9688 palabras.

Al que adivine el nombre del capítulo 12 le daré un premio.

Dedicado a Lorena Malfoy. (No, no le robé el nombre de Robinson ¬¬)

PD: Si piensan que el nombre "Robinson" se lo robé a Lorena Malfoy, están equivocados, se lo robé a Robinson Crusoe, -amo ese libro- pero si evitan decirle a Lore que ocupé ese nombre, les agradecería mucho. Bye!

PD2: Las Vidas Posibles de Arthur Kirkland está llegando a su fin, y a los que no han leído esta historia, se las recomiendo, es buenísima y pertenece a la chica recién nombrada.

PD3: Este capi debería haber sido parte del capítulo anterior, e incluso parte del capi que viene debería haberlo sido, mas cuando comencé a escribir me pasé por muuuuuuuuucho del número de palabras usual. ¿Se imaginan el capi de Matt completo? Habría tenido algo así como 16 mil palabras, sino más.

Ahora sí, bye!

Escribo sin fin de lucro.

Hetalia Axis Powers y todos sus personajes -cada uno de los cuales tiene su forma de pasar la navidad- perteneces a Hidekaz Himaruya.


La Torpeza de tus Pasos: Capítulo 10: Alfred (o Matthew II)

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Un chico de ojos azules sentía arder su garganta a cada bocanada de aire. Mas recibía con agrado el ardor, volviendo a sentir la familiaridad de las mañanas frías, cuando el material particulado que se deslizaba cual cascada de los tubos de escape de los autos aún no proliferaba.

"Respirar por la nariz, botar por la boca"

Sus bronquios pesaban ante el aire frío y su caja torácica se expandía, intentando abarcar un volumen mayor al que sus costillas le permitían.

Era el frío, era el silencio –relativo en aquella ciudad- y el graznar en el lago junto al que corría, era el gris de la mañana y era la vida; el oxígeno mortificando sus pulmones y sus fosas nasales y luego recorriendo sus venas, la mente despejada, el latir de su corazón. Era la vida. Era el frío.

Llevaba veinte minutos trotando lento, probando sus dormidos ligamentos. Le había dicho a su hermano por Skype que sólo se había dislocado la rodilla derecha. Había omitido el profundo corte en la pantorrilla, los dedos rotos de la mano izquierda y el esguince en ésta última.

No se exigió mucho más; cinco minutos después se sentó en un banco a descansar.

Y escuchó sin cuidado los bocinazos que comenzaban a oírse en la lejanía. Era el sonido del frío. De la respiración agitada y las manos congeladas. Era el sonido del frío y los bocinazos aún lejanos.

Su nombre era Alfred Kirkland, diecinueve años. Tenía un hermano gemelo llamado Matthew y un hermano mayor llamado Arthur. De una energía que parecía no tener límites alimentaba sus sonrisas enormes y sus ojitos de cachorro triste con que lograba que los demás aceptasen sus caprichos. A pesar de su nacionalidad inglesa, estaba recolectando los documentos necesarios para nacionalizarse estadounidense, aunque para llevar a cabo ese paso, necesitaba un permiso especial. Y no era el de sus padres precisamente.

Su cabello negro estaba tapado con un gorro. Originalmente era castaño, pero por su último trabajo tuvo que teñírselo del mismo color negro de cierto actor. Llegaría así a casa y esperaría a que le creciese para recuperar su color natural.

Podría decirse que Alfred era un florerito de mesa. Dicho de modo simple, le encantaba llamar la atención y ser el centro de admiración de todos. A él mismo le habría encantado ser actor, pero los diálogos cursis y las tramas eternas no eran lo suyo. A él le gustaba la adrenalina, las emociones fuertes. Por ello se había decantado en el oficio de doble. Seguro médico, emoción y su momento de gloria eran parte del paquete. Y le gustaba.

Era el rojo en las mejillas y era la lucidez. Era el dolor del frío. (Y era el rojo de la sangre corriendo por su mejilla, la conciencia del peligro. Era el dolor de su cuerpo.)

Se levantó en poco tiempo y comenzó a elongar. Llevaba semanas sin realizar ejercicio, pero su hiperactividad lo impulsó a retomar sus prácticas habituales en cuanto su médico se lo permitió. Era la primera vez que salía con tales daños y dolores. Mas ya estaba repuesto.

Alfred sonrió y retomó el trote, llenándose nuevamente de vida. Buscaba empezar una nueva etapa de su existencia con buen ánimo. El primer paso ya estaba dado: renunciar. Pero planeaba volver.

Con una mano en su bolsillo y la otra asida a su mano.

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Emma le llevó a su hermano un plato de puré y verduras hervidas; algo sencillo y que al mayor no le costaría comer.

- Hora del almuerzo.- Le dijo sonriendo. Dejó la bandeja sobre la cama y acercó una silla. Sopló el tenedor con comida y luego lo llevó a la boca de su hermano.

Mientras lo hacía, le habló al mayor.

- Ayer Manuel se portó mal conmigo.- Comenzó, recordando el reproche escondido en los ojos del chileno.- Lo que es raro, porque como me pidió cocaína y éxtasis tuve que volver donde Lovino a ver si tenía. Te he hablado de él, ¿recuerdas? Mi jefe. Se me hace extraño que después de pasarme la mitad de la vida diciéndote que no fumes marihuana yo misma termine vendiéndola.

Emma se detuvo un momento y se llevó el tenedor a la boca.

- No es mi culpa, ¿verdad? Dime por favor que no lo es.-

La mirada de Piet Hein se dirigió a su hermana. Una cicatriz cruzaba su frente como vestigio de su accidente. Nunca se iría. El la había visto, en el espejo del baño, aunque al intentar tocarla sus dedos le fallaron. Emma aún desviaba su mirada hacia el tajo cuando estaba con él. Su existencia se reducía a aquella cicatriz; ésta había pasado a ser su humanidad. Era más una cicatriz que una persona. Una cicatriz en el corazón joven de Emma.

- Manuel dijo que dejara de venderle a Arthur en exceso. Dice que le hace mal.-

El era una persona, tenía amigos y familia… ¿Cuándo fue la última vez que los vio? No recordaba. ¿Cuándo le habían retirado la medicación? ¿Cuántos meses llevaban en Londres? La cuenta estaba perdida irremediablemente en su desgano.

- No me molesta hacerle caso, pero me siento responsable. ¿Tú crees que es mi culpa? Además, ¡Arthur ya es un adulto!- La chica frunció los labios, pasando de la tristeza a la molestia.

Su hermana… su hermana hablaba, se quejaba aunque nadie pudiese oírla. Era un ser con voluntad Su voz sonaba contrariada y un tanto molesta. Si él hablase, ¿cómo sonaría su voz? ¿Recordaba como era? Sí, la recordaba. Era grave.

Emma intentó alimentarlo nuevamente, mas Piet Hein se rehusó. ¿No había probado ya que podía usar sus manos, aunque se fatigase fácilmente?

- ¿No tienes hambre?- Le preguntó comiéndose ella el contenido del tenedor. Luego se lamió los labios, golosa.- ¿Piet Hein?

- Emma.- Su lengua estaba pastosa. Agua, deseaba beber agua. Sin embargo no se detuvo y continuó con voz redescubierta.- Vayamos al -Tragó saliva- comedor.-

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Arthur ocupó el puesto de la mañana. Como durmiera en casa de sus padres, en su habitación, su cuerpo se sentía descansado y su humor era bueno. Había despertado con una sensación que hace mucho no experimentaba y su cuerpo se lo agradecía. En consecuencia, su desayuno había sido ingente.

