No sé cuantas palabras :'C sorry, tengo sueño y quería actualizar el ocho de septiembre en recuerdo al aniversario de cuando empecé a salir con mi primer amor.

Escribo sin fin de lucro.

Disclaimer: Hetalia Axis Power y todos sus personajes -los amigos de los bailarines- pertenecen a Hidekaz Himaruya.

Advertencias: Félix, italianos celosos, japoneses convincentes, pánico escénico, ingleses enamorados.

PD: la idea de la que nació este fic fue durante una presentación de gimnasia rítmica. Pensé en Francia y luego en Inglaterra practicando gimnasia rítmica o ballet. Originalmente eran países y hacían una apuesta: Arthur debía aprender ballet y Francis hockey sobre hielo (fútbol ya sabe... creo). Escuché la canción "procedimiento para llegar a un común acuerdo. Surgió el songfic de aquí. Y al final quedó un multichapter para explicar lo que imaginé aquí. Tantán.

PD2: Cada capítulo llevaba el nombre por algo, pero en este se me olvidó la razón O.o perdonen. Supongo que será porque es el que da la voz de alarma o algo así (?)


La Torpeza de tus Pasos: Capítulo 14: Manuel

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Terminó de barrer el aula y, tras dejar la escoba apoyada en la pared, se sentó sobre su mesa.

- Cuidado con botar el café.-

Antonio miró a Lovino cariñosamente. Posteriormente tomó aire para decir algo y tomó una taza de la mesa. En una pared estaban arrimados los pupitres y en su silla, Lovino masticaba con mala cara un dulce.

- ¿Y esa mala leche, tomatito?-

Lovino realizó un ligero gesto de desagrado ante el apodo, pero no se abalanzó sobre la yugular de su pareja como hacía en los inicios de la relación.

- Trato de llamar a una amiga y no contesta.-

- Ey, levanta esos ojos. ¿Es muy importante para ti?-

- Sí… supongo.-

Antonio bebió un sorbo largo y luego abrió la boca para dejar caer el líquido –hirviendo- de vuelta a la taza. Lovino soltó una risita.

- Eso me recuerda. Lovino, sé que no te cae bien Francis…-

- No me digas, ¿en serio? ¿Desde cuando ocultabas esa información, Antonio bastardo?-

- Pero quiero que aprendas a llevarte bien con él. O que por lo menos aprendas a soportarlo. Es mi mejor amigo y…- Se acercó la taza nuevamente, soplando un poco y sintiendo la temperatura con los labios.- quiero que se lleven bien.

Dejó la taza sobre la mesa, sin beber nada.

Lovino no respondió, limitándose a mirar molesto algún punto en la mesa. Si realmente Francis era tan importante para Antonio como él decía, agradecía desde el fondo –muy desde el fondo- de su corazón que Lorinaitis lo hubiese llamado para decirle lo imposible –por "razones internas"- de su encargo.

- Ese Francis es bueno para las mujeres, ¿no?-

- Sí. ¡Allí tienen un punto en común! Ambos son unos mujeriegos.

Lovino sonrió con suficiencia. Luego, una idea surcó su mente como un torpedo. ¿Por qué no darle una lección de decencia al francés? Por qué no enseñarle que, de manera indirecta, podía significar un problema para sus amantes. Si realmente quería a Antonio como un amigo- e incluso si lo amaba como cuando eran pareja- no desearía que mal alguno lo alcanzase.

- Claro que tengo buen gusto para las mujeres. En eso nadie me compara.-

- Y para los hombres también, reconoce que soy la pareja más bonita que has tenido en tu vida.-

- Antonio; eres la única pareja que he tenido.-

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Arthur se levantó con pereza y tomó una ducha rápida. Se paseó desnudo por la habitación principal, recogiendo su ropa y la del francés, antes de buscar en los cajones del gabacho alguna prenda suya. No le costó encontrarlas.

Junto a ellas, también halló algunas de sus muñequeras y su collar. Lo levantó y se lo probó, mirándose luego en el espejo del baño.

Se lo quitó, sin demasiadas ganas de usarlo.

Cambió las sábanas de la cama y las metió a la lavadora junto a sus prendas y las pertenecientes a Francis. Buscó el computador portátil del dueño de casa y lo llevó a la mesa. La primavera principiaba a manifestarse y no se sorprendió cuando Pierre inició una tonada.

Tenía un par de horas antes que fuera medio día. Buscó un cigarro en su bolso. Lo miró un instante y fue por las tijeras de la cocina, con las que cortó la más desaliñada y manchada de las pañoletas amarradas a éste.

La luz de encendido de la radio fue notada poco después, y él presionó el botón para reproducir el disco que estuviese puesto, sólo con la intención de hacer callar al molesto pájaro.

Arthur se sentía como un extranjero en su propio país. En casa de Manuel, abundaba el castellano hasta por las esquinas -no es un decir, Martín tenía su propia colección de una historieta llamada Mafalda en un rincón- y en casa de Francis el francés lo perseguía.

El idioma, claro está.

Sacó las cosas de su bolso y lo puso a lavar junto a la ropa de Francis y a la suya.

Se sirvió un desayuno generoso en comparación a lo que meses antes consumía. Buscó en su billetera alguna pastilla para iniciar el día, pero no se enojó al no encontrar ninguna. Simplemente se encogió de hombros y se sentó a teclear.

Antes de mediodía se detuvo, levantó la mesa y fue a ver la lavadora. Al volver se detuvo un momento a escuchar la música.

