chicas de mis amores aqui el proximo capitulo

Capítulo Seis

Edward absorbió el impacto y cayeron al suelo con un ruido sordo. Anthony le dio varios golpes duros antes de darse cuenta de que su hermano, al tiempo que se protegía, no se los devolvía.

—¡Pelea, canalla! —gritó—. ¡Dame una excusa para destrozarte por robarme lo que era mío!

Antes de que Edward pudiera contestar, Emmet y Jasper aparecieron en la sala de reuniones y los separaron. Estalló un murmullo de voces, algunas en inglés, más en italiano. A través de la masa de cuerpos, Edward vio a Bella de pie a un lado con expresión horrorizada. Pero mostraba la determinación de enfrentarse a las consecuencias de sus actos, igual que iba a hacer él.

—¿La has tocado? —demandó Anthony—. ¿Le has puesto las manos encima?

—Teniendo en cuenta las circunstancias, fue inevitable —Edward tanteó el labio partido e hizo una mueca—. Bella y yo nos hemos casado.

Un silencio incrédulo dominó a todos durante unos segundos antes de que volviera a desatarse el caos. Aro volturi se puso de pie. Jane, comenzó una discusión acalorada con él, pero Edward vio que no serviría para nada. Ya podía despedirse de esa cuenta. Sin embargo, algo que dijo jane debió de surtir efecto, porque Aro titubeó y luego, con gran renuencia, apuntó en la dirección de Anthony.

Y entonces sucedió algo muy extraño. Jane miró a anthony, quien seguía centrado en su hermano, esbozó una sonrisa peculiar y asintió.

—Sí, es él.

Eso fue lo que oyó Edward en una breve quietud en los gritos.

Aro se abrió paso entre los hermanos que discutían y se acercó a él.

—Arregla esto —advirtió—. Luego, llámame.

Edward no tenía idea de lo que acababa de pasar, pero aceptaría la ayuda que los dioses quisieran ofrecerle.

—Tienes mi palabra. Con el tiempo, esto se arreglará solo.

—Que sea pronto —aconsejó Aro.

En cuanto los Volturis se marcharon, Anthony giró hacia Bella y Edward captó la decisión en los ojos de su hermano. Se incorporó de un salto para interponerse entre los dos. Emmet y Jasper se movieron con la intención de bloquearle el paso, sujetándolo.

—Es lo mínimo que le debes —gruñó Jasper.

—No le debo nada. No sabes lo que hizo —incapaz de liberarse, Edward juró con violencia—. Te lo advierto, Anthony —bramó en italiano—. No te acerques a mi esposa.

Anthony le lanzó una mirada burlona por encima del hombro y fue al lado de Bella. Edward comenzó a debatirse con fuerza, sospechando lo que iba a suceder.

—Lo siento —oyó que decía Bella —. Te juro que lo que pasó no estaba planeado.

—No por ti —convino Anthony—. Por curiosidad, ¿con quién te casaste anoche?

Ella frunció el ceño confusa.

—Con Edward

—¿Con Edward ... o con Edward haciéndose pasar por mí?

De pronto ella lo entendió y las lágrimas que brillaron en sus ojos desgarraron a Edward.

—¿Importa? —inquirió despacio—. Está hecho.

Él vaciló un momento antes de asentir.

—Es justo. Pero me gustaría saberlo. ¿Cuándo supiste que se trataba de Edward y no de mí?

Este se quedó quieto cuando sus ojos se encontraron con los de Bella. El ímpetu de la lucha lo abandonó mientras esperaba que les contara lo que había hecho. Sus mentiras y su engaño. Que algo frágil y único muriera antes siquiera de tener la oportunidad de ganar fuerza y poder. Lo había estropeado. Había roto algo de valor incalculable al tiempo que ponía en peligro los vínculos de la familia. Y no sabía si podría arreglarlo.

—Supe que era Edward en cuanto lo vi. De inmediato me di cuenta de que era a quien había conocido en el vestíbulo el primer día que vine a Cullens —miró a Anthony con expresión serena y resuelta—. ¿Por qué no me lo explicaste aquel mismo día? ¿Por qué fingiste que eras tú a quien había conocido?

—Yo...

Rió con exasperación, pero Edward pudo captar el dolor que había detrás.

—Lo sé. Lo sé. Los dos habéis estado compitiendo por las mujeres desde pequeños.

