía cierto encanto, con sus ventanas con cristales de colores, tejado de metal y celosías.

El jardín, sin embargo, era un desastre. Era una masa de árboles, arbustos y maleza. Media docena de bungavillas obstruían todo lo demás y, aunque en aquella época del año, llenaban el jardín de brillantes colores, había que tener mucho cuidado con las espinas. En un par de ocasiones, Bella había pensado podarlas, pero sin el equipo adecuado, hubiera terminado llena de arañazos.

—Métete por ese camino —le dijo, señalando con el dedo.

—¿Vives ahí? —le preguntó Anthony, con tono de desaprobación.

—No puedo pagar más.

—Mmm. No creo que a Edward le guste mucho la forma en que vive su mujer.

—¡Anda y que le zurzan!

Anthony se echó a reír. Bella no. De pronto sintió deseos de que Edward desapareciera de la faz de la tierra. Ojalá no volviera a pensar más en él. O verlo más.

Pero no tendría más remedio. Tarde o temprano tendría que verlo y pedirle el divorcio. No iba a ser nada fácil. No podía decírselo por carta. Porque si no, nunca iba a poder quitárselo de la cabeza.

De pronto sintió que eso era precisamente lo que quería. Quería quitárselo de la cabeza de una vez por todas.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar en Broome, Anthony?

Sus ojos verde esmeralda se tornaron en un verde bosque, al entrecerrarlos.

—El tiempo que sea necesario.

Obstinado, pensó Bella. Igual que su hermano.

Durante unos segundos, aquel pensamiento la desconcertó, hasta que, por centésima vez, se repitió que los dos eran gemelos. Anthony había admitido que los dos tenían gustos y aspectos de su carácter similares. Era inevitable.

Bella se dio cuenta de que no sabía mucho de la vida de Anthony. Ella había sido la que había estado hablando la mayor parte del tiempo. ¿Por qué no se habría casado, por ejemplo? ¿Qué había de esa misteriosa madre, de la cual Edward nunca le había hablado?

Bella frunció el ceño. ¿Qué le habría intentado decir Anthony la noche anterior en el barco? Era algo como que Edward había culpabilizado a su madre de la muerte de su padre.

Aunque Bella no quería estar mencionando a Edward todo el tiempo, no tenía más remedio que hacerlo una vez más. Durante la cena, decidió. Y después, nunca más.

—Tu negocio debe ir muy bien —comentó ella—, si te puedes permitir quedarte de vacaciones el tiempo que quieras.

—Nunca he conocido a una mujer que quiera tanto como a ti, Bella. No dejaré piedra sobre piedra, hasta que no me dejes demostrártelo.

Bella no pudo hacer otra cosa que mover de lado a lado la cabeza. Edward la había forzado a casarse con él. No iba a permitir que Anthony la forzara a hacer algo que no quisiera hacer.

—¿Sabes que eres tan tozudo y arrogante como tu hermano?

—¿Es eso malo?

—La arrogancia no es nada bueno, porque eres incapaz de ponerte a pensar lo que sienten los demás. Edward nunca me escuchaba cuando yo trataba de decirle algo. El tenía su forma de ver las cosas y quería que todos los demás la aceptasen. Y yo cometí el fallo de aceptar sus puntos de vista, durante demasiado tiempo. No volveré a cometer ese mismo error con ningún hombre.

Anthony la miró a la cara y asintió.

—Conmigo no tienes porqué preocuparte. Conmigo podrás ser tú misma, Bella. Te prometo que te escucharé cuando quieras decirme algo. No cometeré los mismos fallos que Edward cometió.

—Pero tú eres su hermano gemelo.

—Me gusta pensar que soy la mitad mejor. Pero dejemos de hablar de Edward.

—Sin embargo hay algunas cosas que quiero saber —insistió ella—, que quería preguntarte esta noche en la cena.

Anthony mostró su desaprobación.

—Prometiste que me ibas a escuchar —le recordó.

—Me has atrapado en mi propia red —gruñó Anthony—. Está bien, responderé lo que quieras preguntarme sobre Edward. Pero sólo por esta vez. Después quiero que me mires como si nos acabáramos de conocer.

Imposible, pensó ella para sus adentros.

—Quiero demostrarte que yo no soy como Edward, excepto en las cosas que cuentan.

—¿Y cuáles son esas cosas?

