7mil y algo palabras. Capítulo editado, ¡pude recuperar mi disco duro, yeah! Así que encontrarán injertos aquí y allá. En mi opinión era mejor el original, no el que publiqué, pero ese tampoco estaba taaaan malo. Ahora los mezclé. La idea sigue siendo la misma. ¡Recuerden los reviews!

Escribo sin fin de lucro.

Hetalia Axis Powers y todos sus personajes-entiéndase todos aquellos torpes-pertenecen a Hidekaz Himaruya.


La Torpeza de tus Pasos: Capítulo 9: Matthew

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El teléfono sonó en la residencia de los Kirkland y el único habitante de la casa presente estaba cuchareando un cuenco que contenía un líquido dulce. El joven se sobresaltó e instintivamente miró hacia la puerta de entrada, esperando ver a su madre con una mirada de reproche.

La segunda vez que el pitido se hizo presente el chico se levantó abruptamente de la mesa y corrió a tomar el auricular, llegando cuando el tercer llamado sonaba acusatoriamente en la casa vacía -la escena de su fechoría- interrumpiendo el timbre y contestando con prontitud.

- ¿Aló?-

- Ma-Matt! Are you, bro?- La voz de Alfred se escuchó entrecortada, aunque el menor de los hermanos aseguraría que no se debía al océano que los distanciaba.- Bro! ¡Tanto tiempo!-

- Alfred? Are you right?-

- Sí, por supuesto que sí. ¿Cómo no estarlo si me encuentro en el país más maravilloso del mundo? Hahaha.

- Te oyes un tanto…-

- ¡No importa! Llamaba para decirles que vuelvo a casa.- Alfred interrumpió a su hermano con una energía fingida, riendo frenético junto a la bocina; esperaba que le contestará su madre o su padre, no su gemelo.- ¡Llegaré para año nuevo!-

- ¿A-Alfr…?- Con una risa fuerte y mecánica, el mayor cortó la llamada. ¿Qué clase de llamada fue ésa? Comprendía que debía ser caro llamar desde Estados Unidos, pero el mayor de los gemelos Kirkland no había dejado transcurrir ni un solo minuto de conversación.

Matthew quedó estático en su lugar, tratando de asimilar lo que su hermano le había dicho. Qué volvía. Que Alfred volvía. A casa. Con él.

No escuchó la llave en la cerradura ni los pasos de su madre, casi imperceptibles para quienes no tuviesen sangre Williams corriendo por sus venas.

- ¿Llamó alguien, honey?-

Matthew continuaba sin contestar, hasta que un grito lo sacó de su ensoñación.

- ¡Matthew Kirkland, te he dicho un millón de veces que no te comas…!

Ups… el sirope.

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Cuando Manuel –a eso de las cuatro de la mañana- entró en su casa, el olor a marihuana y el de su cigarro chocaron, se reconocieron y se mezclaron. Con la puerta abierta, inhaló por última vez el humo de su cigarrillo y lo retuvo en sus pulmones el mayor tiempo posible, antes de soltarlo largamente y adentrarse en territorio verde.

Kirkland, atravesado en el sillón y con la guitarra descansando sobre su regazo, se dejaba perder entre los aromas y la fluidez del ambiente en que estaba inmerso.

El latino dejó las llaves y su mochila en la mesa y se acercó a él. Su huésped le extendió el pito y lo recibió sin mediar palabras, para luego apagar su cigarro contra el cenicero y darse a la labor de catar la marihuana. Mientras, el británico comenzó a tocar algunos acordes a medida que estos surgían en su mente, quitándolos de canciones ya conocidas y reordenándolos a su manera, cambiando sus escalas y desfigurando sus notas, hasta llegar a una tonada íntegramente nueva.

Manuel se arrojó en el sofá y estiró su mano por sobre el brazo de éste para encender su radio.

Arthur frunció el ceño cuando desde los parlantes se escuchó una melodía casi alegre; se esperaba una melodía un poco más fuerte, no simples guitarras acústicas.

Manuel se levantó tomando impulso y le devolvió el pito, dirigiéndose luego a la cocina.

- ¿No tienes música de verdad?- Se escuchó la voz de Arthur desde la otra habitación. Manuel abrió el refrigerador y tomó una botella de cerveza (misteriosamente las latas que comprara el día anterior no estaban) antes de abrir un compartimiento que estaba un poco por sobre la altura de sus ojos y buscar con estos unos vasos.

- Escucha el bajo.- Le contestó tardíamente, mientras elegía un par de vidrios.

Arthur, que mantenía su cabeza en una posición adecuada para ver parte de la cocina, recargó pesadamente su nuca en el brazo del sillón y cerró sus ojos; paseando sus dedos con suavidad por sobre las cuerdas de la guitarra sin llegar a tocarlas detectó el instrumento mencionado.

Una minúscula sonrisa gatuna.

- Es un bajo.-

- Sí.- Manuel salió de la cocina y le extendió un vaso, Arthur abrió un ojo al sentir el frío vidrio cerca de su rostro y dejó que el chileno se lo llenase.

- No es eléctrico.-

- No.- El hispanoamericano se sentó en el sofá y resopló cansado.

- ¿Cómo se llama?- Manuel dudó entre darle el nombre original del grupo o si traducirlo.

- "La primera vez" de Los Tres.- Después la traducción de ambos nombres.

- Bloody band.- El británico se llevó la cerveza a los labios.

Manuel se acomodó en su lugar.

- ¿No tienes una entrevista de trabajo en la mañana?-

- Reunión con mi jefe, reunión con mi jefe.- El inglés batió suavemente el vaso mirando su superficie, como si estuviese interesado en el movimiento de la escasa espuma. – La reprogramaron para el veintiséis. Una falta de respeto total, sólo para decirme después que soy demasiado joven, o que me falta experiencia o…- la voz de Arthur desapareció en un murmullo. Manuel buscó un nuevo cigarro en la cajetilla que tenía en el bolsillo de su chaqueta. Antes de encenderlo, decidió quitarse esta última.

