5879 palabras.

Escribo sin fin de lucro.

Disclaimer: Hetalia Axis Power y todos sus personajes -los que nos han acompañado durante el racconto- pertenecen a Hidekaz Himaruya.

Advertencias: A estas alturas, incesto, lemon (¿?), ingleses deprimidos, italianos celosos, noches con monstruos en la oscuridad.

PD: ¡Cumplí la mayoría de edad! Y como les dije, agregue el lemon de las parejas que solicitaron.

PD2: Recuerden intentar adivinar el nombre del capítulo 15.


La Torpeza de tus Pasos: Capítulo 13: Emma

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Arthur metió su llave en la cerradura y la giró. Miró detrás suyo, hacia Lily, y le sonrió, abriendo.

Entonces se escucharon los pasos de Francis acercándose a ellos.

- ¿Estrenando las llaves que te di, ma cher?-

- Yes.-

Los tres entraron y Lily corrió a encender la estufa a parafina que se escondía en una esquina. Francis se quitó su bufanda y los guantes, dándole calor a sus dedos con su aliento.

Arthur lo miró con la idea de tomar su mano y calentarla entre las suyas, mas volteó y fue en ayuda de Swingli.

El sonido de las llamas cortando el aire lo entretuvieron un momento que Francis aprovechó parase acercarse a calentar sus dedos.

- Hará frío allí dentro.- Comentó el inglés.

- Mucho.- Corroboró la mujer.- Todos los años es igual.

- Ayúdame a mover la estufa, Arthur.-

- Claro.-

Practicaron por horas antes de ir a comer y discutir sobre que debían arreglar. Francis le explicó verbalmente lo que debía cambiar, pero Arthur comprendió mejor las cosas cuando, a la vuelta, Francis tomó su lugar y le mostró como debía moverse correctamente.

Viéndolos a él y a Lily, a Arthur le daban ganas de hacerse a un lado. A pesar de intentar imitar a la perfección a Francis, continuaba cometiendo errores menores en su modo de relacionar su cuerpo con el de Lily.

La chica se despidió de él con un beso en la mejilla y se cobijó en su abrigo antes de dejarlo sólo.

Con Francis.

- ¿Te molesta que fume?-

- No.-

- ¿No apagarás las luces?-

- Tenemos que practicar.-

Arthur sostuvo el cigarro en la boca un instante, mirando a Francis mientras prendía el encendedor. Luego lo arrojó al suelo, cerca de su bolso, y soltó el humo.

- ¿Cuál es tu plan?-

- Acércate.-

El brillo en los ojos de Francis provocó desconfianza en el británico. Arqueó la ceja visiblemente, para que notara su recelo, lográndolo.

Dejó caer las cenizas insolentemente. Sabía que a Francis eso no le gustaba. Con lo ordenado que era su departamento, era difícil imaginar las orgías que seguramente el galo armaba allí. O eso pensaba Kirkland.

Francis arrugó el ceño, provocando la risa de Arthur. Realmente no le gustaba la suciedad. Esa era una de las razones por las que siempre salía a cazar y devoraba a sus presas en cualquier edificio de Londres, pero nunca en su propia guarida.

Eso habría sido un insulto a su hermana y a Pierre.

Desenfadadamente se acercó al gabacho y tomó su mano como se la habría tomado a Lily, mas Francis lo hizo girar para que quedara de espalda a él y lo tomó por la cintura. Cerró sus dedos amoldándolos a la camiseta, manteniendo la cercanía de sus cuerpos.

- Tú serás Lily. Ahora, uno, dos, tres...-

Lo hizo llevar el compás con más lentitud de la real, enseñándole el punto de vista de Swingli. De ese modo, Arthur sabría cuáles eran los puntos ciegos de la menor y podría apoyarla debidamente.

Tomó su mano y lo ayudó a girar, explicándole cómo debía realizar el movimiento de muñeca, mientras Arthur asentía. Meses atrás eso lo habría hecho enfadar. Ahora, no era más que parte de su rutina.

Nuevamente lo agarró de la cintura, esta vez alzándolo. Fue entonces que Arthur se agarró de los brazos del francés y en general de cualquier parte de su cuerpo que le sirviera de apoyo y comenzó a patalear, iniciando una sarta de garabatos para que lo bajara.

- Nunca en tu vida vuelvas a hacer eso si no quieres que te arranque la cara.-

- Deberías tranquilizarte. ¿Cómo te sentirías si Lily hiciera lo mismo? Deberías pensar en la confianza que te tiene, lapin.-

- Odio cuando pones esa cara.-

- ¿En serio?-

- Claro que sí, es desagradable... y me dan ganas de golpearte... y... yo no... te tengo confianza... y tú... tú...-

- ¿Yo qué?-

- Se supone que estamos practican... mmm.-

- ¿Practi...cando?-

- Ah, cállate.-

- Mmm... sabes a menta... dame.-

- Son de Lily, ja, ja, ja. Quédate con las ganas, rana. Ya, déjame, supuestamente ahora soy un bloody muñeco en el suelo según tu propia obra.

