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Capítulo 13

Cuando el avión aterrizó en Brisbane, Bella ya casi no podía soportar los nervios. Nada más bajar, se fue a los servicios y vomitó.

Estaba completamente pálida y las piernas le temblaban. Se echó un poco de agua por la cara y se sintió un poco mejor. Se miró al espejo y vio que tenía ojeras. Se apoyó en el lavabo y bajó un poco la cabeza.

—¿Estás bien, querida?

Bella levantó la cabeza y vio a una señora mayor, que la estaba mirando con cara de genuina preocupación.

—Sí —logró responder—. Estoy bien.

—Pues no lo parece.

—Estaré bien en un par de minutos.

—Supongo que no tendrás que regresar en avión hoy, ¿no?

—No. Regreso mañana.

—Pues yo antes de subirme, me tomaría una pastilla.

—Lo haré —le dijo, pensando que no había ninguna pastilla que curase lo que le aquejaba. Iba a ir a ver a Edward, su marido, el hombre del que había estado enamorada, al que había pensado podía ver sin derrumbarse… o lo que era peor, mostrar algún sentimiento por él.

Pero no estaba segura del todo. La cabeza le daba vueltas, al pensar en las múltiples posibilidades. ¿Y si cuando lo viera, volvía a sentir lo mismo que antes? ¿Y si después de verlo, dejaba de estar enamorada de Anthony?

Por sentido común, era imposible. Se había enamorado de Anthony. De eso estaba segura. Tenía todas las cualidades que ella respetaba y admiraba. Era un hombre amable, cálido, humano. Mientras que su hermano le evocaba tan sólo desprecio.

Era mejor no pensar en esas cosas, se recordó frente al espejo. Era hora de actuar. Cualquier atracción que pudiera sentir por él sería tan sólo superficial. Tenía que pensar en él sólo como si fuera un reflejo en un espejo.

El reflejo de Anthony. Podía ser idéntico a Anthony en lo físico, pero no en cuanto a su persona.

Bella se irguió y empezó a respirar hondo. Poco a poco su cabeza se fue despejando y se le fue pasando el mareo.

Puso la bolsa de viaje en el lavabo y buscó un cepillo y el maquillaje. Minutos más tarde, tenía mejor aspecto. Mucho mejor. Se había recogido el pelo, se había pintado los ojos y también los labios.

Parecía cinco años mayor.

Una pena no tener ropa más elegante. Unos vaqueros y una camiseta roja, no era la indumentaria con la que pudiera sentirse con poder. Podría haber ido a su armario y elegido un Chanel. Con ese vestido habría tenido poder.

Poder…

Aquella era la palabra que más preocupaba a Bella.

No amor. Poder. Sabía que era a Anthony a quien amaba, no a Edward. Pero Edward había tenido mucho poder sobre ella, el poder de su personalidad, de su sensualidad, de su crueldad. Todo lo que ella odiaba en aquellos momentos, la habían tenido esclavizada sus sentidos y su voluntad. Había sido como plastilina en sus manos.

Pero eso ya pertenecía al pasado, razonó, mientras salía del lavabo y se iba a tomar un taxi. Se había convertido en una persona diferente, después de seis meses alejada de él. Se había hecho más fuerte, más independiente, más segura. Sabía lo que quería en su vida. Y no era Edward. Era un marido inútil y hubiera sido un padre inútil, mientras que Anthony sería el hombre perfecto en ambos sentidos.

Bella entró llena de coraje y resolución en el vestíbulo del rascacielos sede de Cullen Enterprises. Nada más atravesar las puertas, sintió que esos sentimientos empezaban a desaparecer.

Varios empleados que ella conocía de vista, estaban esperando a tomar el ascensor. La jornada de trabajo había terminado. Todos se quedaron mirando con cara de sorpresa a Bella.

Aquellas miradas la hicieron sentirse más nerviosa. Dirigiéndoles una sonrisa, salió del ascensor y recorrió el pasillo enmoquetado que daba al despacho de Edward.

La falsa muestra de confianza en sí misma, tuvo un efecto positivo en Bella. Empezó a sentirse más segura, a cada paso que daba. No estaba fingiendo. Era un sentimiento muy gratificante, justo en el momento perfecto.

Aquel edificio, con su elegancia y magnificencia, había tenido un efecto sorprendente en ella. Le había impresionado el estilo de vida de Edward.

