Unas 12 mil palabras.

Escribo sin fin de lucro.

Disclaimer: Hetalia Axis Powes y todos sus personajes -Todos aquellos que nos han acompañado en esta historia, aportando su propia parte- pertenecen a Hidekaz Himaruya.

Advertencias: Como siempre, advertencias tarísticas. Ya saben, incesto, mención a drogas y cosas así.

Este es el último capítulo, me pregunto si llegaremos a los cien comentarios, sería genial *inserte un corazón*. No sé que decir... me duele el estómago de los nervios: empecé esta historia en enero y la terminaré en diciembre. Como un diario de vida de este año. Han pasado muchas cosas, muchas, muchas cosas, pero aquí está.

Ya dije en el capítulo anterior que debí agregar allí lo de Heracles, pero no importa.

PD: zhu ni hao yunqi, es algo así como "buena suerte". Xiexie es "gracias·. Ambos están en chino.


La Torpeza de tus Pasos: Capítulo 16: Félix

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Semanas antes Heracles había escapado del piso nada más verlo entrar. Lo siguió, guardando una distancia de unos cuantos metros.

Karpusi sabía que Kiku lo seguía y éste sabía que Heracles lo sabía

El japonés se detuvo a unos metros del puente más cercano, mientras Heracles seguía camino por el borde de éste, ignorando la falta de un paso peatonal, internándose varios metros en sentido contrario al de los vehículos.

Le tomó de medio a un minuto decidirse a seguirlo por el mismo camino, jurando a cada segundo que los atropellarían. Sintiendo un gran alivio cada vez que no sucedía.

Tener el recuerdo fresco del accidente de Arthur no lo ayudaba mucho.

Heracles se apoyaba en la estructura, intentando ver las aguas, pensando en Sadiq y en los gatos pequeños encerrados en sus mochilas, cuando iban al Hungerford en la noche y corrían hasta llegar a la mitad del puente, apostando a gritos quién haría qué tarea de perder su nadador favorito.

Los dejaban caer, y buscaban la estela en el agua. En ese momento, semanas atrás, Heracles comprendía que ellos, tanto Sadiq como él, eran sabedores de estar cometiendo un mal acto. De no ser así, ¿por qué lo hacían de noche, cuando era más fácil ver si el animal sobrevivía o no cuando se tenía luz de sol?

Gilbert llama su atención y le pregunta si quedan expansiones de seis centímetros. Kiku pierde el recuerdo un momento al levantarse a buscar lo pedido.

¿En qué estaba? Ah, sí, llegó hasta el castaño y se paró a su lado, apegándose lo más posible al borde. El mayor parecía no compartir su miedo, limitándose a verlo un instante antes de redirigir su mirada al río.

Era difícil reconocer que él mismo fue una mala persona, porque si él, que se consideraba una buena persona actualmente, descubría que siendo un niño mató por diversión a decenas y decenas de seres vivos, descubría, al mismo tiempo, que era capaz de llevar esa desligazón de conciencia a otros ámbitos, y a otras dimensiones. Como era el tema con Lovino, que sabiendo lo que hacía con su local, no le colocaba trabas.

Kiku preguntó si pasaba algo que le quisiese decir.

- No es algo que quiera que sepas.- Le contestó, dividiendo su atención entre su interlocutor y el río.

- Al menos volvamos, este lugar es peligroso.-

- ¿Por qué tendría que ser peligroso?- Replicó.- No creo que alguien tenga la intención de arrollarnos. Estamos iluminados, nos pueden ver y nos esquivan.-

- Pero los accidentes ocurren, Heracles-san, y es mejor no tentar a la suerte. Quizá ellos no tengan intención de hacernos daño, ¿pero a considerado la variable de la casualidad?-

Heracles miró hacia el río nuevamente. Un camión pasó a su lado, extremadamente cerca de ambos.

- La variable de la casualidad.- Repitió. Se preguntó donde estaría Sadiq ahora, si habría tomado un camino distinto al de la calle, si continuaría ahogando seres vivos por diversión o necesidad. Quería creer que como él ya había madurado y comprendido muchas cosas que de niños desdeñaban.

O que, a diferencia de él, no sentía remordimientos por los actos cometidos cuando niños y seguía su vida más allá de ellos. Lo que en su momento fue robar carteras por diversión ahora de adulto lo comprendía como una necesidad de su compañero de aventuras. Esperaba realmente que no siguiese siendo así.

Era extraño, le parecía al descendiente de griegos, que a partir de esa adquisición de conciencia dedicase de manera indirecta a apoyar a quienes le recordaran a Sadiq. Jóvenes que pudiesen mejorar su condición. Como fue el caso de Kiku y Manuel, como estudiantes extranjeros, o el de Scotten y Arthur como consumidores de drogas. Se preguntó si el escocés que trabajara para él años atrás estaría bien, si hubiese superado la rehabilitación. Era curioso como su sentimiento de culpa por no haber comprendido a Sadiq, y por no haber hecho algo por él al comenzar a entender, lo llevaba a contratar esa clase de personas.

¿Y qué venía ahora? Densen tenía una casa que mantener, al igual que Martín (Arthur no era de mucha ayuda en el hospital ni Manuel en la universidad). Ludwig ya no contaba con esas características, ¿debería despedirlo y buscar a alguien más? ¿Seguir con la tradición drogadicta?

Quizá debiese dejar ir a los gatos.

Kiku suspiró de alivio cuando le dio la razón y aceptó regresar. El camino de vuelta fue peor que el de ida, porque sólo podían sentir a los vehículos acercárseles por la espalda. El menor pudo respirar aliviado cuando regresaron a la calzada, y aunque quiso preguntar qué era lo que tenía tan pensativo a su pareja, no lo hizo.

¿Cómo iba a suponer que una premisa como "ayudar" gobernaría de tal modo su vida? El lo único que quería era que tuviera más moderación al momento de recoger animales de la calle.

Mientras tanto, Heracles continuaba divagando. Emma ya no estaba, y siguiendo su patrón de principios, ya no tenía por qué permitirle el paso a Lovino Vargas a Glance Flash. El pequeño mafioso no tenía un hermano inhabilitado a quién cuidar.

- Hey, Kiku.- Vuelve a llamar su atención Gilbert, sentándose en un taburete que se trajeron de Leichnam of Schlange. Elizabeta entra al local con el almuerzo de los tres, dejándolo sobre la mesa que ocupa Kiku para estudiar los fines de semana. El japonés aparta sus apuntes, poniendo su atención en Gilbert.

- ¿Fuiste tú el que habló con Karpusi para que le cerrara el paso a Vargas? Hombre, no tenías por qué hacer eso, nos dejó sin local pero no estamos mal. Pero se agradece de todos modos, odio ver la tremenda mole que están construyendo allí ahora.-

- ¿Disculpe, Gilbert-san? No sé de qué me habla.-

- No te hagas, Ludwig ya me lo contó. Que le dieron el permiso de echarlo a patadas del lugar.-

Kiku ladeó levemente la cabeza hacia un lado, sin comprender. Era verdad que ya no estaban distantes (peleados era una palabra de difícil uso en esta situación), pero continuaba con la idea de un Heracles despreocupado.

No tenía idea de qué había llevado a Karpusi a cambiar su actitud permisiva anterior por ésta.

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Permaneció unas semanas más en el hospital por sus fracturas y la insistencia materna. Lo peor de todo era el yeso en su pierna izquierda, la herida interna que iba sanando, el yeso que se extendía en su muñeca y antebrazo derecho y el collarín cervical que rodeaba su cuello. Se libró por muy poco de medidas peores (algo así como que el choque debió ser a baja velocidad o que lo vio venir y no se dio el síndrome de latigazo). Sería un problema el bañarse durante los próximos tres o cuatro meses. Pobres de sus músculos.

(Ni hablar de los sudores fríos, de Gilbert negándose por una vez a meterse en problemas, de Iván –IVAN- siguiéndole el juego al albino, del médico sugiriendo un centro de rehabilitación, los sedantes y el "estabas drogado ¿cierto?" que terminó llegando de todos modos junto a la cara de no creerle que no, que no lo estuvo).

De todo eso, sin embargo, podía rescatar muchas cosas. Quizá no todas buenas, pero si importantes en cuanto a lo que configuraba su realidad.

La primera de ellas era Matt y Al.

(La segunda, Francis besándolo a la fuerza cuando probaron no darle nada y en la noche tiritó).

Fue cuando, con su mejor sonrisa de galán, Alfred consiguió permiso para dormir en la misma habitación de Arthur. No era necesario, pero sí un acto muy considerado de su parte y el mayor lo apreciaba. Matthew se coló, pasando desapercibido y siendo confundido con su gemelo cada vez que alguien se cruzaba con él.

En la noche durmieron juntos. Conversaron un poco, siendo las insinuaciones de Alfred sobre regresar a Estados Unidos con Matthew bastante obvias, aunque no se diera cuenta. Arthur se reía, preguntaba a Alfred sobre cómo había sido su vida fuera del país, si era real el estereotipo del estadounidense promedio y aunque el menor lo negó completamente convencido los otros dos no le creyeron.

Sería pasado media noche cuando a Arthur lo despertó el dolor en su pierna (Alfred le había comunicado con una sonrisa que tenía metal dentro del cuerpo, como si fuese algo maravilloso). Se removió despacio, respirando suavemente puesto que no era más que un malestar, era normal. Intentó volver a dormir cuando los escuchó susurrar y reír por lo bajo.

