AVATAR THE LAST AIRBENDER NO ME PERTENECE.

SUBREPTICIO

CAPITULO 1

LA VIDA MIA, LA VIDA TUYA

Otra agradable noche de insomnio. Medio dia y Mai aun seguía encerrada en su habitación, el clima no favorecía en lo mínimo, una oscura capa de gas cubría el sol.

Su madre golpeteó belicosamente la puerta de su habitación.

— ¡Mai levántate ya!—. Gritó vigorosamente.

— ¡Lo estoy!—.Respondió a regañadientes.

—Tenemos una hora para salir, tu padre tiene una junta con el alcalde—. La voz de la mujer fue desapareciendo dejando solamente un eco discerniente para Mai quien se miraba fijamente en el espejo.

—Dame unos minutos—Susurró para si misma.

Nuevamente las sombrías ojeras atildaban su rostro, agarró una liga de la estantería y afianzó su cabello para maquillarse un poco. Un pellizco de base pálida sobre la zona afectada; rellenando y delineando con sutileza. Labial rojo para sus fragmentados labios.

Aun con todo aquello su esencia fantasmagórica no desaparecía. La luna de la noche anterior le hizo recordar que en este mundo ella no era absolutamente nada. Y que si tuviera la oportunidad de reencarnar no dudaría dos veces en tomar el lugar del hombre que amaba.

Sádicamente soltó su cabello dejándolo como siempre. Abrió las puertas del closet para encontrarse con nada nuevo, nada interesante. Usaría el vestido verde agua que le regalaron hace dos años para su fiesta de cumpleaños.

Este se deslizó suavemente por la delicada piel ajustándose a cada moldura de la anatomía de Mai.

A La seca y pálida anatomía sin gracia y sin grasa a la vez. Tan delgada como la vara que sujeta una escoba, tan blanca como una asiática con anemia. No usaría bisutería, no le agradaba la idea.

Lo mas sencilla posible, lo mas desagradable posible. Buscó en lo inferior del closet unos zapatos Oxford. Los grises que combinaban con sus mortecinos ojos.

Irrigó un poco de su perfumería de uva sobre su cuello. Una última vista en el espejo victoriano y regresó al cajón de sus utensilios personales.

Abrió una caja rosa, enterró y polvoreó sus dedos y se hurgó la nariz. Respiró recónditamente y agarró su cartera colgada en la aldaba de la puerta.

—Estoy lista—. Afirmó mientras bajaba la escalera pisoteando con amargura la alfombra roja que la vestía. Su padre levantó la cabeza distinguiéndola bajar con desgano.

—Perfecto hija ya sabes lo que tienes que hacer cuando lleguemos—. Dijo su padre adornado con un elegante esmoquin de pingüino y su madre con los irrisorios adornos en su cabeza.

—Sube primero al auto, ya te seguimos—. Objetó su madre mientras empujaba a su hijo menor hacia adelante para que Mai lo llevara con ella.

Agarró con firmeza la delicada muñeca del menor, atravesó la puerta y sintió desmallarse cuando el resplandor atizó sobre su rostro extendiéndose un escalofrió por sus hombros desnudos recubiertos a penas por unas tiras de pequeña extensión. Descendió con cautela las escaleras de la entrada para que Tom Tom bajara despacio.

Fue entonces cuando su diminuta esperanza salió a la luz, Zuko pedaleaba con soltura su bicicleta saliendo de una arbórea avenida, se detuvo y bajó de esta agarrando su termo y tirando el agua sobre su cabeza. Las gotas hidratantes golpeaban su cabello mezclándolo con el sudor y adhiriéndolo a su rostro. Parecía triste por su mirar. Con los brazos cansados a los costados respirando con dificultad.

Ella lo miraba con detenimiento escabulléndose en la imagen provocadora que tenia frente. Observó que apoyaba los codos sobre el barandal y agachaba la cabeza lentamente. Como si estuviese tirándose al vacío del cansancio. Pronto se tumbó apenas sosteniéndose de cuclillas. Algo estaba sucediendo con Zuko pero no podía descubrirlo. Si pudiera acercarse más a el, si pueda mirarlo a los ojos, si tuviera la oportunidad de ser ella quien cargara con todo el hipotético dolor que estaba sintiendo. Sería la mujer más feliz del mundo. Sus padres se acercaban desvió la mirada hacia el auto.

