12. Espinas
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Cuando Anna decidió descargar toda su furia sobre él no se dio el tiempo a meditar las consecuencias. Al lanzarlo por los aires ha terminado por hacerlo caer sobre el invernadero que hay cerca de la pensión, donde curiosamente se encargan de cultivar rosales.
La remoción del cuerpo se acompañó de gritos y alaridos. Ah tenido que prácticamente desincrustarlo de los tallos y en el camino por el que lo ha arrastrado ha dejado una estela de sangre.
Justo en ese momento el castaño está quitándose la camisa, mostrando las heridas producidas por las espinas, mientras ella busca a sus espaldas el antiséptico. Él no se lo ha tomado a mal, aun quejándose cuando mueve su brazo izquierdo no la ha culpado en ningún momento, como si fuera el castigo digno por su falta. Era incomodo darse cuenta de eso.
– Va a doler – le avisa, siente como el castaño se estremece cuando coloca la gasa con el irritante líquido sobre su espalda – perdón, no esperaba esto – confiesa sin mostrarse débil, aun cuando se siente terriblemente culpable.
– Al menos ya sabemos que por ese lado no es bueno caer – él se ríe, mirando de reojo por si la ha ofendido, la ve seria, mas no es por su broma. Cree comprender, imagina lo que está viendo, y se siente mal por hacerla sentir eso – fue un accidente – por que no la culpa, ha sido un error.
Ella no sabe que ha tenido que enfrentarse a espinas mas dolorosas, que algunas lograron incluso perforar parte de su alma y su espíritu. Estas no han logrado ningún efecto, y lo antes roto se ha vuelto a unir y no se volverá desquebrajar.
No sabe que es la única razón por la que sigue ahí, y su voluntad no se ha deshecho o doblegado a otras voluntades. Un accidente como ese no merece la consideración que ella le ofrece, solo es una consecuencia, un error en un juego que están dispuestos a realizar, una vida que compartir.
Sonríe, atrapando la atención de la rubia, haciéndola pensar que el olor del antiséptico le ha afectado, pero de inmediato lo comprende, que él quiere hacerle sentir bien, que la perdona por lo que sea que halla hecho.
Y estando en la soledad de esa habitación, sus labios contestan esa sonrisa. Aceptando ser perdonada.
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Fin
