Hola. En esta ocasión tampoco hay traducciones porque son frases muy simples.
Escribo sin fin de lucro.
Disclaimer: Hetalia Axis Powers y todos sus personajes- A.K.A ese grupo de nacionalistas dementes- pertenecen a Hidekaz Himaruya.
La Torpeza de tus Pasos: Capítulo 2: Francis
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La mañana se presentó fría, pero él despertó junto a un cálido cuerpo femenino. Francis sonrió para sí antes de recordar el anillo que lucía la mujer y levantarse para tomar una ducha, vestirse y largarse de allí lo más pronto que su parsimonia le permitiese.
Mientras revisaba en un closet ajeno si existía allí una camisa que mereciese ser usada por él, la mujer – recordaba el nombre, sólo que no a esas horas de la mañana- lo invitó a tomar desayuno y él, suponiendo que tenía tiempo antes de abrir su local, le dedicó una sensual sonrisa mientras asentía. Terminó de vestirse con lo que consideró "pasable" de ese armario y acompañó a la castaña hasta la cocina. Desayunó rápidamente y se levantó para despedirse e irse, cuando ella lo cogió de la mano y lo atrajo para besarlo. Sus labios eran suaves y gruesos, sus ojos pardos.
- Mi marido no regresa hasta mañana.-
- Lo sé, mon amour, pero debo regresar a trabajar.-
- Quédate un momento más.- Insistió ella, volviendo a besarlo. Francis sostuvo su rostro entre sus manos y respondió con ternura el beso.
- Pardón, mon fleur.- Le dijo, tratando de no sonar desinteresado. No es que lo estuviese, la mujer en cuestión era hermosa y su cuerpo toda una escultura, pero su amor se iba desvaneciendo a medida que se acercaba el día en que su marido volviese. Francis la había amado, sí, durante la semana pasada. Ahora quería irse y olvidarse de la mujer en cuestión – ahora que recordaba se llamaba Susan, pero su apellido no regresaba a su mente- y buscar a alguien que llenase el vacío que Susan había dejado en su corazón. Que triste era eso del amor, suspiraba Francis mientras revisaba y comparaba mentalmente a los y las amantes que había desatendido esa semana.
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El día había sido tranquilo, le enseñaba unos pasos de tango a una muchacha de veintisiete años –uno más que él-, ojos verdes y candidata a llenar su vacío. Debía despedirse de la muchacha – su nombre si lo sabía, Clarisa, y esta vez no se le olvidaría porque era una de sus alumnas- pero ante la posibilidad de quedarse un tiempo más con ella inspeccionó si alguien esperaba por una clase. Y se molestó un poco cuando vio al británico esperando junto a una mujer de cabello corto y negro que solía ir allí a recoger a su alumna. Se habían servido un té y conversaban sobre un lugar donde hacer "algo" de manera segura, sin temer por infecciones. Por la conversación Francis no pudo descifrar que era ese "algo", por mucho que intentó comprender.
- A mi me lo hizo bastante bien allí, aunque el chico fue un poco bruto al principio y me dolió, pero cuando se acostumbro a mi piel la sensación desapareció.- Decía Arthur, con una ligera sonrisa.
- No he hecho eso todavía, pero si le he pedido pequeños trabajos en mis pezones y allí abajo, y no fue para nada malo.- le respondió la morena con naturalidad.
- Pero existe otro sitio, donde trabaja una chica. Dicen que hace milagros con los arruinados.-
- ¿Una chica que en una ocasión mostró su trabajo con su lengua? ¿La que lo hizo frente a todos para demostrar que era buena?- Le inquirió la acompañante de Clarisa.
- Ella misma, y está pensando en unirse a él para abarcar más áreas.-
- Es muy interesante saber eso…-
Francis no tenía idea de que trataba la conversación pero no importaba. A la chica la habían ido a buscar y él tenía otro alumno que atender. Tal vez para otra ocasión podría pedirle a Clarisa que saliese con él.
- ¡Lie!- saludó alegre la muchacha, antes de abrazar a quien la fuera a buscar y darle un beso francés como saludo.
Francis se quedó de piedra. Su corazón tendría que cambiar de objetivo. Arthur se despidió de la mujer que acababa de conocer y entró a la sala de prácticas.
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- La próxima vez que vengas trae unos pantalones que te permitan un movimiento más libre.- Regañó Francis a Arthur con respecto a los pitillos que llevaba puestos. El británico no había pensado en vestirse de manera especial para la ocasión, pero se reprochó mentalmente el no haber sacado una conclusión tan evidente por su cuenta.
