4634 palabra. Este capítulo me gusta mucho yeahhhhhhh

Resumen del capi anterior sería algo como "Francis se resfría y no va a sus clases, Arthur decide ir a pedirle su dinero de vuelta" Para más detalles consulte el capítulo anterior.


La Torpeza de tus Pasos: Capítulo 8: Ludwig

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Tenía una base infalible y sabía que Gilbert no podría lidiar con dos flancos a la vez. Las constantes llamadas de Lovino y el saber que era el único que aún no le vendía su local tenían a Gilbert bajo presión, y aunque su socia todavía no mostraba signos de preocupación, estaba claro que ella se sentía ansiosa.

Por eso Ludwig atacó primero la seguridad que le daba Hedevary al albino hablando directamente con la mujer. Se dio el valor una tarde semanas antes de navidad; Eli bebía un chocolate caliente que le había preparado Emma. La belga, sentada a un lado de la chica, desconocía las intenciones del alemán y al verlo entrar lo saludó como cualquier otro día. Gilbert sujetó con fuerza los hombros de la húngara acercándose por detrás, antes de empujar su mejilla con la propia sin poder evitar una gran sonrisa. Lo mismo hizo con Emma, para luego revolver los cabellos de su hermano menor mientras soltaba una peculiar risa.

Cuando el sonido de la moto del mayor de los Beilschmidt dejó de oírse, Ludwig peinó su cabello hacia atrás antes de sentarse junto a las dos mujeres e iniciar una simulación de conversación normal.

- Debería cuidarse más.- Comentó, disolviendo en agua caliente el café en polvo.- Últimamente luce muy cansado, tal vez se haya resfriado.-

- La entrada a la tienda se cubrió de nieve ayer. Tal vez se enfermó al estar paleándola y picando el hielo congelado de la vereda.- Comentó Elizabeta, preocupada por su mejor amigo y facilitándole sin notarlo el camino a Ludwig.

- Sus ojeras eran más pronunciadas de lo habitual.- Recalcó la belga, acariciándose con la yema de los dedos la barbilla. Los otros dos presentes la miraron anhelantes. – No le he vendido nada en mucho tiempo, a mí no me miren.-

Ludwig, aprovechándola oportunidad, fingió estar sacando una conclusión en plena conversación.- Posiblemente esté preocupado. Ayer lo oí conversar con Vargas y no parecía muy contento.-

- ¿Lovino llamó? Pero si nos hizo una visita…-

- Ha estado muy molesto estos últimos días, ayer lo escuché hablando por teléfono, tal como dice Lud.-

- Cuenta, cuenta.- La incitó Elizabeta, dejando su taza de lado y acercándose a la rubia.

- Gritaba y tenía el ceño fruncido… espera, a ver si recuerdo lo que dijo.- La chica miró el contenido de su taza, sujetándola con ambas manos y haciendo un esfuerzo por recordar. Ludwig agradeció la coincidencia de los relatos, puesto que se había inventado la conversación de su hermano con el italiano. Decidido a esperar a escuchar las palabras de la belga para sacarles provecho, se acomodó en su asiento. Nervioso, bebió café para mantener su boca y lengua ocupada y evitar decir mentiras que pudiesen ser descubiertas.

Emma ladeó un poco la cabeza y continuó. – Fue más o menos así: "Maldito bastardo, no puedes hablarme así. Maldizione, vuelves a decir eso y te golpearé hasta que mueras, maldito desgraciado." El resto no lo escuché porque cuando notó que lo miraba sorprendida se dio la vuelta y caminó en dirección contraria, pero parece que continuó amenazándolo e insultando.-

- Pero Lovino siempre insulta.- Trató de auto tranquilizarse Elizabeta.

- En esta ocasión lucía realmente molesto, incluso gesticulaba con las manos.- Se hizo un silencio en que los tres parecían meditar estas palabras, aunque Ludwig realmente sólo estuviese nervioso de que su plan no diese resultado.