Al murmullo acercándose subió al auto cargando en brazos a su hermano quien la miraba confundido por quedarse parados. El pequeño agarró un juguete del bolsillo trasero del asiento piloto mientras se acomodaba en su silla.

Tan solo un par de minutos bastaron para que Zuko se esfumara miró por el parabrisas trasero y su imagen ya no estaba, sintió la desesperación emerger de su interior mirando de un lado a otro sobre el apañado vidrio.

Ya no estaba. Su imagen fue tan breve que se podrá comparar con un parpadeo.

Sus padres subieron y se acomodaron los cinturones de seguridad. El chirrido de los turbos se encendió y el auto comenzó su curso. El parabrisas trasero era tan grande como para burlarse de ella y decirle irónicamente que una vez más se había sobrepasado de dosis y que todo aquello era producto de su imaginación.

Ni siquiera quiso aceptar que tenía solución para el mundo. Menos para su vida.

No detentaba alguna para su vicio y tampoco para su enfermizo amor.

El viaje fue muy largo pero la agradable sensación de volar entre nubes la acompañó todo el trayecto. Pero Zuko seguía carcomiendo su mente como un roedor alimentándose de un apestoso y viejo queso.

El auto se detuvo en un condominio, el guardia en la garita jalo una palanca para que las rejas de seguridad se deslizaran y abrieran paso a los lujosos autos en fila, todos rellenos de gente de alta alcurnia. Siguieron por la pequeña caravana que se formaba hasta llegar a un lugar en donde poder parquearse.

Su padre se estaba jugando el as bajo la manga de su vida, establecer negocios y asesoría política con el alcalde de la ciudad, siempre habían sido una familia con clase y dinero.

Pero para Mai era una familia vacía y superficial, y ella había sido arrastrada prematuramente a esta.

—Baja los hombros, y camina erguida— Le susurró su madre antes de salir del auto. Seguido de ello su padre abrió la segunda cabina donde Mai y su hermano se encontraban sentados. Con extrema delicadeza extrajo su pierna derecha y pisó con cautela el asfalto, su padre le ofrecía caballerosamente la mano.

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— ¿Katara, pequeña bajaras a almorzar?—. Una hermosa dama apareció abriendo la puerta con un charol de madera. En ella un plato de porcelana blanca relleno de fruta y un vaso con jugo de naranja que sudaba el frio del contenido.

—Oh, madre no, lo siento debo salir—.Kya dejaba a un lado del escritorio la bandeja y besaba su frente.

— ¿Dónde iras?—.Preguntó sentándose en el borde de la cama.

—Iré a casa de Suki para terminar la tarea juntas, me quedaré a dormir—.Katara guardaba sus libros en una mochila y una muda de ropa.

Kya suspiro con resignación. — Está bien, no olvides llevar lo necesario suponía que no bajarías y te traje tu almuerzo—.

—Muchas gracias mamá—.Le sonrió y mientras se aseguraba que su madre saliera de la habitación agarró su celular y marcó recibiendo respuesta de inmediato.

—Suki, estaré allí en una hora—. Colgó y tiro su móvil en la cama.

Luego de terminar el saludable almuerzo se duchó y se vistió lo mas cómoda posible, un short con los colores de un resplandeciente arcoíris, una camiseta blanca y por supuesto los converse en tonalidad aceituna que tanto le gustaban. Su cabello suelto ondulado y un ligero toque de maquillaje.

Bajó precipitadamente las escaleras con la mochila colgando de su hombro y el charol en sus manos.

— ¿A dónde vas con tanta prisa?—. Preguntó un muchacho de altura considerable y apuesto.

—A casa de Suki—. Respondió

— ¿En serio?—Preguntó nuevamente.

— ¿Algún problema?—. Cuestionó Katara mientras dejaba sobre el mesón de la cocina el charol, el plato vacio y el vaso.

—Para nada, dile a papá que te lleve—.Dijo Sokka mientras observaba sus palos de golf.

—Prefiero el autobús, gracias Sokka—.

—Tú te lo pierdes—. Respondió el antes cuestionado, observando como su hermana traspasaba la puerta.

Miró su reloj de muñeca, el autobús ya estaría estacionado en la parada. Apresuró el paso y doblo la esquina. En buena hora encontró un lugar disponible.

