capi nuevo nenas porfis comenten no ab lo feliz q me pone jejeje no me abandonen. capi 14
Capítulo 14
No estaba en su despacho. Estaba en la sala de al lado, tumbado en el diván, con un vaso de whisky en la mano.
—Edward —le dijo, apoyada en el quicio de la puerta.
No la miró. Tan sólo dio otro trago al líquido color ámbar.
—Vete. Bella. Te concederé el divorcio. Pero ahora, por favor vete.
—No. Querías una oportunidad para explicarte. Querías que entendiera. Pues aquí estoy y dispuesta a escucharte. ¿Quieres intentar explicarte, Edward Cullen ?
—¿De verdad hablas en serio? —le preguntó, mirándola con sorpresa y esperanza.
Estirando su espalda, entró en la habitación, elegantemente decorada, y se dirigió hacia el mostrador que había en una esquina, donde se sirvió un vaso de whisky más grande del que Edward se estaba bebiendo.
—Hablo en serio —le respondió.
Cuando ella se llevó el vaso a sus labios, Edward frunció el ceño.
—Pero si a ti no te gusta el whisky.
—¿Cómo lo sabes? En estos seis meses, he cambiado mucho. He estado en un montón de sitios. He hecho muchas cosas. Y ya no bebo sólo Chardonnay —y para demostrárselo dio un trago, sin hacer el menor gesto, cuando el líquido pasó por su garganta.
La verdad era, que ella nunca había bebido whisky, pero Bella estaba de acuerdo en lo que Esme le había dicho. Si quería seguir su relación con Edward, tendría que empezar a llevar las riendas ella y demostrarle que no estaba dispuesta a amilanarse, a seguir siendo la esposa solícita y amable que había sido antes.
A lo mejor había algo de Anthony en la nueva personalidad que Esme decía que tenía su jefe, pero todavía le quedaban muchas cosas de Edward. El verdadero Anthony no habría puesto esa cara de decepción, para empezar.
—Estoy esperando a oír tu explicación —le dijo Bella, dando un sorbo a su vaso.
—Pues siéntate, por favor —le ordenó.
—No —le respondió, aunque se apoyó en la ventana.
—No sé por dónde empezar —murmuró.
—Por donde quieras.
—No me lo estás poniendo fácil.
—¿Por qué tendría que ponértelo?
—No te pongas dura, Bella. Tú no eres así.
—Si esa va a ser tu actitud, Edward, creo que lo mejor es que me marche otra vez.
Al ver que él no respondía, puso el vaso en el alféizar de la ventana y se dirigió a la puerta. Antes de que ella pudiera llegar, se había levantado y bloqueado con su cuerpo la salida.
—No te vayas, Bella. Si me dejas otra vez, creo que me volveré loco.
—¡Eso es lo que me pasó a mí cuando te oí decir lo que dijiste hace seis meses! ¿Cómo crees que me sentí yo, Edward? Me dejó destrozada. Y después, cuando subiste a nuestro cuarto y yo pude evitar que hicieras el amor conmigo, yo… yo…
Bella volvió a rememorar el mismo dolor. Los ojos se le empezaron a arrasar de lágrimas.
—No estoy dispuesta a ser así, Edward —le dijo, con más firmeza—. Si de verdad me quieres, tendrás que aprender a ganarte mi amor, por no mencionar mi respeto.
La estaba mirando con tal sentimiento y remordimiento que Bella estuvo a punto de ablandarse. Deseaba con todas sus fuerzas echarse en sus brazos. Pero no lo hizo.
Y se alegró de no haberlo hecho.
—Esto no va a funcionar —continuó ella—. En estos momentos, es muy difícil que te escuche con el corazón en la mano. Lo mejor es que me vaya otra vez a Broome. Si de verdad me quieres, tendrás que venir a buscarme, pero con tu personalidad verdadera, esta vez. Y tendrás que conquistarme otra vez. Tendrás que demostrarme que has cambiado, que de verdad quieres una compañera, no una muñeca, que para ti es más importante ser marido y padre que hacer dinero.