Pero a cambio, su organismo también reclamaba por aquella sustancia que le faltaba a su cuerpo. No le dio importancia: si quería tener la libertad moral para fumar marihuana y consumir barbitúricos debía probarse a si mismo que su voluntad de abstenerse cuando quisiese fuera fuerte.

Aunque extrañaba esa pastilla. Le ahorraba peleas. Pero le había prometido a Matt no drogarse de ninguna manera en su presencia. Y eso incluía aspirinas, trabajar con pegamento o silicona, e incluso borrar con corrector. Tal vez el menor exagerara un poco.

Se permitió sonreír.

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Martín estaba exhausto: llegaban clientes cada cinco minutos y él debía atenderlos rápido a menos que quisiese que lo retaran en chino. Y como ya recibiera en el pasado sermones en un idioma que apenas comprendía, sabía que era mejor no buscárselos.

Al menos detrás del mesón estaba su rico mate esperándolo. Aunque le daba lástima, ya le quedaba poca yerba.

En un momento de tranquilidad Yao se sentó a su lado y soltó un suspiro.

- ¿Algún plan para esta semana-aru?

- Y nada, nada. Hoy Manuel no estaba en casa. Iré mañana y si ha salido tomaré mi DNI y me pegaré una escapadita.-

- Ya era hora-aru.- Yao sonrió para sí, orgulloso. –Tus cosas están en la trastienda; tus artesanías y objetos-aru.

- Me lo llevaré todo. Che, ¿Me prestas tu radio otra vez, por favor?-

- Le faltan pilas. Pero llévala.-aru.

Se mantuvieron un momento en silencio, disfrutando de la compañía del otro. Una señora entró a la tienda y Martín se levantó a atenderla formando una pícara sonrisa con sus labios.

Yao lo observaba, agradeciendo que el chico estuviese más tranquilo y se permitiera un momento de lucidez dentro de su drama para recordar que, quienes no tienen visa, sólo pueden permanecer en el país tres meses.

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Emil veía a Densen atareado en los últimos arreglos de navidad, con una sonrisa amplia que parecía tener la emoción que a Berit le faltaba.

- Pero Berit, yo te sostengo y tú lo acomodas, ¿bien?-

La chica asintió con la cabeza levemente y sólo sus ojos adquirieron un destello asesino cuando el varón le abrazó las rodillas y la alzó, presumiendo del abrazo y de la cercanía de sus cuerpos.

- ¡Qué livianita eres, Ber!-

Emil observaba la escena divertido en su interior, preguntándose como acabaría. La mujer estiró su mano y colgó la corona en la lámpara de la pared con movimientos precisos que acortarán su situación al tiempo necesario en lugar de alargarlo en reclamos y pataletas.

Densen continuaba sin saber de donde venían o si tenían o no padres de los que depender, mas eso no le impedía disfrutar la fecha. Era la primera navidad que pasaban juntos, y no sería lo suficientemente impulsivo como para calmar sus interrogantes esa Nochebuena, ¿o sí?

Eran sólo dos preguntas que encerraban muchas más y que bien valían por un regalo. Para una chica que trabajaba más por caridad que por el escaso dinero que ganaba aquello era un gran ahorro. ¡Era una brillante idea que compartir con ella!

- Dense, ¿puedes bajarme ya?-

- Por supuesto.- Respondió obedeciéndole.

Al menos sabía que eran noruegos. Las razones por las que estaban en Inglaterra las desconocía, ni Emil ni Berit hablaban de ello. Bueno, él mismo no sabía porque los había recogido de la calle –literalmente- y los mantenía a cambio de nada. Posiblemente amistad o algún sentimiento altruista, su idílica persona podía concebir actos de bondad de vez en cuando.

- ¿Y quién es la chica con la que te juntas, Emil?- Preguntó el varón mayor mientras buscaba en un cajón de la habitación un mantel limpio y vistoso.

- Es una amiguita nada más.-

- ¡Hermana!- Reclamó el joven de cabello blanco.

- Es una amiga con la que pasa el tiempo.- Repitió la mujer, antes de ir a la cocina en busca de quien sabe qué.

- Así que una amiguita con ventaja, chiquillo.- Bromeó el dueño de casa. –Debes tener cuidado con las mujeres, Emil, son unas arpías.-

- Te escuché Mikkel Densen.- Se escuchó la voz de Berit desde la cocina. El rubio sólo se rió.

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Heracles pegaba un cartel en la ventana mientras Arthur y Kiku lo miraban desde lejos. "Se necesita barman con o sin experiencia." Rezaba el cartel.

- ¿Nos vamos ya?- Le preguntó el inglés a Kiku.

- En un momento, Arthur-san.- Heracles se acercó a su empleado y ex empleado para mirar el cartelito. Con su mano se peinó sus cabellos, deslizando sus dedos entre estos y encontrando uno que otro nudo que entorpecía su camino.

- ¿Sin experiencia?- Preguntó Arthur, de brazos cruzados.

- Será divertido enseñarle desde el principio.- Respondió el dueño de Glance Flash. Arthur asintió en silencio.

- ¿Y qué hará mientras espera a que alguien llegue, Heracles-san?-

- Gary se va en unas semanas, así que me pasaré todo el día detrás de la barra.- Su tono no era molesto, sino neutro y tranquilo. El japonés comprendía que aquel esfuerzo era necesario para su negocio y que por ello no lo molestaba, mas sentía cierto remordimiento por dejarlo. Otra persona buscaba perseguir su sueño, un nuevo camino o una posibilidad de supervivencia, como se quisiese llamar.

Si bien Arthur no esperaba lo que vendría, tampoco se sorprendió demasiado. En el último tiempo Emma le había mencionado ciertas miradas de parte de Heracles que llamaban su atención gatuna.

Con suavidad, el castaño volteó el rostro de Kiku para besarlo calmadamente. El ósculo no duro mucho. Honda se separó del mayor avergonzado y con una mirada que le recriminaba su poca discreción.

- Heracles-san.

- Ya no somos jefe y subordinado.- Le respondió el griego, volviendo a acercarse a sus labios. Un beso corto, un topón que dejaba más sabores que las lenguas fogosas.- No creo que a Arthur le importe.- Un beso más húmedo, apenas más atrevido. Probando, probando. Sintiendo como le correspondían discretamente.- Y tampoco deberías ocultárselo a tus amigos.- Esta vez fue Kiku quien le besó con ternura.

Arthur sacó su celular y redactó un mensaje corto que envió a Gilbert.

*Kiku & boss 2gueter! I told u, give me my $$$$$$*

Al levantar la mirada, se encontró con los ojos obscuros del asiático.

- ¿Envía un mensaje, Arthur-san?-

- Le aviso a Gilbert que ya vamos en camino.

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Matthew ayudó a su madre a disponer los platos y a ordenar la casa, mientras su padre cocinaba la cena. Fue a comprar algunas cosas que faltaban en casa –fósforos, servilletas, bebidas, pan y azúcar- y se paseó por la cuadra admirando los adornos navideños.

Por un momento se preguntó si su hermano celebraría la navidad sólo o si saldría.

Luego intentó calcular hasta que hora mantendrían la conexión con la cámara de su notebook, decidiendo si sería mejor establecerla antes o después de la cena.

Decidió que lo mejor sería después, así no se vería interrumpido por la misma y toda la familia estaría reunida.

Agradecía a la tecnología el que pudiera mantener ese contacto con su hermano; escuchar su voz, ver su rostro. Pero se sentía minúsculo y ridículo.

