Aquí no hay mucho FrUK, pero bueh...

Escribo sin fin de lucro.

Disclaimer: Hetalia Axis Powers y todos sus personajes- Dividámoslos en la banda, los que se juran mafiosos y los que los acompañan- pertenecen a Hidekaz Himaruya.

Advertencia: malas palabras.


La Torpeza de tus Pasos: Capítulo 3: Gilbert

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Era un día miércoles, el cielo estaba nublado y hacia frío. En casa de los Beilschmidt, Ludwig desayunaba mientras su hermano buscaba las llaves de su local y de su moto entre los papeles que había en una mesa a la entrada de su casa. Elizabeta entró a la cocina tarareando una canción de moda, vestida y arreglada.

- Están sobre el sillón.- Le comunicó al albino, al notar como éste perdía su tiempo.

- Danke, guten morgen!- La saludó, mostrando una sonrisa pronunciada. Ludwig movió su mano y la mujer asintió. Detrás suyo apareció un joven de cabello castaño, con una mochila y vestido con un largo abrigo.

- Hallo.- Dijo, antes de desaparecer por la puerta camino a su universidad. Los tres presentes se sorprendieron un poco del apremio del austriaco, normalmente se tomaba todo su tiempo – y el de los demás de paso- para comer.

- ¿Qué mosca le pico al señorito? – Preguntó Gilbert, guardándose las llaves en el bolsillo del abrigo gris que se había puesto sobre su chaqueta. La húngara se encogió de hombros.

- ¿Estás lista?- Prosiguió el albino, encaminándose a la puerta.

- Yo siempre estoy lista, Gilbert.-

- Ven entonces.- La mujer se dirigió a la mesa, le robó a Ludwig el pan que acababa de untar con mermelada y siguió al de ojos rojos sosteniendo el pan entre los dientes, mientras pasaba los brazos por una chaqueta de color rosa claro.

Afuera sintieron el frío inmediatamente y Elizabeta esperó en la puerta de su casa a que Gilbert trajese su moto. El varón se sentó en ella, se colocó el casco y prendió el motor, avanzando un poco desde el cobertizo hasta donde estaba la castaña, a quien le tendió un casco que estaba en las alforjas que caían a ambos costados del vehículo. Ella lo recibió, se lo puso y subió tras él, aferrándose a su cintura.

Gilbert manejó por las calles mojadas, salpicando en cada poza para escuchar las quejas de Elizabeta al mojarse los zapatos y poder reírse de ella en silencio: no fuera a darse cuenta la muchacha que lo hacía a propósito.

El cabello castaño se movía por la velocidad y se mojaba con la ligera llovizna del sector de la ciudad al que habían llegado. El albino se detuvo frente a un semáforo y sacó de su chaqueta su celular. Leyó el número en la pantalla y un ligero tic de disgusto apareció en su labio.

Guardó el celular sin contestar y continuó su camino, hasta llegar frente a una lámina de metal rallada con graffitis. Era el lugar de trabajo de Gilbert, quien le entregó las llaves a la húngara, la que se bajó del asiento y quitó el candado de la tienda, enrollando la lámina en la parte alta de la entrada y dejando ver un vidrio con las palabras "Leichnam of Schlange" escritas en negro y letras góticas. La frase era una mezcla entre alemán e inglés y significaba "cadáver de culebra". La castaña buscó entre el manojo de llaves la de la puerta mientras Gilbert guardaba el vehículo en un pequeño corredor lateral y techado.

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Lovino se sentó en un banco de una plaza cercana al sector de "arte corporal" de los alrededores, intentando contactar nuevamente a quien había sido su cliente desde que ambos estaban en secundaria.

- Maldito bastardo.- Murmuró frunciendo el ceño. Se levantó y aún con ese gesto de molestia se arregló la chaqueta verde oscuro que usaba y la bufanda de un color un poco más claro. Deslizó sus dedos entre sus cabellos del sector de su partidura, peinándose un poco y cuidando de no tocar en demasía un rulo que se escapaba a su peinado. Momentos después se le acercó una mujer de caderas anchas y grandes pechos. Tenía puesto un gorro y una gabardina morado oscuro.

