Hola. 5182 palabras

Escribo sin fin de lucro.

Disclaimer: Hetalia Axis Powers y todos sus personajes- todos aquellos que siguen los consejos del japonés- pertenecen a Hidekaz Himaruya.


La Torpeza de tus Pasos: Capítulo 5: Kiku

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- Ten.- Una persona de cabello rubio y largo se inclinaba sobre él, ofreciéndole un vaso de agua, pero al notar que no lo tomaba, se lo llevó a los labios con delicadeza y le dio a beber.

Después de eso volvió a perder la conciencia.

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- Matthew… lárgate. ¿Pap-papá no t-te pre..ntará?- Matthew, uno de sus hermanos, insistía en reprenderlo en francés, se rio en cuanto pensó en ello: a él le tocó llevar a las clases de idioma al hijo de sus padres.

- ¿Arthur, de qué te ríes?- El inglés no contestó. "Tu voz se ha agravado."

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- Por lo menos llegaste, ¿no?- Una risa suave pero desagradable a sus oídos se escuchó por detrás suyo. Estaba arrodillado en el suelo, con ambas manos sujetas a un borde frío de cerámica. Abrió su boca al instante en que sintió como el estómago parecía apretar sus paredes y doblarse, pero lo único que sintió en su boca fue el leve sabor de una espuma suavemente ácida y la sensación en la comisura de que un hilillo de líquido se deslizaba; un hilillo color amarillo. "Matthew, no quiero que me cuides otra vez." Antes de que un segundo retorcijón de estómago llegase, el inglés pensó que, seguramente, no podría ir a las clases del domingo.

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Kiku limpió la barra y guardó las copas que usaron los últimos clientes de "Glance Flash". El local había cerrado media hora antes, pero él se debía quedar ordenando y limpiando. Normalmente lo ayudaban los chicos y terminaban en unos minutos, pero Arthur y Manuel habían pedido permiso para retirarse antes y él había rechazado la ayuda de la chica que se había quedado.

Buscó en la habitación en que los empleados guardaban sus pertenencias una escoba y una pala.

El bar tenía una entrada que desde afuera, y durante el día, exhibía en una pizarra negra con tiza de colores las ofertas del día. En el exterior, sin embargo, no había sillas ni mesas. En el interior, existía un pequeño guardarropa junto a la barra del que se ocupaba el mismo barman o cualquier empleado que en ese momento fuese solicitado por un cliente; rara vez era utilizado. Las mesas estaban distribuidas en una suerte de zigzag a lo largo de la pared enfrente de la barra, la que era más corta que la pared y dejaba un espacio de entrada hacia los baños y la habitación de los empleados. Un espejo en el fondo duplicaba a la vista la extensión del local, cuyo decorado solía ser sobrio, a menos de que algún empleado se hiciese los ánimos y la iniciativa de cambiarle la fachada.

Cuando barría detrás de la barra, juntando el polvo con el del resto del local, la puerta, que Kiku cerrará con llave previamente, se abrió. El japonés le dirigió una mirada furtiva, para luego proseguir su trabajo intentando ignorar al hombre que se le acercaba.

- ¿Acaso no fuiste con los demás?- le preguntó con calma un hombre de cabello castaño y un tanto alborotado (o al menos a Kiku le parecía cada vez que veía ese extraño mechón que se bifurcaba en su remolino) y ojos pardos de un color más que nada verdoso.

-Heracles-san.- El chico de cabello negro se inclinó frente a él antes de continuar con su trabajo.- Prefiero quedarme aquí, en un ambiente más calmado.- El descendiente de griegos inclinó imperceptiblemente la cabeza, pensando que su bar realmente era un lugar tranquilo, tanto, que ni siquiera le ponía trabas a Vargas cuando lo utilizaba como área de ventas y tampoco le cobraba una comisión por la clientela.

- Pensé que te gustaría estar con gente de tu edad.- Le respondió con la misma parsimonia que siempre utilizaba el joven griego.

- Heracles-san es joven y estoy en su compañía.- Honda levantó la mirada y sin malicia ni enfado agregó.- Además de que no estoy acostumbrado a salir.-

- Kiku.- El griego se le acercó más de lo que el japonés hubiese deseado.- Si tú no realizas actos que se salgan de lo usual en ti, ¿cómo puedo esperar que los demás realicen actos que no son normales en ellos? Si tú no te muestras más motivado por aprovechar tu juventud, no podré esperar que González llegué a la hora un día o que Kirkland le sonría a los clientes.

