disculpen no vi que habia mandado dos capis de golpe ayer nenas aqui esta el nueve

Capítulo 9

El bar estaba separado del restaurante. Era un salón bastante grande, con decorados tropicales de estilo colonial.

Se llamaba The Palms. Tenía un mostrador muy grande, con pasamanos de bronce y banquetas altas con asientos de tela. El suelo estaba enmoquetado, las mesas eran de color crema y las sillas con respaldo de mimbre. Había tres barriles de cerveza en medio que servían también de mesas. En una de ellas había dos ancianos que estaban jugando al ajedrez.

Una de las paredes era una cristalera desde la que se veía la terraza, que estaba rodeada de palmeras y farolas verdes con globos de cristal. Desde allí no se veía la bahía.

—¿Dónde quieres sentarte? —le preguntó Anthony.

Casi ninguna de las mesas estaba ocupada. Seguramente la mayoría de la gente ya estaba cenando.

Bella eligió una de las mesas, pegada a la pared de cristal.

—¿Qué quieres beber?

Aquella pregunta la sobresaltó. Edward casi nunca le preguntaba qué quería beber, aunque de eso ella era la culpable. Al principio ella no había sabido qué pedir y le había dejado a él que eligiera.

—Una ginebra con tónica —una bebida a la que se había acostumbrado durante sus viajes en barco. Un vaso de ginebra con tónica y hielo era la bebida más refrescante al final de un día izando velas y fregando cubiertas.

Cuando Anthony se giró y se dirigió hacia el mostrador, ella se quedó mirándolo. Tenía una espalda preciosa. Aunque todo en él era perfecto, igual que su hermano.

Bella apretó los labios, molesta por estar comparándolos de forma constante. Era una situación muy complicada, que no se solucionaría sólo pidiendo el divorcio a Edward. Edward siempre se interpondría en una posible relación con Anthony. Sería como un fantasma, un tercero siempre presente. Por lo menos para ella…

Bella puso los codos en la mesa y apoyó la cabeza entre las manos, cerrando los ojos. ¿Qué iba a hacer?

—¿Estás pensando en Edward otra vez?

Bella levantó la cabeza, al oír la voz de Anthony.

—Qué rápido —le dijo, obviando el comentario que había hecho sobre Edward.

Puso la ginebra con tónica en la mesa y se sentó. Parecía estar muy irritado.

—Dejemos una cosa clara —le dijo—. ¿Estás o no estás enamorada de él? Quiero saber la verdad —le exigió, al ver que no respondía.

—No lo sé, Anthony —admitió, sorbiendo un poco del vaso—. Es posible que sí, o es posible que no.

—Dijiste que lo despreciabas.

—Sí.

—Entonces es que no estás enamorada de él.

Bella sólo puso mover de lado a lado la cabeza.

—Fue mi primer amor, Anthony. Mi primer amor…

—Pero seguro que cuando oíste lo que oíste, dejaste de estar enamorada de él.

—Al menos eso era lo que yo pensaba. Sólo que…

—¿Qué?

—No creo que te guste oír la segunda parte.

—Quiero que me lo cuentes todo, Bella. Lo que ocurrió entre vosotros dos es vital para nuestra relación.

—Supongo que tienes razón —le dijo.

—Entonces dímelo, puedo asumirlo.

Bella puso a un lado el cenicero y lo miró a los ojos.

—Yo tenía decidido hablar con Edward la noche que oí lo que le dijo a su amigo. Iba a hacerlo. Pero cuando subió a la habitación no pude. Empezó a hacer el amor conmigo y yo… yo…

—¿Sí? —Anthony preguntó, apretando el vaso de cerveza entre sus manos.

—Se me olvidó lo que había dicho. Se me olvidó todo. Sólo me interesaba el placer. Pero después me sentí humillada, avergonzada. En ese momento me di cuenta de que no podía enfrentarme a Edward de igual a igual. Fuera amor o no fuera amor, lo que sentía por él era muy fuerte.

—Entiendo.

