Mis chicas aqui esta el siguiente capitulo por el amor a la saga y al infierno de lo cullen porque todas queremos dejarnos arrastrar por el aqui esta el cuarto capitulo... desde mi telefono escuchen

Fire in the water - Feist

Capítulo Cuatro

Bella observaba el lujo que tenía ante sí con absoluta incredulidad.

—Todo mi apartamento podría caber en esa bañera.

—Mmm. Me parece que necesitas un apartamento mayor. Quizá podamos hacer algo al respecto cuando volvamos. Mi casa es, como mínimo, tan grande como esa cama. ¿Qué dices, cara? ¿Estás interesada en cambiar una bañera por una cama?

Ella se giró para mirarlo.

—¿Sabes?, es la tercera vez esta noche que has empleado esa palabra cariñosa al dirigirte a mí, lo cual resulta extraño si tenemos en cuenta que no la utilizabas desde la mañana que nos conocimos. De hecho, en las últimas horas te he oído decir más cosas en italiano que en las últimas dos semanas.

—Acostúmbrate. Me las saca la pasión —miró alrededor casi con entusiasmo juvenil y se frotó las manos—. Probemos todo. ¿Por dónde quieres empezar? ¿Un baño largo y romántico con velas y chocolate? ¿Un rato en el hidromasaje? —su voz se tomó ronca—. ¿O jugamos al escondite en esa cama del tamaño de un estadio de fútbol?

- anthony...

No pudo evitarlo. El nombre de su hermano en labios de Bella lo crispó. Necesitaba encontrar un modo de separarlos a los dos en la mente de ella, poner una marca indeleble que jamás pudiera borrarse.

—Será la cama.

Llegó al lado de ella en dos zancadas y la alzó en brazos. Bella tembló por la trepidación que batallaba con el deseo, ganando este último. La vio sonrojarse de forma deliciosa. Con un suspiro apenas audible, le rodeó el cuello con los brazos y enterró la cara en el hueco de su hombro.

—Ya no quiero ser una alta ejecutiva —le informó con voz queda.

De pronto sintió una ternura abrumadora hacia la mujer que tenía en brazos.

—¿Quién te gustaría ser?

—Yo. Ahora mismo. Contigo —alzó la cabeza y lo miró con expresión solemne—. ¿Qué podría ser más perfecto?

—Nada que se me ocurra.

Retiró el edredón antes de posarla sobre la cama. Su cabello se extendió como chocolate dulce sobre una sábana de color marfil. Se echó a su lado, sin prisas una vez que la tenía donde más deseaba.

—Si quieres, podríamos hacer que este viaje fuera aún más especial —ofreció con suavidad—. Cuando volvamos mañana, podría ser como señor y señora Cullen .

Durante un segundo pensó que había ido demasiado lejos. Ella se humedeció los labios y lo miró.

—¿Sabes?, había planeado cómo responderte esta noche en caso de que Tania y Angie tuvieran razón acerca de tus intenciones —admitió con vacilación.

—¿Y qué decidiste?

—Decirte lo mucho que apreciaba nuestra amistad y cuánto esperaba que con el tiempo se convirtiera en algo más íntimo. Que estaba dispuesta a dar el siguiente paso si tú lo estabas, pero que teníamos que ir despacio.

—¿Y ahora?

Las lágrimas centellearon como diamantes en sus ojos.

—Y ahora sólo puedo pensar en lo afortunada que soy de haberte encontrado de nuevo y el miedo que tengo de despertar mañana y descubrir que no ha sido más que un hermoso sueño. Que nuestra relación volverá a ser lo que era y que perderé todo esto.

—No es un sueño y no vas a perderme.

La aprensión no se desvaneció de los ojos de Bella.

—¿Qué pasa si todo vuelve a cambiar? ¿Qué sucede si volvemos a estar como antes?

—No sucederá, te lo prometo —le dio un beso fugaz en los labios—. Cásate conmigo, Bella, y llenaré tus días y tus noches con más romance y aventura que lo que imaginabas en tus sueños más descabellados.

—Sabiendo cuáles son mis sueños, es una promesa exigente.

—Ponme a prueba.

Ella asintió llena de júbilo.

—Creo que acabas de ganarte una prometida, señor Cullen.

—¿Estás segura?

—Muy segura.

—Entonces, ¿qué te parece si lo hacemos bien? —miró su reloj de pulsera—. El registro civil no cierra hasta las doce de la noche...