- Lo que usted dice contiene una extraña lógica.-

- Sí. Tal vez sea una teoría mal formulada.- El griego se permitió una sonrisa para luego inclinarse y darle un suave beso en la frente al chico de cabello negro, provocando que los dos mechones que caían descuidados y disparejos a ambos lados de su rostro rozaran las mejillas del estudiante de arte.

Kiku se sonrojó ante el contacto más no se apartó, se limitó a dirigir la mirada al suelo y continuar barriendo el espacio detrás de la barra, el que, es bueno señalar, estaba más limpio que las herramientas de Beilschmidt, lo que es mucho decir.

- Heracles-san, le agradecería que no se tomara tales libertades conmigo.- Le reprendió al castaño, acercando la pala y empujando la basura para que se subiera a ésta.

- Pero Kiku, ¿qué diferencia hay con la otras libertades que me das?- La voz lenta y con un tinte desganado del de ojos verdosos no hizo sino poner incómodo al asiático, quien veía venir el final de la frase antes de que el otro hombre la terminara, pero que aun así conservaba la paciencia y el agrado de esperar a que se completase para comprenderla con certeza.

- Heracles-san, si usted continúa con este tema tan incómodo me veré forzado a llamarlo por su apellido.-

- No serías capaz.- Los ojos del castaño se entrecerraron suavemente, en un gesto que cualquiera traduciría como insultante, pero que el japonés conocía como sorpresa mal expresada.

- No me provoque, Karpusi-sama.-

El descendiente de griegos, ante tal tiránica y espartana amenaza, retrocedió unos pasos y fingió curiosidad en las copas que colgaban del mueble sobre la barra y luego en el cuaderno que reposaba sobre la misma, el que abrió y comenzó a repasar con la mirada, bajando por los nombres y avanzando las páginas para llegar hasta el día de hoy; en ese cuaderno estaban anotados los horarios de los trabajadores del bar, aunque a Heracles poco o nada le importaba lo que ese papel dijese; sabía que, por ejemplo, Manuel llegaba tarde cuando le tocaban los turnos de la mañana los días jueves a pesar de que se perdía las últimas horas de su horario de clases y que en ese tiempo Arthur trabajaba solo.

"M. González: martes, miércoles, viernes, sábado, domingo Jornada Tarde. Lunes y Jueves Jornada Mañana. Un sábado libre cada dos semanas." Se repitió mentalmente sin fijarse en la primera página del cuaderno universitario; estaba ajada y las palabras borrosas, cambiados los números millones de veces, superponiéndose el corrector una y otra vez, incluso flores y dibujos obscenos se observaban en las márgenes y junto a los nombres de los empleados; un regalo por parte de clientes ociosos y anónimos.

Tranquilamente arrancó la página mientras el japonés se cercioraba de que las ventanas del local estuviesen cerradas y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta .

- ¿Heracles-san, qué hace?- Lo consultó.

- He pensado en que deberíamos agregar esta información en el computador.-

- Al fin. Pero deberíamos hacerlo ahora mismo o Arthur-san nuevamente se opondrá.- Bizarramente, el inglés no soportaba la idea de cambiar el sistema de un cuaderno por el de una pantalla y un teclado. Heracles se sentó detrás de la barra y frente a una laptop que encendió para empezar inmediatamente.

- ¿No debería ver el papel para saber los horarios?- Le preguntó el menor (el japonés, en este caso) al ver que se disponía a comenzar a teclear sin una referencia. El castaño lo miró durante quince segundos en silencio, antes de recitar:

- K. Honda: lunes a jueves Jornada Normal, viernes a domingo Jornada Partida.- El japonés lo miró un segundo.

- ¿Lo ha memorizado?-

- Sí.- Le respondió, comenzando a transcribir las jornadas de los meseros; mañana: de 11:30 hrs. a 19:00 hrs. Tarde: de 19:00 hrs. a 3:30 hrs. Y luego la de los cantineros; normal: de 16:00 a 24:00 hrs. Partida: de 11:00 a 16:00 hrs. y luego de 24:00 hrs. a 3:30 hrs.

El chico de cabellos negros suspiró, atrayendo una silla para sentarse al lado de su jefe.

