FOREVER AND ALWAYS
Parachutes

Jacob Black

Cuando llegué a casa por la tarde, después del instituto , me encontré a Billy espatarrado en su silla de ruedas, dormido como el que más, enfrente de la estruendosa televisión, donde acababan de poner uno de esos programas tertulianos en el que salen a chillarse gilipolleces, y ahora empezaban las noticias.

Fui a apagar el televisor, cuando una noticia me dejo medio atontado.

–Hoy una joven de la localidad, ha resultado ser atropellada por un conductor ebrio, que ha intentado darse a la fuga fallidamente. Ha sido detenido y pasará a disposición judicial el próximo lunes. La joven ha sido trasladada al hospital comarcal de urgencia, donde, tras varias intervenciones quirúrgicas muy arriesgadas y complicadas, ha quedado en estado de…

Helen Revees

–… coma profundo. Los sucesos han transcurrido esta tarde en el instituto de Forks –Apagué la televisión, no quería oír más sobre aquello. Ya había tenido suficiente, y realmente estaba abatida, o creía estarlo.

Megan estaba entubada sobre la camilla, y en la habitación blanca únicamente se escuchaba el "pip" de la máquina que la mantenía viva. No… Todo aquello no podía estar pasando, era una pesadilla.

Quería llorar pero lo que brotaba de mis ojos era un picor que me los ponía rojos. El doctor apareció en la puerta evadiendo mis pensamientos.

–Helen –levantó la vista hacia mí.

Le imité lentamente, hasta posar mis ojos enrojecidos en los suyos.

–Por favor –me llevé la mano a la boca en un acto reflejo–. Carlisle, ayúdala.

–Helen –se sentó a mi lado y apoyó una mano en mi rodilla– los análisis y pruebas han revelado… Creo que deberías saber que hay muy pocas posibilidades de que despierte…

No, eso no podía ser posible. Ella era por lo único que seguía "viviendo". Ella era fuerte, tenía que salir de eso, para vivir.

Una muchacha de menos de cinco años chillaba desconsolada y gemía de dolor. ¿Cómo podía, el hombre al que tanto amaba, hacerle eso a una niña?

Thomas, ¡basta! Es una cría.

Oh, vamos Helen… Juguemos un rato. ¿No estás harta de todas esas normas, de todas esas reglas?–me miró con profundidad.

Pero, no es necesario matar a nadie, ¿entiendes? –me fui acercando lentamente, para hacerle comprender lo que me estaba haciendo–. Si no te gusta esto, podemos marcharnos, empezar de nuevo… Huir.

¿Huir? ¡¿Huir?! –chilló dando pasos hacia mí. Y me detuve y poco a poco fui retrocediendo–¡Estoy harto de huir! ¿No lo estás tú, Helen?

Thomas… –susurré su nombre, sabiendo que tenía razón.

Estaba harta de huir, tanto o más que él. Odiaba lo que era. Mi existencia no tenía más sentido que la existencia misma. No encontraba la razón de mi creación, ni la de mis propios "amigos". Pero, para proclamarlo al mundo, ¿era necesario condenar a una criaturita, tan sola e indefensa?

Carlisle apareció a mi lado, con su siempre atractivo porte.

Thomas, ¿te das cuenta de lo que estás haciendo? Si los Vulturis te descubren, te matarán.

Carlisle, hermano –le dijo Thomas abriéndole los brazos.

Intercambié una mirada con Carlisle, él estaba esperando algo de mí, de que reaccionara, pero, ¿qué era lo que debía hacer? Thomas no estaba completamente en sus cabales, pero tenía toda la razón. No era justo, que nos viéramos obligados a una vida miserable, por algo de lo que no teníamos culpa.

Quizás fue mi parte, más oculta y oscura, la parte humana que todavía conservaba, la que me hizo comprender, que mi dolor no era transferible a otra persona, ya que esta era imposible de juicio de alguien como yo.

Agarré a Thomas abrazándole, lo más fuerte que pude, intentando transmitirle, lo que sentía, para que me comprendiera y me perdonara, por haberle abandonado. Mientras, Carlisle se apresuró a succionar la ponzoña antes de que fuera demasiado tarde. Pero Thomas se zafó de mi abrazo, me dejó en el suelo y se adelantó a atacar al que había sido su hermano, su compañero, su familia al fin y al cabo.

Carlisle se apartó enseguida y ambos empezaron una escabrosa pelea. En el suelo, temerosa, vi como todavía la muchacha sollozaba de dolor. Temblorosa me acerqué y la vi llorando.

Thomas, ¿por qué me hacías esto? Ambos, que vivíamos en perfecta armonía con todo. Y de repente, por tu egoísmo, se había truncado todo. Tú me habías dejado al cargo de elecciones, que siempre habíamos tomado juntos, y ahora debía escoger sola, por los dos.

Le acerqué mis colmillos sedienta y succioné lo que Thomas le había dejado dentro, no sin lucha interna. Y tampoco sin ella, conseguí alejarme, y no volví a mirar a la niña, que sin saberlo, me había dado tanta fuerza.

Me levanté del suelo y me acerqué a Thomas y Carlisle, que seguían peleando. Agarré al primero del brazo y lo estiré hacia el suelo. Se quedó mirándome a los ojos, esperándome, como siempre.