—Lo siento —dijo Anthony con rigidez—. Estuvo mal. Debería habértelo contado.

La voz de ella fue implacable.

—Tuviste seis semanas para corregir el error. El hecho de que no pudieras encontrar una ocasión apropiada en todo ese tiempo sólo puede significar que callaste adrede con el fin de mantenerme en la ignorancia. También te encargaste de que no descubriera que tenías un gemelo porque te preocupaba que pudiera cuestionar quién me había atraído realmente aquel día —agitó la mano para desterrar el tema, como si ya careciera de importancia—. Olvídalo. Edward y yo lo hemos arreglado entre nosotros. Todo lo demás es agua pasada.

Anthony frunció el ceño.

—Bella, guardé silencio porque no confiaba en que Edward respetara nuestra relación.

—No teníamos una relación aquel primer día —expuso con lógica devastadora—. Viste la oportunidad de apartar a tu hermano del cuadro y has dedicado semanas a mantenernos separados para que no pudiéramos conocernos. Pues lo siento. El juego se acabó y tú pierdes.

—Tienes todos los motivos para estar molesta —vaciló—. Pero Edward bromea con eso de que os habéis casado, ¿verdad?

Ella negó con un movimiento de la cabeza y esbozó una sonrisa resplandeciente que logró engañar a anthony, pero no a Edward. Extendió la mano izquierda donde centelleaba el anillo nupcial.

—No bromeaba.

Anthony miró la mano atónito.

—Dios mío, Bella.

—No —lo cortó ella—. Cuando está bien, está bien. Por eso estaba tan confusa mientras salíamos. Algo pasó durante aquel primer encuentro con Edward, algo que no sucedió en todos los encuentros que tuvimos tú y yo desde entonces. En cuanto conocí a Edward, todo se aclaró. El hecho de que tú no entiendas lo que mi... mi marido y yo sentimos el uno por el otro no significa que no exista.

Edward notó que estaba a punto de desmoronarse. En ese momento, cuando luchó para soltarse de sus hermanos, éstos lo soltaron. Fue al lado de Bella y le pasó un brazo por los hombros.

—Aguanta un momento más —murmuró sólo para sus oídos. Luego habló más alto—: Bella, ha contestado todas las preguntas que piensa responder. Los dos estaremos fuera el resto del día. No llaméis a menos que se trate de algo urgente. Y para que lo tengáis claro, no hay nada urgente en las próximas veinticuatro horas.

Sin decir otra palabra, Anthony retrocedió. Emmet asintió.

—Felicidades por vuestro matrimonio. Tomaos el resto de la semana, si queréis. Nos aseguraremos de que vuestros puestos queden cubiertos.

—Gracias —respondió Edward en nombre de los dos—. Lo tendremos en consideración.

No perdió ni un minuto más en escoltar a su mujer fuera del edificio y hasta su coche antes de que ella cediera.

—Iremos a mi casa —le indicó.

Ella movió la cabeza.

—Sólo quiero ir a casa.

—Mi casa es tu casa —le recordó con gentileza—. Vivir separados ahora facilitará demasiado que sigamos separados. No es la idea que tengo yo de un matrimonio.

—Tampoco lo es esto —susurró ella.

La miró con preocupación.

—Dale tiempo. Mejorará, te lo prometo.

Bella cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre el respaldo del asiento.

—Haces muchas promesas, señor Cullen

—Y cumplo todas y cada una de ellas —se detuvieron ante un semáforo—. ¿Por qué lo hiciste, Bella?

No fingió mal interpretar la pregunta.

—Tampoco era inocente en todo esto. De hecho, una gran parte de nuestra situación se le puede atribuir directamente a él. Si me hubiera contado que fue a ti a quien conocí aquel día o me hubiera advertido de que tenía un hermano gemelo, lo de anoche no habría ocurrido.

Edward se encogió de hombros.

—Sólo habría demorado lo inevitable.

Ella abrió los ojos.

—Jamás habría aceptado salir contigo.

—Te equivocas.

Reflexionó un momento antes de concederle la verdad.

—De acuerdo. Habría salido contigo. Pero en cuanto hubiera descubierto que eras inmoralmente seductor, habría puesto fin a nuestra relación. No salgo con seductores.

