SMALL BUMP
Ed Sheeran

Jacob Black

¿Dónde se había metido? Le habíamos hecho una jodida fiesta sorpresa y ahora él nos lo pagaba así, yéndose en el último momento. ¡No debía irse! Todavía le tenía que dar mi regalo… Ya se podía buscar ese cabeza hueca una buena escusa para haberse ido sin ni siquiera esperarme. Dejé la búsqueda ahí, para comenzar otra más importante. Era ya, suficientemente tarde y tenía que ir a acostarla. La encontré en el salón bailando con Emmet. Esa criatura era tan hermosa... Me fascinaba como sus rizos dorados rebotaban en su espalda mientras saltaba. Me apoyé contra el marco de la puerta, y una ancha sonrisa ocupó mi rostro.

–¡Nessie! –grité, la música estaba altísima… Pero su agudo oído me atendió y se giró.

Su sonrisa me invadió. Le sonreí también, lo más ancho que pude. Nuestra pelea de sonrisas no perduró demasiado, ya que se acercó a mí y extendió sus brazos para que la agarrara. Y así lo hice, la cargué en mis brazos por encima de mi cintura. Me abrazó rodeándome con sus bracitos por el cuello.

–Hola pequeña…

–Hola Jake –extendió su ancha sonrisa.

–¿Te lo has pasado bien? –le pregunté.

–¡Genial! –chilló, luego estiró los brazos y tiro su cuerpo junto con sus bracitos hacia atrás. La aguanté para que no cayera. Bostezó. Se le notaba que verdaderamente estaba cansada.

–Venga, Ness, creo que es hora de que vayamos a la cama… –no me dejó terminar.

–¡Noooo! Yo quiero quedarme maaaaaaas –definitivamente sus padres la tenían realmente mimada, y con su lloriqueo ya le daban todo lo que querían y más, si ella se hacía la niñita, pero yo la conocía bien, ese berrinche no duraría más de lo suficiente. Y así fue–. Bueno, voy a la cama si tú me lees un cuento–. Nos sonreímos los dos.

–Claro…

–Tengo que decirles adiós a papi y mami…

La bajé de mi regazo y corrió a despedirse de sus padres. En segundos la tenía a mi lado agarrándome de la mano, de nuevo. Mientras caminábamos ella me preguntó qué libro le iba a leer. Eso era cierto, ¿qué le iba a leer a esa niña que habría, probablemente, devorado más libros que yo? Era tan ridículo. Tenía dieciocho años y en mi vida, nunca, pero nunca, me había interesado la lectura. Nessie, con tan solo doce meses de vida había superado con creces mi marca de libros leídos. Era cierto que yo siempre la acostaba y todo eso, pero el que de verdad se encargaba de apagarle la luz a Nessie y de leerle un cuento era su padre-barra-lector de mentes (o mejor dicho fisgón de mentes)-barra-chupasangres.

De pronto una imagen de una mujer de tez blanca y siete enanos bailando alrededor de la muchacha se posó en mi mente. Nessie quería que le leyera Blancanieves y los siete enanitos.

Llegamos a la cabaña donde vivían Nessie y sus padres. Entramos y nos dirigimos a su habitación. La desvestí y le puse el pijama que su tía Alice había preparado para ella esa noche, cada noche era uno diferente. Esta vez era uno blanco, de manga larga con pequeños dibujitos de un oso mientras dormía.

Deslice la ropa de cama para que se tumbara. Mientras yo buscaba el dichoso cuento ella fue al baño y antes de que hubiera acabado de deslizarlo por la estantería, ella ya estaba metida en la cama. Me acerqué a ella con una silla a la cama, pero cruzó los brazos.

–¿Y ahora? –le sonreí.

Ella no habló, simplemente golpeó al lado suyo sobre el colchón.

–Quiero que te sientes conmigo en la cama…

Me recosté a su lado colocando mis piernas sobre la cama y colocando mi brazo alrededor de su cuello, para que pudiera ver los dibujos del cuento. Apagué la luz y encendí la lámpara para que se durmiera antes.

–Oye ¿sabes qué?

–¿Qué? –preguntó curiosa.

–Te voy a leer el cuento a mi manera –le guiñé un ojo y ella se rio, como a mí me gustaba que se riera. –Erase una vez una niña muy, muy, muy bonita que se llamaba Renesmee, que tenía una malvada bruja como madrastra, llamada Barbie Rosalie…

Y así continué, relatando la historia que se me iba ocurriendo.

Pronto no supe distinguir entre lo ficticio y la realidad, y seguí hablando para nadie porque Nessie se había quedado dormida, pero yo enseguida la seguí al mundo de los sueños.

Edward Cullen

–Emmet, Jacob se ha marchado ya, ¿verdad?

–Sí, me parece que fue a acostar a Renesmee, pero no ha vuelto.

–Gracias, voy a ver si están en la cabaña.

