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las quiero y aqui va el capitulo 7
Capítulo Siete
En los días siguientes, Bella descubrió que Edward hablaba en serio. No parecía importarle lo que ocurriera en el negocio si ella lo abandonaba. Sólo se preocupaba por ella. Por algún motivo, eso la aturdió. Y en todo momento una voz en su mente le decía que tenía que ser mentira. ¿Cómo iba a ser más importante que conseguir una cuenta que garantizaría el éxito meteórico de Cullens en el mercado europeo?
El matrimonio debería ser más complicado que lo que Edward hacía que fuera. Desde luego, lo había sido para su abuela. Gracias a esa unión desastrosa, había recibido instrucciones precisas sobre cómo levantar cimientos adecuados y qué cualidades buscar en un marido, una lista detallada y analizada antes siquiera de llegar a contemplar el matrimonio. Edward y ella no habían hecho nada parecido, y Bella no podía evitar pensar que dicha carencia representaría un final rápido para un matrimonio breve.
Por fortuna, no tuvo que pensar demasiado en todo eso. En cuanto llegó al trabajo, le asignaron un proyecto enorme y complejo de supervisión, que requería pasar de papel a ordenador décadas de antiguos registros financieros.
—Con la expansión en el mercado internacional, necesitamos tener esta información disponible al alcance de una tecla —le explicó su supervisora—. Y necesitamos a alguien con tus conocimientos en finanzas y la atención al detalle para que separe la paja del grano. Determina qué debemos informatizar y qué se puede descartar sin ningún riesgo.
—Pero ¿y mis proyectos actuales?
—Te asignaremos ayuda temporal con eso para que te concentres en sacar adelante este proyecto. Seré sincera contigo, Bella. Esperamos que tengas éxito donde fracasaron todos los que lo intentaron hasta ahora.
Con un toque del humor de Edward, comprendió que fue como agitar un capote rojo delante de un toro. La idea de que pudiera lograr lo que nadie más había conseguido la atrajo y aceptó el proyecto con manifiesto entusiasmo. Por desgracia, eso significó dejar la sede principal de Cullens para trasladarse al almacén, donde se guardaban casi todos los registros.
Al final de la semana, Tania localizó a Bella en su nuevo destino y le dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Toma. Anthony dijo que la necesitarías. Podría habértela enviado por correo electrónico, pero me dio la excusa de hacerte una visita. Para decirte que te echamos de menos.
—Gracias. Yo también os echo de menos —miró la hora—. Ojalá hubiera sabido que vendrías. He quedado a comer con Rosalie en cinco minutos.
—Es la mujer de Emmet ¿no? —Tania hizo una mueca—. Es lógico. Supongo que le han asignado que te explique lo que espera de ti la familia.
Bella frunció el ceño.
—¿Esperar? ¿De qué hablas?
Anthony chasqueó los dedos.
—Vamos, abre los ojos. Ahora estás bajo la atención pública. The Snitch se lanzará sobre ti en cuanto se dé la noticia de tu boda relámpago con Edward. Supongo que Carlisle y esme le han pedido a Rosalie que te guíe por el protocolo familiar con el fin de que no empeores las cosas accidentalmente.
—Estoy segura de que no es así —repuso tras un segundo.
Tania se encogió de hombros.
—Si tú lo dices... —apartó unos papeles y se sentó en la mesa. Alzó la mano izquierda de Bella y emitió un silbido bajo—. Vaya pedrusco, cariño. Es incluso más impresionante que el que planeaba darte Anthony.
Irritada, Bella se soltó la mano.
—Angie y tú le habéis dado demasiada trascendencia a mi relación con Anthony.
—Eso parece. Pobre anthony Supongo que caíste ante el encanto de Edward como todas las mujeres que trabajan en cullens —se inclinó y bajó la voz—. ¿Es verdad, entonces?
—¿Qué? —aunque podía adivinarlo, dado los rumores que corrían por la oficina acerca de los acontecimientos que habían tenido lugar la noche en que Edward y ella se fugaron.
—¿Supiste que era Edward antes de que te hiciera el amor o esperó hasta después para contártelo?
—Debería haber imaginado algo así de ti, pero debes comprender que no voy a contestarte.
