Corregido chicas

disculpen... BESOS

Capítulo Tres
Ese simple comentario y las terminaciones nerviosas de Bella cobraron vida con una intensidad que la aturdió. Eran las mismas palabras que había pronunciado cuando se conocieron en Cullens. ¿Cuántas veces habían hablado desde entonces? ¿Cuántas veces habían estado juntos, aunque en otros entornos menos románticos? Sin embargo, esa simple frase consiguió descolocarla.
Quizá tuvo que ver la voz. Sonaba más profunda que las otras veces. Más ronca y apasionada, y transmitía un deseo evidente. Todo su instinto respondió a esa orden muda, instándola a ir hacia él. A rendirse. A entregarse tan completamente como sólo una mujer podía.
Avanzó un paso. Ese era el hombre al que había conocido semanas atrás. El hombre que la había sacado de su sueño y encendido emociones que nunca había llegado a imaginar que poseía.
—¿Dónde has estado? —le preguntó.
Salió de las sombras y se acercó.
—¿Importa? Ahora estoy aquí —extendió la mano—. He de hacerte una pregunta.
Ella no vaciló y le tomó la mano. «¡Sí!», susurró una vocecilla en su cabeza, reconociendo la perfección de ese contacto. Y lo que le resultó aún más notable fue el torrente de deseo tan poderoso que le impidió pensar con claridad. Se sintió eufórica. Ahí estaba el hombre perfecto para ella, un hombre que reflejaba sus propios ideales. Pragmatismo. Seguridad. Éxito. Y un atractivo poderoso. Los cimientos básicos para una relación próspera.
—¿Qué me querías preguntar? —logró decir.
—¿Confías en mí?
Si no hubiera hablado con esa intensidad, Bella se habría reído.
—Claro que confío en ti.
—Entonces, bésame.
Pudo más la curiosidad que la seductora tentación.
—No entiendo. ¿Qué te pasa?
—Intento aclarar algo. Demostrar que lo que sentimos cuando nos tocamos por primera vez fue real. Que la fantasía puede convertirse en realidad. Que eres una mujer que merece perder la cabeza, no sólo esta noche, sino todas las noches.
Ella sintió que palidecía.
—Lo oíste. Estabas en tu oficina al mediodía. Escuchaste lo que Tania y Angie dijeron —Dios, lo que ella misma había dicho... que esperaba al Zorro—. Nos oíste, ¿verdad?
Él inclinó la cabeza.
—Sí.
—Lo siento. Yo...
—No te disculpes. Era importante que yo lo supiera.
Anthony cerró la distancia que los separaba y detuvo sus palabras con un movimiento fácil. Bajando la cabeza, le enmarcó la cara entre las manos y la besó. Y con ese beso la envió dando vueltas a un sitio en el que nunca antes había estado.
En las últimas seis semanas la había besado muchas veces, pero ninguna se había parecido a eso. El primer contacto fue lento y delicioso, un deslizamiento de labios mezclándose con un susurro de la lengua, combinado con una sensualidad que derretía los huesos y que Anthony le había mantenido oculta hasta ese momento. Exhibía toda la novedad de un primer beso, lo que le resultó tan extraño y desconcertante como encantador.
Se hundió en el abrazo, abriéndose a él y estableciendo un ataque y contraataque que le causó una deliciosa fricción por las venas. Se preguntó por qué había titubeado todas esas semanas. Eso era lo que deseaba. Lo que necesitaba. Si la hubiera besado con esa dulce energía desde el principio, tal como había esperado por el primer encuentro, habría caído en su cama en la primera cita.
Él se retiró levemente.
—¿Mejor?
—Como la noche y el día —confesó Bella. Frunció el ceño—. Pero no entiendo. ¿Por qué no me besaste así antes?
—Te estoy besando así ahora.