—Creo que eso ya lo sabes, Bella —le respondió, con una audacia que casi la deja sin respiración—. No puedo negarme a utilizar las partes de mi cuerpo que sé que te impresionan. Mi hermano te debía atraer mucho, para casarte tan deprisa con él.

—Dijiste que no ibas a presionarme…

Incluso para ella, sonó débil aquella protesta, porque no pudo evitar preguntarse cómo sería hacer el amor con Anthony. Esa tarde, cuando la besó, demostró ser un amante muy apasionado. No tan controlado como Edward, ni tan interesado en estar siempre encima, tanto figurada, como literalmente.

Su hilo de pensamientos le dejo la boca seca. Aquello era lo que había temido desde el principio. No ser capaz de resistir la tentación.

—No te preocupes, no te presionaré —le prometió de nuevo—. Pero tampoco voy a ser un mojigato, Bella. Yo te deseo.

Bella parpadeó y no supo qué responder.

—Tengo que irme —le dijo y salió del coche, antes de que él la pudiera besar otra vez. Era demasiado vulnerable a sus besos.

—A las ocho en punto —le gritó, mientras ella iba corriendo hacia la casa.

Bella saludó con la mano y abrió la puerta, donde esperó a que él se marchara. Cuando se marchó, Bella entró a toda prisa en su habitación, buscó el bolso y volvió a salir a toda prisa de nuevo.

Cinco minutos más tarde, estaba en una cabina, marcando un número que se sabía de memoria.

—Quiero hablar con el señor Cullen, por favor.

Le pusieron con su secretaria, que era lo que ella ya se había imaginado.

—Despacho del señor Cullen —contestó la eficaz voz de Esme—. ¿En qué puedo ayudarla?

A Bella siempre le había gustado Esme, sentimiento que ella pensaba que era correspondido. Sin embargo, no creía que a Esme le gustara mucho su jefe.

—Esme, soy Bella.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Esme—. Bella…

—Sí. Siento haberte llamado así de improviso, pero no he tenido más remedio.

—¿En qué puedo ayudarte?

—Sólo quiero que respondas a un par de preguntas.

—Lo haré, si sé responderlas.

—¿Está Edward en su despacho?

—No, no está, querida. Hoy es viernes por la tarde.

Bella recordó que los viernes por la tarde Edward iba a comer siempre con los jefes de ventas, comida que se prolongaba hasta bien avanzada la tarde.

—¿No ha salido entonces de viaje?

—¿Qué te hace pensar eso?

—¿Está Nigel también en Brisbane?

—Nigel siempre está donde está Edward, Bella. ¿Por qué me lo preguntas?

—Porque creo que lo he visto por aquí.

—¿Dónde? ¿Dónde estás Bella? ¿Quieres hablar con Edward? Puedo llamarlo por teléfono y decirle que te vuelva a llamar. Sé que a él también le gustaría hablar contigo. Dime el número y…

Bella colgó al descubrir que estaba temblando como un flan.

Pero poco a poco fue calmándose. Edward estaba todavía en Brisbane. Y no, sabía dónde estaba ella.

El hombre que había visto no era Nigel.

Estaba a salvo.

Anthony estaba a salvo.

Por lo menos…, de momento.

Capítulo 8

Bella tan solo tenía un vestido en el armario.

Un vestido de verano que podía servir para ir de fiesta, si se lo ponía con zapatos de tacón alto, algún pendiente y se hacía algún peinado bonito.

Era un vestido de verano, de punto, no muy ajustado, con hombreras y falda corta que mostraban sus piernas largas y tostadas por el sol. Era de color naranja, con una cenefa multicolor, con motivos florales en todo el vuelo.

Bella lo había comprado en el mercado, junto con un colgante con una piedra de ámbar que le caía justo en el centro de escote en forma de uve. El colgante y los pendientes haciendo juego, habían costado menos que los cócteles a los que le había invitado Edward algunas veces.

A pesar de la falta de calidad en el diseño del vestido, Bella sabía que le sentaba muy bien. Esperó en su habitación la llegada de Anthony, para no oír los comentarios y las preguntas de sus compañeras de piso.

Lisa, Cheryl y Dee se quedaron tan impresionadas con su atuendo y el hombre que la acompañaba, que fueron incapaces de articular palabra, cuando los vieron salir por la puerta.