Se acercó al equipo de música, buscando la carátula.

Le Valse des Monstres, de Yann Tiersen.

Le pareció tan discordante con su estado anímico y al mismo tiempo tan similar a su fantasía, que no escuchó la puerta al abrirse.

- ¿Qué haces aquí?-

Giró la cabeza.

- ¿Cosette? Francis llegará más tarde. Yo ya me voy, no te molesto.-

- No, no es eso, sólo me sorprendí. No es normal que él traiga a alguien.-

- ¿Qué dices?-

- Que eres la única persona que ha traído aquí.- Aumentó la voz, pensando que el británico no la escuchó.

Arthur dejó la carátula sobre el mueble y tomó una chaqueta –ni él mismo sabe de donde- para dirigirse a la puerta.

- ¿Arthur?-

- Me voy. Saludos a tu gente.-

Cejó de escuchar la música al cerrar la puerta. Pensó en usar el ascensor, mas la luz solar lo invitaba a caminar. Por la ventana le llegaban nuevos ruidos convertidos en calor, en sol de primavera y en ambiente de primavera. Rebuscó en sus bolsillos, encontrando un reproductor de música que no era suyo, cayendo recién en la cuenta que esa chaqueta era de Manuel.

No se martirizaba por la agitación que lo llevó a confundirse la noche anterior. Y si él no se arrojaba piedras, nadie más podía hacerlo. Estaba en su derecho de fantasear, de sentirse plenamente enamorado, ¿no era así? ¿No dijo Cosette: "Eres la única persona que ha traído aquí"?

La primavera lo confundía: no era así.

Se colocó los audífonos, separándose de la estación naciente y presionó el botón de reproducción, comenzando a bajar las escaleras.

Yo sé que soy poco superficial y que me manejo en la promiscuidad.

Conocía la canción, Manuel la cantaba de vez en cuando.

Sé que quieres, yo también.

Al salir del edificio, antes de respirar, antes de ver e incluso antes que el mundo le gritara con sus colores que no le importan sus minúsculas preocupaciones ante la inmensidad de su rotación, echó a correr.

Si quieres prudencia a nadie le diré.

¿Cuántas cuadras fueron? Al doblar en una esquina un pensamiento ligero como una pluma le dijo que la entrada al metro había sido dejada detrás. Y luego la pluma voló.

No recuerda precisamente el camino, ni las esquinas en las que paró o en las que siguió de largo a pesar de la luz roja. En algún momento le tocaron la bocina y cuando llegó a las calles más transitadas por peatones tuvo que disminuir la velocidad para no chocar. Pero nada fue tan claro como su respiración entre las frías baldosas de la galería, como el rasguño de las llaves en la abertura de la cerradura.

Sé que me quieres tener y yo te prometo; prometo no hablarte de amor.

Quitarse la chaqueta y tirar las llaves fue todo un gesto de rebeldía. Encender la radio y subir el volumen de la música no fue más que un acto masoquista. No asegurar el pestillo fue únicamente un olvido.

Ah, tu nombre olvidé yo preguntar. Dónde vives y cómo te gusta más.

¿No era eso lo que siempre quiso hacer? Convertir su cuerpo en su propio títere, sin hilos que lo sostengan, balanceándose según los mandatos de sus impulsos nerviosos, jugando a enredarlo y a deshacerlo.

Sensual, la depravación en mí es sensual.

Desmayándose sobre esa viga tan íntima (allí donde había dado lo mejor de sí mismo para cumplir sus fantasías).

Desmayándose sobre ella con un movimiento sensual, bailándole sólo a ella. Para que sus brazos y piernas lo sostuvieran débilmente y su cuerpo demostrara esa debilidad.

Como si la viga fuese el mismo Francis y estuviese bailando sobre su estómago, moviendo la cadera hacia adelante y hacia atrás. O moviendo los hombros de forma similar a las sacudidas de un sollozo.

Tengo que advertirte, tienes que saber que igual y no estaré al amanecer.

Golpeó el espejo con sus puños. Su reflejo se agitaba al compás de sus convulsiones, siguiendo el ritmo de la canción con los latidos de su corazón, marcando el paso con su propio conteo. Sístole, diástole. Sístole, diástole.

Crees que sólo te quiero para una vez, pero sabes qué, dos estaría bien.

Por suerte para él, no comprendía la letra.

- Me gusta como bailas. ¿No es un desperdicio dedicarte a la gimnasia acrobática antes que a la danza propiamente tal?-

Se dio la vuelta y miró de reojo hacia la radio y luego a Lily.

- ¿Cuánto tiempo llevas allí?-

- ¿Te gusta Francis, no?- Arthur abrió los ojos, a lo que Lily se sonrojó levemente.

- Se ve que esperabas ver a otra persona en mi lugar…aunque no creo que quisieras que alguien te viese… disculpa.-

- Está bien, me sorprendiste.- Arthur se agachó a apagar la radio.- Y no, no me gusta Francis. No tengo los mismos gustos desviados de él.- Arthur se acercó a la menor, de un modo que podría parecerle a cualquier observador que no los conociera como el de un acosador algo maniático.- ¿Cómo pensaste?- Le sonrió.- Lily, eres muy pequeña aún. ¿Quieres practicar?-

Al posicionar el CD de música en la radio, Arthur notó lo viejo que parecía ser todo. La radio, sus manos y el mismo CD que seguramente ya se sabía de memoria.