Siguió caminando por el pasillo hasta llegar a unas puertas dobles de color gris, con un interfono de seguridad en la pared. Antes de las cinco, esas puertas siempre estaban abiertas de par en par, por las que se accedía a la recepción, donde había una rubia impresionante de treinta y muchos años, cuyo trabajo consistía en entretener a los ejecutivos que iban a ver al siempre atareado jefe de Cullen Enterprises. Bella siempre había estado celosa de Gloria, hasta que se enteró de que la recepcionista estaba casada y tenía tres hijos.

Cuando Bella pulsó el interfono, empezó a sentir nervios en el estómago, que logró controlar bastante bien.

La voz de Esme se oyó con claridad.

—Eres tú, Bella?

—Sí.

—La puerta está abierta. Entra.

La recepción estaba medio a oscuras y la mesa semicircular de Gloria vacía. Todo estaba en silencio, lo cual era un poco enervante.

Tragó saliva y cerró la puerta, dirigiéndose hacia el despacho de Esme. De nuevo aparecieron sus temores, los mismos por los que había tEsmeo que huir de allí.

Pidió a Dios no sentir nada por Edward, aparte de desprecio. Pero por encima de todo, pidió a Dios que él le concediera el divorcio.

—Empezaba a pensar que te habías marchado otra vez —le dijo Esme, cuando al fin llegó a su despacho.

—No he hecho este viaje para huir otra vez. ¿Está Edward en su despacho?

—Sí.

—Oh —iba a tener que verlo—. No… no te vayas Esme. Quédate por si acaso te necesito. Prométemelo.

—¿Es que tienes miedo de Edward?

—¿No crees que tengo razones para temerle? Es un hombre despiadado, Esme. Tú debes saberlo, mejor que nadie. No es un hombre que sea capaz de perdonar, ni de olvidar —dijo con amargura, pensando en la relación con su madre y con su hermano, la forma en que había cortado con ellos—. Debe estar muy enfadado conmigo. Seguro que me odia.

Esme estaba frunciendo el ceño y moviendo de lado a lado la cabeza.

—Edward no te odia, Bella. Y no seria capaz jamás de hacerte daño.

—Eso era lo que yo pensaba. Como también pensaba que estaba enamorado de mí. Pero he aprendido a no fijarme sólo en la fachada.

Esme suspiró.

—Eso espero, querida, eso espero.

Bella notó la ambivalencia tan extraña en la respuesta que dio Esme.

—Yo siempre pensé que no te gustaba Edward —le dijo, en tono acusador—. Que creías que yo había cometido una estupidez casándome con él.

—He de admitir que sí.

—Entonces, no lo defiendas ahora —le recriminó Bella. Estaba harta de la gente que defendía a Edward—. ¿Sabe que estoy aquí?

—¡Cómo lo va a saber!

—Pues porque se lo hayas dicho tú.

—No se lo he dicho.

—Mejor. Porque quiero que se lleve una sorpresa cuando me vea entrar. No quiero darle tiempo a pensar cómo me puede engañar por segunda vez.

—No creo que piense eso, Bella —le contestó Esme.

Bella la miró, se dio la vuelta y se fue al despacho de Edward, antes de tener tiempo de echarse atrás. Sin embargo, cuando Edward levantó la vista de la mesa, al verla entrar, se desinfló por completo. La miró sin inmutarse, sin ningún signo de ira.

—Vaya, vaya —murmuró él, apoyándose en el respaldo de su silla de cuero y mirándola de arriba abajo—. Pero si es Bella. ¿Cómo tú por aquí? En tu carta me decías que no querías verme nunca más.

Bella tragó saliva, sintiendo que el corazón se le iba a salir por la boca. ¿Cómo era posible que después de aquel tiempo, siguiera haciéndola sentir de aquella manera?

Con sólo una mirada, estaba ya temblando. Aquello debía ser producto del recuerdo. No podía ser que siguiera enamorada de él. ¡Era imposible!

Pero estaba impresionante, sentado allí, tan guapo, con aquel traje gris de tres piezas que llevaba. Su camisa blanca resaltaba el color de su piel. Tenía un aspecto muy sofisticado y sensual.

—Yo sigo pensando lo mismo de ti —le contestó, con tono de desprecio—. Sigo pensando que eres un canalla sin escrúpulos. Pero desde que te dejé, he aprendido algunas cosas. Y una de ellas es que uno tiene que enfrentarse a los problemas. Que es lo que tú eres para mí. Un problema. Quiero el divorcio. Voy a poner esto en manos de un buen abogado. Así que será mejor que no intentes ninguno de tus trucos.

