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Capítulo 10
—¿Qué has estado haciendo todo el día? —preguntó Carlisle, mirando a Bella.
Estaban recorriendo la polvorienta carretera que iba hasta Gantheaume Point, donde Carlisle dejaba su coche todas las noches. Eran las tres y media de la tarde y soplaba un poco de brisa.
—He estado de aquí para allá —le respondió, recordando con una sonrisa el día tan placentero que había pasado con Anthony.
Por la mañana, se habían divertido mucho en la granja de perlas cultivadas. Se habían ido en el coche de Anthony, pero después allí se habían reunido con los demás turistas.
El grupo había permanecido en silencio, escuchando las explicaciones que les daba el guía turístico, como si fueran colegiales. Pero cuando Anthony empezó a hacer preguntas, el grupo cobró vida y empezaron a conversar, reírse y tomar fotografías del sitio.
Pasaron una mañana muy agradable. Al mediodía les sirvieron unos refrescos y algo de comida, antes de llevarles a la tienda, donde él le quiso comprar algo. Ella le contestó que no quería nada, que se conformaba con estar a su lado. Y él se puso muy contento.
Cuando la excursión terminó, se fueron a comer a Cable Beach. Se sentaron en la hierba, a la sombra de algunas palmeras y hablaron de tonterías. Nada serio. Edward no salió en ningún momento en la conversación.
Después, estuvieron dando un paseo por la playa, agarrados de la mano. Para Bella fue una experiencia cálida y agradable, sin ninguna tensión sexual, aunque hubo momentos un poco tensos, en especial cuando se cruzaron con una pareja que estaban paseando desnudos.
Cable Beach era un lugar muy conocido por los nudistas, pero aquella pareja no se había escondido en las dunas, ni estaba tomando el sol discretamente en la playa. Tenían cuerpos preciosos, porque de lo contrario seguro que no los habrían mostrado con tanto orgullo.
—Justo lo que necesito —comentó Anthony.
—Te gusta ella, ¿verdad? —bromeó Bella, tratando de liberar la tensión.
—No, él —le contestó, también en broma.
Los dos se echaron a reír y la pareja los miró con cara de pocos amigos.
Bella sonrió al recordar aquella escena.
—Sea lo que sea que hayas hecho —le dijo Carlisle—, lo que está claro es que él te está haciendo feliz. Lo cual me alegra.
—¿Qué te hace pensar que es un hombre?
—Querida, estás hablando con el viejo Carlisle. Si alguien sabe lo que alegra el corazón de una mujer, ese soy yo. Hablando de mujeres, ¿te importaría quedarte en el barco esta noche?
Bella no supo qué contestar. Anthony le había invitado a cenar esa noche.
—Está bien, está bien, no tienes que decírmelo —dijo Carlisle—. Tu novio y tú ya habéis hecho planes para esta noche. Tendremos que llegar a un acuerdo.
—¿Qué clase de acuerdo?
—¿Es un turista?
—¿Quién?
—Tu novio, ¿es un turista?
—Sí… —no estaba dispuesta a decirle a Carlisle quién era.
—¿Sabes dónde se está alojando?
—Sí, en los apartamentos Roebuck Bay. ¿Por qué?
—Llamaré ahora mismo desde el móvil y lo arreglaremos —sacó el teléfono, y empezó a marcar el número—. ¿Cómo se llama?
Bella se mordió el labio. Carlisle frunció el ceño y la miró fijamente.
—¡No me digas que es el hermano de tu ex!
Su cara la delató. Carlisle apagó el móvil.
—Bella, Bella… si lo que contaste de tu ex es cierto, estás jugando con fuego. Esa es la trama típica de las tragedias griegas.
—No me estoy acostando con él.
—Quieres decir que no todavía. Pero reconozco esa cara en una mujer.
—¿Qué cara?
—La de que está loco por mí y yo por él.
—¿Tanto se me nota?
—Sí.
—Es una situación difícil —admitió ella, suspirando—. Me ha dicho que me quiere más que a nadie en este mundo.
—Mmm. Buena táctica. Yo algunas veces también la he utilizado.
—No es una táctica, Carlisle. Anthony no es un mentiroso, como su hermano. Si lo fuera, me hubiera dicho que se había enamorado de mí nada más verme y me habría llevado a la cama. Yo le he dicho que no sé cuál de los dos me atrae y él me ha contestado que no me preocupe, que confía de todas maneras en que lo elija a él. La verdad, Carlisle, es el hombre de mi vida. Pero yo no sé si sigo enamorada de Edward. Edward no es un hombre al que se le pueda olvidar fácilmente.