Odiaba las interferencias o que su computador no soportara la imagen y la pixelara. Odiaba que el audio se desfasara y que la conexión fuese lenta.

Por teléfono, aborrecía el sonido de la estática y la facilidad para distraerse. Condenaba ese intento torpe de comunicación, la falta de matiz y contexto en las frases. Todo se distorsionaba y las palabras llegaban a veces a escucharse como si su dueño estuviera cansado. Y renegaba de las preguntas necesarias, de los "¿estás cansado?", "¿pasó algo?" "¿te hice enojar?" que tanto él como su hermano utilizaban para sustituir la falta de un rostro y un cuerpo que te de a entender los suspiros y los tonos.

Pero estaba agradecido. El debía estar agradecido de ese contacto, de esa posibilidad. Pero, oh, cuanto la odiaba.

O más que odiar la comunicación, odiaba la distancia.

Su corazón se volvía un sol caliente cuando recordaba que esa distancia pronto desaparecería. Su hermano a su lado, su cuerpo cálido, su aroma.

¿Cómo era el aroma de Alfred? Tenía el recuerdo de un aroma húmedo, de la textura mojada de su piel, de su cabello castaño apenas secado antes de partir rumbo al aeropuerto en las últimas vacaciones que pasara en casa.

Matthew temía que esta fuese otra visita más. Que volviese a irse, para volver en un año más a romper su corazón otro poco. El mismo corazón que albergaba, nuevamente, la esperanza de que este cambio fuese definitivo, de que Alfred no volviera a marcharse.

En América, en un país sin nombre compuesto por muchos Estados que se amarraban como cadenas únicamente para soportar la tempestad, Alfred comparaba su amor por su hermano con las llamas del infierno.

"In God we trust" Pensó el mayor, arrojándose sobre su cama y buscando esconderse enterrado en ésta, desaparecer junto a sus sentimientos impúdicos e inmorales. Recordándose que aquello estaba mal, que sería condenado en más de un sentido, que estaba sólo.

"In God I trust" Pensó el menor, buscando amparo en un nombre que hace referencia a la justicia.

Ambos pensando en el mismo Dios; uno escapando, el otro refugiándose. Ambos por la misma razón.

Amor.

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Antonio se vestía frente a Francis, quien por primera vez desde hace varios días salía de su casa. El español se volteó y le mostró la camisa rosada que tenía puesta.

- ¿Y qué tal ésta, eh?-

- No te combina.- Respondió el gabacho, sujetando su cabeza con una mano, tirado sobre la cama del ibérico. Observó como su amigo se desvestía nuevamente con un suspiro y sonrió al ver sus formas nuevamente. Le gustaba hacerlo, desde siempre, desde aquellos días. Prefería a las mujeres, pero no le hacía asco a nada. Menos a un chico bronceado.

- ¿Y esto?- Le repitió por séptima vez.

- Si te pusieras tus pantalones negros con rayas grises se te vería estupendo.-

- ¿Cuales?- Preguntó el hispanohablante rebuscando en su cajón.- ¿Estos?-

- Sí, esos.- Su sonrisa se ensanchó cuando Antonio se desabrochó el cinturón y dejó caer sus jeans. De frente a él, el catalán le arrojó los pantalones pidiéndole que los doblara. Francis esperó un momento más para disfrutar de los calzoncillos del ibérico antes de comenzar a doblar toda la ropa que habían sacado del armario.

- Ven aquí a qué te ayude con eso.- Lo llamó al ver que tenía problemas con el botón del pantalón.

Lovino sacó sus llaves de la casa de Antonio y las miró un momento. El maldito bastardo hijo de puta se las había entregado como si nada, y por su culpa ahora se sentía en la obligación de hacer lo mismo. Pero no lo haría. De ningún miserable modo dominaría sus acciones de manera tan indirecta, de seguro todo era un plan, un malvado plan español para hacerlo bajar la puta guardia.

Entró luego, llamando al español para irse pronto de allí. Iría a dejar a Antonio y a su amigo a su casa y luego iría a comprar las últimas cosas para la cena. Escuchó voces en el cuarto del dueño de casa y se acercó.

- Ya vámonos que es tarde, maledizione.- Llamó antes de entrar, sin que Francis o Antonio lo oyesen. El primero intentaba hacer pasar un botón por un ojal pequeñísimo y el segundo mantenía su cadera echada hacia delante, parado frente a su amigo y esperando entre risas a que terminara.

- ¿Crees que he engordado?-

- Creo que le cosiste un botón errado.-

Lovino se detuvo junto a la puerta, tratando de escuchar las voces y sonriendo ante la risa del español. Le gustaba su risa.

- No había otro a la mano.-

- Yo te puedo dar una mano.- Le contestó el francés, refiriéndose a cambiarle el botón, mas luego dejó de lado la seriedad y agregó bromeando- O puedes pedirle a tu novia que lo haga por ti, para eso están, ¿no?-

- Novio, novio. Y yo puedo hacerlo sólo, no necesito tus manos ni las de Lovino. Además, me daría vergüenza que después de tanto tiempo volvieras a hacerlo.-

"¿Volver a hacer qué? ¿Y a qué cuento vienen las manos?" El italiano entornó la puerta, viendo como un hombre que no conocía tenía su rostro a una distancia peligrosa de la entrepierna de su novio… amigo. Qué amigo ni que ocho cuartos, de su novio, ¡de su jodido y puto novio!

- Esto me trae recuerdos.- Mencionó Francis. Antonio se rió fuerte y le dio unas palmaditas en la cabeza.

Entonces fue que Lovino abrió la puerta por completo como si acabase de llegar y se les acercó.

- Apúrate Antonio, o me iré sin ti.-

- ¡Lovi!- El español se giró hacia él tanto como las manos de Francis le permitieron. Vargas entonces notó el problema que tenía y se golpeó mentalmente por sus elucubraciones. Francis levantó la mirada, al fin haciendo calzar el dichoso botón y dándole libertad a Antonio de ponerse el cinturón. Se levantó y se estiró hacia Vargas, alargándole la mano.

- Francis Bonnefoy.-

- Lovino Vargas.- Respondió el menor, un tanto aturdido y retrasado, pero ocultándose en movimientos rápidos.

- Lovi, él es el amigo del que te hable y el que viene con nosotros.-

Vargas le dirigió una mirada contrariada al francés que pasó desapercibida para sus acompañantes. No sabía qué pensar de éste.

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Gilbert se despidió de Kiku y de Arthur al subirse a su motocicleta.

- ¿Y ustedes como se irán?-

Arthur miró por sobre su hombro hacia el corredor junto a la tienda del albino.

- Si me devuelves mi moto podríamos…-

- Ni hablar Kirkland, o tu madre me mata.-

Arthur frunció los labios como un niño taimado y se llevó la mano derecha al hombro contrario, apretándolo con firmeza. Kiku, al notarlo, miró con curiosidad al alemán, su nuevo jefe (o compañero de trabajo, depende del punto de vista)

- ¿Pasó algo malo, Gilbert-san?-

- Este idiota casi se quiebra el cuello jugando a Rápido y Furioso en la carretera.- Respondió con una mezcla de desprecio y burla.- Por suerte mi milagrosa persona estuvo presente para salvar su pellejo, pero el susto que le regaló a su vieja no es para la risa.- Contrario a lo que dijo, Beilschmidt sonrió y soltó un "ksé" a modo de risa contenida.