Agudizó el oído, interesado. Matthew le decía riendo a Alfred que no, que se dejara de molestar y se durmiera de una vez porque tenía sueño y ya bastante tenía con soportarlo durante el día. Arthur no consideró que su voz se escuchase realmente cansada. Para su desgracia, si llegaba a recostarse de lado para verlos mejor podrían notar que estaba despierto, por lo que intentó valerse de los sonidos. Y si bien él no podía verlos, Alfred hundía su nariz en el cuello de su hermano y murmuraba pretensiones algo subidas de tono, hasta que Matthew le comentó algo serio y el mayor quedó estático, con los ojos bien abiertos a pesar de no ver bien en la oscuridad.

Con la mención a sus padres, Matthew logró quitarse de encima a Alfred, dándole la espalda luego y cerrando los ojos para dormir.

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Félix prácticamente trabajaba solo mientras Francis colgaba unas fotografías enmarcadas que su hermana tomara del acto de hace unas semanas. De vez en cuando preguntaba a Félix qué opinaba, a lo que el polaco le daba su sincera opinión: no importaba qué pieza musical eligiera o cual coreografía creara, los trajes quedaban a su, o sea, genial cargo.

La vida de Félix últimamente era muy divertida. Hace poco se había enterado de que Vargas había sido expulsado de Glance Flash y no sintió pena alguna al presentarse frente a Feliciano a detenerlo por "posesión y comercio de sustancias ilegales". La reacción acobardada del chico fue sumamente deleitante, y aunque lo dejó ir tras decomisarle sus productos, por lo que observaron Feliciano no volvió a aparecer por allí. Lo encontraron a los pocos días, quedándose unas cuantas horas a un par de cuadras de su aula de clases, atrayendo gente joven con su sonrisa que inspiraba a la confianza.

Ahora pensaba en como mover los hilos para terminar de amedrentar al joven. No debían dejar a los Vargas en pie, ni al mayor ni al menor. Lovino por su parte estaba más relajado en el último tiempo y buscaba soluciones con mayor ahínco, aunque no era muy bien visto en barrios nuevos. Escuchó que contrató a unos emigrantes de la periferia. Era difícil saberlo a ciencia cierta, tratándose del mosaico cultural que era Londres, pero si eran indocumentados lo pasaría muy bien. Seguramente eran europeos del este, hasta quizás encontrase a un compatriota.

Soltó una risa, recordando la adrenalina de hace unos días. Había dado resultado: Lovino confiaba en ellos tras aquel servicio que le prestaron. Félix sabía que el shock impediría a quien fuese recordar los hechos anteriores al choque, pero reconocía que el chico fue escurridizo. El golpe seco debió quebrarle la pierna, o como mínimo provocarle una fractura. Se la aplastó con el parachoques contra la moto, después de todo. Lo tomó por sorpresa que acelerara de todos modos e intentase alejarse del vehículo, pensaba que caería y que podría arrollarlo o asustarlo un poco. Toris miraba en otra dirección, absteniéndose.

Lo chocó una vez más por detrás, provocando una brusca sacudida en la moto. El chico mantuvo el equilibrio por unos segundos antes de caer, con todo el armatoste sobre él. Toris marcó un número en su celular y dio la faena por terminada, avisando de un choque en la carretera.

Félix se desató el cabello y lo volvió a amarrar, resoplando.

Hacía falta el golpe de gracia, de modo tal que no los involucraran a ellos. Meter a Lovino en la cárcel de algún modo distinto al de delatarlo. Aquello sólo sería una bomba de tiempo para que Lovino dijese quienes fueron sus proveedores, muy mala idea. Debían encerrarlo por algo completamente distinto.

Debía averiguar quién era concretamente aquél a quien Vargas celaba.

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Fue una de las noches en que Alfred se escabulló a la habitación de Matthew para dormir con él. No era algo precisamente extraño, incluso su madre lo había interceptado y se había mostrado muy contenta comparando su actitud actual con la que tenían cuando niños. Alfred no quiso mostrarle las diferencias, sin embargo no fue necesario que lo hiciera.

Matthew delineaba el contorno del ombligo de su hermano por debajo de las sábanas y le hablaba sobre sus planes a futuro, interrumpiéndose cada pocas sílabas para recibir los besos y lametones de Alfred. Era infantil, sí, porque debían tener los pies sobre la Tierra, mas sin perjuicio de lo anterior le gustaba sentirse escuchado por Alfred, aunque éste no pudiese dejarlo terminar una frase ni permaneciendo callado.

Tenían las luces apagadas, y la puerta se entornó muy silenciosamente para no despertarlos. De haber sido el segundo anterior, o el siguiente quizá, no se habría visto un beso correspondido con mayor pasión de la que establecía el vínculo sanguíneo. Prácticamente saltaron en la cama cuando la puerta se abrió de golpe y la sangre se volvió hiel en sus capilares nada más ver la mezcla de desconcierto y enojo que se veía en el rostro de la única persona en el mundo que podía decir con autoridad que eran hermanos.

¿Qué clase de plato quebraron, qué jarrón? ¿Mancharon con barro la tapicería del sillón? ¿Qué es lo que han roto, qué es lo que han maculado?

¿Por qué los regañan si no es por eso?

Su voz no fue precisamente fuerte, sin embargo bastó para amedrentarlos y para que Alfred saliese disparado por su lado con el temor de recibir un golpe. La orden fue clara: cada uno a su habitación, hasta que los llamasen.

Matthew se apegó a la pared, dando golpes y esperando una respuesta, hasta que Alfred le contestó del otro lado. Pasaron los minutos, haciéndoseles eternos. Alfred rasguñaba la superficie con las uñas, con un lápiz, con una escuadra, con lo que fuese que encontrara con tal de crear un agujero. Matthew dormitó, ninguno de los dos se atrevió en aquel momento a escapar de la reprimenda.

Nada de lo que les dijeron les pareció nuevo. Entrelazaron sus manos, pero les ordenaron separarse, porque no podían hacer eso nunca más si no comprendían el límite. Alfred no quiso comprenderlo hasta que le tocaron el punto débil de la religión, que ya les bastaba con un hijo homosexual para encima tener a los otros dos en las mismas condiciones. Matthew no escuchó aquel razonamiento: intentaba con todas sus fuerzas creer que no era más que un arma arrojadiza de parte de sus progenitores, que ellos no estaban diciendo eso, porque si Arthur llegaba a enterarse no habría moto de por medio que le quitase la vida.

Las razones fueron variadas, desde la moral hasta la aberración biológica del hecho. Alfred intentó defenderlos, mientras Matthew esperaba a que la tormenta pasase. Ya después vería el modo de hacerlos comprender que no estaba dispuesto a renunciar al mayor.

Quizá lo peor fue el llanto de su madre, cuando les permitieron volver a sus respectivas habitaciones a dormir, apagado por la longitud del pasillo.

¿Qué está roto, qué, maculado?

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Sonaron las campanillas cuando abrió la puerta, tal como recodaba. El interior del local era, sin embargo, diferente a como lo había visto hace sólo un par de semanas, en la última visita a Yao.

Paulatinamente, los peluches desparecían, la vajilla barata era ofertada en grandes conjuntos y los relojes se vendían. Los lazos con los proveedores, ya caducados, dejaban mucho tiempo libre al chino, que iba de un lado para otro despidiéndose de sus amistades.

Un muchacho acariciaba a un frailecillo en el mostrador. Martín lo miró de reojo, sin llegar a acostumbrarse del todo a su reemplazante.

- ¿Y Yao?- Le preguntó. El chico levantó la mirada y casi sin expresiones en el rostro le respondió que volvería pronto.

Paseó la mirada por los objetos que encontraba, tomando algunos en sus manos y repasándolos, recordando vagamente el día en que los apiñó para hacerlos caber en un estante, o el momento en que, limpiando, se encontró con juguetes más viejos que el hilo negro.

Sobre el mostrador descansaba una cajita musical que estaba siendo reparada. La reconoció como uno de los tantos objetos que intentó arreglar para vender al otro lado del estrecho, o al final del recorrido del tren. Recopilando los últimos meses, ¿quién diría que regresaría a sus tierras con dos idiomas a cuestas y la habilidad manual de un chino? Perseguir a Manuel no había significado pérdida. Al menos el tiempo fue aprovechado en aprender.

Yao regresó tiempo después que Martín se tomó el derecho de sentarse en una silla junto al mostrador. Lo saludó con una sonrisa y confirmó su idea al ver el local cada vez más vacío.

Emil los siguió con la mirada antes y después que Yao le ordenase –con los mismos gestos con que antes le ordenara a Martín- prepararles un té. La ceremonia no tuvo grandes lujos sobre el mostrador, pero siguió cada paso necesario a impulso de regaños.

Martín no le pidió a Yao un número para mantener la comunicación. Yao tampoco le pidió a Martín un correo al cual escribirle. Ninguno de los dos tenía una dirección fuera de Londres.

- Regresaré a casa, de todos modos, tanto si me deportan como si me voy por mi cuenta, no tengo intenciones de regresar.-

- Quizá nunca lo encuentres.-

- Pero dejar pasar el tiempo no es la mejor opción. Deberías saberlo, tú eres quien no quiso esperar a perder un rastro.-

- Mis condiciones son más óptimas, che, zhu ni hao yunqi.-

- Xie... Muchas gracias.-

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No le dijeron nada a Arthur cuando lo dieron de alta. Alfred empujó la silla de ruedas hasta la salida, por protocolo, acompañados por un enfermero que a cierta distancia estaba atento por si le pedían ayuda. No se lo dijeron porque era un plan sin respaldos a pesar de la decisión con que Alfred le dijo a su gemelo que la solución era tan simple como no volver a casa.

El único conocido de Arthur dueño de un vehículo de cuatro ruedas los esperaba a la salida. Iván sonreía, apoyado en el techo de la camioneta. Gilbert estaba sentado en el puesto del conductor, virando el volante y fingiendo un ruido de autos en una carrera. Su ceño lucía concentrado hasta que su pareja le tocó el parabrisas para llamar su atención y mostrarle a los recién llegados.