—Te has casado con uno —le recordó—. Además, cuando hubieras descubierto lo seductor que era, ya habría sido demasiado tarde —puso el coche en marcha—. Te habría conquistado, tal como hice anoche.

Al llegar al piso, se lo mostró.

—Si quieres, podemos buscar otro lugar para vivir, aunque éste debería ser suficientemente grande para los dos. Tú decides.

—Como mínimo, es cuatro veces el tamaño de mi casa —comentó impresionada. Se detuvo para estudiar la colección de fotos que había en una pared, casi todas de la familia. Se centró en la foto nupcial de Esme y Carlisle —. Nunca llegué a conocer a tus abuelos.

—Lo harás. ¿Sabías que ellos también se fugaron? —ante su negativa, añadió—: Esme estaba prometida con el mejor amigo de Carlisle . En cuanto los golpeó el Infierno, se acabó. Tampoco ellos pudieron dar marcha atrás.

Bella se quedó quieta.

—¿Es el único motivo por el que te has casado conmigo? ¿Por ese Infierno que has creído sentir?

—Los dos lo sentimos, cara.

¿Hablaba en serio? Se volvió y lo miró directamente a los ojos.

—A ver si lo he entendido. El motivo por el que estamos juntos se debe al Infierno. ¿No tiene nada que ver conmigo, con quién soy o con la clase de persona que soy? Sentiste esa reacción y ya está. Fin de la historia. Te casaste conmigo basándote en una leyenda familiar.

—Es algo más profundo.

—Te equivocas, Edwars. No hay nada más. Nada más profundo. Sentimos algo la primera vez que nos estrechamos las manos y tú diste por hecho que se trataba de esa leyenda de los Dante que cobraba vida. Y por ello, interferiste en mi relación con Anthony. Me engañaste para ir contigo a Nevada —luchó con éxito limitado para que el dolor no se reflejara en su voz—. Te casaste conmigo, a pesar de que sabías que yo creía que eras tu hermano. Y todo por una fantasía. Por una superstición familiar.

—No es una superstición. Es un hecho.

Su furia se manifestò.

—Yo me rijo por hechos y números, Edward. El Infierno dista mucho de ser un hecho. Puede que tú creas que lo es. Hasta Emmet puede darle cierto crédito, aunque me supera que un hombre tan inteligente lo haga. No obstante, eso no lo convierte en real. No hace que sea verdad. Y, desde luego, no es cimiento suficiente para un matrimonio.

—Con el tiempo, lo comprenderás.

—No, no será así, porque nuestro matrimonio no durará tanto.

Edward se acercó y con fluidez le rodeó la cintura con los brazos.

—Veamos si puedo convencerte de que cambies de parecer al respecto.

—¿Qué vas a hacer?

No supo por qué se había molestado en preguntarlo. Sabía precisamente lo que planeaba. Estaba en su mirada encendida y en su sonrisa lenta; en la manera tierna en que la abrazaba. Se movió contra ella de un modo que al instante la hizo recordar la noche de bodas, luego bajó la cabeza para besarla.

Para su sorpresa, Edward mantuvo el beso lo más gentil posible y no le exigió nada. No insistió. Sencillamente, la sedujo con labios, dientes y lengua.

Se preguntó cómo era posible que se entregara con tanta facilidad después de lo que él había hecho en las últimas veinticuatro horas. ¿Estaba tan desesperada por volver a la cama que no importaba nada más? ¿Dónde estaba la lógica de esa actitud? ¿Cómo reconciliar corazón y cabeza cuando cada vez que Edward la besaba el corazón se le desbocaba y la cabeza perdía toda capacidad de raciocinio?

—Danos una oportunidad, Bella. Podemos lograr que funcione.

—Eso no es posible.

—Yo haré que lo sea.

La alzó en brazos y con el hombro empujó la puerta del dormitorio. Ella atisbo brevemente unos colores brillantes y madera barnizada antes de caer en el abrazo suntuoso de la seda y el terciopelo y sentir toda la dura masculinidad de Edward

—Esto está mal —apoyó las manos en sus hombros con el fin de empujarlo, pero vio que se aferraba a él—. No quiero que me vuelvas a hacer el amor.

—Esto incluso es más idóneo que lo de anoche —afirmó con urgencia en la mirada—. Cuando esta vez me hagas el amor, no será únicamente con tu marido. Me harás el amor sabiendo que soy Edward, no Anthony.

