Nenas les tengo noticias ya termine la proxima historia que publicare... es muy muy buena y espero que la acepten jeje y aqui vA el capitulo 12 ya csii el finas veamos que va a hacer bella... al fin quien ganara su amor edward su marido patan o anthony su hermoso hombre perfecto

Capítulo 12

—¿Qué tal anoche? —le preguntó Carlisle, cuando la fue a recoger al día siguiente para ir a trabajar.

—Muy bien —le contestó Bella.

—Pues a juzgar por el aspecto que tenía ese pobre hombre esta mañana, yo diría que más que muy bien. ¿Vas a salir con él esta noche?

—Sí.

—Pues espero que le dejes dormir un poco. Porque todos tenemos un límite. Sobre todos cuando pasamos de los treinta. No como los más jóvenes que pueden cumplir cada diez minutos.

—¡Carlisle! —protestó ella, fingiendo haberse sorprendido. Poco se podía imaginar que Anthony podría haber dejado en ridículo a cualquiera de esos jovencitos. Lo cierto es que cuando ya amanecía parecía un poco cansado. Después de dejarla en casa, se había vuelto a su apartamento a dormir un poco. Ella había intentado hacer lo mismo, pero se despertó a las dos horas, con la mente llena de planes para el día siguiente.

—Espero que hayas tenido cuidado —le dijo Carlisle.

—¿Cuidado? ¿Qué quieres decir?

—Pues que no conoces bien a ese Anthony. Es decir, sólo sabes lo que él te ha contado. He conocido a un montón de jovencitas que me han contado historias increíbles sólo porque están lejos de su hogar. —Anthony nunca me mentiría —le aseguró.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé.

Carlisle se encogió de hombros.

—No digas que no te lo advertí.

—No te preocupes.

—Hay mujeres que nunca aprenden —murmuró él.

—Eso no es justo. Anthony no es como Edward. Tú mismo dijiste que podría aprender mucho si me acostaba con él. Y fue lo que hice. Ahora sé lo que es amor. Sé lo que quiero en mi vida y sé qué hombre quiero. He estado huyendo toda mi vida de esas dos cosas y es tiempo de parar un poco. Lo cual me recuerda que te tengo que pedir un favor, Carlisle.

—¿Qué favor? —le preguntó, con gesto de cansancio.

—Le voy a decir a Anthony que te ha salido un viaje mañana y que me vas a venir a recoger a las nueve y media.

—¿Por qué? ¿Dónde vas a ir?

—A Brisbane, a pedirle a Edward el divorcio.

—¿Sin decírselo a su hermano?

—Sí.

Carlisle movió de lado a lado la cabeza.

—Las mentiras siempre se descubren, Bella.

—No es con mala intención.

—Da igual.

—¿Me vas a hacer ese favor, o no?

—¿Qué es lo que tengo que hacer? No entiendo qué pinto yo en todo ese asunto. Dile a Anthony lo que quieras, seguro que no nos vamos a encontrar.

—Podrías encontrártelo por casualidad.

—Entonces lo que quieres es que desaparezca ese día, ¿no?

—Sí. Y también podrías llevarme al aeropuerto —el viaje en avión y una noche a Brisbane iban a dejarla sin un céntimo.

—¿A las nueve y media?

—Sí.

—Está bien.

—¡Eres un cielo, Carlisle!

—Un idiota. ¿Cuándo tienes pensado volver?

—Al día siguiente, te lo prometo.

Nada más salir de su boca esa mentira, Bella se sintió culpable. Estaba en la cama con Anthony, en su apartamento, su cuerpo todavía sudoroso, después de haber hecho el amor, cuando le contó los planes que tenía para el día siguiente.

—¿Estás fuera todo el día? —le preguntó Anthony, un poco desilusionado.

—Me temo que sí.

—¿Y mañana por la noche? ¿No puedes venir a cenar?