El alemán abrió la puerta de golpe y se bajó haciendo fuerza con sus manos en el techo. Iván torció levemente la boca: no quería que lo abollara.

- Con ustedes, señoras y señores, el superviviente de un accidente, tras una prolongada abstinencia que casi le es fatal...- Alfred levantó una ceja, sin comprender. Matthew silbó una melodía, siguiendo el juego del albino con cierto remordimiento de conciencia.- Vuelve a su tribu para continuar con la vida, kesesese~

El inglés apoyó su mano buena en el brazo de la silla e intentó levantarse por su cuenta, sonriéndole a su compañero que no tardó en ayudarlo junto a Alfred a mantenerse en pie. Lo abrazó, porque aunque lo veía casi a diario, estar fuera de estas paredes blancas le parecía el final de una dura etapa.

- Prométeme que es la última estupidez que haces en tu vida… o al menos la última que atente con tu vida, viejo, que ni siquiera sé la maldita razón pero ya ves que me preocupas.-

- ¿La razón por la que te preocupa o la razón por la que soy un estúpido, persona que permaneció fuera de su casa por una tonta pelea?-

- Ambas.- Gilbert pasó una mano por detrás de sus piernas y la otra por detrás de sus hombros, alzándolo y cargándolo hasta el asiento trasero. Arthur se afirmó como pudo a la chaqueta de Gilbert cuando éste le provocó un salto en el aire para acomodar mejor su peso.

Con cuidado lo sentó. Recibió de Matthew las muletas y se las entregó. Iván le daba las gracias al hombre que los acompañara y que luego se devolvió con la silla. Matthew y Alfred daban la vuelta a la camioneta para sentarse el otro lado.

Gilbert se sentó en el asiento del copiloto y nada más asegurar el cinturón de seguridad, se volteó a buscarle conversación al rubio.

- Viejo, Manuel y yo ya tenemos fecha, será divertidísimo aunque no sé donde será… el señorito y Fran me tienen una genial sorpresa, nos divertiremos como nunca, habrá hierba y…-

- Lo que mi querido Gilbert quiere decir…- lo interrumpió Iván, para no asustar a los gemelos que tenían cara de no matar una mosca.- es que celebraremos su cumpleaños, más allá de que ya no sea la fecha.- Y al decir esto miró al copiloto.- Y nos despediremos de Manuel, por lo que seremos muchos los… invitados.-

- No creo que entremos todos en una casa… o que la casa sobreviva, bollocks.-

- ¿Arthur?-

- Después te cuento Alfred, sólo ignóralos. Sé que te costará, pero...-

- Francis me ha dicho que no me preocupe, que encontrará un lugar digno para celebrarme como se debe.-

- Hasta ahora nos hemos confirmado Manuel, mi flor de nieve, la chica que hace llorar a mi flor de nieve, el parásito acosador de mi flor de nieve y la otra víctima del acosador de mi flor de nieve.-

- ¿Flor de nieve…?-

- ¡Francis y Antonio! Mis dos amigos, ya sabes.-

- Pero ellos…-

- Francis y Antonio, verdammt.-

- Ya, pero ellos…-

- Fra.-

- Ellos…-

- Fran y Toño.-

- E…-

- ¿Te sumas o serás un aburrido con tutú incluido?-

- Mprf…-

- Alfred…-

- His face is funny.-

Gilbert se sentó correctamente en su asiento y encendió la radio, comenzando a tamborilear con los dedos sobre la guantera.

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Jugueteó un poco con el labio inferior de Lovino, estirándolo con los dientes. Lo besó y el menor le respondió. Estaban solos en la casa de Antonio, quien rodeaba el cuello de Lovino con los brazos. Las manos sujetaban fuertemente su cintura, y sus gemelos colgaban relajados desde el borde de la mesa.

Lovino, de pie, se inclinó sobre el mayor, sin separar sus labios, con los ojos ligeramente cerrados.

Era feliz. Todo lo referente a Antonio estaba saliendo a la perfección, y sin tener ese peso encima, suplir a Emma y cambiar el eje de ventas no había sido tan complicado. Por otra parte, Ekaterine tenía toda la experiencia previa de su tiempo con Los Bálticos, y aunque a Lovino no le gustaba la relación sanguínea que mantenía con Natasha, la veía como una mujer demasiado tranquila y pacífica como para traicionarlo.

Acariciaba los muslos de Fernández, soltando una risilla y volviéndolo a besar, cuando el celular del español comenzó a sonar.

Ambos resoplaron disgustados, más Lovino que Antonio. Se dio la vuelta, mirando el suelo con las manos en su cintura, mientras el otro contestaba.

Notó el cambio de inmediato, puesto que no existían muchas personas a las que Antonio hablase en esa mezcla de francés y castellano. Levantó la cabeza en un tic antes de volver a agacharla. Antonio le daba la espalda, o al menos se volteaba todo lo que podía estando sentado sobre la mesa.

Lo que le molestaba no era que hablaran o se vieran. Lo que le molestaba era no tener ni puta idea de qué hablaban. Se hizo el desentendido, aunque tuviese ganas de arrebatarle el teléfono al español.

Al menos Bonnefoy no intentaría nada.

¿Verdad?

- Como últimamente andas tan desaparecido dentro de ese hospital ya pensaba que no te acordabas de nada que no fuese él. Vale, que me has llamado, pero eso no es lo mismo a verte, tío, a veces me da por extrañarte. Sí. Ajá. Vale. Salúdame a Gilbert y a tu puta. Sí lo es. Vale, lo que tú digas, gilipollas. Je, je je, para eso estamos. Adiós, yo también te quiero mucho.- Fernández cortó y dejó el celular sobre la mesa, algo alejado de su cuerpo.- Lovino… estamos organizando una fiesta para un amigo y estaré afuera.- Le estiró las manos para que el menor se acercase.- ¿Podrás sobrevivir sin mi amor y cariño?- Preguntó meloso cuando Vargas le obedeció.

- Traducción de imbécil a no tan imbécil: "¿Me das permiso y prometes no enojarte si prefiero a mis amigos antes que a ti?" Claro, imbécil, tampoco te estaré encerrando en una habitación, por quién me tomas. ¿Cuándo es? ¿Hoy, mañana?-

- Todo el fin de semana de la próxima semana.-

- Lo arreglan todo con anticipación al parecer.- Masculló.

- Claro, será fuera de la ciudad en una casa que mi primo y… bueno, mi primo, se consiguió con un amigo.- "Que Fran y Rod se consiguieron de un tal Zwingli".

Rodeo el cuello de Lovino con sus brazos y se inclinó a besarlo.

- ¿No quieres continuar, tomatito de mi corazón?- Le dijo con una sonrisa, ya sin darle importancia al tema. Lovino apoyo sus manos en los brazos del mayor y se acercó más al borde, hasta que sus cuerpos se tocaron.

- ¿Quiénes más irán?-

Antonio le besó la comisura de los labios, luego la barbilla. Se detuvo bajo el mentón y respondió con los ojos cerrados.

- Bueno, son tres festejados. Yo conozco a uno, que a su vez conoce a los otros dos y es como si entre sí se invitaran, algo como grupos que se repiten y justo yo soy el que no se entera de nada.-

- No me has respondido.- Lovino apretó la suya contra la ingle de Fernández. Antonio le revolvió el cabello, bajando la cabeza y juntando sus frentes.

- No se los otros dos, pero de parte de mi amigo va su novio, Fran, una chica que le saca la mugre cada vez que quiere y yo.-

Sus ojos se buscaron, los de Antonio sonreían y los de Lovino lo escrutaban suavemente.

- Me parece bien que te diviertas con los bastardos de tus amigos.

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- Nos vamos.-

- ¿Alfred?-

Matthew abrió de par en par los ojos, se suponía que no podían estar juntos y solos en una habitación. Se los prohibieron nada más volver del hospital. Por ello, Alfred no podía nada más abrir la puerta de su habitación, entrar y dirigirse a su clóset: si llegaban a verlos no les iría bien.

- Alfred, no puedes estar aquí.- Le dijo en voz más baja que la habitual.- Papá puede venir en cualquier momento.-

- Que venga.- Le contestó, sacando algunas camisas, poleras, un par de chalecos y pantalones que metió en la maleta que trajera de Estados Unidos.- Nosotros nos vamos. Toma tu mochila, Matt. Lleva tu carnet, tu pasaporte y olvídate de todo lo demás.-

El menor giró en la silla del escritorio, abriendo un cajón y sacando lo pedido. Abrió los dos cajones de más arriba y los volvió a cerrar con calma, mirando en derredor y pensando. Se acercó a su hermano y se arrodilló, buscando entre sus zapatos una caja.

- ¿Y ese dinero?-

- ¿En qué te has gastado tu mesada de los últimos diez años, Alfred?-

- Dulces para ti.-

Matthew sonrió.

- Dulces para mí.- Repitió.

- Y un peluche de oso polar que te regalé para nuestro cumpleaños.-

- Y un peluche.-

Alfred se agachó un poco, Matthew levantó el torso y se besaron suavemente, con un cariño y una paz plena.

- Tengo tus cosas, Mattie. Ya vámonos.-

- ¿Sabes siquiera a dónde?-

- No. Pero te amo.-

Matthew se dejó ayudar al ponerse el abrigo. Salieron de la habitación con un peso en el estómago, sabiendo que sus acciones dejarían brechas abiertas que no podían ya cerrar, creándose el camino único que es una vida. Los pasos de Matthew fueron acortándose al llegar a la entrada principal.

Sin despedidas era casi tan doloroso como con ellas.