- Fue un accidente…- Se defendió el inglés, sabedor de su imprudencia y de su culpa.- Y de todos modos, uno debería poder decidir que hacer con su vida y cuando hacerlo. Si hay riesgos y se asumen, no te pueden impedir llevar a cabo tus acciones.-

El albino lo miró en un amago de comprensión, antes de ponerse su casco y encender su motor.

- Aún así, la llave no la tengo aquí.- Mintió con descaro, ya fuese por enrabiar al inglés o por la flojera de levantarse nuevamente. Quitó el pie de la moto y la enderezó.

- ¿Y a donde irás? ¿A casa de Unión?- Consultó.

- Nein. Iré a mi casa. Después de todo, sigo manteniéndola yo.- Gilbert revisó por última vez sus bolsillos, asegurándose de que su billetera y sus llaves estuviesen allí.- Pasaré a buscar el resto de mi ropa y a dejarle algo de dinero a Lud.-

Kiku se confundió, ¿no se había peleado Gilbert con su hermano?

- Gilbert-san, si me permite preguntar, ¿no estaba usted molesto con Ludwig-san?-

El albino frunció levemente el ceño, intentando no comprender el contexto de la pregunta y responderla sin ahondar. Por supuesto que seguía molesto con su hermano, por ello no pensaba volver a casa hasta que éste y Elizabeta le pidieran perdón y reconocieran que lo necesitaban. Por que él era necesario, absolutamente. Y eran ellos quienes debían sentirse autores de la traición. Maldita sea, si seguía pensando terminaría por hacer quien sabe qué.

- Sabes, tienes razón. Que Ludwig busque el modo de mantenerse él mismo.- Terminó por responder, regresado a su mente todo el resentimiento que sentía, mas conservando la cordura de no enrabiarse ante los recuerdos.

Arthur soltó un bufido difícil de interpretar y Kiku retomó la palabra.

- ¿Vengo mañana?-

-En casa de Unión no celebran navidad hasta dentro de unos días, por lo que vendré mañana en la mañana a ordenar un poco. Puedes venir si quieres, las llaves ya te las di.-

El japonés asintió. Gilbert volvió a despedirse con un ademán de su mano y se fue.

- Yo también tengo que irme.- Dijo Arthur. Debía pasar por su casa a alimentar a Caroline y a buscar el notebook de Manuel.- Nos vemos, Kiku.-

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Peinaba sus cabellos lacios y rubios mientras se acercaba a su novio por detrás.

- Estuve a punto de decirle a Naty que me ayudara, en serio, te juro que fue atroz sacárselos. Totalmente imposible, así de callados eran. Ni que pensaran que de verdad soy policía, ¿crees que me queda bien el uniforme?-

Su nombre era Félix y vivía con su novio. Polaco de nacimiento, tenía ojos verdes y un cuerpo algo andrógino.

- Y al final, ¿quién se las vendió?... ¿De verdad debo responder?-

Félix desvió la mirada hacia el televisor pantalla plana encendido. La noticia ya llegaba a su fin, mas aún podía leerse la leyenda con el resumen de los hechos.

* Banda de asaltantes armados: veintitrés muertos*

- Te juro que no te lo vas a creer, como que es completamente imposible, si todo lo que tiene Lovino Vargas pasa primero por nosotros, o sea, que totalmente delirante.-

Un chico castaño y de ojos azules volteó el rostro para ver mejor al rubio. Toris Lorinaitis decía llamarse. Algunos le creían, otros no. Lovino era de los que no.

- Es como triste, ¿no crees, Toris?-

- ¿Qué cosa?-

- Esas personas, así como que no tenían la culpa de nada, ¿captas? A ésos se les ocurre disparar para huir cuando deberían ser hombrecitos y aceptar que las cosas no les funcionaron. Totalmente innecesario.-

Toris se permitió una risa ante el comentario. ¿"Hombrecitos" decía? Que gracioso, viniendo de labios de un hombre casi travesti.

- Sí que es una lástima, en especial por sus familias.- Reconoció el castaño. Porque por muy jefe de banda mafiosa que sea, tiene sentimientos y comprensión por los inocentes. Aunque a veces los sacrificios eran necesarios.

Devolvió la atención al notebook enfrente de él y cerró algunas ventanas.

- ¿Cómo crees que se sienta Lovino así como en éste momento preciso? Pero ni un minuto antes ni después, ¿eh?-

- No creo que le vaya a importar. Y hablando de él, envié a Eduard a averiguar en que anda.-

- ¿Ah, si? A ver, yo quiero saber, Toris, no seas malito y dime, dime.-

- Hace unos meses contacto a una inmobiliaria y al parecer le ha vendido toda una manzana. Coincide con el tiempo en el que nos pidió ese préstamo grande.-

- Pero si ya lo devolvió, como que muy puntualmente.-

- Pero no dijo para qué lo quería. Y no nos contactó a nosotros por esas armas, ¿son suizas, cierto?-

- Totalmente fabricadas en Suiza, como que cada pieza.-

- Creo que le hemos dado mucha libertad.-

- ¡Ay, Toris! Cuando hablas así me acuerdo de los buenos tiempos, así como cuando Ivaniwi, Naty y yo nos divertíamos totalmente en grande.-

El polaco dejó el cepillo sobre una mesilla y se colgó del cuello de su novio.

- Como que totalmente ingrato, nos quiere hacer la competencia, que niño tan malo.-

- ¿Lo dejamos?-

- ¡¿Eh?! Toris, como que se te fundió un tornillo, como decía Ivaniwi: "no queremos niños que no sepan comportarse". No lo quiero, no es para nada fabuloso.-

Toris, esperándose una respuesta similar, abrió una pestaña que leyera momentos antes en su buscador.

- Será complicado, no nos pueden involucrar.- Cerró sus ojos cansado, ¿no podían las cosas ser más tranquilas?- Matarlo sería un problema.-

- ¿Y Ekaterine? Podríamos aprovecharla a ella, es una idea totalmente fabulosa.-

- No quiero involucrarla. Ya no está con nosotros, pero sería ingrato. Tal vez a futuro.-

- Nos habrá dejado, pero la familia es la familia, te entiendo perfectamente, o sea.- Confirmó el polaco. -¿Y no lo puedes encerrar, amor? Como que no es para nada difícil, si podemos hacerlo hasta con los ojos cerrados.-

- ¿Tú crees?-

- Totalmente, te explico…-

Al poco tiempo Félix dejó a su novio para recibir la comida que habían encargado a domicilio. Toris sonrió de medio lado, empujando a un rincón de su mente a aquella ovejita negra en su rebaño llamada Lovino Vargas.

Félix llamó a Toris para que se sentara a comer con él.

Y el castaño soltando un "ya voy, ya voy" dejó el trabajo por ese día y fue a disfrutar de su Noche Buena con su novio.

A veces los sacrificios son necesarios.

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Se aseguró de que la batería estuviera al máximo, de hartarse de música porque no utilizaría otros programas mientras durase su momento familiar, ya que Alfred no es tonto y sabe que un video con cuatro personas moviéndose es un poco más pesado de lo usual, al menos para él sería relativamente temprana la llamada y no tendría el sistema demasiado saturado.

Un mensaje le llegó de parte de su hermano gemelo, informándolo de la hora a la que se conectarían.

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Francis y Antonio conversaban animadamente con la madre de Feliciano y con éste último.

- Le aseguro, señora Pampinea, que no he visto mujeres de su edad tan bellas como usted.- La halagaba Francis coquetamente, provocando una carcajada alegre de parte de la dama y unos comentarios de parte de los otros dos hombres ("Te lo dije, mamma, ve~";"Cuidado Fran, hablas con mi posible futura suegra") los que fueron respondidos prontamente con picardía y juvenil astucia ("¿Y no quiere que su compadre sea también su suegro?") de parte de la mujer.