—Para que puedas marcarme.

Él esbozó una sonrisa fugaz a través de la pasión.

—Eso pasó hace mucho tiempo.

—No puedes creer de verdad en ese Infierno —arguyó desesperada—. No puedes creer que es el responsable de nuestra atracción.

Le acarició la mejilla y la garganta.

—Me he sentido atraído por muchas mujeres —expuso—. Pero jamás se ha parecido a lo nuestro. Puedo mirarte con objetividad y ver a una mujer hermosa, a la que querría en mi vida y en mi cama.

Ella se puso rígida.

—Y has tenido éxito.

—Deja que termine. De esas mujeres jamás quise algo más que una aventura casual. Nunca me sentí tentado a alargar nuestras relaciones más allá de sus límites temporales. Pero contigo... —le tomó la mano y se la llevó al pecho, contra su corazón—. Contigo es como si esas mujeres hubieran sido simples sombras de una posibilidad. Tonalidades de gris sin color o sustancia. No quiero sombras. Quiero luz y color. Quiero una mujer profunda. Y ésa eres tú.

—Es demasiado pronto. Necesitamos tiempo para conocernos.

Él rió.

—Disponemos de todo el tiempo del mundo, cara. Décadas para llegar a conocer cada detalle íntimo.

—No me refería a eso...

—Lo sé. No es algo que te pueda ofrecer.

Tan compasivo y al mismo tiempo tan rotundo. No le dio tiempo para proseguir con la discusión. La besó con pereza y la despreocupación del gesto le habría permitido apartarse. Pero lo que hizo fue incitar en ella el deseo de profundizarlo, de convertirlo en ardiente. De sentir ese fuego que sólo cobraba vida con Edward.

Susurró su nombre y casi lo sintió inhalar el sonido, su necesidad como propia. Y en vez de exhibir una cierta victoria, sencillamente permitió que ella estableciera el ritmo.

—Si te pido que pares, ¿lo harás? —preguntó.

—Sí. Con desgana, pero sí.

Necesitaba continuar. Ya.

—No pares. Todavía no. Pronto... —gimió mientras los botones de su blusa cedían uno a uno y el dedo de Edward la acariciaba desde el hueco de la garganta hasta el borde del sujetador—. Edward

Entonces su boca siguió el mismo sendero y con la lengua trazó el contorno de encaje al tiempo que con dedos hábiles se lo quitaba. El aire fresco le recorrió la piel antes de que él se la encendiera con un simple contacto. Le coronó los pechos y lamió cada punta hasta convertirla en una cumbre dura, mordisqueándolas y haciendo que Bella apenas pudiera contener la reacción al placer.

Las manos de ella se movieron por voluntad propia y tiró de su camisa. Oyó el algodón al desgarrarse y al final tocó su piel desnuda y también encendida. La satisfacción la recorrió como sirope templado mientras con la yema de los dedos reconocía los músculos duros. Él gimió en señal de que no parara.

Bella quería más. Lo necesitaba. Descendió por los abdominales marcados hasta el cinturón que le sujetaba los pantalones a la cintura. Dos tirones certeros lo abrieron y sus manos continuaron el descenso, sosteniéndolo y acariciándolo. Él soltó una retahíla de palabras italianas que sonó a demanda, maldición y súplica.

—Bragas —logró balbucir ella, rezando para que la entendiera—. Fuera.

La seda al romperse compitió con la respiración jadeante. Y luego surgió la pausa, ese momento prolongado de dulce vacilación antes de que la tentación se transformara en inevitabilidad. Miró a Edward, deseando no ver reflejado a anthony en la cara y en los ojos de su marido, deseando que con una caricia o una palabra pudiera reconocer la diferencia entre ambos. Pero no estaba segura de ser capaz. No a menos que cada vez que se vieran le pidiera que le mostrara la cadera.

—No soy él —espetó Edwars.

—Sé que no lo eres —intentó apaciguarlo.

—No, aún no lo sabes. Pero lo harás —llevó las manos atrás y sacó un preservativo del cajón de la mesilla. En el instante en que se lo enfundó, la estudió—. Quizá esto ayude.