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Manuel se había retirado bastante tarde, junto con el horario de cierre del local. Martín lo acompañó hasta su casa, a pesar de que el chileno se valía por sus propios medios (entiéndase que no había bebido como en otras ocasiones) y esperó en la puerta a que lo invitaran a pasar.

- ¿Qué esperai? Raspando.- El chileno comenzó a cerrar la puerta, sin dejar de murmurar.- Quería tirarse al dulce el culiao. Chesumadre. - Sin que Martín lo escuchase realmente.

Tras ser ignorado nuevamente, le pegó una pequeña patada a la puerta, un tanto frustrado y se retiró.

Se encaminó a su pequeño hogar en aquel país al que había llegado sin planear. Pensó en prepararse un mate y leer su correo, pero se abstuvo de lo primero pensando que le quitaría el sueño. Lo segundo no lo atraía demasiado, sabía que tenía unas cinco horas de diferencia con su país natal y que los correos que le hubiesen enviado durante la tarde desde Argentina lo estarían esperando, pero aún así encendió su computador portátil –tal vez la única pertenencia que aún no vendía- y abrió su correo.

Allí lo esperaba. Las primeras líneas eran casi agradables para el argentino, Sebastián aplazaba el real motivo de su misiva con acontecimientos varios; el clima estaba más seco que de costumbre pero no había afectado al ganado, por suerte. Pensaba en viajar para año nuevo, ir a alguna playa. Y lo invitaba a ir con él.

"Ya te estabas tardando" Pensó el rubio, sin suprimir ni en sus pensamientos la peculiar pronunciación de la i griega. Siguió leyendo; en el siguiente párrafo le recriminaban para que dejase de "jugar al enamorado" y entrara en razón.

Pero Martín no quería entrar en razón, no cuando González buscaba sus celos. Para el argentino la actitud reciente del otro latino se debía a eso; en su mente, el chileno buscaba llamar su atención entregándoles la suya a otros. Sino era por eso ¿para qué dedicarles palabras lindas a las chicas con las que se atravesaba, estando en SU presencia?

Con un mohín de disgusto, cerró su correo y apagó su computador. Deseaba descansar de su familia y de su amado.

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Era tarde, muy tarde. Se había escapado de su propia casa a mitad de la noche con la intención de despejarse un poco, pero no lo lograba. Pensó en ir a la tocata que haría un grupo local en una discoteca del sector, pero quería pensar y desistió. Además de que estaba seguro de que era una función más que nada publicitaría para el local, y habiendo él mismo pertenecido a una banda liderada por el guitarrista de World Reference adivinaba que éste no se sentiría muy a gusto siendo un objeto para llamar clientes, pero que no se había negado a la posibilidad que se le daba.

Echar a los allegados que vivían en su casa parecía ser una opción posible, pero no para él. No podía siquiera pensar en esos dos hermanos buscando un lugar donde vivir cuando su casa tenía habitaciones que podían usar.

Densen no sabía que lo había motivado a recibirlos, nunca se lo pidieron. Tal vez fuese Emil; un chico de dieciséis años no podía estar en la calle.

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Una noche.

Era todo lo que tenían, pero no la desaprovecharían; cada uno sabía que sus respectivos hermanos estarían ocupados y que era el momento que ambos necesitaban para recordarse por qué esperaban, por qué simplemente no daban esa relación por imposible.

Era difícil pensar que tres meses atrás eso no habría ocurrido, pero con el reciente odio que se tenían sus dos familiares más cercanos y queridos su suerte se había invertido. Lovino tenía prohibido a Feliciano ver al alemán, y por su parte Ludwig prefería que su hermano continuase en la ignorancia.

Su primer –contable- encuentro aconteció cuando la lucha entre el castaño y el albino se palpaba.

Se habían visto ocasionalmente en la calle, en el metro, en las afueras del hospital en que Feliciano vendía su parte y Ludwig donaba sangre. Y sin embargo, no fue hasta que Gilbert insistió que su hermano llevara una carta –amenazante, insultante y de negativa- a casa de los Vargas que se presentaron realmente.

El único que allí estaba era Feliciano. Lo invitó a pasar y de aquel modo se conocieron. Otros encuentros ocasionales provocaron el surgir de cariño, preocupación y por último, amor. Aún entre ellos se preguntaban "¿Ya cedió Gilbert?", "¿Aún tu hermano insiste?", pero la preocupación por el mutuo odio que sus hermanos se tenían se convirtió en un tema secundario.