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Terminó de firmar. Manuel lo acompañaba, parado a un lado suyo. Karpusi le estrechó la mano y le sonrió.

- Entras el próximo lunes. Nos queda una semana juntos, González.-

- ¿Yo? Yo me quedo, el que se va es Arthur.-

- Hablé con Kirkland ayer, dijo que tienes preferencia por tus estudios.-

- No, la idea era que él se fuera.- Se extrañó Manuel, mirando alternativamente a Karpusi y a Hernández.

- Ah, sí. Mientras no estabas lo hablamos con Arthur ya que tú estás estudiando y como te conocemos...-

El rubio le sonrió dándole a entender el resto de la oración. Manuel se acercó y lo abrazó en agradecimiento.

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Eduard le señaló a la mujer antes que ésta entrara a Glance Flash. Su acompañante asintió temeroso y se apeó del auto, diciéndole que le esperara.

Von Bock se recostó en su asiento, sacó su laptop, y envió un mensaje a Lorinaitis.

Galante entró al local, donde pocos clientes iniciaban el día tardíamente. En la barra atendía un hombre castaño y ella estaba sentada conversando con él. Sólo un chico -de apariencia latina- y una muchacha atendían.

Raivis se sentó en una silla cercana y esperó a que la moza lo atendiera, vigilando con un ligero temblor y encogimiento de estómago al hombre detrás de la barra y a la mujer rubia que lo acompañaba.

En una mesa cercana a la suya, una chica tomó la mano del mozo -el de apariencia latina- y la acarició hablándole, diciéndole que lo extrañaría y que sin falta aprovecharía esos últimos días. Las otras dos mujeres que la acompañaban lo toquetearon un poco y expresaron lo mismo.

Pidió un jugo natural y esperó, intentando tranquilizarse, realizando los ejercicios de respiración que Eduard y Toris le habían enseñado.

Ella se disculpó con el barman y contestó su celular. El hombre se retiró por un momento. Y Raivis se acercó.

- Es muy caro, busca otro para dentro de unos meses más, así tengo tiempo de hablar con Lovino para que se haga la idea... El es un amor de persona cuando quiere... Pero se trata de mí, lo entenderá...-

Galante se sentó a su lado y tomó una carta, simulando estar interesado en ella. Emma se fijó en él.

- Tengo un cliente, debo cortar... Yo también te quiero.-

Emma se giró hacia Raivis.

- Carnet.- Le exigió, dudando de su edad.

El se lo mostró.

- ¿Siempre preguntas la edad de las personas? E-eso es muy noble dentro de lo que cabe.-

- ¿Vas a comprar o no?-

- V-vengo a vender.- Contestó Galante, sonriendo tímidamente.- Escuché que usted quiere viajar a Bélgica. Bajo mi responsabilidad, le entrego esta tarjeta. Esa persona puede hacerle un precio, es revendedor de asientos, usted sabe.- Galante comenzó a jugar con la carta, desviando la mirada.- Compra los asientos con anticipación y...-

- No, gracias.- Le sonrió Emma.- Aún tengo cosas que hacer aquí.-

- C-como usted quiera.-

Emma vio al chico alejarse en dirección a su mesa a dejar unas monedas. Luego éste se marchó.

- Llamaré a González para que limpie el baño y deje de hacerse el lindo.-

Emma se volteó hacia Karpusi. Regresó luego a su bebida y al bajar la vista vio sobre la barra la tarjeta olvidada.

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Densen abrazó a Berit. Emil fingió no verlos a través de la puerta entornada, a pesar de seguir fielmente el camino de besos y risas en el cuello de su hermana.

Los mayores estaban en la cocina, y él tenía hambre. No se detuvo a escuchar la noticia del varón, que había conseguido trabajo en un bar. El se detuvo a preguntarse qué se sentiría abrazar a una chica de ese modo y ser cariñoso con ella. El se detuvo a preguntarse si sería necesario realmente establecer una relación para ello, ya que le parecía mucho más sencillo saciar su curiosidad con alguna de sus dos amigas.

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Se calentaba las manos con la taza de su té mientras Gilbert ordenaba en filas los piercings sobre una tela negra.