Tania suspiró.
—O cuál de los dos es mejor amante —calló un momento, pero al recibir sólo silencio, agregó—: Tiene que ser Edward. De lo contrario, ¿por qué te casarías con él, en particular con lo celoso que es?
—¿Bella ?
La voz de Rosalie sonó próxima.
—Ups. Es mi señal para marcharme —se levantó del escritorio y agitó la mano—. Ya charlaremos más tarde.
Rosalie, alta, rubia y tan elegante como hermosa, apareció en el umbral. Aguardó con abierta desaprobación mientras Tania se marchaba.
—Vamos, salgamos de aquí —le dijo a Bella —. No sé tú, pero a mí me vendría bien un poco de aire fresco.
—¿Adónde vamos?
—A ver a Esme para que pueda explicarte cómo se espera que te comportes ahora que eres una Cullen —descartó el comentario con un movimiento de la mano y una amplia sonrisa—. Lo siento. No pude contenerme. Vamos a comer con Esme, pero te aseguro que, si hay un protocolo para las mujeres Cullen en alguna parte, tendrá que ser Tania quien me lo enseñe. Para serte sincera, hay ocasiones en que me vendría bien uno.
De camino al coche de Rosalir trató de defender a su amiga, aunque no supo por qué se molestaba.
—Edward es un poco extrovertida y no tiene pelos en la lengua.
—¿Lo llamas así? Yo lo llamo pura y malsana envidia —una vez que salió del aparcamiento y puso rumbo al Puente Golden Gate, añadió—: Siempre le gustó Edward Pero sus hermanos y él establecieron un pacto hace años por el que no saldrían con nadie del trabajo. Por supuesto, ese acuerdo se quebró en cuanto llegué yo.
—¿Contó eso? Pensé que ya salías con Emmet antes de incorporarte a Cullens.
—Me chantajeó para unirme a la empresa. ¿Es que no lees The Snitch?Supongo que Tania vio mi relación con Emmet como una relajación de la regla y se esforzó en captar la atención de Edward. Luego, cuando tanto Anthony como él fueron detrás de ti... —se encogió de hombros—. Estoy segura de que para la pobre Tania fue como una bofetada.
Bella consideró la situación. Si los comentarios de su cuñada eran correctos, explicaban muchos de los comentarios cáusticos qu eTania afirmaba que eran bromas.
—Gracias, Rosalir . Agradezco que me abras los ojos.
La expresión de Rosalie irradió simpatía.
—De nada. Lamento tener que criticar a alguien a quien consideras una amiga.
Unos pocos minutos más tarde subían la ladera de la colina que había en Sausalito y se metían en el camino particular de una casa grande de una sola planta y con una cancela de hierro forjado en la entrada. Rosalie la condujo por el interior en sombra y a un jardín enorme y bien cuidado, lleno de flores, arbustos y árboles. Bajo las ramas de un roble se había preparado una mesa de hierro. Sentada a la mesa había una mujer que sólo podía ser Esme
Bella le devolvió la mirada, fascinada por la abuela de Edward . Debía de tener setenta y bastantes años, a tenor de que Carlisle y ella acababan de celebrar su quincuagésimo sexto aniversario. Sin embargo, parecía una década más joven, con el rostro radiante de belleza a pesar de las arrugas que la vida había tallado en él. O quizá por ellas.
—Edward tiene sus ojos —observó Bella.
La risa danzó en las profundidades almendradas, revelándole que Edward había heredado una segunda característica de su abuela.
—También Anthony—dijo con voz marcada por un acento italiano—. ¿O no lo notaste?
Bella parpadeó sorprendida.
—Yo... supongo que nunca lo noté. Pero desde luego que tiene que ser así, ya que son gemelos idénticos.
Esme alzó los hombros.
—Ah, en cuanto has sido tocada por el Infierno, sólo ves con claridad a un hombre —besó a Bella en ambas mejillas, luego a Rosalie y señaló dos sillas vacías—. Sentaos. Tutéame y llámame Esme, igual que hace Rosalie, y partiremos juntas el pan y hablaremos como han hablado las mujeres desde que nos formaron de la costilla de Adán. De los hombres, la vida, los hijos y luego, inevitablemente, otra vez de los hombres.