Esa noche era de ellos, mientras Gilbert se presentaba con su banda y Lovino vigilaba a los vendedores a su cargo, ambos podían acariciarse, besarse, susurrarse lo mucho que se querían.

Podían olvidar que estaban solos en esto, porque a pesar de que Kiku los apoye, él no comprende el peligro del que se ocultan.

Por esa primera noche juntos Feliciano sonreiría cada día que no viese a Ludwig. Por esa primera noche juntos, Ludwig buscaría el modo de hacer entrar en razón a su hermano.

Se encontraron lo más temprano que pudieron, a eso de media noche, cuando Lovino se fue a trabajar. Feliciano no podía recibirlo en su casa sin dar explicaciones a su madre – una mujer de sesenta años que tuvo a su segundo hijo de milagro, cercana a los cuarenta- y en la casa del alemán siempre había alguien, por lo que una habitación les sirvió como hogar por esas horas.

Hogar puesto que ambos sentían que allí estaba todo; se tenían el uno al otro, y aunque a Ludwig le costó formular su sugerencia, Feliciano la aceptó con cierta sorpresa: no sabía que dos hombres pudiesen hacer el amor y se había hecho a la idea de que nunca pasaría. Fue la primera noche que compartieron con alguien, tanto para el italiano como para el alemán. Y no se arrepentían, aunque Feliciano hubiese derramado lágrimas de dolor. Las lágrimas que contuvo al separarse de su amado al alba.

Cuando la luz se escurrió por la ventana, sin que el sol saliese aún, Beilschmidt abrazó a la figura que estaba a su lado, sin querer soltarlo, sin querer dejarlo ir. Pero debían separarse; Lovino llegaría pronto a casa y sospecharía de su hermano si descubría que no estaba. Ludwig podía quedarse más tiempo; su hermano le haría un par de preguntas pero sería todo. Pero teniendo que irse uno, el otro no veía razón de seguir allí.

Lo despertó llamándolo por su nombre. Feliciano quiso seguir durmiendo, pero la realidad le llegó junto a la luz que se desparramaba sobre la ropa de cama. Posó sus manos en el brazo de Ludwig y se escondió contra su cuerpo.

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A Arthur lo despertó el sonido de un teléfono. Estaba acostado en una cama que no era la suya, solo y con la ropa sucia, en una mezcla de sudor y polvo. La habitación en la que estaba tenía el tamaño de la suya, pero estaba más amueblada y enfrente de la cama tenía una televisión, la que estaba apagada. La puerta estaba cerrada y amortiguaba la voz de Francis, quien conversaba con un amigo. La cabeza le pesaba y amenazaba con caer sobre su almohada.

- Déjame decirte que todo es tu culpa.-

- Tío, a mi no me interesa acostarme a la primera cita.- Le contestaba desde su casa el profesor de castellano.

- Al menos te dio una explicación.-

- Que te hablen de productos e insulten en italiano no es una explicación, Francis. ¿Crees que esté molesto conmigo?-

- Algo habrás hecho… ¿Lo insultaste?-

- No… espera, le dije algo pero no creo que se haya molestado por eso.-

- Si le hablaste en castellano posiblemente se sintió ofendido.-

- No, eso es imposible.- El español lloriqueaba un poco tirado en un sofá con la espalda hacia el techo. Se tomó la cabeza con una mano, hundiendo su cara en un cojín.- ¡No era un insulto!-

- ¿Qué le dijiste? No habrá sido en catalán.-

- No quiero decirlo.-

- Antonio…- El francés estaba a un paso de reírse, sentía la congoja en la voz de su amigo, pero le parecía irrisorio que siempre estuviera preocupado por lo que le decía ese italiano que hace poco había conocido. ¡Era tan simple como buscarse otro amor! No entendía ese gusto por la preocupación y la incertidumbre del ibérico.- Si no me lo dices no podré ayudarte.- Contuvo una risilla.

- Le dije… "dulce tomatito adorado de mi corazón".- Francis se tomó un segundo para traducir la frase a su idioma y luego, al fin, librar su risa.

- ¡Ese es el peor piropo que he escuchado, mon ami!-

- Pero… ¡si nos conocimos en una frutería! A mi parecer es el mejor de todos.- El español había escuchado en innumerables ocasiones a sus dos mejores amigos decirles que su adicción a esa fruta era enfermiza. ¡Pero gracias a ella había conocido a Lovino!