Francis aceptaba que eran una delicia ambas personas, tanto la madre como el hijo. Lamentablemente no podía decir lo mismo del novio de su amigo. Tenía un carácter peor de lo que había imaginado, mas si a Antonio lo hacia feliz, entonces a él también.

- Y bien, François.- La sonrisa de Bonnefoy se acentuó un poco; la voz cálida pronunciaba su nombre con un ligero error que únicamente le parecía encantador. Que deseos de enamorarse de una italiana. -¿Desea un poco más de vino?-

El rubio rechazó la oferta, mientras a su lado Antonio movía las manos relatándole a Feliciano alguna anécdota. Las luces encendidas no eran fuertes ni lastimaban la vista y el ambiente no era frío; por el contrario, tanto las luces como el aire eran cálidos en aquella casa que, sin ser demasiado grande, escondía en sus pasillos bellos cuadros y en las superficies adornos agradables a la vista.

En la mesa, un cuenco bajo de madera con castañas.

En el baño, azulejos que con las formas de La Pedrería encantaban al catalán.

Los pasillos con réplicas renacentistas.

Y en cada habitación un ramo de flores.

Lovino llegó un poco más tarde, cargando con unas bolsas. Su madre se levantó y fue a ayudarlo. Por un instante fugaz Francis pensó en lo machista de un acto tan natural. Y luego pensó que cualquiera podría ayudarlo, ¿por qué no su madre, entonces?

Luego dejó de pensar en ello. No tenía suficiente experiencia con la familia para criticarla o juzgarla.

- ¿Me extrañaron, nenitas?-

- Fratello, llegas justo a tiempo. Francis y Antonio iban a decir como se conocieron, ve~-

Antonio se echó hacia atrás y apoyó sus brazos en el respaldo del sofá, bastante cómodo. Francis se llevó la copa de vino a la boca antes de contestar.

- Fuimos novios hace varios años, ¿no es así, Tonio?-

"No me jodan."

- Así fue, caballeros.- Sonrió el español.- De hecho es por eso que tenemos locales en la misma galería.- Miró a su amigo con una sonrisa.- ¿O no es así, Fran?-

- Muy cierto, aunque no alcanzamos a vivir juntos.-

- Para nada.- Antonio se estiró hasta la mesa de centro para alcanzar su bebida.- Y no habríamos durado ni cinco minutos viviendo bajo el mismo techo.-

- ¿Tú crees? A mi parecer habríamos sido felices.-

- ¡Para nada! ¡Me engañabas con cada chica bonita que se te cruzaba!- Fingió sentirse ofendido.- Prefiero a Lovino, él me es fiel y me ama, ¿no es así, cielo?-

"¿Me jorobas a propósito, pedazo de mierda?"

- No he dicho que te ame.-

El español reclamó con tristeza que no era así, mientras el menor de los Vargas lo apoyaba apuntando todas las ocasiones en que su hermano hablaba sobre él.

La madre de Lovino y Feliciano llamó a sus hijos y a sus invitados a la mesa ya dispuesta, interrumpiéndolos.

La cena fue tranquila y agradable, como lo fue toda la tertulia para las visitas. Al terminar, Francis se ofreció para lavar los platos y al denegársele el permiso, insistió.

- Pampinea.- Comenzó, ahorrándose el "señora".- No quisiera que unas manos tan bellas se ajaran, permítame retribuirle esta velada tan grata fregando los platos.-

La mujer abrió la boca para replicar, mas Francis tomó una de sus manos entre las propias afectuosamente.

- Por favor.- Estaba siendo un poco dramático, pero un hombre que debió nacer en el siglo XVIII al encontrarse con una dama de idéntica característica, poco puede hacer más que dejarse llevar por sus instintos.- Déme esa satisfacción.-

- Está bien, François, me has derrotado.- Aceptó la mujer, bajando la mirada como si estuviese apenada. – Pero Antonio, hijo, ayuda a tu amigo, ¿si?-

El español, radiante por el apelativo, se apresuró en dirigirse a la cocina, mientras Bonnefoy le besaba gallardamente el dorso de la mano a la dueña de casa.

Al poco rato se reunió con su amigo, quien ya enjabonaba los platos.

- Yo los lavo y tú los secas, ¿bien?-

- Perfecto, mon ami.-

Francis paseó la mirada por la habitación y luego por su amigo.

Lovino, a quien la costumbre de escuchar a escondidas no parece ayudarlo mucho últimamente, se apoyó en el umbral de la puerta, empujando ésta con el costado de uno de sus brazos. Con las piernas y los brazos cruzados, frunció levemente el ceño. No se escondía, no en su propia casa, pero tampoco habló: quería aprovechar la acústica.

Francis apoyó su mentón junto al cuello de Antonio, provocándole cosquillas al hablar.

- ¿De verdad piensas que habríamos fracasado como pareja?-

- Lo hicimos Francis.- El gabacho abrazó por la cintura a su amigo, apretando.

- Pero yo te quería.- Reclamó bajito, muy bajito, susurrando una excusa de niño.

- Yo también te quería, François.- Y Francis supo que estaba hablando en serio, que ya no valían más las jugarretas.- Es más, te amaba. Te amé. Pero no habría funcionado. No has crecido, más allá del polvo del momento no te importan los sentimientos de las personas.- Antonio continuaba lavando los vasos y se dio un instante antes de conceder.- Está bien, te importan siempre y cuando sea para conquistar, pero eso no es verdadero interés. Terminé cansándome.-

Francis tapó su boca presionándola contra el chaleco de su amigo. No sonreía.

- Nunca me lo dijiste.- Murmuró con cierto resentimiento.- Podrías haberlo hecho.-

- ¡Alá! ¿Ves a lo que me refiero? De decírtelo, te lo dije.- Francis volvió a apretarse contra el cuerpo contrario, con la cabeza gacha. Antonio comenzó a enjuagar los platos. Francis besó el cuello de su amigo suavemente, con cierta nostalgia.

Bajó sus manos, metiéndolas por debajo del pantalón del español. Antonio se quedó estático un momento, más tras sentir como Francis ejercía fuerza para deslizar una de sus manos hasta la base misma de su pene, dejándola quieta allí, retomó la movilidad. Francis no la movió más, deleitándose con la presión que las telas ejercían sobre los dorsos de sus manos y la calidez de la piel de su ex pareja.

Para su suerte, y gracias a estar de espaldas a Lovino, éste no pudo ver con exactitud las acciones del gabacho y simplemente podía especular sobre lo que las manos francesas estaban haciendo, sin lograr estimar con exactitud a la altura a la que estaban.

- Te amé.- Volvió a repetir, bajito, bajito, bajito. En un susurro triste.- Aún te quiero.- Quizá sentía remordimientos, quizá pensaba en lo que podrían haber construido juntos, quizá recordaba momentos felices.

- Yo también te quiero. Por eso, si es verdad que aún guardas algo de cariño hacia mi persona, ¡alégrate porque haya encontrado alguien que me ama!-

- Al respecto.- Francis levantó la mirada hacia las manos tostadas que enjuagaban platos. –Olvídalo, te lo diré otro día.-

Tamborileó un poco con sus dedos, incluso enredó un poco las puntas de estos con los vellos que alcanzaba.

