Chicas aqui les dejo el penultimo capitulo
Les tengo muevas noticias ya termine mi segunda adaptacion
Las quiero dejen sus recomendaciones que ellas me ayudan a crecer las adoro...
Les dejo algunas opciones musicales
Turning Page- Sleeping at last
Break up- alexander Desplat
Capítulo Diez
Había planeado contarle a Edward lo sucedido en el instante en que cruzara la puerta. Explicarle por qué lo había hecho. Pero cuanto más tardaba en llegar a casa, menos quería confesar sus pecados.
Las acciones de ese día, a pesar de que había tratado de justificarlas por el bien de los Cullen, dañarían su relación con Edward , quizá de forma irreparable. Podía indicarle que había intentado elegir el menor de dos males, pero la verdad era que había cometido errores importantes a lo largo del camino, como ver a Tania a solas.
Y lo que era peor, le había hablado sobre el Infierno. ¿Entendería Edward que había revelado la información con la mejor de las intenciones? ¿Comprendería que había tenido un plan al hacer dicha revelación?
¿O pensaría que había antepuesto a una amiga a la lealtad a la familia, que las dudas que albergaba hacia el Infierno la habían llevado a ser indiscreta?
De pronto se dio cuenta de que eso no significaba que tuviera que contarle lo que había hecho en cuanto entrara en casa. La noche aún podía ser de ellos. Sólo debía guardar silencio hasta el día siguiente.
Oyó la llave en la cerradura y al rato su presencia llenó el piso en cuerpo y espíritu, desbordándole el corazón.
—¿Por qué estás a oscuras? —dejó las maletas dentro y cerró la puerta con el pie—. Cara? ¿Sucede algo?
—No —no podía hacerlo. No podía ocultarle lo que había hecho—. Sí.
Lo tuvo a su lado antes incluso de que las palabras hubieran abandonado sus labios. La rodeó con los brazos y, simplemente, se fundieron. Con un simple contacto le volvía su mundo del revés y convertía todo lo racional y seguro en un caos remolineante. Y con el siguiente contacto hacía que el mundo volviera a estar bien, la hacía comprender que su sitio era ése, próximo al corazón de él.
Se obligó a soslayar el anhelo que la embargó y a contarle lo que había hecho.
—Hoy ha sucedido algo y necesito hablarlo contigo.
—Para —la calló con un dedo en los labios—. He estado fuera una semana. Lo primero es lo primero.
Le tomó el rostro entre las manos y se lo alzó para un beso. Con un gemido suave, se abrió para él. Al menos en ese apartado, cuando se unían de esa manera, estaban perfectamente sintonizados. Deseó que pudiera ser suficiente. Con un suspiro de pesar, giró la cabeza.
—Necesitamos hablar primero. Luego podemos tener sexo —siempre y cuando todavía Edward quisiera.
—No.
—¿No? —lo miró sorprendida
—No, maldita sea. No es sólo sexo y tú lo sabes. Siempre ha sido mucho más.
—El Infierno.
—¿Tanto te cuesta aceptarlo?
—Es gracioso que lo menciones. Yo...
Le tomó la mano y unió sus palmas.
—Dime que no sientes eso.
Bella cerró los ojos. El calor le invadió el centro de la mano, penetrandola y extendiendo el deseo por todo su cuerpo.
—Eres tú. Sólo tú.
—Algún día admitirás la verdad.
—Edward ...
—Luego. Ahora mismo te voy a demostrar que te equivocas. Y si no lo ves, volveremos a empezar.
La alzó en vilo y la llevó al dormitorio. Abrazados, cayeron juntos sobre el colchón. Le mordisqueó el labio inferior antes de seducirla con besos lentos y embriagadores.
—No, es mi turno —dijo ella cuando quiso ayudarla en la tarea de quitarle la corbata y la camisa.
Nunca se cansaba de mirarlo, de tocar esos deliciosos contornos masculinos.
Edward permanecía silenciosamente atento, sin que su expresión revelara nada. Bella sabía que permanecería impasible poco tiempo. Bajó la cabeza para darle besos por el centro del torso. Luego fue más abajo. Sin decir una palabra, le soltó el cinturón y lo desnudó. Y después le ofreció el beso más íntimo de todos.