Le subió la falda por los muslos, desnudándola hasta la cintura. Bella jamás había sido tomada de esa manera, arrojada sobre una cama y enloquecida por un deseo que la sobrepasaba. Tembló cuando Edward apoyó las palmas de las manos en la parte posterior de sus piernas con el fin de alzarla y abrirla para la posesión. Cuando la penetró con una única y poderosa embestida, sintió que el calor la fundía. Creyó gritar, pero si lo hizo, él capturó el sonido con un beso desesperado.

Cerró las piernas en torno a sus caderas y fue al encuentro del siguiente embate poseída por una necesidad abrumadora. Nada importaba salvo tener a ese hombre dentro de ella. El pasado ya no contaba más que el futuro. Lo único que le importaba era ese momento y ese lugar.

Lo incitó a ir más lejos y más fuerte que nunca. Fue su turno de suplicar. De exigir. De rezar para sobrevivir al encuentro con el fin de poder repetirlo una y otra vez.

El orgasmo golpeó con una precipitación inesperada. Sin orden. Sin lógica ni razón. Unicamente pudo aguantar y entregarse en una rendición completa a algo que se encontraba más allá de su capacidad de control. Transcurrieron unos minutos mientras luchaban por recobrar el aliento.

Cara, por favor. No llores.

—¿Estoy llorando? —se llevó una mano laxa a la mejilla—. Ni me di cuenta.

—¿Te ha parecido mal?

Eso era lo que más la asustaba. Que le había parecido demasiado bien.

—Es que... —con un suspiro de impaciencia, cedió al deseo de apartarle de los ojos el cabello húmedo—. Tiene que ser más que esto. Algo más que buen sexo.

Edward enarcó una ceja.

—¿Es así como describes lo que acaba de pasar... lo que pasó anoche entre nosotros?

Se negó a considerar que pudiera ser otra cosa. Así le estaría dando demasiada importancia.

—Una relación es algo más que un sexo estupendo —arguyó obstinada—. Un matrimonio tiene mucho más.

—De modo que ahora es un sexo estupendo —comentó él—. Al menos hemos mejorado.

Ella lo golpeó en el hombro.

—¿Quieres ponerte serio? Al menos con Anthony.. —calló al ver la expresión de él.

—No —dijo en voz baja—, no metas a mi hermano en la cama con nosotros. Nunca.

—Es que...

—¿No soy claro en este punto?

—Perfecto. Eres claro —lo empujó por los hombros—. Me gustaría levantarme, por favor.

inevitable

Decidió darle el beneficio de la duda.

—Soy una persona lógica, Edward —dijo al fin—. Y aunque disfruto del sexo tanto como cualquiera...

—De un sexo estupendo —le recordó.

—Perfecto. Un sexo estupendo —tardó un segundo en recobrar el hilo de sus pensamientos—. El matrimonio es más que sexo.

—Cierto —la sorprendió al darle la razón—. Aclarado eso, podemos dedicar los siguientes cincuenta años a trabajar en lo demás —enarcó una ceja—. ¿Alivia eso tus preocupaciones, moglie mia?

Ella plantó las manos en las caderas.

—¿Por qué empleas tanto italiano? An... nunca... —calló y se frotó los ojos con gesto cansado—. Lo siento. Quería decir que usas demasiadas palabras italianas que yo no entiendo. ¿Qué significa mog... lo que sea?

Edward abandonó la cama.

Moglie significa esposa —después de quitarse los restos de la camisa desgarrada, desapareció en el cuarto de baño contiguo. Al volver, se detuvo delante de ella y le dio un beso fugaz en la frente—. Gracias por intentarlo.

—¿Hacia dónde se supone que vamos a ir desde aquí? —preguntó ella.

—Yo estaba pensando que la cocina podía ser una buena dirección.

Lo miró con incredulidad.

—¿Quieres que cocine para ti? —que el cielo la ayudara, pero a Edward le gustaba reír.

—En realidad, había pensado en cocinar yo para ti.

Después de ponerse una camisa, la llevó a la cocina y la sentó a una mesa pequeña situada junto a una ventana salediza. Abrió un cajón, sacó un mandil y, mientras se lo ataba a la cintura con familiaridad, Bella comprendió que manejaba los diversos utensilios con una soltura que sólo daba la práctica. Primero llegó el café. Luego se dedicó a cocinar... de verdad. En menos de treinta minutos depositó sobre la mesa dos platos humeantes de fetuchini con gambas. Se quitó el mandil y se unió a ella.

