Achicas le dejo un nuevo capitulo vere en lo posible si puedo actualizar pero tengo examen ma*ana y tengo que trabajar ademas los quiero...
Capítulo Cinco
—¿Quién diablos eres? —demandó Bella.
—Tu marido.
—No me trates como a una tonta. Tú no eres Anthony—contuvo la oleada de histeria que quería escapar de ella. Pero no pudo evitar encorvarse para tratar de esconder la desnudez debajo de la escasa protección que le brindaban las decrecientes burbujas. Aunque no supo por qué se molestaba después de todo lo que habían hecho la noche anterior—. Anthony tiene una cicatriz en la cadera. Se la vi cuando fuimos a nadar. Tú no la tienes.
—No, no la tengo. Y tampoco soy Anthony —se levantó despacio, el agua chorreándole del cuerpo mientras dejaba la bañera y sacaba una toalla—. Eso no cambia el hecho de que soy tu marido.
Se sentía odiosamente expuesta y más que un poco asustada. Se había casado con ese hombre, un completo desconocido, y ni siquiera conocía su nombre. Le había hecho el amor durante toda la noche. Pero no tenía ni idea de quién era, aparte de ser un doble exacto de Anthony
Intentó aplicar raciocinio a la locura, usar la poca lógica y sentido común que aún quedaban a su disposición.
—Como eres exacto a Anthony, doy por hecho que estáis emparentados. ¿Eres su hermano? —algo encajó en su cerebro—. ¿Su hermano gemelo?
—Sí.
—Anthony jamás lo mencionó —afirmó—, ¿Es la idea que tienes de una broma? ¿Participa él de la farsa que estáis montando o es idea tuya?
—No es una broma ni una farsa. Toma —sacó otra toalla del anaquel de cristal y se la alargó—. Sospecho que te sentirás más cómoda con esta conversación si no estás desnuda.
Luchó por mantener a raya las lágrimas.
—Si ni siquiera puedo creer que la esté teniendo. Quiero saber quién diablos eres y qué clase de juego espantoso has tramado.
Pegando la toalla contra sus pechos, se puso de pie y se envolvió totalmente con esa pieza grande de algodón grueso. Anthony... no, no era Anthony.. la tomó por el codo para ayudarla a equilibrarse mientras salía del agua.
—Cara...
Se liberó de su mano.
—No te atrevas a llamarme así. Y ahora, ¿quién eres?
—Edward Cullen.
Edward no se molestó en ponerse el otro albornoz y salió del cuarto de baño con la toalla anudada con descuido alrededor de la cintura. Necesitaba que se cubriera ese torso impresionante que ella había llenado de besos. Que ocultara esos brazos asombrosos que la habían sostenido con tierna fortaleza. Debía devolver a ese amante extraordinario al plano de hombre corriente, a pesar del hecho de que no había ni jamás habría nada corriente en él.
Para su alivio, en cuanto llegaron al salón, Edward le ofreció un muy necesitado espacio.
—Primero, no se trata de ningún juego —comenzó—. Y sucedió porque Anthony no me dio ninguna otra opción. Al menos, ninguna para el tiempo limitado del que yo disponía.
Alzó una mano para silenciarlo, deseando haberse tomado el café en vez de dejar que cayera en la bañera. Al ver la cafetera aún medio llena, cruzó la estancia y se sirvió otra taza. Luego una segunda. Cuando estuvo satisfecha de que su cerebro funcionaba al menos con la mitad de sus cilindros, encaró al hombre con el que se había casado apenas unas horas antes.
—Necesito que expliques todo, pero que lo hagas de un modo en que pueda entenderlo. Así que yo te formularé las preguntas y tú las contestarás, de forma sencilla y concisa. ¿Entendido?
—¿Lógica, Bella? —preguntó con un destello de humor.
Ella alzó el mentón en un ángulo combativo.
—Es lo que mejor se me da. O se me daba, hasta hace poco —corrigió.
Luchó por formular una primera pregunta lógica, pero, por algún motivo, no tenía ninguna a su alcance. Sólo podía pensar en que ese hombre la había engañado para entrar en un matrimonio falso con el fin de... ¿qué? ¿Llevarla a la cama? Eso no tenía ni un ápice de lógica. No necesitaba pasar por ese simulacro con el fin de conseguirlo. ¿Atacar a Bella? Posiblemente. Pero, ¿por qué?