- Ser clemente es un acto de superioridad.-

- No necesito la clemencia de ellos… listo, ahora pobre del que me los desordene.-

- ¿Y ellos la suya? Hedevary-san debe cargar no sólo con tres personas, sino que ahora también debe mantener su casa, ¿no es demasiado?-

- ¿Qué esperas que haga?- Gilbert caminó hasta el equipo de música, buscando entre sus CD's alguno que le interesara.- ¿Qué sea una especie de proveedor divino?-

Kiku no respondió. Como cada día, tocaba el tema durante un breve minuto para luego olvidar el asunto.

De a poco, penetraba en la angustia de Beilschmidt.

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Esa noche Alfred tuvo miedo. Matthew le repitió hasta el cansancio que no viera "arrástrame al infierno" porque luego no podría dormir y tuvo razón.

Sintió el impulso de ir a meterse en la cama de sus padres, pero no se atrevió a recorrer el pasillo en la obscuridad (no, aquí nada de ser mayor de edad ya). El interruptor de la luz le jugó una mala pasada y no reveló su posición.

Apegándose a la pared y caminando con lentitud para que nada lo atacara, se acercó hasta la puerta de la habitación de su hermano. Contuvo el aliento, y lo soltó de a poco antes de empezar a girar la manilla, intentando aplacar el miedo de encontrar a su gemelo muerto y rodeado de insectos, con las marcas del demonio en todo su cuerpo.

Incluso después de abrir la puerta, no se atrevió a entrar en la habitación.

"Es sólo una película, si algo malo me ataca grito y despierto a todo, no, los héroes no gritamos, si algo me ataca lo golpeo de vuelta, eso, soy fuerte, era sólo una película, el diablo no existe, Dios mío, ayúdame, que no me ataque el diablo…"

Nada más entrar a la habitación, cerró despacio para que nada lo pudiese atacar desde afuera. Había logrado salir de su habitación hacia un lugar seguro sin que nada lo lastimara. Podía sentirse tranquilo.

- ¿Alfred…?- Preguntó medio dormido el menor, encendiendo la lámpara de su velador.

- Matt, tengo miedo.-

- Vuelve a tu pieza.-

- Matt, tengo miedo, no quiero dormir solo.-

- ¿Quieres dormir aquí?- El menor entrecerró sus ojos, rehuyendo la luz de la lámpara y pasándose la mano por sus párpados para despabilarse.- Alfred, regresa a tu habitación, no molestes.-

- ¿Puedo dormir contigo? Por favor, sólo por hoy.- Insistió.

Matthew dejó caer su cabeza, volviendo a dormirse.

- Está bien. Pero tú armas la cama mañana.-

Alfred susurró "good" al acercarse a Matthew. Pasó por encima suyo, para poder recostarse del lado de la pared. Matthew apagó la luz.

- Buenas noches.-

- Buenas noches.- Respondió, estando más despierto que de día. Se abrazó al menor, buscando sentir su piel y su cercanía para apaciguar el miedo. Matthew no tardó en volver a dormirse, mientras Alfred enterraba su rostro en el pijama ajeno, aspirando el aroma de su hermano.

Levantó la mirada, topándose con el cuello y la barbilla del políglota. Acercó sus labios y atrapó un pliego de piel entre estos, suavemente.

Matthew se rió por lo bajo en sus sueños, donde el olor corporal de su hermano y su calor predominaban y trucaban las imágenes, derivando en la sensación de ser correspondido.

Lejos de dormir, Alfred besó la barbilla de Matthew, sintiendo un roce en los labios que le provocaba cosquillas. Buscó nuevamente ese roce, enloqueciendo con el cosquilleo que le provocaban deseos de rascarse los labios.

Sacó su mano izquierda de las mantas y tocó la mandíbula de Matthew, buscando la incipiente barba. Luego se tocó la suya, encontrando el mismo resultado. Le pareció extrañamente maravilloso que ambos se pareciesen hasta en esos detalles.

Envalentonado con sus juegos, deslizó su mano por dentro de la camisa del pijama ajeno buscando la piel acalorada de Matthew. Lo acarició, bajando su mano hasta el borde del pantalón y volviéndola a subir, sin aventurarse aún en explorar los muslos o las piernas de su hermano dormido.

Sus dedos, a pesar de seguir sintiéndose rotos, aceptaban el dolor como una ofrenda, como un modo para calmar la furia de Dios. Como un castigo para pagar el placer que le provocaban esos dedos rotos sobre la piel cálida.

Matthew susurró unas palabras en sus sueños, demasiado difíciles de comprender. Alfred contuvo la respiración sigiloso, antes de retomar sus caricias de manera lenta. Pero pronto recobró su ímpetu habitual y deslizó su mano bajó el elástico del pantalón de Matthew.