Oyó el gemido ronco, el sonido estrangulado que hizo cuando intentó pronunciar su nombre. Cerró los dedos en su cabello. Resistió el tirón, centrada en darle tanto placer como él le había ofrecido en las últimas semanas. Pero entonces el tono cambió y se convirtió en una demanda que a ella le fue imposible resistir.
La subió al tiempo que eliminaba las pocas prendas que Bella aún llevaba. Ella esperaba que la poseyera entonces, con frenesí y rapidez. Edward debió de leerle los pensamientos, porque negó con la cabeza.
—No puedo —le dijo—. Esto es demasiado importante para precipitarlo. ¿No lo entiendes? Quiero que los momentos que pasamos juntos duren, para poder atesorar cada uno de ellos. Son hermosos e íntimos. Son los momentos en que me siento más cerca de ti. ¿Por qué voy a precipitarlos? No es así como te deseo. Nunca lo ha sido.
Pasado un instante, la confusión se evaporó del rostro de Bella .
—Volvemos a bailar, ¿no? —preguntó con súbita comprensión—. El objetivo no es llegar al punto Z.
Él sonrió.
—No, no lo es. Los más importantes son todos los puntos intermedios.
En los ojos de ella danzó la diablura.
—¿Estás seguro?
Él le besó la curva suave de un pecho.
—El punto Z es inevitable en todas las cosas, no sólo haciendo el amor. Pero para disfrutar plenamente la culminación, hay que saborear cada paso dado. Y eso es lo que planeo para esta noche. Saborearte, cara.
—Oh, Edward .
Las lágrimas danzaron en sus ojos y él vio algo en ellos por lo que había esperado mucho tiempo. Se preguntó si ella al fin admitía que lo amaba. O si el miedo le impediría reconocerlo tal como le impedía admitir la verdad acerca del Infierno.
Si Bella no era capaz de verlo, tendría que enseñárselo de todas las maneras posibles.
Lo llamó con suma dulzura a medida que se acercaba el clímax, y esa noche la canción que cantó al lanzarse al vacío no se pareció a ninguna que Edward hubiera oído con anterioridad. Quería pasar una vida entera provocándosela. Moviéndose a su ritmo. Haciéndole el amor. Creando inagotables armonías que la acompañaran.
La noche llenaba la habitación cuando intercambiaron un beso largo y lento antes de caer en un sopor extenuado. Acarició la espalda de su mujer y la arrimó contra él. Ella se acurrucó encantada y apoyó la cabeza en el hueco de su brazo.
Murmuró algo en sueños, algo muy parecido a «Te amo, Edward ».
—Yo también te amo, cara —susurró. Y entonces se quedó dormido.
Poco después del amanecer, el suave zumbido de su teléfono móvil lo sacó de un sueño apacible. Maldiciendo para sus adentros, se separó con cuidado de su esposa y recogió el aparato. Luego fue desnudo al salón.
—Más vale que sea importante —gruñó.
—¿Dónde está Bella ? —preguntó Jasper en italiano.
—En el mismo lugar donde debería estar yo —respondió también en la misma lengua—. En nuestra cama. Dormida.
—Escucha, debes venir a Cullen . Tenemos un problema.
—¿Qué tiene que ver con Bella ?
—¿Cómo sabes...?
—Has preguntado dónde estaba, lo cual implica que la involucra a ella —ante el silencio de su hermano, espetó—: ¿Es así?
—Te lo explicaremos cuando llegues aquí.
—Me lo explicarás ahora —soltó, agotada la paciencia
—No puedo. No lo haré. Hay algo que tienes que ver. Leer.
—Y sea lo que fuere eso, ¿tiene algo que ver con Bella ?
—Sí —Jasper hizo una pausa—. Edward , te agradeceríamos que no le mencionaras esta reunión a tu esposa.
No tenía idea de lo que estaba sucediendo, pero supo que no iba a gustarle nada lo que tenían que contarle sus hermanos.
Después de vestirse en silencio, le escribió una nota rápida a Bella , por si despertaba antes de que él volviera, en la que le informaba de que estaría ausente una o dos horas. Luego se marchó.