- No soy tan pequeña. Tengo cinco años menos que tú.-

- ¿Cinco? ¿Cuál era el número de pista?-

- El ocho. Bueno, seis años menos que tú.-

Arthur se detiene y vuelve a colocar la pista número uno.

- Mientras te preparas me voy a tomar un té, tengo la boca seca.-

Lily asiente y empieza a realizar ejercicios de oxigenación. Arthur la ve desde el marco de la puerta y se pregunta desde cuándo es que la ha empezado a ver como a una hermanita. Se fija en los brazos de Lily y en el cuello de Lily y en el brillo recuperado del cabello de Lily y entonces es cuando comprende la insistencia de Francis en que se cuide.

Como leyéndole la mente, Matthew lo llama a su celular, preguntándole si podría ir a visitarlos cuando Alfred le arrebata el teléfono y le dice que es un mal hermano por no ir a verlo todavía (todo ante la mirada discordante de Matthew).

Luego de cuarenta minutos practicando la pieza completa –porque no pueden equivocarse a pesar de no ser los únicos en participar- Lily acepta tomar un té junto a Arthur, quien lava la taza que se trajo de su departamento –antes que lo echaran- para poder tomar una cantidad indecente de brebaje a gusto.

Kirkland le menciona lo linda que se ve, mencionando un "te ves más sana" que pretende emular el "estás más gordito" que Manuel le dijo cuando volvió de América.

Lily sonríe, marcándosele los hoyuelos en las mejillas.

- Francis siempre dice que el día de la presentación no se practica.- Menciona ella, haciendo notar su nerviosismo por lo que ocurrirá esa noche. Arthur acomoda la chaqueta que ha traído de la sala de prácticas sobre el sillón (que también le parece viejo, como la estufa y la llave de agua) y la chica olfatea extrañada.

- ¿Y ese olor?-

Arthur se detiene con el té en la mano y se sonroja. Lily disimula sus ganas de oler más de cerca la chaqueta y continúa calentándose las manos.

- Es de un amigo. La chaqueta.- Aclara Kirkland.

- ¿A qué huele?- Pregunta Lily más inocente de lo que ella piensa y menos ingenua de lo que se espera Arthur.

- A marihuana.- Le dice secamente, sorbiendo. Ella no parece sorprenderse. Por el contrario, luce algo pensativa.

- ¿Tú me darías?- Termina por preguntar.

- ¿Para qué la quieres?-

Lily le sostiene la mirada un momento, preguntándose que sonaría peor a oídos del mayor: si para inhibir el hambre o para probar.

- Para probar.- Termina diciendo.- Una amiga trató de conseguirse pero no le quisieron vender.- Comentó rascándose la nariz.

El rubio posa su mirada en ella, con celo y la chica teme haberlo hecho enojar.

- Nunca te metas en esto, Lily. Uno ya sabe lo que puede y hasta donde puede, pero no quiero que te arriesgues en averiguarlo. Además- agregó acariciándole el cabello- esas cosas te quitan el hambre y tú ya estás mejor, ¿no?-

Arthur ve a Lily alejarse por la galería, decidido a no quedarse demasiado tiempo más allí. Vuelve a entrar y se para frente al espejo con la frente apoyada en él, mirándose a los verdes ojos.

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Miró a su gemelo con enojo, sentado a horcajadas sobre sus piernas.

- ¿Por qué hiciste eso?-

- Hace mucho que no me ve, es obvio que quiere verme. Quiero decir, ¡soy su hermano favorito! Ni siquiera comprendo lo terrible que debe ser no haberme venido a ver aun sabiendo que estaba aquí.-

- Al, tienes mucha imaginación.- Suspiró Matthew.

En respuesta le sonrió,

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"Maledizione" Feliciano repitió la frase en voz baja, llamando la atención de Ludwig quien buscaba alguna camisa en su closet.

- ¿Feliciano, pasa algo?- El italiano se dio la vuelta en la cama, dejando al descubierto su pecho y la cruz que Ludwig le regalara tiempo atrás.

- Nada, ve~.- No sabía como explicarle a su hermano que no había llegado a dormir. Se apresuró a vestirse, sonriéndole a Ludwig para que no sacase sus propias conclusiones y se acordase del mayor de los Vargas. Y se fue.

Tuvo suerte de que el alemán estuviese distraído; a pesar de que Gilbert ya no representaba un impedimento para ellos- estaban en casa del alemán y el albino ni se enteraba de ello debido a su auto exilio –el alemán no se olvidaba del mayor de los Vargas y para Feliciano era todo un logro hacerlo desatender el recuerdo de su Lovino.

Se detuvo enfrente de la puerta de su casa y sostuvo la manija sin decidirse a entrar. Fue entonces que vio una moneda en el suelo y con una sonrisa se agachó a recogerla, sosteniendo la manija y con el torso mirando en dirección a la calle.

- ¡Fra-fratello!- Lovino se detuvo enfrente suyo.

- Hermano, ¿esa es la misma ropa que tenías puesta ayer?-

- Cállate, tonto, que clase de pregunta es ésa, por supuesto que no lo es.- Lovino clavó la mirada en algún lugar de la camisa de su hermano, sin ser capaz de reaccionar y decirle lo mismo al menor. –Hazte a un lado y déjame pasar, ¿ya te vas a tu puesto?- Feliciano dejó pasar a su hermano quien sacó sus llaves.