Se detuvo nuevamente, asegurándose que el menor continuaba dormido, antes de bajarse con dificultad un poco su propia prenda. Se tocó a sí mismo, embargado por el aroma de Matthew. Cerró sus ojos, tocando el vello púbico de su gemelo y guiándose por el cuerpo de éste.

Entonces recordó que todo eso estaba mal, y que si se detenía ahora podía fingir que nunca ocurrió. Porque de primera ambos eran hombres, lo que implicaba lo pecaminoso del acto. Y en segunda, porque son hermanos y no es moralmente correcto enamorarte de tu hermano, sea del sexo que sea.

Quiso retirar su mano, pero Matthew se lo impidió, sujetándolo de la muñeca. Sus ojos se dirigieron hacia abajo y luego, como de rebote, hacia arriba, hacia el rostro de su hermano, que lo miraba sin mostrar expresión alguna.

Balbuceó alguna excusa, mientras el menor se replegaba sobre sí mismo, encogiendo el cuerpo y sin saber a donde mirar ni como reaccionar. Al final, viendo todo perdido, lo besó. En los labios. A Alfred.

Fue un beso lento y cuidadoso, exclusivamente entre sus labios, pero a Alfred le bastó para acercarse a sentir el rostro caliente por la vergüenza en busca de otro. Y otro. Y otro y otro, hasta que unas pequeñas risas se le escaparon a Matthew, unas risas nerviosas mezcladas con felicidad. Como si todo fuese un sueño.

Alfred solía pensar que Dios lo miraba en todo momento para saber cuando exactamente pecaba en lo referente a su hermano. En ese instante no tuvo tiempo para hacerlo.

Matthew guió nuevamente la mano de Alfred por el camino de su vientre, devolviéndola al lugar del que escapaba. Y él mismo recorrió con sus dedos el cuerpo del mayor, soltando unas risas que parecían sollozos. Que eran sollozos.

Alfred tiró todo al tiesto de la basura. A Dios, a su familia y al mundo entero. Con los dedos de Matthew entre su cabello, nada de eso parecía importar.

Con los dedos de Matthew entre su cabello, tenía los ojos donde debía.

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Elizabeta le dictó la dirección a Ludwig. Le había llegado en un mensaje de texto de parte de Gilbert junto a las palabras "por Ludwig", "pídeme perdón", "te odio" y "no los necesito".

El rubio le agradeció el dato y prometió ir a darle un vistazo al lugar.

Elizabeta se mordió el dedo, intentando recordar donde había escuchado hablar de Glance Flash.

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Ladeó su rostro para poder respirar. Lovino lo lamía sujetando su cadera, hundiendo su lengua y repasando los contornos de su entrada. Antonio cerró sus ojos, soltando un suave gemido para satisfacción de su pareja.

Lovino besó su espalda morena, recorriendo el camino de su columna con cierta devoción, sujetándose de los muslos hispanos para poder subir –bajar- cada vez más sin resbalar, hasta llegar a la nuca y a los cabellos obscuros. Los mordió, tirando de ellos y volviendo a atacarlos.

Sintiendo el roce de sus cuerpos y aún con la cadera levantada, Fernández separó sus piernas para acercarse al colchón, siendo aplastado por todo el peso de Lovino, que acariciaba el interior de sus piernas, besando y mordiendo su hombro.

Le dijo "te amo" y el castaño pareció ignorarlo, rindiéndole pleitesía a su piel bronceada y a su textura. Un apretón fuerte en sus piernas se sintió después, cuando Lovino recordó a los anteriores amores de Antonio, específicamente a uno que todavía permanecía en la vida del español.

Murmuró amenazas contra la piel caliente que tenía debajo suyo, buscando con sus dedos el ano del catalán. Los introdujo sin mucha misericordia, obligando al músculo a abrirse ante él, su único y legítimo dueño.

Antonio no entendió las amenazas ni le pareció extraña la agresividad. Para él, era la pasión de Vargas la que lo movía a actuar de manera tan poco delicada.

Lovino se deslizó dentro suyo de un solo movimiento, ignorando el grito de dolor de Antonio.

- ¡Puta madre…! ¡Lovino!-

El español volvió a quejarse con cada movimiento que el menor hacía dentro de él, pero en ningún momento se le pasó por la cabeza detenerlo. Le gustaba de cierta forma esa agresividad que desplazaba a la usual indiferencia de Vargas. Lo hacía sentir deseado por el castaño, aunque tuviese ese toque enfermizo de cuando Lovino se erguía en sus rodillas y lo empujaba, teniendo la fantasía de un Antonio sumiso, que sólo existía por y para él.