- No me vestiré de un modo especial porque tú me lo digas, frog.-
- Entonces será responsabilidad tuya si se rompen o no puedes trabajar bien.-
- Tsk.- A Arthur aquel francés simplemente no le agradaba, desde el primer momento no le agradó. Pero no por ello dejaría de empeñarse en su objetivo, no por nada había dejado su pudor a un lado para dar el primer paso de estar allí.
Francis le informó de la disciplina que había elegido para él y, en contra de todo lo que se esperaba, Arthur estuvo de acuerdo.
Comenzaron con las elongaciones, principalmente de las piernas. Francis le explicaba los ejercicios que debía hacer y corregía su postura, mostrándole como debía preparar bien sus músculos. Las clases duraban una hora y media cada una y la primera media hora correspondía al calentamiento. Magnifica palabra, por lo demás. A Francis le encantaba el como sonaba en las inocentes bocas de sus alumnas y de los pocos alumnos que tenía. Luego venían las lecciones, y la primera que enseñó a Arthur fue la postura.
- Párate derecho, mides tanto como yo pero pierdes altura con tu forma de pararte.- Arthur solía caminar erguido, pero desde hace algún tiempo, no podía precisar cuanto, tendía a inclinar su cuello hacia delante. Por eso, lo primero que Francis hizo fue acostumbrarlo a una posición erguida. Cuando Arthur estuvo derecho, se posicionó detrás de él y le cogió la muñeca, levantándosela y empujando con su pie el de Arthur para que lo separara de su cuerpo.
- Endereza la espalda.- le corrigió cuando Arthur comenzó a desarmar el cuerpo. Tomó con su mano libre su otra muñeca y la llevó hasta la altura del vientre, pero por detrás de su espalda.
- Flexiona tu rodilla.- Arthur se sentía incómodo, desde el mismo momento en que Francis lo había cogido de su mano, estando desde su espalda. No le gustaba para nada sentir su cuerpo tan pegado al ajeno, pero debía seguir las indicaciones de Francis e intentó bajar su masa, descubriendo que su rodilla no se flexionaba demasiado, además de que su cuerpo tenía un miedo instintivo a caer si no echaba su pecho hacia delante. Probó a mover su cadera hacia atrás, pero el cuerpo de Francis se lo impedía. Su torso se inclinó hacia delante.
- Endereza la espalda.-
- Ya sé.-
- Enderézala entonces.- Obedeció, mas era imposible bajar su cuerpo, Arthur no podía flexionar su articulación. Francis se separó de él y se dirigió a la baranda.
- Mírame, petit.- Tomó la baranda con una mano y levantó lo suficiente una pierna con la rodilla flexionada para que no tocase el piso. – Lo que debes practicar es esto. Te sostienes y tratas de bajar lo más que puedas con tu cuerpo erguido.- Francis con simpleza bajó su cuerpo hasta casi tocar el suelo.- Luego vuelves a subir.- se levantó sin problemas y pisó con ambos pies. – Ahora inténtalo tú.-
Arthur hizo lo que le decían mientras Francis recibía a otra chica.
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Sostenía su cintura y la ayudaba a dar una vuelta, mientras ella intentaba que una mueca de dolor se escondiese perfectamente entre sus labios. Era una chica rubia, de la misma edad de su hermana, y que solía usar dos trenzas largas, llamada Lily. Era uno de los orgullos de Francis; había sido una de sus primeras alumnas y era la que más tiempo llevaba con él – las demás se iban cuando Francis las desilusionaba de un modo u otro – seguramente porque nunca había intentado ligar con ella. La había conocido desde que era una niña, además que conocía a su hermano, Vash Zwingli, desde hace mucho tiempo. En un principio se había negado a que fuese el francés el que enseñara a su pequeña hermana a bailar, pero por insistencia de Gilbert, Zwingli había terminado cediendo. El mejor amigo del suizo era Roderich, el ex de Beilschmidt. Cada vez que Francis pensaba en eso, se daba cuenta de que su amigo le había aportado bastante consiguiéndole alumnos aquí y allá.
- Lily, creo que será mejor que paremos.- La menor lo miró asustada.
- No, por favor. Quiero continuar.-
- Creo que debemos olvidarnos del lago de los cisnes un tiempo.- Le dijo con dulzura. Arthur, quien continuaba con su ejercicio, no se perdía palabra o movimiento que realizaran los otros dos.