- Tampoco importa, me juzgan por creer que soy un intolerante y ellos no respetan mis diferencias. Como la rana idiota, mientras mis avances no le golpeen en la cara los ignora.- Dio un sorbo- De algún modo, ambos esperan que me abra de piernas.-

Manuel abrió la boca para responder, pero pronto la cerró. ¿Qué podría decirle? ¿Qué debió pensar el cómo afectaría a su vida laboral su imagen personal?

- Tú sabes que así son las cosas, hay que adaptarse no más.-

- Son of a bitch…- González supuso que se refería a su jefe o en su defecto al francés.- Mi trabajo es mi trabajo, mi vida personal es mi vida personal. ¿Para qué darme esperanzas con ediciones importantes si no me ascenderán?-

- Weón, para con tu mala sangre, me vas a dejar un mal recuerdo.-

Arthur lo observó agacharse a conectar el cable de la guitarra a la radio.

- Verdad que mañana te vas…- Probó la afinación de la guitarra, vigilando sus dedos.- De todos modos, si fuese una persona como la que creen que soy, no te tendría de amigo. Meternos a todos en el mismo saco.- Un chasqueo de lengua. – Al final, me juzgan por quien creen que soy, limitando sus ya de por sí limitadas mentes a una imagen que ni ellos mismos llegan a comprender del todo.-

Manuel supuso que el rubio llevaría mucho tiempo dándole vueltas a lo mismo y que simplemente buscaba a un oyente.

- Te traeré un indio pícaro de recuerdo.-

- ¿Un qué?-

- Ya vai a cachar.-

Kirkland alzó una ceja, comprendiendo el sentido de esa oración que ya había escuchado muchas veces, y dejó el tema, volcándose a que sus dedos recordaran la digitación.

- ¿Qué letra le pondrías?- Consultó tras acertar a las notas.

El chileno lo pensó un momento, escuchando la melodía una y otra vez sin llegar a descifrarla, únicamente calzando las sílabas en su mente con los tiempos.

- Autorreferente; la supervivencia de la especie humana es un sueño. / Dentro de mi burbuja, sólo existe mi familia. / La procreación es un bien escaso. / La perpetuación de la especie humana se estudiará en los libros. / Se aprenderán en las cifras de los doctos en Historia. /Un país necesita población joven. / Y la píldora no se entrega/ El aborto tampoco/ Porque un país necesita población joven y mano de obra. / Y quienes manden sin hijos.

- No está mal.- Le concedió el inglés.- Pero en el Reino Unido el aborto sí es legal. Y la píldora también.-

- Sorry, weón.- Manuel se sirvió más cerveza.- Me programo el chip chilensis desde ya.-

Arthur le pidió un encendedor al latino, para luego encender su colilla y calar su pito. Se acordó de Emma.

- ¿Puedo pedirte un favor antes de que te vayas?-

- ¿Cuál?-

- ¿Tú mañana te devuelves a buscar tus cosas antes de irte, verdad?-

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- ¡Y sho te amaré, te amaré por siempre. Nene, no te peines en la cama, que los viajantes se van a atrasar!-

Arthur mataría a ese argentino, lo juraba por su madre –bueno, su otra madre-, sin embargo, más allá de la canción del latino atlántico fue el grito que dio el latino pacífico –que de pacífico poco tenía en estos casos- para hacerlo callar lo que le provocaba ánimos asesinos.

- ¡CALLATE CONCHATUMARE ¿TE CREÍ QUE ESTAMO' EN LA FERIA QUE GRITAI COMO AWEONAO? SON LAS OCHO DE LA MAÑANA, CARAJO, TE SACARE LA MIERDA, YA VAI A VER, SACOEWEA HIJO DE PUTA!-

Todos los días sería iguales en su estadía en aquella casa. Y Arthur se reía para sus adentros dándose cuenta de que tarde o temprano su amigo caería. Tan predecibles y volubles que son los jóvenes. Soslayando que Manuel y él compartían sus veintitrés años.

Suspiró pesadamente, ¿cuántas horas había dormido? Con pesadez se tocó las últimas perforaciones de su cuerpo y se indignó con el dolor. Se lamió bajo el labio empujando su piel. ¿Cuánto llevaba sin usar un aro allí? Si no se había cerrado el agujero, hoy se pondría uno; después de todo la rana lo había invitado a comer.

La mañana avanzó con regularidad, Manuel le dejó algunos encargos –regar el copihue que compró en Inglaterra, no dejar entrar a Martín, no mover de su rincón su colección de The Clinic- y por último le comunicó que no llevaría su portátil.

- Quiero desconectarme un rato, a ver si paso más rato con Miguel y Julio.- Le explicó, refiriéndose a sus hermanos. -¿Alguna vez te dije que también lo soy?-

- No…- Arthur no sabía si sonreír o si simplemente permanecer como estaba, escondiendo su incertidumbre en el tono sarcástico, ¿realmente era algo tan importante? – Ahora faltaría que Unión y Orden también lo fuesen.-

- Ja, imposible, Gilbert me confirmó que su hermano es su hermano.- Ambos callaron. No existía una real razón para aquel comentario, pero de algún modo Arthur comprendía que al chileno le costara aún asimilar su situación, más que nada porque se había enterado hace poco, a diferencia suya, que desde hace varios años lo sabía.

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Berit miraba inexpresivamente al suizo que escrutaba con sus inquisidores verdes a su hermano menor. Lily, sentada cerca de su hermano sonreía inocentemente, girando a ratos su cabeza hacia el joven sentado y hacia su hermano.

- Entonces, su intención es ser un amigo de Liliam.-

- Sí.- Respondió la noruega, cruzándose de brazos. Su cabello largo caía suelto por detrás de sus orejas y era tapado por una gorra azul.- ¿Algún inconveniente?-

- Ninguno, si ésa es realmente su motivación.- Vash relajó el gesto cerrando sus ojos, pero su entrecejo continuaba fruncido. Emil, a pesar de haberse mantenido inmóvil en lo que duraron las preguntas del rubio sobre su persona (todas dirigidas y respondidas por su hermana mayor) se apegó al respaldo del sillón. Tanta comodidad en un momento así le era torturante.

