DON'T LOOK BACK IN ANGER
Oasis
Seth Clearwater
Habían pasado ya unos diecisiete meses desde que me había enterado de lo suyo. Iba a verla todos los días. La echaba tanto de menos, a ella, a su sonrisa, de la que me había adueñado, a su mirada…
Coloqué mi mano en su pierna, y la observé con detenimiento, y de pronto se estremeció. Me había olvidado completamente del calor que desprendía mi cuerpo para ella. La aparté enseguida, y me senté a su lado acariciando su precioso rostro.
Helen Revees
Era el único que sabía sacarme una sonrisa en ese momento tan duro para mí. Estábamos sentados en la azotea del edificio.
–Carlisle, quería agradecerte todo lo que has hecho por mí en este tiempo. –Coloqué mis manos en el banco.
–No, gracias a ti también, Helen –sonrió delicadamente–. Ha sido maravilloso volver a encontrarte después de tanto ocurrido en nuestras vidas. No sabrás lo contentos que se pondrán toda la familia, cuando sepan que estás aquí…
–Carlisle, sabes que, de momento, no quiero que nadie sepa que estoy aquí…
–Está bien –dijo con un suspiro– pero creo que te haría mucho bien… La última vez que nos vimos…
Y se quedó en silencio, como si hubiera dicho algo que no debía.
–¿Supiste de él, Helen? –me preguntó con una mirada llena de aprehensión.
…
–Helen, ¿te encuentras bien? –Carlisle apoyó una mano en mi hombro.
–Sí, estoy perfectamente –desvié la mirada hacia la muchacha, que seguía inconsciente en el suelo.
–Helen, debo irme enseguida…
–Claro, yo me ocupo de ella, mañana, cuando despierte, buscaré su casa. ¿Nos vemos a las once de la noche en el café de la estación?
–Sí –fue lo único que dijo, y se marchó.
Café de la estación, las 11 pm. Carlisle todavía no había aparecido, y en el resto de la noche, tampoco.
…
–No, y tampoco de ti –le dije, y le mandé una mirada decepcionante–. Me fui de Calgary y nunca volví, tampoco encontré a los padres de Megan, por una razón.
…
Eran las seis de la mañana y la niña se acababa de despertar. No lloró, cuando se vio en una cama desconocida y sola, parecía que era muy fuerte. Se levantó cuidadosamente y me atisbó con detenimiento.
–¿Quién eres? ¿Qué hago aquí? –se abrazó el cuerpo mientras intentaba acercarme a ella.
–Tengo que explicarte algo, que puede asustarte, o parecerte increíble, pero debes creerme.
…
Aun recordaba nítidamente ese momento, pero había una cosa importante que debía preguntarle a Carlisle, antes de que me invadieran de nuevo los recuerdos.
–Carlisle, ¿por qué no acudiste a nuestra cita?
–Tenía miedo –mi cara se convirtió en una sorpresa–. Miedo a ti, a la niña, a Thomas, al fin y al cabo… –se quedó en silencio y continuó–.Temía que Thomas volviera, y tú te resignases a volver por él…
Esa razón, no me era válida. Él era mi amigo, tenía que haberme apoyado, si alguna vez había admitido llamarme como familia. Pero no podía enfadarme, no ahora, cuando todo iba mal.
…
Caminábamos por la calle tranquilamente, se lo había tomado realmente bien.
–O sea que tú no comes personas... –esa niña era realmente inteligente. Asentí con la cabeza.
–Ya he respondido tu última pregunta, ahora dime ¿dónde vives?
Bajó la cabeza y me miró apenada.
–Vivo en el orfanato que hay al final de la calle.
Lo único que pude murmurar fue un "Oh".
–Mis padres se han ido al cielo... –dijo, con una mirada hacia el cielo, esperando, ver allí, a alguno de sus padres.
Podía sentir su dolor; era tal, que dolía verla de aquel modo, dolía ver como una niña lloraba de aquella manera porque con tan solo seis años ya estaba sola en el inmenso mundo, lleno de gente que le querría o podría hacer daño.
–Eh pequeña, no llores –me agaché ante ella y le sequé las lágrimas–. ¿Sabes que vamos a hacer? Te vas a venir conmigo, yo te cuidaré, y viajaremos, y…
–¡¿ENSERIO?! Por favor Helen,quiero irme contigo... –. Me abrazó, y le devolví el abrazo.¿Estaba yo segura de lo que estaba haciendo? ¿Iba a cuidar de una niña, alguien que no era humano?
Durante un mes tramité papeles de adopción, para poder ser su tutora legal, y cuidar de lo que el mundo, había decidido desprenderse, de aquella manera.
…
Nos quedamos mirándonos unos instantes, perdidos en el pasado que no habíamos decidido compartir.
