Escribo sin fin de lucro.

Disclaimer: Hetalia Axis Powers y todos sus personajes- aquellos que van apareciendo, los que ya lo hicieron y los que vendrán- pertenecen a Hidekaz Himaruya.


La Torpeza de tus Pasos: Capítulo 4: Lovino

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Apoyó sus manos en el suelo; estaba en el living de su departamento y había corrido previamente los muebles que allí había, despejando el piso. Se tensó un poco antes de darse el impulso necesario, debido al pequeño temor que tenía de caerse. "Vamos, te has metido en peleas más violentas que una simple caída."

Al final dobló un poco sus rodillas y se dio el impulso necesario para pararse sobre sus manos, pero no era eso lo que deseaba; antes de que el empuje se perdiera, dobló las rodillas tratando de llegar al piso con sus pies, pero falló en el proceso y antes de poder apoyar ambos, su peso se desplomó sobre el piso, doblándole la mano.

- Auch.- Se quejó, levantando la mano herida y llevándosela al pecho. Unos ojos verdes no habían perdido detalle alguno de la escena.

- Miau.-

- Oh, cállate, Caroline.-

Sabía que no debía adelantarse, pero se sentía ridículo realizado el puente directamente desde el suelo. El había visto a Lily realizarlo sin apoyar sus manos, sino sus codos y terminándolo sin apoyar sus pies, únicamente sostenida por sus antebrazos. No podía ser que él, Arthur Kirkland, tuviese menos fuerza que esa niña.

Aunque ahora que lo pensaba, ¿cuántos años tendría Lily?

Francis le informó que eran dieciséis, pero él no se lo creía, ¡la chica parecía tener trece!

Cuando sintió que su muñeca ya no le dolía, volvió a levantarse y a apoyar sus manos.

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Lovino Vargas era un descendiente de italianos. Había vivido toda su vida en Inglaterra –salvo un periodo de seis meses en que lo enviaron junto a su hermano a vivir con sus abuelos cuando su padre enfermó- y actualmente lo hacía junto a su hermano y su madre.

Conocía el idioma y lo dominaba puesto que en su casa era el que se hablaba, a menos de que hubiese visitas. Empero, incluso en aquellas ocasiones a veces debían traducir lo que se hablaba a su madre, quien era un poco… Lovino no diría torpe, pero era… ¿distraída? ¿Sencilla? El único modo de definirla que tenía el italiano era "igual al idiota de mi fratello" Y, paradójicamente, el único modo que tenía de describir a Feliciano era "igual a la mamma mia." Al final, el único modo de comprenderlo era conociendo a su familia, algo que no muchos se atrevían a hacer, si sabían quien era Lovino.

- ¡Feliciano! ¿Por qué tanta demora?- Le gritó por las escaleras a su hermano menor. No tardó en aparecer un joven de una estatura similar a la suya, un peinado cortado a la mitad, y un extraño rizo que sobresalía de algún lugar entre su cabello. El chico bajó refregándose un ojo con la palma de su diestra, arrastrando un bolso de marca en que guardaba sus cuadernos y materiales.

- ¡Fretta, estorbo!- Le gritó en cuanto el menor estuvo al pie de la escalera. El chico de cabello castaño claro abrió un ojo – el que no estaba siendo aplastado por su palma- de color café, aunque no demasiado: Feliciano parecía tener sus ojos cerrados todo el día, como si la luz lo molestara. Los ojos pardos de Lovino, de un color entre verde y café, lo miraban acusadoramente.

- Apúrate, fratello stupido o no te acompaño.-

- Sí, hermano.-

Pero a pesar de su afirmación, Feliciano continuó su camino a la cocina como si se tratara del dueño del bar "Glance Flash", un griego que no hacía más que dormir, según lo que había oído del barman.

Lovino, perdiendo la paciencia y tras esperar cinco minutos con los brazos cruzados a que el chico de ojos cafés sacara un pocillo de un armario y una cuchara de un cajón, se dio la vuelta y salió de la casa, no sin antes despedirse de su madre con un grito hacia las escaleras.

En cuanto su hermano se marchó, Feliciano desayunó rápidamente y se fue a su Escuela de Arte. Originalmente quiso estudiar gastronomía, pero se dio cuenta a tiempo de que no era bueno confiar en la cocina inglesa y desistió.