- Disculpe por el retraso.- Le dijo nada más llegar, con una gran pero tímida sonrisa en su rostro, llevándose los nudillos de su puño a la barbilla.

- No importa.- Le contestó Lovino, dejando su gesto de enojo y sonriendo coquetamente. Se acercó a la mayor y quedando a escasos centímetros de su rostro le preguntó:

- ¿Cómo te fue? ¿Me trajiste la pas… el dinero?-

- Eh…- la mujer, de cabello rubio platino (la misma pigmentación del de sus hermanos) y ojos azul marino comenzó a llorar.

- ¡Lo siento!- En algún momento dejé mi bolso sobre una mesa y cuando volví a buscarlo ya no estaba.- Comenzó a llorar de manera un tanto escandalosa, mientras Lovino se alejaba un paso, pensando que había traspasado el espacio personal de Ekaterine y que por esto lloraba. Cuando escuchó su explicación, se llevó una mano a la sien.

- Es la segunda vez este mes, Ekaterine. Ni a Feliciano le ha pasado.- Le dijo, intentando no enojarse.

- Perdón.- Volvió a llorar. Por suerte Vargas se esperaba que algo similar ocurriese tarde o temprano y le había entregado a la mujer una cantidad de mercancía pequeña, dejando el grueso de sus ganancias en manos de una belga llamada Emma -que era su mano derecha- y en sí mismo. Se podría decir que mantenía bajo su mando a su hermano y a la chica de ojos azules por lástima, caridad o… cariño. Maldición.

- Deja de llorar.- Le dijo con voz de mando.- Ya no importa, sécate esas lagrimas – "estúpidas"- y acompáñame donde el bastardo patatas mayor antes de que me arrepienta.-

La chica se secó los ojos con las manos, asintiendo. Vargas le entregó un pañuelo mirando hacia otra parte con molestia y quejándose en murmullos.

- ¿No esperaremos a la señorita Emma y al señor Feliciano?- le dijo, ya repuesta.

- No, es una molestia. Che palle, fratello stupido. Y Emma está ocupada en algún lugar vendiendo lo que les corresponde a ustedes dos.- Ladró el italiano, para luego morderse la lengua ante los gestos de la mayor que avisaban que volvería a empezar a llorar.

- No pasa nada, vamos.-

Comenzaron a caminar, Ekaterine sosteniendo su bolso mientras intentaba contener las lágrimas que tan fácilmente fluían de sus ojos y Lovino con las manos enfundadas en sus bolsillos. No hablaron hasta llegar a la entrada de un local de tatuajes.

- Ahora, no digas nada a menos que yo te pregunte, ¿entendiste?- Ekaterine asintió, sonrojada debido al frío. Lovino le dirigió una mirada desconfiada y abrió la puerta.

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- Aquí podemos instalar tus instrumentos. O podemos compartir, como gustes, los míos son de buena calidad y funcionan bien.-

- Me gusta, pero mejor traigo los míos y así atendemos a más personas a la vez.- Le respondió la húngara al alemán, analizando una habitación sin puerta que servía como desván; Gilbert guardaba allí repuestos, mercancía, ropa de cambio y un sinfín de objetos que durante su noviazgo con Edelstein tuvo que retirar de su casa para hacerle un cuarto al austriaco. Quién, sea dicho de paso, aún no se iba a pesar de haber terminado con Gilbert hace más de medio año. Ludwig solía enfadarse por que el señorito viviera de caridad con ellos y aún así no hiciera nada, pero la presencia de la húngara entre ellos, sumado a la buena mano que tenía el hombre para la repostería, impedían a los hermanos Beilschmidt echarlo.

- Voy a abrir, mientras quita unas cajas.-

- ¿Qué hago con ellas?- Preguntó la mujer levantando las primeras que vio y que tenían escrito con rotulador "cartuchos".