- Tuvimos nuestros buenos momentos juntos.- Agregó el francés.- Te conocía como la palma de mi mano.-

- Y aún lo haces, como amigo eres más útil que como pareja.- Francis detuvo un momento sus dedos y Antonio interpretó el gesto y el cambio de peso muerto sobre sus hombros de manera correcta. –Por eso sé que estás actuando así no porque de repente te hayas vuelto a enamorar de mí, sino porque no te has acostado con nadie en una semana, ¿o me equivoco?-

Francis sacó sus manos y se separó de su amigo, haciendo el amago de tomar un paño para secar los platos, mas deteniéndose a medio camino para desviar el grifo y lavarse las manos.

- No del todo.- reconoció el rubio.

Lovino los dejó solos, confiando a duras penas en la fidelidad hispana. Lo que le preocupaba era la presencia del bastardo de Bonnefoy. Lo mantenía en un maldito estado de inquietud.

¿Debía confiar en Fernández?

¿Podría confiar en Fernández?

Eso esperaba. ¡Qué mierdas tan cursis estaba pensando! Desgraciado Antonio, desgraciado él mismo. Era sólo el puto ex novio de Fernández.

Francis se secó las manos y luego comenzó a secar los platos. Antonio cerró la llave y se apoyó en el lavaplatos.

- Francis.-

- ¿M…?-

- Sigues siendo mi mejor amigo.-

+'+'+'+'+

Un poco suelto, eso era todo.

- Parece que tendré que deshacer algunos puntos.- Habló su madre, acuclillada junto a él y tomando sus nuevas medidas. Se sentía un poco desconcertada por el cambio en el cuerpo de su hijo, ¿sería el ejercicio lo que lo había llevado a adelgazar?

- Mamá, así está bien.- Reclamó Arthur, entre avergonzado e infantil. –Lo vestiré de todos modos.-

- Está bien, si tú lo dices.- La mujer se incorporó y sonrió al ver su trabajo: un chaleco de lana color verde que a Arthur le lucía bastante holgado.

- Gracias, mamá.- Dijo Arthur entonces, inclinándose para besarle la mejilla.

- De nada, my boy.-

Y Arthur, sonriendo, retrocedió para sentarse en el brazo del sillón, perdiéndose un momento en el árbol de navidad y las luces parpadeantes.

"Gracias, mamá"

Palabras cotidianas para cualquiera, ¿pero que hacer, cuando alguien más podría reclamar esas palabras? ¿Cuándo te das cuenta de que tiene un significado diferente al que siempre creíste? Cuando te das cuenta de que tienen un mayor peso, un significado más fuerte.

Cuando al decirlas la respiración se detiene y se vuelve un silbido suave, una atemporalidad, una mentira y una verdad, cuando la mente se vuelve hueca y se pregunta cual eco en la distancia:

"¿Siento que todavía está bien?"

Y Matthew se deshizo de un papel de colores, doblándolo y dejándolo a un lado, revelando un diccionario inglés-alemán. Y el chico sonríe, porque le han acertado a un regalo que nunca pidió, mas que necesitaba y que ni él mismo se había enterado que deseaba.

Su madre recibe un pequeño paquete. Y a los pocos instantes se arroja al cuello de su marido, exclamando: -¡Robinson!-

Las palabras suenan suaves y buenas y suaves y buenas y suaves y buenas y suaves y…

Una sensación extraña en la boca del estómago.

Y las palabras continúan siendo tuyas, tan propias y tan usadas y tan propias y tan usadas y tan tuyas y tan lejanas, -¡cuan lejanas, como se escurren de entre tus dedos!- y tan de todos y tan propias y tan lejanas y tantantan, son tus pies chocando fuerte contra el suelo, y el sonido de tus seis años corriendo hacia tu casa.

Y más allá del tantantan, están la voz de ella, y la de él. Y ahora de ellos también, porque tienes unos hermanos recién nacidos, y tú no entiendes porque hay colgada en la escalera una fotografía de mamá con una gran panza que fue de ellos. Y tu foto, ¿dónde está? ¿Dónde está la fotografía de mamá con una gran panza que fue tuya?

El padre de Arthur le agradece por la edición que le ha conseguido, sonriendo ansioso tras sus lentes, porque esas notas a pie de página y esos estudios al principio de la obra no se encuentran en cualquier parte y quiere leerlos.

Son rabietas que de repente pierden fuerza, favores que la cansarán, caprichos que no son más que una carga, porque ya no eres un niño, eres casi un adulto, un adulto con tu condición. Es un balbuceo lejano, atorado en la garganta, flotando en bruma.

Se oyen risas y Matt se sobresalta gratamente al ver el reloj de pared. Enciende su portátil y los llama, sentándose en el suelo frente a su madre. Su padre se sienta a un lado de la mujer y Arthur tarda un poco en reaccionar.

Pero la palabra, ¿ha cambiado? ¿Su significado lo ha hecho? Y todo pasa, no por ti, sino por ellos. Que piensan de ti, que sienten por ti. Si te abrazaran y te relataran un cuento de hadas sobre un niño y su familia, que contara como aquel niño creció rodeado de cariño, en la más absoluta normalidad, ¿habrías reaccionado del mismo modo cuando los padres llegaron a ese cumpleaños número diecisiete?

Posiblemente. Y luego te habrían respondido, "pero igual lo quieren. Todavía lo quieren. Mira bien Arthur, ¿ha cambiado el cariño de los padres o se ha borrado su historia juntos?"

Y habrías tomado el libro entre tus manos y vuelto las páginas.

Y "no mamá, las letras siguen allí. Puedo leerlo una y mil veces y la historia no ha cambiado."

La primera reacción de Arthur ante el cambio de color en el cabello de Alfred es una mueca entre sorpresa y enfado. Luego ironiza sobre el tema – apoyándose en el hombro de su madre- y la conversación no se detiene hasta unos buenos cuartos de hora después.

-… nunca antes había tenido que caerme con moto y todo, pero fue genial.- Alfred lucía realmente entusiasmado y a Arthur continuaba pareciéndole arriesgado. – Aunque el raspón fue lo de menos, ya saben como terminé.- Completó, sin agregar la información que ocultaba.

Arthur quiere descansar su cabeza con todo su peso sobre ese hombro, pero no puede.

Y las palabras mamá, papá, hijo, hermano, amor, mi cielo, mi niño, casa, historia, infancia, vida siguen siendo tan propias y tan de todos, tan irreales, tan de cuento de hadas, tan suaves, tan de "la vida continúa", tan reales, tan oníricas, tan distantes y tantantan.

Son los pasos sobre el parqué y tus veintitrés años encima.

+'+'+'+'+

Cuando las luces de la casa están apagadas, cuando ella está sola y tirada sobre su cama viendo una película, la puerta al abrirse revela unos ojos rojos y un cabello blanco en medio de la oscuridad.

Roderich fue a casa de Vash y Ludwig salió a beber. Está sola y el demonio de las sombras la mira apenas un instante antes de que el corazón deje de contraérsele y reconozca a Gilbert.

El albino le hace un gesto con la mano, apenas moviéndola y pasa frente al televisor en dirección al armario. Comienza a sacar las prendas que allí aún quedan.

En su mitad del armario.

Elizabeta lo mira sin disimulo, y aunque el albino está de espalda puede sentir sus ojos. Al darse la vuelta, nota que la chica está acostada en medio de la cama matrimonial, pero que aún así tiende a ocupar más su mitad de la cama. La mitad de Gilbert está apenas desarmada.

Ambos saben que estar así, en aquella habitación no es algo nuevo. Han dormido juntos por meses; son como dos hermanos, por más que el sea hombre y ella mujer, por más que ya sean adultos.

Tal vez tenga alguna relación con que Gilbert es gay y Eli no se siente atraída por él.