- S-sí.- Le mintió, sin confiar en sus propias palabras.

- Se te está quedando tu bolso nuevamente, idiota. ¡Y no te marches todavía! Quiero saber si has visto a Emma

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Toris se sintió aliviado de tener trabajo de campo que atender. ¿Qué importaba que le hubiesen confirmado que muchos de sus compradores lo habían cambiado por Vargas? ¿Qué importara que éste vendiera más barato? Ahora tenía la oportunidad de estirar las piernas e, irónicamente, averiguar algunas cosillas para el italiano.

Los vio salir a comprar, y se sorprendió al comprobar las palabras de Lovino. El hombre era un mujeriego y al parecer no tenía límites de edad para seducir mujeres. No tardó mucho en abrir la puerta y entrar al piso, encontrándolo ordenado y alegre. Escuchó cantar a Pierre y al darse la vuelta vio el cuadro de una chica morena sentada sobre un columpio. Sonreía, contrastando sus dientes blancos con su piel mulata y tostada. Francis lo había pintado nueve años antes, cuando tenía diecisiete y la chica, ocho. Un par de coletas caían sobre sus hombros y llevaba puesto un vestido celeste y sin vuelos, tan simple y ligero, que el mínimo movimiento lo hacía flotar tras su hermana.

Lorinaitis reconoció a la muchacha que viera con el francés y no se molestó en hacerse más preguntas.

No fue mucho lo que pudo encontrar allí. Tampoco era muy importante, porque Eduard ya le tenía una lista de personas que frecuentaban al gabacho. Pero por sobre todo, debían elegir con cuidado. Y encontrar los adornos de Arthur en los cajones y algunas otras pertenencias que revelaban la presencia de un hombre aparte de Francis en ese piso le sirvió mucho para descartar posibilidades.

Podía ser un albino, que parecía tener toda la pinta de alguien que usa esa clase de accesorios, un muchacho castaño –que intuía con precisión, era el novio de Vargas- y un chico rubio del que no sabían mucho, pero que parecía ser el que más contacto tenía con el francés en base a la talla de ropa que allí había.

Salió antes que los hermanos Bonnefoy volvieran, sin dejar señales de su breve estadía.

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Matthew se acomoda sobre su cama, recostado, mientras Arthur gira entrecortadamente en la silla del escritorio con una taza de té caliente en sus manos. Alfred se apoya en un peluche de oso polar gigante y sorbe su chocolate caliente.

Matthew se quita las gafas y las deja sobre la mesilla. Alfred lo mira cariñosamente, sin ser capaz de disimular –y fallando totalmente cuando lo intenta porque, ¡maldición, es feliz!- al tiempo que le acaricia el tobillo.

Arthur detuvo una milésima de segundo el vaivén de izquierda a derecha que tenía con sus pies y lo retomó de derecha a izquierda, repitiendo y repitiendo.

Alfred inició con su cháchara ante la atenta mirada de su hermano adoptivo, pero pronto la detuvo al captar la intensidad de ésta.

Matthew desvió su rostro. Todo atisbo de mando que mostrara por unos cuantos minutos al decirle a Al que lo dejara hablar a él se fue al regresar el sonrojo de su rostro y el tartamudeo de su lengua.

- A-Arthur…-

- Alfred, todavía tienes las marcas.- Le gruñó al de lentes, interrumpiendo a Matt.

- Consecuencias del oficio.- Lo emuló con una sonrisa socarrona. Arthur cambió su expresión por una más relajada.

- Cuéntenme.-

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A lo lejos pudo ver algo diferente a lo usual en el escaparate de su tienda y con una extraña sensación corrió, cruzando la calle apenas fijándose en los autos.

Empapelando el vidrio, un anuncio se repetía decenas de veces, mostrándole multiplicada la imagen de un jabalí aplastando a una culebra. No le costó identificar el trazo de Elizabeta ni el mensaje que le estaba entregando.

¿Pero por qué? ¿Le tenía rabia? Pero si era él el ofendido.

Aunque, sinceramente, ya ni él mismo se comprendía.

Se detuvo un momento, antes de rasgar la mitad empapelada que permanecía intacta, y admiró la falta de detalle del jabalí. Era apenas un sombreado. En contraste, la culebra –el cadáver de culebra- lucía cada escama. Volvió a agarrar el borde, dispuesto a sacarlo, cuando Kiku le habló.

- ¿No dejará el empapelado? Pensé que usted lo había puesto a propósito.-

Gilbert se volteó. El japonés traía una bolsa con su almuerzo.

- ¿Ya estaba cuando abriste?-

- Sí. ¿Está bien? Se ve más pálido que de costumbre.-

El albino, tocado en la fibra de su orgullo, adquirió un tono rojizo de rabia y vergüenza. Honda abrió la puerta e ingresó al local, seguido por Beilschmidt.

- Elizabeta-san no lo habrá hecho con la intención de dañarlo.-

Gilbert bajó el volumen de la música.

- Diría que, más bien, busca llamar su atención. ¿No son ustedes amigos?-

- Eramos amigos.- Precisó su interlocutor.

- Los amigos se pelean.-

- Las parejas también se pelean.- Le devolvió.