—¡Pero así es como soy ahora! —insistió él—. Desde que me dejaste, casi no he venido a trabajar. La mayor parte del tiempo he estado en casa, pensando en ti y en mí, pensando en mis errores, en lo que iba a hacer si tenía la suerte de encontrarte y convencerte para que volvieras. Para mí, tú eres lo más importante en este mundo.
—Es difícil de creer, Edward. A ti te gusta tu trabajo, tu vida son los negocios.
—No tanto, en estos últimos meses. Pregúntale a Esme. Steve y ella han estado llevando Cullen Enterprises. Y he de decir que muy bien. Lo que no puedo es dejar el negocio por completo. Ni puedo volver a la arquitectura. Ah, sí, eso era cierto. Soy arquitecto, pero nunca me gustó mucho. Terminé arquitectura porque mi padre me obligó. Quería que yo me encargara del diseño de las casas y él de su construcción. Se suponía que así nos íbamos a hacer millonarios…
A Bella se le ablandó el corazón al ver su triste mirada. Edward había querido mucho a su padre.
—De todas maneras, ya es demasiado tarde para trabajar como arquitecto —continuó, de repente—. Pero te prometo que no trabajaré tanto. Porque de ahora en adelante lo más importante eres tú y nuestros hijos.
—De momento, eso son sólo palabras. Pero para mí, las palabras han dejado de tener significado. Necesito pruebas. Me voy. Y no intentes detenerme.
—¿No me das un beso de despedida?
—No.
—¿Cundo puedo ir a Broome?
—Yo dejaría pasar un tiempo.
—¿Cuánto?
—Edward, ven cuando creas que puedes venir. Cuando creas que estás preparado para entregarte en cuerpo y alma.
—Muy bien —y le sonrió.
Irse de su lado, fue lo más difícil que había hecho en su vida. Mucho más difícil que dejarlo la primera vez. Pero se sintió orgullosa de haberlo hecho. Y esperaba que Edward también se sintiera orgulloso de ella.
Durante la noche que pasó sola en la pensión que había cerca del aeropuerto, le dio tiempo para pensar.
Los últimos días de su vida le habían pasado cosas increíbles. Que Anthony no fuera otro que Edward, explicaba el deseo que había sentido al verlo. Había engañado a sus ojos y su mente, pero no a su cuerpo.
Edward se había dado cuenta. De hecho, le había confesado su vulnerabilidad sexual. Le había contado todo. Fue como entregarse a sí misma en una bandeja de plata.
Durante un rato, empezó a sentirse molesta por haberse dejado tomar el pelo, pero poco a poco esos sentimientos se fueron convirtiendo en admiración por él. ¡Que sangre fría había tenido! ¡Que osadía! ¡Que hombre!
A lo mejor era verdad y había cambiado, como Esme le había contado. A lo mejor era verdad que la amaba.
La verdad, tenía que haber estado muy desesperado para inventarse todo ese cuento del hermano gemelo. El Edward que ella había conocido se habría presentado ante ella confiando en su poder de convicción.
No pudo evitar echarse a reír.
A la mañana siguiente, estuvo a punto de volver con Edward. Pero no lo hizo. Esme tenía razón. Si se entregaba a él, sin que tuviera que hacer un esfuerzo por conquistarla, pronto se olvidaría de lo valioso que es el amor y a lo mejor se comportaba otra vez como antes. Toda su lucha no habría servido para nada.
Pero tuvo que hacer un gran esfuerzo para subirse al avión que la llevaba a Broome. Nada más bajarse del avión lo echó de menos.
¿Echarlo de menos?
Bella frunció el ceño. ¿A quién echaba de menos, a Edward o a Anthony?
No tuvo más remedio que aceptar que los echaba de menos a los dos. Estaba enamorada de los dos.
Sonrió. No muchas mujeres podían decir que habían tenido una aventura con su propio marido. Ella sí. ¡Y vaya momentos tan eróticos! Cuando Edward la conquistara otra vez, algo que daba por supuesto, aquel era un aspecto de su matrimonio que iba a cambiar. No estaba dispuesta a ser el juguete de Edward. Iban a ser compañeros en todo, también en la cama.
—Pareces muy contenta —fue lo primero que le dijo Carlisle, cuando la fue a recoger a la tres y media—. ¿Qué tal por Brisbane?