En la escalinata de entrada, parado contra un árbol, como si quisiese pasar desapercibido a pesar de su metro ochenta, Ludwig lo esperaba nervioso, mirando el reloj constantemente. Nada más verlo, Feliciano corrió a abrazarlo y a darle un beso de buenos días. El rubio pareció cohibido en un principio, más cuando se reparó del susto, respondió al beso y abrazó al muchacho, inclinando su cabeza para romper esa barrera de ocho centímetros que obligaba al mayor a estirar su cuello.

No estuvieron juntos mucho tiempo; Ludwig debía ir a su universidad y no estaba tan cerca como para quedarse otros cinco minutos. Vargas se separó del alemán prometiéndole que al día siguiente llegaría más temprano.

En cuanto Ludwig desapareció entre la marea de gente que entraba y salía del metro, Feliciano entró al edificio y fue a un salón diferente al suyo. Allí se encontraba Honda Kiku -o Kiku Honda, si se quiere partir por el nombre y terminar con el apellido-, un chico de edad indefinida – Feliciano, de veintidós años, siempre olvidaba preguntársela- y que el día anterior había cancelado una salida con el italiano por motivos de "fuerza mayor". La verdad, a Kiku lo había llamado un conocido para pedirle un favor que se tradujo en un dinero extra; se trataba de un alemán que lo llamaba cada vez que en su tienda le pedían un tatuaje hecho con bambú. A Kiku le gustaba la delicadeza del trabajo, aunque el oficio tuviese mala fama.

- Kiiiiiiikuuuuuuu.- Le gritó antes de abrazarlo tal como antes había hecho con el alemán. Este Feliciano, tan cariñoso que es.

- Vargas-san.- Le respondió el japonés, abrumado por el contacto corporal.

- ¿Cómo has estado, Kiku? Y ya te dije que me digas Feliciano.-

- Muy bien, Feliciano-san. Ayer Beilschmidt-kun me dio un pequeño trabajo. Le aseguro que la próxima vez que quede con usted no cancelaré.-

- Kiku.- El menor lo miró con una sonrisa. "Vargas, Beilschmidt. ¿Cuándo aprenderá?"- Me alegro, me estaba preocupando porque aún no consigues el dinero para pagar tu arriendo.- Exclamó con sinceridad. Kiku, a quien Feliciano soltara momentos antes, desvió la mirada, recordándose que pronto deberá decirle a sus amigos que el cuento de que moviera sus cosas de su departamento al del dueño del bar en que trabajaba no era, precisamente, porque no tuviera donde más dejarlas.

- Feliciano-san, más importante que eso. Beilsh…- Vio que los ojos de Feliciano se abrieron un poco más de lo normal, y recordando que su hermano era Lovino Vargas y los múltiples rumores que lograba escuchar cada noche gracias a Arthur y compañía, se corrigió. – Gilbert-san preguntó por mi salud. Le he dicho que me siento mejor y que estoy muy agradecido con su hermano por haberme cuidado, pero si hubiese preguntado un poco más no habría sabido responderle. ¿Cuándo piensan decírselo? Si me permite la pregunta.-

- Gracias Kiku, ma il perdono, mientras mi hermano tenga una pistola a la mano no me atrevo a decírselo. Y tampoco a Gilbert, a veces no sabe cuando callarse… ¡me da miedo cuando habla! Su voz es muy rasposa.-

- No creo que Lovino-kun sea realmente capaz de hacerle daño a Ludwig-san. Además, no tiene armas, es sólo un rumor.- Kiku se sentó en su puesto, Vargas apoyó sus manos en la mesa.- ¿Deshô?-

Feliciano lo miró un momento, con la cabeza un poco ladeada, antes de abrir su bolso y sacar un revólver de seis cámaras para mostrárselo.

- No sé si él tenga, pero a mí me hace llevar siempre uno conmigo, dice que Inglaterra está llena de bastardos.-

Kiku disimuló su asombro ante la pistola.

- Creo que será mejor que guarde eso.-

- ¿Es extraño? También tengo uno en la cómoda junto a mi cama.-

- No es que sea o no extraño, pero podría requisársela algún profesor.-

- Puede que tengas razón…- Feliciano miró el cañón del arma de fuego, para luego rascarse la sien con la misma.