- Después de tantos meses Vargas perderá la paciencia.- Dijo, calculando sus palabras para no decir nada de más que pudiese delatarlo. Meneó la cabeza en señal de desaprobación, mientras las otras dos pensaban en sus palabras. Después, Hedevary dijo lo que él estuvo esperando.

- Gilbert me preocupa.-

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- ¡Te he dicho que no me jales así, bastardo bruto!-

- Lo siento, Lovi, pero desde que ayer aceptaste acompañarme que estoy nervioso.- Confesó el ibérico, para luego agregar en su idioma. – Aprenderás desde el principio conmigo.-

- Te dije que no me hablases en español, maldición.- Lovino tiró de su brazo, sin lograr soltarse de los tostados dedos del español. El día anterior se había negado rotundamente a acompañarlo, no pensaba apuntarse a las clases que impartía el otro por nada del mundo, ¡su idioma era lo suficientemente bueno! Le bastaba con el desgraciado inglés como para complicarse con una tercera lengua, le bastaba con ser bilingüe, que el idiota de Antonio se volviese políglota si tanto quería.

Para evitar tropezar con sus pies debido al ritmo impuesto por las zancadas del mayor, Lovino no despegó su vista de las gastadas baldosas de la galería por la que Fernández lo conducía. En un patio interior Antonio se dirigió hacia una de las paredes, entrando a una saliente que daba la entrada a las escaleras, las que eran ocultadas por la pared. Desde el segundo piso el descendiente de italiano alcanzó a ver como dos chicas, una de cabello oscuro y otra rubia, caminaban tranquilamente en dirección a la salida justo antes de que el español lo soltase diez segundos para buscar unas llaves y abrir una puerta que traspasaron uno coma cinco segundos después.

- ¡Bienvenido!- Gritó el español, con una sonrisa de oreja a oreja. Vargas, soltándose bruscamente del anterior nombrado y sujetándose su muñeca antes prisionera con la mano contraria, miró ceñudo y rechinando los dientes una habitación de tamaño medio, con varios pupitres de esos que unen mesa y silla alineados y mirando una pizarra para plumón.

- ¿Por esto tanto escándalo? Este lugar apesta.- Antonio olisqueó el aire contrariado, sintiendo un sutil olor a flores para nada desagradable.

- Yo no huelo nada malo.- Comentó mirando inocentemente curioso al menor. Lovino se cruzó de brazos.- Pero si no te gustan esas flores podemos cambiarlas.- Antonio volvió a sonreír y se quitó la parka, caminando hasta su mesa. Al llegar a ésta se aseguró disimuladamente de que las flores no estuviesen descompuestas y al comprobar que no era así colgó la prenda en la pared.

- Venga, pásame tu abrigo para que lo cuelgue, aquí adentro no hace frío.-

Refunfuñando, Lovino obedeció, pero en lugar de entregarle su abrigo al estirado brazo de Fernández, pasó por su lado y lo colgó el mismo. Antonio, sin perder el ánimo por tal acto, cerró la puerta que daba al pasillo de la galería.

- Puedes sentarte aquí, enfrente mío.- Le dijo contento, estirándose por sobre su mesa y tocando el puesto del que le hablaba. Lovino, dedicándole una mirada de desprecio que duró unos segundos caminó hasta el final de la habitación y eligió una silla en el sector central de la última fila, donde se sentó. Antonio, destrozado, se dejó caer sobre su propia silla, mirándolo con pena.

- De seguro si me siento enfrente tuyo te olvidarás de la clase, bastardo.- Le hizo notar el italiano, estaba haciéndolo por él y el español idiota no se daba cuenta, era tan tonto a veces.

Con la cabeza levantada altivamente Lovino dejó su puesto y se encaminó hacia el profesor de castellano, parándose a su lado un instante mientras éste seguía sus movimientos con los ojos apenados.