—¡No lo entiendes! —le espetó—. Porque a la noche siguiente me dio otra vez una muestra de su poder. Yo ya tenía todo pensado para marcharme de aquella casa en dos días. Para no hacer el amor con él le dije que me dolía la cabeza, pero él me sedujo sin esfuerzo alguno. Y yo disfruté, Anthony. Después lloré, antes de dormirme.

—Lo siento, Bella.

—A mí me desagradó tanto como te está desagradando a ti. Así que la última noche decidí no dejarle que me sedujera otra vez. No habría podido soportarlo. Así que hice algo que jamás había hecho. Digamos que yo tomé la iniciativa. Y a él le gustó mucho, sin saber que a mí me estaba horrorizando hacerlo.

Las lágrimas recorrieron sus mejillas al recordar aquella noche y la ternura con la que Edward había hecho el amor con ella. Cualquier otra mujer habría creído que la amaba.

¡Pero era mentira! Le recordó la fría voz de la razón.

¡Cuánto sufrimiento le costó poder meterse eso en la cabeza!

—Lo siento, Anthony —le dijo—. No tenía que habértelo contado. No es algo que tú tengas que oír.

—Estás equivocada, Bella. Ahora entiendo la razón por la que dejaste a Edward. Me sentía mal, pensando que huiste de su lado porque tenías miedo de que te maltratara físicamente. Aparte de eso, todo lo que me has dicho ya lo sabía. Edward es un amante muy experimentado.

—Sí, pero… pero…

—Pero nada —le interrumpió, sin querer oír sus protestas—. Porque yo puedo ser mejor. Porque yo te quiero. Yo no voy a tratar de demostrarte que soy mejor que Casanova. Pero ahora, bébete tu copa, que la cena nos está esperando.

Bella se fue al comedor con la mente un poco confusa. Ella creía que Edward era un hombre muy obstinado y seguro de sí mismo. Pero no le llegaba a su hermano ni siquiera a los talones.

—Eres incorregible —le murmuró a Anthony, mientras seguían a la camarera que les llevaba a la mesa situada en la zona de los no fumadores.

—Sí —le respondió él—. Mi madre dice lo mismo.

La zona de los no fumadores estaba situada en una esquina acristalada, que parecía un invernadero y desde el que se veía la terraza desde un ángulo distinto. La moqueta era azul, las paredes color crema, en las mesas había manteles de colores tenues y velas en cada una de ellas.

Varios recuerdos marineros adornaban la habitación. A Bella le gustó el casco de buceo de metal que había cerca de ella, una reliquia de los días en los que los hombres más atrevidos se metían en el mar a sacar las preciadas perlas a la superficie.

Unos ventiladores de bronce en el techo y luces en las paredes de estilo colonial, completaban la decoración del lugar. En cualquier otro lugar del mundo, Bella habría sentido que no iba vestida de la forma apropiada, pero en Broome todo era mucho más informal.

La camarera, que llevaba pantalones negros y una blusa blanca muy sencilla, les apartó las sillas con respaldo de mimbre y esperó a que se sentaran, antes de darle a Bella la carta de los platos y a Edward la de vinos.

—¿Te apetece un Chablis? —le preguntó Edward, cuando terminó de echar un vistazo—. ¿O prefieres un Chardonnay?

—Chardonnay no —le contestó.

Anthony frunció el ceño al oír su tono, se encogió de hombros y le pidió a la camarera una botella de Chablis, un vino de la parte occidental de Australia.

—¿No te gusta el Chardonnay? —le preguntó.

—No —respondió, agachando la cabeza y concentrándose en la carta.

Edward siempre había pedido Chardonnay cuando salían a cenar, un vino que se le subía muy pronto a la cabeza. Pero le gustaba verla un poco bebida, le había dicho en una ocasión, aparcando el Porsche al lado de la carretera, mientras iban a casa después de una cena. Porque siempre hacía lo que él quería cuando estaba así, le dijo, apagando el motor y volviéndose hacia ella.

—¿No te gusta nada de lo que ves? —le preguntó Anthony, al ver su expresión.

—Oh, no, no. Es que no quiero elegir yo —le contestó. Empezó a sonrojarse al recordar lo que había pasado aquella noche en el coche.