—Los monstruos son difíciles de olvidar —comentó Carlisle—. Son criaturas fascinantes.
Bella se estremeció. Carlisle tenía razón. Edward la había dejado fascinada desde el principio. Pero aquella fascinación la había impedido ver el hombre tal y como era. Le había impedido ver al monstruo.
—Lo que no sé es si lo que siento por Anthony es real o sólo una ilusión.
—¿Me equivoco si digo que deseas a los dos hermanos?
—Suena horrible cuando lo dices, pero así es. Aunque me gusta mucho más Anthony. Es un hombre mucho más dulce y suave.
—Escucha, Bella, yo creo que lo que tienes que hacer es acostarte con él. Te aseguro que a la mañana siguiente sabrás cuál de los dos hermanos te gusta más, fuera y dentro de la cama. Un hombre dice mucho de sí mismo cuando hace el amor.
—¿Tú crees?
—Lo sé. ¿Quieres que llame a Anthony y le invite a pasar una noche en el Zephyr, junto a una chica encantadora? Pondré sábanas limpias en la cama —añadió, sonriendo de forma maliciosa.
Bella no sabía qué contestar. Decirle a Carlisle que sí, era como estar invitando a Anthony a acostarse con ella.
—Siempre tienes la opción de decirle que no —le dijo Carlisle, al ver la cara de pánico que ponía—. Es un barco muy grande. Le estás invitando a compartir la belleza de la noche, nada más. Déjaselo eso claro, antes de que suba a bordo. Si dices que es como dices que es, te respetará, ¿no crees?
Claro que lo creía. Anthony no era como Edward. No era un monstruo.
—Está bien —le contestó—. Llámale.
Cinco minutos más tarde, Carlisle le dijo que Anthony iba a ir.
A las siete y media de la tarde, Anthony estaba subiendo de la lancha al barco. No llevaba mucha ropa encima, pensó Bella, con un nudo en la garganta al observarlo subir. Tan sólo unos pantalones cortos, una camiseta y zapatillas de playa.
Ella tampoco llevaba mucha ropa encima, aunque tenía algunos vestidos más en su camarote. Los pantalones cortos de color rosa eran tan cortos que tan sólo le tapaban el trasero. La camiseta era bastante ancha, estampada, con lo que disimulaba bien sus pechos sin sujetador, que cada vez sentía más vulnerables.
—Gracias, Carlisle —gritó Anthony, cuando la lancha se dirigía a toda velocidad hacia la playa. A continuación la miró a ella y levantó dos bolsas de plástico que llevaba en la mano.
—Comida china —le dijo sonriendo—. Y champán. El mejor.
—No deberías haberte molestado —le dijo, tratando de responder su sonrisa, sin conseguirlo. Porque en aquel momento, Anthony había respondido igual que su hermano. Edward siempre compraba lo mejor.
—¿Por qué no? Te mereces lo mejor.
El corazón le dio un vuelco. Eso no se lo hubiera dicho Edward. Compraba lo mejor, sólo para mostrar su superioridad, nada más.
Esa vez, sí pudo sonreír.
—Me refiero a la comida china, tonto. Había pensado en hacer la cena yo.
—Esta noche no. Esta noche sólo quiero que descanses y te relajes.
Al oír aquellas palabras, se puso tensa. Quería aclarar las cosas, antes de que fuera demasiado tarde.
—Anthony —empezó a decir—, no quiero que pienses que te he invitado para… para…
—Oye, oye. Te dije que te relajaras, nada más. No te preocupes, que no voy a hacer nada que tú no quieras hacer.
—Ese es el problema —murmuró ella—. Porque es lo que quiero que hagas…
Su mirada se ensombreció.
—Ojalá no hubieras dicho eso…
—Lo siento —se disculpó ella—. Dios, esto es horroroso.
—No, no es horroroso —Anthony puso las bolsas de plástico en el suelo y se dirigió hacia ella, poniéndole las manos en los hombros—. Es inevitable —murmuró. Y la abrazó, besándola en la boca, tapándole la vista de la luna, transportándola a otro mundo, mientras le introducía la lengua en su boca y apretaba su cuerpo contra el de ella.
Ella reaccionó de la misma manera que el día anterior. Un fuerte sentimiento de necesidad la asedió.
—No —se quejó, cuando apartó la boca para respirar un poco.
—¿No, qué? —susurré él, besándole la cara y por el cuello.