Le acarició la mandíbula antes de trazar con las yemas de los dedos la extensión de su cuello y bajar a los hombros desnudos. Ella tembló bajo esas caricias y él sonrió con una clara expresión masculina. Bella no pudo contener un jadeo cuando las manos continuaron el descenso con el fin de explorar sus curvas con manifiesto gozo. La miró al volver a acercarla a él, uniéndose en una integración perfecta.
No dejó de observarla en ningún momento, consumiéndola con la intensidad de su mirada. En todas las semanas que llevaban juntos, Bella nunca había visto la expresión que mostraban sus ojos en ese momento, una embriagadora combinación de pasión, añoranza y determinación. Como tampoco había reaccionado de esa manera cuando la había abrazado, como si hubiera estado perdida y al fin hubiera encontrado el camino a casa.
La diferencia la desconcertó. No la entendía, no más que el cambio de Anthony. Pero fuera lo que fuere lo que lo hubiera transformado, esperó que no desapareciera jamás. Si antes de esa noche había albergado alguna duda acerca de su relación, se disipó con ese único beso.
—¿Todo esto se debe a que escuchaste mi conversación al mediodía? —preguntó aturdida.
No lo negó.
—¿Quieres al Zorro? Yo puedo dártelo. ¿Quieres que te lleven lejos de aquí? Yo también puedo hacerlo.
—Oh, Anthony—por algún motivo, fue como si él reculara, se dijo que posiblemente por la compasión de su voz—. No quiero que cambies, sólo deseo que seas tú mismo —la verdad era que esas promesas extravagantes la aturdían. A los hombres que vendían cuentos de hadas les sucedía lo mismo que al coche de la Cenicienta a medianoche. Se desvanecían. No tenía ganas de quedarse con una calabaza en la mano igual que su madre.
—Lo creas o no, estoy siendo yo mismo.
Ella sonrió.
—¿En tu corazón eres el Zorro?
—Más de lo que puedas imaginar.
No se molestó en cuestionar eso. Pasaba suficiente tiempo con Anthony como para saber que no era el Zorro. Tal vez fuera el hermano del Zorro, pero le parecía demasiado sereno y analítico como para encarnar al misterioso adalid, sin importar lo mucho que ella deseara lo contrario.
—Puedo vivir sin el Zorro —le aseguró—. Al menos, puedo si te tengo a ti —le rodeó el cuello con los brazos—. Así.
—Puedes, con una condición.
—Dila.
—Que te vengas conmigo. Ahora. Esta noche —frenó su negativa automática con un simple movimiento de cabeza—. Escúchame, Bella. Te conozco, conozco tu verdadero yo. Puede que te aferres a los hechos, a los números y a los gráficos porque te resultan seguros, familiares y lógicos. Pero no quieres nada de eso en un amante. Anhelas a un hombre capaz de ver debajo de la superficie, que comprenda que posees el alma de una romántica y que satisfaga todas tus fantasías más apasionadas.
Lo miró aturdida. Era como si hubiera escudriñado su corazón y leído sus secretos más profundos. Había estado toda su vida haciendo «lo correcto». Siguiendo las reglas y los parámetros establecidos por su abuela. Por una vez, quería cruzar la línea. Correr un riesgo. Y ahí estaba Anrhony, un hombre que la atraía locamente, ofreciéndole justo esa oportunidad.
—¿Adónde quieres ir? —le preguntó.
—A Nevada.
Ella parpadeó.
—Quieres ir a Nevada. Esta noche —al verlo asentir, lo observó confusa—. Pero, ¿por qué? Si quieres que pasemos la noche juntos...
Él se puso rígido.
—Continúa.
Por algún motivo, Bella se sonrojó.
—Sé que no lo hemos hecho... aún. Pero no tenemos que ir hasta Nevada para eso.
Él se relajó lo suficiente como para reír.
—Hay otros motivos para ir allí.
Ella enarcó las cejas.
—¿Quieres ver un espectáculo? ¿Jugar?
—No, cara. Quiero casarme contigo.
Pudo ver que la había dejado sin habla. Lo miró fijamente con ojos enormes e incrédulos.
—¡Casarte conmigo!