- Quiero que veas mi trabajo, Lovino.- Le dijo con un puchero. Con un "serás idiota" el italiano se inclinó y lo besó, regalándole una mirada de advertencia tras separarse. El español asió su mano antes de que volviese a su puesto, por lo que Lovino se mantuvo junto a él unos minutos más entrelazando sus dedos con los tostados.

- Feliciano dijo que podías pasar Noche Buena con nosotros.- Le comentó. Antonio dejó escapar una suave risa. – Te recalco que fue idea suya. Quiere intercambiar regalos y todas esas niñadas que se hacen para la fecha.-

- Me encantaría, pero ya quedé con un amigo para ese día.- Le contestó, resignándose al hecho de que perdería tan buena oportunidad.

- Puedes venir con tu amigo si quieres.- solucionó el italiano en voz baja, sin mirar directamente al más alto. Antonio, feliz de que su decepción haya sido únicamente momentánea, acercó con su mano los dedos de Lovino y nos besó.

Vargas no retiró su mano disfrutando el suave roce de los labios ibéricos. Al menos hasta que llegaran los alumnos.

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- ¿Qué sucede?- le preguntó Cosette a Lily al ver como colgaba el teléfono público.

- Mi hermano no contesta.- Le comunicó la suiza, juntando ambas manos frente a su regazo.- Gracias por acompañarme, lo llamaré después así que no se preocupe por mí.-

- ¿Por qué no mejor vamos a comer algo juntas?- Le preguntó la mulata.

- Pero…-

- Después puedes volver a llamarlo, además, ya lo intentaste y es culpa suya si no te contestó.

- Tal-tal vez.- Dijo, cayendo en la tentación de seguirla. No acostumbraba salir sin la compañía de su hermano para algo que no fuera comprar en la tienda del barrio, y nunca le pedía permiso para salir con sus compañeras. Incluso los trabajos grupales le eran molestos ya que temía que su hermano no la dejase salir.

- ¿Vienes o no? Si no vienes me quedaré contigo hasta que vengan a buscarte.-

- No se tome la molestia, por favor.- Lily dudó un momento antes de aceptar.- Vayamos a tomar algo caliente.- Cosette, adaptándose velozmente al cambio de parecer de la menor, caminó unos pasos esperando a que la otra la siguiese. Media cuadra después viró en una esquina y se devolvió bruscamente para coger de la parka a un joven de aproximadamente su edad y tirarlo hacia un costado, quedando Emil sentado sobre la nieve y con un pie de Cosette sobre su hombría.

- Si no quieres quedarte sin hijos más te vale decir por qué nos sigues.- Lily, reconociendo inmediatamente a su cómplice le sujetó el brazo a la otra muchacha, tratando de explicarse.

- El…- Pero Cosette no la escuchó, ya que miraba desconcertada una cajita plástica que el muchacho le extendía.

- Vine a devolver esto.-

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Ludwig se retiró con la excusa de que debía ir a buscar unos libros sobre la historia de la aritmética a casa de… alguien. Elizabeta esperó a que el alemán se marchara para cambiar el tema trivial de conversación con el que habían aligerado el ambiente creado gracias al alemán.

- Y ahora, ¿cómo está tu hermano?-

La belga se tomó su tiempo antes de responder.

- Mejor.- y luego, con una sonrisa satisfecha.- Ayer casi dice mi nombre.-

- ¿Emma?-

- Dijo "em" y se trabó en la eme, pero estoy segura de que su intención era llamarme.-

Elizabeta no tuvo corazón para mostrarle a su amiga que su hermano podría haber balbuceado esa sílaba aleatoria como venía haciendo desde hace tiempo con muchas otras. Piet Hein no hablaba desde que se había roto la cabeza al tropezar en unos escalones húmedos hace aproximadamente un año, cuando con su Emma visitaban Inglaterra con la tranquilidad de un par de turistas.