Por poco convencional que se lea, Antonio había conocido a su actual casi-novio en una verdulería; el español estaba de compras cuando localizó al italiano con los brazos cruzados y observando los tomates como si fuesen una obra de arte.

- Además, se enojó mucho después. Lo vi hablar con una mujer de grandes… curvas y cuando volvió estaba hecho una furia. Mencionó algo del respeto y no sé que más, y después de un momento se le pasó. ¡Pero tal vez está molesto conmigo y por eso no me contesta el teléfono!-

- Dices que después de eso actuó normal. A lo mejor está durmiendo, son las diez de la mañana.-

- Mmm- El español se consoló un poco, levantando la cara del cojín y hablando por fin normal.

- Lovino, cuando te enojas y no me dices el por qué me preocupo. TQD.-

- Pardon?-

- Nada.- El ibérico sonrió.- Francis, ¿Sabías que la miel pierde sus propiedades si la guardas en el refrigerador?-

Arthur se levantó con cuidado, encontrando sus bototos junto a la cama. Se los calzó y caminó hacia la puerta. Del otro lado se escuchaba la voz del francés.

- Bueno, el color y sabor es lo importante si se usa de acompañante…-

Sumó dos más dos, luego cuatro más cuatro, después cinco más cinco. Y como todas las posibilidades de él drogado y en la casa de un francés que sabía se metía con cuanta alumna se le cruzara llevaban a una relación en la que él pasaba a ser un puto, o aún peor, una conquista de una noche del francés no le gustaban, sumó uno más uno, a ver si le daba una respuesta diferente.

Francis lo vio y sonrió.

- Luego te llamó.- Colgó. - ¿Te sientes mejor?-

Arthur lo miró en silencio unos segundos, mostrando facialmente su sorpresa, hasta que sus cejas se fruncieron y su boca se torció por el disgusto.

- No tengo idea de lo que pasó anoche, pero le dices a una sola persona y tu bloody cara dejará de ser tan bonita.-

- No es medio día y ya me estás amenazando. Normalmente tengo que esperar hasta las cinco de la tarde.- Le respondió con una sonrisa y dándose la vuelta.- No pasó nada anoche, si te hace sentir mejor. Ni que estuviera en mis planes tirarme a un enclenque como tú.- Caminó hacia la cocina.- ¿Quieres desayunar?-

Arthur miró detrás suyo, encontrando su bolso junto al televisor. Lo tomó y se dirigió a la puerta de salida, desganado. "Nada pasó. Eso es lo que importa." Sin embargo, algo faltaba, estaba olvidando algo importante. No era el hambre que sentía ni su lengua pastosa, tampoco el embotellamiento de su cabeza que no le permitía pensar respuestas rápidas y coherentes.

Con la mano en el picaporte, miró el techo, luego se dio la vuelta y caminó por la sala. A la derecha había un comedor y junto a éste, directamente a la derecha de la entrada- la que daba a la sala y a mano izquierda a las habitaciones- una cocina. Lentamente caminó hasta la puerta de la cocina, adentro el francés preparaba una masa para hacer panqueques. Se sentó en un taburete junto al mesón, viendo el ir y venir de Francis.

- ¿Puedes hervir el agua, s'il vous plaît?- Le pidió, tal parecía que no había notado que pensó en irse. Arthur salió de su aletargamiento y miró a su lado, localizando el hervidor. Se levantó, lo tomó y se dirigió al grifo para llenarlo. Cuando hizo lo pedido, volvió a sentarse, pero Francis pronto se le acercó y con una seña le indicó que se corriera. Cuando Arthur se bajó, corrió el taburete y sacó de la gaveta detrás de éste una sartén. Por tercera vez Arthur se sentó, dejando sus manos entrelazadas caer entre sus piernas, con los brazos completamente estirados.

Francis estaba vestido de manera casual, con una camisa de cuadros naranja oscuro y azul, sobre una tonalidad celeste. Estaba descalzo y el dobladillo de los pantalones le cubría los talones y parte de los pies. "¿No siente el frío de las baldosas?"