Rosalie sonrió.
—A mí me suena bien. En especial la parte de los hombres.
—Tomaremos una deliciosa copa de vino en el almuerzo, o quizá dos —añadió con expresión traviesa.
—Lo siento, Esme —comenzó Bella—. Yo no puedo...
—Porque no has terminado tu jornada laboral —la anciana descartó el asunto con un movimiento de la mano y sirvió el vino—. Si hace que te sientas más cómoda, piensa que mantenerme contenta el resto del día es una de tus obligaciones. Una de las principales, ya que he arreglado que las dos tengáis la tarde libre.
Bella cedió encantada.
—Una propuesta peligrosa. La última vez que bebí una copa de vino Cullen terminé casada con Edward
Las otras dos mujeres soltaron una carcajada.
—Así es el Infierno —afirmó Esme —. Vuelve a las mujeres cuerdas y racionales en criaturas instintivas.
El comentario despertó la curiosidad de Bella .
—¿Os molestaría que os hiciera a las dos una pregunta personal?
—Adelante —repuso Rosalie
La mujer mayor asintió.
—Sé que crees en el Infierno, Esme. Edward me contó cómo cambió tu vida y te obligó a tomar una decisión difícil.
—No tan difícil. Más bien triste y desagradable.
Bella miró a su cuñada.
—Pero, tú, Rosalie , ¿crees en ello?
Esta se relajó en la silla y bebió un sorbo del Frascati dorado y fresco.
—¿He de pensar que tú no?
Bella movió la cabeza.
—Creo que debe de ser leyenda o fantasía —miró a Esme con expresión de disculpa.
—Lo mismo que yo, al principio. Teniendo en cuenta todo, es natural.
—Has dicho al principio. Eso implica que en algún momento creíste en la historia.
Rosalie mostró una expresión peculiar.
—Respóndeme con sinceridad, Bella . ¿Hubo una corriente eléctrica la primera vez que Edwars y tu y tú os tocasteis? Me refiero a una chispa de verdad.
—Sí, algo así —admitió.
—¿Y lo sientes, incluso cuando no lo ves? Si alineara a Edward y a Anthony con trajes idénticos, si los mezclara y te los pusiera de espaldas, ¿sabrías reconocer quién es tu marido y quién tu cuñado?
—No estoy segura —la sola idea de que Anthony pudiera tocarla le resultó desagradable. Cerró los ojos—. De verdad que no lo sé. Quizá.
—¿Edward se frota la palma de la mano, así? —se lo demostró, clavando los dedos de la mano izquierda en el centro de la palma de la derecha—. ¿Te resulta familiar?
—Sí —susurró—. Lo he sorprendido haciéndolo en alguna ocasión. Yo misma lo hago a veces.
—Sucede con todos los hombres Cullen cuando han sido golpeados por el Infierno, y parece que también con algunas de las novias Cullen —explicó Esme —. Carlisle. Nuestros dos hijos. Y ahora Emmet y Edward . Así ha sido desde el inicio del linaje de los Cullen .
—Depende de ti elegir creer que se trata del Infierno —Rosalie se encogió de hombros—. Da la casualidad de que yo lo creo.
Antes de que Bella pudiera hacer más preguntas, Carlisle les sirvió el almuerzo, preparado por él mismo. Aunque la cara del hombre mayor reflejaba una nobleza dura, en su expresión sólo se veía calidez. Después de darle la bienvenida con un abrazo cálido y un ruidoso beso en cada mejilla, comprobó que tenían todo lo que necesitaban y se marchó.
A partir de entonces las horas volaron, llenas de risas amables y dulces y de conversaciones femeninas. Bella no recordó haber pasado jamás un tiempo tan placentero en compañía de mujeres. En un determinado momento intentó comparar a Esme con su propia abuela, pero aparte de cierta fortaleza de carácter, no podían ser más diferentes.
A última hora de la tarde se presentaron los hombres Cullen . Emmet miró a su esposa y movió la cabeza con fingida consternación.