Alfred tomó sus llaves de la pecera vacía que había sobre la mesilla junto a la entrada. Matthew miró hacia atrás y se paralizó.

- ¿A dónde van ustedes dos?-

Alfred abrió la puerta, como sin haber escuchado. Se volteó, dándole la espalda a la tarde que caía.

- Nos vamos.-

- Ustedes no van a ninguna parte, Alfred, deja las llaves allí y éntrate. Ahora.-

Una voz femenina se acercó un poco preocupada. El peso en el estómago de Matthew se volvió dolor en su pecho al ver a su madre.

Alfred también la vio. Contuvo la respiración un segundo y dejó la maleta junto a Matthew, para caminar de vuelta hacia la mesilla, donde dejó las llaves.

Ambos padres esperaron en silencio a que Alfred cerrara la puerta, pero en lugar de eso, el chico recogió la maleta y con su mano libre tomó la de Matthew.

- De todos modos ya no las necesitaremos.- Masculló al salir.

Matthew cerró la puerta. Durante los siguientes pasos ambos mantenían el temor y la esperanza que los siguieran y detuvieron, pero el camino a la vereda mutó en la vereda misma y los autos continuaban pasando por las calles del barrio cuando siguieron camino a la próxima estación de metro.

El mundo continuaba, ignorándolos.

Cuando las sombras dominaron, la de ellos se apoyaba contra un árbol, con la maleta y la mochila a un lado y los columpios y subibajas vacíos, abrazándose y besándose.

Felices y asustados.

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- No te gusta la idea.-

- No es mi problema realmente.- Cosette miró la luz ente sus dedos separados, acostada sobre la cama de Francis. El mayor se quitó los zapatos, sentado y girando el cuello hacia su hermana.

- ¿En qué piensas, Cosette?-

La chica movió los dedos, sin responder. No estaba segura de querer hablar del tema con su hermano, pero mucho menos quería hablarlo con su madre.

- Un amigo me hizo ciertas… proposiciones indecorosas.- Dijo medio en broma para que el ambiente no se pusiera tenso. Comenzó a jugar con sus coletas, sin atreverse a mirar a su hermano a los ojos. Francis dejó su zapato en el suelo con cuidado, acercándose a su hermana a gatas y acostándose a su lado, mirándola.

- ¿Qué clase de proposiciones?-

- Tú sabes qué clase de proposiciones, François.- Le contestó, sintiendo que la lengua se le trababa mientras el francés iba y venía en las preguntas y respuestas de ambos.

Finalmente, Francis suspiró por lo bajo.

- Eso es decisión tuya, Cosette.- Dijo, no queriendo sonar demasiado duro ni categórico.- Pero si tienes cualquier duda puedes preguntarme. Si quieres que te ayude en algo…-

Cosette guardó silencio un momento. Francis no hablo, mirándola y notando por primera vez de manera tajante y real que su hermana pequeña ya no era tan pequeña.

- ¿Duele mucho?-

- Un poco… a ambos. Y si ya es demasiado es porque no es el momento. Y nadie, Cosette.- Francis hizo una pausa, esperando a que su hermana lo mirara a los ojos. La tomó del mentón.- Nadie puede obligarte a hacer algo que no quieres. No importa que tanto diga quererte o si te amenaza con dejarte por no darle el gusto. ¿Me escuchaste, Cosette?-

La chica murmuró un sí y Francis la soltó, sonriéndole. No le preguntó sobre quién le hablaba, ni si pensaba hacerlo realmente. Tampoco le dijo que él, usando su persuasión, lo conseguía normalmente.

- ¿Quieres dinero para un motel?- Le preguntó.- Porque si vas de verdad a hacerlo tiene que ser en un lugar cómodo, no detrás de la puerta de la cocina.-

- ¿No puede ser aquí?-

- No, Cosette. Aquí no, por ahora. Quiero… cambiarle las vibras a este piso, si me entiendes.-

- … Está bien.-

Francis le hizo un cariño en la cabeza.

- Estás más grande. ¿Qué vas a estudiar? ¿Ya te decidiste?-

Cosette iba a responder cuando sintió la mano de Francis tomando la suya. Sonrió.

- Más o menos.

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Le abrió la puerta un muchacho de cabello rubio al que había visto un par de veces en el hospital. El muchacho hizo una mueca y dijo algo como "si quieres shevártelo hacelo rápido, che, ya no lo aguanto" que pudo comprender a medias. Arthur regañaba al par de gemelos que él deducía eran sus hermanos. Era un poco morboso por su parte el antes haberlos mirado de reojo, pero era parte de su naturaleza. No habían intercambiado muchas palabras más que para presentarse.

Sin embargo, Francis sabía lo importantes que eran para Arthur y obviamente no le convenía dejar una mala impresión, por lo que siempre se comportó amable con los gemelos. El que les hubiese ofrecido el cuarto de huéspedes de su piso al enterarse que, por alguna razón, no se estaban quedando en casa de sus padres era parte de la advertencia de Gilbert: siempre buscaba un beneficio, y si con ello conseguía la aprobación de los gemelos, lo haría encantado.

De todos modos Arthur mencionó que, ya que Gilbert lo había invitado, no se negaría a compartir habitación. Por faltas de camas, obviamente, tal como compartirían Gilbert y Elizabeta. Pero con siete personas en una casa con cinco habitaciones, aquello era necesario.

Francis se sentó en el brazo del sillón en que Arthur estaba sentado, con su fiel computadora portátil en las rodillas. El menor no le hizo caso alguno, recuperando el trabajo atrasado de esas semanas y tratando de robarle Internet al vecino con el propósito de enviar lo más pronto posible el escrito a su editorial para que no le siguiesen reteniendo el sueldo. Arthur los odiaba.

- Amor, te resfriarás.- Murmuró colando los dedos en el cuello del delgado suéter del inglés, por la espalda. Arthur sólo movió el hombro molesto.

- Deberías ponerte el verde que te gusta tanto, es más abrigador.-

- ¿Puedes decirme por qué estás aquí? Que yo sepa no conoces a nadie de esta casa salvo a mí, y yo no soy tu amigo.-

- No, tú eres mi amante.-

Arthur dejó de teclear y levantó la mirada, girándose un poco. Lo miró con una mezcla de indiferencia y molestia.

- ¿No se te ocurre nada mejor qué decir?- Le espetó con verdadera e irónica curiosidad. Francis le quitó los lentes, los cerró y se inclinó hasta rozar su mentón con la frente de Kirkland.

- No me has dicho que quieres ser mi pareja.- Le recuerda, cosquilleándole los labios y la nariz con el cabello ajeno. Arthur gruñó, abriendo un poco la boca. Francis sonrió, acariciándole el cabello mientras le sostenía la nuca.

- Piere te extraña.-

Arthur cerró sus ojos. Se dejó acariciar un momento, relajándose. Levantó el rostro, rozando con su nariz el cuello de Bonnefoy, quien se atrevió a buscar los labios del menor. Se detuvo en la comisura, Arthur también, esperando cada uno a que el otro le diese el chance para seguir. No saben quien hizo el primer movimiento, sólo que se rozaron los labios, acariciándose entre sí, antes de plantar un beso suave. No se separaron, esperando un instante para besarse nuevamente.

Instante, tras instante, tras instante, tras instante, Manuel y Matthew los observaron reconciliarse desde detrás de la puerta de la cocina, sosteniendo a Caroline para que no saltase sobre el rubio que osaba poner las manos sobre su dueño.

+'+'+'+'+

Sus hermanos y Gilbert le prohibieron montarse nuevamente en su motocicleta, por lo que Arthur fue junto a Manuel, Elizabeta e Iván en la camioneta de este último, sujetando durante las horas que duró el trayecto hasta los acantilados el bajo y la guitarra. La batería iba desarmada en la parte de atrás. Francis y Antonio partieron antes para asegurarse que todas las habitaciones estaban habilitadas. Cada quien se instaló en la que le correspondía y no tardaron en bajar a la piscina. Francis dejó que Antonio lo ayudara a picar las verduras, pero pronto lo envió junto al resto a divertirse.

Al rato Gilbert, en bermudas y mojado, comenzó a armar la batería en el living. Francis iba y venía acarreando las ensaladas al comedor y convenciéndose que el mes de clases gratuitas para Lily que prometiera a Vash a cambio de prestarles la casa por el fin de semana valió la pena. Iván ayudó a su pareja en el armado y de pronto se escucharon las protestas cuando desconectaron los parlantes del estéreo.

Arthur, vestido, permanecía recostado en una toalla sobre el pasto, tomando el sol volado como él sólo, con una sonrisa de satisfacción que no se la quita nadie y a poco de quedarse dormido, mientras Manuel y Antonio se tiraban chistes (¿qué chistes? Nadie lo sabe, de todos ellos sólo Francis comprende un poco el castellano y no está presente) y Elizabeta entraba a poner música de nuevo.

El cerdo en el horno estuvo listo cuando la mujer convencía a Gilbert de conectar el reproductor de música a los amplificadores si no quería enchufar el estéreo en beneficio de los instrumentos. Francis mandó callar a ambos al pedirle que llamaran a los demás a comer.

Tanto a Francis como a Arthur los hizo encogerse en su asiento que Iván y Gilbert se tomasen de la mano por sobre la mesa. Por suerte Elizabeta estaba sentada en medio para salvarlos de hacer tonterías como imitarlos, aunque la mujer juraría luego sentir una extrañas vibras alrededor cuando estuviese con Gilbert lavando los platos. El albino le haría quitarse esas ideas tontas de la cabeza, ¿vibras provenientes de quienes? ¿De Francis y Arthur? Tonterías.

Arthur brindó por que Manuel volviese bien a casa y terminara la carrera. Manuel, por el cumpleaños de Gilbert, que, aunque tarde, pudieron celebrar todos juntos, y Gilbert, porque Arthur ya sólo mantenía el brazo en cabestrillo y se libró de palmarla.