Llegó hasta su destino, bajó en una esquina donde se encontraba una cafetería. De allí una escalera subterránea se hizo presente, Katara bajó con absoluta confianza.

Un fuerte olor a incienso y ladrillo viejo se mezclaba en su nariz y los acordes de guitarras resonaban a medida se adentraba al callejón, las trompetas y saxos expulsaban fluyentes melodías formando un solo ritmo de suave Jazz. El tono neón de los anuncios pegados en la puerta de entrada al bar se intensificaban a medida iba avanzando. Abrió la puerta estirándola hacia adentro.

— ¡Hey Katara!—. Una muchacha la llamó.

—Que tal Suki, o debería decir ¿Frida?—. Suki abrazó a Katara

— ¿Y qué tal?— Suki dió un par de vueltas mostrándole a Katara el atuendo que usaría para su interpretación.

—Perfecto—. Dijo Katara sentándose sobre los muebles de gamusa.

—Me sentiría perfecta si pudiera hacer esto con libertad—. Suki agarró un cepillo de cerdas finas de su cartera y peinaba con cuidado la peluca rubia que llevaba para ocultar su identidad. Tan corta que simulaba un estilo masculino mucho más con el esmoquin azul marino que borraban toda su femenina figura.

Suki ha sido la mejor amiga de Katara desde varios años, pero llevaba una doble vida, escondida ante el exterior. Suki era poseedora de un carácter desafiante y veraz, muy respetada y valorada por quienes la conocían. Pero toda esa veracidad se había ido al suelo cuando descubrió su pasión por la música, las baladas en especial. Lo que la llevó a surcar como una adolescente de mundo los más recónditos lugares, buscando explotar su talento.

Cumpliendo los diecisiete halló trabajo en un bar para Hipsters en donde aprobaron su voz y de inmediato formó parte de una banda en donde cada sábado atraía a mucha gente. Su bizarra imagen y nombre le dieron fama rápida.

— ¿Te quedarás para verme?—. Preguntó, buscando su labial rojo y lápiz negro para simular un lunar.

—Si, me quedare en tu casa—. Respondió Katara.

—Oh…Katara no debiste hacerlo, sabes que te meterías en problemas con Jet—.

—Descuida, lo hice t no quiero que me vea hoy en casa—. Argumentó sentándose en una mesa ya disponible.

— ¿Ha hecho algo ese individuo?—.

—Si…lo ha hecho—.

— ¿Le dijiste que no verdad?—.

Un profundo silencio invadió la brillante habitación, Katara agacho la cabeza otorgando una respuesta asertiva a la pregunta de la chica.

—Katara no…no es posible…—.

—No te preocupes, le he dicho que no—.

Suki dió un demandante suspiro de alivio. —Me alegro que le hayas dicho que no—.

—No me siento preparada para dormir con alguien todavía—.

—De hecho no duermes, estas activa—. Objetó Suki escépticamente.

—Lo sé no lo recuerdes—.

—Frida, disculpa es hora de ensayar. — Una voz masculina intervino en la plática de las dos jóvenes.

Un joven de estatura media se presentó, llevaba el cabello largo y una pequeña barba adornando su mentón. El hermano mayor de Suki por dos minutos.

—Oh…Suki ya han llegado todos—.Objetó Haru. —Hola Katara—. Saludó enérgicamente.

—Hola—. Respondió sonriendo.

Un grupo más llegó, por su apariencia todos cursaban los veinte años a excepción de Harú el gemelo de Suki. Todos con cabellos largos y rastas y ropa hippie.

Ya en la sala principal los integrantes de la banda afinaban los instrumentos y probaban el audio. Los bartender limpiaban con sumo cuidado las copas y vasos para las bebidas. Mientras que las camareras bajaban las sillas que descansaban sobre las mesas. Y a su vez limpiaban cualquier rastro de polvo.

Suki subió a la tarima que se encontraba frente a las mesas. El micrófono y los reflectores ya se encontraban encendidos. Iluminando el escenario.

Un joven de cabello corto dio la señal para que empezaran a entonar. Suki cerró los ojos y se coloco frente al micrófono. Las luces de colores dieron de lleno sobre su rostro, haciéndolo brillar de sobremanera.

Las suaves tecleadas del piano le daban la pauta para empezar.