—Mucho mejor de lo que yo había pensado, la verdad.
—¿Te ha concedido el divorcio sin protestar?
—Bueno, sí, pero…
—Oye, hay una cosa que quiero que sepas antes de que te enteres de otra forma —le interrumpió Carlisle—. No tuve más remedio que decirle a Anthony dónde te habías ido. Me vio regresar del aeropuerto. Como vio que no venías conmigo, no paró de acosarme a preguntas, hasta que me sacó la verdad. Lo siento.
—No importa. Carlisle. Anthony lo iba a saber tarde o temprano.
—Eso fue lo que yo pensé. ¿Vas a verlo esta noche?
Bella se quedó dubitativa unos segundos. Si le decía la verdad, Carlisle pensaría que estaban como una cabra.
—No, no —le contestó—. Anthony ha vuelto a Brisbane, Carlisle. La cosa entre nosotros no funcionó.
—¡No me digas eso! Si parecía que estabais hechos el uno para el otro. Pero mira que te lo advertí, Bella. Le tenías que haber dicho la verdad.
—¿Te importaría que no habláramos más de Anthony, Carlisle? —le pidió, al sentir que ya no podía seguir con aquella conversación—. Estoy un poco cansada.
—Bueno. Por cierto sólo tenemos un pasajero para la excursión de hoy. Ha alquilado el barco para él solo. Hay gente que tiene más dinero que sentido común.
—A lo mejor es fotógrafo —sugirió Bella. Las fotografías de las puestas de sol en Cable Beach se vendían muy bien—. A lo mejor no quiere que otros descubran dónde ha tomado sus fotografías.
—Es posible. No se me había ocurrido.
Ya en el Zephyr, Bella empezó a hacer todos los preparativos para un solo pasajero, bostezando de vez en cuando. La noche anterior no había podido dormir casi nada.
—Nuestro hombre ya ha llegado a la playa —le dijo Carlisle, mientras ella estaba tapando un plato con plástico—. Me voy a por él.
Bella subió a bordo un par de minutos más tarde, esperando el regreso de Carlisle. Cerró los ojos y se dejó llevar por el movimiento del barco, sin abrirlos hasta que oyó el ruido del motor de la lancha.
Al principio se quedó aturdida, al ver a Edward sentado en la parte de atrás de la lancha. La sacó al instante de su estado de letargo.
Carlisle subió a bordo de un salto, con la cuerda en la mano, sonriendo mientras se acercaba a ella y le susurraba al oído.
—Parece que Anthony no ha querido volver a Brisbane todavía. Ni tampoco quería compartir el barco con nadie.
—Ese no es Anthony —le informó Bella, poniendo cara de resignación—. Es Edward, mi marido.
—¿Qué? Oh no, me empieces otra vez con eso. Ese es Anthony —le dijo, mirando a Edward—. Anda por favor, enséñale la cicatriz otra vez.
Sonriendo, Edward se levantó y le enseñó la cicatriz.
—¿Lo ves? —le preguntó Carlisle—. Es Anthony, no tu desagradable marido. Ahora vamos a seguir con este crucero sin más melodramas, ¿vale? Dios mio, esta mujer es una paranoica.
Bella no pudo hacer otra cosa que sonreír. Aquello era muy divertido.
—¿Le decimos la verdad? —le susurró a Edward al oído, cuando se subió a bordo.
—Mejor no, ¿no crees?
—Mejor. Porque si se lo dijéramos podría no entender por qué tú desagradable marido te está besando y por qué tú no le arañas y escupes a la cara.
Bella no tuvo tiempo de protestar, porque Edward la besó en los labios. No pudo arañarle, ni escupirle, pero sí se puso muy tensa. Pero poco a poco se fue relajando y se entregó al hombre que amaba.
—No has perdido el tiempo —le murmuró, cuando él se apartó para tomar aire.
—El tiempo y las mareas no esperan por nadie —citó—. Yo te quiero, Bella. Y quería demostrártelo lo antes posible.
—¿Y tú crees que la forma de demostrármelo es besándome?
—Es un buen comienzo.
Y tenía razón.
Así que decidió devolverle el beso ella.