—Nada más verte te deseé —manifestó con el corazón—. Supe que eras tú.
—Pero estas últimas seis semanas...
Había previsto esa pregunta al planear la velada.
—¿Qué habrías hecho si me hubiera abierto así aquel primer día?
—Huir como perseguida por mil demonios.
—¿Y ahora, pasadas seis semanas?
—No estoy huyendo —concedió—. Pero estoy aturdida. No es algo que debamos hacer a ciegas.
—Tú me deseas —afirmó.
—No puedo negarlo —se hundió contra él y apoyó la mejilla en su hombro—. Pero ¿matrimonio? ¿Tan pronto?
—La espera no cambiará lo que siento por ti.
—Pero nos dará tiempo para conocernos mejor —se retiró unos centímetros—. Sé práctico, Anthony —entonces rió—. ¿Qué digo? Aparte de mí misma, eres la persona más pragmática que jamás he conocido.
Cada vez que usaba el nombre de su hermano, anhelaba corregirla, exigirle que lo viera a él... no a Anthony. Faltaba poco para eso. Pero primero debía llevarla a Nevada. Todo lo que había puesto en marcha esa noche dependía exclusivamente de eso. La nota que le había enviado en la que le pedía que se reuniera con él una hora antes, el horario del coche y del avión, las excusas que Esme le ofrecería a su hermano acerca de la ausencia de Bella en la fiesta... Todo dependía de su capacidad de arrancarle una simple concesión a la mujer que tenía en brazos.
—Ya has sido práctica —arguyó—, y no te ha hecho más feliz que a mí. No es lo que quiero y apuesto lo que sea a que tampoco es lo que tú quieres.
—De acuerdo, lo reconozco —confesó con un suspiro—. Me gustaría algo más que pragmatismo.
—Entonces, ven conmigo.
Estaba a punto de rendirse.
—¿Y qué pasa con la fiesta de aniversario de tus abuelos? —movió la cabeza—. No nos precipitemos. Podemos ir a Nevada en otra ocasión. Deberíamos estar presentes en su noche especial.
—Ya le conté a Esme nuestros planes en caso de que tú aceptaras, y tenemos la aprobación de Carlisle y de ella. Esme presentará nuestras excusas al resto de la familia —y con suerte lograría que Anthony corriera en círculos hasta que fuera demasiado tarde—. Di que sí, Bella —instó—. Quieres dejarte llevar y eso es lo que te ofrezco —antes de poder ofrecerle más argumentos, volvió a besarla. Fue un beso poderoso y físico. Una exigencia. Una seducción. Una unión. Ya nunca podría confundirlo con otro hombre—. Confía en mí. Corre un riesgo.
Lo miró arrobada y Edward apenas logró contener una sonrisa. Se la veía igual que él se sentía. Si había albergado alguna duda acerca de sus planes para las siguientes veinticuatro horas, se había desvanecido en cuanto se reunió con él en la terraza. En el instante en que se tocaron lo invadió la certeza. Estaban hechos el uno para el otro. Nunca en la vida había estado más seguro de algo.
—Me gustaría ir a Nevada contigo —movió la cabeza como si quisiera despejarla, y el cabello se le escapó del moño elegante, cayendo sobre sus hombros—. Pero no para casarme contigo —se apresuró a añadir mientras se desprendía los broches con que había sujetado su largo pelo.
—Ya lo veremos.
—Hablo en serio, Anthony Nada de matrimonio.
—Y yo también, Bella —le quitó los broches y se los guardó en el bolsillo antes de robarle otro beso que prácticamente la hizo gemir—. Quiero que seas mi esposa.
No le brindó la oportunidad de discutir. La escoltó fuera de la terraza y del hotel. Le había ordenado al chófer que la había llevado a Le Premier que los esperara justo ante la puerta para que pudiera transportarlos de inmediato al aeropuerto. También había arreglado que el jet de la empresa se hallara preparado para el vuelo a Nevada.