Gilbert desea acostarse a su lado, comentar la película y al final decirse "buenas noches" y darse la vuelta.

Pensar que en un principio fue por falta de camas. Luego ya no necesitaron más.

Gilbert se dirige a la puerta, nuevamente sin hablarle, hasta detenerse una milésima de segundo en el umbral antes de continuar.

- Feliz navidad.-

Elizabeta apenas alcanza a responderle con un susurro antes de que el varón desaparezca en el pasillo.

+'+'+'+'+

Arthur y Matt están en la habitación del primero, estirándose y bostezando, decidiendo en camiseta si usar pijama o dormir en ropa interior. Matthew está feliz y sonriente y termina por sentarse sobre la cama de su hermano con un peluche de oso polar entre sus brazos.

Arthur se rasca la cabeza, pensativo, y desliza su mano por entre su cabello hasta llegar a su coleta verde y rascarse la nuca nuevamente, justo allí.

Matthew ha empezado a indagar en el bolso derruido de su hermano buscando el celular del mayor para ponerlo a cargar, encontrándose con unos sobrecitos. Uno con harina y el otro con pastillas.

- ¡Arthur!- Exclama. O más bien dice alzando levemente la voz. El mayor se voltea y ve cierto reproche en la mirada del castaño.

- ¡Ah!- Responde, con la mirada algo perdida, sin sentirse realmente culpable.

- ¡Prometiste que no..!-

-Matt, no he tomado nada, te lo juro por nuestra madre.- Y sin necesidad de resaltar el "nuestra", Matt comprende lo que hay más allá. Porque siempre lo hace, porque sabe que en ese "nuestra" está la poca seguridad de Arthur, su intento de auto convencimiento.- Pero me encantaría.-

El menor observa y estudia el polvillo blanco y luego las pastillas de colores que tienen figuras en la superficie. Siente curiosidad, y se dice a si mismo que está en su casa, que nada malo podría pasar, que le gustaría hacer algo emocionante, pero que la vergüenza de admitirlo frente a su hermano mayor es demasiada.

El sonrojo llama la atención de Arthur, quien con una sonrisa traviesa le pregunta si quiere probar.

Y Matt, sin procesar del todo la pregunta asiente con la cabeza, dando un paso un poco torpe en su vida.

El velador lo corren hasta dejarlo frente a la cama y quitan los objetos de sobre él. Arthur esparce parte del polvo y con su cédula de identidad lo divide como si de un campo cultivado se tratase.

- A esto se le llama "línea"- Instruye a su hermano.- Seguro las has visto en las películas yanquis.-

Matt asiente, dejando de lado a su peluche y observando con atención.

- Debes prometerme que no terminarás como tu hermano.- Le advierte Arthur, y tomando nota mental para si mismo, saca una pastilla de éxtasis y la deja a un lado. Luego busca dentro de su bolso una bombilla o una boleta o lo que sea que le sirva a su cometido sin tener que maniobrar como si de una caja de rapé se tratara. Al final se levanta y camina hasta su librero, revisando en los estantes más altos y palpando con la mano hasta que ¡bingo! Da con unos panfletos pequeños de hace varios meses. Enrolla uno convirtiéndolo en un tubito y con él le muestra a Matthew como esnifar.

Matt también enrolla uno y lo imita, estornudando al rato debido al escozor.

Lo que siguió a eso tuvo diversas variables que lo explican. Una de ellas era la euforia de Matthew por haber visto a su gemelo momentos antes, lo que llevó a conversar sobre él. Otra fue que después de estornudar por primera vez, logró seguir el ritmo de su hermano, provocando la desaparición de una línea cada veinte minutos. Y la razón culminante fue la pastilla rosada que Arthur le dio, cuando ya ambos estaban mucho más sueltos de lengua y mente.

-… las cosas no cambian, Arthur.- Intentaba hacerlo razonar el castaño.- Para mí, eres un hermano como cualquier otro, me conoces desde el mismo día que nací.-

- ¿Pero de que hablas?- Ambos estaban sentado en la cama, mirándose a ratos.

- Tú sabes sobre que hablo.- Le respondió el menor.- Y me duele verte así.-

- A mí también me duele.- Arthur estuvo a un paso de echarse a reír tras sus propias palabras.- No puedo evitarlo… it's so weird… I love them, but I…-

- ¿Pero tú qué?-

- No lo sé.- Le contesta Arthur.- Tampoco lo entenderías, las relaciones familiares se te dan fácilmente.-

Matthew procesa las palabras y desvirtúa en parte su significado.

- No es tan fácil como piensas.- Le advierte, con su voz suave algo enfadada.- Para que lo sepas, todos tenemos problemas familiares, no sólo tú.-

Arthur se carcajea y Matt le tapa la boca innecesariamente. Sus padres duermen en una habitación apartada. Arthur se levanta y comienza a saltar, tratando de alcanzar los esténciles del cielo. Matt se balancea en su lugar, sintiendo unas ganas locas de bailar.

- ¿Y qué problema podrías tener tú, hermanito?- Ya han intercambiado tantas palabras y verdades que Matt contesta con aire soñador.

- Estoy enamorado.- Arthur no le ve el problema a eso.- De Alfred.- Y por el sonrojo y el rostro de ternura con que su hermano baja la mirada es que sabe que no es mentira. ¿Pero donde está la cordura en ese momento?

- Matt, muy malo. Ustedes comparten sangre y eso nadie puede dudarlo.- Se sienta y se acomoda en su lugar, echando el cuerpo más hacia el centro de la cama.- Yo si podría enamorarme de Al, porque yo no soy su hermano.-

Las palabras son contradictorias, y de seguro si Alfred las escuchara les diría que están errados, que la sangre no forma los lazos, sino que estos refuerzan la sangre. Que ésta es secundaria antes que primaria. Pero Alfred no está y ambos hermanos continúan discutiendo acerca de porque los hijos de Alfred pueden ser de Arthur y no de Mathew.

(Ambos han olvidado que el susodicho es un hombre y por ende difícilmente podrá embarazarse.)

Arthur recurre a bases científicas mientras coloca a un volumen muy bajo la radio de su habitación y comienza a mover el cuerpo. Habla de colitas de chancho y de malformaciones. Su hermano se levanta y se le acerca, acompañándolo en el baile. Arthur vuelve a repetirle que la sangre es el problema entre ellos dos.

(Los dos olvidan pensar que la sangre es lo de menos, porque el amor no está ligado a la reproducción. El amor no busca sangre, busca apoyo y comprensión. Y eso no está regulado por la cantidad de material genético que se comparta. La biología está de lado y ellos no lo notan)

Matt lo escucha y de repente, de la nada, luego de sacudir la cabeza de lado a lado siguiendo el ritmo de la música desenfrenada de su hermano, lo acerca a su cuerpo y lo mira, moviéndose con él, antes de bajar el rostro esos dos centímetros que los separan y besarlo.

Arthur le responde con fiereza, dejándose llevar y abrazándose más a su cuerpo, sin dejar el movimiento del suyo propio y comenzando a menear las caderas de adelante hacia atrás, rozando a su hermano.

Matthew comenzó a tocarlo y a murmurar "Alfred", quitándose los lentes y arrojándolos sin cuidado al piso. Al día siguiente, sin recordar nada de lo que sucediera tras sus primeras líneas de cocaína, se preguntaría como diablos hicieron sus lentes para llegar allí.