- Vendré a buscarlo en la tarde. Tal vez venga a buscarte con Densen, tal vez no… la encargada de la limpieza avisó que no vendría hoy y debo limpiar yo las aulas.- Se inclinó a besar las mejillas del chico de cabello blanco. Berit Bornjen colocó su bolso en su hombro y sin despedirse del dueño de casa, se inclinó sobre su hermano y le limpió sobre la ceja con saliva. – Y no te comas el regaliz de Mister Puffin.-

- ¡Hermana!- Emil se removió avergonzado, acercando su rostro al de la mayor y reclamándole con los ojos y la voz.

- Gracias por cuidarlo.- Dicho esto, la chica de cabello platino se fue hacia el jardín de infantes en que trabajaba.

El joven Bornjen quedó solo y expuesto a la presencia del suizo, por lo que se preparó para lo peor.

- Danke, bruder ¿podemos ir a mi habitación?-

- Por supuesto.- Le respondió concisamente. Lily, con tranquilidad se levantó y juntó sus manos frente a su regazo.

- ¿Vienes?-

Emil miró de soslayo al mayor, quien le advertía con la mirada que más le valía comportarse, y con paso veloz para su caminar habitual siguió a la rubia. Para Vash, la velocidad a la que se movía era realmente lenta y desinteresada.

Saliendo de detrás del sillón, el frailecillo les siguió a paso rápido.

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Cuando Kiku llegó a casa después de clases, no se esperaba que lo recibiera un llanto. Lastimeramente, un coro de vocecillas llamaban, pedían y vivían. El japonés siguió el sonido hasta llegar al living, en donde unos siete gatitos tanteaban a tropezones el piso con sus narices dando pasos temblorosos.

- Kiku.- La voz del descendiente de griegos a sus espaldas lo sorprendió tanto como la invasión gatuna, pero supo esconder su sorpresa en un gesto imperturbable.

- Heracles-san.- El de cabello negro se volteó y le sonrió, quitándose el bolso del hombro. -¿Por qué hay tantos gatos en su sala? Si me permite saberlo.-

El griego posó unos platos en el suelo y los llenó con el líquido blanco que cargaba en una caja.

- Estaban abandonados y como no pude elegir uno me los traje a todos.- El griego recibió el bolso del asiático y fue a guardarlo. -¿No te gustan?- Le preguntó al menor mientras se alejaba.

Kiku lo siguió unos pasos.

- No he dicho eso.-Aclaró, para luego agregar más para sí.- Demo, karera wa nana desu.- Se detuvo un segundo.- Tendrá que hacer algo respecto a ellos.- Le aclaró.

Por supuesto, Karpusi no comprendió la parte en japonés.

- Son muy pequeños, además…- Kiku miró hacia el suelo, repitiendo.- No podemos tener… siete gatos en casa, solos, mientras los dos estamos fuera. ¿Quién los cuidaría?-

- Tienes razón.- El más alto miró a su compañero con una mirada seria. "Es verdad, siendo tan pequeños necesitarán otros gatos para jugar". - Me ocuparé de ello antes de navidad.-

- Me alegra que lo comprenda.- Le sonrió el japonés antes de arrodillarse con la elegancia de su gente.

Levantó a los gatitos más alejados y los acercó a los platos, pensando en que sus antiguos dueños fueron unos irresponsables al dejar botados a unos mininos que aún no habrían sus ojos.

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Emma apuntaba una Uzi al suelo, con los ojos fijos en los tres hombres parados al fondo de la habitación. Estaba en un cuarto casi acabado, dentro de un edificio en construcción.

Lovino, delante suyo, dejaba un bolso deportivo de tamaño mediano en el suelo con mucho cuidado.

- Una subametralladora Sig y cargas, espero que la disfrutes, bastardo. Ahora las libras.- Exigió el italiano al hombre más cercano a él, levantando sugerentemente la mano con que sostenía una Luger.

El hombre sacó de su chaqueta -Vargas se crispó un poco- unos billetes que le arrojó sin cuidado, pero el castaño no se movió de su sitio ni siquiera cuando algunos chocaron contra su cuerpo. No bajaría la guardia.

- Esto no me gusta.- Susurró la chica de ojos verdes a su compañera para que no la escuchase nadie más.

- Ekaterine; recógelo.- Ordenó Lovino a su subordinada más cercana a la puerta. La belga sintió un movimiento detrás suyo y Ekaterine pasó por su lado, deteniéndose para entregarle su Uzi.

La chica de cabellos clarísimos se arrodilló y juntó los billetes. El tiempo parecía resentir su demora y se entretenía en tensar los nervios de los hombres presentes.

Emma estaba nerviosa, a pesar de conocer a medias lo que contenía el bolso. O principalmente por desconocer la otra mitad.

- Allí está todo, bastardo, cada bala.- Lovino retrocedió un paso, sin quitar la vista de sus acompañantes.- ¿Ekaterine?-

- Es la suma, señor.- Respondió la mujer, levantándose con el dinero y guardándolo entre sus senos.

- Más les vale cerdos que así sea, porca miseria.- Escupió el italiano.- Emma, Ekaterine, salgan.-

Ambas mujeres retrocedieron con prisa y pasos firmes.

Lovino se tardó un poco más, pero al verlo salir, Emma no fue capaz de hacerle ninguna de sus múltiples preguntas. Vargas la tomó del brazo y caminó a pasos rápidos hasta la salida de la construcción, con todos los nervios tensos. Si a ésos se les ocurría ocupar su recién adquirida arma ellos no…

Ekaterine le pisaba los talones, a un paso tan veloz como experimentada en la materia eran sus acciones.

Ni siquiera entre el gentío Lovino diminuyó la velocidad de sus pasos. Quería alejarse lo más posible.