- Feliciano-san, creo que debería volver a su salón, las clases están por comenzar-

- Ah, sí.- El menor de los Vargas guardó el revólver. –Nos vemos está tarde.-

- Hai.-

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Arthur se apuró en bajar corriendo –y saltándose un par de escalones aquí y allá- de su edificio y correr a la estación de metro más cercana a su hogar. Fiel a su puntualidad inglesa, llegó a su turno con un minuto de anticipación, el minuto necesario para ponerse el uniforme –un delantal- y para limpiar las mesas que estaban en su área. Diez minutos después llegó Manuel, se vistió con su delantal y lo fue a saludar. En las primeras horas no tuvieron mucha clientela, pero sí tiempo para conversar con Gary, el hombre encargado de la barra -treinta años, estatura promedio y usaba lentes-, al menos hasta que entró al bar una joven un poco mayor que Manuel y Arthur, la que se sentó en la barra.

Gary le sirvió un vaso sin necesidad de que ella hablase, y luego de llevar el vuelto a una mesa, Arthur se acercó a saludarla.

Era común que ella fuese allí todos los días; su trabajo consistía en vender lo que Lovino pusiese en sus manos y los dos chicos de World Reference eran clientes comunes para ella.

- Emma, ¿irás a vernos tocar el viernes?- Manuel llevó unos vasos sucios detrás de la barra y los lavó mientras esperaba una respuesta.

- Por supuesto que sí, ustedes son un buen negocio.- Le respondió al chileno, antes de succionar su bombilla con su sonrisa gatuna adornándole el rostro.

- Tú no te mueves por algo que no sea dinero, ¿verdad?-

- ¡Arthur! Si me dieses un hijo de Caroline también iría, aunque no vendiese nada.-

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Unas cuantas horas después, Gary se dirigió a la puerta del bar y dio vuelta un cartel, anunciando que, a partir de entonces, la entrada estaba restringida. Arthur y Manuel se dirigieron a la habitación en que guardaban sus pertenencias y se quitaron el delantal. Emma los siguió en silencio, simulando que iba al baño de damas.

Arthur se quitó el delantal y luego la polera que llevaba debajo. Se quitó las zapatillas y se bajó los pantalones, quedando en unos boxers –calzas, aunque Arthur nunca lo reconocería- que le llegaban un poco por sobre la rodilla. Manuel lo imitó, pero a diferencia suya él sí vestía boxers, también color negro. Por sobre estos se abrocharon el delantal y volvieron a colocarse sus zapatillas; Arthur unas de tela con caña alta y Manuel unas de verano. El chileno se acercó al inglés para ayudarlo con el delantal.

Una risa los sobresaltó, mirando ambos hacia la puerta entreabierta; Emma les sacaba foto tras foto. Arthur se apuró en intentar quitársela, pero la belga le cerró la puerta en la cara.

- Esa rata. –"¿o gata?"- Le dijimos que dejara de hacer eso.-

- Mientras consuma no podemos echarla.-

- Cierto.-

Manuel abrió la puerta, pero nada más asomarse, la cerró.

- And now what?-

- El culiao de Martín…- El chileno volvió a entornar la puerta, para observar al argentino que se apoyaba junto a la entrada del local de consumo, esperando a ver al chico de cabello negro para elegir una mesa y sentarse. Como cada día.

- Te cambio área.- Propuso al inglés.

- Well.-

- Pero espera.- Manuel abrió la puerta con sigilo.- Cuando se siente le serviré algo y luego cambiamos, sino el amariconao me va a seguir.-

Después de eso volvió a la barra, donde Gary le dirigió una mirada de reojo y se rió por lo bajo. Martín no tardó en sentarse en una mesa y mirar directamente al chileno.

Manuel rodó los ojos y se le acercó, dirigiéndose Arthur a una mesa cercana la que limpió lentamente para oír la conversación completa. No le sirvió de nada; ésta fue llevada a cabo íntegramente en castellano, pero Manuel pudo retirarse pronto y volver con la bebida pedida. Antes de que Hernández intentase cualquier cosa, el chileno ya estaba de vuelta en la barra.