Mientras World Reference –menos Gilbert que lavaba los platos- improvisaba con sus instrumentos y repartían papelillos, Feliciano y Ludwig cruzaban la calle en completa obscuridad en dirección a la casa de este último. Unos cortes de luz generalizados e intermitentes en el sector empujaron a Roderich a pasar la noche en casa de Vash.

Mientras buscaban las llaves la corriente volvió.

Trajinaron en la cocina, conversando, con las velas sobre la mesa por si les tocaba un momento de oscuridad. Feliciano reía mucho, incluso llegó a tararear una canción. Ludwig se sentía un poco torpe moviéndose en ese espacio, con Feliciano deslizándose para acá y para allá con la olla.

Un poco de ese sentimiento de torpeza se fue cuando el castaño notó su situación y le pidió ayuda para vaciar el agua caliente en el lavaplatos aunque no la necesitara.

- Lud, ¿Puedes encargarte tú? Es muy pesado-

- ¿Ah? ¡Sí!- Respondió veloz, dando un paso y medio para sujetar la olla. Feliciano sonrió, aunque en este caso fuese por ver cómodo a Ludwig al tener algo que hacer con sus manos. Siguió las indicaciones de su pareja hasta encontrar un par de platos, cubiertos y una bandeja. Puso todo sobre la mesa y la luz volvió a apagarse.

- Qué conveniente, amore, Dios es muy amable, ¿no crees?-

Ludwig gruñó, no tanto por estar en desacuerdo sino para mostrar que lo escuchó. Tanteó en busca de fósforos y encendió una vela.

Siguió a Vargas hasta la puerta de entrada, sin sorprenderse demasiado cuando el muchacho se sentó en la acera, dejando los tallarines a un lado. Prendió las demás velas y las pegó al cemento en fila para que alumbraran al tiempo que esperaba a que su pareja buscase qué beber.

El castaño lo tapó con un cubrecama y dejó los vasos junto a él, con una botella de bebida. Se sentó a su lado y se tapó a su vez, apegándose a su cuerpo y mirando las pocas estrellas que aprovechaban el corte de luz para mostrarse allí. Ludwig lo rodeó con su brazo. Feliciano rió al verlo intentar comer con la zurda.

Una hora después, Feliciano descubrió por tercera vez consecutiva que se estaba quedando dormido. Se movió un poco, desperezándose, mas ante el silencio de Ludwig y el calor de su abrazo, volvió a dormitar unos minutos más, despertándose al volver la energía eléctrica nuevamente. Se levantó de un salto –o tan "de un salto" como pueda levantarse alguien con sueño- e ingresaron nuevamente a la vivienda. Ludwig no puso problemas en que se quedase esa noche, por lo que, luego de colocar nuevamente el cubrecama en su lugar, no tardaron más de cinco minutos en caer profundamente dormidos.

Martín, leyendo en línea las noticias de su patria, aprovechó de cotizar vuelos para él y para Manuel, acariciando entre tecleos a Caroline.

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- No debiste despertarme, bollocks.- Se quejó mirando la cama, con una almohada en la mano. Del otro lado del mueble, Francis corrió las frazadas, tomó la almohada de su lado, y lo golpeó con ella en un hombro.

- Por supuesto que debí despertarte: no iba a perder la oportunidad de hacerte comer comida de verdad. Este mes has bajado las pocas libras que te he hecho ganar con tanto esfuerzo y dedicación.-

- Exageras.-

- Exagero, claro, yo exagero. Si yo fuera tu madre te habría inscrito aunque te hubieses negado. No puedo creer que tuvieses una... reserva, o como quieras llamarlo, de eso en tu casa.-

El inglés levantó un dedo, negando.

- No, antes muerto que en rehabilitación.-

- A este paso terminarás muerto, Arthur.-

- El sofá del living se veía muy cómodo, ¿quieres ir a comprobarlo?-

Francis le dedicó una mirada llena de desprecio.

- Nos preocupamos por ti.- Acusó.

- No lo hagan. A cada quien le toca lo que le toca, y a mí me tocó cuidarme por mí mismo. Es lo natural.- Arthur abrió la cama de su lado y acomodó su almohada.

- Tú no estás solo, nunca lo estuviste.-

- Pero es el orden natural de las cosas. Que lo haya desobedecido por un cierto periodo de tiempo es otro tema.-

Francis volvió a golpearlo con la almohada.

- Imbécile. Ingrat.-

Arthur interpuso su brazo en cabestrillo- la única lesión que le perduraba- para que dejara de darle almohadazos y cerró los puños en una actitud agresiva.

- Odio cuando hablas francés. No entiendo ninguna mierda.-

- Es lo que hay, ve acostumbrándote.-

Mala idea. Arthur frunció el ceño,

- Bien, querido.- Empezó, remarcando el "querido"- Esto es, también, lo que hay. Si no te gusta, déjalo. Ahora.-

El francés se apoyó con los nudillos sobre la cama, mirándolo fijamente.

- ¿Qué dijiste?-

- Que esto es lo que hay, si no te gusta, déjalo.-

- Ahora.- Completó.

- Sí, ahora.-

No respondió, simplemente dejó que el "click" en su cabeza hiciese mover el resto de tuercas y se levantó, dejando la almohada a un lado y saliendo de la habitación. Arthur no lo miró hasta que ya le daba la espalda, más allá de la puerta. Le estaba dando una segunda oportunidad, después de todo.

Aunque estuviese enamorado de Francis, continuaba sintiendo rencor hacia él. Rencor por no amarlo cuando se supone no debía amarlo. Rencor por hacerle tener unas incorpóreas ilusiones que desde el principio especificaron no se iban a dar. Rencor por haber seguido tan condenadamente al pie de la letra su pacto de no amor.

Resopló, revolviéndose el cabello con su mano sana. Arrugó la frente.

Quizá el rencor no fuese hacia Francis. Quizá el rencor fuese hacia…

¡Idioteces! Hacia sí mismo no, por primera vez existía alguien más a quién culpar.

Subió una rodilla a la cama y se quedó allí, hundiendo el colchón, en silencio.

+'+'+'+'+

Nadó de espalda, con la luz de unos faroles alumbrando el agua. Su cabello recogido ya estaba mojado. Sentía su respiración sobre la superficie, y el agua chocando suavemente contra las baldosas en los contornos de la piscina. Braceó una vez más y se dio la vuelta, hundiéndose e impulsándose hasta el otro extremo. Se apoyó un par de segundos, respiró profundo, se hundió y se impulsó en la pared.

Arthur siguió la estela que dejó al nadar de vuelta, sin sonreír, sin fruncir el ceño, sin moverse. Su respiración era acompasada y profunda. Anticipándose, sus latidos se aceleraron.

Sacó la cabeza y respiró por la boca, pasándose una mano por la cara para quitarse el agua. Arthur caminó hasta quedar junto al codo con el que se sujetaba al borde. Bajó su mirada, él la levantó. En su habitación, Elizabeta apagó la última luz de la casa, una vez terminado su libro.

- ¿Quieres nadar?-

- No, el agua está muy fría.-

- Es una piscina temperada, si no ni loco dejaba a Antonio bañarse en esta época.-

Arthur movió un poco el cabeza, dubitativo.

- No traje bañador.-

- Báñate sin traje de baño.- Francis sonrió, Arthur se sonrojó un poco.- En boxers.- Aclaró, un poco aplacado ante el gesto del menor.- Deja tu ropa junto a la mía.-

Uno caminó por el borde hasta las sillas de playa, él otro lo siguió con pequeños impulsos y movimientos dentro del agua. Arthur se quitó la camiseta con cuidado y se sentó a quitarse los zapatos. Francis lo esperó en silencio. Al llegar el turno de los pantalones, se detuvo y lo miró.

- El yeso.- Dijo, moviendo el hombro del brazo en cabestrillo.- No puedo mojarlo.-

- Claro que puedes mojarlo, lo has hecho todos estos días.- Le replicó.- Allez!-

- ¿Allez?- Consultó humildemente, como un modo de pedir perdón por la discusión de hace unos minutos.

- Let's go.- Le respondió con una sonrisa amplia. Arthur se levantó y dejó caer los pantalones, dejando ver sus boxers negros. Caminó hasta la orilla y se sentó, sumergiendo las piernas.

Las movió un poco, mirando el agua. Francis levantó las cejas, instándolo a apresurarse. Ante eso, se mordió el labio, miró a Francis, luego el agua, y detuvo el movimiento. Entonces confesó en un susurro.

- No sé nadar.-

Bastaron esas palabras para que Francis le perdonara por completo. Qué problema debía ser, se dijo, no saber caminar bien, y además no poder nadar, siendo que son los únicos dos dones que se les da para empezar.

Siendo así, ¿cómo correr, cómo bailar, cómo saltar y fingir un vuelo corto?

- No es un problema, yo te sostendré.-

Le tomó la cintura con una mano y se afirmó del borde con la otra. Arthur rodeó su cuello con su brazo izquierdo, cerró los ojos con un poco de miedo y se dejó caer.

Se abrazó a Francis con fuerza. Podía sentir como el mayor movía las piernas para mantenerlos flotando y aquello -la idea de ser un peso más, el escuchar su respiración cansada junto a su oído, sentir su cuerpo tenso- le hizo sentir inconscientemente que sobraba.

Siempre siendo una carga para todos quienes lo rodeaban.

- Sepárate un poco.- Le ordenó con voz amable.- Y patalea. Por una vez patalea por una buena causa.- Bromeó.