Varias cuadras después Lovino soltó a Emma y se volteó a buscar a Ekaterine con la mirada. Cuando los tres estuvieron juntos, el italiano continuó su camino, utilizando sus pasos rápidos usuales.

- A mí tampoco me gusta, maledizione.-

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El rubio pasaba un paño por sobre una lámpara para quitarle el polvo. Yao empujó la puerta de entrada al local, cargando tres cajas pesadas e intentando avanzar. El argentino se dio su tiempo para evaluar su situación.

- Dejá que te ashude.- Martín avanzó hasta el chino y cuando iba a sacar la caja superior, sintió que le cargaban con las tres.

- Déjalas en la trastienda, quíng-aru.

Martín, tomado de sorpresa, llevó su carga refunfuñando hasta el depósito. Tomó aire y se preguntó que contendrían el cartón.

Mientras abría una, Yao apareció con otras dos y las dejó a su lado.

- A ver que tenemos aquí.- Canturreó Hernández para sí. Removió el papel de diario que cubría el contenido.- ¿Platos? ¿Y tazas?-

- Y juguetes, adornos, figuras de yeso-aru.

- ¿Pero para qué queremos todo esto, che?-

- ¡Se acercan las fiestas-aru!- El chino mostró una sonrisa antes de dirigirse de nuevo al sector visible de la tienda.- ¡La fortuna nos sonríe y debemos aprovecharla-aru!

Martín se fue a sentar detrás del mostrador y apoyó su rostro en su mano.

- ¿Qué haces sentado-aru?- Yao regresaba con dos cajas más.- Levántate y trabaja. El dueño de la camioneta no tiene todo el día y tú le haces perder el tiempo-aru.

- ¿Para qué, si de todos modos no me vas a pagar?-

- Sé útil y te daré un plato de arroz-aru.- Y luego para sí mismo.- Estos occidentales sólo piensan en retribuciones monetarias-aru.

Martín sopló su flequillo y se levantó nuevamente.

Alegró el rostro pensando que en unos días más sería navidad y podría invitar a Manuel a salir.

Wang comenzó a tararear una canción de moda en chino y el argentino recordó el factor "oriental" a propósito del anterior comentario.

- Che, por curiosidad, ¿qué haremos el veinticuatro y el veinticinco?-

- ¡Vender-aru!

Debió suponerlo. Dios, ¿en qué momento se le ocurrió buscar ayuda en un chino y no en un cristiano?

- Pero sho tengo planes… quería salir con…- Se quejó bajito y en castellano, siendo interrumpido por el mayor.

- ¡Qué insensatez-aru! Son los días que más se vende-aru.

El chino buscó sobre el mostrador una carpeta en donde guardó un recibo.

-¿De nuevo estudiando economía-aru? Pensé que te volverías a tu país-aru.

- Y sí, pues nada, que Manuel no piensa irse aún. Y de nada me sirve un título si no lo ejerzo.-Contestó, saliendo, para poco después volver a entrar con una caja más liviana y que tintineaba. Yao se dirigió al perchero y principió a abrigarse.

- ¿Sha te vas? Ultimamente me has dejado muy solito.- Martín fingió un puchero mientras Yao se acomodaba la bufanda y los guantes.- ¿Acaso te vas a juntar con ese ruso que se da tantas libertades con mi Manuel?-

-¡Aiyaa! Con ese ruso nunca-aru.

Yao frunció el ceño recordando una estafa antigua.

- Decime.-

- Es un secreto a donde voy.- Sonrió.- Cuando vuelva quiero toda la mercancía en las vitrinas-aru. ¡Todo reluciente, será hermoso-aru! Y debes barrer el piso y limpiar el vidrio, la apariencia es importante-aru.

Abrió la puerta mientras Martín se contenía de preguntar un "¿debo?" de cansancio previo. Yao se asomó al marco de la puerta y cambió su expresión.

"¿Y ahora qué, san Maradona?"

- Y no te olvides de limpiar la nieve de la entrada-aru.

La puerta se cerró. Martín se recargó en el asiento de su silla, echando el cuerpo hacia atrás y dejando que su nuca colgase.

Al enderezar la cabeza, su mirada se posó en su texto. Tal vez lo mejor sería volver a su país y ayudar a Sebastián con el ganado. Tal vez todo eso era una tontería como de adolescente que se cree enamorado; el viaje inesperado, la inestabilidad económica, su insistencia; el rechazo que únicamente le daba más bríos a sus suspiros; todo.

Tal vez fuese mejor volver a la Argentina.

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El profesor caminó con el borrador en la mano, la cual sostenía detrás de su espalda. Se detuvo junto a Yao.

- ¿Me podría conjugar el verbo saber en futuro condicional, por favor?- Un joven de cabello castaño, sentado en la última fila entre un chico de lentes y una mujer de unos cuarenta y cinco años –de esas que más que aprender castellano buscan ligar con el "exótico" profesor- cerró sus ojos unos segundos, capturando cada precioso matiz del acento español y descomponiéndolo para convertirlo en pálpito nervioso en sus palmas y en sus plantas; recorriendo todo su cuerpo un deleite opacado por la envidia.

¿Acaso usaba ese tono pícaro y alegre con los demás? ¿Bajaba la voz hasta convertirla en susurros cada vez que felicitaba a una alumna, a una arribista? Ese puto siseo le pertenecía, cada maldita modulación de esos labios ibéricos le pertenecía.

Lo más seguro es que estuviera exagerando. Era su trabajo que los demás aprendieran imitándolo.

Yao miró al frente, fijando la vista en la pizarra y en las palabras allí escritas.

- Yo sabría, tú sabrías, él o ella sabría, nosotros sabríamos, ustedes sabríais…-

- Ustedes sabrían, vosotros sabríais.- Lo corrigió el español con su mejor tono de seriedad.

- Ustedes sabrían, vosotros sabríais, ellos o ellas sabrían-aru.

Antonio asentía con la cabeza, con los ojos cerrados, aprobando la pronunciación.