Lo abrazó con más fuerza.

—¿Y cómo sabes eso?

—Cara —la reprendió—, es mi placer anticipar cada una de tus necesidades.

—Algo que haces con brillantez.

—Y que pronto haré aún más brillantemente. Deja que realice una llamada de teléfono y luego iremos a buscar nuestra licencia.

—Perfecto. Eso me dará tiempo para refrescarme —lo miró—. Prometida y esposa en una sola noche —frunció la nariz—. No sé si puede haber mayor locura.

—Dale tiempo —esperó que no captara la ironía que subrayaba su comentario.

Mientras Bella estaba en el cuarto de baño, llamó para confirmar la boda que ya había organizado y que esperaba que convirtiera la noche en lo más especial posible. El trayecto hasta el registro civil apenas les llevó tiempo, aunque rellenar los formularios necesarios hizo que Edward experimentara un momento de preocupación. Por suerte, que Bella olvidara las gafas en las prisas por ir a reunirse con él fue una bendición del cielo.

Al regresar al hotel, descubrió que no sólo habían cumplido su petición, sino que la habían superado con creces. La pequeña capilla rebosaba de flores de todas las formas, colores y variedades mientras unas velas blancas le daban a la sala un resplandor suave. Un cuarteto de cuerda llenaba la sala con música suave y romántica. Había pedido que la ceremonia la oficiara un sacerdote, preferiblemente en el latín con el que él había crecido, y descubrió que hasta habían arreglado eso. Y las «ayudantes» que había contratado para que auxiliaran a Bella con cualquier retoque que deseara realizar a su vestido, cabello o maquillaje, esperaban para conducirla a una pequeña antecámara mientras él iba nervioso de un lado a otro delante del altar.

En cuanto llegó el sacerdote, le explicó los cambios que quería. Al día siguiente pagaría caro por esa noche. Tendría que ocuparse de la conmoción y la furia de su esposa cuando descubriera el engaño. De la ira de su hermano. De la desaprobación de su familia por el método elegido para soslayar a Anthony. Nada de eso importaba. Lo único que contaba era la reacción instintiva de Bella cada vez que la tomaba en brazos. La cabeza de ella quizá no lo conociera, pero el resto sí, y respondía con amoroso abandono. Lo demás llegaría con el tiempo.

Siempre y cuando pudiera convencerla de que le concediera ese tiempo.

Justo entonces apareció en la entrada de la capilla, y casi se le paralizó el corazón. Nunca en la vida había visto una mujer más hermosa. Con sonrisa tímida fue hacia él, el vestido flotando a su alrededor como tejido con telarañas. Un tenue velo enmarcaba el contorno elegante de su cara y llevaba un ramo de sencillas rosas blancas.

La ceremonia tuvo lugar como parte de un sueño. La única vez en que el sacerdote utilizó el nombre de Edward, éste se inclinó un instante antes y le susurró a Bella un comentario jocoso al oído para que esa discrepancia pasara desapercibida. Al final, le puso el anillo en el dedo.

Había elegido un solitario con un exquisito diamante de fuego en un antiguo engaste de platino de una selección de anillos que Esme le había llevado, junto con unas alianzas a juego.

—Planeaste esto desde el principio, ¿verdad? —le preguntó con voz queda y sorprendida.

—Digamos que, cuando te lo pedí, esperaba que aceptaras.

El rubor invadió sus mejillas.

—Gracias. Creo que jamás he sido más feliz.

Le dedicó una mirada ardiente.

—Dale tiempo. Mi intención es hacerte mucho más feliz dentro de un rato.

El rubor se intensificó, pero no apartó la vista. En todo caso, sus ojos albergaban una promesa que Edward esperó que durara toda la vida.

Casi a medianoche, fueron declarados marido y mujer, la tomó en brazos y, por primera vez, besó a su esposa.

Luego regresaron a la suite.

—¿Te apetece otra copa de champán? —preguntó, quitándose la chaqueta.

Ella dejó el ramo en una mesa lateral y pasó las yemas de los dedos por las flores aterciopeladas.

—No quiero que el alcohol nuble mi memoria —lo miró a los ojos—. Quieres que lo recuerde todo, ¿no?

—Cada minuto —confirmó.

El fuego ardió en los ojos de ella.

—Entonces, declinaré el champán.

Para su paz mental, Marco tuvo que estar seguro.

—¿Te molesta que hayamos precipitado las cosas, que no estuvieran presentes nuestras familias?