- Las parejas también se pelean.- Concedió Kiku.- Y los hermanos, y los padres con sus hijos, y las personas consigo mismas. ¿Pero no es parte de la prueba que se nos impone? Si nuestros lazos son realmente fuertes, no podremos olvidarnos del otro. E intentaremos volver.-

- ¿Hoy dormirás con él?-

- No duermo aquí por que no pueda volver a casa. Duermo aquí porque no debo volver a casa.-

- Deberías.- Gilbert movió los dedos nervioso.- Dos noches es una cosa. Pero cuando las semanas se suceden, los recuerdos se debilitan. No las imágenes, pero sí las sensaciones. Hasta que olvidas como quererlos.-

- ¿Usted ya lo ha olvidado?-

- A veces pienso que sí.-

- ¿Es Braginsky-san?-

- ¿Natasha? No. Ella es hermosa, y bastante interesante. Pero no me gusta.-

Kiku encendió un incienso.

- Kiku.- Siguió Gilbert, sentándose en su asiento preferido.- Quiero volver, pero no me quiero ir de casa de Iván.-

Miró el suelo, mientras Kiku se fijaba en sus ojos rojos de demonio.

- En un principio creí que era por comodidad. Pero cada vez estoy menos seguro. Extraño a mi hermano, y extraño a Elizabeta. Hasta extraño a Roderich. Pero siento que si me voy, perderé algo impor…-

El celular de Gilbert comenzó a sonar. El albino miró la pantalla y con fuerza lo arrojó contra la pared contraria. Milagrosamente el aparato no se rompió, pero cuando Kiku se acercó a recogerlo, le gritó.

- Es el puto de Vargas, no lo recojas.-

El nipón, sin embargo, no lo obedeció y miró la pantalla prenderse y apagarse.

- Todo esto empezó con Vargas. ¿No estaría bien que lo terminara también?-

Gilbert hinchó el pecho, observando intensamente a Honda.

Y le arrebató el teléfono para contestar, sin saber que con ello salvaba su pellejo y condenaba el de un amigo.

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Arthur entró a la casa, sorprendiéndose del silencio.

Caroline estaba echada sobre un sillón y sólo ronroneó con suavidad cuando le acarició la cabeza al pasar.

- ¿Dónde están?- Medio preguntó para sí y medio preguntó a Caroline en voz baja. El ánimo que recuperó estando con sus hermanos se disipó en su trayecto a la casa del extranjero, al analizar la situación con la visión que no quiso mostrarles. (Pero que sabía ellos conocían de sobra).

Desde el umbral de la habitación de Manuel los vio, a Martín abrazado al torso desnudo de su amigo y al chileno con una cara de trasnochado envidiable.

No le alegró ni le disgustó la escena. Tenía sus propios problemas.

Levantó del suelo un bototo –la ropa estaba desparramada en el piso- y lo arrojó con certera puntería a los tortolitos, despertándolos sobresaltados.

- ¿Qué mier…?-

- Manuel, ¿compraste té?-

- Sí, está en la cocina.-

- No lo vi.-

- ¡Está en la cocina, cresta!-

Arthur se alejó ligeramente de mejor humor (Flaco, besame) escuchando unos susurros enojados en castellano (Ya quítate, culiao) de los que sólo podía intuir su significado (No es a mí a quien le dieron por el culo anoche) aunque parecían bastante obvios cuando el sonido de un cuerpo cayendo al piso y las quejas de Martín se escucharon amortiguados por el pasillo.

Se sirvió un té y al poco tiempo Manuel, a medio vestir, lo acompañaba.

- Renuncié.- Anunció. Manuel contuvo la respiración un segundo.- A Glance Flash.-

El americano soltó un suspiro.

- Pensé que habías renunciado a la editorial, me asustaste. Eso no se hace.-

Guardaron silencio un momento.

- ¿Irás a la presentación?-

- ¿Es esta tarde?-

Arthur asiente con la cabeza y un sonido ininteligible.

- Iré a tu presentación, Reino.-

Martín entra cabizbajo y abraza con cuidado a Manuel por la espalada. El chico de cabello oscuro se queda quieto un momento, pero pronto posiciona sus manos sobre las que lo rodeaban y dejó que el rubio acomodase el mentón en su hombro.

- ¿Hoy no es tu primer día?- Escucha Arthur que hablan los otros dos, pero no les presta atención y el no comprender el idioma es un lujo en ese momento.

Matthew y Alfred se oían felices. Se veían felices y sentía que la plenitud que los rodeaba era real. Real y efímera, porque en el mismo momento en que aseveró "Mamá y papá no tienen idea, supongo" notó la abolladura en ella.

- ¡Mierda, ché, es re tarde!-

Matthew se retiró un momento a abrirle la puerta a unos evangélicos –el chico escuchó todo lo que le tuvieron que decir con paciencia- y Alfred le pudo confiar a grandes rasgos su sentimiento de culpa. Pero Arthur comprendió todo a partir de las vagas referencias del menor.

Martín le dio un beso en la frente al otro americano antes de recibir un manotazo que lo mandó a freír espárragos. Arthur respondió el movimiento de manos cuando el otro rubio desaparecía camino a la salida.

Y porque comprendía, y porque él no era quien para arrojarles la primera piedra, le dio a entender claramente que él los apoyaría hasta el final, pero que más les valía no echarse atrás después.

- ¿Crees que nos iría bien si…?-

- Sí.- Contestó con poca atención.

Habló con claridad porque conocía a Alfred. Debía explicarle con manzanitas que de nada le servía atormentarse por algo que era más fuerte que él.

Las ganas de decir que el instinto es más fuerte le carcomieron la garganta, pero no las manifestó. No quería rebajar los sentimientos de su hermano a la categoría de "instintos".