—Si esto es para impresionarme...

—¿He tenido éxito?

—Mucho —probó el plato y gimió—. ¿Cocinas así todo el tiempo?

—Cuando no estoy fuera del país o haciendo de anfitrión de posibles clientes. Tuve suerte de encontrar a una mujer que compra para mí y que aprecia la buena comida tanto como yo. Cuando quiero algo en la nevera, le envío un correo electrónico —se encogió de hombros—. Y aparece. También se encarga del cuidado general de la casa y de otras tareas diversas que no me atraen tanto como cocinar.

Por algún motivo, eso hizo que Bella dejara el tenedor en el plato.

—Quizá éste sea un buen momento para hablar de nuestro matrimonio.

Él pinchó una gamba suculenta con el tenedor y la acercó a la boca de ella.

—Bien. ¿De qué te gustaría hablar en particular?

—Edward... —no pudo aguantar y se la comió. Luego le quitó el tenedor—. ¿Qué quieres de nuestro matrimonio?

—Ah. Te apetecen reglas. Orden.

—Me gustaría hacerme una idea de las expectativas que tienes.

—Una conversación y compañía brillantes. Un sexo increíble... tendremos que trabajar para mejorarlo desde «estupendo». Y con la bendición de Dios, más risas que lágrimas —enarcó una ceja—. ¿Quieres que te traiga tu agenda electrónica para que puedas apuntar algunas notas?

—Necesito que te lo tomes en serio. El matrimonio es un asunto serio —volvió a dejar el tenedor en el plato, aunque en esa ocasión, para su sorpresa, vacío—. Lo siento. No puedo. Nada de esto es real y es inútil fingir lo contrario.

—El matrimonio no es un asunto y me niego a convertirlo en tal —alargó el brazo y le tomó la mano—. Relájate, cara. Necesitas darle tiempo a nuestra relación y dejar de aplicarle una orden del día. ¿Acaso las flores se abren ante una exigencia? ¿La primavera llega sólo porque el calendario así lo estipula? Si hace que te sientas más cómoda crear cierto sentido de orden, entonces llamemos este momento de nuestro matrimonio el punto A. En unas semanas podremos reevaluarlo y comprobar si hemos avanzado al B o al C.

Por algún motivo, eso hizo que llorara.

—Es una locura, lo sabes, ¿verdad?

—Lágrimas —frunció el ceño—. De eso sí que llevaré la cuenta.! Por cada lágrima que derrames, me aseguraré de que tengas motivos para reír al menos cien veces.

—A este ritmo, me voy a pasar todo el día riendo.

—¿Ves lo fácil que ha sido? Ya hemos establecido nuestra primera regla marital. Cien risas por cada lágrima —el humor en su mirada se mezcló con una calidez evidente—. Sé que hoy planeabas decirme que te ibas y que ponías fin a nuestro matrimonio. Pero ¿aceptarías quedarte e intentarlo? Podemos establecer un límite de tiempo si eso te ayuda.

—¿Una negociación, Edward?

—Podría, si considerara el matrimonio como un trato comercial. Podría utilizar The Snitch como excusa, o la cuenta Volturis

Ella se mostró incómoda.

—¿Nuestro matrimonio tendrá un impacto adverso en esa cuenta?

—No. Pero sí lo tendría nuestro divorcio —dejó que lo asimilara antes de continuar—. Podría explicar cuánto más beneficioso sería para nuestra carrera que te quedaras conmigo, o la imagen que daría si te divorciaras después de un solo día de estar casada. Pero como acabo de explicar, esto no es un negocio. Sólo hay un motivo para permanecer juntos.

—¿Y... cuál es? —aventuró una conjetura—. ¿Llegar al punto Z?

Él esbozó una sonrisa maravillosa que Bella jamás había visto en la cara de Anthonu. Únicamente Edward podía sonreír así.

—¿Por qué iba a querer saltar directamente al punto Z cuando hay tantos puntos divertidos que explotar entre medias? El sentido de un baile no es precipitarse hacia el final, sino disfrutar de cada paso —la alzó de la silla y la envolvió en sus brazos—. Ven, mi hermosa esposa. ¿Qué dices? ¿Bailamos?

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mis bellas lectoras aqui el proximo capitulo las quiero

comenten y cuéntenme quien se quiere dejar arrastras por el infierno de los Cullens