Posteriormente al accidente se descubrió un derrame cerebral como consecuencia a un coágulo de sangre en las venas, lo que explicaría su caída y el por qué no hizo nada para proteger su cráneo. El hombre, tres años mayor que su hermana, podía moverse con lentitud e incluso realizar actividades que significasen una gran motricidad fina de sus manos, pero el caminar era un problema todavía al igual que su capacidad de modulación y de entendimiento. El área de comprensión del lenguaje se recuperaba poco a poco.

Por otra parte, se temía que el golpe que le rompió el cráneo en el sector frontal hubiese dañado el lóbulo encargado de las emociones. Para alegría de la belga, esto último era poco probable.

Para poder cuidar al mayor fue que Emma extendió su visita al país isleño y tuvo que buscar un trabajo que no le pusiese inconvenientes por el papeleo, encontrándose con Lovino a las pocas semanas.

- Pero aún se cansa rápido; dejé una tela guía para que bordara y sólo avanza unas puntadas cada día.- Le comentó, decayendo su ánimo. La húngara le apretó la mano cariñosamente.

- ¿Quieres un chocolate?- Le ofreció.

- No, gracias.- Emma rechazó la oferta al tiempo que alejaba su mano de la protección de su acompañante, para luego empujar su silla y levantarse.- Lovino me pidió que le dejase un paquete a su hermano.-

- Dale saludos a Feliciano de mi parte.- La belga la miró un momento, extrañada.

- ¿Lo conoces?-

- Mi mamá lo cuidaba cuando era pequeño. Y como se quedaba en nuestra casa le tomé cariño.- La húngara se enterneció al recordar al pequeño Feliciano. Y aunque era un secreto entre los dos que seguramente el menor ya no recordaba, extrañaba tener quien se dejase vestir por ella.

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Ludwig cortó la llamada al llegar a la esquina de la calle en que vivían los Vargas. Buscó una casa que encajase en la descripción que Feliciano le había dado y llamó al timbre.

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Heracles levantó a uno de los gatitos que estaban dentro de la caja y lo examinó con un gesto un poco ausente. Luego lo sostuvo de espalda mientras el pequeño comenzaba a llorar ante la inusual posición.

- Hembra.- Dijo lentamente, para luego dejarla en la caja y levantar al siguiente gatito con el que repitió la operación. Realizó el mismo examen con cada minino y después se levantó sosteniendo la caja; le había resultado imposible decidirse por uno y terminó por llevarse todos.

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Arthur se acuclilló para dejar a Caroline en el piso y desde esa perspectiva le dirigió una mirada al edificio. Le dirigió un último vistazo a su mascota antes de entrar y comunicarle al portero que venía a ver a Francis Bonnefoy, mencionando el número del departamento y soportando el escrutinio de su apariencia. Cuando le permitieron pasar se convenció a sí mismo de que seguramente Francis llevaba a demasiadas personas a su departamento como para recordarlas a todas, lo que impedía al guardia decidir si él era uno de tantos o no. Se molestó con su pensamiento; él no era "otro más", ni siquiera estaba en la lista. "Bloody guard"

Bajó del ascensor en el pequeño pasillo que daba a la puerta del gabacho. Después de llamar a la misma, se preguntó si realmente Francis estará enfermo y si no se había fugado con una amante por el tiempo que tardaba en abrirle.

Al sentir la puerta abriéndose, devolvió su atención al frente, descubriendo a un despeinado y aparentemente moribundo francés, quien lo miraba entre sorprendido y molesto. Sin esperar a que lo invitasen, apartó al enfermo y entró.

- ¿Llamo a la funeraria o una ambulancia?-

Francis lo ignoró.

- Si viniste a molestar puedes irte, no atiendo a cocainómanos cuando estoy enfermo.- Tras lo cual se dirigió a paso desganado hacia su habitación. El inglés lo siguió.