- Déjalas en el cuarto de al lado o en el pasillo, algunas son trastos.-

Gilbert dio vuelta el cartel que tenía en la puerta, abriendo oficialmente la tienda, y se dirigió al estéreo para conectar su Ipod. En unos minutos la música de World Reference inundó el local; a Gilbert le gustaba escuchar su batería al inicio del día; le recordaba lo buenísimo que era con el instrumento y lo genial que era la banda sólo porque él estaba en ella. Elizabeta se quitó la chaqueta para continuar moviendo las cajas, aislada en parte de la voz de Iván Braginsky dentro del cuarto. El cabello caía por el lado de su cara y le molestaba, razón de que cada quince segundos tuviera que volverlo a recoger detrás de su oreja.

- ¿Eli, quieres un café?-

-Sí, por favor.-

- Entonces cómpralo, kesesese~- Ese era Gilbert, tan gracioso como siempre. La castaña frunció un poco el ceño, mas no le hizo caso y tomó una escoba. A los pocos minutos llegó el alemán, ofreciéndole un tazón. Ella lo recibió, sentándose sobre las cajas un momento, en el que Gilbert limpió las ventanas de la habitación, las que estaban a una considerable altura para la mujer. Su celular volvió a sonar y tras leer en nombre en la pantalla contestó, dirigiéndose al vidrio que daba a la calle para limpiarlo.

- Hallo?-

- Gilbert, soy Arthur.-

- ¿En serio? Pensé que eras Peter Pan.-

- Y tú el capitán Garfio.-

- Soy demasiado grandioso para ser un pirata de segunda. ¿Qué deseas, Reino?- Arthur sonrió en las escaleras del metro ante la mención de pseudónimo.

- Quiero saber si ya abriste tu local.- Se detuvo un momento, antes de agregar.- Orden.-

- Kesesese~ si no fueras británico pensaría que me consideras un impuntual. Siempre abro a la hora, liebe.-

- Voy para allá, llamaré a Iván y a Manuel para que lleguen un poco más tarde.-

- Por mí perfecto, Eli está conmigo, sino te molesta.-

- ¿Elizabeta Hedevary? Ella es una leyenda y tú diciendo estupideces, ¡me prometiste presentármela hace meses!-

- Sí, sí.- Dijo el albino restándole importancia y sujetando el celular con un hombro y una mano mientras con la otra limpiaba.- No era necesario porque me tenías a mí.- Se cambió el celular de oreja y volvió a doblar el cuello para sostenerlo.- Y la conociste cuando me traicionaste, colega.-

- Voy para allá, bloody german.-

Tras colgar, Arthur compró unos pasajes y se subió al metro.

- Elizabeta, voy afuera a buscar una guitarra.-

- Bien~- Le respondió cantarina la mujer, arreglándose frente al espejo del baño. Gilbert salió de la tienda y entró al callejoncito donde guardara su motocicleta, quitando el seguro a una puerta y abriéndola, dejando al descubierto la motocicleta roja y blanca que guardaba por petición de Arthur, la batería desarmada de la banda y los amplificadores. Colgando de una pared estaba la vieja guitarra de Gilbert, que había sido reemplazada porla Ibáñezque Arthur compró tras su primera función. La descolgó y salió del cobertizo, deteniéndose unos segundos afuera de éste divagando entre entrar o no su motocicleta. Medio minuto después decidió que nada le pasaría al vehículo de dos ruedas, por lo que se devolvió a la tienda, no sin antes detenerse un par de veces y mirar de reojo hacia atrás. Al final el gusto por el orden y la pulcritud -una de las características que compartía con su hermano- le hicieron devolverse a guardarla.

Para cuando volvió a la tienda, Elizabeta conversaba animadamente con un joven de cabello castaño y un rulo que sobresa…

- ¡Vargas! ¿Qué mierda haces aquí, verdammt?-

- Conversando, estúpido, ¿qué acaso estás ciego?-

Gilbert se acercó al trío conformado por el mayor de los Vargas, Elizabeta y una mujer de cabello corto del mismo color que el de Iván.

- Si no viniste a perforarte ese horrible cuerpo, puedes largarte.-

- ¡Gilbert! Disculpe señor…-

- Lovino Vargas, lindura.- Le respondió el italiano, sonriéndole sensualmente antes de dirigirse con mirada furibunda a Beilschmidt. – Y tú apúrate a venderme este puto local sino quieres que una bala te perfore el tuyo.- Gilbert sujeto del cuello de la chaqueta a Lovino, atrayéndolo hacia él.