- Muy bien.- Fernández aumentó el volumen de su voz. - El tiempo condicional, como ya les expliqué en la clase anterior (y esto va para quienes faltaron el jueves) se crea al finalizar el verbo raíz con…-

Al fondo de la sala, anotando cuanto decía el de ojos verdes, Matthew se mordía el labio debido a la concentración, sin llamar la atención del italiano sentado a su lado.

-… Suele ir acompañado de un adverbio de duda que da fuerza al sentido de condición. Similar al "if" es el uso del "si", escrito sin tilde -Matthew se preocupó de anotar aquel dato-, aunque también es común el uso de otras frases que expresan lo mismo, como "en el caso de", "si es que" y otras similares.- El español tomó de su mesa un libro y lo sostuvo frente a sus ojos cinco segundos para arrojarlo nuevamente sobre la mesa (como hacía en cada clase) para escribir ejercicios que se le ocurriesen en el momento.

En los minutos que tuvo antes de que Antonio revisase los ejercicios, el menor de los Kirkland redactó un mensaje de texto que envió a su hermano mayor, contándole la buena nueva que le tenía acelerado.

- Y eso es casi todo por hoy.- Yao reparó en la sonrisa del español y encontró algo distinto. Matthew simplemente levantó la cabeza. – Puesto que se acerca navidad, he pensado que podemos aprovechar las clases entre ésta y Año Nuevo para hacernos un regalo.- Algunos murmuraron preguntándose a qué se refería el ibérico. Junto a Matthew, se escuchó un chasqueo de lengua.- Cada quien deberá buscar una canción que le guste en castellano y cantarla. ¡Puede ser del grupo que quieran!- Antonio se dio la vuelta y principió a anotar algunos nombres en la pizarra.- Pero si quieren hacer feliz a su devoto servidor, podrían probar con estas, ¡las amo tanto como a mi novio!- Lovino se tapó la cara, aunque nadie reparó en él.- Bueno, no. A él lo amo más.-

Matthew apuntó los nombres de las canciones por si de algo les servían y se apresuró a la salida, ensando en sus cosas.

"Alfred vuelve… juntos nuevamente".

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Natasha se dio la media vuelta velozmente al oír al otro. La cascada de su cabello brilló con el movimiento, plateado, pesado y suave.

- ¿Qué haces aquí? Iván dijo que no podías entrar. –Gilbert frunció el entrecejo. Las reglas estaban para cumplirlas.

- ¿Qué haces tú aquí? ¡Esta es la habitación de mi hermano!-

- Y él me dijo que tú no podías entrar.- Gilbert se tapaba sus rubíes con una mano al tiempo que se apretaba las sienes, en un gesto idéntico al de su hermano. –Como sea, ¿la puerta no tenía pestillo?- Soltó sus sienes.

Braginskaya miraba en dirección hacia donde debería estar la manija de cualquier puerta, ese sector a un lado de la madera designado al pomo. El alemán siguió su mirada y se topó con un trozo de madera faltante.

- ¡Largo! ¡Sal de la pieza de mi hermano!- La mujer tomó un cojín que encontró a la mano y golpeó al albino con él.

Gilbert no se dejó echar tan fácilmente. Se cubrió de los golpes con los brazos y logró sujetar las muñecas de la menor. Natasha lo empujó.

- ¡Fuera, no te perdonaré!- Y le cerró la puerta de golpe.

Aunque parecía fácil empujarla y abrirla ya que no tenía pestillo, Beillshmidt chasqueó la lengua y se fue.

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Arthur intentaba descifrar el texto que estaba abierto en el portátil de Bonnefoy.

El enfermo en cuestión, a pesar de quejarse por cada paso que daba –Y Arthur reconocía que no lucía muy bien.- sonreía ante la perspectiva de lucirse culinariamente hablando. Y mientras Arthur esperaba su comida, vio la página de Internet abierta –una con colores predominantes azul y blanco- y por curiosidad probó a utilizar traductor Google.

Obviamente, la traducción no era la mejor, pero al menos podía enterarse de una historia que al parecer involucraba pájaros. Al poco rato se aburrió por no comprender nada y cerró el traductor, volviendo a la página inicial y fijándose en el nombre del autor.

"Ménage à Trois" Arthur inmediatamente lo relacionó. "El paso de baile"

Al rato llegó el francés, interrumpiendo su escudriñar.

- ¿Estabas leyendo?- Arthur lo miró desde donde estaba sentado. Un piar delator le respondió al galo.

- Sí.- Aceptó el británico.

El mayor no dijo nada y se limitó a pedirle que sacara el notebook de sobre la mesa.

Una hora más tarde Francis ya había retirado los platos y traía una botella de vino. Mirándose como quien debe encubrir un crimen, ambos esperaban que él otro hablara primero.

El francés descorchó la botella.

- Quisiera que reconsideraras…-

- ¿Sí?- Arthur dejó que le sirvieran una copa. Estaba seguro que el francés le pediría algo.

- Lily… tengo una idea perfecta para subirle el ánimo… pero necesitaré tu ayuda.-

- ¿De nuevo con lo mismo? Déjame dejarte en claro que no bailo ballet. Hablamos de eso hace meses, ¿lo recuerdas?-

- Al respecto…- Arthur lo detuvo con un gesto de su mano.

- Estás sirviéndolo mal; debes dejar que el vino se deslice por los bordes para que no se pierda el sabor.-

La negociación anterior se paralizó, ¿ese británico no le estaba prestando atención? Y encima por algo como el vino.

- Se deja caer.- Pero allí estaba el francés dejándose llevar por ese tema tan delicado para él.- Para que choque con el fondo y desprenda el aroma.-

Se miraron, midiéndose la actitud, antes de que Francis desviara la mirada y continuase.

- Tu disciplina lo incluye, por si no lo has notado.-

Arthur se detuvo en seco, con la copa a medio camino entre la mesa y su boca.

