mis amores aqui esta el capitulo 8
No saben los feliz que soy por los reviews
No saben lo que se siente que les guste
Y tambien no saben lo feliz que soy porque termine mis parciales las quiero.
Chicas espero sus recomendaciones y que me digan por sus reviews que historia quieren que siga adaptando...
Capítulo Ocho
No estaba.
Edward despertó al instante. Abandonó la cama y fue a buscarla. La encontró saqueando la nevera. Divertido, comprobó que había preparado un refrigerio para dos.
—Veo por todos esos sándwiches que sabías que vendría —comentó con un bostezo.
—Sí —aceptó con leve resignación—. Sin duda dirás que se debe al Infierno.
Le quitó el plato de las manos y lo dejó a un lado. La rodeó con los brazos y apoyó la frente contra la suya.
—Sigue molestándote, ¿verdad?
—Sí.
Simple, conciso y sincero. Rasgos que le gustaban de ella.
—¿Crees que el Infierno hace que sea menos real lo que sentimos el uno por el otro?
—Si nuestra relación es únicamente capricho de ese Infierno, entonces no tiene nada que ver quién sea yo como persona —repuso con voz un poco atribulada—. O quién seas tú, para el caso. Simplemente, estamos emparejados sin tener nada en común aparte de la atracción sexual. ¿Cuánto crees que va a durar eso?
—Entendido —fue directamente al meollo—. Quieres seguridad. Certeza. Quieres saber que vamos a seguir juntos dentro de cincuenta años.
Bella ahogó una risa que insinuaba lágrimas.
—Por ahora, me conformo con un año. Incluso con una semana. Pero sigo esperando que todo salga terriblemente mal. Si lo que sentimos se debe al Infierno, entonces es fantasía, no realidad.
—Es más que eso, Bella , y tú lo sabes —se apoyó contra la encimera y la cobijó en su pecho—. O bien el Infierno es real o bien es fantasía. Si es una fantasía, terminará y tú resultarás herida. Pero si es real, tienes miedo de que te sea arrebatada la capacidad para tomar tus propias decisiones en la vida.
Ella asintió.
—¿Y si decidimos que no nos gustamos? ¿Y si no somos capaces de levantar unos cimientos duraderos juntos? ¿Y si descubrimos que nuestros objetivos en la vida son muy distintos? Según tú, estamos atrapados juntos para siempre.
—¿Te sientes atrapada, cara?
—A veces —confesó.
Le tomó el rostro entre las manos y la besó, transmitiéndole toda la ternura y seguridad que pudo.
—Sospecho que eso es cierto para el amor en general, no sólo con el Infierno. No has perdido una parte de ti misma. Has ganado algo que antes no tenías. Al menos, yo sí.
En vez de relajarse, se mostró más ceñuda.
—Pero cuando entró en escena el Infierno, ¿no sentiste como si hubieras perdido todo el control?
—Por supuesto. Y entiendo que tienes la necesidad de dirigir tu propia vida —se encogió de hombros—. No es mi intención interferir en eso.
—Ya lo has hecho —señaló con suavidad.
—Cariño —un vestigio de impaciencia se asomó a su voz—, nadie tiene un control total sobre su vida y algunos únicamente disponen de una limitada elección. El control es la ilusión.
—Es mi ilusión, así como el Infierno es la tuya —insistió con obstinación.
—Te niegas a creer que pueda existir debido a tu abuela —sabía que iba por terreno peligroso, pero ya no le importaba—. Tu cuento de antes de dormir ha sido sobre sueños perdidos. Siendo yo un pequeño salvaje, el mío era el del lobo y los cerditos... Lo que quiero decir es que soy bien consciente de que, si levantamos nuestros cimientos con paja, se los puede llevar el viento. O podemos construirlos de piedra para que resistan las tormentas más intensas. Nosotros elegimos las herramientas y los materiales. También elegimos nuestros sueños. Juntos.