- Pero si ya me hice los exámenes, yo sí puedo.- La rubia lo miraba con pena, aguantándose su impotencia frente a las palabras de su tutor.
- Eres muy pequeña aún, prefiero esperar a que crezcas un poco más antes de forzar tus pies.-
- Yo no seguiré creciendo, no me duele.-
- Hablaré con tu hermano para avisarle. ¿Vendrá a buscarte hoy?-
- Sí.- La niña lo miró, triste y asimilando que Francis no daría marcha atrás con respecto a su decisión. Arthur no comprendía del todo, no sabía que Francis preparase obras completas, y estaba seguro de que no era ese el caso. ¿El lago de los cisnes? Si no preparaba el ballet, de seguro se refería a otra cosa.
- Quítatelos, Lily. Seguiremos con lo que hacíamos la clase anterior.-
Entonces comprendió. Recordó haber escuchado en alguna ocasión que la técnica de bailar sobre la punta de los pies había nacido con esa obra rusa, siendo creados unos zapatos especiales para que pareciese que la chica que bailaba volaba.
- Quería presentarme.- Se quejaba con una dulce voz la menor.
- Otro año lo harás, mon petit fleur.- La chica le sonrió y con una reverencia, principió a retomar sus prácticas normales.
- Ven.- Le dijo Francis, antes de cogerla de la cintura y alzarla, de manera tan sorpresiva para la menor que ésta se sujetó de sus brazos.
- También has bajado de peso.-
- N-n-no.- Zwingli se sonrojó.
- Lily, me estás obligando a hablar con tu hermano.-
- Por favor, le agradecería mucho que no lo hiciera.-
- Con la salud no se juega y Vash debería saber que no estás comiendo.- La miró un momento, cambiando su expresión de preocupación a una de enfado al notar como la chica titubeaba mirando el piso.
- Yo sí como, con mi hermano. Pero gracias por su preocupación.- Francis no insistió, comprendiendo la situación y decidiendo que la hablaría directamente con el suizo sin la interrupción de la impecable (pero un poco torcida, si le permitían opinar) inocencia de la menor.
La chica se acercó a Arthur para elongar un poco utilizando la barra antes de continuar.
- Hola.- La saludo con cuidado. La chica se fijó en su ropa, en los pantalones rotos y en los aros de su rostro, pero su expresión no mostró miedo.
- Hola.- Le devolvió el saludo, inclinando un poco la cabeza y sonriéndole. Francis se había asomado para ver si alguien esperaba entrar, y al comprobar que no era así, se dirigió al curioso dúo que ya iniciaba una conversación, para extrañeza suya, sobre unicornios. Sí, sobre unicornios, ¿debo repetirlo? Para su suerte el polaco que solía ir los miércoles no estaba presente o habría perdido su tiempo intentando callarlos.
Sin embargo, la presencia de Lily fue muy beneficiosa para el británico, a quien no tuvo reparo en mostrarle unos cuantos ejercicios para que realizase.
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- ¿Dónde estuviste anoche?- Una chica de unos diecisiete años, piel mulata y cabello oscuro le cambiaba el alimento a la mascota de Francis. La pregunta fue inesperada para el francés, puesto que su hermana rara vez la hacía.
- Por allí, acompañando a una amiga.-
- Ah, otra de tus amigas con problemas, ¿no?- El tono de voz denotaba burla y un ligero desprecio bien oculto.
- Oui, grands problèmes.-
- ¿Qué clase de problemas, si se puede saber?- La chica acarició la cabecilla del ave, mirando fugazmente por el rabillo del ojo a su hermano mayor.
- Del tipo sentimental, soeur.- Francis leía el diario, como si no estuviese escuchando a la menor realmente. La chica, sintiéndose ignorada, caminó hacia la pieza que utilizaba cuando visitaba al varón, pasando por su lado con rapidez. Francis, quien estaba sentado en un sofá, la agarró por la cintura y la jaló hacia él, sentándola sobre sus piernas.
- ¿Tan temprano te retiras, ma chérie? – Le dijo jovial, mientras le raspaba la mejilla con la barba.
- ¡Francis!- La morena trató de retirar el rostro, sin lograrlo. Su hermano la atrajo más hacia sí, provocándole risa con el roce en sus mejillas. Se removió en sus piernas inquieta, hasta por fin dar la batalla por perdida y abrazarse a su cuello.