- ¿Y? ¿Me vas a decir por qué no te quedaste a dormir anoche?

- Me quedé en casa de otra persona.-

- Reino, mírame.-

Arthur lo ignoró y lavó la taza que acababa de utilizar.

- Arthur, mírame.- Insistió el americano.- No sé quién es ése, pero no creo que te haga bien.-

Arthur levantó la cabeza, haciendo contacto visual.

- No. Estás enamorado.-

- Imposible.-

- No te creo.-

- No me creas.-

Ambos chicos, cerrados como sólo ellos pueden serlo, se dijeron con la mirada que estaba bien, que Arthur sabía cuidarse, que no es nada serio y que no quiere ser molestado con preguntas.

- Saldré. Hay comida en el refrigerador.- Anunció Manuel desperezándose.- Anótame la dirección para no perderme.-

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Pasó revista a los tres nuevos empleados.

- Beilschmidt, a ti te enseñaré el arte de los tragos. Hernández y Densen; ustedes atiendan las mesas. Hoy es el día de prueba de los tres. Si pasan esta evaluación, no tendré problemas en contratarlos. De un día para otro la mitad de mi personal desapareció. Supongo que es una señal inequívoca de que algo importante sucederá, así es que vayan con los ojos bien abiertos.-

Martín y Densen recibieron unos delantales limpios y Ludwig siguió a Karpusi hasta detrás de la barra.

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Francis llevaba puesta una boina negra y un pañuelo. Arthur casi vomita al verlo vestido tan amaneradamente. Y lo peor de todo, es que sabía que todo era un teatro por parte del francés.

No fueron muchas las personas que asistieron –no más de dos personas por alumna- y no llenarían más de tres filas de asientos en la agrupación de en medio. Tanto Arthur como Lily estaban nerviosos: eran los últimos y saber que el polaco que se presentaba antes que ellos canceló a última hora y por tanto su turno llegaría antes de lo previsto no los ayudaba.

Arthur buscó con la mirada a Orden y a Capitanía. Sólo vio a Manuel. Gilbert no llegó entonces, ni lo hizo durante la presentación. No importaba: un testigo menos.

Desde el costado del escenario veía el contonear de sus compañeras. A algunas las conocía y a unas pocas, no. Recién en ese momento Arthur notó la cantidad de horas que debía invertir el francés cada día para enseñar a cada alumna, o a cada grupo. La sola idea le empujó a ver a Bonnefoy como algo más que un mujeriego.

Entre los aplausos, Lily le tocó el brazo para llamar su atención.

- Nuestro turno.-

Al caminar sobre la madera brillante por el uso, Kirkland pudo distinguir a dos personas apartadas del resto. Mathew apoyaba su cabeza en el hombro de Alfred y sonreía.

Se detuvieron en medio del escenario y Arthur sostuvo por la cintura a Lily, quien se apoyó en un pie y estiró el otro en el aire. Por primera vez Arthur descubrió lo liberador que era utilizar una canción que no fuese clásica.

La hizo girar sobre sí misma y la levantó con una sonrisa: era el juego de un niño con una muñeca.

Arthur era el niño y Lily, la muñeca.

Eran, ambos, la infancia.

Cuando lo único que importa es darle vida a un juguete y convertirlo en un compañero con vida. Por ello, Lily se soltaba de su agarre y se movía graciosamente por sí misma, sosteniéndolo de la mano mientras él la seguía, buscándola y haciendo del escenario su sala de juegos. Lily dio un salto y al caer juntó sus manos a la altura de su regazo. Ella rió.

Arthur también.

La tomó de ambas manos y la hizo dar una vuelta sin soltarla. Swingli quedó atrapada en el abrazo y él la guió caminando hacia atrás, soltándola luego para, con sus manos y brazos, mostrarle el mundo en amplios movimientos. Hinchó el pecho, sosteniendo a Lily por los costados y sirviéndole de soporte para que ella se luciese frente al público.

Arthur sonreía, feliz por Lily y por su momento de gloria.

La música se fundió con otra y Arthur comenzó a alejarse de Lily, quien de a poco perdió su porte, recostándose en el suelo. Arthur la levantó y caminó con ella hasta una esquina del escenario, contando el tiempo y permaneciendo atento a la música.

Lily se mantuvo en el lugar en que Arthur la dejó, sin moverse ni dejar de sonreír.

El inglés caminó de nueva cuenta al centro del escenario, pasando cerca de un costado del plató. Se quitó la polera y la arrojó tras bambalinas, recibiendo a cambio una camisa con que se cubrió sin abotonarla.

¿Cómo se llamaban las canciones que Francis había combinado? No era el momento de distraerse, sin embargo, le parecía una pregunta de suma importancia. Quizá fuese su mente que intentaba calmar el nerviosismo.

"La Veillée" Nombró en su mente la canción dejada atrás, arrodillando una pierna. Levantó sus manos, una, dos, tres veces a la velocidad de la música. Ahora eran un piano y unos violines los que se escuchaban. "Summer seventy eight"

Rodó y volvió a incorporarse con una rodilla en el suelo, repitiendo el gesto un par de veces más.

Echó la cabeza hacia atrás y se la tomó con las manos.

Era el cambio. Ya no era un niño, ahora era un adulto.

Se incorporó fingiendo torpeza en sus pasos y avanzando de lado, para luego retomar vigor y abrir sus brazos para girar, describiendo un semicírculo sobre los tablones.