—Haces que parezca tan sencillo... —titubeó—. Esta obsesión tuya no es lógica, Edward. No entiendo por qué te empeñas en creer en un cuento de hadas. Tanto como para casarte con una mujer a la que conocías desde hacía cinco minutos.
Edward apretó los labios.
—Mis padres fueron un ejemplo perfecto de lo peor que puede ser un matrimonio, así como Carlisle y Esme son el ejemplo de lo mejor. Mis abuelos escucharon al Infierno cuando se presentó y su matrimonio se acerca a las seis décadas de duración. Mi padre lo ignoró, y nunca en toda la vida de casado conoció un día feliz.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Bromeas? Di por hecho... ¿Tu madre no era...?
Él movió la cabeza.
—¿La prometida del Infierno de mi padre? No. Fue una transacción comercial. A pesar de las advertencias de Carlisle, mi padre se casó con mi madre por el bien de Cullens , aunque ni siquiera eso salió como mis padres habían planeado. Puede que pienses que es una superstición o una fantasía, pero yo viví con la realidad. Elegiré cualquier cosa antes que eso.
—Oh, Edward . Lo siento mucho.
Pudo ver que seguía creyendo que sus actos para casarse con ella eran una dramatización.
—Escúchame, cara. Si no hubiera realizado la elección que tomé, si no te hubiera llevado a Nevada para casarnos, con el tiempo Anthony habría encontrado un argumento racional para convencerte de casarte con él. La única persona que he conocido más lógica que tú, es él. Si no te hubieras casado conmigo, si te hubieras casado con mi hermano, no sólo habríamos sufrido nosotros dos, sino Anthony y también su futura esposa. Puede que ahora no me dé las gracias por lo que hice, pero eso cambiará cuando él mismo experimente el Infierno.
—Realmente crees en esto —se maravilló.
—Sí —le mantuvo la mirada—. Y dentro de poco también lo harás tú. No me importa el tiempo que lleve o lo que tenga que hacer para convencerte, pero terminarás creyendo en el Infierno.
Por primera vez desde que se habían casado, Bella llegaba al piso sin Edward . Este le había advertido de que era posible que tardara, ya que tenía una reunión con Jasper .
Después de refrescarse y cambiarse, miró la caja con archivos que había llevado desde el almacén y con un suspiro se estiró en el sofá. Se dijo que bien podía ponerse a trabajar. Colocó la caja sobre el cojín que había junto a sus pies, se acomodó las gafas de leer y sacó los primeros archivos.
Entre papeles personales había encontrado unos registros confusos y quería tomarse tiempo repasándolos para determinar la mejor manera de manejar la información que contenían. Pero antes de que pudiera abrir la primera carpeta, oyó la llave de Edwars en la cerradura.
Hubo una pausa larga. Luego oyó:
—Cara?
—Aquí —no pudo contener una sonrisa.
Él apareció en el umbral, con un maletín en la mano y una revista en la otra. Su rostro no revelaba nada bueno. Bella se incorporó.
—¿Qué ha pasado?
—La encontré metida debajo de nuestra puerta —se la arrojó—. Deja que te lo advierta, no te va a gustar.
Eso explicaba que se demorara en la puerta. Se ajustó las gafas y las letras se enfocaron.
Confusión marital; ¿Edward o Anthony?
Embaucan a una novia desconcertada para ir al altar.
Con una exclamación de furia, buscó las páginas del artículo.
—Dios mío, Edward , lo saben. Aparece todo aquí. Dan la crónica de todos los detalles.
—Espero que no de todos. Ella se ruborizó un poco.
—No, no viene cada detalle. Pero se acerca bastante. ¿Cuándo ha salido? Me pregunto si es lo que irritó a Tania . Desde luego, explicaría muchas cosas.
—Es posible, aunque dudo que Tania necesite algo específico para irritarse —se acercó a Bella , dejó la caja en el suelo y se sentó a su lado, aflojándose la corbata—. Hay algo que me molesta acerca de estos artículos y no termino de descubrirlo —le alzó las piernas y las apoyó en su regazo. Distraído, comenzó a masajeárselos—. Más o menos durante este último mes han cambiado de tono.