- Francis, estoy molesta contigo.-
- ¿Otra vez? Tú sabes que eres la única en mi vida, mon pigeonne.-
- Una paloma negra.-
- Corbeau entonces.-
- No seré yo quien te arranque los ojos si sigues así.-
- No eres una paloma ni tampoco un cuervo, ¿papillon entonces?-
- Aquí el único con alas es Pierre.- Le recordó la morena, refiriéndose al ave (un tanto regordeta) blanca que Francis criaba (alimentaba en exceso) y que en ese momento los miraba desde la puerta de su jaula, la que siempre permanecía abierta.
- Pero no es el único que vuela, petit.-
- ¿De nuevo te drogaste?- continuaba aferrada al cuello ajeno, con una sonrisa traviesa y las dos coletas en que dividía su cabello cayendo sobre su pecho.
Era de noche, las cortinas del departamento de Bonnefoy estaban abiertas, dejando salir la luz del salón y permitiendo que las miles de luces de Londres se viesen -aunque las que mejor se veían eran las de los ocupantes del edificio vecino. Francis no ocultaba su intimidad y le gustaba ver la ajena-, las inmóviles de las construcciones habitacionales y las móviles de los autos, algunos más veloces que otros. Las ventanas en su mayoría estaban cerradas, a excepción del ventanal del salón, por el que entraba una brisa fresca que poco a poco hacía decender la temperatura. Francis sonrió ante la acusación y abrió la boca para contestar, pero las palabras fueron perezosas y un único sonido cumplió con su trabajo, antes de que se sonriera y estrechara a la chica entre sus brazos.-
- ¿De verdad?- La menos le agarró la piel del hombro y su camisa y torció el gesto.
- Ay, eso duele.- La chica repitió la acción con más fuerza. – Ay, ay, ya para.- Una risita nerviosa.- No es necesaria la violencia.-
- ¡Lo hiciste de nuevo!-
- Yo no sé de donde sacas esa… ¡ay!- Francis se alejó de Cosette, levantándose y provocando que la chica cayese sentada en el sofá. Se alejó unos pasos y se sentó en el extremo opuesto. Continuó riéndose en silencio, recogiendo el diario que había dejado a un lado para sentar a la chica en sus rodillas y que al escapar de ella arrugó. Con un par de movimientos con las manos, como si mulliese una almohada, intentó alisarlo un poco y continuar leyendo. La muchacha, mientras, miraba hacia un cuadro que el francés había pintado unos diez o nueve años atrás, abrazándose a sí misma para cubrirse del frío.
- ¿Me dejarás probarla?- Le preguntó sin mirarlo, venciendo el pudor de ser tan directa con el mayor.
- Sí, cuando tengas veinticinco años, hallas terminado tus estudios, tengas un trabajo estable y nuestros padres confiesen que eres adoptada te dejaré probar el delicioso sabor de tu hermano mayor.-
Un cojín golpeó con fuerza el rostro del rubio, quien reaccionó tarde para cubrirse con un brazo.
- Eso no, payaso.- sentenció su hermana (biológica, aunque nadie lo creyese) con las cejas fruncidas.- Hablo de tus drogas.-
- Ah. Pero si ya te dije que yo no me drogo, corbeau. Nunca en mi corta y magnífica vida he probado siquiera un poco de marihuana.-
- Sí, claro.- La chica se levantó y se dirigió a la cocina. Encendió la luz y abrió el refrigerador en busca de algo para comer.
- Supongo que este trozo de tortilla VERDE se puede comer.- Le habló desde la cocina.
- Es de acelga.- Le respondió. Cosette se encogió de hombros y se la sirvió. Sacó un par de copas y el vino que Francis había descorchado el día anterior, sirviéndolo y dejando todo en una bandeja. Buscó un par de servilletas para sí y lo llevó a la sala. Francis recibió la copa con cuidado de no volcarla sobre el sofá y recogió lo suficiente sus piernas para que ella se sentara sobre sus pies. Cosette dejó la bandeja con el plato y la copa a su lado en una mesita.
- Mañana volveré más tarde.- Le comentó mientras comía.
- No has pedido permiso para salir.-
- Da igual. Si no te lo digo ni te enteras.- Francis levanto la vista, aún con los labios en la copa y sonrió.
- Eres igual a mí.-
- Yo soy más bella.-
- Igual de escandalosa.- Dejó lentamente la copa en el suelo, con cuidado.
- Más consecuente.-
- Igual de coqueta.- Francis se acercó sigilosamente, preparándose sin que la morena lo notara.