Se frotó la tensión creciente en las sienes.
—De acuerdo, primera pregunta. ¿Hay un comienzo racional para todo esto? ¿Un punto por el que podamos empezar?
—¿Te gustaría disponer de un punto A?
El patetismo de la pregunta la atravesó y casi no pudo contestar.
—Sí. El Punto A sería un lugar excelente por el que comenzar.
—Es fácil —la estudió con sus ojos castaños—. Tú y yo nos conocimos la mañana que empezaste en Cullens. En el vestíbulo, cerca de la recepción.
Parpadeó sorprendida.
—¿Eras tú?
—Sí —respondió—. Yo no me di cuenta en aquel momento, pero al parecer tú pensaste que era Anthony.
—El recepcionista —explicó Bella—. Él me dijo que eras Anthony. Y como el jefe de personal ya me había hablado de tu hermano durante la entrevista, di por hecho...
—Un error natural.
Ella inclinó la cabeza.
—No hay motivo para que hubiera pensado que erais dos, en especial porque nadie me mencionó la existencia de gemelos. Quizá creyeron que ya lo sabía.
—De haberme percatado de ello, habría corregido en el acto el malentendido y así nos habría ahorrado... —movió una mano en el aire— todo esto.
No podía estar más equivocado. Bella había escuchado historias sobre Edward como para tener la certeza de que jamás habría aceptado nada de un hombre cortado con el patrón de su propio abuelo.
—Para dejar las cosas claras, nunca me relacionaría con un hombre como tú.
—Pero estamos relacionados, cara. Más que eso, diría yo —la contradijo con delicadeza, sin darle tiempo para replicarle—. Creo que conozco la siguiente parte de la historia. Anthony no se molestó en aclararte la confusión del vestíbulo. Y a mí me enviaron fuera del país en una urgencia repentina. Una urgencia muy conveniente.
Bella captó la tensión subyacente cada vez que mencionaba a su hermano.
—Algo había pasado y, de algún modo, ella estaba en el centro. Ya encontraría el modo de cambiar eso.
—¿Crees que Anthony es el responsable de apartarte de la escena? ¿Por qué? —leyó la contestación en sus ojos y movió la cabeza con incredulidad—. ¿Por mí? Debe de ser una broma.
Edward se apoyó en el umbral que separaba el dormitorio del salón y cruzó los brazos.
—Te deseaba —expuso con indiferencia—. No comprendió que ya estabas tomada.
—¡Tomada! —estalló—. Deja que te aclare una cosa, señor Cullen. A pesar de las pruebas actuales hacia lo contrario, no soy un objeto sin cerebro que se puede elegir o descartar, o lo que es peor, por el que dos colegiales puedan pelearse. Realizo mis propias elecciones. Siempre lo he hecho y siempre lo haré.
—Me alivia oír eso, ya que significa que no cederás a las demandas que plantee Anthony cuando se entere de nuestro matrimonio. No permitiré que se interponga entre nosotros.
Respiró hondo y sintió que la conmoción la hacía palidecer.
—Santo cielo. ¿Estás diciendo que los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas son tu manera de desquitarte de tu hermano? —elevó la voz a pesar de los intentos por controlarla—. ¿Te burlas de mí? ¿Sólo porque él empezó a salir con alguien que habías elegido para ti? ¿Me has hecho esto con el único motivo de atacar a Anthony?
Él se irguió.
—Elegiste a Anthony porque desconocías que éramos nosotros quienes habíamos conectado aquella mañana en el vestíbulo. Quienes habíamos establecido un vínculo.
—¡Nos estrechamos las manos, Edward! Eso fue todo.
—Y experimentamos el Infierno.
Lo miró desconcertada.
—Sé que voy a lamentar esta pregunta, pero ¿qué es el Infierno? —Edward se tomó su tiempo para explicárselo con todo detalle y ella descubrió que lo escuchaba con atención. Se bebió lo último que le quedaba del café y rezó para que el líquido caliente la ayudara a encontrarle una lógica a algo que debía de ser una completa tontería—. ¿Y tú de verdad crees en esa superstición, fantasía o como quieras llamarla?