Desde aquella noche en el avión, él había continuado con la costumbre de masajearle los pies, algo que la volvía loca. Se estiró como una gata y las carpetas se diseminaron por el suelo. Edward fue a recogerlas, pero ella se lo impidió poniéndole los pies contra el estómago.
—Olvídate de los papeles. Ya los recogeré yo luego. Dime cómo han cambiado los artículos. ¿Qué diferencia ves en ellos?
Él se reclinó contra los cojines.
—Se han vuelto personales. Vengativos. Ya sabes... —frunció el ceño pensativo—. Creo que es eso. Antes escribían sobre algún cotilleo acerca de alguna fiesta a la que hubiéramos asistido, con quién íbamos. De vez en cuando había alguna maldad en los comentarios, pero nada perjudicial.
—Ahora sí lo es, desde luego. Se ha vuelto abiertamente personal.
—Es exactamente lo que me molesta. Es personal y específico. Demasiado. Quienquiera que esté escribiendo los artículos, debe de tener un informador en Cullens. Es la única explicación.
—No puede ser.
Edward sonrió un poco al ver su expresión atónita.
—No sería nada nuevo. Y tampoco hacemos que nuestros empleados firmen un acuerdo de confidencialidad acerca de la vida personal de la familia.
—Quizá deberíais empezar a hacerlo.
—Se lo mencionaré a Emmet . Que ponga al departamento legal a estudiarlo. Mientras tanto, si podemos encontrar a la persona que pasa la información, podremos cortar la fuente que tiene The Snitch y salvar la cuenta Volturi.
—¿La hemos perdido?
—Me gusta que emplees el plural —alargó el brazo y la acercó por el cuello de la camiseta para darle un beso profundo—. Y, no, no la hemos perdido. Todavía. Les advertí de que esto saldría a la luz. Demasiadas personas oyeron la pelea cuando regresamos a Cullens la mañana después de nuestra boda como para no llegar a oídos de la revista. Pero el hecho de que esté tan detallada en el artículo demuestra que poseen una fuente de información interna.
»Esperemos que no averigüen nada sobre el Infierno. Es algo que consideramos muy privado. Nadie sabe nada al respecto, excepto la familia, y queremos que siga de esa manera —giró para mirarla—. Olvidémonos de The Snitch. Y de todo lo relacionado con los Volturis y Cullens. En este momento, sólo me importa una cosa.
Ella sonrió.
—¿Y se puede saber qué es, señor Cullen? —preguntó con exagerada inocencia.
Se situó encima de ella, le quitó las gafas y las dejó a un lado con cuidado.
—Estoy seguro de que se nos ocurrirá algo.
No fue hasta unas cuantas horas más tarde cuando se trasladaron del sofá a la cama. Hacía rato que sus ropas habían desaparecido entre las carpetas y los documentos diseminados por el suelo.
A la mañana siguiente, mientras Edward separaba la ropa, ella recogió los papeles, aunque no se molestó en organizados antes de volver a guardarlos en la caja. Cuando alzaba el último documento grapado, el nombre de Anthony, unido al de los Vulturis , prácticamente saltó de la página. La ojeó rápidamente, consciente de que, si no se iban pronto, los dos llegarían tarde al trabajo. Pero lo que leyó la sacudió profundamente.
—¿Qué pasa? —inquirió Edward.
—Nada —metió el documento en la caja y la cerró con la tapa—. Vamos.
—En serio, ¿de qué se trata?
Evitó su mirada mientras recogía el bolso y el maletín.
—Sólo es un documento que he de leer con más atención. Puedo hacerlo cuando lleguemos a la oficina —señaló la caja—. ¿Te importaría llevarla al coche por mí?