- No esnifo cocaína, bloody silly. Vine a que me devuelvas el dinero de hoy.-

- Harina, bicarbonato, me da igual que tan desesperado estés.- Arthur se quedó en el umbral de la puerta de la habitación principal, mientras que el dueño de casa se desplomó cercano a la muerte en su cama. Mientras se cubría prosiguió. – Tampoco te devolveré tu depósito para que te lo gastes en maltratar tu cuerpo, así que puedes irte.-

El inglés, sobrepasado con los descarados comentarios del mayor se adentró en la habitación y con los brazos cruzados comenzó a dar pisadas impaciente con la punta de su pie derecho.

- Necesito ese dinero para pagar el metro. Y no tengo porque explicarte en que gasto el dinero que me gano.-

- Unas cuantas monedas no harán la diferencia, espera dos semanas más y tendrás tu clase.-

- Necesito el dinero ahora. Dámelo y cuando cumplas con mi clase te pagaré.-

Francis tomó la almohada que estaba junto a la suya y se cubrió el rostro.

- Dios, ¿por qué me odias? Que tengas hemorroides no es mi culpa.- Arthur no comprendió la frase dicha en otro idioma, pero sí lo que continuó.- Lárgate, me siento morir. ¿Recuerdas que te cuidé el otro día? Págame ahora y lárgate, por favor.-

Arthur, indefenso ante la petición del francés y recordando las advertencias de Gilbert salió de la habitación sin despedirse. Francis suspiró y se permitió un descanso de su propio dramatismo hasta que sintió nuevamente una presencia en la habitación.

- Dios, dime que has enviado al ángel de la muerte a buscarme y no a unas cejas mutantes a incordiarme.-

- Deberías agradecerme que esté aquí.- Francis retiró la almohada de su rostro y vio al inglés sosteniendo un vaso en una mano y un jarro de limonada en la otra.

- ¿Es ese el elixir de vida que preparó mi hermana antes de abandonarme a mi suerte?-

- La limonada te hará bien, déjate de llorar y bebe un poco, tus labios están tan resecos que podría usarlos como papel secante.-

Francis se incorporó en la cama y recibió el vaso en que Arthur previamente virtió jugo.

- ¿No te irás?-

- Quiero mi dinero. Tú me cuidaste y te pago cuidándote, no con libras.- Francis aceptó el argumento.

- ¿Nadie te espera en casa? ¿Tu novia?-

- No tengo novia.- "Ni la tendré nunca, no me gustan las mujeres."

- Tu novio.-

- No soy como tú.-

- Tu familia, alguna mascota.-

- Vivo solo y… mi gata está esperándome afuera.- Francis sonrió.- ¿Hay algún problema?-

- Eres la primera persona que conozco que lleva a su gata consigo.-

- Tuve que sacarla de mi departamento, estoy buscando un hogar temporal.-

- No pagaste el arriendo y te desalojaron. No sé si recuerdes o estabas demasiado drogado como para hacerlo, pero te dije que…-

- … Que era mejor pagar cada mes para tener tu casa propia, sí, lo recuerdo.-

- ¿Entonces?-

- Van a fumigar y mientras busco donde vivir la llevo conmigo.- Ambos guardaron silencio, mientras en la sala un canto agudísimo se hizo oír. Francis dejó el vaso sobre su mesita de noche y pestañeó, descubriendo que el inglés era Flash o su hermano, porque no estaba junto a él. Luego notó que la luz que entraba a su cuarto tenía un tono distinto al de unos segundos antes, e incluso el ambiente en la habitación era forzosamente calmado, además de pesado.

- ¿Arthur?- El inglés vislumbró dentro del cuarto tapando el auricular del teléfono.

- Gracias, realmente estoy muy agradecido por tu ayuda.- El británico se mantuvo un momento con la boca abierta y lamiéndose los labios, escuchando la respuesta de su interlocutor.- Llevaré a Caroline y luego voy por las llaves.- Francis veía como el menor jugaba con el piercing de su labio, haciendo subir y bajar la pelotita que sobresalía.- Se cuida sola, no necesita de nadie.- Francis buscó sobre su mesita de noche su despertador; eran las seis de la tarde.- Okey, bye.-

- Buenas tardes.- Lo saludó Arthur mientras hacía girar su celular en su mano. Luego, como recordando algo, añadió.- Frog.-

- Buenas tardes.- Francis se extraño del tono calmado del otro rubio hasta que cayó en cuenta.- ¿Pastillas?-

Arthur miró el celular, deteniendo sus giros, y se pasó la mano por la nuca. Mientras contestaba se sentó en la cama.