Cuéntame al oído,
muy despacio y muy bajito,
porque tiene tanta luz este día tan sombrío.
Cuéntame al oído,
si es sincero eso que ha dicho
o son frases disfrazadas esperando sólo un guiño.
Cuéntame, cuéntame.

Su voz era tan delicada como el soplar del viento, tan dulce como la mermelada y tan penetrante como una mirada.

Katara cerró los ojos dejándose llevar por el momento.

Recordó entonces su pequeño mundo, lo mal que hacía y lo bien que se sentía haciéndolo.

Recordó a su amor, al que no le pide nada y que la acepta a pesar de todo, porque el no lo sabía.

El cielo acostado detuvo el tiempo en el beso
y ese beso a mí en el tiempo.
Cuéntame al oído,
a qué sabe ese momento
donde esperan hoy los días en que aquello era un sueño.
Cuéntame el oído,
donde quedan hoy tus miedos,
si aún guardas sus caricias en la caja del recuerdo.

Lo recordaba tan claro como si lo tuviera frente, como si con un solo toque de sus manos desafiara el tiempo y el espacio. Porque así se sentía, albergando un sentimiento prohibido en su ser porque todo lo imaginaba y porque era su corazón quien sufría al no poder sentir en verdadero tacto todas aquellas sensaciones.

El cielo acostado, detuvo el tiempo en el
beso, y ese beso a mí en el tiempo.

Es que Aang significaba todo para ella, absolutamente.

La música cesó y la voz de Suki se extinguió en un eco, Katara abrió lentamente sus ojos con la cálida sensación aun en su pecho. Le lleno de dicha contemplar a Suki aferrada a la cabeza del micrófono con los labios pegados en el. Ella de la misma forma tenia los ojos cerrados disfrutando aun de lo poco que quedaba de la batería resonando.

Los aplausos no se hicieron esperar, todos los que conformaban en ese momento el bar se encontraban mirándola atónitos y aplaudiendo desmesuradamente, habían dejado de hacer lo que tenían pendiente por escucharla.

—Lo hiciste muy bien, Frida—. Sentenció el baterista. —Sigue así, en dos horas empezaremos hoy hay noche bohemia—. El muchacho se quitó la guitarra y la dejo reposar sobre la pared, los demás bajaron a beber.

—Eso fue maravilloso—. Katara se acercó a Suki quien bajaba de la tarima con un salto. — Te felicito—. Suki correspondió un cálido abrazo por parte de Katara.

— ¿Sucede algo Katara?—. Suki observó la triste expresión de Katara, los ojos vidriosos como un cristal a punto de colapsar en el suelo. — ¿Katara hay algo que tengas que contarme?—.Preguntó Suki mientras la llevaba de la mano a una mesa.

—No…no es nada es solo…que estoy muy feliz de que triunfes, solo eso—. Katara tragó profundamente sus palabras, las verdaderas palabras que quería decir pero no podía por lo arriesgado.

— ¿Dime te hizo algo Jet?—.

—No Suki Jet es mi primer amor, jamás me haría daño de eso estoy muy segura—. Alegó Katara sonriendo forzadamente.

—Lo sé, se cuanto quieres a Jet, pero si intenta algo que tu no quieras lo mato con mis propias manos—. Suki se levantó y camino demandante a la barra.

Katara secó rápidamente el agua salada estancada en sus cuencas y suspiró profundo, una vez más había mentido a su mejor amiga. No le importaba lo que la gente piense, pero ella pensaba en Aang si el rumor se corría hasta llegar a sus oídos tendría consecuencias irremediables.

Tuvo la mala suerte de enamorarse de su profesor de Biología. Del cual no tenia la culpa de nada pues ella misma lo había llevado a sumergirse en su interior para no dejarlo salir. Aunque tuviera una relación de dos años el amor que una vez sintió por Jet fue muy fuerte y fue su primer amor pero no contó con la aparición de otra persona en su vida.

— ¿Katara deseas un tequila?—. Le llamó Suki desde la barra mostrándole dos vasos llenos de un espeso líquido verde.

—Sí, por favor— Suki sonrió y Katara tomó uno de los vasos de la mano de su amiga. — ¿Cuántos grados?—.

—Hem…cuarenta y ocho—. Respondió Frida sonriendo inocentemente.