Salió de las paredes morenas y le mordió la nalga, sin cariño alguno, sólo posesión. Antonio se quejó fuerte, volteando su rostro para verlo, pero Lovino ya había vuelto a lo de antes, abriéndose paso en su interior con bravura, aplastando el cráneo español con una mano para que no se atreviera a levantar la cabeza, para que no se fuese de donde estaba, para que no lo dejara.

No se preocupó por manchar a Antonio, ni de los gritos del español cuando llegaba a su límite con la tortura impuesta por sus manos. Si el hispano se quería levantar para lavarse, podía hacerlo. Pero era problema suyo si recibía un castigo para nada amoroso por abandonar el lecho.

Cuando Antonio se durmió con los mimos que le prodigaba Lovino –como si ellos pudiesen borrar la huella cruel de su torpeza al amar- este último se sentó en el borde de la cama. Buscó su celular y llamó a Lorinaitis, sin poder luchar por sí mismo contra la certeza que las palabras de Fernández no iban dedicadas a él, sino a otro.

Le dio un nombre al adormilado joven y luego se recostó junto a su novio, vigilándolo con todos los nervios en tensión.

Antonio, enamorado como sólo él puede estarlo, no sabía el peligro que se cernía sobre su mejor amigo.

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Observó a su hermana ir y venir.

"Nos vamos" le había dicho. Piet Hein lavaba la loza con tranquilidad, cuidando de no cortarse con los cuchillos.

La conversación de la noche anterior se había extendido demasiado, pero el resultado le era satisfactorio. Emma no quiso marcharse, pero él logró presionarla lo suficiente.

El detonante fue la visita de una chica, mulata, a Emma.

La belga se había negado a venderle algo, adivinando su edad, pero la chica soltó de pronto que no podía negarse a hacerlo porque ya de por sí lo que hacía no estaba bien, ¿qué más daba si le vendía a un menor? Además, tanto no le faltaba para entrar en los parámetros de la belga.

Si eso estaba provocando, Emma prefería no saber más del asunto. No le dijo a Ekaterine, ni a Lovino, ni a Elizabeta, ni a Arthur.

Para cuando llegó la noche, Lorinaitis ya había dado el paso más importante para cerrar su cerca en derredor de Vargas.

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- ¿Eh? ¿Bonnefoy?-

- Al parecer es un francés. De camino acá fui a ver la dirección que nos dio.-

- ¿Cómo está Naty?-

- Mejor, manda saludos.-

- Uy, le debemos una a Iván, no querría perderla, como que no sobreviviría sin ella.-

- Cuando Ekaterine vuelva con nosotros le ofreceremos regresar como compensación. Ya veremos que hacer con su detención, Eduard se ha graduado con honores en hackeo los últimos años.-

- No puedo esperar a darle la noticia que volverá con nosotros. Ella es tan fabulosa. Pero Toris…-

- ¿Eh?-

- Ese apellido me es como que totalmente familiar, ¿sabes el nombre?-

- Aquí lo anoté. François. ¿Por?-

- Oh, no, Toris, malo, malo, malo. A él no se le toca ni un pelo, no lo permitiré y si le haces algo nunca más te vuelvo a hablar.-

- ¿Félix?-

- Es mi instructor de baile, como que no pienso estar buscando otro. ¡Y su cabello es hermoso! Si lo matas, ¿con quién intercambiaré consejos de belleza? Vargas está loco, el fin de semana de la próxima semana Lily se presenta… bueno, ya me aburrí de esta conversación, estaré en la pieza si me disculpas.-

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- Ultimo día.- Le sonrió Arthur.

- Ultimo día.- Asintió Manuel, doblando su ropa.- Mañana pórtate bien cuando no esté.-

- Lo haré.-

- Y cuida a ese imbécil.-

- Te lo prometo.-

Pero la promesa no valió mucho cuando, al día siguiente, Arthur se prometiera no volver a pasar vergüenza.

Media hora antes Francis y Antonio se encontraron cerca de la casa de este último con una idea en mente: pasar un buen rato entre amigos dado que Lovino dio el permiso.

Caminaron mirando la fachada de todos los pubs que había en los alrededores, juzgándolos por los nombres, carteles y luces. Antonio fue el que leyó el nombre de un sitio que Lovino mencionaba de vez en cuando en sus conversaciones telefónicas y quien sugirió entrar allí.

Desde fuera parecía un lugar calmado e incluso cuando entraron no encontraron nada de lo que sorprenderse. No fue hasta cuando una chica en ropa interior los atendió que Francis activó sus cinco sentidos para observar mejor al personal y confirmar sus sospechas que notaron en qué clase de lugar habían ido a parar.