- Son relajantes y lo necesitaba. Fue sólo una esta vez.-

Francis reparó en su mechón verde y en las raíces de éste que comenzaban a mostrarse rubias.

- Bueno, no importa. ¿Dijiste que me cuidarías, no es así?- Arthur asintió.- Tengo hambre; en la cocina hay ingredientes, prepárame algo.-

Arthur, feliz por la petición, se levantó rápidamente. Francis se levantó y se dirigió al baño, tras lo cual se cambio de pijama y revisó su teléfono. Abrió la ventana distraídamente mientras leía un mensaje de texto dejado por su hermana. Le avisaba que se irá directamente a casa de sus padres y que estaba bien.

Echó la ropa de cama hacia atrás, y abrigándose con un chaleco se dirigió a la cocina. Allí, Arthur lavaba y picaba unas verduras al tiempo que silbaba. Sin darle importancia buscó en los cajones un sobrecito con analgésico en polvo para prepararse.

Al pasar a su lado para llenar el hervidor con agua, notó que los trozos de verdura estaban cortados muy gruesos. No le dio importancia, como tampoco hizo luego cuando el inglés puso a sofreír las verduras con el aceite frío, o cuando le agregó comino, canela y sal en exceso a la sopa que estaba preparando.

Pero si le dio importancia cuando le sirvió una sopa de verduras humeante y con grandes manchas de aceite. A su lado, el británico se sirvió a sí mismo una porción y comenzó a cucharearla para que se enfriara.

- Te hará bien consumir líquido.- Le dijo, con unos fideos delgados colgando por la comisura de la boca. ¿En qué momento le agregó fideos?

Francis probó su cena; tenía un notable sabor a aceite y la canela parecía fuera de lugar. Las rodajas de zanahoria eran tan gruesas que por dentro estaban crudas. Y la sal…

Francis se levantó abruptamente pero disimulando su necesidad de agua. Se sirvió un vaso con agua y le ofreció uno a Arthur, quien lo rechazó con un movimiento de cabeza. Francis agradeció haber perdido su sentido del gusto gracias a la congestión y regresó al podio de tortura, perdón, al mesón de la cocina. Terminó de cenar y Arthur se levantó con ambos platos para fregarlos.

- Arthur, ¿cuándo fue la última vez que cocinaste?-

- Ayer o anteayer.- El inglés se volteó.- ¿Why?-

- Parecía que no hubieses visto una olla en meses, tu mano no es precisamente deliciosa.-

El inglés frunció el ceño.

- Cocino constantemente. Que tú no puedas apreciar el buen sabor de mi comida debido a tu catarro no es mi culpa.- Francis bebió un sorbo de su infusión antes de preguntar.

- ¿Y qué cocinas?-

- Scones.- He allí la madre del cordero.

- ¿Nada más?-

- Como en mi trabajo.- Francis soltó un "ah" antes de que el inglés prosiguiera.- Es común que sobren trozos de tarta o de sándwiches.-

- No puedes alimentarte así. Ven mañana a cenar y te mostraré lo que es una verdadera comida.- Arthur cogió un paño y principió a secar los platos.

- No entiendo, ¿Por qué te preocupa tanto lo que como o no? Es lo mismo con Lily, nuestra dieta es problema nuestro.- Arthur creía que Francis era un metiche y por tanto no se esperó su respuesta.

- Porque sin ustedes yo no soy nada.-

El inglés no insistió en el punto, simplemente calló pensando en la respuesta de Francis.