— ¿Cuarenta y ocho?—. Katara soltó un gemido de sorpresa.

—Vamos lo necesitas, no es que…quiera emborracharte pero solo lo hacemos una vez al mes—.Suki se sentó nuevamente bebiendo su vaso de licor.

—No deseo llegar ebria a tu casa —.Aun con el elevado grado del alcohol Katara se tomó de lleno el tequila de manzana.

—Tranquila, mis padres no estarán hoy—.

Una pantalla gigante en una esquina transmitía lo mejor del jazz. Y el salón de poco a poco empezó a coparse plenamente de personas y del humo de cigarrillo.

June una mujer guapa con figura de supermodelo y estatura predominante era la dueña y administradora del Bar, entró con garbo y observó desde afuera que todo marchaba en orden y que el bar a penas con cuatro de la tarde ya estaba lleno. Entró y se acercó a la mesa de Suki y Katara.

—Frida, ¿sigues perdiendo el tiempo?—.

—Solo estoy descansando—. Objetó Suki enojada.

—Tenemos a mucha gente que complacer, no necesito que descanses—. Era cierto también que June era una mujer de carácter y fuerza, el Shirshu Bar nunca tenia problemas, tenia un olfato agudo y cuando se avecinaba uno lo detectaba de inmediato.

Uno de los guardias retiro de su espalda y pesado abrigo de piel. Y se adentró con ella en una oscura habitación.

—Hey Frida, es hora de empezar—.

Suki suspiró nerviosa y se levantó, a medida que caminaba la gente aplaudía contenta por la buena función que recibirían.

Subió de un salto a la tarima y sujetó con delicadeza la vara que sostenía el micrófono, como la primera vez el teclado empezó a emitir suaves notas, los reflectores se encendieron nuevamente y las coloridas luces del centro donde se encontraba el público se apagaron.

La puerta del bar se abrió una vez mas, Katara desvió su mirada. Por casualidad del destino.

Su corazón empezó a latir con fuerza, las manos a sudarle y sus sentidos a desvanecerse.

Ahí entraba Aang, con sus particulares gafas unos jeans desgastados y la camisa roja de cuadros remangadas al antebrazo, el cabello despeinado y esa característica sonrisa que nunca se despegaba de sus rojos labios.

Para su mala suerte se sentó una mesa atrás de ella, intentó mirarlo de reojo y rogó a los espíritus que no se diera cuenta que una de sus alumnas estaba allí, en un bar no apto para menores.

Asustada solo miraba a Suki quien cantaba amenamente su melodía.

Un estruendo resonó en el salón, las personas que se encontraban cerca de la entrada salieron disparadas al suelo, las mujeres sollozaban en gritos y una serie de tiroteos pusieron en alerta a los demás. Katara miro desesperada a su alrededor, no sabia que hacer.

Gritar, llorar, correr. Todo era un caos al poco tiempo de los disparos un grupo de hombres vestidos con uniformes verdes se adentraron en el salón fuertemente armados.

La primera respuesta que envió su cerebro fue "Aang", pero el ya no estaba en su puesto, se esfumó, desapareció del mapa sin dejar rastro.

Cerró con fuerzas sus ojos y corrió del lugar, y fue a parar a un pasillo, el mismo por el que June había entrado con anterioridad.

— ¡Suki, por los espíritus, Suki!—. Llamó pero no había rastro de Suki, ahora si su mundo se desplomaría por completo una imagen desgarradora se asomó en su mente Suki y Aang asesinados por el tiroteo. Lágrimas empezaron a caer de sus cristalinos ojos con desesperación.

Unos fuertes brazos rodearon su cintura apretándola fuerte contra otro cuerpo, agarró enterrando las uñas en las mangas de la camisa, las lagrimas seguían cayendo sin permiso. Una mano grande se posó sobre su cabeza reconfortándola el estruendo y los gritos fueron disminuyendo poco a poco.

Nada.

Que les pareció, bueno Aang no sabe que Katara esta enamorada de el, es un amor secreto, Suki es una artista clandestina ocultando su verdadera imagen. Conocimos un poco mas de Mai, la vida que lleva y su adicción.

Muchas gracias a Dd Cake, GirlBender y Katitabender por sus reviews!. Espero que este capitulo les haya agrado y aclarado un poco. La edad de Aang aun es oculto, pero le lleva muchos años a Katara.