Para su alivio, el momento pasó. En cuanto Edward la dejó en el almacén, fue directamente a su despacho temporal, sacó el documento y lo leyó tres veces antes de poder convencerse de que era auténtico. Un segundo documento siguió al primero, ése en italiano. Pero sospechó que ponía lo mismo que en la versión inglesa.
No perdió más tiempo. Después de guardar el documento, llamó a un taxi con el fin de ir al edificio corporativo de Cullens . Una vez allí, esperó impaciente que el ascensor la llevara hasta el departamento financiero. Tania ocupaba una pequeña zona de recepción delante del despacho de Anthony y Bella titubeó. Había olvidado que tendría que pasar por Tania para llegar hasta Anthony .
Pegó la carpeta contra su pecho.
—¿Está libre? —preguntó, tratando de sonar casual.
—¿Ya has cambiado de parecer? —preguntó Tania riendo—. Pobre Edward .
—Hablo en serio, Tania . Es importante y no me sobra el tiempo.
La expresión de su amiga se puso seria.
—Lo siento, señora Cullen . No era mi intención hacerla esperar. Veré si Anthony está disponible —alzó el auricular del teléfono y apretó una tecla—. Su cuñada ha venido a verlo. No, la esposa de Edward . Dice que es urgente. Desde luego. La haré pasar.
En cuanto colgó, Bella volvió a intentarlo.
—Escucha, lo siento. Lo que pasa es que esto es urgente. No era mi intención ser brusca.
—No pasa nada —le ofreció una sonrisa que no hizo nada por ocultar la furia en sus ojos y que le advertía de que la relación entre ellas distaba mucho de encontrarse bien—. Yo sería igual de desagradable si acabara de descubrir lo que tramaba Edwarden el plano laboral. Me preguntaba cuánto tardarías.
Bella suspiró, sabiendo que no debería preguntar. Que no debería caer en el juego de la otra.
—¿Descubrir qué? —preguntó cansada.
Tania se tomó su tiempo, saboreando cada palabra.
—Que este proyecto que te han asignado es un montaje. ¿No te fastidia en lo más hondo de tus entrañas estar desterrada en ese almacén sólo porque edward quiere mantenerte alejada de Anthony? —sonrió con astucia—. Aunque no ha funcionado, ya que aquí estás.
Le costó todo su autocontrol no reaccionar ni decir algo que pudiera llegar a The Snitch.
—Discúlpame, ¿quieres? —dijo, pasando delante de Tania para entrar en el despacho de Anthony .
Cerró la puerta a su espalda y se apoyó en ella, luchando por serenarse. Rosalie se lo había advertido, pero había esperado poder demostrar que su cuñada se equivocaba. Sin embargo, quizá no hubiera manera de superar los obstáculos que parecía haber entre ellas. Le costó aceptarlo.
—¿Bella ? —Anthony se puso de pie—. ¿Qué ha pasado? Tienes un aspecto terrible.
Estuvo a punto de confiarle lo que se interponía entre Tania y ella. Pero vaciló en involucrarlo. Quizá ya no fueran amigas; no obstante, no deseaba que eso le costara el trabajo a Tania . De pronto fue consciente de la carpeta que sostenía y la usó como excusa para justificar su angustia.
—Hay algunos documentos que tienes que ver —cruzó el despacho y le ofreció la carpeta—. Los encontré mientras repasaba unos registros familiares.
Anthony abrió la carpeta. Señalándole el sillón que tenía frente a su escritorio, se sentó antes de empezar a leer.
—Santo cielo —musitó—. ¿En qué estaba pensando el viejo?
—¿Sabías algo de este contrato?
—Nada.
—¿Crees que Carlisle lo sabía? —inquirió.
—¿Bromeas? De haberlo sabido, habría matado a mi padre.
La miró con los mismos ojos de Edward . Sin embargo, no se parecían en nada a los de su marido. Donde los de éste tenían la calidez y la pasión de un verano mediterráneo, los del hermano gemelo le parecieron fríos y remotos como un lago de montaña. Se preguntó por qué nunca antes había notado la diferencia.