- En tus putos sueños, Vargas.- Ekaterine se acercó un paso, pero ante la mirada de Lovino se detuvo, dejando a los hombres entenderse por sus propios medios.

- El dueño de los cuatro locales de la esquina ya me los vendió. El que está al lado tuyo me lo prometió hace pocos días y dentro de la manzana me quedas tú y otro par de estúpidos más. No mantendré mi oferta por más tiempo, Beilschmidt.- Lovino tomó aire, antes de gritarle en la cara.- ¿O son Los Bálticos, eh? ¿Te dieron una mejor oferta esos bastardos?

Gilbert lo soltó ante la información de que más de la mitad de los patrones de la cuadra habían cedido a las amenazas u ofertas de Lovino, aún con los ojos rojos relampagueando por el odio.

- No se lo venderé a nadie. Puedes esperar sentado.-

Lovino, al verse libre, se arregló el cuello de la chaqueta y le hizo una seña a Ekaterine con la cabeza.

- No señor, no he escuchado que ellos tengan negocios acá.-

- No te creo, bastardo patatas.- Caminó hasta Elizabeta, tomando su mano con suavidad y dándole un beso en el dorso de ésta.

- Mis disculpas, belleza.-

Se dirigió a la salida, seguido por Ekaterine. Gilbert se quedó mirando la puerta, por donde apareció Arthur segundos después.

- ¿Ese que vi allí no era Lovino Vargas?-

- Mgr.- Le contestó Gilbert, odiando siquiera escuchar el nombre.

Arthur se acercó a los otros dos, mientras Gilbert continuaba rumiando su enojo. Cuando estuvo junto a ellos, Beilschmidt reaccionó y borrando los efectos de la visita de Lovino con una sonrisa, los presentó.

- Arthur, este intento de mujer es Elizabeta Hedevary, mi próxima socia. Eli, este puto es Arthur Kirkland, mi próxima cena.-

- Imbécil.- Soltaron ambos ante la presentación. Arthur estrechó la mano de Eli.

- Hace algún tiempo fui a tu tienda.-

- Lo recuerdo.- Le dijo, sacando la lengua y mostrando el piercing que tanta fama le había dado.

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Arthur estaba sentado en un taburete, con la cabeza inclinada hacia un lado. Gilbert le acercó una aguja; no le gustaba usar pistolas por considerarlas antihigiénicas. Arthur apenas cerró los ojos mientras su amigo le atravesó la piel en dos puntos de la hélice para luego ponerle la barrita que él había elegido previamente.

- Listo, ¿Dónde más?-

- En el trago.-

- ¿Seguro? Creo que tu oreja ya tiene mucho metal, Arthur.-

-Sólo hazlo, Gil.-

Nuevamente cerró sus ojos cuando Gilbert le perforó la misma oreja, esta vez en el pliego de piel más cercano a su rostro. Le dejó un aro para que no se cerrara y se levantó.

- No hemos terminado, Beilschmidt.-

- Eso pensé. Eli, ¿sigues tú?-

- Bien.- Elizabeta se sentó frente a Arthur, donde antes estaba Gilbert y tomó una aguja nueva.

- ¿Dónde?- Arthur giró su rostro y le mostró su oreja izquierda, la que hasta ahora estaba vacía.

- Está bien así.- La húngara le acarició el lóbulo.

- Quiero uno en el antihélice, dos en la hélice; uno por debajo del otro. Y en la parte más alta de este último quiero tres argollas.-

Gilbert atrajo otro taburete y haciéndole una seña casi imperceptible a Eli se sentó con un café en la mano.

- ¿Qué sucede Arthur? ¿No quieres que te tatúe el cráneo de Francis siendo aplastado?-

- Eres un imbécil, Beilschmidt, igual que él.- Elizabetha le perforó dos de los tres agujeros que Arthur le pidió en la parte superior del hélix, donde se detuvo mordiéndose el labio.