Arthur pasó al lado suyo y colocando una mano en su hombro le sonrió, observando de reojo como el argentino los vigilaba contrariado. Quince minutos después fue a la mesa de Martín para preguntarle con una sonrisa maligna si deseaba algo más, incluso le ofreció "su parte" del servicio, pero el otro rubio no hizo más que arrugar el gesto en señal de asco y decirle que le trajese otra bebida. Arthur sonrió para sí; le encantaba molestar al argentino de una manera instintiva.

A medida que entraba la noche el local se llenaba –más de mujeres que de hombres-, y poco después de las doce llegó el reemplazo de Gary.

El chico, de cabello negro y cortado en una melena a la altura aproximada de su nariz, se inclinó frente al mayor a modo de saludo-despedida y se sentó detrás de la barra, listo para demostrar lo hábiles que eran las manos de un estudiante de artes.

A Arthur el nipón le agradaba, aunque le daba mala espina que tuviese siempre consigo una cámara, por más que nunca lo haya visto usarla. Pobre e ingenuo Arthur, no sabía que por las venas de Kiku corría sangre ninja.

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- Arthur~- Lo llamó Emma desde la barra.

- Yes?-

- Pídele a Kiku que ponga música.-

- Lo tienes al lado tuyo, Emma.-

- Sabes a lo que me refiero.- Arthur rodó los ojos, antes de mirar a Kiku y arquear una ceja.

- ¿Alguna canción en especial que desee la señorita?- Le preguntó el de cabello negro a la rubia con una sonrisa de complicidad.

- Gay bar.-

- No.- Arthur miró alternativamente al japonés y a la belga, con una mirada asesina.

- Dynamite.-

- Esa basura no es bailable.-

- Esa es la que yo quiero, Artie~- Dijo, mirando al asiático y extendiéndole unas cuantas libras. Para suerte de Arthur, Manuel pasaba en ese momento a buscar unas botellas de cerveza y se detuvo a escuchar la canción que Honda había puesto.

- Weón, es tan fácil como ponerte a perrear.-

Nadie, repito, NADIE entendió lo que el chileno quiso decir. Y como los tres lo quedaron mirando, él mismo, dejando la bandeja en la barra un momento, dobló las rodillas.

I wanna celebrate and live my life.

Y llevó sus brazos estirados hacia atrás, para luego recogerlos y dar un par de movimientos de zarandeo con ellos a la altura de su pecho, volviendo luego a alejarlos para luego nuevamente atraerlos.

Just I told you once, now I told you twice.

Movió sus hombros, con los brazos cayendo a ambos lados de su cuerpo y los puños apretados, cerrando los ojos y moviéndose al ritmo de la música. Luego levantó una mano y la bajó al tiempo de empezar a levantar la otra, la que luego también hizo descender para darse una vuelta, para continuar bailando. Cuando terminó, cogió la bandeja y le adelantó el mentón, con una mirada soberbia a Kirkland.

- Bitch.- Le espetó el inglés, con una sonrisa en sus labios. Manuel se dirigió a la mesa que había pedido la cerveza con el ceño fruncido, listo para pararle el carro a cualquiera que quisiera ver el espectáculo de nuevo. En algún lugar, dos ojos verdes miraban con odio al trío de la barra y a las demás personas que habían observado al chileno.

- Manuel a veces me sorprende. O sea, no parece del tipo alocado.-

- A ese idiota sólo lo veo hacer eso cuando trabaja o cuando salimos. Y a veces ni cuando se emborracha lo hace.-

- Ahora es tu turno, Artie~-

- Si prometen no grabarme lo haré.- Gruñó el inglés aunque de mejor humor. Tal como el chileno, él lo hacía por trabajo. Y por un motivo oculto (nuevamente, al igual que el chileno).

- ¡Trato! Y te hago rebaja si usas el mesón.- Arthur pareció pensarlo. Bueno, era un detalle por parte de la belga, después de todo, debía lucirse sí o sí, ellos eran la base que sustentaba a ese negocio. Asintió y le estrechó la mano a la mujer, quien luego se estiró sobre la barra para hablarle a Kiku sin que Arthur lo escuchase.

I still hear your voice when you sleep next to me.

"Every time we touch", Arthur debió adivinar que elegiría algo tecno y suave.

- Maldita.- Murmuró entre dientes, provocando una sonrisa gatuna por parte de la belga.

I still feel your touch in my dreams.

Arthur cerró sus ojos, apoyándose en la barra y deslizando su espalda por el borde de ésta.