—Como te dije —le murmuró Anthony, agarrándola del brazo—. Estás guapa con cualquier cosa.

Él también estaba muy guapo, pensó Bella. Llevaba pantalones azul marino y una camisa azul marino. Un cinturón de cuero sujetaban los pantalones a la cadera. La camisa resaltaba su piel palida y hermosa, así como sus ojos verde esmeralda y su pelo cobrizo .

El día que conoció a Edward, en Hidden Bay, iba vestido todo de Azul marino. Bella se preguntó si su hermano gemelo sabía que aquel color le sentaba muy bien y había elegido aquella ropa para atraerla.

—Me gusta mucho tu peinado —le dijo, mirándola a la cara.

Bella se había recogido el pelo, para lucir los pendientes. No se lo había cortado desde que dejó a Edward y le llegaba casi por las caderas.

—Gracias —le contestó, sin atreverse a mirarlo, mientras se metía en el coche y se ponía el cinturón de seguridad.

Pero cuando se sentó al volante y cerró la puerta, no pudo resistir más tiempo y giró la cabeza.

—¡Oh! —exclamó ella—. Hoy no te la has puesto…

—¿El qué? —preguntó él.

—La colonia.

Olía muy bien, pero diferente. De su piel salía un perfume olor a pino, muy agradable.

—Hubiera sido una tontería por mi parte habérmela puesto, ¿no crees?

Sin embargo, aquel cambio de colonia no hizo en ella el efecto que había esperado. Todavía seguía excitándola el hombre que estaba sentado a su lado, especialmente cuando la miraba.

—¿Te gusta la nueva colonia? —le preguntó Anthony, sin dejar de mirarla.

—Huele muy bien —le respondió—. ¿Por qué no nos vamos? Nos están mirando desde la ventana.

—¿Y qué es lo que miran? —le preguntó, mientras arrancaba el coche.

—No están acostumbradas a verme salir con nadie.

—¿No has salido con nadie desde que dejaste a Edward?

—No.

—Pero alguien te lo habrá pedido.

—Muchos, en especial cuando estuve en la Riviera.

—¿La Riviera? ¿Qué estuviste haciendo allí?

—Limpiando cubiertas de barcos —le respondió.

—¿Limpiando cubiertas? —repitió él, asombrado.

—Sí. Lo pagaban muy bien. El equivalente a quince dólares la hora.

—¿Y cómo llegaste allí?

—En un barco de carreras.

—¿De quién?

—No tengo ni idea. Yo formaba parte de la tripulación que lo llevaba a Francia, para entregárselo a un hombre muy rico.

—¿Y no fue peligroso? —le preguntó.

—No, si sabes lo que hay que hacer. Yo me he pasado toda mi vida navegando, Anthony. Para mí es tan natural como respirar. Y era lo mejor, para desaparecer por un tiempo. Es muy difícil localizar a alguien en alta mar.

—Eso es cierto —murmuró, mientras giraba a la derecha y tomaba el camino que llevaba al Hotel Mangrove, un edificio muy elegante con vistas a Roebuck Bay, no muy lejos de donde Anthony se estaba alojando.

Bella había oído que servían un marisco excelente, pero nunca había estado allí. La verdad, no había pisado un restaurante desde que había llegado a Broome.

—Veo que vamos al Charter —le dijo sonriendo.

—Sí. ¿Lo conoces? —metió el coche en un hueco que había en una esquina del aparcamiento del hotel.

—Sólo de nombre.

—He reservado una mesa para las ocho y media. Me han dicho que hay un bar cerca, donde podemos tomar una copa antes de cenar.

Apagó el motor y la miró a los ojos. Antes de que ella pudiera abrir la boca, acercó la cabeza y la besó. Un beso no muy profundo, pero que causó un efecto devastador. Cuando él apartó la cabeza, ella tragó Saliva.

—No deberías haberme besado —le dijo, con voz temblorosa.

—¿Por qué no?

—Porque… —no podía apartar los ojos de él, y la cabeza le daba vueltas. Porque desde el momento que te vi esta tarde, quise que me besaras. Porque sé que vas a volver a besarme más tarde. Porque cuando me beses no quiero que pares…

Anthony sonrió. Una sonrisa como la de Edward, lo cual la desconcertó.

—En el amor y en la guerra todo vale, Bella —le dijo.