-¿Qué?-

- Tienes aptitudes, pareciera que bailaras constantemente- Bueno, Arthur lo hacía.- Y se te da de manera natural. Creo que serías la pareja perfecta para ella.-

Un halago es un halago y Kirkland ciertamente se embalsamó con la idea de que al fin el bastardo reconociese sus avances en tan poco tiempo. Por ello, asintió con un gesto de autosuficiencia.

- Veamos si tu idea es tan buena como para llevarla a cabo.

Arthur lo escuchó en silencio.

- Básicamente eso es lo que quiero que hagan.-

Francis juntaba las puntas de los dedos, inclinado hacia adelante y mirando a Arthur seriamente.

- Ya te dije que lo haría, bloody french.-

- ¡Perfecto!- Francis se enderezó.- Y ya que hablamos de Lily, ¿cuánto pesas?-

- ¿Qué cuánto peso?- El británico no creyó la pregunta.- ¿Necesitas también controlar mi peso?-

- Ya dejamos ese punto atrás, ¿lo recuerdas?- Bonnefoy molesto.- Y sí, no quiero enterarme después que tienes problemas por sostener una pluma.-

- El ejercer fuerza no está limitado por el peso corporal… además, hace meses que no me peso.-

- ¿Vamos a mi baño? Allí tengo una balanza.-

- ¿Me escuchaste?- Inútil, Francis estaba en su mundo y le indicaba que lo siguiera. ¿Cómo podía tener una balanza en su baño? No podía ser que se pesara constantemente, ¿o sí? Tal vez tuviese un trauma respecto al peso y por ello era tan insistente respecto a ese punto.

En fin, Arthur lo siguió chupando el piercing que había reabierto esa mañana. Tiraba de la barrita terminada en cono negro con fuerza, hundiendo el sector del centro de su labio inferior, distrayéndose.

Entraron al cuarto del gabacho y luego a su baño. Francis prendió las luces y le acercó una balanza digital.

- Párate aquí.-

Kirkland le dedicó una mirada de "esto es tanto o más estúpido que decir que la Tierra es plana" a la que Bonnefoy respondió con otra que decía "te subes o te subo." El británico obedeció y esperó a que el dígito dejase de mutar. Bonnefoy se acuclilló frente a él.

- Ciento un libras, menos dos de ropa y …- Francis levantó la mirada.- …metal.- Se levantó.- Unas noventa y nueve libras, cuarenta menos de las que peso yo. ¿Qué clase de películas ven que ustedes piensan que hay que ser un palo para destacarse?-

- Tampoco es para tanto. Y no es lo que piensas, simplemente soy malo para comer.-

- Es necesario para cualquier clase de entrenador el saber sobre dietas. Y tú, lamentablemente, has contratado un servicio. Mi servicio.-

Arthur desvió la mirada, aparentemente más entretenido en las baldosas de las paredes. Francis pudo entonces fijarse mejor en los fierros que atravesaban la piel y cartílago del menor. Vio junto al aro que llevaba en la comisura de la boca otro nuevo, que bajaba y subía, delatando que el británico jugaba con él.

Pero lo que más llamó su atención fue una de las últimas adquisiciones del otro rubio; allí donde se había perforado indiscriminadamente su cartílago podía ver un bulto. Una chispa de entendimiento cruzó su entrecejo y con una sonrisa que no era tal estiró su mano.

- ¿Qué tienes allí?- Le preguntó, tocando la oreja contraria. Arthur dio un respingo y se alejó, confirmando sus sospechas.

- That hurts, you git!-

- Tienes infectado.- Y la afirmación era casi una burla, una dulce burla hacia los delincuentes potenciales que destruyen su cuerpo.

- ¿Es esa razón para tocármela? Entérate, duele.-

- ¿No piensas limpiártela?- Arthur lo miró y abrió la boca y los ojos en un gesto torcido.

- ¿Y a ti que mierda te importa?- Francis soltó un suspiró y miró hacia el cielo, como pidiendo paciencia. Arthur lo notó, relajando su gesto de casi locura, y formando un puchero con los labios.- Lo he intentado, pero no puedo ver bien y de nada me sirve apretármela yo mismo.- Se cruzó de brazos en una mezcla de indiferencia y de autoprotección. No tenía nadie a quien pedirle un favor tan simple, o al menos él no se había atrevido siquiera a pensar en pedirle ayuda a alguien.

- ¿Quieres que te la limpie?-

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Se sentó en el living de la casa con un libro en la mano y un pie cruzado sobre la rodilla de la otra pierna. Iván regresó de su habitación con un gesto de profundo terror. Pero en cuanto lo vio, una inocente sonrisa curiosa hizo aparición para acompañar a sus palabras.

La alfombra, de un color rojo con mosaicos negros, verdes y amarillos, combinaba con los tapices de las paredes. Los muebles de madera y vidrio de la sala de estar mostraban piezas de porcelana de diseños azules sobre blanco; platos, bandejas, cántaros, todos resaltaban contra el tono pastel de las paredes.

Beilschmidt a veces creía que Braginsky pretendía alegrar su vida con todos esos colores.

- ¿Cómo has estado, Orden?- Iván se detuvo enfrente suyo, con una tierna sonrisa.

- Gut, danke.- El albino dio vuelta la página sin mayor distracción.

- Escuché que te peleaste con mi hermana.-

- Nada importante.- Le respondió con molestia el menor, distrayéndose de las letras.

- ¿Seguro? Yo que tú tendría más cuidado, ufuu.- Iván se llevó las manos a la espalda, donde las junto. Comenzó a balancearse. En cuanto terminó de hablar, Natasha apareció en la decorada habitación caminando con paso firme.

- Hermano, ¿has visto mi cuchillo favorito?-

- Da, Ekaterine lo usó para cortar los huesos de la res. Está en la cocina.-

La chica de cabello largo asintió y se dirigió a la cocina. Gilbert bajó el libro, mirando al ruso con una mezcla de cansancio y advertencia.

- ¿Es en serio?- Iván le sonrió sin dejar de balancearse y soltando una risilla traviesa, para luego posar la vista en los platos que resguardaba un armario de cristal. Los colores predominantes en la habitación eran una mezcla de dorado, rosado en diferentes matices y azul, dándole la apariencia de las cúspides de la Basílica de San Basilio. Al igual que los pasillos del resto de la casa, tenía una alfombra costosa y de colores mayoritariamente rojo oscuro.