No quería arriesgarse a tener retraso alguno ni a que Bella se lo pensara mejor. En cuanto estuvieran casados, se encargaría de la inevitable sorpresa de su verdadera identidad. Pero antes de eso, la uniría a él con el compromiso más sagrado de todos.

En cuanto despegaron, le pasó una copa alta de champán. La luz era tenue y, los sillones, amplios y mullidos. Alzaron el reposabrazos que los separaba y ocuparon sus sitios con Bella junto a la ventanilla.
—¿Estás cómoda?
—Mmm. No recuerdo la última vez que me sentí tan bien.
—Creo que yo puedo mejorar eso.
—No es posible.
Sin decir una palabra, le pasó un brazo por debajo de las rodillas y la giró, de modo que la espalda quedó apoyada contra la pared de la cabina y los pies en su regazo. Le quitó las sandalias de tacón alto y dejó que cayeran al suelo. Luego comenzó a masajearle los arcos de los pies. Divertido, la vio cerrar los ojos y suspirar.
—Creo que me gustaría revisar tu anterior oferta —dijo ella.
Él rió.
—Imagino que querrás realizar una contraoferta.
—Por supuesto —lo miró con los ojos entrecerrados—. Si nos casamos, ¿esto formará parte del ritual de todas las noches?
—Lo que tú quieras, cara.
—¿Por qué no me explicaste esta ventaja antes? Todas estas semanas trabajando juntos y nunca... Oh me olvidaba.
Pasó a modo de trabajo con una facilidad que él supuso que se debía a mucha práctica. Bajó los pies de su regazo, dejó la copa de champán y hurgó en el bolso en busca de la agenda electrónica.
—¿Dónde he puesto mis gafas de leer? —musitó—. Maldición. Al final, me las dejé encima de la cama. Escucha, casi me olvido de decírtelo. Llamaron de la cuenta Reed para fijar una reunión el jueves. Me preguntaba si podía llevarme a Lassiter...
Calló cuando él le quitó la agenda de las manos y volvió a guardarla en el bolso.
—Esta noche no, Bella. Ni móviles ni agendas electrónicas. Esta noche es para el romance. Ni una palabra más de negocios. Quiero saber cuál es tu versión de la felicidad. Quiero conocer a la mujer, no a la ejecutiva. ¿Qué me dices de tus sueños?
Ella parpadeó y lo observó asombrada.
—¿Disculpa? ¿En cuántas veladas románticas hemos hablado de negocios con una botella de Chianti? Pensé que era lo que preferías.
Se sintió tenso.
—¿Quieres pasar el resto de tu vida con un socio o con un amante? Cuando el sol se ponga, ¿prefieres hablar de la cuenta Reed o intercambiar los detalles íntimos que sólo unos amantes comparten?
Los ojos de ella reflejaron una combinación de nerviosismo y esperanza.
—Hablas en serio, ¿verdad?
—Muy en serio. De hecho, quiero hacerte una pregunta.
—Sabes que puedes preguntarme lo que quieras.
—¿Crees en el amor a primera vista... al primer contacto?
—¿Al primer contacto? —su expresión se suavizó y le tomó la mano—. ¿Eres consciente de que te estás masajeando la palma de la mano igual que lo hago yo?
—Yo... ¿qué?
—La palma. Desde la primera vez que nos estrechamos las manos sentí esa chispa extraña. Y muchas veces me sorprendo masajeándome la mano. No pensé que a ti te sucediera lo mismo, pero esta noche ya lo has hecho dos veces.
—Tienes razón —podría haberle dicho que era una reacción al Infierno, una que jamás había sabido que las mujeres experimentaran. Al menos, hasta esa fecha. Pero no lo entendería. Todavía no—. ¿Alguna vez analizas el día que nos conocimos?
—Todo el tiempo —confesó con voz queda—. Pensé que me lo había imaginado.
Intentó contener el entusiasmo para no alarmarla.
—¿Por qué?
Bella se encogió de hombros.
—Ya sabes.