—No se trata de ninguna superstición o fantasía. Todos los Cullen creen en ello. Bueno, excepto Anthony —reflexionó un instante—. Y posiblemente Jasper. A mis primos todavía no les ha pasado. Pero ésa no es la cuestión, maldita sea. Es real. Nos sucedió a nosotros. Y en poco tiempo tú también creerás en lo real que es.
Lo miró furiosa. No quería aceptar ni una sola palabra, a pesar de que ayudaba a explicar cómo había terminado ahí, casada con un completo desconocido. Por alguna razón peculiar, aparte del Infierno, había decidido buscar al Zorro y se había metido en todo ese lío por un poco de estímulo. Esa era la causa por la que lo estable y lo predecible siempre ganaban la carrera. Sin embargo...
Movió la cabeza.
—No te creo. No es que importe, porque después de hoy no pienso volver a verte jamás.
El sonrió.
—¿Y por qué querrías hacer eso? Estamos casados. ¿Lo de anoche significó tan poco para ti?
Para su bochorno, las lágrimas que había logrado mantener a raya escaparon de su control.
—Lo significó todo para mí. O así habría sido si no me hubieras mentido. Has llevado a cabo un fraude. Sabías muy bien que, si te hubieras presentado como Edward, no habría tenido nada que ver contigo. De modo que te hiciste pasar por Anthony con el fin de engañarme y lograr que aceptara casarme contigo. Para llevarme a la cama con un pretexto falso. Te garantizo que un buen abogado anulará nuestro matrimonio en un abrir y cerrar de ojos —Edward se acercó, despertando sentimientos que no tenían cabida en ella.
—Ayer tus amigas te advirtieron de que Anthony pretendía declararse en la fiesta de aniversario de Carlisle y esme, Dime, Bella, ¿qué respuesta le habrías dado si lo hubiera hecho?
—No veo qué tiene que ver eso con...
—Lo habrías rechazado, ¿no? Como mínimo, le habrías pedido que te diera tiempo. Tú misma me lo dijiste anoche.
—De acuerdo —concedió—. Es lo que habría hecho. ¿Y?
—¿Por qué cambiaste de parecer? ¿Por qué aceptaste casarte conmigo?
—Locura temporal combinada con demasiado champán.
—Ah, cara —murmuró antes de reír—. A mí no puedes mentirme. Lo de anoche no tuvo nada que ver con un exceso de champán y lo sabes. Te marchaste de la fiesta conmigo, te casaste conmigo y me hiciste el amor porque en un plano visceral reconociste que soy el hombre de tu vida. Y pensabas rechazar a Anthony por la misma razón. Porque percibías la conexión existente entre nosotros y que con él te faltaba.
—¿Por qué, sencillamente, no me explicaste la confusión? —casi fue una súplica—. ¿Por qué recurriste a un subterfugio?
—Me quedé sin tiempo —explicó—. Anthony planeaba pedirte en matrimonio, y aunque tú te hubieras negado, también habrías rechazado cualquier proposición mía. ¿No lo entiendes? Él no te ama, cariño.
—¿Y tú sí?
—No voy a contestar a eso porque no creerás nada de lo que diga en ese punto. Sólo el tiempo te convencerá de si estamos destinados el uno para el otro. Anthony ha decidido que los dos tenéis suficientes cosas en común como para convertir el matrimonio en una elección lógica, pero eso no es una base razonable para sellar una unión.
—Es mucho más razonable que tu manera de encararlo —replicó—. Hasta anoche, habíamos estado juntos un total de cinco minutos. Y ahora nos has atrapado en este matrimonio falso.
—No es falso —corrigió con calma—. En la licencia aparece mi nombre legal. Y el sacerdote lo usó durante la ceremonia.
Lo miró consternada.
—¿Sí?
Él titubeó.
—Puede que te distrajera en ese momento. Es posible que no prestaras mucha atención.
—Oh, Edward —sospechó que la satisfacción que vio en sus ojos se debía al uso de su nombre—. Esto no va a funcionar. Lo comprendes, ¿no?
—Tienes razón.
Abrió la boca para argüirlo, pero volvió a cerrarla al asimilar el comentario.
—¿La tengo?
—No va a funcionar si no estás dispuesta a correr el riesgo.
La abrazó. Ella tembló ante el contacto familiar y la fragancia a las sales de baño que aún perfumaba ese torso desnudo. Lo que más deseaba era cerrar los ojos y regresar a las horas mágicas que habían compartido la noche anterior. Tumbarse en la cama con ese hombre y dormir, segura en la certeza de que todo estaba bien en su mundo.