—No lo sé. Los lunes no hacemos excursiones con el barco para ver las puestas de sol, así que como salimos de día, volvemos bastante tarde. No te aseguro nada. Te llamaré cuando regrese, ¿vale? —de todas maneras tenía pensado llamarle desde Brisbane, después de haber visto a Edward. Lo tenía que hacer si no quería dejarlo preocupado, porque no iba a volver a Broome hasta el martes.

—Bueno, si no hay más remedio —le contestó.

Era horrible mentir a una persona que amas. Pero ya lo había hecho. A la larga iba a ser lo mejor.

—¿Por qué no vas a dar una vuelta por Broome? —le sugirió—. Si bajas ahora a recepción, puedes reservar un billete. O a lo mejor no. Es un poco tarde.

En el reloj de pared eran las nueve y media. Anthony la había llevado a su apartamento porque iba a cocinar él la cena, pero antes de probar un solo bocado, habían terminado en la cama.

—No me apetece mucho. Me quedaré por aquí, haciendo cualquier cosa, viendo las fotos de los dinosaurios.

—Te advierto que las que te enseñan no son de verdad. Son copias. Las de verdad están bajo el agua. Algunas veces se pueden ver, cuando la marea está baja.

—Da igual. Sólo quiero ver lo grandes que son. ¿Te apetece algo de comer?

—¿De verdad sabes cocinar?

—¿Lo dudas?

—No he conocido nunca a un hombre que supiera cocinar.

—Querrás decir Edward, supongo —le dijo él.

—Ni mis hermanos.

—No soy un especialista, pero puedo hacer un filete a la plancha y una ensalada.

De pronto empezó a sonar el teléfono del salón. Anthony se sobresaltó.

—¿Quién te puede llamar? —le preguntó.

—No tengo ni idea.

—¿Quieres que responda yo? —se ofreció ella—. Tengo que ir al cuarto de baño.

—No. no, responderé yo —echó para atrás la sábana y saltó de la cama. Abrió las puertas correderas que separaban el salón del dormitorio y se fue hacia el teléfono.

—¿Sí? —respondió, cuando levantó el auricular, limitándose a escuchar durante un rato.

—Sí, hace muy buen tiempo por aquí —continuó diciendo, al cabo de un rato—. No… no, tardaré todavía en volver. Te llamaré cuando sepa qué día voy. Sí, sí, yo lo sé. Adiós.

Y colgó el teléfono.

—¿Quién era?

—¿Qué?

—Que quién era.

—Mi secretaria. Quería saber cuándo voy a volver a Brisbane. La había llamado para decirle que me iba a quedar unos días más.

—¿Te necesitan en el trabajo?

—Pueden arreglárselas sin mí. Tengo una buena plantilla —volvió a la cama y se sentó en el borde, dejando una mano sobre su mejilla.

—Ahora que he encontrado al amor de mi vida, no quiero volver tan pronto a Brisbane. Te quiero para mí solo un poco más de tiempo.

Bella pensó que era una ironía que le dijera las mismas palabras que le había dicho una vez Edward, pero con una intención diferente.

—Lo que quieres es dejarme embarazada —le dijo, poniéndole la mano encima de la suya y sonriendo.

—¿Te importa?

—En absoluto. Es lo que siempre he querido. Ser madre.

—Serás una madre maravillosa.

Le agarró la mano y se la besó.

—Y tú a quien más quiero —murmuró—, serás un padre maravilloso.

—Eso espero —le dijo.

De pronto se acordó de las palabras de Carlisle, sobre que no conocía demasiado a Anthony.

—No hay ninguna razón por la que no lo puedas ser, Anthony.

—La verdad es que no. Mi padre fue un buen padre, así que puedo seguir su ejemplo. Estaba pensando más en si podemos tener un hijo tú y yo. No todo el mundo puede tener un hijo, sólo porque se lo proponga.

—Eso es cierto. Pero los dos estamos sanos. Yo soy joven. Dicen que cuando eres joven eres más fértil.

—Eso es verdad.