¿Por qué Francis le hacía interpretar a la adultez con pasos torpes y a la infancia con pasos firmes?

Balanceó su cadera, siguiendo el movimiento con su torso, sus hombros y su cabeza, en repentinos movimientos de cansancio. Se recordó a sí mismo esa mañana, realizando esos mismos espasmos –para él no existía otra palabra para describir esa réplica de la derrota y del cansancio- al manifestar verdaderamente su cansancio con su situación y su derrota frente a Bonnefoy.

Tomó un ligero impulso y saltó, girando el cuerpo y cayendo lo más suavemente que podía. Se acercaba al cuerpo inerte de Lily, hasta al fin verlo.

Se acercó con una carrerilla y la observó. Buscó una de sus manos y la invitó a levantarse tirando de ella, pero el muñeco no respondía.

Ya no tenía vida, pues Arthur ahora era un adulto.

"Y el Vals de Amelie" Completó en su mente, mientras con sus manos tomaba a Lily por la cintura y la levantaba, cargando con todo su peso muerto.

Ella dejaba cae su cabeza a un costado, sin quitar esa sonrisa inerte de su rostro.

Una vez de pie, Arthur tomó sus manos con las suyas y realizó los movimientos que, de niño, recordaba haberle visto hacer a su muñeca.

Pero el recuerdo no era vida, y en cuanto él dejaba sus rápidos giros, Lily no mostraba la voluntad para seguir por ella misma.

Así, cada movimiento de Arthur era repetido por Lily como una sombra, sin equivocarse en ningún momento, pues ambos habían practicado ya mucho y aquel era el momento cúlmine desde que se conocía. Los dobleces de los brazos fueron acelerando y el cambio de lado a lado de su perfil también, pero no perdieron en ningún momento la coordinación.

Arthur se detuvo de improviso, y Lily lo imitó.

Sus rostros continuaban siendo las máscaras de la niñez perdida y la adultez. Una con aquella eterna sonrisa estéril y la otra con el dolor de saber que nunca volverá la vida que mató en sus recuerdos.

¿Por qué, nuevamente, Francis mostraba esa etapa como un doloroso y nostálgico estado? Arthur no veía nada en sus conocimientos sobre el gabacho que le llevase a comprender esa interpretación.

Con sus manos en la cintura de Swingli y los brazos de ella alzados –formando un cuatro ladeado que no caía gracias al atril que era Arthur- le susurró palabras al oído que ni él mismo comprendía. Seducía a sus recuerdos para que regresaran a la vida, pero por más que Lily seguía sus pasos, sabía todo perdido.

Sin saberlo, le susurraba las palabras en francés que Francis le dedicaba en las noches.

Lentamente redujo la velocidad de las vueltas, dejando a Liliam con el cuerpo hacia adelante, sosteniéndola del hombro. La piel blanca de su pierna era sujetada contra la cadera de Arthur.

Y allí quedaron.

Con lentitud, Arthur la atrajo a su cuerpo y la depositó en el suelo, desarmada como un muñeco.

Y caminó hacia la salida del escenario.

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A la salida, sus hermanos y González lo felicitaron tan masculinamente como se les ocurrió –nada de flores, sólo abrazos y golpes en la espalda. Gilbert jamás llegó.

Cada chica allí presente tenía a alguien que le fuera a sonreir. Y Lily lucía radiante junto a su hermano, Francis, Cosette y un chico que Arthur supuso sería un amigo.

Mientras sus hermanos y su amigo se presentaban –Matthew lucía un ligero sonrojo desde que se enterara que éste era el chico al que le había robado algunos archivos- se dirigió hasta el grupo de su compañera.

Secretamente esperaba que Francis también lo felicitara a él.

Esperó en vano. Francis parecía ignorarlo y dedicarle toda su atención a Lily y, en menor medida, a las demás alumnas.

¿Qué acaso él no era otro más de su grupo de retrasados pupilos?

Alfred sugirió ir a comer algo ya que estaban los tres reunidos. Matthew preguntó si habría oscurecido.

Arthur respondió con evasivas, sintiendo decepción.

Viendo lo mucho que le importaba al francés. Nótese la ironía.

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- Arthur-san.- Lo saludó con sorpresa y alegría cuando lo vio entrar. Dejó la revista y los lentes a un lado y se acercó a estrecharle la mano.- ¿Qué hace aquí tan tarde? Ya voy a cerrar.-

- Hola, Kiku. Disculpa por molestarte.- El inglés fingió una sonrisa.- Gilbert me dijo que pasara a buscar mi moto. ¿Tienes las llaves?-

El japonés lo pensó un momento y caminó hasta la trastienda. En unos clavos Gilbert colgaba las llaves y no le costó dar con ella.

Arthur taró un minuto en seguirlo, leyendo el quinto mensaje de texto que le enviaba Matthew preguntándole donde diablos se había metido. Le contestó que en el café de la esquina, inventándose un lugar que, probablemente, no existía en la vida real.

- ¿Es ésta?-

- Sí, es esa. Gracias Kiku.-

Honda lo acompañó hasta la salida, aprovechando para bajar la lata y cerrar la tienda.

- Adiós, Kiku. Fue un gusto verte.- Se despidió Arthur con sinceridad.-

- Adiós, Arthur-san.-

El inglés encendió el motor poco después, sujetando con fuerza las manillas del vehículo y sintiendo la anticipación.