- Gilbert…-

- Ja, ja, Eli.- Gilbert movió su mano dándole a entender que podía detenerse.- Arthur, me preocupa que tu oreja se irrite, creo que está bien así.-

- Has lo que te digo, por algo te pago.-

- Traeré un papel en el que firmarás y dirás que eres conciente de que cualquier irritación o infección será responsabilidad tuya y no mía, espérame un minuto.-

- Púdrete.- Le espetó Arthur, levantándose. – Es lo mismo que dijiste esa vez y no te hice caso.- Le dijo, como si quisiera mostrarle que conocía sus tretas para disuadirlo, a pesar de que ya no estaba dispuesto a seguir bajo el trabajo de Elizabeta.

- Pero ya te lo quitaste, ¿no?- Le preguntó el albino con una sonrisa maliciosa y entrelazando sus dedos detrás de su cabeza.

- No.- Gilbert abrió un poco la boca, para cerrarla rápidamente.

- ¿Cómo lo haces cuando tienes sexo?-

- Eso no te importa.- Le respondió el inglés, sonrojándose.

- Sí me importa, eres el siguiente en mi lista, siéntete afortunado.-

- La única vez en tu vida que lo verás será esa.- Le respondió con burla, siguiéndole el juego. Sorprendentemente, Elizabeta se había camuflado con las paredes y ambos reñían sin sentir su presencia. La húngara tenía su celular en su mano y los grababa.

- Tu pene es pequeño, Kirkland.-

Le respondió rodeando su cuello con su brazo y comenzando a apretarlo.

- Me rindo, me rindo. Si me matas el viernes no tendrás baterista.-

- Me conseguiré otro.-

- Ninguno será tan awesome como yo.- Gilbert intentaba quitar el brazo de Arthur de su cuello, cuando sintieron la puerta abrirse y una voz un tanto molesta.

- Ya está peleándose el par de broca cochis.-

Arthur soltó a Gilbert y le estrechó la mano a Manuel, sin haber entendido muy bien lo que le decían. La verdad, muchas veces no entendía lo que hablaba el chileno.

- Manu, te presento a Elizabeta… ¿dónde está?- Gilbert miró hacia el pasillo que estaba en la parte de atrás de la tienda, buscandola. La castaña se acercó al recién llegado.

-Hola.- Lo saludó sonriente. Manuel la miró a sus hermosos ojos verdes.

- Manuel González Rodríguez para servirle, mi dama.- Le dijo, inclinándose y sosteniéndose la cabeza como si llevase un gorro y evitase que se le cayese. –Pero lamento no poder ver a los ojos a tan bello lucero, puesto que podría perder mi vista. Prefiero conformarme con buscarla el resto de mis noches entre las estrellas.-

- ¡DEJATE DE DECIR BOLUDECES, PELOTUDO!-

Arthur rodó los ojos. En la puerta, sosteniendo con una mano el bajo del chileno y con la otra, la correa de una mochila, un argentino de cabello rubio y ojos verdes estaba apoyado mirando la escena. No conocía mucho de castellano, pero por el tono adivinó lo que Martín Hernández quiso decir, estando completamente de acuerdo –por una vez- con el latino. Aceptaba que a Manuel le diesen los prontos poéticos sólo cuando de inventar la letra de una canción se trataba.

Por su parte, Elizabeta sonreía agradecida y Gilbert le ponía una mano en el hombro al chileno como advertencia, sin saber la verdadera razón de que Manuel se estuviese comportando de manera tan… encantadora.

Detrás de Hernández una figura alta esperaba la pasada.

- Permiso.- La sola voz de Iván asustó a Martín, quien entró en la tienda con un par de pasos rápidos, que luego disimulo caminando y fingiendo interés en las instalaciones. Mientras Iván y Manuel platicaban amenamente, Gilbert continuó su conversación con Arthur.