La vio incómoda, sin duda porque no quería herir sus sentimientos.
—Porque después de aquello cambié.
—Lo entendí —se apresuró a tranquilizarlo—. Soy una empleada de la empresa de tu familia. No habría sido apropiado que aquel día... —calló con otro encogimiento de hombros.
—¿Lleváramos lo iniciado en el vestíbulo a su inevitable conclusión?
Ella esquivó su mirada.
—Expuesto con esa discreción, sí. Los dos sabemos hacia dónde conducían los asuntos aquella mañana.
—¿Qué crees que habría pasado si en vez de entrar en el ascensor te hubieras ido conmigo?
En esa ocasión, lo miró a los ojos.
—Ninguno de los dos se habría presentado a trabajar aquel día. Probablemente, a mí me habrían despedido y tú habrías...
—¿Qué?
—Habrías considerado mi conducta totalmente inapropiada. Habríamos tenido un día interesante y ahora yo estaría trabajando en otra empresa —la sonrisa vaciló—. Y no nos encontraríamos aquí hablando del tema.
—Yo tengo otro escenario —introdujo los dedos entre su cabello y le acercó la cara—. Creo que nos habríamos escabullido y permitido que lo que sentíamos el uno por el otro llegara a su conclusión natural. Luego yo habría llamado a personal y les habría explicado que había requerido tu presencia por asuntos oficiales de Cullens y que empezarías a trabajar al día siguiente.
—Es una bonita fantasía.
Él movió la cabeza.
—Es lo que habría pasado. En su lugar, estuve a punto de perderte. Para ti lo que sucedió en el vestíbulo se convirtió sólo en un sueño, que se desvanecía un poco más con cada día que pasaba, hasta que comenzaste a pensar que habías imaginado la conexión que forjamos aquella mañana.
—Pero ahora ha vuelto —le recordó con una sonrisa feliz—. De modo que todo está bien.
—Y va a seguir bien. Porque esta vez sí escuchamos a nuestros instintos en vez de huir de ellos.
—¿Y cuando irrumpa la realidad?
—Quiero que me prometas que seguirás prestando atención a esos instintos. Que seguirás a tu corazón y no a tu cabeza. Bella volvió a reír, en esa ocasión con más libertad.
—No puedo creer que tú, de entre todas las personas posibles, me estés diciendo eso, Anthony Cullen.
Oír ese nombre lo puso rígido.
—¿Por qué?
—Por favor. Ayer mismo me explicabas que no había que confiar en la emoción y el instinto. Que el motivo por el que nos llevamos tan bien es porque los dos somos personas racionales y lógicas —frunció el ceño—. ¿Qué te ha hecho cambiar de idea desde entonces?
—Me sorprende que te tragaras todas esas insensateces —respondió, tratando de convertirlo en una broma.
Ella entrecerró los ojos e insistió.
—Fuiste tú quien lo dijo. ¿Es que no lo crees?
—Ni siquiera un ápice.
—Bueno, yo sí... o lo hacía. Ahora me siento realmente confusa —comentó con cierta aprensión—. ¿Qué está pasando, Anthony?
—Bella... —necesitaba encontrar una manera de situarla en un plano diferente que el que compartía con su hermano—. Me gustaría empezar de nuevo. Aquí y ahora. Durante el resto del viaje, finjamos que es otra vez aquella primera mañana y que acabamos de conocernos. ¿Crees que puedes hacerlo?
—Supongo —la tensión se evaporó poco a poco—. De hecho, suena divertido.
Justo en ese momento la auxiliar de vuelo se acercó para informarles de que estaban a punto de aterrizar. Una vez más había arreglado que un coche los llevara al hotel, una estructura magnífica situada junto a un lago pequeño y brillante. De inmediato los condujeron a una suite privada, con una cama enorme, una bañera empotrada en el suelo, un baño con hidromasaje que bien podría haber sido una piscina y una terraza privada con jacuzzi.
La miró y sonrió.
—¿En cuál prefieres meterte desnuda?