—Quieres divorciarte —repitió él, enarcando las cejas, antes de echarse un poco hacia delante, dirigiendo la mirada a los papeles que había encima de la mesa. Empezó a colocarlos, sin mirarla—. Muy bien, Bella —continuó, como si con él no fuera la cosa—. Si quieres divorciarte, puedes hacerlo, por mí no hay problema. ¿Es eso todo? —le preguntó, mirándola con sus ojos verde esmeralda—. ¿O quieres algo más? ¿Dinero, quizá?

—No el tuyo —le espetó. De repente, sintió deseos de hacerle daño, tanto daño como él le había hecho a ella. No podía marcharse de allí, sin más ni más. Se acercó a la mesa, apoyó sus manos y le dijo—: He encontrado al hombre que me quiere. Y me quiere de verdad. El hombre que puede darme lo que tú nunca fuiste capaz de dar. Es tan buen amante como tú, Edward. Mejor, porque cuando hace el amor piensa en la otra persona. No como tú, que sólo quieres dominar. El hombre con el que estoy es dulce y sensible. Un hombre que le gusta compartir. Y la ironía de toda esta situación, es que lo conoces, Edward. ¿No te lo imaginas? No me sorprende. Porque tú no puedes ver más allá de tus narices. Pues bien, se llama A…

No pudo continuar, al notar el perfume que procedía del cuerpo de su marido. No olía a madera de sándalo. Olía a…

—Pino —logró decir, abriendo los ojos como platos.

—¿Qué?

—Que hueles a pino. Oh Dios… Oh, no… no…

Bella se apartó de la mesa, poniéndose una mano en la garganta, intentando que se le pasaran las ganas de vomitar. Aquello era un cataclismo total. Era como si una ola gigante arrastrara todos sus sueños y esperanzas.

¡Porque Anthony no existía! Lo había sabido desde el principio. Edward no tenía ningún hermano y menos un gemelo. El hombre del que ella creía se había enamorado, era el hombre que la había convencido que era diferente a su hermano, el hombre que le había inspirado aquellas fantasías sexuales, no era otro que su marido, Edward.

La magnitud de su engaño era tan grande, la actuación tan buena, que casi merecía admiración. Sin embargo había sido pérfido.

—La maldita colonia —murmuró él, mirándola a los ojos—. Déjame que te explique. Intenta entenderlo.

—¿Escuchar? —logró decirle, mirándolo con la cara llena de angustia—. ¿Entender? ¿Qué clase de monstruo eres? ¿Tienes idea de lo que has hecho? ¿Cómo puedes ser tan desconsiderado con los demás?

Edward se levantó y empezó a caminar hacia ella, con decisión. Bella Sintió pánico y empezó a retroceder, hasta que sus piernas golpearon una silla.

—¡Para! —le ordenó, antes de que se acercara más—. ¡Si te acercas, gritaré!

—Tienes que dejarme que te explique, Bella.

—¡No quiero escuchar! Te desprecio, mucho más de lo que te despreciaba antes. Tu arrogancia me deja atónita. Tu falta de sensibilidad es increíble. Lo que hiciste no sólo ha sido deshonesto, sino una crueldad. Has creado una ilusión, en la que me has hecho creer y caer enamorada. Pero he de confesarte que Anthony me ha hecho olvidarte. Yo ya no te quiero, Edward. Es a Anthony al que yo quiero. Y Anthony no existe. Es un mito, un hombre imaginario. ¡Todo esto es una broma!

—¡No! —le gritó Edward—. Anthony existe. Y soy yo. Mi lado bueno. El que yo era antes de que muriera mi padre, el hombre que debía haber sido antes de negarme a amar. Porque ese sentimiento lo extirpé de mi corazón, cuando vi lo que le sucedió a mi padre. Yo sé que me parezco mucho a él, tanto en el aspecto, como en la sensibilidad. El amor parecía algo incontrolable. Así que me impuse distanciarme de cualquier persona, para tomar las decisiones con mi cabeza, y no con mi corazón. En mi cabeza, me hice un esquema de la mujer con la que me quería casar. Y cuando te conocí, vi que eras como la copia que yo había imaginado. Tú crees que yo te engañé, Bella. Pero en realidad me engañé a mí mismo. Porque yo me enamoré de ti, nada más verte. Y no me he dado cuenta hasta que te fuiste de mi lado. Dios mío, casi me vuelvo loco de lo que te echaba de menos. Y de remordimiento. Tienes que creerme, Bella. Yo te quiero.

Era bueno, pensó Bella con amargura. Actuaba muy bien. Pero si de verdad la quería, tendría que haberle hablado con humildad y haberle dado un millón de disculpas. Pero no, lo único que le estaba contando eran más mentiras.