Bella Movió la cabeza.

—En realidad, no. La abuela está muerta y no tengo ni idea de dónde anda mi madre en la actualidad.

—¿Por qué no? —preguntó sin pensarlo.

Lo miró extrañada.

—Ya lo sabes, Anthony.

—Cierto. Lo siento —recogió la chaqueta de donde la había dejado y fue al otro extremo de la suite para colgarla y así poder ocultar su expresión—. Me temo que por parte de mi familia habrá mucho enfado —dijo.

Para su alivio, el momento de peligro había pasado y ella se centró en esa última preocupación.

—Estarán molestos por no haber sido invitados, ¿verdad?

—No somos los primeros de la familia en fugarnos. Pero no estarán contentos, no.

—En particular porque no era necesario.

—Todo lo contrario. Creo que era muy necesario. Creo que necesitábamos alejarnos del trabajo y de la familia y simplemente confiar en lo que sentimos el uno por el otro —ladeó la cabeza—. ¿Tú no?

Lo consideró unos momentos antes de asentir.

—Empiezo a sospechar que para nosotros no habría funcionado de otro modo —sonrió fugazmente—. Demasiados ladrillos e insuficiente mortero.

—¿Y el mortero es el romance?

Ella asintió y Edward se sintió satisfecho. Su hermano había estado muy equivocado sobre ella, igual que Tania y Angie. Bella y Anthony no se parecían en nada. Cierto, ambos compartían una mentalidad de contable, pero ahí se acababa. Por dentro, donde realmente contaba, ella representaba todo lo que era femenino. El espíritu colosal, la suavidad que cubría una fortaleza indómita, la brillantez atemperada por la compasión y la creatividad... Cualidades que se habían perdido en Cullens. Que su hermano no había notado ni entendido.

Pero él sí las entendía y las apreciaba.

Se tomó su tiempo, con la intención de hacer que esa noche fuera lo más especial posible. Se acercó despacio al tiempo que se quitaba la pajarita y se desabotonaba la camisa.

—Cuéntame cómo te sientes, Bella.

—Feliz. Nerviosa —bajó la vista a su torso desnudo—. Hambrienta.

Él siguió acortando la distancia que los separaba.

—Lo primero, pretendo fomentarlo. Lo segundo, lo puedo mitigar. Y lo tercero, planeo satisfacerlo por completo. En todos los sentidos —llegó a su lado y desterró cualquier duda con besos hasta que la tuvo trémula, con un deseo tan grande que no se podía contener—. Aguarda —murmuró—. Lo primero es lo primero —le quitó el velo y con cuidado lo apoyó en la silla más próxima.

Luego, Bella dejó de esperar. Se deslizó en sus brazos y ladeó la boca sobre la suya en un beso encendido y codicioso que le reveló sin rodeos lo mucho que lo deseaba.

Edward le soltó el broche del vestido en la base de la nuca y los bordes del corpiño cayeron hasta la cintura, desnudándola a su mirada. En silencio, ella se llevó las manos a la espalda y bajó la cremallera del vestido, permitiendo que se deslizara al suelo antes de abandonarlo.

No llevaba más que un minúsculo triángulo de encaje que apenas ocultaba el corazón de su feminidad. La vio orgullosa y elegante y más deseable que ninguna mujer que hubiera conocido jamás.

Se tomó su tiempo para saciarse visualmente hasta darse cuenta de que detrás de esa fachada de serenidad, su hermosa esposa se sentía nerviosa.

—Puedo arreglarlo —ofreció.

—¿Arreglar qué? —preguntó desconcertada.

Le tomó la mano y uno a uno le abrió los dedos cerrados.

—Esto.

Cerró los ojos y suspiró.

—Me he delatado, ¿verdad?

—Un poco —la pegó a él, dejando que el calor de su cuerpo aflojara la tensión del de Bella.

«Ve despacio», se recordó.

—Dime qué te preocupa.

—Es una lista larga —confesó.

—Tenemos toda la noche —se encogió de hombros. Con una mano le acarició la espalda y, con la otra, le recorrió los omóplatos—. ¿Primer problema?

Ella tembló bajo su contacto.

—Yo... supongo que es la velocidad a la que va todo esto —explicó—. Hace sólo un par de horas nos encontrábamos en San Francisco en la terraza...