- ¿Qué hizo esta vez?-

- Nada importante. Dijo que preferiría verme sin aretes y vine a hacerme más.-

"Eso es muy infantil." Gilbert se despreocupó pronto; desde que Arthur comenzara a ir a las clases de Francis, hace ya un mes, recibía constantes críticas de parte de ambos. Seguramente cuando el sábado – o el viernes en la noche, como él deseaba- viera a Antonio y a Francis, éste le recordaría que tenía por amigos unos salvajes, como siempre. Y como siempre, él sonreiría.

Alejados del grupo abordó a Iván.

- Braginsky, ¿Qué sabes tú sobre los intereses de Los Bálticos en la manzana?-

- Mmm.- Iván miró hacia el techo.- No, no he oído nada, mph.- La risita murmurada que Iván dejó escapar no convenció del todo a Gilbert.

- Vargas vino.-

- Pero Orden, es tan simple como que me digas cuando lo quieres muerto y hablo con mi hermana.- Le recordó sonriente el ruso. Gilbert no demostró miedo ante la facilidad con que Iván se expresaba al respecto.

- Nein, dankeschön.-

En pocos minutos el grupo comenzó a moverse y a sacar la batería del cobertizo, para llevarla en la camioneta de Iván a casa de Manuel, sonde solían practicar. Gilbert se despidió y les dijo que iría más tarde, mientras la castaña le mostraba a una pareja distintos diseños para nombres. La chica enlazaba sus dedos con los de su novio, y mientras Gilbert preparaba los pigmentos para hacer los tatuajes, pensó que seguramente, no durarían mucho juntos.

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Arthur afinó las cuerdas de su guitarra, mientras Manuel revisaba que los cables estuviesen bien conectados a los amplificadores. Estaban en la sala de la casa del chileno, la que hacía a la vez de comedor. No era muy grande pero era el único lugar donde podían practicar; el departamento de Arthur estaba en un sexto piso y sólo se podía subir por las escaleras, Iván vivía con sus hermanas y nadie se fiaba mucho de los tres hermanos Braginsky –incluso después de dejar el oficio de sus hermanas, Iván se mantenía al pendiente de todo lo que sucedía en Londres- y Gilbert vivía con tres personas más, de las cuales dos aún estudiaban y se quejaban constantemente del ruido que hacía el albino; su hermano, porque no le dejaba estudiar bien las fórmulas y resolver bien los cálculos y su ex porque no podía practicar tranquilamente y decía que su oído se resentía.

- Capitanía, el agua ya hirvió.- Manuel levantó la mirada y se quitó los audífonos.

- El agua ya hirvió.-

- Ah, ya.- Manuel se levantó y trasvasijó el agua a una tetera, sirviendo un té para Arthur y uno para él.

- Aquí tienes, Reino.-

Arthur lo recibió y se lo llevó a los labios. Iván entró con un micrófono y su soporte. Manuel lo tomó y lo dejó enfrente de donde supuestamente estaría el guitarrista, haciendo un mapa mental de cuales serían sus posiciones.

- Unión, tú vas aquí.- Le dijo, corriendo un poco más el soporte.

- Da~ Capitanía, si me paro allí Orden me golpeará con las baquetas.-

- Entonces te paras más adelante, weón.- Manuel tomó su bajo y pulsó las cuerdas, afinándolo.

Practicarían un poco antes de que llegara Gilbert, o como lo llamaban cuando tocaban, "Orden". Era una cábala que tenían desde que formaron World Reference.

Si había algo que caracterizaba a los integrantes del grupo, era que cada uno se sentía orgulloso de su nacionalidad y eran unos expertos en la historia de su país, de allí el nombre del grupo y de ellos mismos. En las tocatas nunca usaban sus nombres reales; Arthur se hacía llamar "Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte", Gilbert, "Orden de los Caballeros Teutones" –porque el albino se crió en Prenzlau, en el este de Alemania-, Manuel, "Capitanía General de Nueva Extremadura" e Iván, "Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas" o para abreviar, Reino, Orden, Capitanía y Unión.

Martín miraba la escena sentado, gastando el saldo del celular de Manuel en llamar a quien fuese, con tal de que la voz de mujer diciendo "Este teléfono no tiene minutos, por favor consulte…" se escuchase la próxima vez que el joven de cabello negro lo usase.