Tardó unos minutos más en darse cuenta de que su polera parecía estar más rasgada de lo normal, y de que las correas que la noche anterior luciera en su brazo ya no estaban. ¿Se las había sacado antes de acostarlo? Recogió su bolso del piso –no sin que le doliera aún más la cabeza al inclinarla- y rebuscó dentro; allí estaban sus pertenencias, incluyendo sus pulseras y su collar. No había notado que no lo tenía.

Lo levantó y lo examinó, sin una razón aparente. Al parecer continuaba un poco drogado.

- Pensé en botarlo, ya sabes, para que no lo volvieses a usar.- Le comentó, dejando los panqueques en un plato y apilándolos. Arthur no respondió, demasiado perdido en sus pensamientos como para berrear en señal de discordia. Estaba pensando… ¿Qué le faltaba? No era su ropa, no eran sus accesorios, no era su malestar general. ¿Qué le faltaba?

Francis dejó el plato a su lado junto a un par de tazones y mejunjes para que le pusiera a la masa. Se retiró y volvió con una silla para sentarse a su lado.

El mayor fue el primero en comenzar a comer. Arthur, al poco rato, lo imitó.

Agradecer. Eso le faltaba.

- Gracias.-

- De nada, no podía dejarte allí tirado, te habrían robado o violado o te habrían quitado algún órgano.- Dramatizó el francés, utilizando una expresión de horror mezclada con burla.

Con el desayuno, Arthur se sintió mucho mejor. De seguro era el té, sin uno no podía empezar su mañana, no podía ser el buen desayuno que Francis le facilitaba y mucho menos la presencia de la rana. De seguro era el té.

Llevándose el tazón a los labios miró alrededor.

- Bonita manera de gastar el dinero que nos robas.- Le dijo.

- Gracias.- Le contestó, sin hacer caso a su insulto. Había aprendido que de ese modo se exasperaba más.

- En serio, no pensé que ganaras tanto. Y uno que se parte el lomo para mantener su departamento.-

- No es que gane más que tú, es que me organizo mejor. En lugar de pagarle a alguien mes a mes para mantenerlo, pago mes a mes para que mi hogar me pertenezca.-

-Aun así, se ve que es un buen piso.- Le respondió el inglés, sin malicia debido a su aún persistente jaqueca y al hecho de que, ya que lo había cuidado la noche anterior, el desayuno merecía ser tranquilo.

- Mis padres pusieron el pie.- Le respondió, mirando hacia el frente. Se llevó un trozó de masa a la boca, disfrutando el momento, ¿realmente ése era el mismo chico que se oponía a él cada martes y domingo? Aunque debía reconocer que, a pesar de quejarse, seguía sus instrucciones con… como llamarlo… sumisión.- Descubrieron que les salía más barato pagarla y así tener quien les cuidara al perro cuando salían a buscarle un guardia cada vez que viajan.- "Un perro mulato y con dos coletas llamado Cosette."

Arthur lo miró, levantando una ceja. Bueno, no era asunto suyo si la gente no podía dejar a sus animales solos en casa, aunque como buen inglés quería a veces a los animales más que a las personas. Claro ejemplo de ello era Caroline.

- Te perforaste la oreja izquierda.- Le comentó Francis, a lo que Arthur sonrió socarrón.

- Yes.-

- Pensaba que eras gay, ¿sabes?-

- What?-

- No dije nada.- Francis posó la taza en el plato y estiró la mano para tocar las nuevas perforaciones de Arthur. Para su sorpresa, el inglés rompió el contacto abruptamente, mirándolo un poco más pálido que antes.

- ¡¿Eres tonto? ¡Eso duele!- Francis lo miró sorprendido. Luego sonrió perversamente.

- No pensé que fueras tan delicado, Arthur.- Realizó el amago de volver a tocar su oreja y Arthur le golpeó la mano, molesto.

Arthur tardó un poco en quitarse el mal sabor tras eso, sin embargo, de vez en cuando intercambiaron algunas palabras más, conociéndose más allá de lo que su relación esporádica les había permitido. Fue una conversación civilizada, alabado sea Dios.

Arthur se fue tras eso, rompiendo el ruido de un auto al pasar ese trance en que se había metido. "I, speaking with the frog like people? No, it was a dream."

Aun así, el gato que lo esperó molesto por la falta de alimento no era un sueño… se apresuró en bañarse y cambiarse, algo extraño acababa de suceder y tenía que hablarlo con alguien.