Por suerte, el comedor no estaba muy iluminado.

—¿Te apetece pescado con patatas fritas? —sugirió Anthony, sonriendo.

Bella sonrió de forma un poco forzada.

—No creo que venga en la carta. Toma. Elige tú. No puedo decidir lo que quiero.

Ni en ese momento, ni nunca, le dijo una vocecilla.

Si hubiera sido Edward el que hubiera estado frente a ella, se habría derretido. No habría tenido siquiera que tocarla. Tan sólo habría tenido que mirarla y decirle con la mirada lo que quería estar haciendo con ella en aquellos momentos y ella habría sido incapaz de hablar, o de pensar.

Miró a Anthony, que estaba leyendo la carta.

—¿A quién os parecéis, a tu padre o a tu madre? —le preguntó.

—A mi padre, ¿por qué? —respondió.

—Háblame de ellos.

—¿Qué quieres saber?

—Todo.

—Eso es mucho pedir, más que decidir qué es lo que vamos a cenar esta noche —cerró la carta y la camarera acudió a su lado, preguntándole si deseaba pedir la cena.

De primero pidió una sopa de calabaza y de segundo alitas de Barramundi al limón en salsa de alcaparras. La camarera le sugirió pan de hierbas y él aceptó. Pero no quiso pedir en ese momento el postre.

Cuando se marchó la camarera, la miró pensativo durante unos segundos y después empezó a juguetear con el tenedor, trazando figuras en el mantel. Bella esperó a que él hablara primero, moviéndose nerviosa en su sitio.

—Mi padre era carpintero —empezó a contarle—. ¿Sabes la canción del carpintero que se enamoró de una dama? Le pide que se case con él y que tengan un hijo. Es la historia de mis padres. El era carpintero y ella una dama. Y se casó con él, porque llevaba el hijo de él en su seno.

—Hijos —corrigió Bella.

—¿Qué? Ah sí. Bueno, ella no lo sabía todavía en aquel momento, porque no hacían ecografías. Fue una pareja mal avenida desde el principio. O por lo menos de eso, al final, me di cuenta.

—¿Es que no sabíais que vuestros padres no se llevaban bien?

—En realidad no. Recuerda que mi madre era una dama. La habían enseñado a ser siempre educada e ir vestida a la perfección. La fachada era más importante que la realidad. Yo pensaba que eran felices. No tenía ni idea de que se llevaran tan mal.

—Mi madre se sentía atrapada y mi padre temía que un día se fuera de su lado. El sabía que ella no estaba enamorada de él, que se había casado sólo porque estaba embarazada. Pero él estaba loco por ella. Y pensó que si se hacía rico, podría comprar su amor. Por desgracia, no tenía mucho cerebro para los negocios. Intentó montar muchas empresas, pero fracasó en todas. Al final, empezó a beber y un día, hace más o menos diez años, que llegó a casa muy borracho, empezó a golpear a mi madre. Y ella lo abandonó.

—Hace diez años —repitió Bella, frunciendo el ceño—. Ese fue el momento en que tú y Edward os separasteis.

—Más o menos.

—¿Y qué pasó, entonces?

—El día que mi madre se marchó, Edward y yo llegamos a casa y encontramos a nuestro padre borracho. Mi padre nos contó una mentira. Nos dijo que mi madre estaba teniendo una aventura con el que fue su jefe durante años, que la mujer de él había muerto y que quería casarse con ella, que por eso nos había abandonado. Gritó como un loco que ella siempre lo había despreciado por no tener dinero. Dijo que había estado matándose toda su vida a trabajar, pero que para ella eso no había sido suficiente. Para nosotros todo aquello fue una experiencia muy traumática, porque como ya te he dicho parecía que se llevaban bien.

—¿Y le creísteis a él?