- Mañana nos veremos entonces.-

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La discusión llevaba media hora transcurrida desde que Elizabeta tratara de hacer entrar en razón a Gilbert. El alemán, furioso de que su mejor amiga no le mostrase su apoyo como venía haciendo, se negó a escuchar argumentos.

- ¡Desconfías de mi persona! ¡Traidora, manipuladora! ¡¿Qué porcentaje te ofreció ese cerdo?!-

- ¡Lo digo por mí, Gilbert! ¡Eres un orgulloso ególatra!-

Ludwig escuchaba los gritos desde detrás de la puerta de entrada, sin estar seguro de si debía entrar o no. Escuchó unas puertas cerrarse de golpe, retumbando el ruido en su pecho. El menor de los Beilschmidt estaba asustado, y escondiendo su miedo en un rostro serio abrió la puerta.

La belga ya no estaba en la casa y en una esquina Roderich lo saludó con una inclinación de cabeza; el austriaco tenía los brazos cruzados y presenciaba en casi total silencio la escena. Casi total por los ácidos comentarios que le dirigía de vez en cuando a su ex pareja.

- Ella tiene razón, Gilbert.- Le dijo a media voz, inclinándose un poco hacia la puerta por la que el albino desapareciera segundos antes sin descruzar los brazos. Gilbert abrió la puerta segundos después con una mochila en una mano y su abrigo en la otra.

- No me interesa saber la opinión de ustedes, ¡no valen nada!-

- ¡GILBERT!- Gritó la húngara, mientras Ludwig se separaba de la puerta y Roderich le dirigía su atención a sus uñas.

- Tal vez Ludwig tenga algo que decir.- Sugirió el austriaco como quien no quiere la cosa. –Pregúntale, de seguro tiene una sabrosa opinión respecto a tu mala relación con Lovino.- Sin despegar su vista de sus interesantes uñas. Ludwig, temiendo haber sido descubierto, "¿En qué momento?" abrió la boca para dar una respuesta neutra, cuando Elizabeta volvió a atacar.

- ¡Prefiero trabajar sola que con un inconsciente como tú!-

- ¡Pues trabaja sola, no quiero volver a verte en mi local, puta barata!-

- No es necesario tomar decisiones tan precipitadas.- Intentó intervenir el menor de los alemanes.- Sentémonos a conversar…-

- ¡No te metas Lud! ¡Esto es entre la amachada y yo!-

- ¡Déjalo que opine! ¡Está de acuerdo conmigo! ¿No es así, Ludwig?- Roderich levantó la cabeza, fijándose en el rostro del rubio y estudiando sus reacciones.

- ¿Es eso posible? Ludwig dudando de su hermano, ¿te atreves a insinuar tales cosas, Eli? Que descaro.-

- Por supuesto que West me apoya.- Exclamó el albino haciendo referencia con el apodo a su hermano.- ¿No es así, Lud?-

- Bueno, yo…-

- Déjalo, Gilbert. No quiere decepcionarte.- Allí nuevamente estaba Edelstein y sus comentarios ponzoñosos. Ludwig se sentía completamente desnudo frente al austriaco, como si cada palabra que dijese Roderich estuviera dirigida a él.

- Cállate, señorito, él tiene su propia opinión en este asunto.-

- La verdad, hermano, opino igual que ellos.- El albino se sorprendió por la respuesta, dirigiéndose esta vez a su hermano con sus gritos, a pesar de que intentó moderarse.

- ¿Quién te metió esa idea en la cabeza? ¡Dime cual de estos malnacidos fue!-

- Vargas.- Una arruga apareció en medio de las cejas del mayor.- Feliciano Vargas, el hermano de Lovino.- No fue necesario que dijese más para que los presentes comprendiesen su situación y para que el austriaco iniciase un aplauso que no tuvo seguidores.