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-Posiblemente Francis-san no es tan malo como pensabas.- Le respondió tranquilamente Kiku, dándole el vuelto a la chica castaña que trabajaba de mesera ese día. Al inglés le gustaba el modo en que el japonés nombraba a las personas, lo consideraba especial. Kiku residía en Londres por estudios, pero esa característica de la gente de su país no la había perdido.

- Es extraño y me preocupa.- Le contestó Arthur, sentado a la barra.- Gilbert me dijo que no confiara en ningún acto de amabilidad suya.-

- Beilschmidt-san suele exagerar las cosas.- Le contestó, mirándolo inexpresivamente. Arthur reparó en su rostro, más que nada en sus ojeras.

- ¿No dormiste bien?-

- Karpusi-sama y yo nos quedamos hasta tarde organizando los horarios. Pensamos en cambiar el de González-san para que no falte a sus clases el jueves, pero no contestaba el celular.-

- Tal vez estaba ocupado, ¿A qué hora lo llamaron?-

- A las cuatro de la mañana, aproximadamente.- Arthur lo miró serio.

- ¿Bromeas?-

- Karpusi-sama insistió a pesar de que le indiqué la posibilidad de que estuviese durmiendo.- "No Kiku, Manuel estaba haciendo cualquier cosa menos dormir."

- Déjame revisar el cuaderno, a ver como quedó.-

- Lo traspasamos al computador, Arthur-san.-

- ¿Al computador? ¿Para qué? No es necesaria una bloody máquina para algo tan simple, ¡existen los lápices! Además, ¡es muy complicado! Nadie lo entenderá.- "Arthur-san, usted es el único que no entiende".

- Con un poco de práctica se acostumbrará.- Le dijo el japonés convencido. Arthur miró hacia la entrada, hacia la iluminada calle. La lluvia se había detenido ese día.

- Ese idiota… se portó bien conmigo.-

- Lo correcto ahora es que usted le demuestre su sincero agradecimiento.-

- Ya lo hice.-

- Pero podría intentar algo más permanente, ¿no cree? El hombre que me acaba de describir no parece ser el mismo del que siempre se queja.-

- El es el que se lo busca. Siempre.- Semi gruñó Arthur.

- El modo en que los demás actúan con nosotros está condicionado por como nosotros nos proyectamos hacia ellos.- Le recitó Kiku, recordando algunas de las palabras que Heracles compartía con él. Arthur se lo pensó.

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Cuando llegó a la galería, Arthur se detuvo un momento en el patio del final del pasillo, fijándose en lo intimo que se sentía ese pequeño espacio nunca visitado. Al entrar a clases, se encontró con Lily, quien terminaba las suyas y esperaba que su hermano y Francis terminaran de hablar. Se veía preocupada y Kirkland intentó quitarle parte de sus preocupaciones.

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- No puedo creerlo, mi pequeña hermana…- El suizo se cruzaba de brazos; no estaba molesto, pero si sorprendido.- Y yo como hermano, estando a cargo de ella… no me di cuenta y necesité que me lo hiciesen notar…- Cerró sus ojos, algo en su pecho le pesaba. Culpa, seguramente.- Es imperdonable, ella debería volver a Suiza con nuestros padres, no soy digno de cuidarla.-

- Sí, sí, pero dejémoslo para otro día, ¿vale?- Francis lo invitó a la sala. Su intención era ayudar a la menor de los Zwingli, no perder a su mejor alumna. Además, que alguien lo superase en dramatismo lo dejaba un poco anonadado.- Ella está bien, tú la cuidas lo mejor que puedes y…-

- Pero no es suficiente.-

- ¡Claro que es suficiente! Tu amor fraternal por ella lo supera todo, ¡superarán esto, ya verás! Llévala a clases de cocina y descubrirá lo delicioso que es comer equilibradamente. Y de paso se convertirá en una buena futura esposa.-

- Tal vez, tal… ¡oye!-

- Au revoir.- Francis empujó a Vash a la salita y le hizo un gesto a Arthur para que entrara rápidamente. Ambos hermanos se miraron un momento, Vash suspiró.

- Vamos, Liliam.-

- Sí, hermano.-

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- Pensé que no vendrías hoy.-

- Una amiga me dijo que no me convenía faltar hoy.- Una amiga peluda llamada Caroline.