- Mejor en los deportes.-
- Igual de molestosa.- Dijo, abalanzándose encima, dándole un beso en la frente y levantándose antes de que hubiesen represalias en su contra. Aún así un cojín apuró sus pasos dando de lleno en su espalda. Se alejó unos pasos por el impulso, recogió su copa y se dirigió a su cuarto.
- Me iré a… acostar.- Dijo, escapando cobardemente de la sonrisa maliciosa de su hermana, quien aún sostenía el cojín. "La próxima vez que vengas tendré una almohada, corbeau."
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Al día siguiente se despidió de ella mientras desayunaba y se fue en bicicleta al local que arrendaba. Era un día bonito, y si llovía siempre podía dejar la bicicleta bajo techo. A esas horas no era mucha la gente que caminaba por la galería y entraba en ésta intentando atravesarla con la menor cantidad de impulsos posibles, aunque siempre perdía la cuenta cuando en su camino se atravesaba una joven, lo que sucedía muy, muy a menudo. Al mediodía almorzó en un restaurante y tal como dijeron por la televisión que él no se molestó en escuchar comenzó a llover antes de iniciar el horario de la tarde. Fue un día tranquilo a pesar de la lluvia. Volvió a su piso en metro haciendo una parada en un supermercado y en una tienda fotográfica a comprar película para su hermana, a quien le gustaba sacar fotografías, incluyendo las de revelado, a las que les atribuía un carácter especial.
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Arthur acababa de darse una ducha; se había quitado los piercings de su cuerpo, había elegido ropa limpia, desde unos parlantes viejos pero útiles se escuchaba la voz de Hansi Kürsch gracias a un CD que Gilbert había olvidado unos días antes y que Arthur no pensaba devolverle aún, en la cocina el termo eléctrico hace poco se había apagado y a su lado una tetera esperaba impaciente a que Arthur la llenara del líquido cercano a ella, pero inalcanzable para su forma inanimada.
El inglés se secó tranquilamente, abrió la ventana del baño para que el vapor no se impregnase demasiado en las paredes y se vistió. Aún con el cabello mojado, y sin intención de secárselo tampoco, se sirvió su tan ansiado té. Había entregado el borrador con los errores y podía darse el lujo de un día de descanso entre su trabajo como editor y mesero. Tal vez ganaría más si no trabajase en casa, pero así se sentía a gusto. Tampoco tenía muchos gastos, por lo demás.
Un rasguño se deslizó por entre "Journey through the Dark" y la lluvia que desde hacia días caía sobre la ciudad. Arthur aguzó el oído, esta vez captando un llamado en voz baja, como si su dueño estuviese pidiendo ayuda pero su orgullo no le permitiera pedirla; un llamado que de ser escuchado estaría agradecido por el techo que se le diera, pero que si nadie lo oía, se iría antes de que alguien pudiese testificar que estuvo pidiendo compasión.
Arthur abrió la puerta encontrándose a una gata de color blanco con manchas castaño anaranjadas. Tenía una oreja de este último color y los ojos de un hermoso verde, igual al de su dueño. En su cuello tenía una pañoleta sucia y rota.
- Caroline, pasa. - La gata lo miraba fijamente esperando a que la llamase. Comenzó a pasar entre sus piernas, pero sin traspasar el umbral. Arthur suspiró y con un gesto de impaciencia volvió a intentarlo.
- Tante.- Nada más pronunciar esa palabra la minina se escurrió entre sus piernas y entró al calor del departamento. Arthur quería a sus amigos, pero si seguían metiéndose de ese modo en su vida, hasta el punto en que ni el nombre de su gato podía elegir, sus visitas terminarían con uno de ellos rodando por las escaleras. Y seis pisos no son poca cosa, ya una vez estuvo tentado a empujar al vocalista de su banda por éstas. Por suerte el ruso se fue antes de que su paciencia –y el miedo a ser violado- llegase a su límite.