No era un vulgar café con piernas pero tampoco los empleados estaban vestidos como se supone que debe ser. Tampoco era un lugar donde se realizaran shows porque no existía un escenario ni una tarima siquiera. Era, por el contrario, un lugar de tamaño medio, al parecer atendido por el mismo dueño, y su función no era más que la de entretener la vista mientras se bebía y se charlaba con los amigos. (O amigas, a simple vista podía notarse que la mayor parte de la clientela era femenina).

En una esquina estallaron risas y varias chicas de los alrededores miraron en esa dirección, pero Francis estaba demasiado ocupado en observar a las mujeres y prestar atención a su amigo como para buscar la razón de las risas.

Nada más salir de la habitación, un coro de voces saludaron a Manuel por su nombre con un curioso acento.

El sonrió, extrañado de que tantas chicas supieran su nombre y, aún más, de que realmente fuera una suerte de despedida. La noche no fue realmente particular, aparte de que se restregó más de lo normal con Arthur cuando la música subía de tono. Como siempre hubo apretones por aquí y por allá, Arthur en algún momento fue absorbido por un agujero negro de rubias que habían juntado un par de mesas y lo habían hecho lucir su lindo trasero con una tonada movida (en una mesa un hombre exclamó "¡malditos canis!" pero al parecer sólo Manuel comprendió el idioma).

En otra mesa unas chicas habían bebido de más y cuando el latino fue a interrumpir con sigilo su besuqueo unas manos lo raptaron y lo soltaron dos minutos después con el cabello revuelto, un agarrón donde supuestamente estaba prohibido tocar y los boxers más abajo de donde estaban antes.

Se arregló el delantal –la batalla contra Karpusi por dejárselos puesto les había permitido usar ese pequeño salvaguardo de su integridad física desde hace varios meses- y Arthur se detuvo junto a él sosteniendo una bandeja con tragos.

- Tienes lápiz labial allí.- Le dijo, limpiándole con saliva la parte de atrás del cuello.- ¿Soy yo u hoy están más revoltosas?-

- Es la luna, seguro están todas ovulando.- Expuso González completamente convencido.

- Mira.- Le señaló Arthur con un movimiento de cadera y levantando un poco sus calzas para mostrarle su glúteo, donde una marca roja evidenciaba una palmada fuerte.

- Ah, no, hoy gano yo.-

- Si es que puedes.-

- ¿De nuevo con apuestas?-

- Es el último día, no podemos dejar la tradición de cada fin de semana.-

Karpusi asintió.

- Apuesto diez libras a qué gana González, Emma. ¿Emma? Qué extraño que no esté aquí. Ahora que lo pienso, no la he vuelto a ver…-

Las divagaciones posteriores se desvanecieron cuando le llegaron más vasos sucios.

Francis no se fijó en la silueta conocida en un buen tiempo. Le llamó la atención que dos chicos estuvieran bailando juntos, tocándose como si realmente estuvieran coqueteando, pero no pensó que uno de ellos pudiera ser Arthur.

- ¿Hoy no te juntas con tu amiguito, tío?-

- Me tiene castigado.-

Antonio se atoró con su bebida, riendo.

- ¿Te tiene castigado? Y tú me acusas de macabeo. ¿No era sólo una entretención cuando no encontrabas alguna tía con la que revolcarte?-

- Sí, pero me canceló la semana completa. Cosette llegó un día a clases acusándome de no haberla esperado en casa el día anterior y a él –que se jura un caballero, mira tú- no le pareció correcto que tratara a mi hermana así.-

- Complicado el chicuelo, je.- Rió Fernández, echando su cuerpo hacia atrás y sonriendo abiertamente. Francis lo observó, con su rostro apoyado en su mano y la bombilla en su boca.

Una chica de la mesa de al lado le hizo una seña al hispano para que se acercara. Tenía un cigarro apagado en la mano. Le habló al oído y Fernández buscó en los bolsillos de su pantalón frente a la mirada tranquila del francés. Revisó su chaqueta y sacó un encendedor, para luego prender el cigarro de la chica con una sonrisa.

Comenzó a jugar con el encendedor.

- Lovino me está comenzando a asustar.-

- Te has tardado bastante. A los demás nos asustó hace tiempo.-

- Creo que me está siguiendo, o algo así. Pero ahora está de lo más amable conmigo, supongo que se le pasó.- Sonrió para sí.

- ¿Quieres un beso?- Ofreció Francis con seriedad, enderezándose en su puesto.

- No.- El español arrugó un poco la cara.- No es para tanto.-

Una chica pasó por su lado y con una seña el español la llamó. Le pidió algo más, pareciendo recobrar el ánimo.

- ¿Viste a esos dos que se están sobajeando? Apuesto lo que quieras a que el del tatuaje es, o fue, anoréxico.-

- ¿Cuáles…?- Francis se dio la vuelta.- Sí, lo vi recién, parecen muy amigos.-

Mientras hablaba, localizó mejor al que tenía el tatuaje, pareciéndole vagamente familiar las formas.