- Es una amiga muy lista.- le respondió Francis. Se dirigió a una puerta lateral y mal ubicada; estaba junto a la puerta de entrada a la sala de prácticas y no se podía abrir si la otra no estaba cerrada. Pero Francis ya estaba acostumbrado a trabajar con ese simple inconveniente. La abrió y prendió una luz, dejando ver pelotas, listones, aros y otras tantas herramientas.

- Ayúdame con esto, Arthur.- El británico entró al cuarto y lo encontró intentando levantar una viga puesta sobre dos patas.

- ¿Quién es el enclenque?- le dijo, ayudándolo por el otro extremo de la barra. Pesaba, bastante. Resoplando lograron sacarla de allí y dejarla en el otro extremo de la habitación, donde no molestase a quienes fuesen a practicar.

- ¿No está muy lejos?-

- No pienso guardarla en un buen tiempo, petit.- Le respondió Francis, apoyándose en la barra.

- ¿Y para qué la quieres?-

Francis sonrió, mirándolo de lado.


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Aquí un intento de glosario:

Chilenismos:

-Retorcijón: retortijón. (La palabra correcta es retortijón pero me da cosita usarla)

-¿Qué esperai? Raspando: ¿Qué esperas? Lárgate.

- Tirarse al dulce: es algo así como coquetear, en este caso, se usa de un modo despectivo y se refiere a "sobrepasarse"

- Culiao: mala pronunciación de culeado. Malnacido, desgraciado. Seguramente proviene de alguien a quien "le dan por el culo" (como decir que una persona a la que engañan es "engañado". Un advervio inventado, en otras palabras.)

- Chesumadre: Concha de tu/su madre (su al referirse a una tercera persona) es un insulto muy repetido y tal vez el, en teoría, más fuerte de los insultos chilenos (?) Por lo general se dice de corrido y como una sola palabra. Derivados (o mejor dicho, formas de decirlo) son: conchatumare, conchetumenta (es más suavecito?), conchesumare, conchalalora (es como para no decir el otro.), chesumare. En este caso Manuel usa una versión en que se escucha sólo el final de la frase, como si se aspirara o rumiara las primeras sílabas.

- Tocata: Cuando una banda realiza una función no muy grande (?)

- Tirar: no sé cual es el verbo "real" para referirse al hecho de tener relaciones sexuales, aparte de "joder", que es utilizado por los españoles (al igual que "follar") y por otros paises en distintas medidas. Pensé en usar "coger", pero era muy fuerte (?). en Perú significa "cachar".

- Bototos: no sé si se dice así en todo el mundo, pero como con la ropa los nombres cambian de país en país (camiseta, polera, remera, como ejemplo simple) diré que son unos zapatos grandes, como de ejercito.

- Panqueques: son como los waffles pero más delgados y menos esponjosos (definición dada por la Real Academia de mi Hermanita Menor)- .blogspot _apEOVQZaaUE/S-rVCi4bLCI/AAAAAAAAGlA/RgFvpyZentw/s1600/panqueques+%281%29 .jpg

- Grifo: canilla en Argentina, llave (de agua)

- Polera: Remera, Camiseta. Esa prenda de tela por lo general delgada que se viste debajo del polerón y que en situaciones de extremo calor es la única que cubre el torso.

Argento:

- Mate: es su bebida nacional. La yerba mate (notese que no es hierba) Se suele tomar en una calabaza hueca (mate) con una bombilla y es muy rico.

Modismos españoles:

-Tío: tal vez el más conocido, es como decir "hombre", weón en Chile, o güey en México.

- Frutería: en España el término "verdulería" casi no se usa. En el original era "verdulería", pero como Toño es español...

- TQD: es una página española en la que se escriben cosas que uno piensa pero que no las puede decir por x razón. Son las siglas de "Tenía Que Decirlo" ( www .teniaquedecirlo )

Francés:

- Mon ami: amigo mío.

- Pardon. Perdón.

- S'il vous plaît: Por favor

- Au revoir: Hasta luego

- Petit. pequeño

Inglés:

- I, speaking with the frog like people? No, it was a dream: ¿Yo, hablando con la rana como personas? No, eso fue un sueño.

Recuerden que para las dudas, reclamos, sugerencias, acotaciones, correciones, insinuaciones, comentarios, impresiones y tomatazos pueden enviar un review.

Próximo capítulo: Liliam

¡Un premio a la que adivine como se llama el capítulo después de ése!