Pero no era así. Ya no.
—No puedo seguir casada contigo. No te conozco.
—Sí que me conoces —apoyó una mano en su corazón—. Aquí me conoces mejor que nadie. ¿O piensas que eso no es suficiente? ¿Que lo que compartimos anoche no va a durar?
—No puede durar. Somos extraños, Edward
—Somos amantes, Bella. Y con el tiempo también llegaremos a ser amigos y compañeros. Descubriremos nuestros secretos. A veces nos pelearemos y nos adaptaremos para incorporar al otro. Hablaremos y reiremos. Y todo el tiempo, este vínculo que compartimos, este Infierno, no dejará de unirnos hasta que lleguemos a pensar y sentir como una sola persona. Lo único que tienes que hacer es darle una oportunidad a nuestro matrimonio.
—Me pides que construya una vida contigo basada en cuentos de hadas y buenos deseos. Aquí no hay cimientos —manifestó con desesperación—. El sexo no es suficiente.
—Crearemos juntos esos cimientos.
—¿Y Anthony?
Él experimentó un cambio. Momentos antes había sido el gran seductor, pero en ese instante los músculos se le tensaron y la voz le salió acerada.
—Yo me ocuparé de Anthony.
—No ha hecho nada malo —aseveró—. Se sentía atraído por mí, igual que tú.
—No —moderó un poco el tono de su voz—. No lo defiendas ante mí. Lo que hizo fue algo cuidadosamente calculado. Sabía que yo te deseaba y adrede intervino para mantenernos separados.
—No puedo creer que fuera deliberado, Edward.
—No lo discutiré contigo, Bella. Sólo quiero tu promesa de que, a partir de ahora, mantendrás la distancia con él.
—¿Porque ahora soy tuya? —su silencio lo dijo todo; se liberó de su abrazo—. ¿Comprendes que eso va a ser difícil, ya que tanto Anthony como yo trabajamos en el departamento financiero? Nuestros caminos se cruzan de forma habitual.
—Yo me ocuparé de eso.
No le sonó nada bien.
—Tú te ocuparás de eso... ¿cómo?
Lo vio mover la cabeza.
—Es mi hermano, Bella. Mi hermano gemelo. A partir de ahora él es mi problema.
Si fuera inteligente, acabaría ya mismo con la situación. Se alejaría... huiría... en la dirección opuesta. Pero se entrometieron los recuerdos de las horas pasadas juntos. De la boda perfecta y de una noche como jamás había vivido. A pesar de lo mucho que la lógica la instaba a actuar, el deseo irracional la empujaba hacia Marco.
Como si percibiera su debilidad, él le tomó la mano y tiró con gentileza de ella.
—Bésame, Bella. Sólo una vez. Bésame a mí, a Edward, no a mi hermano.
Le estaba pidiendo lo que en realidad era un primer beso. El dolor y el enfado lucharon con un deseo que no fue capaz de suprimir. La conexión a la que él había aludido, y que a ella le gustaría negar, seguía uniéndolos. Eso no significaba que creyera en esa necedad supersticiosa del Infierno. Lo único que hacía era concederle un nombre a las emociones incontrolables que había experimentado en el vestíbulo de Cullens. Era lujuria, no amor, sin importar lo bonito y reluciente que fuera el lazo.
Lo miró, decidida a darse la vuelta. Pero casi fue como si su cuerpo se hubiera divorciado de su cerebro. En silencio, le rodeó el cuello con los brazos. Despacio, le bajó la cabeza y le dio el beso que le había pedido.
Había planeado algo rápido y sin ninguna pasión. Con el fin de demostrarle que, fuera lo que fuera lo que existiera entre ellos, había muerto por su engaño. Pero se encontró con un pequeño problema: en cuanto las bocas se tocaron, perdió el control.
La desgarró un deseo poderoso y ardiente mientras por su mente remolineaban imágenes. Una voz llena de pasión pidiéndole que confiara en él. Una risa suave y compartida. Un sacerdote bendiciendo la unión. La ternura con que la tocaba. La diversión que había incorporado en el breve tiempo que llevaban juntos. El júbilo. El romance.
La pasión.
Apartó la cabeza y la apoyó en su hombro, conteniendo las lágrimas.