Siguió sus indicaciones, con lentitud para no dañarse nuevamente la pierna. El francés le apretó los boxers para soltar el aire que atraparon, para que no molestaran. Luego se alejó de la orilla, sin soltar jamás ni el borde ni al mismo Arthur.

Sus pies se rozaron un par de veces. Francis quiso decir algo, mas necesitaba esforzarse y calló.

- No más.- Murmuró Arthur deteniéndose y rodeando la cadera de Francis con sus piernas. El francés no dijo nada por el peso extra, ni exigió nada a cambio más que besarle la mejilla.- Pero me gustó. Me siento liviano y pesado al mismo tiempo. Es extraño.-

- Dicen que el agua nos recuerda el vientre materno. Por eso nos tranquiliza.- Arthur dejó que le quitase el cabello mojado de los ojos.- No pienses nada triste, si'l te plaît.-

- ¿Si te ple?-

- Por favor…-

- Yo no pienso cosas tristes. Sólo no sé nadar.-

- ¿Ves que piensas cosas tristes? Si no, no especificarías eso.-

- Te odio.-

Francis bufó por respuesta, sonriendo tiernamente.

- Yo te amo. Pero no te tomaré tal como estás, Arthur, porque hacerlo equivaldría a que estés sólo por siempre. Tienes defectos, y estoy seguro que eres más que consciente de cuales son. Pero está bien. La gente no es perfecta, y alejarlos desde el inicio mostrando que no piensas cambiar es una gran tontería. Todos cambiamos: tú me has hecho cambiar.

- No sé nadar.-

- Sabes bailar, y caminar bastante torpemente.-

- No sé nadar.- Repitió- Nunca he sabido. Es lo natural que esté solo, no sé por qué no lo entiendes.-

- ¿No sabes por qué no lo entiendo o por qué tú, inconscientemente, te resistes a aceptarlo?-

Guardaron silencio un minuto. Arthur intentaba discurrir sin conseguirlo: el agua le adormecía el pensamiento. Se sentía particularmente tranquilo.

- I love you too.-

Transcurrió un minuto más. El algún momento Arthur comenzó a acariciarle la barba, con la mejilla apoyada en el hombro de Francis, mirando la oscuridad. Sintió que le besaban la oreja y volteó el rostro, recibiendo en silencio un segundo beso. Tierno, sin apuros, convencido de que ese momento sería eterno. El silencio que eran sus labios encontrándose, el agua chocando con la orilla y algún grillo solitario en la oscuridad les reafirmaban esa idea.

Eventualmente se detuvieron. Francis le mordió el labio, a lo que intentó quitar el rostro sin demasiada convicción.

A Francis le costaba más mantenerlos a flote y ambos podían sentirlo.

- No sé si quiera cambiar.- Confesó.

- Yo te he hecho cambiar.-

- No me has hecho cambiar.-

- No llevas puesto ningún aro.-

Arthur sumergió una mano abierta en el agua y la movió.

- Me los hicieron sacar en el hospital. Y después olvidé volver a ponérmelos.-

- Mala excusa, Arthur. Desde antes que te veo menos… maltratado. No me gusta verte así.-

- Siempre me has despreciado por ello.- Recordó sin ánimos.

- No. Antes te despreciaba por ello. Ahora me preocupas.-

- ¿Borrarás todos los números de tu celular?-

- Tiraré mi agenda completa.-

Una ligera sonrisa precedió al beso de agradecimiento. De asentimiento.

- Estoy cansado.- Apuntó el mayor, mirando el cielo negro un instante.- Tengo una idea. Toma aire.-

- ¿Francis?-

- Toma aire, allez, fais-moi confiance.-

- Trust me?-

- Yes.-

Hizo como le pedía y cerró sus ojos. Le susurraron al oído que no los abriera o le arderían, que no debía tener miedo porque era como sumergirse en una bañera llena de agua, sólo que más grande. Asintió.

Su cabello se mojó, los oídos le retumbaron un poco. Le asustó la idea de saberse sumergido, aferrado a la única voluntad de Francis para salir de allí. Una suave caricia le recorrió el cuerpo, y permaneció su recuerdo cuando Francis se arrodilló en el fondo.

El sonido era diferente: todo era sonido. El movimiento era sonido, su corazón era sonido, Francis soltando su oxígeno para permanecer hundido era sonido y el contacto con las prendas también parecía sonido. Se atrevió a soltar el abrazo e intentar tocar el cemento. No lo consiguió, con lo que volvió a aterrarse.

Francis distinguía sus ojos cerrados con fuerza, las mejillas un poco infladas, el cabello flotando y el manoteo cuando Arthur quiso volver a aferrarse. Lo atrajo hacia sí y el menor se tranquilizó, relajando sus facciones.

Afirmado como estaba y con todo el cuerpo siendo envuelto por el agua, Arthur sintió que la sensación de seguridad que desapareciera de su vida en la adolescencia, regresaba con mayor fuerza y menos secretos.

"Dentro tuyo lo reconoces, ¿verdad? Que todo a tu alrededor sea calmo, que tu peso no importe. No me sorprende la torpeza de tus pasos, si antes de ellos has olvidado esta sensación. No, no la has olvidado. Te obligaste a no recordarla. Pero ya pasó. Estoy aquí".

Quizá el momento no pudiese ser eterno, pero el hueco llenado permanecería así.

Arthur le jaló el cabello. Francis se impulsó hacia la superficie. Ambos boquearon. El inglés no se atrevió a abrir los ojos o a respirar normalmente hasta no haberse pasado la mano por el rostro varias veces. Su pecho se extendía y contraía, en bocanadas profundas.

Con cuidado, Francis le ayudó con el cabello. Arthur se dejó, soltó un suspiro de risa. Se tocó la nariz con insistencia hasta sentirla seca.

- Ahora es cuando hacemos el amor.- Bromeó alejándose y soltando sus piernas, quitándole a Francis gran parte de su peso. Las movió sin un buen ritmo, pero con práctica lo conseguiría. Francis no lo soltó.

- No me tientes, Arthur, o nos ahogaremos.-

Ambos sabían que ese era el punto y aparte con que el momento acababa. Arthur se dejó acercar lo suficiente para poder sostenerse del borde por sí mismo y salió. Francis tardó un poco más. Se dejó caer de espalda, descansando un poco, antes de tomar la mano que Arthur le ofrecía.

Esa noche durmieron juntos, agotados como si acabasen de hacer el amor.

+'+'+'+'+

Félix se acarició el mentón, pensativo.

Necesitaría un auto.

O un vehículo, el que fuera. Quizá dejar un folleto con el itinerario de viajes a la costa.

Sonrió para sí. ¿Toris mantendría esa habilidad de sus primeros tiempos? Antes de ser el cabecilla visible de Los Bálticos.

- ¿Toris?- Habló cuando le contestaron el teléfono.- Hombre, tengo que pedirte así un tremendo favor. Verás, lindo, olvidé un pequeñísimo detalle en todo este súper mega fantástico plan mío, qué tonto.- Río un poco.- O sea, no, nunca un error tan terrible, o sea, por quién me tomas. Sí… no, niño, cómo se te ocurre a estas alturas, o sea, no supo comportarse en su momento y sigue sin hacerlo, ¿y tú quieres que lo deje pasar? No, no, no. Además, ya es muy tarde, ya sabes lo fosforito que es, le echas una chispita y ¡bum! Prende.

Mantuvo el silencio un momento, escuchando. Se miró las uñas, asintiendo a cuanto escuchaba.

- Necesito que vuelvas a tus inicios, cariño, un auto cualquiera sirve… cualquiera sirve, Toris, el primero que se te ponga en frente… Con llaves en lo posible, nada de cortar cables o sería sospechoso… vale… A mí no, a Ekaterine… no, no lo hemos hablado… ya sabes como es, dile que es un regalo.- Aguantó la replica y fue cortado las veces que intentó hablar. Toris no dejaba de dar razones. Se pasó la lengua por los dientes, esperando.- Funcionará, tranquilo, no le doy más de un día. Mañana el chico lo llevará a descubrir su dramón familiar, me da hasta pena por esos tortolitos, quién diría que me entretendría tanto gracias a Vargas… Los indocumentados se venden fácil, ya sabes… yo también lo hice, ¿recuerdas, bombón?- Sonrió con amplitud, aunque nadie lo viese.

Dejó el teléfono en su lugar y fue a abrir la llave de la ducha, canturreando en polaco.

+'+'+'+'+

Elizabeta estiró las piernas, soltó un gemido de gusto y se dio la vuelta. Abrazó el cuerpo de Gilbert y se apegó a su espalda, acercando también sus piernas. Ronroneó un poco, demasiado a gusto como para querer despertarse. Gilbert, sintiéndola, gruñó por lo bajo, medio dándose la vuelta para estirarse, apretando con fuerza los ojos. Soltó un suspiro y volvió a acurrucarse.

- Apuesto que te gustaría despertar junto a Iván.- Le susurró ella al oído, picándole el rollo. A Gilbert lo recorrió un escalofrío y dio un cabezazo involuntario hacia atrás.

De este modo, todos despertaron ante el grito de "bruto" de Elizabeta y los posteriores de Gilbert.

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Se despabiló frotándose el ojo cerrado, haciendo suficiente movimiento para despertar a su vez a Ludwig. Siguió así un rato, más de lo normalmente necesario, hasta que el rubio optó por preguntarle si se sentía bien.