—Edward sí. Hacía poco que había estado con una mujer que lo había dejado por otro chico que tenía un deportivo. Supongo que por eso estaba predispuesto a pensar mal de las mujeres. Además, nunca se había relacionado mucho con mamá. Papá siempre había sido más cariñoso y ella la más alejada emocionalmente. Pero al no poder ver sus cardenales, no sabíamos que papá le había golpeado. El nunca había hecho una cosa parecida. No nos dejó ninguna nota. Ni tampoco nos llamó para explicárnoslo. No supimos, hasta mucho después, de que había tenido miedo de que mi padre la matara. Siempre había amenazado con matarla. De hecho mi madre se fue a casa de su jefe con un rifle cargado.

—¿Entonces se fue a casa de su jefe?

—Sí. Siempre le gustó mi madre. Nunca lo negó. Incluso hoy día lo sigue diciendo. Mi madre fue a su casa en busca de protección, porque no tenía otro sitio donde ir. Pero ella no se enamoró de él hasta mucho más tarde. Pero Edward nunca lo aceptó. Un día fue a la casa donde vivían. Era una mansión que había en Gold Coast. Por desgracia, cuando fue, los dos se habían ido a los Estados Unidos.

—Debió ser horrible.

—Sí lo fue. Cuando mi padre se enteró, casi se vuelve loco. No quiso creer a Edward. Lo acusó de mentiroso. Se fue al garaje, sacó el coche y se fue a toda velocidad a comprobarlo él mismo. Iba a tanta velocidad que tuvo un accidente. Cuando llegó al hospital, ya estaba muerto.

—Oh Anthony… debió ser muy doloroso…

—Y lo fue.

—¿Y no se puso tu madre en contacto con vosotros?

—Sí.

—¿Y?

—Edward no quiso hablar con ella. Le echaba la culpa por la muerte de mi padre. Al final desistió de intentar explicárselo. Cuando se casó con su jefe, Edward vio que aquello era una prueba más de que mi padre había sido el agraviado. Me dijo que no quería verla ni hablar con ella nunca más. Para él era como si estuviera muerta.

Bella tan sólo pudo mover de lado a lado la cabeza. Podía imaginarse perfectamente a Edward diciendo eso. Cuando estaba enfadado no era capaz ni de olvidar, ni de perdonar.

—Después de eso, cambió mucho —continuó contando Anthony—. Se hizo más ambicioso. Dejó la arquitectura y…

—¿Edward también es arquitecto? —le interrumpió Bella.

—Lo es. Pero cuando mi padre murió, dijo que eso no daba dinero y que prefería vender casas, porque era un negocio más lucrativo que diseñarlas. Trabajaba siete días a la semana. No tenía tiempo para nada, ni siquiera para hablar siquiera conmigo. Porque yo le recordaba lo que le había ocurrido a papá.

—Y no quiso veros ni a ti, ni a tu madre nunca más.

—Creía que ella le había mentido.

—Muy típico de Edward —comentó Bella—. Por lo menos tú escuchaste el punto de vista de tu madre. Pero Edward sólo está interesado en un punto de vista, y es el suyo.

Anthony frunció el ceño.

—Esperaba que ibas a entender a tu marido un poco mejor, al conocer su pasado. Creía que así podías perdonarlo.

—¡Nunca! —exclamó ella, muy acalorada—. ¿Cómo puedes pedirme una cosa así, Anthony? Lo que me hizo fue algo imperdonable. Me da igual su pasado. Estoy harta de la gente que siempre pone excusas por lo que hacen. Cuando eres adulto tienes que responsabilizarte de tus decisiones. Tú tuviste el mismo pasado que Edward y no eres tan despiadado como él. No puedo perdonarle. Sabía lo que estaba haciendo y lo hizo de todas maneras.

—Las cosas, Bella, pueden ser muy claras en teoría, pero no tan fácil de ponerlas en práctica. Tú también dejas que te influya tu pasado en tus acciones. Por eso te estás escondiendo en este rincón perdido del mundo.

Bella se movió incómoda en su silla.

—Creo que se me puede perdonar no quererme enfrentar a la realidad estos seis meses. Es menos tiempo que diez años. Además, no voy a seguir escondiéndome más. El lunes voy a ir a Brisbane y le voy a pedir el divorcio a Edward. Después, volveré a mi casa.

—Creí que habías dicho que no querías dejar a Carlisle en la estacada.