El inglés amaba eso.

Lo negaba con toda su alma, pero no había elegido ese trabajo por cualquier cosa. Amaba sentir el ritmo de la música y expresar con su cuerpo lo que sentía con ella; era liberador tener una excusa a mano para moverse sensualmente, atrayendo las miradas a su alrededor y algunos silbidos por parte de la clientela femenina.

Cause every time we touch, I get this feeling, and every time we kiss I swear I can fly.

Arthur era sensual por naturaleza y el único momento en que podía dejar salir esa parte suya, era aquél. Rodeó a la belga con el sonido de percusión y alzando sus brazos la encerró moviendo su cuerpo y su cabeza al ritmo de los golpes.

Cerraba sus ojos de puro deleite: la música aplastaba sus tímpanos y repercutía en su pecho. Se dio una vuelta antes de que llegase el momento instrumental y después sólo se dejó guiar, bajando y subiendo su cuerpo, para luego, regresada la melodía suave, tomar con cariño las manos de la mujer y colocarlas sobre sus hombros, coqueteándole, para luego separarse abruptamente de ella en cuanto la música regresó a su melodía tecno.

Cuando la canción terminó, respiraba agitado, y unas cuantas chicas de los alrededores se atrevieron a llamarlo, pero él volvió a sus mesas designadas.

- Después hablamos de esa rebaja.-

Tanto él como Manuel y una chica de cabello castaño –que llegó más tarde; la chica que la precedía en el horario se había marchado y aún no contrataban a nadie más- repitieron la escena en diferentes momentos y ritmos, al tiempo que varias personas se sentaban junto a la chica de ojos verdes para intercambiar un par de palabras –y algo más- y luego irse, y Kiku secaba los vasos y los miraba de reojo de vez en cuando, buscando un momento oportuno para grabarlos a la distancia.

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En un momento que tuvo libre, Arthur se sentó junto a la rubia con su propia bebida; un rastro de sudor se notaba en la base de su cabello y en sus sienes.

- ¿A que rebaja te referías?- Le preguntó, un poco más repuesto que hace cinco minutos.

- Lovino me entrego drogas de diseño.~- Canturreó la chica, mirándolo de lado.

- ¿Qué es?-

- Extasis.-

- Pensé que me darías ácido, tramposa.- Ella lo miró simulando estar ofendida.

- Deberías probar cosas diferentes de vez en cuando.-

- Está bien, dámelos.-

La chica rebuscó en su bolso.

- ¿A qué hora se van? ¿No llegarán tarde a su presentación?-

- Manuel ya fue a buscar sus cosas y en éste momento debe estar hablando con Orden y Unión.- Recibió lo que la chica le entregó y le pagó.

- Entonces yo también me voy, aunque tal vez Lovi-Love se moleste por dejar mi puesto…Pero allá igual podré vender, y no me quedan muchas cosas, tampoco. Posiblemente me encuentre con Ekaterine. - Comentó, rebuscando en su bolso. –Además se ve lindo cuando se enoja.-

Arthur guardó en su bolsillo lo que le entregaron y se alejó a buscar sus cosas, deteniéndose tras un par de pasos.

- Emma, ¿tú sabes quién provee a Vargas?-

- No tengo ni idea.- Arthur lo pensó un momento y se fue. Si Lovino no les decía a sus subordinados a quien le compraba él, era mejor no meterse. Pocas personas lo sabían, incluyendo a los mismo Bálticos, a la familia Braginsky y Lovino. World Reference tenía la mala suerte de haberse enterado gracias a Iván, quién antes trabajara con el grupo que proveía a Vargas, pero que lo había dejado junto con su hermana mayor, la que ahora trabajaba para Lovino. Y a Iván no le importaba dar detalles para nada agradables respecto a lo que la silenciosa pero peligrosa banda hacía; a pesar de que pocas veces hacían trabajos que pudiesen meterlos en problemas y se limitaban a proveer a Vargas y a otros vendedores locales de drogas.

Aunque se rumoreaba que Lovino también conseguía armas gracias a ellos. Y también que, cuando aceptaban un trabajo feo, lo hacían con maestría. Por suerte eran sólo rumores creados en noches de borrachera a partir de palabras sueltas que creían oír de Iván y no podían ser reales.