—Veo que Esme ha sido algo generosa con el vino —le dijo a su abuelo—. Voy a necesitar tu carretilla para llevar a Rosalie a casa.
—Sabes dónde la guardo —rió entre dientes, se sentó junto a Esme y le tomó la mano.
Bella percibió la aproximación de Edward y supo que los demás lo achacarían al Infierno. Fuera la que fuera la causa de esa percepción, mitigó su sorpresa cuando la alzó en brazos, ocupó su silla y la depositó en el regazo.
—¿Cómo ha sido tu día? —le preguntó.
—Perfecto —apoyó la cabeza en su hombro—. Mejor que perfecto.
—Me alegro. Esme es... —se encogió de hombros.
—Es imposible describirla, ¿verdad? —convino Bella .
Estuvieron charlando durante una hora antes de que él dijera que era hora de irse. Se despidieron y se marcharon por la puerta del jardín. Mantuvieron un silencio cómodo durante el trayecto desde Sausalito hasta el piso de Edward .
—Esme es distinta de mi abuela —comentó Bella mientras entraban en el piso.
—¿Sabes?, creo que ésta es la primera vez que has mencionado a tu familia desde la noche de bodas —con la cabeza indicó el dormitorio—. Ponme al corriente mientras nos cambiamos. ¿En qué es diferente tu abuela de la mía?
Lo siguió y se quitó la chaqueta del traje.
—Las dos son mujeres fuertes —expuso de camino al armario—. Pero mi abuela era rigida. Esme ... no mucho.
Pasando el brazo alrededor de Bella , sacó una percha de madera.
—Deja que lo adivine. Tu abuela era de la escuela de pensamiento que enseña que ver es creer —le dio con el codo—. Te transmitió eso, ¿no?
Ella sonrió fugazmente.
—No tuvo mucha elección. Fue ella quien me crió, ¿sabes? O tal vez no lo sabes —lo miró incómoda—. Lo siento, creo que fue a Anthony a quien se lo conté.
Para su alivio, Edward no se ofendió.
—Cuéntamelo ahora —la animó. Le bajó la cremallera de la falda antes de desprenderse de su corbata.
Bella se la quitó y la sujetó a la percha de la chaqueta del traje. Se preguntó si la visión de ella vestida a medias lo tentaría a alzarla en vilo y tirarla sobre la cama que tenían detrás. Pero de pronto comprendió que él esperaba su respuesta.
—Oh, es una historia antigua y triste —se apresuró a explicar—. Una que innumerables mujeres han contado a lo largo de los años. Mi abuelo era un seductor.
Calló cuando edward la atrapó con su corbata y la pegó a él.
—¿Disculpa? —gruñó.
Ella no pudo contener una sonrisa.
—Deja de mirarme con esos ojos furiosos. No me refiero a tu tipo de seductor.
—¿Qué otra clase hay? —preguntó sinceramente desconcertado.
La diversión de ella se evaporó.
—De los que te prometen todo y no cumplen nada —lo miró con divertida exasperación por seguir atrapada en la corbata—. ¿Te importa?
La soltó a regañadientes y siguió desvistiéndose.
—Eso explica por qué mis promesas te preocupan tanto. No me conoces lo suficiente como para creer que las cumpliré.
—Algo así —confesó—. El abuelo animó a mi abuela a abandonar una prometedora carrera profesional, algo que en aquellos tiempos pocas mujeres lograban alcanzar. Pero lo hizo porque él le vendió el sueño.
Él se apoyó contra la puerta del armario; sólo llevaba puestos unos calzoncillos negros.
—¿Y cuál era? —quiso saber.
—Que... quería una casa de dos plantas con una valla blanca, la cena servida a las seis, con un hijo y una hija que lo estarían esperando, uno con una honda guardada en el bolsillo trasero de los vaqueros y la otra con un vestidito de volantes y trenzas.
—¿Y con qué terminó?
—Con una casa destartalada, una cena de hamburguesa con queso porque el presupuesto no daba para más y una hija que no paraba de berrear porque sufría de cólicos. De algún modo pasó por alto que para conseguir su sueño, alguien debía tener ingresos. Poco después de que naciera mi madre, se marchó. Había encontrado un sueño nuevo mucho más atractivo que la realidad del antiguo.