—Y yo te prometí una copa a la luz de la luna que jamás llegamos a tomar —se abrió camino a besos por la curva de su hombro hasta la base de su cuello—. Bueno, no es del todo verdad. Tomamos una copa en el avión. Y la luna nos iluminaba detrás de la ventanilla. ¿Lo notaste?

—La luna estaba perfecta y yo tuve mi copa —logró responder. Como si no pudiera evitarlo, ladeó la cabeza para ofrecerle mejor acceso—. Pero ¿cómo terminamos aquí? Se suponía que sólo íbamos a compartir un intermedio romántico antes de la fiesta de aniversario.

—Es lo que estamos haciendo ahora —le mordisqueó el lóbulo de la oreja y tiró con suavidad—. ¿Sí? ¿No?

Ella jadeó.

—No, no pares. Unicamente, explícame cómo pasamos de allí aquí.

—Ah. Quieres lógica —sonrió sobre su piel encendida por el intento de querer aportar orden al desorden—. Deja que lo adivine... ¿Quieres un mapa y coordenadas para poder trazar tu camino desde la A hasta la Z? —sintió que el humor derrotaba la tensión que anidaba dentro de ella.

—Algo parecido.

Juntó sus bocas hasta que para ellos sólo existió el juego de los labios y las lenguas.

—Puedo hacerlo —alzó la mano de Bella y le dio un beso en el centro de la palma—. Para tu información, éste es el punto A, el lugar donde nos tocamos por primera vez.

Bella volvió a jadear.

—Oh, sí. Ahora lo recuerdo. Ahí fue donde empezó todo esto.

No le dio tiempo a recobrar el aliento. La alzó en vilo y la llevó a la cama.

—Y justo aquí está el punto Z —se tumbó con ella—. Entre medias hay algunos puntos más —los descartó con un movimiento de la mano—. Ya te haces una idea general.

—Anthony...

Estuvo a punto de maldecir en voz alta al oír el nombre de su hermano, sabiendo muy bien que la culpa era toda suya. Logró esbozar una sonrisa.

—¿Te gustaría volver al punto A o te basta el Z?

Ella Fingió pensárselo.

—El Z, por favor. Intercalado con algunos G, R y W.

—Excelente sugerencia, cara. El W se me da especialmente bien. —Será un placer.

La tenía debajo, todo un lienzo de curvas marfileñas y labios de una ligera tonalidad coralina. Las puntas de sus pechos eran un tono más oscuro que los labios, con un fondo ofrecido por el torrente de oscura noche del cabello. Y por último el azul brillante de sus ojos, mirándolo como si el sol naciera y se pusiera con él.

Se preguntó si al día siguiente sentiría lo mismo. En caso contrario, sólo disponía de esa noche, una noche que quería hacer perfecta. Le tomó las manos y las guió a su torso, y allí donde le exploró el cuerpo, él reflejó cada uno de los movimientos.

En cuanto ella comprendió el juego, el rostro se le iluminó. Adrede pasó los dedos por los músculos duros de su torso, marcando diminutos remolinos alrededor de sus tetillas. Abrió mucho los ojos cuando él hizo lo mismo.

—¿Es así como quieres jugar? —demandó Bella cuando se recobró lo suficiente para hablar.

—Veremos quién cede primero.

Ella enarcó una ceja.

—¿De modo que el perdedor es quien llega primero?

—Créeme Cara, en este juego no hay perdedores —le sonrió, aunque pudo ver que la había intrigado. Bajó la cabeza a su pecho y le capturó el pezón entre los dientes al tiempo que tiraba con gentileza. No podría haber pedido nada mejor que el grito suave emitido por ella. Al ver que no le correspondía, preguntó—: ¿Ya te rindes?

Entonces fue su turno de temblar, de luchar por dominar el autocontrol. Bella jugaba mejor de lo que había previsto, demostrando ser más creativa que lógica. Aun así, no creyó que lo que sucedía entre ellos tuviera que ver exclusivamente con la creatividad. De pronto comprendió que ella se estaba divirtiendo, como si semejante alegría fuera un placer nuevo. Como si en la vida todo hubiera sido trabajo y poco juego.

—Te estás riendo —la acusó en un punto.

Ella no pudo contenerse a pesar de intentarlo.

—¿Te molesta? Te juro que no es de ti. Nunca antes había probado este juego.

—Y lo estás disfrutando.

—Mucho.