—¿Se lo has contado a alguien? —preguntó Anthony.
—A nadie. Te lo he traído directamente a ti.
—¿Y a Edward?
—No he dicho una palabra —le informó con más severidad en esa ocasión—. Y no tienes idea de lo culpable que me hace sentir.
—Esto no tiene nada que ver con él y quiero que siga siendo así —su voz reflejó la misma severidad—. Quiero tu promesa al respecto. Necesito tiempo para decidir cómo manejar la situación.
—La tienes.
—También quiero que guardes tú el contrato mientras analizo mis opciones. Prefiero no tenerlo en mi despacho, donde alguien podría encontrarlo.
—No hay problema. Volveré a dejarlo en la caja donde lo encontré.
Después de entregarle la carpeta, la estudió en silencio mientras tomaba una decisión.
—Sentí algo aquella mañana, ¿sabes? —la sorprendió diciendo al final.
Ella movió la cabeza desconcertada.
—No sé de qué me estás hablando.
—En la sala de reuniones. La mañana después de que te casaras con Edward —salió de detrás del escritorio y se sentó en la mesa, cerca de ella—. No creo en el Infierno. Al menos, nunca lo he hecho. Pero aquella mañana...
Pudo ver adónde iba y lo descartó con un movimiento de la cabeza.
—Lo único que sentiste aquella mañana fue furia y, quizá, un poco de celos.
—Cierto. Pero también un hormigueo —frotó el dedo pulgar por la palma de su mano y frunció el ceño—. Justo aquí.
—No sé qué disparó tu pequeño detector del Infierno —respondió—. Pero no fui yo. No es posible —¿o no quería que lo fuera? Porque si Anthony también lo sentía, sería prueba de que el Infierno no funcionaba.
Él se mostró realmente desconcertado.
—Bueno, no había nadie más allí para activarlo.
—Los Culleny vuestros hormigueos. ¿Lo sientes ahora? —preguntó con algo más que un vestigio de exasperación.
—Tal vez —repuso ceñudo—. Un poco.
—Pues Edward no lo siente un poco. Como no tenga cuidado, se va a despellejar la mano.
Anthony sonrió fugazmente.
—Suenas como una madraza —entonces su diversión se evaporó—. Iba a proponerte matrimonio aquella noche, ¿sabes?
—Lo sé —murmuró.
—Tendríamos que haber estado nosotros ante el sacerdote.
—No.
Nunca en la vida había estado tan segura de algo. La certeza fue un torrente agridulce y cerró los ojos, aceptando lo que llevaba semanas negando. No importaba que el Infierno fuera o no real o si ella creía en él. No importaba que no hubiera seguido los consejos de la abuela antes de casarse, o que hubiera elegido a un seductor en vez de a un hombre más lógico y pragmático, como Anthony . Nada importaba salvo esa sencilla verdad. Contuvo el aliento.
Amaba a Edward .
—¿Bella ?
—Oh, Dios —las lágrimas le llenaron los ojos al levantarse—. Soy una tonta.
Él se irguió.
—Está bien. No llores —le pasó los brazos por los hombros y le dio unas palmaditas, incómodo—. Podemos arreglarlo. Te buscaré un abogado. Todo saldrá bien.
—No, no lo entiendes —alzó la cabeza y lo miró. ¿Cómo había podido llegar a pensar que no podría distinguir a un hermano del otro? No se parecían en nada. No sentían nada de la misma manera—. Lo amo, Anthony .
—Oh, diablos. Eso no es bueno.
—No. Lo que no es bueno es que tengas las manos en mi esposa —la puerta se cerró de golpe detrás de Edward —. Te sugiero que las apartes antes de que yo lo haga por ti
Chicas comenten si quieren otro capitulo hoy...
Ahora veremos que hace Edward porque si tiene un asgo caracteristicos son sus celos ... bye