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Gilbert estaba inclinado sobre la espalda de la chica, mientras Elizabeta regateaba con el novio de ésta. La punta del tubo que sostenía se movía velozmente, vibrando en sus dedos y adormeciendo las yemas de estos.

La húngara se acercó al albino y carraspeo.

- ¿Que quieres?- Le espetó el varón, marcando más de lo común sus erres, como cuando se molestaba. No estaba enojado, pero para incordiar a Gilbert siempre funciona el hablarle mientras trabaja.

- El chico quiere saber si hacemos tatuajes con bambú.- Le respondió con un rostro que quería decir "si quieres le digo que no, pero agradece la oportunidad que te doy de enterarte", el cual Gilbert ignoró.

- Sí, pero tendría que volver mañana o pasado mañana. Dile que deje su número y nosotros lo llamaremos.-

Elizabeta lo miró un tanto sorprendida, con los brazos en jarra aún. Cuando Gilbert le dirigió una mirad rojiza que decía "no molestes" se dio la vuelta e hizo como le dijeron.

Aproximadamente una hora después, Gilbert se despidió de la pareja con la promesa de que los llamaría en un par de días. La castaña se le acercó.

- ¿Sabes hacerlo?-

- Sí, pero pienso dejarlo en manos de un profesional… que nunca tomó ni una clase al respecto.- Gilbert sacó su celular, seguro de que después lo olvidaría y buscó uno de sus contactos.

Elizabeta esperó impaciente a que su compañero terminara de hablar y lo abordó.

- Gilbert, respecto a los que sucedió esta mañana, ¿qué hacía Lovino Vargas aquí?-

- Quiere comprar la manzana, adelantándose a una inmobiliaria con planes de construir un edificio. No sé como se entero, pero ha hecho ofertas que pocos han rehusado. Y por lo que me han contado, ya lo contactaron para comprar el lado de la cuadra de allá atrás.- Le dijo, señalando con su pulgar por detrás suyo.

- ¿Y cuándo pensabas decírmelo?-

- No es algo de lo que preocuparse, Vargas habla más de lo que actúa.-

- ¿Quiénes son Los Bálticos?-

- Haces muchas preguntas para ser tan linda.- Gilbert la abrazó, tratando de despistarla.

- Al menos ahora me tendrás a mí para protegerte.-

- ¿Protegerme de ese intento abortado de mafioso? No te preocupes, preciosa, tengo la edad suficiente para cuidarme yo sólo.- Se abrazaron un momento más, antes de que la húngara continuase.

- No me gusta esto, Gil. Deberíamos hablar con Emma.-

- Estoy bien yo solo.-

- Sólo conmigo, querrás decir.-

- Nein, sólo conmigo mismo, no le tengo miedo a los Vargas.-

- Baja el tono; recuerda que yo cuidaba a Feliciano.-

- Feli es simpático. Me refiero a Lovino.-

- No me gusta que te arriesgues así.-

- ¡Soy demasiado awesome para que algo me suceda, mujer!- Eli lo golpeó en el hombro.

- ¡No me digas así!-

- Perdón, soy demasiado awesome para que algo me suceda, marimacho.-

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Cosette rebuscó en su armario, sin encontrar su mochila. Repasó todo su día; había terminado sus clases y había ido a casa de su hermano a almorzar, antes de ir al cine con unas amigas y dar unas vueltas luego. Después volvió a casa de su hermano a llamar a sus padres para decirles que estuvo allí todo el día –hecho que Francis corroboró, sin saber si era cierto o no.- y luego había vuelto a casa. Recordaba haber tenido su mochila en el cine, porque en ella tenía su billetera, la que guardó en su bolsillo después de pagar las palomitas y la bebida. También la tenía cuando oscureció y dio un paseo, porque en ella había guardado su cámara digital. Descolgó el teléfono fijo y llamó a su hermano mayor.

- Allô?-

- Francis, s'il vous plaît. ¿Podrías decirme si dejé mi mochila en tu piso?-

- Oui, quise alcanzarte, pero ya habías desaparecido, petit espiègle.-

- Merci, pasaré a recogerla mañana.-

- D' accord, bonne nuit.-

- Bonne nuit.-

Tras cortar, Cosette se sintió más tranquila y, al igual que su hermano, fue a darse un baño antes de dormir.