—No puedo. No puedo hacer esto.
Antes de que Edwars pudiera decir algo, sonó su teléfono móvil. La soltó y buscó en sus pantalones. Lo extrajo, abrió la tapa y escuchó unos segundos.
—Lo siento, Emmet —hizo una mueca—. Olvidé por completo que había prometido reunirme con los Volturis. Tardaré un par de horas en llegar —se pasó una mano por el pelo—. No importa dónde estoy. ¿Puedes decirle a Anthony...? Olvídalo. Se lo diré yo mismo. Explicaré todo cuando llegue —terminó la llamada y volvió a guardar el aparato—. Tenemos que volver a San Francisco.
—¿Y después?
Las facciones de Marco mostraron determinación.
—Eres mi esposa, Bella. Eso no ha cambiado. Como no podemos dar marcha atrás, a partir de aquí sólo hay un camino —expuso—. Y es hacia delante.
Hizo falta todo el trayecto de regreso para que Marco la convenciera de darle una oportunidad al matrimonio en vez de ponerle fin de forma precipitada. Y requirió todo el recorrido desde el aeropuerto hasta la ciudad conseguir su promesa de no revelarle nada a Lazz hasta después de la reunión que él debía mantener con los Volturis.
Bella arguyó con vehemencia que debería ser ella quien le transmitiera la noticia a Anthony. Que el cielo lo protegiera de una esposa lógica. Aunque Edward no se lo manifestó, ya que no era tan idiota, no tenía ninguna intención de dejar que se acercara a su hermano sin estar pegado a ella.
Dedicaron un tiempo precioso a ir a sus respectivos apartamentos para cambiarse antes de ir juntos a Cullens.
—Si te quedas en mi despacho durante mi reunión con los Volturis, te lo agradecería —comentó mientras conducía.
—No pasa nada. Iré a mi oficina y...
Edward suspiró frustrado.
—No ha sido una petición, cara, a pesar de cómo haya podido sonar.
Ella se puso rígida.
—Por favor, dime que es una broma.
—Me temo que no. En cuanto anunciemos nuestro matrimonio a la familia, tendrás libertad para volver al trabajo. Hasta entonces, será mejor ser discretos.
—Comprendo —mintió—. ¿Y qué se me permite hacer durante tu reunión? ¿Es aceptable que junte las manos y mueva los dedos pulgares?
—Perfectamente aceptable. Aunque, si lo prefieres, puedes llamar a tu secretaria y pedirle que te lleve tus mensajes o carpetas de trabajo —incapaz de aguantarse, se inclinó y le dio un beso sonoro. Lo alivió mucho ver que ella le correspondía—. Sólo adviértele de que no alerte a nadie de tu presencia.
—Te refieres a Anthony.
—Exacto.
Fueron por la entrada posterior para no llamar la atención. Llegaron a su despacho momentos antes que los Volturis y, después de separarse con desgana de su esposa, escoltó a Aro y a la hija de éste, Jane, a la sala de reuniones.
El encuentro no fue tan bien como había esperado. Un nuevo artículo había aparecido esa misma mañana en The Snitch en el que se detallaba el modo en que Emmet había chantajeado a su esposa para obligarla a casarse con él. No era del todo exacto, pero sí muy condenatorio.
—¿Qué quieres que haga, Aro? —preguntó al final Marco—. No puedo evitar que publiquen esas historias. Nadie puede. Mira lo que pasa con las familias reales en Europa. No dejan de aparecer artículos groseros en la prensa rosa sobre sus vidas. Si la realeza es incapaz de frenarlo, ¿cómo voy a poder conseguirlo yo?
—Ahí tiene razón, papá —lo apoyó Jane.
Aro cruzó los brazos y su cara se mostró obstinada.
—Lo único que oigo son excusas. Quizá si tus hermanos y tú fuerais más circunspectos, vuestras payasadas no atraerían la atención de este pasquín.
Antes de que Edward pudiera responder, oyó la voz iracunda de Anthony desde la dirección de su despacho. Luego, un portazo antes de que su hermano irrumpiera en la sala, con Bella pisándole los talones.
—¡Maldito hijo de perra! —bramó, lanzándose sobre Edward.
Ahora viene e enfrentamiento...
A quien preferira Bella su lado racional Anthony, o su esposo del infierno edward.. comenten para saber sus opiniones