En algún momento sus pantalones y calzoncillos se desvanecieron. Edward aprovechó la oportunidad para apagar todas las luces menos una lámpara tenue que sumió la habitación en sombras delicadas. Regresó a la cama y rodó con ella hacia la parte más oscura del lecho, donde la luz no podría delatar que le faltaba la cicatriz que tenía su hermano. Y entonces el juego se volvió serio.

Reinició la persecución, centrado en llevarla hasta el precipicio. Como si hubiera percibido el cambio, la risa de Bella desapareció y fue sustituida por una creciente pasión. Edward le dedicó la máxima atención a cada parte de su cuerpo. Le proporcionó placer y más placer.

—Tú ganas —gimió—. Por favor, hazme el amor. Ya no puedo esperar más. Hazme el amor ahora.

—Sólo gano si tú ganas.

Cerró las manos en su pelo y lo bajó hacia ella para darle un prolongado beso con la boca abierta. Durante el juego él le había quitado las braguitas y Bella se abrió a su posesión, animándolo sin palabras a satisfacer el desbocado ardor que había estado creciendo entre ambos.

Entrelazó los dedos con los de ella. Allí se había iniciado el Infierno y todavía podía sentirlo, uniéndolos tal como él planeaba unir sus cuerpos.

Mientras la penetraba susurró su nombre.

La poseyó con gentileza. Luego no tanta. Ella salió a su encuentro, incandescente en la pasión. La urgencia se intensificó. Lo instó a proseguir. Suplicando. Demandando. Riendo y llorando. Nunca antes había experimentado con una mujer lo que vivía con Bella- en ese momento.

Pudo sentir la presión, el final próximo. Quiso retrasarlo. Vivir para siempre en ese momento, hasta que el placer los desgarrara a los dos. Y entonces lo hizo. Bella se cerró en torno a él surcada por el orgasmo de olas salvajes y poderosas. Incapaz de controlarse, se zambulló con ella.

Terminaron en una maraña de extremidades agotadas y en murmullos fragmentados de palabras cariñosas que carecían de sentido pero que, de algún modo, mantenían la conexión emocional. Edward pasó el brazo en torno a su esposa, a esa alma gemela que le había entregado el Infierno, y rodó hasta formar una bola cálida de cuerpos que mezcló lo suave con lo duro en una fusión intemporal de los opuestos.

No recordó el tiempo que durmieron. Durante la noche despertó y volvieron a hacer el amor, en esa ocasión de manera prolongada y lánguida. El juego que jugaron les proporcionó una percepción mayor de los deseos y necesidades del otro a la vez que añadía profundidad y poder al acto amoroso.

La segunda vez que despertó, percibió la llegada de la mañana. Se levantó de la cama, fue hasta la cafetera para encenderla y luego al cuarto de baño, donde abrió el grifo de la bañera. Sacó un bote de sales de baño, le quitó la tapa, lo olió y vertió una buena parte en el agua. Estalló espuma. Satisfecho, sirvió dos tazas de café y las llevó hasta la plataforma que bordeaba la bañera. Después fue a buscar a su esposa.

No tardó en descubrir que no era una persona madrugadora.

—Me sorprende que conozcas esa palabra, y más que la uses para describir a tu marido —comentó con una risa ronca.

—Conozco más juramentos que pienso usar si no me llevas de vuelta a la cama —dijo ella.

—Tengo algo mejor en mente —bajó los tres pequeños escalones que conducían a la bañera empotrada en el suelo y la deslizó en el agua. El grito de sorpresa se convirtió en un gemido de placer. Edward rió entre dientes—. Ah, ésa es la mujer con la que me casé.

—Esto es maravilloso —se apoyó contra el respaldo frente a él y frotó el pie por la extensión de su pierna—. ¿Qué te parece si empezamos cada mañana de esta manera?

—Veré lo que puedo hacer —le entregó una de las tazas—. Me pregunto si podremos desayunar aquí. Hasta ahora, el hotel se ha mostrado muy complaciente.

—Hay un teléfono en la pared junto a la bañera —dijo, bebiendo café—. Mira si puedes alcanzarlo.

—Desde luego —se estiró y los dedos apenas rozaron el auricular. Se incorporó a medias y volvió a probar. A su espalda, oyó que la taza caía con ruido en la bañera.

—Oh, Dios.

Al principio pensó que ella se había quemado y giró con presteza para ayudarla. Y entonces lo supo.

El tiempo se había agotado.

Bueno chicas aqui esta el suspenso... veremos a quien prefiere bella...!