Y a continuación, hizo algo que la dejó perpleja. No esperó a después, sino que la besó otra vez allí mismo, acercándose y agarrándola por los hombros, asaltando su boca con inusitada pasión.

Cuando apartó la mano del hombro y se la puso en la rodilla, ella se estremeció. Cuando se la subió hasta el muslo, la cabeza empezó a darle vueltas. Poco a poco le fue acariciando la parte interior de los muslos, hasta llegar a un punto que ya estaba sintiendo arder.

Quería que la tocara allí, que le metiera la mano debajo de su ropa interior y la acariciara, la invadiera, la sedujera.

Cuando sintió que poco a poco retiraba la mano, ella se quejó. No hacía lo que ella estaba deseando, sino que se limitaba a acariciarle los muslos, atormentándola, haciéndole sentirse mortificada por un deseo que jamás antes había sentido.

Bella comprendió en aquel momento que era imposible resistirse a aquel hombre. Era un seductor más experimentado que el mismo Edward.

—Lo siento —le dijo, apartándose de ella—. No quería que llegáramos tan lejos.

Anthony miró sus labios temblorosos y se los acarició con la yema de los dedos, antes de acomodarse de nuevo en su asiento.

—Vamos —le dijo, abriendo la puerta—. Vamos a tomar una copa. Creo que será mejor que nos refresquemos un poco.

Cuando Bella apoyó los pies en el suelo, casi se le doblan las rodillas. Estaba más excitada de lo que había estado jamás. Anthony podría haber hecho con ella lo que hubiera querido y ella no habría rechistado.

—No te enfades conmigo —le dijo Anthony, agarrándola del brazo.

—No estoy enfadada contigo, lo estoy conmigo.

—¿Por qué?

—Por no haberme quedado y haberle pedido a Edward el divorcio —le contestó—. No tenía que haber huido. Eso ha complicado mucho mi vida.

—No sé, Bella. Si nunca hubieras huido, no me habrías conocido.

—No creo que te esté haciendo ningún favor en ese aspecto.

—Deja que sea yo el que lo decida.

—No —respondió ella—. No puedo seguir haciendo eso.

—¿El qué?

—Dejando que otros tomen las decisiones por mí. Tengo que empezar a tomarlas yo sola. Y la primera es que voy a volver el lunes a Brisbane y le voy a pedir a Edward el divorcio. Es lo único que puedo hacer. Después podré volver contigo, con la conciencia tranquila.

Lo que no le dijo era que en ese momento sabría si seguía teniendo a Edward en el corazón. Iba a saber si su atracción por Anthony era real o una fantasía. Si Edward todavía le atraía, dejaría la relación con Anthony. No estaba dispuesto a utilizarlo para apaciguar la obsesión por su hermano.

Anthony se mantuvo en silencio durante un rato. Estaba claro que aquella decisión no le había hecho mucha gracia.

—¿El lunes que viene, dijiste?

—Sí, tengo libres los lunes. Podré salir por la mañana temprano y regresar el martes por la tarde. No me gustaría dejar solo a Carlisle en esta época del año.

—¿Y por qué ahora? —le preguntó—. ¿Es por mí?

—En parte.

—Quieres estar conmigo, pero quieres estar segura de que no sigues enamorada de Edward, ¿no es eso?

—Quiero estar libre —le contestó.

—Pero estás libre, Bella. Legalmente no estás divorciada, pero ya no eres la mujer de Edward. No vives con él y no tienes intención de volver a su lado. ¿No es cierto?

—Sí.

—Entonces estás tan divorciada como cualquier mujer que tenga en su poder un documento que así lo acredite.

—Supongo.

—Escucha, si has decidido ir, no puedo impedírtelo. Pero no entiendo por qué tan deprisa. Todavía no somos amantes. He dicho que no iba a precipitarme y prometo cumplir mi palabra. Confía en mí, Bella.

—Las palabras ya no significan nada para mí, Anthony. Las acciones son lo que importan. Lo que hiciste en el coche hace un momento es lo que hace cualquier hombre que quiere conseguir lo que se ha propuesto. Sé lo que es la seducción. Lo aprendí muy bien en mi matrimonio.

—No fue mi intención seducirte —murmuró—. Créeme. Perdí la cabeza. La verdad es que eres una mujer muy guapa y deseable, Bella. Y yo soy humano. Pero te prometo que no lo volveré a hacer. Anda, vamos al restaurante, para no caer en la tentación.