El animal saltó a su regazo en cuanto Arthur volvió a sentarse, sin dejarlo reclamar con un maullido que cortaba cualquier discusión. Distraídamente Arthur la acarició detrás de las orejas, bebiendo y escuchando la música. Tante Meggie, como la había bautizado Gilbert, o como prefería llamarla Arthur, Caroline, cerró sus ojos y ronroneó con voz grave, sin que nada la perturbase. Arthur sostuvo entre sus dedos la delgada piel de las orejas y la recorrió apretándola con suavidad hasta llegar a un adorno que marcaba al animal como suyo. Se trataba de su oreja castaña, en la que el británico había puesto uno de sus aros en un momento de no mucha lucidez. Sintió un poco de culpa como cada vez que lo recordaba; había estado fumando con sus amigos y habían tenido la brillante idea de sostener a la gata de la cabeza y, formando un tubo con sus palmas, soltar el humo directo a su rostro, lo que repitieron hasta que la gata comenzó a tambalearse al caminar. No lo habían hecho con rudeza, y después, cuando alguien –no recordaba quien- sugirió la idea de perforarle la oreja, Gilbert se encargó de hacerlo rápido y bien, no por nada tenía una tienda legal de tatuajes y perforaciones de la que vivía. No se dieron cuenta hasta el día siguiente, pero como el animal no tuvo problemas de infecciones y Gilbert los tranquilizó, Caroline se quedó con el aro.
- ¿Qué hiciste hoy, Caroline? ¿Arañaste a alguien en mi ausencia?-
- Miau.-
- Eso estuvo mal, espero que no halla sido un niño del bloque.-
- Miau.-
- Entonces no importa. ¿Por dónde le pasaste tus preciosas garritas?-
- Miau.-
- Entonces fue infructífero, my love. Los policías usan guantes.-
- Miau.-
- Nah, hoy es mi día libre, mañana iré.-
La gata continuó ronroneando, satisfecha con la respuesta.
- Es un estúpido, Caroline. Apenas he ido dos veces y está tratando de que me doble de maneras idiotas.-
- Nya.-
- Algo llamado "puente"… o "arco", no recuerdo, pero tienes la idea.- La gata cerró nuevamente los ojos y se estiró en su regazo, primero su cuerpo completo, luego una pata, después la otra. Y mientras, un gran bostezo mostraba todos sus dientes.
- Sí, es tan aburrido que parece una tortura.- Los ojos verdes de la felina se posaron en los de su amo.
- No me mires así. Si no fuera porque mi honor está en juego no lo haría.-
Los ojos imperturbables, y el gesto de perpetuo enojo en el rostro del animal continuaron dirigidos hacia él.
- No puedo echarme hacia atrás ahora. World Reference no me respetaría si lo hiciera. Cuando Manuel dijo que aprendería alemán, Gilbert no lo dejó en paz ni a sol ni a sombra hasta que lo logró… más o menos.- Arthur tomo a la gata desde las axilas y la levantó, sosteniéndola a escasos centímetros suyo. Ella desvió la mirada, y volvió a dirigirla a él para lamerle la nariz con su lengua rasposa.
- No es una excusa barata, Caroline Kirkland. Es la verdad, a mí no me interesan estas estupideces de mujeres.-
- Miau.-
- Sí, mejor vámonos a dormir y dejemos el bloody tema.-
Esta era la clase de conversaciones que Arthur sostenía con su gata, quien siempre lo escuchaba y realizaba los comentarios necesarios en el momento adecuado. Sorprende a veces el enterarse que muchas de las mejores decisiones de Kirkland eran realmente decisiones de Caroline.
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Francis hablaba por teléfono con sus padres, preguntando la fecha exacta en que volvería de Francia. Cosette lo miraba desde su cama, intentando concentrarse en deshacer sus coletas, pero la conversación la atraía más.
- No hay problema, no es…-
- ¡Pero es mucho tiempo! Yo tengo co…-
- Sí, mamá, pero yo tengo cosas que…- Cosette sentía unas ganas terribles de reírse de la expresión de enfado del mayor, quien caminaba de un extremo al otro del cuarto como si estuviese encerrado, con la cabeza echada más por delate de los hombros de lo que acostumbraba y su ceño fruncido. Y sin embargo, a pesar de que se veían las ganas que tenía de gritar algún improperio, se mordía el labio inferior para evitarlo, tragándose las reprimendas paternas.
- No. No mamá, escúchame, tengo mis clases y… no, no es por mis "salidas", como las llamas tú… no, te dicen que no es por eso.- Por un momento Francis se detuvo.
- Pero, ah…- Miró a la menor, quien ya había soltado sus coletas.- Cortaron.-
- ¿Qué dijeron?-
- Lo mismo de siempre, que te quedas aquí hasta la próxima semana y que voy a terminar con un hijo.-
Cosette prendió la lámpara de su mesita de noche y Francis se acercó a darle un beso en la frente. Al salir apagó la luz.
Fue a su pieza, donde se desvistió y se acostó a dormir.
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Próximo capítulo: Gilbert