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- Apúúúúraaaateeee.-

Desde un automóvil, Antonio Fernández Carriedo tocaba la bocina a Francis, quien apurado salió del edificio en que vivía.

- Tío, si no llegamos a coger un puesto en primera fila Gilbert nos acusará de malos amigos.-

- Llegar quince minutos atrasado es más atractivo.-

- Lo que tú digas, colega.-

Francis se sentó en el puesto del copiloto y se abrochó el cinturón de seguridad.

- Si volvemos a faltar nos hervirá en aceite.-

- Exageras, sólo hemos fallado dos, tres,…-

- ¡Seis veces! Gilbert comenzó a llorar la última. O eso me dijo Roderich.-

- Imagino que tu primo se habrá regodeado.-

- Como no tienes idea, o eso parecía.-

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El sitio en el que se presentaron era una disco con un escenario en el centro, que solía ser usado como pista de baile. Arthur se preocupó bastante por su vestimenta; usaba una polera con un estampado de Sex Pistols, con un brazo arrancado y en su lugar una gran cantidad de correas y muñequeras de cuero, unos pantalones de pitillo color negro a los que había colgado un par de cadenas, unas pesadas botas de militar y su collar de pincho, el que irónicamente lo obligaba a mantener la cabeza erguida tal y como Francis le exigía continuamente. El cabello lo había peinado de modo que sobresalieran puntas hacia arriba. Los demás no habían quedado atrás con el vestuario, a excepción de Gilbert, quien con una pañoleta roja y una camiseta del mismo color con un pollito negro en el estampado se sentía perfecto para el acto.

Francis se sentía un poco fuera de lugar, pero imitó al primo del hijo de un austriaco y una española y dejándose influenciar por la multitud, trató de entender la música y ese afán anarquista, que no comprendía siendo que los integrantes se hacían llamar por nombres que traían consigo una estructura política y social. Eso era un misterio que sólo conocía World Reference, Caroline y Gilbird.

Pero con el movimiento de la multitud y la impresión de que si no los veía Gilbert acabaría con los vidrios del auto de Antonio, se acercaron al escenario, logrando llegar lo suficientemente cerca para distinguir con claridad los rostros de los integrantes.

"Mon Dieu"

Había visto a Arthur inclinado sobre la guitarra y haciendo como segundo vocal, con una expresión de furia, de dedicación, de fuerza en su rostro.

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El grupo se había separado; Iván trataba de llamar la atención de un chico con cara de asiático; Manuel bebía con un grupo de habla hispana; Gilbert se había encontrado con su grupo de amigos y molestaban a cualquier figura femenina que se les acercara demasiado y Arthur caminaba con un trago en la mano buscando donde sentarse.

Escuchó una tímida voz que se le hacía familiar y se acercó con curiosidad; al lado de una columna, Ekaterine era atacada verbalmente por un hombre que no parecía estar en sí del todo. Arthur sintió lastima por la chica y se acercó a ayudarla.

- How can't you have it? It's your bloody job!- Le gritaba el inglés a la chica de cabello platino.

- P-perdón, pero no me quedan.- Respondía la mujer al borde del llanto. Arthur buscó alrededor suyo a Emma, pero al no visualizarla, decidió intervenir él mismo.

- Hola, Ekaterine ¿qué sucede?- Dijo, mirando ceñudo al otro hombre. La chica se sintió un poco más aliviada al ver a un amigo de su hermano allí.

- E-el caballero me pidió un e-estimulante, pe-pero no me quedan.- Lagrimeó la mujer. Arthur buscó en su bolso, encontrando el éxtasis que hace unas horas le había comprado a Emma y se lo entregó a la desarrollada muchacha, la que lo miró agradecida y se los entregó al hombre que antes la incordiara. Arthur se quedó un momento más con ella.

- ¿Por qué no te alejaste y ya?-

- No lo sé, me dio miedo.- dijo Ekaterine, secándose las lágrimas con las manos. Ese día llevaba el cabello suelto, sin el cintillo que solía recogerlo.

- Bueno, si quieres saberlo, Iván está persiguiendo a Yao por todo el edificio… aunque no los he visto en un buen rato, por lo que posiblemente Yao volvió a esconderse en el baño de mujeres.-

- Gracias.-

- Good. Good bye.- Arthur se acomodó el bolso y se dio la vuelta camino al guardarropa, cuando la mayor lo detuvo sujetándolo por la muñeca.