- ¡Bravo Gilbert! Debes tener la mejor cara de idiota que he visto en años.-

Gilbert reaccionó a las palabras de Roderich abalanzándose sobre la puerta de entrada, abriéndola y oponiéndose al viento y la nieve. Elizabeta lo siguió y lo único que pudieron escuchar el austriaco y el alemán fueron más gritos y el motor de la moto del albino.

- ¿Desde cuándo lo sabías?-

- ¿Ich? No tenía idea.- El austriaco se dio la vuelta y caminó hacia su habitación. –El espectáculo terminó, circulen.-

Ludwig se sostuvo ambas sienes con una mano, apoyando el codo en su otro brazo, mientras este último rodeaba su abdomen y se sujetaba con su mano del costado. Suspiró; ahora su secreto no era tan secreto.

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- Capitanía, kesesese. Soy yo, Orden.- Gilbert se detuvo junto a la acera, mientras los copos de nieve se percibían únicamente al pasar frente a los escaparates iluminados. – Necesito un lugar donde dormir hoy, ¿puede ser en tu casa?-

Manuel guardó en el bolsillo de su delantal unos billetes que le habían dejado sujetos en el elástico de sus calzoncillos azules. La música de fondo y el parloteo de la gente no le impedían escuchar la petición de su amigo. Miró a Gary, quien secaba unos vasos detrás de la barra y le contestó.

- Perdón, Orden. Pero mi casa ya está ocupada.-

- ¿Caíste en la tentación?-

- No, amermelao. Reino se quedará en mi casa.- Gilbert miró hacia el cielo, sosteniendo el teléfono contra su oreja.

- No importa, danke.- Manuel no alcanzó a responder cuando el albino ya había cortado la llamada.

Gilbert buscó entre sus contactos y eligió uno. El tono de llamada duró unos segundos interminables antes de que le contestaran.

- ¿Unión? Tengo un problema.-


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La personalidad de Austria la basé en como lo describen Aceite y Agua, aunque no creo que realmente sea así. Espero haber captado bien el cómo ellas lo llevan.

Se acabó, espero que lo hayan disfrutado porque éste era el último capítulo. Arthur muere de una sobredosis, MFrancis se contagia de VIH, Cosette escapa de su casa y se marcha a un pueblito pesquero. Lovino, al no ceder Gilbert y no poder vender la cuadra a la inmobiliaria no pudo conseguir el dinero para pagarle a los bálticos por el dinero prestado, incluyendo los productos que Feli y la rusa perdían... bueno, digamos que lo pillaron dado vuelta, literalmente, dentro de un closet. Iván necrofilió su cadaver... a Martín y Yao los deportan y Manuel ni se entera, vuelve en unos meses a Chile. Lily deja a Ana por otra -Mia- y Emil se vuelve un pandillero. Emma toma el mando de los negocios de Lovino y deja a su hermano en un hospital para luego largarse con el dinero. Felicano se embaraza y Ludwig lo hace abortar, pero sale mal y el italiano queda infertil de por vida. Espero les haya gustado el desenlace.

Hoy no hay glosario porque estoy cansada...

pero intentaré algo simple:

"He allí la madre del cordero", se dice cuando se descubre el origen de un problema.

Amermelao: viene de amermelado y significa algo como tonto, lento.


*Bien, bien, soy mala para mentir. El próximo capítulo no sé si lo tenga para la próxima semana; empiezan las clases y el ritmo cambia. No pienso dejar la historia botada, pero conociendome, sé que perderé el hilo si no me mantengo activa. estoy barajando la posibilidad de continuar con las actualizaciones semanales pero bajando el número de palabras (1500-2000 más o menos) o intentar mantener las 4.500 mensuales... o tal vez tenga más retraso o menos retraso, no lo sé. Empiezo cuarto medio y tengo un nudo en el estómago... los quiero *se larga a llorar*

Próximo capítulo: Matthew

Acepto que era difícil de descubrir porque sólo lo he mencionado una vez.

Descubran el que le sigue... no es tan difícil, es casi obvio, vamos, yo sé que pueden.