Sus tres hermanos lo esperaban sentados a la mesa de reuniones adyacente al despacho de Anthony. Los examinó uno a uno. Emmet parecía preocupado. Anthony también, y eso lo preocupó, ya que sospechaba que su gemelo aún albergaba sentimientos hacia Bella, por lo que, si se había puesto del lado de Emmet y de Jasper , no presagiaba nada bueno para ella. Y lo peor de todo era que Nicolo, la persona encargada de resolver los problemas de la familia, echaba chispas por sus ojos negros.
Este fue quien le deslizó un ejemplar del último número de The Snitch por el cristal ahumado de la mesa.
—Salió ayer, antes de que Anthonyy tú regresarais a casa. Léelo.
Edward le dedicó toda su atención al artículo. Con cada palabra que leía, la furia bullía con más intensidad en su interior.
—¿Qué diablos es esto? —demandó—. ¿Cómo han podido saber lo que pasó aquel día en el despacho de Anthony ? Sólo éramos tres...
—Exacto —corroboró Jasper .
—No podéis pensar... —lo pensaban. Hasta el último de ellos—. Imposible. Es imposible que Bella le entregara esa información a The Snitch. No lo haría.
A continuación Jasper le deslizó varias hojas grapadas.
—Ahora lee eso. Supongo que no tenías que verlo hasta el lunes. Pero hoy vine al trabajo para dejar algunos documentos en tu despacho y las encontré sobre tu escritorio.
A regañadientes, recogió los papeles. El Infierno de los Cullen , gritaba el título. La esposa de Edward lo cuenta todo. Leyó hasta la última palabra. Los matices. Las interminables citas. La burla subyacente que se pegaba como el cieno a cada frase. Y en todo momento buscó palabras clave como «fantasía», «superstición» o «cuento de hadas», pero no las encontró. Respiró hondo antes de mirar a sus hermanos.
—¿Y? —se encogió de hombros—. Ella no lo hizo, si es lo que queréis saber.
Jasper empujó su sillón para atrás.
—¿Cómo puedes decir eso? —replicó disgustado—. ¿Porque es tu novia del Infierno? ¿Porque en cuanto ha sido golpeada por la maldición de la familia, no soñaría con traicionarnos?
—Bendición —dijeron al unísono Edward y Emmet.
Jasper soltó un juramento.
—Esto es serio. Sólo estabais tres en la oficina de Anthony el día de esa discusión. Anthony ha dicho que gran parte de lo que cita The Snitch es exacto.
—Lo es —confirmó Edward .
—Ahora tenemos una copia del siguiente artículo y en él vuelven a citar a Bella.
—Eso no significa...
—¡Llamé a la revista, Edward! Han reconocido que es el mismo artículo que su reportera les ha entregado, aunque se negaron a identificarla. Planean contar esta historia en el número siguiente. ¿Sigues diciéndome que Bella es inocente?
—Eh, chicos... —comenzó Anthony.
Edward lo hizo callar con un gesto y se puso de pie.
—¿Quieres que explique cómo sé que no está involucrada?
—Oh, por favor —Jasper cruzó los brazos—. Esto tengo que oírlo.
—Perfecto. Te lo diré —plantó las manos sobre la mesa y habló con absoluta convicción—. Sé que Bella no lo hizo porque conozco a mi esposa. No por el Infierno, sino porque he vivido con ella. He trabajado con ella. He pasado tiempo con ella. Y es tan honesta, decente y honorable como largo es el día. Nada de lo que digas podrá convencerme de que nos ha traicionado.
—Edward...
—Mantente al margen de esto, Anthony—clavó la vista en Jasper —. ¿Hemos terminado ya?
La sonrisa de Jasper fue más implacable que nunca.
—No estoy seguro. ¿Por qué no se lo preguntas a tu esposa?
Edward se paralizó. ¿Bella estaba allí? Se preguntó por qué no había sentido su presencia. Antes de ese momento, el Infierno siempre había funcionado como un sistema de advertencia. Giró y la vio allí de pie. No podía tener peor aspecto.
—Cara? ¿Qué haces aquí?
—Edward —susurró.
Y entonces lo supo.
Él había creído en ella.
A Bella le costó no ponerse a llorar. Durante todas las semanas del matrimonio, había anhelado tener pruebas de que lo que sentía por ella emanaba de algo más que el Infierno. Y en ese momento, al fin, Edward había hecho precisamente eso. Qué amarga ironía que se hubiera equivocado.