- Espera, Arthur.- El inglés aguardó a su lado, mientras ella buscaba en su bolso.

- Ten, no es un estimulante pero podría ayudarte cuando estés cansado en casa.- Le dijo, guiñándole inocentemente un ojo y extendiéndole la mano. Arthur recibió el premio de consolación por haber perdido sus drogas. Acercó su mano a sus ojos y las observo; eran pastillas comunes y corrientes.

- ¿Qué es?-

- Mefobarbital.-

- En inglés, si no es mucha la molestia.-

- Un barbitúrico de categoría IV.-

- Red Birds.-

- Sí.- Arthur levantó la mirada.

- Gracias, Ekaterine.- Dijo, cerrando su mano.

Una hora más tarde, cansado del ruido y aburrido por no haber encontrado a nadie, se sentó en el suelo, contra una pared y miró hacia el techo, siguiendo la danza alocada de un grupo de hadas.

"Parece que ya bebí demasiado, no creo que haga mucha diferencia." Pensó, a pesar de estar seguro de que no veía esas diminutas figuras humanas por efecto del alcohol. Se llevó las tres pastillas que le dio Ekaterine de una vez a la boca y se levantó con la intención de beber un poco de ron antes de irse. A lo sumo, tendría una hora antes de que las pastillas hicieran efecto y le pareció tiempo suficiente para beber algo y luego irse a su casa.

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Francis se despidió de sus amigos, avisándoles que se iría antes que ellos. Salió de la disco con la mano en la cintura de una chica y caminó con ella, buscando un taxi que los pudiese llevar.

Mientras caminaban por la calle, conversando y dándose caricias tentativas, Francis vio a cierto inglés rubio y de gruesas cejas sentado en las escaleras de la entrada al metro, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.

Pensó en seguir de largo, pero sintió remordimientos de conciencia tras los primeros metros y se disculpó con su acompañante, pidiéndole su número telefónico y prometiéndole que la llamaría el día siguiente.

Regresó hasta el británico y lo zarandeó, descubriendo que estaba dormido.

- Arthur.- Lo llamó, y sin culpa alguna le dio una cachetada. Pero el británico continuaba empeñado en no regresar al mundo terrenal.

- Arthur.- Comenzó a gruñirle, esta vez tomándolo del cuello de su camisa y levantándolo. El británico abrió un poco los ojos e intentó levantarse, pero en cuanto Francis lo soltó, sus piernas no soportaron su peso y cayó al suelo.

- ¿Qué te metiste al cuerpo?- Francis volvió a levantarlo, esta vez apoyando el peso muerto del inglés en sí. Arthur recuperó parte de la conciencia, pero su pensamiento continuaba lento.

- Slee'ers.-

- ¿Qué?-

- Sleepers.- Le dijo Arthur antes de volver a perder la conciencia. Francis, con un resoplido, se quitó el cabello que caía sobre su rostro y arrastró al británico hasta el borde de la acera, intentando captar la atención de algún taxi.

- ¿Dónde vives?-

- Im ne jome.-

- No sé donde queda eso, Arthur.-

-…-

- Está bien, te llevaré a mi casa.

Francis permaneció en el lugar un momento más, hasta que un taxi se detuvo frente a ellos. Abrió la puerta y metió a Arthur al auto, para luego dar la vuelta y sentarse del otro lado. Dio la dirección al chofer y acomodó mejor al británico en el asiento, apoyando su cabeza en su hombro.

- Oye, Kirkland. ¿No tendrás otra pastilla por casualidad?-


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El barbitúrico que se tomó Arthur sólo se consigue con receta médica; son adictivos (mucho) y tardan una hora aproximadamente en hacer efecto, el que dura un día aproximadamente. Existen otros más suaves. Se les llama Red Birds, Phoenix, Sleepers, y me parece que también yellow phoenix o algo así. Tienen varios nombres. Y claro, como Arthur se tomo tres de una le afecta más y más rápido.

Y por sia, con "Im ne jome", Arthur quiso decir "In my home".

Recuerden que para las dudas, reclamos, sugerencias, acotaciones, correcciones, insinuaciones y tomatazos pueden enviar un review. (Incluso uno anónimo)

Próximo capítulo: Kiku

¡Adivinen cual viene después!