- Tuve un sueño extraño.- Comenzó, sin dejar de frotarse el ojo. Repetir el mismo movimiento una y otra vez le permitía concentrarse antes de olvidar el sueño.- Estaba en un lugar tranquilo, sin muchas personas en los alrededores… creo que estaba contigo, y tú me hablabas, pero lo hacías sin verdaderos sentimientos. Yo lloraba, y sentía mis dientes flojos, como si se me fuesen a caer. ¿Qué crees que signifique?-

- Son sólo sueños, Feliciano.-

- ¿Pero crees que signifique algo?-

Ludwig lo meditó un momento. De Elizabeta había escuchado algo al respecto, algo sobre dientes cayéndose y encías sangrando. Muerte de alguien cercano, al parecer.-

- Creo que… ¿cómo dijiste que sentías tus dientes?-

- Los sentía muy flojos.-

- Pero no se te caían.-

- No.-

- Entonces no creo que signifique algo, más bien debe ser tu insconciente recordándote que tienes dentista la próxima semana. Seguro lo olvidaste, como siempre.-

- Ve~ Ludwig, siempre recuerdas mis horarios.-

El rubio sonrió, complacido por la suerte de admiración que se reflejaba en el tono del castaño. Respondió algo con falsa modestia y se ofreció a preparar el desayuno.

+'+'+'+'+

- Qué persona tan amable.- Soltó Matthew, abrazándose una rodilla. Alfred miraba el cuadro de una niña morena en un columpio.

- ¿Dijiste algo, Matt?-

- Dejó que nos quedáramos aquí, sin conocernos. Es muy amable.-

- Seh, podríamos robarle algo, qué persona tan confiada. Supongo que es porque conoce a Arthur.- Alfred rió.- Cualquier diría que busca conseguir algo con esto.-

- ¿Tú crees?-

- No te alarmes, no podría conseguir nada de nosotros.- Se volteó a ver a su gemelo y se acercó. Le robó un beso, Matthew le correspondió no muy convencido.

- Tranquilo, nadie nos ve.-

- Lo sé.-

- ¿Entonces?-

- ¿Crees que nos odien?-

El mayor se separó, mirándolo con seriedad.

- No me importa.-

- Son nuestros padres, Alfred.-

- Lo sé. Pero tú importas más.- Frotó su nariz con la de él e intentó darle confianza con una sonrisa y su mirada.

- Tengo miedo… que algún día nos arrepintamos.-

Se miraron a los ojos, Alfred con un rostro inexpresivo y Matthew con verdadera preocupación. A Alfred le faltó mucho tacto para decir su innegable situación, mas así era él.

- Ya no podemos hacerlo, si eso llega a pasar, estamos jodidos.-

El menor bajó la mirada, contrayéndose en sí mismo. Su hermano lo tomó por la barbilla y con suavidad lo hizo mirarlo a los ojos nuevamente.

- Pero eso no pasará. Jamás. Tienes mi palabra.-

Después de eso, Matthew se dejó guiar hasta la habitación principal. Abrió la ventana, miró un momento por ella, como muchas veces antes hizo Arthur fumando, y la cerró cuando Alfred lo llamó.

Siendo pleno día, no les costaba ver.

Se confesaron mutuamente que estaban nerviosos. Sus manos fueron más lento que de costumbre, sabedores de que esa ocasión sería diferente, que marcaría a ambos. Verse desnudos no fue motivo de vergüenza, como nunca lo fue. Alfred tenía más cicatrices que Matthew, y el menor no dejó de notarlas cuando posaba sus labios. Lo besó mil veces, Alfred se dejó hacer, sintiendo golpes de calor en el rostro de vez en cuando.

En el ascensor del edificio, Cosette buscaba las llaves del piso de su hermano. Francis siempre tenía condones en su velador, y no se molestaría si le sacaba unos cuantos, de eso estaba segura. Además, siempre le dejaba dinero en un tarro de la cocina.

Avanzó con unos pasos nerviosos. Siempre podía sacarlos y no usarlos, nada la obligaba… y aunque Emil parecía un muy buen chico… pero tenía curiosidad, no podía negarlo.

Entró y cerró la puerta, avanzó un poco y se detuvo, poniendo atención.

Escuchaba voces.

Sintió la cara arder al reconocer algunas palabras, pero no se fue inmediatamente. Cuando se percató que llevaba allí más de un minuto, dio la vuelta impactada por su propia reacción.

"Merde! Merde, merde, merde!"

Alfred y Matthew jamás se enterarían de ello.

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Se dejó caer en un sillón. Se pasó la mano por la cara, suspirando.

Iván, que por casualidad pasó por su lado, notó su semblante y se sentó con naturalidad en el brazo del sofá.

- ¿Pasa algo, camarada?- Preguntó.

Francis movió la mano, abriendo la boca para contestar. Tomó aire, mas lo soltó y no dijo nada, volviendo a taparse la cara.

El vocalista miró a su alrededor, sin fijarse en nada en particular. Unas risotadas se escucharon desde arriba. Francis meneó la cabeza en negativa.

- No sé qué mierda se metieron dentro ahora.-

- Déjalos ser.- Francis se encogido en su lugar.- No la están pasando mal, créeme. Yo también los acompaño de vez en cuando.-

- No estoy de acuerdo.-

- Déjalos ser.- Repitió Iván.- Si te preocupan, acércate a ellos, no los ahuyentes con palabras feas. A veces les dan ataques de pánico. Cuando eso sucede se alejan de lo que sea que les haya provocado esa reacción, tan tontos no son. Es preferible estar allí para calmarlos y que su corazón no explote del susto.-

El francés lo miró, manteniendo esa pose dramática de no soportarlos. Iván ladeo la cabeza, preguntándole con el gesto si había comprendido. Francis negó.

- Ven, te mostraré.- Lo conminó levantándose y caminado hacia la habitación de la que provenían las risas. Se sentó en el suelo junto a Elizabeta y pidió la botella de ron que había sobre el velador. Se sirvió un poco en el vaso de Gilbert y, en lugar de devolver la botella, la dejó tras su espalda, a su alcance.

- Así te integras a lo que hacen y puedes vigilarlos. Tampoco se pasa mal, camarada.- Le dijo a Francis, quien miraba inconforme a sus amigos. Antonio no lo engañaba, se había dejado llevar. De Arthur no tenía dudas, y Gilbert ni se había fijado que ya no tenía el alcohol a su alcance, no necesitaba más pruebas.

Su interlocutor se enderezó, miró a Elizabeta, tratando de decidir de qué lado estaba ella y contestó, relajándose un poco.

- Puede que tengas razón.-

+'+'+'+'+

Lovino siguió al rumano, que le iba hablando sobre cuales eran los puntos del barrio que podían vigilarse más fácilmente. Lo que no entraba en la comprensión de Vargas era por qué no estaban en el lugar en el que se suponía debían estar.

Hasta que los vio.

De golpe recordó las palabras de Beilschmidt, y la rabia lo carcomió por dentro. Olvidándose del muchacho que lo acompañaba, se acercó a Feliciano, que lo notó cuando ya le faltaban poco metros para encararlo. Soltó la mano de Ludwig por instinto, asustándose ante la expresión de su hermano.

- ¿Qué mierda estás haciendo con ese hijo de puta?- Le gritó.- Vienes inmediatamente conmigo a casa, bastardo de mierda, ¿a quién le has pedido permiso, eh? ¿Crees que puedes mandarte solo, acaso?- El alemán no comprendió, pero al notar como Feliciano se tensaba, supuso que los términos usados debían ser fuertes. Feliciano, endureciéndose de pronto, contestó en el mismo idioma y tono.

- ¡No es un hijo de puta! El hijo de puta eres tú, fratello, mia mamma mi perdoni. Por eso vives con miedo a que Antonio no te soporte, ¡siempre haces lo mismo! Nos controlas a todos para sentir que no te dejaremos.-

- Qué dices, imbécil mal agradecido, ¡estoy pagando tu puta carrera!-

Pero Feliciano no lo escuchaba, agitado por sus propias palabras.

- Lo que yo tenga con quien me dé la gana es asunto mío. Preocúpate por tus propios asuntos, o de verdad Antonio terminará huyendo de ti.-

Lovino alzó su mano, Feliciano se encogió en su lugar, pero antes de poder golpearlo, lo detuvieron, agarrando fuertemente su muñeca. Ludwig no lo soltó de inmediato, mirándole fijamente.

- ¡¿Quién mierda te crees que eres, pedazo de mierda?!-

El rubio no mostró ninguna expresión en particular.

- No deberías tratar así a tu hermano.- Dijo, antes de soltarlo y poner una mano en el hombro de Feliciano. Sintió un leve temblor en el cuerpo de éste, por lo que le dirigió una mirada extrañada, mas no vio en su rostro algún otro delator de su miedo.

Feliciano miraba duramente a su hermano, quien le devolvía el mismo tipo de mirada. El mayor masculló algo, Feliciano abrió ligeramente los ojos mas permaneció impávido. Lovino le espetó algo más, escupió al suelo y se fue, seguido del rumano que lo llevó hasta allí.

Feliciano suspiró y se recargó contra Ludwig.

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Colgó al rumano y marcó el número de Vargas. Sonreía, ahora era cuando le tocaba el papel principal, dar el último empujón para acabar con Vargas. ¿No era acaso un genio? Aunque el estereotipo suele decir que los polacos son lentos. Mas, ¿quién fue el que movió las piezas, hasta dejarlo completamente aislado?

Quedaba una pieza. El sonido de marcado duró medio minuto y dio paso al buzón de voz. Félix estaba sorprendido, ¿no le contestaba? ¿Entonces cómo sembrar la última cizaña? Ya tenía todo preparado, y no podía perder la oportunidad de un enfrentamiento fuera de la ciudad, o sea, como totalmente no, era todo tan perfecto.

Volvió a insistir, más Lovino no contestaba. Gruñó un poco, porque eso significaba que tendría que seguir insistiéndole a Lovino en Londres. Ese chico era tan aburrido.

Lo que Félix no sabría hasta más tarde, es que Lovino picó el anzuelo sin necesidad de su intervención directa. Bastó con el intercambio de palabras con su hermano para que llamase a Antonio, quien en ese momento dormía la siesta con el celular apagado.