Basta Thomas, no puedes permitir que esto controle tu existencia. Te voy a pedir que vuelvas a huir, pero no conmigo, sino de mi.

Así lo hizo, se fue.

Y muy a mi pesar, jamás volví a verlo.

–Carlisle por favor… Ella es lo único que tengo –agaché de nuevo la cabeza–. No dejes que me la arrebaten.

–Helen –cambió de tema–. ¿Es ella verdad?

–Sí –le espeté–. No encontré a ningún familiar suyo; pero de todo aquello ya han pasado más de diez años. Diez años Carlisle.

–De veras que lo siento Helen, pero ahora lo único que podemos hacer es esperar –se aclaró la garganta–. Si me permites que te hable como un amigo, no como médico, te diré que parece fuerte, seguro que despertará, ya lo verás.

Me sonrió dulcemente, diciendo todo aquello me había demostrado que a pesar de la disputa, aunque no verbal, que mantuvimos aquel día, él se seguía considerando como mi amigo.

–Deberías ir a cazar, yo me quedo con ella. Tienes muy mala cara.

–Esta bien, gracias por todo Carlisle –Me levanté y él conmigo. Le abracé cariñosamente–. De todas maneras no me iré lejos, estaré aquí en unas horas.

Seth Clearwater
(horas antes del accidente)

Tenía una angustia en el corazón que me reconcomía por dentro, como si algo malo fuera a pasar. Pero solo dio un vuelco cuando la vi. Crucé la calle haciendo que varios coches me pitaran, pero no me importó.

–Hola –llegué a decir cansado por esquivar a los coches.

–Hola –me sonrió de aquella manera que tanto me gustaba.

–Hola –volví a decir como un estúpido.

–Hola –se rio de nuevo.

–¿Cómo estás? –le pregunté, mientras me daba tiempo a ordenar prioritariamente mis pensamientos.

–Ahora… –sonrió de nuevo– Bien ¿y tú?

–También –estaba totalmente embobado mirando su sonrisa y babeando, parecía un demente– Oye, ¿qué tal con Tyler?

–No muy bien, hace una semana que lo hemos dejado.

–Vaya, lo siento –aunque la verdad, no era cierto. Tyler no se merecía a una chica como ella.

Pese a todo lo que alguien pudiera pensar de ella, sonreía.

–Sé que te sonará extraño, pero, ¿te apetecería salir a cenar conmigo el viernes? –cerré un ojo, esperando un humillante rechazo.

–Me encantaría –me sonrió, con la sonrisa de la que me había apropiado.

–¿Enserio? –Por supuesto que sí imbécil–. Es decir, te recogeré a las ocho ¿te parece bien?

–Sí, perfecto –miró hacia los lados–. Oye Seth, tengo cosas que hacer y llego tarde. Te doy mi teléfono y vamos hablando.

–Sí, claro –le sonreí, se acercó a mí y me tendió un papelito con su número y dejó un beso olvidado en mi mejilla.

Me quedé plantado en medio de la acera viendo como se marchaba. Ella era especial. Todos los sentimientos, que sentía tan precipitadamente por ella, tenían una razón. Me había imprimado. Tanto en mi forma lobuna, como en mi forma humana. Eso, o estaba loco. Por ella.

Megan Revees

Eran las ocho y media y aun no había aparecido. Me disponía a subir las escaleras, sabiendo que me había dado plantón, y que me esperaba una noche de llantos y de helado de chocolate. Pero alguien golpeó la puerta.

Cogí la chaqueta vaquera, abrí la puerta, y allí estaba él. Vestía unos vaqueros y unas Vans negras, con una camiseta blanca y una americana negra.

Hola –dijo, extendiendo una larga hilera de dientes blancos –. ¿Lista?

Sí.

Cerré la puerta con llave y nos adentramos en el coche.

Y ¿a dónde me llevas? –pregunté cuando llevábamos un rato en camino.

Sorpresa –me sonrió.

Paramos ante un bosque, donde bajamos y me tapó los ojos con sus grandes manos. Me hizo caminar a tientas durante unos minutos, y entonces…

El mundo se abrió ante nosotros. El sol se escondía tras las montañas. Era un prado, que acababa en un empinado acantilado rocoso por donde soplaba el viento con fuerza, con vistas al golfo de la playa de La Push. Me giré y nos miramos.

¿Te gusta? –dijo sonriendo.

¿Qué si me gusta? –Me abalancé sobre él y le abracé–. Seth es genial.

Me separé un poco de él, para encontrar su mirada con la mía; nos quedamos a pocos centímetros. Coloqué mis manos en su nuca y me puse de puntillas. Quería correr esa distancia, quería llegar a sus labios y encajarlos en los míos. No tuve que hacerlo porque Seth se me adelantó.

Nuestros labios encajaron como si fueran las piezas de un puzle. Seth quería continuar, y yo también. Entreabrí la boca y él la suya. Y nos comimos apasionadamente, poco a poco.

Nos separamos estrepitosamente algunos centímetros. Nuestras miradas se encontraron.

Íbamos a decir algo, pero el momento no lo requería, así que volví a juntar mis labios con los suyos.

Pero noté un calor abrasador que me quemaba la pierna.