—No pares.
Anthony se echó a reír, le agarró la camiseta y se la quitó, tirándola a la cubierta.
La brisa en sus pechos desnudos fue una experiencia muy excitante. Al sentir sus ojos en ellos, se le aceleró el corazón. Al sentir sus manos en ellos, se obnubiló. Al sentir su boca en ellos, perdió la cabeza.
Edward. Anthony. Qué más daba quién fuese, si la hacía sentir de aquella manera. Porque lo único que quería era que su lengua le siguiera acariciando los pezones, que se los mordiera con sus dientes, que se los chupara con sus labios.
Bella se quejo cuando él apartó la boca y empezó a besarle el estómago. Luego se arrodillé y le quitó los pantalones cortos, dejándola completamente desnuda.
Tiró los pantalones al mismo sitio que había tirado la camiseta y de pronto se encontró apoyada en el mástil, desnuda y jadeante. Anthony estaba de rodillas, apartándole las piernas, acariciándole y besándole los muslos, sabiendo dónde tenía que morder, chupar, hasta que llegó un momento que creyó perder la cabeza.
Sus manos se agarraron a las cuerdas que había a su lado y gimió de placer, arqueó su cuerpo y le temblaron las piernas. Cerró los ojos tratando de no alcanzar el clímax. Y cuando estaba a punto de caerse en el abismo del éxtasis, él se levantó, la agarró en brazos y la sentó en la barandilla del barco.
Abrió los ojos y vio que se quitaba los pantalones y la camiseta. La cicatriz brilló a la luz de la luna. Pero no fue su cicatriz la que le hizo abrir la boca.
Cuando se puso entre sus piernas, Bella tragó saliva y jadeó cuando entró dentro de ella.
Bella empezó a gritar, empujando su cuerpo contra el de él hasta que alcanzó el clímax, apoyándose después en su hombro. Anthony la abrazó y al cabo de un rato la agarró en brazos y sin que sus cuerpos se separaran, la llevó a la parte de abajo del barco.
—¿Aquí? —le preguntó, senalando con la cabeza el camarote de Carlisle.
Ella asintió y juntos se tumbaron en la cama, quedando Bella debajo de él, con sus piernas enroscadas a su cintura.
Bella sentía perfectamente que él no había terminado, porque lo sentía todavía excitado en su interior. Aquello le gustó. Nunca antes había experimentado tal deseo habiendo pasado tan poco tiempo del último éxtasis. Pero parecía que su cuerpo deseaba ardientemente a Anthony y quería que él continuara.
Bella quería que se moviera, sentir su cuerpo dentro de ella, más y más dentro cada vez. Los latidos de su corazón se aceleraron, separé los labios y su boca y su garganta se secaron.
Anthony estaba encima de ella, con los codos apoyados a cada lado de la cabeza, con las manos agarrándole la cara.
—Déjame a mí —le dijo, besándole los labios.
Bella abrió la boca y le invitó a entrar en ella.
Sus lenguas se entrelazaron. Anthony repitió la acción una y otra vez, hasta que ella ya no pudo resistir más y levantó sus caderas, en un esfuerzo por que él entrara más dentro. Jadeando, levantó las manos y le empezó a acariciar la cabeza, abrió los ojos, suplicando que apagara de una vez el fuego que la consumía.
Al cabo de un rato, Anthony apartó la boca y empezó a moverse, haciendo lo que ella había esperado todo el tiempo que hiciera, pero muy lentamente. Se sintió flotar en un mar de placeres, como si estuviera deslizándose sobre las olas.
Poco a poco, sin embargo, el mar se fue agitando cada vez más. Le clavó las uñas en la espalda y arqueó su cuerpo.
—¡Oh! —gritó ella, cuando sintió sus espasmos dentro de su cuerpo.
—Bella —susurró Anthony, antes de caer, saciado, sobre ella.
Ella no pudo responderle. Se agarró a él y movió sus caderas, provocando su placer.
Al cabo del rato, los dos seguían tumbados, Bella debajo de él, sintiendo su peso y su sexo dentro de ella.
De pronto pensó que así era cómo las mujeres descuidadas quedaban embarazadas sin quererlo, dejándose llevar por el calor del momento.
Pero qué momento. Aunque hubiera querido, no habría podido parar. De todas maneras, era imposible que se hubiera quedado embarazada.
Bella murmuró su nombre y le besó el hombro.
—Anthony…
Sí, era Anthony a quien ella quería.
No Edward.
Anthony.