- Juraría que Arthur tiene el mismo tatua… ¡pero si es Arthur, mon Dieu!-

- ¿Ese es tu putillo? Fran, tienes un gusto horrible, dime por favor que te atrae su personalidad o consideraré seriamente el hacerme una cirugía.-

- No seas tonto, eres hermoso, Tonyo.-

El español miró al británico un momento.

- Por la puta, ¿le pagan por ser feo o qué?-

- No seas pesado, es más guapo de lo que crees.-

- Lo sé, pero me gusta molestarte al respecto.-

El de ojos verdes miró a su amigo, mordiéndose la uña pensativo.

- Espérame aquí, ¿vale?-

- ¿A dónde vas?- Francis siguió con la mirada a su amigo, que pasó con cuidado entre las sillas y tuvo el detalle de acariciarle el hombro al pasar a su lado.

- A levantarte el castigo.-

Francis no se volteó a ver el camino que seguía Antonio, pero lo cierto es que se dirigió hasta el hombre tras la barra y le habló. Volvió poco después, con una sonrisa ancha y un pocillo de maní que Karpusi le había entregado como cortesía de la casa.

- Arthur, te solicitan en la mesa tres.-

Cuando se miraron a los ojos, Arthur quiso desaparecer, voltear y salir corriendo, pegarse un tiro o, en su defecto, pegarle un tiro a Bonnefoy.

Por su parte, Francis disimuló sonriendo con un suave matiz de perversión.

- Miren nada más, sabía que te gustaba bailar, pero nunca pensé que te refirieras a esto.-

- No sé que mierda haces aquí, Bonnefoy, pero estoy muy ocupado.-

- Nosotros sólo entramos por casualidad.- Interrumpió Fernández.- Vinimos a divertirnos.-

Arthur y Francis compitieron con la mirada, sin saber que decirse. Ninguno parecía querer ceder, mas Arthur suspiró y le preguntó que quería. Francis, acostumbrado ya al cuerpo del británico, lo sostuvo por la cintura con una mano libre y bajó por esta, rodeando su cadera y sus muslos. Arthur no se movió, simplemente continuó taladrándolo con sus pupilas.

El otro sólo sonrió, dedicándole luego una mirada y un guiño a su amigo.

- Es interesante tenerte aquí, de éste modo. ¿Puedo sentarte en mis piernas?-Preguntó travieso, llevando su mano hacia la parte frontal del cuerpo inglés, pero Arthur lo detuvo con firmeza, sosteniéndole la mano.

- Sin tocar.- Arthur miró alrededor; al parecer algunas chicas cuchicheaban y lo miraban disimuladamente, mientras la música no bajaba de nivel ni las conversaciones descendían. Sus oídos volvieron a registrar todo un segundo antes de volver a escuchar el vacío y sentarse a horcajadas sobre el francés, a quien no le molestó ladear su silla un poco para facilitarle las cosas.

- Eres el segundo maricón que me pide esto.-

- Así que de aquí es de donde sacas a tus chicas.-

Arthur no respondió, mordiéndose la lengua para no decirle que no, que todo eran historias suyas para estar a su nivel, que era homosexual a morir y todas sus historias con mujeres eran una mentira.

- No te imaginé sirviendo como objeto sexual para otros.- Le dijo, recorriendo su espalda con las manos ante la ladeada pero atenta mirada de Antonio. Manuel notó la larga ausencia de Arthur y lo buscó con la mirada.

- En la mesa tres.- Le señaló Karpusi.

- Eres una mierda, no soy el objeto sexual de nadie, metrosexual.-

- ¿No dijiste que ya te habían pedido hacer esto?-

- Lo mandé a la cresta.-

Manuel se acercó, pero se detuvo a unos metros, cuando Francis y Arthur se fundieron en un beso largo y lento. Eso no era normal. Los manoseos y piropos sí, las insinuaciones en broma también. Pero nunca había visto a Arthur besando a alguien allí.

- Esto es como una fantasía.- Se rió Francis, mientras Antonio se levantaba y dejaba unos billetes allí. Al pasar por su lado se despidió con un rápido beso en los labios y se fue, diciéndole algo como "me debes una".

Ese fue el primer momento en que Arthur fue conciente de lo que realmente le sucedía cuando de François Bonnefoy se trataba. Fue una idea fugaz en que convergieron todo el tiempo en que llevaba mintiéndole pensando en que así se ponía a su altura -en que así le daba celos-, la naturalidad de sus cuerpos al rozarse (como ahora, que se meneaba mientras le quitaban el delantal), la delicia de sentirlo cuando lo guiaba junto a Lily y las horas pasadas en ese departamento que cada vez le era más familiar y cotidiano.