Francis se vistió con un pijama y encendió el televisor que tenía relegado a la habitación de visitas – o de Cosette, puesto que ella era la única que lo usaba- y se tiró en la cama para verlo un poco. Había llevado la mochilla llevado por la curiosidad y mientras en la pantalla una comedia estadounidense brillaba por sus chistes malos, sacó los cuadernos y libros de su hermana, su estuche y su cámara. Los cuadernos eran sencillamente aburridos; Francis cerró el de química nada más leer la palabra "compuesto"; esa etapa de su vida ya era pasado y prefería que siguiese así. Los libros no tenían ningún mensajito cariñoso escrito en alguna esquina, los cuadernos eran únicamente de materia –ninguno lucía un dibujo o una frase que maldijese al profesor- y sintió una ligera lástima por su hermana morena. El tenía los cuadernos llenos de mensajes de sus compañeros, dibujos de la profesora en bikini, rallas sin sentido. Y Cosette parecía ser demasiado pulcra, tanto como para imaginarla con lentes y la cabeza metida en un libro.

Revisó su estuche y le robó un lápiz cuya tinta olía a frutilla.

Y por último, pasó imagen tras imagen en la cámara fotográfica, asistiendo con un retraso de unas cuantas horas a lo que había sido el día de la menor: sus amigas posando a la lente, mientras probaban diferentes posiciones; le daba risa ver a esas chiquillas parándose sensualmente y riéndose con el juego. Sí, el también hacía esas cosas, por suerte las fotos las tenía Antonio y nadie lo vería jamás con la polera anudada como si fuera un peto y lanzando un beso lo más femeninamente que podía.

Las primeras fotos – o sea, las últimas que tomara Cosette- fueron hechas de noche, y en su mayoría eran fotos de grupos de personas. Se detuvo en una en que dos chicas se besaban, apoyadas contra una pared. Siguió pasándolas encontrándose varias como aquella; en una un hombre mayor que él besaba a una mujer, en otra dos chicos se tomaban tímidamente de las manos.

Siguió pasando las fotos, algunas le recordaban a cierto alumno de cejas tan espesas como su carácter por la vestimenta que usaban las víctimas de la mira de su hermanita. Ese chico era un problema gigante en su vida; aprendía rápido, eso era cierto, pero se negaba a mostrarle lo que aprendía y debía fiarse de su palabra para decidirse a dar otro paso. Y ni hablar de su odiosa voz desafiante, contraviniendo todas sus órdenes o concejos, o sus comentarios afilados. Por suerte allí estaban las demás fotos para distraerlo, en especial una en que Cosette…

Francis desvió la mirada cerrando fuertemente los ojos. Volvió a fijarse en la foto pasados unos segundos, para volver a desviar la mirada hacia el techo, apretando los botones de la máquina para cambiar la diapositiva. Cuando volvió a mirar reconoció el mesón de su cocina y el plato que había servido a la menor días atrás.

Se preguntó porque reaccionó así. Claramente no deseaba ver el cuerpo desnudo de su hermana, lo que explicaría el porque había desviado la mirada. Pero lo intrigaba, ¿quién había tomado la foto? O si lo hizo ella misma, ¿por qué? Francis sopesó la posibilidad de que Cosette quisiese ver su cuerpo… aunque para eso servían los espejos. ¿Quería mandársela a alguien? Tal vez tenía novio y él no se había enterado.

Dejó de hacerse preguntas y decidió no comentar nada al respecto.


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Notas: *Me acabo de dar cuenta que "Word Reference" es una página de internet; sabía que el nombre me sonaba, pero no de donde. Bueno, espero no tener que pagar derechos ¿o sí O.o? www. wordreference (quiten los tres espacios)

*Realmente es "Capitanía General de Chile" o "Reino de Nueva Extremadura", pero como quería evitar el nombre directo de los personajes, hice la combinación, quer{ia mantener mi cable a tierra con Hetalia u.u

Próximo capítulo: Lovino