- ¿Qué cosa, Orden?- Preguntó mirándolo nuevamente.

Se mantuvieron las miradas, sin responderse. Gilbert devolvió su atención al libro e Iván a las matrioskas que adornaban la mesilla junto al sofá. Era de un carmesí marmolado y las figurillas de un suave anaranjado.

Al poco rato Beilschmidt resopló dejando caer un tanto su cabeza hacia atrás. Pocos minutos después, Natasha regresó con un cuchillo que tenía dientes, como un serrucho. Se detuvo cerca de la puerta que daba al corto pasillo de salida, guardándose un chuchillo en una funda de la pretina de su falda.

- Exagerabas, hermano. La utilizó para pelar una manzana.-

- Proshchenie.- Natasha siguió su camino hasta la puerta de vidrio que daba a un pequeño vestíbulo.

- ¿A dónde va tu hermana?-

- Ah, sí, respecto a lo que te decía. Natasha, ¿estarás bien?-

La mujer se detuvo junto a la puerta, para levantar los pliegos de su falda y mostrar una serie de cuchillos y una pequeña pistola de emergencia que pendían de unas ligas.

- ¿No se te estará olvidando lo más importante, verdad?-

- Hermano, ya dejaste el negocio, sé bien lo que hago.- Natasha introdujo su mano entre los botones que estaban a la altura de su pecho y sacó un pequeño frasquito con un líquido transparente en su interior. – Ya no soy una niña.-

Gilbert e Iván miraron en silencio la figura semi distorsionada que podían ver de la menor, quien se abrigaba antes de abrir la puerta de entrada.

- Orden, por favor cuídate y ten cuidado.- Le advirtió el ruso antes de alejarse.

Gilbert sólo halló consuelo en pensar que Unión se estaba vengando por su puerta rota.

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Arthur se sentó en el sofá mientras Bonnefoy se lavaba las manos y apagaba la luz del baño. Escuchó sus pasos en el pasillo y levantó la mirada para seguirlo, hasta que se sentó a unos pasos distanciado.

Cuando el francés llegó, con algodón, alcohol y quien sabe que cosas más en las manos, ya había reflexionado lo suficiente como para sentirse idiota. ¿Por qué no le había pedido ayuda a Orden? Siempre atendía a quienes tenían dudas respecto a eso. Y más aún siendo su amigo. También estaba Manuel, o Matthew, incluso podría habérselo pedido a su madre o a Liliam y sentiría menos vergüenza que la que sentía ahora.

- Ven.- Francis le hizo un gesto para que se recostara, pero Arthur dudó.- No seas infantil, recuéstate ya.

Arthur se acercó lo suficiente.

- Apoya tu cabeza.- Le indicó el mayor. Francis por un momento creía tener a su hermana de niña nuevamente pidiéndole que le extrajese una astilla o que le deshiciese un nudo en el cabello.

Arthur se apoyó con sus manos y lentamente se recostó, dándose un relajo de inconciencia para acomodar su cabeza entre las piernas ajenas, sintiendo en su mejilla el roce de la tela y el calor que la traspasaba. Sus ojos parecían mirar hacia la mesa, pero no verían nada a continuación. Incómodo en su pecho, su brazo izquierdo quedó inmovilizado bajo su cuerpo y el derecho lo dejó colgando, sin atreverse a sujetarse del mueble o del piso, y evitando cualquier contacto con el mayor. Las palmas de sus manos eran un manojo de nervios. Su brazo prisionero se calentaba por la sangre ralentizada. Y sin embargo, se sentía a gusto. Como mimado.

Francis le quitó ambas argollas y las juntó en su mano, para después entregárselas a Arthur.

El británico podría haber abrazado las piernas contrarias, pero se limitaba a sujetar la tela de los pantalones para que sus brazos no resbalaran.

Fue entonces que apretó los ojos, y cerró con más fuerza los puños, aunque el dolor no fuese tan terrible como otros que había experimentado. Pero Francis le apretaba con demasiada fuerza la piel y el cartílago.

En un momento Francis se detuvo y le limpió la zona con un algodón y alcohol. Luego continuó.

- ¿No has terminado?- Le preguntó el inglés evitando que su voz temblara.

- Hay que asegurarse… me sorprende que alguien con tantas perforaciones no se haya cuidado bien una.-

- Son cosas que pasan. Auch.- El quejido no fue más que una parodia con cierto aire realista.

El gabacho no se detuvo hasta que el pus comenzó a mancharse de rojo, repasando en todas direcciones para estar seguro de que la hinchazón no le ocultaba nada. En unos días ésta bajaría y Arthur podría volver a usar sus adornos. Volvió a limpiarlo, para luego, con otro algodón, mojar con alcohol la herida –porque a sus ojos eran heridas- para desinfectarla.

Una vez terminado el trabajo, Francis soltó una risilla.

- What?-

- Tienes la oreja roja a más no poder.- Arthur giró la cabeza para mirarlo, quedando en un extraño ángulo. No le causó gracia que Bonnefoy se riera con más ganas.

- Patético.- Le soltó el gabacho, ya fuese con la verdadera intención de herirlo o como una broma amistosa.

- Whatever.- Arthur se levantó y fingió ver la hora en su reloj.- Me debo ir. Tu bloody comida estuvo buena, ahora puedes morir en paz.-

- Puedes venir cuando quieras…-

- Y gracias por… esto último, pero ya me debo ir.-

Arthur se prometió no volver a pisar ese departamento y tras los agradecimientos de rigor, se fue. Rompería la promesa que se había hecho antes de lo imaginado.

Cuando salió del edificio, la lluvia lo acompañó todo el trecho hasta el paradero en que se encontraría con Matthew, llorando las injustas muertes que se aproximaban.