Arthur le levantó el castigo con la condición que fuera capaz de esperarlo hasta la hora de cierre. Francis cumplió.

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Arthur despierta a la mañana siguiente a pesar de estar –entre su trabajo como mesero y su trabajo como amante- cansado. Estira sus brazos y su cuerpo, retorciéndose entre las sábanas de aquella cama que le pertenece exclusivamente a él, a pesar que aún no lo sabe. Francis se queja un poco por el dolor que siente en su retaguardia, pero no por ello deja de arreglarse.

Arthur voltea el rostro acomodándolo entre sus brazos, sonriendo satisfecho ante la imagen de Francis.

- Dijiste que tu hermana venía hoy- Le comentó un poco adormilado, escuchando el típico sonido de la corbata al ser posicionada en el cuello de la camisa.

Francis responde algo sobre que ella llegará más tarde, que ahora tiene una cita. Arthur no ve nada de malo en ello (en que tenga una cita), pero se levanta cubriéndose con la sábana para anudar esa corbata y, de paso, marcar instintivamente su territorio. Francis lo besa con una sonrisa. Parece la mañana perfecta de cualquier par de novios.

- ¿Llegarás a dormir?- Le pregunta sin dejar que los celos se entrevean en su voz.

- ¿Vendrás tú?- Le responde Francis con una sonrisa que provoca más penas en el corazón de Arthur.

- No vendré a molestar tu velada familiar… si es que no dejas abandonada a tu hermana otra vez.- Lo mira con sus profundos ojos verdes, acusadoramente. Un impulso lo empuja a mostrarle que sin embargo está allí, más presente de lo que piensa. –Ya no hay huevos, si te interesa saber. Tampoco hay azúcar ni esa asquerosidad que tomas tú.-

- ¿Vino?- Francis hace el amago de levantar una ceja.

- Café.- El británico se dirige a la cama para no caer ante el peso de un descubrimiento que, sabe, llegará de lleno en sólo un momento. – Y tampoco hay leche para tu hermana.-

Siente el peso del francés sobre la cama y posteriormente sus dientes en su hombro.

– Y el lustramuebles se terminó ayer.- Continua intentando lucir indiferente.

Bonnefoy le pregunta si falta algo más y él responde, sin ser capaz de pensar bien, que no. Su rostro parece estar ido en la búsqueda de una respuesta, pero sólo era él mismo pensando que lo que le sucedía no podía ser real.

Juega con los aros de su labio, distrayéndose. Le pregunta a Francis algo más sin fijarse en ello, solamente por el gusto de hacer conversación.

Unos brazos lo rodean y él desearía estar así todo el día, el resto de sus días.

Recuerda haberle dicho "parásito, soy deseado, no estúpido" antes que Francis se dirigiera a la puerta.

- Cierra la puerta al salir, petit. Je t'aime.-

Arthur resopla, dudando de las palabras del francés.

Aquella era una mañana normal en casa de Francis. Arthur no podía determinar precisamente que clase de relación tenían, pero de seguro existía un nombre para ella.

La verdad es que temía nombrarla.

Hundió el rostro en la almohada ajena y aspiró el aroma, cerrando sus ojos ante el deleite del aroma, la suavidad del lecho y la agradable temperatura de su cuerpo desnudo.

Volvió a aspirar, llevándose una mano a su entrepierna y acariciándose. Recordó los gemidos de Francis, su piel, el vello que lo cubría. Recordó sus ojos idos en el orgasmo, el olor a sexo llenando la habitación.

Aumentó la velocidad de la masturbación, sintiéndose ridículo. Pensó en el cabello rubio del dueño de casa: su brillo, su textura, su olor.

Manchó las sábanas y su mano al eyacular, empezando a sollozar sin lágrimas en sus resuellos tras ese instante de detención en el tiempo.

Eran amigos con ventaja. No, para ellos ese concepto no servía, no eran follamigos porque ni siquiera eran amigos.

Eran el juguete sexual del otro.

Y él se había enamorado contra todo pronóstico.


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Y así es como volvemos al principio. ¿Comprenden como están las cosas a estas alturas? No puedo creer que me tomara siete capítulos más de los que esperaba llegar a este punto. A partir de aquí la historia continua, pero no durará mucho más. Si mis cálculos no me fallan (y últimamente lo han hecho bastante) quedarían unos cuatro capítulos más.

¿Les gustó? ¡Dejen un review con sus sugerencias, ingleses borrachos, franceses pervertidos, españoles apasionados e italianos celosos!

Próximo capítulo: Manuel