–Será mejor que releves a Seth –dijo al fin, en un suspiro–, debe descansar.
–Sí –dije afirmando con la cabeza.
Bajamos las escaleras hasta la quinta planta. Y nos dirigimos a la habitación 529. Abrí la puerta delicadamente, y vi su rostro.
Era un chaval de unos dieciocho años como mucho, de una estatura monumental, y de una fuerza descomunal, que sufría por mi ía la cara con signos de insomnio. Una lágrima se le desprendió de sus profundos ojos negros. Al verme se la secó y sorbió por la nariz.
–Hola, ya me voy Helen –me dijo.
–Seth, deberías descansar –le conocía desde el primer día que vino a visitar a Megan, era un chico maravilloso y atento.
–Helen no puedo –estaba dispuesto a irse–, me mata saber que ella puede irse en cualquier momento.
–Estás muy nervioso. Ella saldrá de esto, ya lo verás.
–Gracias. Lo sé.
Nos dimos un corto abrazo y salimos de la habitación.
Carlisle Cullen
Desde lejos vi, como Seth salía de la 529, dándole una patada a un carrito de enfermera, y discutía con la que lo llevaba.
–Carlisle –salí de mis pensamientos, cuando la voz del doctor Dave, accionista del hospital, me llamó la atención–. Tengo que hablar contigo.
Nos sentamos en la sala de espera, donde una señora estaba durmiendo con la cabeza contra la pared.
–Dime.
–Los de arriba –señaló con un dedo hacia el techo– quieren desconectar a la de la 529. Y sé que sientes un afecto especial por esa paciente y que conoces a su madre...
De pronto mi mente se quedó en blanco unos instantes.
–¿Cuándo? Es decir... Todavía no ha superado el tiempo límite de veinticuatro meses de respiración asistida, como para desconectarla.
–Lo sé, pero lo están esperando… Quieren desconectarla cuanto antes. El hospital quiere la cama libre cuanto antes…
Edward Cullen
Carlisle entró por la puerta y me hizo una señal para que me acercara.
–Tenemos que hablar –miró hacia el salón donde estaban todos.
–Vamos –fuimos hasta mi casa. Donde nos sentamos en el sofá–. Tú dirás.
–La verdad, es que he pasado mucho tiempo en el hospital, más de lo necesario. Y he intentado ocultártelo…
–¡¿Helen está aquí?! –leí en sus pensamientos.
–Edward, no quiero que esto salga de aquí –miró las paredes que nos rodeaban–. Ha estado viviendo en Forks, hará unos 2 años.
–¿Qué? ¿Y por qué no ha dicho nada? Hace años que no sabemos nada de ella.
–Ella está bien, Thomas se marchó, y ahora tiene una hija...
–¿Cómo? Es decir… –no lo comprendía, no cabía en mi cabeza.
–No es su hija biológica, es adoptada.
–Pero, ¿por qué? Ella no va a envejecer, su hija sí.
–¿Recuerdas lo sucedido con Thomas?
–Sí –respondí con sequedad.
–La hija es la causa.
No llegaba a entender lo que quería decir, pero no le hice más caso que el necesario.
–Me gustaría que vinieran a visitarnos –cerró los ojos apenados– ¿Qué pasa Carlisle?
–No pueden. Megan, su hija está en coma.
A través de su hilo de pensamientos, entendí que ella era la chica de la que todos hablaban en las noticias. Tragué saliva, y un puño se quedó encallado en mi garganta.
–Y debes saber que, Seth se imprimó de ella.
Lo debía estar pasando horrible. Hacia muchísimo que no le veía, debía de estar destrozado e hundido.
–¿Cómo está él?
–Lo lleva muy mal Edward, necesita que alguien le explique, y le deje las cosa claras, un amigo…
–Está bien, hablaré con él.
Jacob Black
Toqué la puerta y Leah me abrió.
–Hola Jackie.
–Hola Leah, ¿está Seth?
Afirmó con la cabeza y me indicó con su dedo las escaleras. Seth estaba en su cuarto, tumbado sobre la cama, mirando hacia el techo, desconsolado.
–Seth tío, esto huele a perro.
Ni se inmutó sobre el comentario "gracioso" que había hecho. Abrí las cortinas y la ventana, para que el cuarto se iluminara y se aireara.
–Lárgate.
Hice caso omiso a su advertencia.
–Venga tío, vive, sal, dúchate –que gracioso que podía llegara ser–, no sé, haz algo de provecho...
–¡¿Cómo quieres que viva, si lo que quiero vivir es con ella?!
–¡Joder Seth, no haces nada por ella si estás ahí deprimido y encerrado todo el día!
Seth me iba a reprochar algo, pero Leah interrumpió nuestra discusión.
–Seth, Edward al teléfono.