—Puedo explicarlo —dijo—. Tania Denali es el topo.
—Y le hablaste a Tania del Infierno.
—Sí. Había descubierto algunos documentos que yo tenía. Documentos personales de tu padre —miró fugazmente a Anthony y en su cara vio una comprensión horrorizada—. Le... le cambié la información.
—¿Le entregaste el Infierno? —interrumpió Jasper con furia—. ¿Por qué demonios hiciste algo así? ¿Qué podía haber en esos documentos que te impulsara a creer que sería más ventajoso contarle cosas privadas de los Cullen ?
—Se trataba de una información delicada sobre los volturis y vuestro padre — anthony quiso ponerse a dar explicaciones, pero lo cortó. Los detalles del contrato no importaban. Necesitaba que Edward entendiera la situación imposible en que se había encontrado y que la llevó a tornar su decisión—. Al leer el último número de The Snitch, me di cuenta de que la responsable de las filtraciones era Tania. No podría haber sido nadie más. Juro que hasta entonces no había sabido que era ella. Cuando la acusé, lo admitió.
—¿Por qué demonios no nos lo contaste a alguno de nosotros? —preguntó Edward.
—Lo intenté, pero no encontré a ninguno. Ni siquiera a Jasper. Tania tenía información sobre la situación actual de las finanzas de los Vultutis . Edward... Edward, están en la ruina.
—Ya lo sabemos —respondió con voz fría y distante—. Lo que buscamos es su buena voluntad. Su apoyo, sus contactos. Su linaje.
Emmet alzó las manos.
—Edward, tienes que subir a un avión e ir a hablar con Aro. Ya. Ponlo al tanto de todo lo del Infierno antes de que lo lea.
—Me marcharé de inmediato.
—Edward... —simplemente, él movió la cabeza y se marchó de la sala. Lo siguió, desesperada por intentarlo otra vez—. Edward, por favor. Dile al señor Volturi que ésta será la última historia. Hice que Tania firmará un acuerdo de confidencialidad.
Se volvió para encararla.
—¿Por qué no me lo contaste antes? ¿Anoche, por ejemplo?
—Iba a decírtelo. Pero nos... nos distrajimos.
—Ahora no tengo tiempo. Lo arreglaremos cuando vuelva.
No podía dejar que se marchara. No de esa manera, porque entonces la grieta entre ellos no se cerraría.
—Escúchame. Tengo una idea para darle la vuelta, para usar esto como un instrumento de marketing.
Él se puso rígido.
—El Infierno no es algo que se pueda utilizar, Bella . No es un ardid comercial para vender joyas Cullens. Imaginaba que ya lo habrías entendido.
—Lo... lo sé.
Se acercó, quemando prácticamente el aire con su ira.
—No, es evidente que no. Y ahí radica todo el problema. Pareces pensar que se trata de una historia divertida que contamos tomando unas copas. No lo es. El Infierno va hasta el mismo corazón de quienes somos y de lo que somos. Es parte de nuestra herencia.
Sin éxito, Bella intentó contener las lágrimas.
—Edward, lo siento mucho. Tuve que tomar una decisión a toda velocidad. Ahora comprendo que fue la errónea.
Él movió otra vez la cabeza.
—Desde el principio lo has tratado como si fuera un estúpido cuento de hadas. Sin importar lo que te he dicho, las veces que te lo he explicado, te niegas a entender su verdadero sentido.
—Entiendo que es importante para ti. De verdad.
—Sigues sin captarlo, Bella. El Infierno es parte de mí. No puedes arrancármelo como una mala hierba que te desagrada. Cuando niegas esa parte de mí, me niegas a mí.
—No, yo...
Cortó su protesta.
—El momento para la discusión se ha acabado. Te has negado a aceptar el Infierno desde el comienzo. Pensé que con el tiempo terminarías por entenderlo, que verías que formaba tanto parte de ti como de mí —el cansancio se asomó a sus ojos—. Pero no es así, ¿verdad? No crees. Me complaces como si fuera un necio. Pues se acabó —hizo un gesto cortante con la mano—. Se acabó.
Se marchó sin mirar atrás.
Y en todo momento, ella no dejó de frotarse la palma de la mano derecha con el pulgar de la izquierda