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Una hora antes, exactamente cuando Arthur ayudaba a Lily a calzarse sus zapatillas de ballet, Gilbert introducía sus llaves en la cerradura de su casa.

Roderich estaba inclinado sobre unas partituras en la mesa.

- Preparé un kuchen de manzana si quieres comer al… ¡Gilbert!-

El austriaco se levanto apresurado.

- Hallo, Rod.- Saludó el albino, sintiendo cierta extrañeza al volver a hablar y oír alemán.

Detrás del exiliado, la puerta volvió a abrirse. Gilbert se dio la vuelta y Ludwig bajó la mirada, buscando la farsa en el rostro de su hermano.

El mayor se acercó y lo abrazó.

- Ich habe dich vermisst.- Le susurró. Ludwig lo abrazó de vuelta.

- Hermano, no pienso terminar mi relación con Feliciano si es a eso a lo que…-

- Tranquilo, tranquilo. Feliciano me agrada. Deberías traerlo alguna vez a comer.-

Ambos hermanos se sonrieron, antes que Gilbert bajara la mirada y pidiera permiso para retirarse.

Elizabeta estaba acostada sobre su cama, leyendo un libro en húngaro, cuando Gilbert se asomó y tocó la madera de la puerta para hacerse notar.

Cerró el libro con cuidado, interponiendo un marca páginas y lo dejó sobre su velador.

- Tut mir leid.-

Ella le estiró los brazos ofreciéndole un abrazo, y él se apoyó en la cama para acercarse y recibirlo. Se recostaron juntos.

Elizabeta pasó sus dedos entre los cabellos blancos, sintiendo el aroma que antes le era tan familiar y que se pegaba a su piel por las noches.

- Hablé con Lovino Vargas.- Levantó la mirada, provocando que Hedevary detuviera sus mimos.- Leichnam of Schlange es historia.-

Ella dejó caer su cabeza sobre el cojín y él permitió que siguiera acariciándolo.

- Creo que me gustan las mujeres.- Reconoció un minuto después.

- Oh…, mi niño.- Le respondió acercándolo a su seno y abrazándolo con más fuerza.- ¿Significa que ya no podremos dormir juntos?-

-Significa que no eres ni hombre ni mujer porque sigues sin despertarme nada, kesesese~

Elizabeta le pegó un chirlo en la mejilla y se permitió reír con la broma.

- ¿Dónde has estado todo este tiempo?-

- En casa de un amigo.- Gilbert sonrió.- Y creo que ya sé por qué su hermana me pareció atractiva. Le pediré que me venga a buscar para que lo conozcas.-

Estuvieron así un tiempo, poniéndose al día, hasta que Gilbert decidió llamar a Iván.

Lo que no esperaba es que éste hubiese prestado su camioneta.

Tras cortar, recibió una llamada de Manuel avisándole que Arthur había desparecido. Que no estaba en casa ni con nadie. Había intentado comunicarse con él y no contestaba.

Volvió a llamar a Iván, preguntándole si sabía algo sobre Reino.

E Iván le dijo que lo mejor sería llamar a una ambulancia.

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Arthur redujo la velocidad que llevaba desde que saliera de Londres, ya más calmado.

Pasó junto a un auto y el chupón de aire lo desestabilizó, sin llegar a botarlo. Nuevamente aumentó la velocidad.

Cambió las luces y gritó.

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- Yo debería haber estado en el escenario.- Se quejó Félix.- Habría sido fabuloso. Ni siquiera pude felicitar a Lily.-

- Ya, ya.- Lo calmó Toris, señalándole que acelerara para no perder de vista al inglés.- Al menos tuviste la suerte que fuera uno de tus compañeros, ¿no?-

- Casi no lo he visto, sino, créeme que me enojaba mucho por las tonterías de Lovino. Mira, aumentó la velocidad de nuevo.-

-Eduard me envió un mensaje.- Señaló el lituano, leyendo.- Dice que ya dejó el mensaje en casa de Bonnefoy.-

- ¿Verdad que soy un genio con las palabras?-

- Mira el camino, Félix.-

- Lo estoy mirando. Pero reconoce que soy fabuloso con las palabras.- Sonrió.

Toris también sonrió, sin perder de vista la moto que seguían.

- Está reduciendo velocidad.-

- Ya entendí, ya entendí.-

- Parece que va a detenerse.-

- ¿Me detengo también? Yo quería ir por el albino, era mucho más guapo.-

- Parece que Lovino quiere hacer un trato con él, no estoy seguro, por eso lo descartó. No, espera a que lo haga y terminamos con esto… -

- "O uno o ninguno"- Recitó Félix, pisando el embriague y moviendo la palanca de cambios.

Arthur se detuvo poco después a un costado de la carretera para no molestar a los demás conductores y activó las luces, sintiéndose un poco mejor con la adrenalina, a pesar que la sensación de abandono no remitía.

Entonces sintió como lo impactaban.


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Quiero agradecer a mi uke Van der Banck por las traducciones al alemán ("Te he extrañado" y "Lo lamento mucho" respectivamente) y por su montonera de comentarios (la pobre se leyó siete capítulos de un tirón) *le manda un beso*

Muchas gracias a quienes leen, y no se olviden de dejar un comentario. Mientras más comentarios, más feliz será el próximo capítulo (¿?). Nos quedan dos o tres capítulos más, todo depende de lo que comenten.

Próximo capítulo: Iván