¿Cómo podía estar preocupado? La había dejado con un perro protector. Pero de todas formas seguía siendo un perro. Cuando estuve a punto de salir por la puerta… Ella…

–¿A dónde cree que va usted, señor Cullen? –posó su dedo índice sobre mi pecho y dibujó círculos en él.

Desde que éramos "iguales" se había vuelto más salvaje, por decirlo de alguna manera.

–¿Y usted, señorita? –le seguí el juego.

–A donde quiera usted que vaya –se acercó peligrosamente a mí y me dejó un beso dulce en los labios. Pero la paré enseguida, ya que acababa de recordar que Jake y Renesmee estaban en casa–. Bella –la separé cuidadosamente con mis manos–, Jacob y Nessie están en casa.

–Esta bien, vamos a casa, pues –me sonrió dulcemente y me agarró de la mano.

Fuimos despacio, dando un paseo, admirando la luna, atisbando la noche, hasta que llegamos al umbral de la cabaña. Abrí la puerta con cuidado por si estaba Nessie durmiendo. Nos acercamos a su cuarto, donde se escuchaban unos ronquidos horribles. Bella abrió la puerta de su habitación, de nuevo con cuidado, y se conmocionó al ver aquella imagen. Jacob estaba tumbado junto a Nessie, con el respaldo en la pared, y esta agarrándole el cuerpo. Yo, en cambio, lo único que pude sentir fue rabia y celos.

Me había costado admitirlo, pero demasiado tiempo ya hacía que había dejado huella en mí, Jacob Black. Estaba celoso de un chucho sarnoso, pero al que, al fin y a la postre, le pertenecía el corazón de una niña que crecía a velocidad vertiginosa y que yo amaba con locura, y a la que no podría retener; mi hija.

Bella cerró la puerta una última vez con cuidado, y me agarró por la cintura llevándome a rastras hasta el salón. Ahí colocó sus perfectos labios en los míos.

–Edward, ¿qué te pasa?

–Nada –giré la cara en un acto reflejo, y me concentré en leer los títulos de los libros de la estantería.

–Edward sé sincero, te noto extraño –se colocó sobre mi regazo y me giró la cara con ambas manos, hasta que nuestros ojos se encontraron.

–Bella, es que crece tan rápido, y siento como si Jacob me estuviese robando el corto tiempo que tenemos con ella.

–Jake… –bufó su nombre.

–Es lo que siento…

–Edward, debes saber que… –se silenció unos instantes. Parecía que a ella también el costaba hablar sobre ello, pero era extraño saber, que íbamos a perder a una hija tan temprano–. Nunca podremos mantener a Nessie a nuestra vera para siempre, ella crecerá y decidirá lo que tendrá que hacer, pero jamás nos abandonará. Te ama con locura. Tú mejor que nadie debes saberlo.

Bella se acercó a mí despacio y me besó con pasión.

"¡Oh dios mío…! Bella y Edward metiéndose lengua. ¡Qué grima!" pensó alguien a mis espaldas.

Me separé estrepitosamente de mi mujer, y miré a Jacob, que estaba asqueado.

–Perdón por interrumpiros la escenita amorosa –se rio.

–¡Jake! –Le gritó Bella demasiado fuerte–. ¡Vete! ¡Fuera! ¡Largo!

–Vale, vale, ya me voy, ¿eh? –Abrió la puerta pasando rápidamente ante nosotros–. Muy bien tortolitos, disfrutad de la noche –le hubiera partido la cara en ese mismo momento, pero salió por la puerta demasiado deprisa.

–¿Y donde lo habíamos dejado? –dijo Bella, pero no esperó respuesta.

Se acercó de nuevo a mí y encajó sus perfectos labios en los míos.

Megan Revees

Ahí estaba él. Sus amigos acababan de irse hacia clase y él se había quedado apoyado en la pared, con su fachada de tipo duro. Era el momento. Todo había terminado hace tiempo ya, pero yo seguía intentando que eso funcionara, poniendo tiritas y parches por todos lados. Pero el remedio había sido peor que la enfermedad. Cada uno sentía por el otro, pero sentía cosas distintas. Sobre todo yo.

Desde la pasada noche ya nada me parecía igual. Pero, ¿cómo iban a cambiar los sentimientos en tan solo un fin de semana? Le quería, o al menos suponía. Pero ya no de la misma forma. Y no después de haber tenido la cabeza en otra parte, como en el claro, en el lobo, y en Seth.

Parecía una locura, pero era mi cabeza solita la que se marchaba sin decir a dónde, hasta que llegaba.

Me paré delante de él, con una especie de mueca en los labios.

–Hola preciosa –se acercó a mí, intentando besarme. Le aparté.

–Tenemos que hablar –su sonrisa, que hasta ese momento, ocupaba todo su rostro, se perdió en el final de su sombra–. Ésto no funciona…