—¿Qué fue de tu abuela y de tu madre?
Se volvió y lo miró.
—La abuela crió a mi madre como mejor pudo. Se mató en los miserables trabajos que logró conseguir, ya que por entonces la posibilidad de una carrera había quedado atrás. Mi madre se largó de casa a los dieciséis años con el primer hombre que la miró dos veces. Nueve meses más tarde, yo aterricé ante la puerta de mi abuela.
—Diablos, cariño —la abrazó—. Decir que lo siento sería insuficiente, pero es verdad.
Bella se encogió de hombros e inhaló su fragancia. Aunaba fortaleza, calidez y comodidad.
—Tuve a mi abuela. Y mi madre venía de manera periódica, siempre que se encontraba sola entre novios. Pero entonces aparecía el siguiente arco iris en el cielo y se iba en pos de él, convencida de que en esa ocasión encontraría el tesoro de oro en el otro extremo. La abuela siempre decía que había salido a mi abuelo. Hace años que no la veo.
—¿Y tu abuela?
—Murió con Alzheimer hace unos años. A veces hablaba del abuelo. No tenía ni idea de quién era yo, pero hablaba de cuando volviera Charles , de cómo alcanzarían el sueño. Quizá es bueno que su enfermedad le ofreciera algo de felicidad al final. No creo que experimentara mucha durante los años que la conocí.
Se retiró unos centímetros para mirarla.
—Ahora tienes a los Cullen , cara —afirmó—. Lo sabes, ¿verdad? No importa lo que los demás digan de nuestro matrimonio, nosotros cuidamos de los nuestros.
Su comentario le recordó el choque con tania.
—¿Te importaría si te hago una pregunta sobre tu pasado? —inquirió insegura—. No tienes que contestar. Es que...
Él hizo una mueca.
—Oh, oh. ¿Quién, qué, cuándo y por qué?
—Hoy Tania pasó a verme antes de que llegara Rosalie para llevarme a almorzar.
—¿Y? —su expresión no reveló nada.
—Rosalie mencionó que en el pasado Tania se te insinuó —mantuvo la voz indiferente, pero supo que no lo había engañado—. ¿Lo hizo?
Él suspiró.
—Yo diría que fue más un intento, que cortésmente soslayé.
—Mister Irresistible —logró bromear Bella.
Él rió con ironía.
—Aceptaré tu palabra. Ciertas mujeres se prendan de mí, aunque no puedo decirte si es porque me encuentran irresistible. Para algunas mujeres lo más irresistible es que soy un Cullen y quieren el brillo que un Cullen puede aportar al matrimonio. Después de todos estos años, reconozco la diferencia. A Tania le gusta el brillo.
—Mientras que yo prefiero la chispa.
—Eso he notado —le pasó una mano por la nuca y le alzó la cara para darle un beso prolongado—. Es mi turno de hacerte una pregunta.
—¿Quién, qué, cuándo y por qué?
—¿Por qué Rosalie sintió la necesidad de contarte lo de Tania?
—Tania mostró demasiada curiosidad por saber cómo terminé contigo en vez de con Anthony—repuso, buscando, sin éxito, un tono ligero.
—Fue más que eso, ¿verdad? —al no obtener respuesta, lo dejó pasar—. Eres una amiga leal, Bella. Pero no tienes nada de qué preocuparte en lo referente a otras mujeres. Cuando golpea el Infierno, se acabó. En lo que a mí concierne, no existe nadie más.
—Demuéstralo.
Las palabras salieron de su boca antes de poder contenerlas y la respuesta de él fue centelleante. La besó con una pasión que al instante la dejó sin control. La llama se encendió entre ellos.
La poca ropa que les quedaba voló entre suspiros, dejando un rastro de algodón y seda hasta la cama.
Se dijo que su abuela la habría llamado boba por anteponer la fantasía a la realidad, pero en ese momento no le importaba. Le rodeó el cuello con los brazos y se entregó, volando sobre el arco iris y flotando en nubes de placer. El mañana tendría que esperar.
Esa noche se quedaba con el sueño.
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chicas comenten las quiero muchisimo
y amo sus recomendaciones.