—Si se lo digo con unos días de antelación, podrá encontrar a otra. El trabajo que hago no requiere demasiada especialización.

—Yo no lo podría hacer —comentó él.

—Bueno, si te mareas en los barcos…

—Yo no me mareo en los barcos.

Bella lo miró sorprendida.

—Pero anoche… cuando bajaste a la parte de abajo del barco… después de irte al baño, parecía que te habías mareado.

—Es que estaba mareado. Sobre todo después de haber presenciado la escena entre tú y Carlisle en cubierta. Después pasé por el camarote de tu jefe y vi que había una cama doble, con las sábanas revueltas, como quedan después de que dos personas hagan el amor. Nada más verlo me puse enfermo.

—Es que la noche anterior se había llevado al barco a una amiga —le explicó Bella, asombrada por aquella manifestación de pasión. ¿Cómo era posible que se sintiera tan atraído por ella, cuando la había conocido dos horas antes?

¡Algo sorprendente!

—¿Por qué no demoras tu viaje a Brisbane hasta que pueda ir contigo? —le sugirió—. Podemos ir en el mismo avión.

—¿Cuándo vuelve tu avión?

—En principio, pensaba quedarme aquí un par de semanas.

—¿Por qué en principio?

—Porque después de conocerte a ti, cambié los planes.

—¿Qué es lo que voy a hacer contigo, Anthony? —le dijo, moviendo de lado a lado la cabeza.

—Podría sugerirte un montón de cosas —comentó, con voz ronca y la miró a los ojos.

La llegada de la camarera con la sopa y el pan de hierbas salvaron a Bella. Pero no por mucho tiempo.

—Hazme un favor y olvídate de Edward por un rato —le dijo Anthony, cuando se marchó la camarera—. Tienes el resto de tu vida para pedirle el divorcio. Lo único que te pido es que pasemos juntos dos o tres semanas, olvidándonos del pasado. ¿Es pedir mucho?

—Supongo que no…

—Quiero que finjamos que nos acabamos de conocer.

—¡Es que nos acabamos de conocer!

—No seas tan precisa, Bella —le dijo, dirigiéndole una mirada penetrante—. Hay veces que una eternidad se puede resumir en unas horas.

Bella sintió un cosquilleo en el estómago, algo cargado de sensualidad que no la dejaba en paz. Era peor que cuando Edward la miraba a los ojos en los restaurantes a los que habían ido en ocasiones. Mucho peor. En aquellos momentos ella se comportaba como una buena chica, esperando a que su marido la sedujera. En aquellos momentos le acosaban los pensamientos de lo que iba a hacer con su hermano cuando salieran del restaurante.

—Mañana por la mañana, tengo que ir a Willie Creek Pearl Farm —le dijo Anthony, mientras partía un trozo de pan con la mano—. ¿Quieres venir conmigo?

Aquel sitio era el único sitio donde los turistas podían ir a comprar perlas cultivadas. Bella ya había estado en una ocasión y lo encontró fascinante, sobre todo cuando vio la forma en que conseguían que las ostras hicieran perlas. También tenían una tienda, donde vendían collares. Ella no iba a comprar ninguno, pero a lo mejor Anthony quería comprarle uno a su madre.

Decidió que aquella iba a ser una excursión que no iba a suponer un peligro, porque iban a estar acompañados todo el tiempo. Bella no quería estar a solas con Anthony. Sabía que si se acostaba con él, iba a sentirse más confusa.

—Bueno —le contestó, al cabo del rato.

—Te lo has tenido que pensar bastante —gruñó él—. ¿Algún problema?

—No.

—Será mejor que te comas la sopa, antes de que se enfríe.

Bella se alegró de poder concentrarse en la comida. Se alegró de estar con Anthony en un sitio público, donde podía controlar los deseos que acosaban sus pensamientos. Pero sabía que tarde o temprano iba a acabar acostándose con él.

Esa noche, cuando ya estaba en la cama, sin poder pegar un ojo, decidió que no iba a hacer el amor con él en una cama. Lo iba a hacer donde pudiera verle todo el cuerpo. En la cubierta de un barco, a la luz de la luna, bajo las estrellas…