Edward no podía pensar en nadie más que en él mismo. Ella había sabido desde el principio, que no la iba a dejar irse de su lado tan fácilmente, que removería Roma con Santiago, para que volviera a su lado.

Pero nunca se hubiera imaginado que pudiera haber actuado de forma tan ridícula. Una de las razones por las que ella había creído que Anthony existía, era porque no encontraba explicación para que Edward hiciera algo así.

Lo miró y se preguntó qué es lo que esperaba conseguir, tanto en Broome como allí donde estaba en aquel momento. Todo parecía, por cómo se había comportado cuando la vio, antes de que ella se diera cuenta de quién era, que había decidido enviarla tan pronto fuera posible de vuelta a Broome, a los brazos de su alter ego. ¿Con qué propósito? ¿Cuánto tiempo había pensado que podría mantener esa farsa? Porque al final, se lo habría tenido que confesar.

—¿Por qué has hecho todo esto?

—Dios mío, Bella. ¿No es evidente?

—No, no, no es evidente. No sé lo que pensabas que podías ganar con esos trucos. ¿Cuándo ibas a decirme la verdad? ¿No pretenderías seguir fingiendo que eras Anthony toda la vida?

—Intenté decírtelo. Aquella noche en el barco. Pero tú… —se pasó la mano por el pelo, se dio la vuelta y caminó hacia su mesa de despacho—. Pero habría cavado mi tumba, si te lo hubiera dicho en aquel momento.

Bella se enrojeció al pensar en las cosas que había hecho con él aquella noche. Todo por amor. Y sin ninguna medida anticonceptiva.

—¡Oh, Dios mío! —suspiró, al recordarlo—. ¡Ese era tu plan! Dejarme embarazada. Querías que volviera contigo. Y para eso querías que siguiera acostándome con Anthony. Así no habría tenido más remedio que volver contigo.

—Ese no era mi plan original —protestó él—. Por favor, Bella, trata de entenderme. Si hubiera ido con mi yo verdadero a verte, no habrías querido hablar conmigo. Aunque te hubiera dicho que te quería y que te necesitaba, no me habrías creído.

—¿Te puedes imaginar por qué? Que Dios te perdone, Edward. Eres más perverso de lo que yo pensaba. Puedes hacer cualquier cosa para conseguir lo que quieres.

Se sintió tan desconsolada, que se echó a llorar. Cuando Edward fue a estrecharla entre sus brazos, ella lo apartó de forma violenta, dándole golpes en la cara, los hombros, el pecho, insultándolo y diciéndole cosas horribles.

Edward ni siquiera trató de protegerse. Al cabo de un rato, se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Retrocedió unos pasos, abrió los ojos y vio las marcas que le había hecho en la cara y la sangre que le salía por la comisura de los labios.

—Oh… —exclamó. Se dio la vuelta y se marchó.

Esme se levantó de su sitio, cuando vio a Bella pasar corriendo.

—¡Bella, espera! —le dijo.

—Déjala que se vaya, Esme —le dijo Edward—. Es inútil.

Pero Esme no le obedeció. Se fue tras la mujer de su jefe, metiéndose con ella en el ascensor y pulsando el botón con el que se cerraban las puertas, antes de que Bella pudiera protestar.

—No quiero hablar contigo —sollozó Bella, con los ojos arrasados en lágrimas—. Cuando te llamé el otro día, me mentiste. Dijiste que Edward estaba en Brisbane, y no era cierto. Estaba en Broome. Y también Nigel. Por eso ha vuelto tan pronto Edward. Porque su avión estaba en el aeropuerto de Broome. Y le dijiste a Edward que yo iba a venir hoy.

—También te mentí el otro día. Y te juro que me costó bastante. Pero me pillaste por sorpresa y no tenía otra opción. Además, pensé que era una mentira piadosa que iba en tu interés. Pero hoy yo no te he mentido. No le dije a Edward que ibas a venir. Sólo en el Concorde habría tardado menos en llegar que tú desde Darwin. Salió de Broome, nada más marcharte tú.

—¿Entonces quién se lo dijo?

—Tu jefe.

—¿Carlisle? No te creo. ¿Estaba pagando a Carlisle para que me espiara?

—No. ¿Cómo puedes pensar eso? —le recriminó Esme—. Estás exagerando un poco las cosas. Sé que lo que te hizo no está bien. Pero cuando lo decidió, no se lo pudimos quitar de la cabeza. Es un hombre. Y a los hombres les gusta más actuar que hablar. Lo único que quería era redimirse y conquistarte otra vez.

—¿Y cómo averiguó que estaba en Broome?