Quizá, si Fernández le hubiese contestado, o si Lovino hubiese tardado más en encontrar un vehículo -¿desde cuándo Ekaterine tenía uno? En el momento no se detuvo a pensar lo extraño de todo eso, hervía en rabia- o si sólo hubiese manejado a una menor velocidad y se hubiese dado el tiempo para calmarse, nada de lo que sucedería más tarde llegaría a ser una realidad.

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Luego de calmados los ánimos bajo la vigilancia de Iván y Francis, y de que se diesen cuenta que ya debían ir haciendo las maletas para la vuelta, Francis y Arthur estaban en su habitación, buscando un chaleco o chaqueta para abrigarse ante el frío de la tarde. Elizabeta había subido la temperatura de la calefacción central en la mañana por los estornudos de Antonio.

- No voy a morir por un resfriado.- Alegó el inglés, pidiendo paciencia. Francis, sin embargo, continuó buscando entre sus cosas alguna prenda decente.

- Más vale prevenir que lamentar, ¿no crees? Dieu, este chaleco es espantoso, ¿no tienes nada más bonito?-

- Ese chaleco me lo tejió mi madre, git.-

- Como decía, es encantador. El color verde te sienta de maravilla, ahora entiendo por qué te gusta tanto.-

Arthur gruñó. Hasta ellos llegaban las risas en el patio: habían descubierto la barbacoa y estaban decidiendo al azar quien iría a comprar carne a Dover. Por los garabatos Arthur adivinó que el elegido fue Manuel. El silencio llegó poco después, cuando Elizabeta y Gilbert fueron a pasear por los alrededores, conversando sobre la parroquia que habían visitado en la mañana, y que no estaría mal volver en otra ocasión con más tiempo y un mejor itinerario.

Tras ver un mapa con el americano para no perderse en el camino, Antonio entró de nuevo en la casa. Se detuvo un segundo en la sala de estar, colocándose los audífonos, antes de ir a la cocina a preparar unas ensaladas. Arthur y Francis bajaron las escaleras, conversando, cuando el timbre de la casa sonó.

Se miraron, Arthur dio unos pasos.

- Debe ser Manuel, quizá se le quedó algo.- Murmuró, sin preocupación.

Lovino tenía una mano en el bolsillo y un cigarro en la otra. Arthur se hizo un pequeño paso hacia atrás y le preguntó qué quería, no muy seguro de dejarlo pasar. Pensaba que todos sus asuntos con Gilbert estaban acabados. Tampoco llegaba a comprender por qué alguien iría hasta los acantilados cuando podía arreglar sus asuntos en Londres.

- ¿Está aquí Antonio Fernández?- Preguntó. Arthur le respondió que sí, calmándose internamente. Francis le preguntó quién era y al verlo lo invitó a pasar. Le preguntó por su madre y su hermano, a lo que Lovino dio un áspero "bien", recordando como Gilbert le había insinuado que su hermano lo estaba traicionando. Recordando que seguramente para todos cuanto lo supieran debió ser un hazmerreír.

Francis dijo que iría a buscar a Antonio, pero en cuanto se dio la vuelta, una bala le impactó a la altura de la clavícula.

- ¡Francis!- Arthur abrió los ojos, procesando en unos escasos microsegundos la situación. No tardó en llegar junto a Francis, antes de escuchar un nuevo movimiento y mirar a Lovino, que apuntó nuevamente al francés.

- No te acerques a Antonio.-

La bala pasó rozando el cuello de Francis, ante un muy asustado Arthur que presionaba la mano de su pareja contra la primera herida. En la cocina, Antonio se quitó los audífonos al sentir el primer disparo, creyendo escuchar a Lovino y asomándose a la puerta cuando su mejor amigo era atacado por segunda vez.

De dónde mierda Lovino sacó un arma, Antonio no lo sabía. El castaño lo vio acercarse, mas no hizo caso. Bonnefoy ya había sido demasiado problema para ellos.

- ¡Lovino, cálmate! ¡¿Qué coño haces?!-

El joven ignoró los brazos que lo rodearon, evadiendo la mano que intentó quitarle el arma.

- Es tu amante, ¿no? Tu puto amante.-

- No, Lovino, escúchame.-

- ¡Cállate, tú no te irás!-

Arthur intentaba acallar los gemidos de Francis, y hacerlo caminar hacia algún punto seguro –el sofá, la puerta de la cocina- completamente indeciso. Miró al atacante y rezó porque el español fuese capaz de contenerlo, empero un tercer disparo dirigido a Francis se encontró con su brazo de por medio. Chilló, tal como Francis lo había hecho segundos antes.

Lovino intentó jalar del gatillo una vez más, pero el movimiento de Antonio, y el modo en que sujetaba sus brazos se lo impedía.

- ¡Mírame, Lovino, por favor!- Insistía Antonio, con el corazón agitado como todos los presentes. Iván, en su habitación, se apoyó en el marco de la puerta, viendo la escena desde esa cómoda posición.

Ese era Vargas… qué interesante.

Ambos latinos forcejearon, Arthur soltó a Francis y se apretó el brazo, antes de volver a sostenerlo, mientras la ropa se manchaba de sangre.

Un disparo al aire.

Lovino intentó voltearse para soltarse, chocando su hombro izquierdo con el pecho de Fernández, y sin mirarlo.

Antonio puso su mano derecha en la mejilla de Vargas y le apretó el mentón con el pulgar, obligándolo a voltear bruscamente el rostro. Con su otra mano intentaba apuntar la pistola al suelo.

- ¡Qué me mires!-

A pesar del grito, sus dedos sintieron como algo se rompía. El rostro de Lovino, inmortalmente sorprendido, le miraba en una posición imposible.

- ¿Eh? Ah… no, ¡Ah! ¡Lovino!-

Lo soltó inmediatamente, pero el cuerpo de Lovino Varga cayó al suelo como un saco. Los ojos permanecían abierto, la cabeza girada en un ángulo mortal. El corazón de Antonio se paralizó. Arthur, a pesar de tener el yeso y un brazo baleado, intentaba sostener a Francis, que perdía sangre y fuerza.

Iván buscó en su bolsillo y sacó su celular. No pensó que fuera a necesitar ese número que conservaba marcado en su memoria. Toris Lorinaitis contestó unos pitidos después.

- ¿Iván? Buenas noches.-

- Buenas noches, Toris. ¿Puedo hablar con Félix, por favor? Ponlo en altavoz si te parece bien.-

Se escuchó un tono dubitativo y cómo presionaban botones. Elizabeta, volviendo de su paseo, gritó. Gilbert corrió hasta Francis y Arthur, evaluando en un vistazo a quien debían tratar primero.

- Hola, Félix. Tengo a Lovino Vargas en la sala, puedo oler sangre y todo grita tu nombre.-

- ¿Funcionó? Te dije, Toris, totalmente genial, ¿quieres que llame yo o tú llamas a carabineros, Iván? Como que no lo dejen escapar, esto no termina aquí. Los crímenes pasionales son tan geniales y románticos.-

- No creo que sea necesario.- Iván miró la escena una vez más. Elizabeta intentaba temblorosamente marcar un número.- El cuerpo es el de Vargas; si planeabas que matara a otra persona no ha resultado.-

Del otro lado de la línea guardaron silencio.

- No importa.- Sentenció Félix.- O sea, como que mi idea era bajarle los humos unos años, así bien encerradito, y luego atraerlo a nosotros, pero si no se puede queda el puesto totalmente vacante, ¿qué dices, Iván? ¿Quieres volver con nosotros? No sabes cuanto extraño a Ekaterine, o sea, éramos tan amiguis todos y por tonterías tuvimos que separarnos, que feo.-

Sonrió, jugando con sus dedos detrás de su espalda. Escuchó a Elizabeta informar que la ambulancia ya iba. Antonio todavía no hablaba, parado en la misma posición y mirándose las manos, con la boca abierta, totalmente shockeado.

- Me parece bien. Estamos hablando. Félix, Toris, un gusto saber de ustedes.-

Bajó las escaleras, acercándose a los heridos para ayudar a Gilbert a quitarle la camisa a Francis. Nadie notó su larga ausencia.

Y mientras, Antonio continuaba mirando sus manos, y más allá de ellas, entre sus dedos, los ojos abiertos de Lovino y esos labios que jamás volvería a besar, separados en una mueca de sorpresa.


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La historia, en teoría, termina aquí. Así fue planeada en un principio, por allí hay quien ya lo sabía. El epílogo en sí no me importa mucho, porque ya aquí terminan los ciclos principales, pero de todos modos pienso escribirlo.

Lo de botar aire es un truco para no flotar. Así es como yo hago para tenderme en el suelo de las piscinas :D

La escena de la piscina la quería escribir desde que empecé, recuerdo que me dije "Inglaterra no puede no saber nadar, es ridículo" y luego "ya, imaginemos que sí fuera así. ¿Cómo quedaría un fic con esa idea?" y fue una de las bases para empezar. Lo mismo la escena del final, con Iván hablando por teléfono, cachando altiro el mote, como se dice por aquí. De todos modos no sé si todos habráb comprendido la escena entre Franci y Arthur porque es muy metafóricas, y mezcla lo, como llamarlo, espiritual con lo físico, centrándose en Arthur, su historia y su forma de ser hasta ahora.

No sé qué más decir, la verdad. No pensé llegar a terminar :D No hay muchos lectores, o por la cantidad de comentarios recibidos no son muchos, pero les estoy muy agradecida. Si hay algún lector fantasma, este es un buen momento para decir qué le pareció.

Muchas gracias por leer y comentar :D

Próximo capítulo: Epílogo