—Además, no hay prisa. No importa si no me quedo embarazada ahora mismo. Yo te quiero, Anthony, pero nos acabamos de conocer. Sé que parece como si nos conociéramos de toda la vida. Por lo menos así es como yo me siento. Pero lo cierto es que hace tan sólo unos días, no sabíamos nada el uno del otro.

—No, eso no es verdad. Yo sabía de tu existencia, Bella.

Bella empezó a palidecer.

—¿Qué quieres decir?

Durante un momento, temió que le dijera algo que echara por la borda toda su felicidad, todo su amor. No lo hubiera podido soportar. Menos después de lo que Edward le había hecho.

—Nada malo —insistió, mientras le acariciaba las manos—. Sólo que sabía que en alguna parte había una chica como tú esperándome. Por eso no he querido casarme nunca. Estaba esperándote a ti, Bella. A ti y sólo a ti.

—¡Eres un cielo! —exclamó ella, con los ojos arrasados en lágrimas.

—El cielo eres tú, querida —murmuró él, dándole un beso en la boca—. Te quiero. Recuérdalo siempre.

La volvió a besar. Fue el beso más dulce que le habían dado en su vida. Le tranquilizó el alma y le excitó el cuerpo. De pronto sintió que lo necesitaba como no había necesitado a nadie antes, necesitaba que le demostrase su amor, que le dejara claro que él era el hombre con el que quería pasar el resto de sus días.

Pasaron bastantes horas antes de que se pudieran comer el filete y la ensalada.

Anthony la dejó en casa a las ocho y media del día siguiente, con lo que tuvo tiempo suficiente para ducharse y cambiarse. Carlisle la iba a ir a buscar a las nueve y media. Llegó a la hora acordada y le sobró bastante tiempo para llegar al aeropuerto.

Cuando tenía ya la tarjeta de embarque en la mano y el viaje a Brisbane se había convertido ya en realidad, logró calmarse un poco. Sin embargo, sabía que se iba a tener que enfrentar a Edward y ése era un trago bastante duro. Se tomó un café, pero no le sirvió de nada. Estaba como petrificada. Tan sólo recordándose una y otra vez que tarde o temprano lo tenía que hacer, logró subir al avión.

Cuando aterrizó en Darwin y se enteró que el avión que la tenía que llevar a Brisbane venía con cuarenta minutos de retraso, estuvo a punto de desistir. Iba a llegar al aeropuerto de Eagle Farm por la tarde. No llegaría a Cullen Enterprises antes de las cinco de la tarde.

Seguro que Edward no habría salido de trabajar a esa hora. Los lunes, no llegaba a casa antes de las ocho. Eran los días en los que tenía que contestar todos los mensajes que se habían recibido durante el fin de semana.

Bella sentía pena por Esme los lunes. Ella tenía que quedarse a terminar lo que Anthony le había estado dictando.

Mientras estaba esperando, dirigió su mirada hacia las cabinas de teléfono, ocurriéndosele de pronto algo desconcertante. ¿Y si Edward no estaba en su despacho?

Tenía que averiguarlo cuanto antes.

Se levantó de su asiento y se dirigió a la cabina más cercana. Sólo tenía tres dólares en monedas. Confió en que fueran suficientes.

Esme respondió el teléfono.

—Esme, soy Bella —le dijo, con el corazón en un puño—. No puedo hablar mucho, porque no tengo mucho dinero. ¿Va a estar Edward en su despacho a las cinco?

—Sí, sí. ¿Por qué no iba a estar? ¿Por qué me lo preguntas?

—Porque voy a ir allí a esa hora. A lo mejor un poco más tarde. Pero no le digas nada, ¿me lo prometes?

—Te lo prometo.

—Gracias, Esme. Tengo que colgar, se me acaba el dinero.

Bella colgó el teléfono, con manos temblorosas.

Se sintió enferma.

Edward estaba allí.

No tenía ninguna excusa para no ir.

Oh, Dios…