—Se lo dijo uno de tus hermanos. Pete. Llamó un día y dijo que ya era hora de que solucionaseis este asunto.

Bella suspiró. Nunca les había contado a sus hermanos toda la historia. Simplemente les dijo que su matrimonio no iba bien y que quería separarse de su marido durante un tiempo. Les pidió que no le dijeran a nadie dónde estaba, mientras estaba embarcada, y ellos se lo prometieron. Pero al parecer pensaban que aquella promesa dejaba de tener validez cuando ella regresó a Australia.

—Cuando Edward se enteró dónde estabas, quiso ir inmediatamente, pero temía cómo le ibas a recibir. Así que se le ocurrió lo del hermano gemelo. Yo le advertí que aquello era una locura, pero no me escuchó.

—¿Te contó sus planes? —le preguntó Bella, mirándola con cierto tono de sorpresa y sospecha. Porque Esme estaba más guapa. Ya no parecía la mujer entrada en años que había parecido seis meses antes. Iba mejor vestida y parecía más joven.

—Sí —admitió Esme.

—¿No es un poco extraño? —le preguntó Bella, un poco tensa. Edward no estaba acostumbrado a dar demasiadas confianzas.

—No tienes razón para preocuparte por una posible relación entre Edward y yo, Bella. Edward te quiere a ti y sólo a ti. Pero nuestra relación ha cambiado desde que tuvo el accidente. Porque él ha cambiado. Y mucho.

—¿Te refieres al accidente en el que le atropelló un camión?

—Sí. Fue una semana después de que tú te fueras, el día que el detective le dijo que no había rastro de ti. Hasta ese momento, Edward se había mostrado tan duro como el acero, pretendiendo que para él el que le hubieras dejado, no le importaba, poniendo disculpas de que te encontrabas un poco mal. Pero de pronto se debió dar cuenta de que ibas en serio, que no ibas a volver con él. Y se derrumbó. Fue terrible. Yo intenté convencerle para que no se marchara a casa en coche ese día. Le dije que se viniera a casa. Pero me dijo que quería estar solo para pensar. Según los que vieron el accidente, él arremetió contra el camión. No fue culpa del conductor del camión.

—¡Oh, no! ¿Quiere decir que… que…?

—No, no creo que intentara suicidarse. Estaba tenso y distraído. Pero estuvo a punto de morir.

—¡A punto de morir! —tardó varios segundos en asimilar aquellas palabras, pero cuando lo hizo palideció.

—Todavía lo quieres, ¿no es verdad? —le preguntó Esme.

Bella estuvo a punto de negarlo. Pero no pudo. Porque Edward era Anthony y era a Anthony a quien ella quería. Era imposible amar una parte de una persona, sin amar la otra.

—Sí —le contestó, con resignación—. Supongo que si.

—Entonces vuelve y díselo.

—¡No!

—Bella, no tires piedras contra tu tejado. Edward ha cambiado mucho. Ya no es el mismo. Incluso se ha puesto en contacto con su madre. ¿Te ha dicho que su madre vive? —le preguntó Esme.

—Sí, Anthony me lo… —no pudo terminar la frase, cuando recordó que Edward se lo había contado cuando era Anthony. Recordó que él le había pedido que fuera más comprensible con la conducta de su hermano, después de contarle su pasado. Pero Bella lo había odiado aún más.

Le dio un vuelco al corazón, al pensar en su marido, sentado allí, escuchándole decir que nunca lo iba a perdonar. No era de extrañar que no hubiera querido dar ninguna explicación, con su verdadera personalidad.

—Sí —admitió ella—. Sé que su madre vive.

—Pues vino a verlo, con su marido, y se quedaron unas semanas con él. Ella fue la que le abrió los ojos, yo creo, a lo que pensaba sobre el amor y las mujeres. Te digo que ha cambiado, Bella. Dale una oportunidad.

Bella miró a Esme a la cara y se quedó pensativa. El hecho de que Edward se hubiera ganado el respeto de su secretaria ya decía algo. Porque había visto cómo Esme lo había mirado tiempo atrás.

—Sí —le dijo Esme—. Se ha ganado mi respeto, porque ha llorado en mi hombro más de una vez.

Bella abrió los ojos de sorpresa. No se podía imaginar a Edward llorando.

—Cuando un hombre llora por una mujer, es que está enamorado de ella. Y no te digo con esto que le pongas las cosas fáciles. Con un hombre como Edward. Te tienes que hacer respetar.

Esme sonrió y apartó la mano del botón que había mantenido las puertas cerradas. Se abrieron, y estaban todavía en el último piso.

—Anda —le instó Esme—. Ve con él.