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- Brother, please hurry up.- Matthew Kirkland Williams (o al menos así el español lo tenía anotado en su lista, aunque el no comprendía muy bien a que venía el apellido materno) tenía las manos resguardadas en los bolsillos de su gran abrigo y cambiaba constantemente de pie, oteando en una dirección y otra en aquel paradero, apenas resguardado de la fuerte lluvia que cambiaba su dirección imprevisiblemente. ¿Era tan difícil irse de allí a su casa? Desgraciadamente, un bus le era la mejor opción de transporte y el que lo dejaría más cerca de ésta.

- Please, I need a shover with hot water.-

Los autos seguían pasando junto a él y las ganas de irse sin el rubio crecían. Pero él nunca dejaría a alguien plantado, por lo que siguió esperando.

El pensamiento de que Alfred regresaría a Inglaterra después de haberse ido a Estados Unidos a probar suerte no tardó en aparecer. ¿Se habría acordado de él? Tal vez ni lo había extrañado, la comunicación se había mantenido entre ambos casi diariamente. Hasta una carta le había enviado, dejando de lado las posibilidades virtuales.

Matthew apretó sus puños, sintiendo repentinamente que estaban cálidamente húmedos. Su cara también se había acalorado y no debido a la bufanda que llevaba. Su pecho le dolía y no quería que su gemelo llegase, al tiempo que lo deseaba con fuerzas.

- Matt.- La voz de Arthur junto a su oído lo llevó a darse la vuelta y abrir sus ojos. Luego sonrió; su hermano mayor estaba estilando a pesar de tener un paraguas en la mano.

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Feliciano evaluaba las pinturas que se exhibían, entrecerrando sus ojos y dejando sus labios en una línea recta y seria. Al final de cada escrutinio dejaba salir una risilla y sonreía, llamando a su hermano para que apreciara la obra.

Lovino se le acercaba entonces con pasos sencillos y una mezcla de apuro y sosiego por la situación. Supuestamente estaban allí para vender, pero su hermano lo había arrastrado a esa galería de arte. Y si algo compartía con Feliciano además del gusto por todo tipo de pastas, era el amor por el arte.

Se permitió una sonrisa, la que se desvaneció en el instante en que su hermano se volteó para mostrarle el hermoso detalle de la luz en las gotas de la pintura. Cuando volteó nuevamente, no sonrió de nueva cuenta, pero si recordó que en un par de días Antonio iría a su casa a pasar Nochebuena.

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Matthew le daba la espalda a su hermano mayor para que pudiese secarle el cabello con más facilidad.

- No puedo esperar a que llegue.-

Arthur no le respondió enseguida, estaba demasiado preocupado desempeñándose como hermano mayor y procuraba que no cogiese un resfriado.

Matthew calló al no recibir respuesta. Comprendía el silencio ajeno.

Comprendía, así mismo, porque Arthur sentía culpa por ser como era. Por ser homosexual, drogadicto y punk. Por haber pasado de ser el hijo perfecto a uno que preocupa a sus padres.

Dada la situación del mayor, Matthew también se sentía culpable. Porque él no le debía nada a nadie; sus padres estaban obligados a cuidarlo. Pero Arthur sentía que no les retribuía como debía.

Pero todo partía por Alfred. Y como si le leyese la mente, Arthur habló.

- Espero que después no se vaya nuevamente.-

Porque parte de la culpa la tenía el primogénito de sus padres; si Alfred no hubiese decidido irse Arthur no habría querido seguir su propio camino.

- Yo… lo admiro. Terminó los dos últimos años allá y trabajaba el mismo para mantenerse…- Matthew frunció sus cejas imperceptiblemente, sin alzar su voz.- yo no habría sido capaz.-Alzó el tono un decibel, entreviéndose orgullo y admiración.- Cre-creo que no me-merece que lo trates a-así.-

- Y dejo a papá y a mamá preocupados. No sé como le dieron el permiso.-

- A mamá le hace ilusión que estemos los tres en casa para Año Nuevo.-

- Estaré, te lo prometo.-

- ¿Sin marihuana de por medio?-

- Sin marihuana de por medio.-

Arthur principió a peinar al menor.

"Y sin embargo te preocupas por su accidente, por lo arriesgado de su oficio. Como si tú no nos tuvieras preocupados a nosotros, como si no supieras que mamá y papá se preguntan si se equivocaron al pensar que la sangre no te afectaría, como si tú mismo no te preguntaras si estabas destinado a ser como eres. Pero te amo, hermano. Porque eres mi hermano."

- Trabajar en películas yanquis, encima en algo tan peligroso… tiene un buen rostro y se gasta así…- Comentó Arthur, pensativo. Matthew se sonrojó; al tener la misma cara que Alfred el halago (sin saberlo) estaba dirigido a él también.- Entiendo que le guste la adrenalina, pero ¿doble? Eso es arriesgarse en serio, y más con esa película idiota, nos tenía a todos preocupados, un error y él…-

- … Y él habría salido más dañado que un simple brazo roto, lo sé.- Matthew se sentó, mirando el interior de la taza. Arthur bajó la voz.

- Pero ya se quitó el cabestrillo y no aprendió la lección. Si es feliz así, yo lo respeto… un poco.-

Matthew sonrió; sabía que Alfred no lo diría, pero le importaba que su familia aceptara su decisión. "Porque para nosotros, eres importante."

- Tengo un trabajo para español, debo cantar una canción.-

- Un amigo podría ayudarte. El no está en casa, pero tengo su notebook y tiene mucha música.-

"Porque te sientes parte de nosotros pero te sientes con menos derechos que nosotros, como si tú no hubieses estado aquí antes de que naciéramos, como si tu misma presencia no nos hubiese impulsado a existir."

- El profesor nos dio una lista de canciones como referencia.-

- Allí la buscaremos.-

"Porque fuiste su hijo antes que nosotros, pero te sientes como un extraño. Y te sientes culpable. ¿Hasta cuando, hermano? Yo soy una mayor aberración. Yo soy una mayor aberración."


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Próximo capítulo: Alfred