Las caricias y los besos se trasladan a la cama y Arthur tiene un momento de lucidez en que comprende que Matthew jura encontrarse con Alfred. Es entonces que quiere detenerlo, dándose cuenta de que están cruzando una línea. Que aunque no sean hermanos de sangre, continúan siendo hermanos. Que comparten ese lazo.

Intenta detener al menor, pero éste termina dominando la situación.

Cuando se está dejando llevar, Arthur sólo puede pensar con cierta culpabilidad una cosa.

"Lazo, no sangre"

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Cuando Arthur se despierta, su cuerpo está cálido y enredado entre las piernas de su hermano.

La sábana, harta de sudor y calor corporal, está también enredada, entre sus brazos y el cuerpo de Matthew. El cuerpo junto al suyo aún está caliente. "Como el mío" Piensa Arthur, sabedor de que el éxtasis aumenta el calor corporal y preguntándose si aún se mantienen los efectos de éste o si lo que siente es el residuo de la noche anterior.

Su camiseta está a los pies de la cama y Matthew está desnudo. Siente su miembro cerca de su cara, y en un arranque se convence de que se debe a la orina, como le pasa a cualquier hombre en las mañanas, el hecho de que esté semi erecto detrás de los boxers. Porque ha comprendido en el transcurso de la noche y de las palabras que han intercambiado que el castaño está enamorado, y como buen muchacho mayor que es, no puede ver a su hermanito menor como un ser sexuado, mucho menos como una persona que probablemente se ha masturbado tantas veces como él y que ha sentido deseos sexuales. Complejos de hermano mayor.

Matt abre de a poco los ojos.

- Baño…- murmura, provocando en Arthur un suspiro de alivio.- ¿Y mis lentes?- El menor termina levantándose y dirigiéndose al baño mientras Arthur le da los buenos días un tanto aturdido, mas evitando que el más alto lo note.

Cuando está solo, recurre a su memoria y no deja de quebrarse la cabeza hasta asegurarse de que se durmió abrazado a las piernas de Matthew sin llegar a tocarse de una manera más lasciva de la que lo hicieron. Si Matt no lo recuerda, él no tocará el tema.

Al volver Matt, le extiende un polerón y ambos se arreglan un poco para correr a la habitación matrimonial de la casa y despertar a sus padres.

A medio día, Arthur no soporta más estar en presencia de Matthew y da una excusa para salir de allí, argumentando que irá a ver a un amigo para saludarlo ese día. Que los verá para año nuevo, que le den saludos a la familia. Le asegura a su madre no olvidar el regalo para su abuelo y se va a deambular por las calles, luciendo como un trapo en un palo con el chaleco que la mujer le regalo. No le importa cuando se ve en un vidrio, igualmente le gusta la prenda.

Cuando principia a llover, Arthur se refugia apoyándose en una pared de concreto y mira las lágrimas del niño Dios cayendo a medio metro suyo.

"Es hermoso" Piensa. Y se queda allí un tiempo más.

+'+'+'+'+

Mientras Francis almorzaba, Antonio le relataba su anterior noche.

- Me dolió más que una cornada de toro.-

- Qué suerte, hace semanas que no tengo acción, te tengo envidia, Antonio.-

- ¡Francis!- El español se sirvió ensalada de tomates y luego dejó el cuenco a un lado.- No puedo ni sentarme bien y tú te burlas.-

El francés se carcajeó, feliz.

- ¿No era acaso lo que habías querido todo este tiempo?-

-…Sí…- Reconoció el español.- Pero…-

Al poco rato se despidieron y el ibérico se ofreció a llevar a su amigo a casa, mas éste desechó la oferta y se fue tal como había llegado: caminando.

No esperó encontrarse a Arthur, como tampoco el verlo tan abstraído con la lluvia. Su primer pensamiento fue que nuevamente estaba ido, mas para asegurarse se le acercó.

+'+'+'+'+

- ¿Y no pasas navidad con tu familia?- Le consultó el chico de grandes cejas, secándose con la toalla el cabello antes de recibir el té que el francés le ofrecía.

- Están en Francia.- Respondió el gabacho, sentándose a su lado con un café y secándose sus largos cabellos.- ¿Y tú?-

- Vengo de allí.-

- ¿Y por qué te fuiste?-

- Problemas.- Arthur desvió la mirada, nuevamente deteniéndose en el cuadro de una niña morena. Le pareció reconocer a la mulata de hace unas semanas. - ¿Esa es tu hermana?- Le preguntó, señalando el cuadro con el índice de la mano que sostenía su taza.

- Oui, yo lo pinté.- Respondió con suficiencia- ¿Qué te parece?-

- No está mal.-

- ¿Y qué clase de problemas?- Insistió el francés.

-Problemas.- Continuó ignorándolo el inglés.- ¿Qué tanto te importan?-

Francis guardó silencio, sin insistir. Permanecieron así unos segundos, antes de que el mayor encendiese la radio y dejase escuchar una música movediza. Arthur sintió unas ganas inmensas de bailar, más se abstuvo.

- Perdona, es sólo que las cosas últimamente… no han estado bien. En mi trabajo, en mi casa, mi familia,- "Dios, Matt"- Son muchas cosas.-

- ¿Mucho estrés?- Lo ayudó el de cabellos largos.

- Yes, a lot.-

- Te escuchó.- Y Arthur, sin esperárselo le explicó porque en su trabajo lo dejaban de lado, porque no tenía una casa propia en ese momento y un montón de otras pequeñas situaciones que lo ponía histérico.

- … y al final me echan la culpa a mí, cuando no tuve nada que ver. Usar ropa como la mía no es ser un destructor… o no siempre.-

Francis, quien lo escuchara con atención, se bebió lo último que le quedaba de café.

- Deberías relajarte un poco, petit. Esto no llevará a nada bueno.-

Francis lo observó sosteniéndole la mirada al inglés y acercándosele levemente. Le colocó una mano en la pierna, seguramente empujado por el vino que tomo con Antonio. (Seguro es el vino, seguro)

- Es imposible.- Le responde Arthur, al parecer sin notar la mano en su muslo, o ignorándola, o considerándola únicamente un gesto de apoyo.

- Yo conozco un modo de quitar el estrés.- Insiste el francés, utilizando su mejor mirada insinuante, provocando que Arthur comprenda a donde intenta llegar y le devuelva una mirada que está entre advertencia y hastío.

- Voy a bañarme antes que me vuelva a resfriar. Luego puedes entrar tú, si así lo deseas.- Arthur lo vio alejarse, evaluando la descortesía que era el preocuparse primero por la salud propia y no la del invitado. Pronto se dio cuenta que Francis estaba mucho más mojado que él y que su super chaleco protector color verde marca mami lo mantenía caliente, más allá de su chaqueta empapada.

Se levantó a ver si la secadora aún daba vueltas y al volver, se quedó mirando su bolso, deteniéndose en la bandera y en los alfileres de gancho.

"Bloody hell"

Sacó de su bolso lo que le quedaba de cocaína y lo esparció en la mesa, dándole la forma de una línea. Si algo iba a pasar entre ellos dos, pensaba estar lo suficientemente drogado como para tener a qué culpar en la mañana.

Pero cuando ya estaba acuclillado junto a la mesilla que estaba al lado del sofá, unos goterones cayeron sobre el polvo. Arthur levantó la mirada indignado, encontrándose con Francis, quien estrujaba la punta de sus cabellos –la parte mojada- sobre su tesoro.

- ¿Te bañas tú ahora?- Le preguntó, envuelto en su bata y estirándole una toalla seca.

Arthur la tomó de mala manera y fue al baño de la habitación de Francis.


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Próximo capítulo: Antonio