ROSIE
The Kooks

Renesmee Cullen

Vestía una sonrisa de una hilera de blancos dientes. Me esperaba con los brazos entrecruzados. ¿Se lo iba a decir? ¿Enserio? Él ni tan si quiera esperaba que yo hablara, nos habíamos abrazado, y me miraba como si no hubiera otra en el mundo. Quisiera decirle todo lo que sentía, pero no era capaz.

–¡Nessie! ¡Nessie!

Me desperté sobresaltada.

–¿Alice? ¿Qué pasa? –Llegué a decir levantándome a duras penas de la cama.

–Corre, corre... –me apremió.

Mi tía me estaba asustando. Me vestí rápidamente unos shorts y la primera camiseta que encontré. En cuanto me hube vestido, me cogió de la mano y entonces caí en la cuenta de todo. Hoy era 9 de Septiembre. ¡Mierda! Mañana era mi cumpleaños. ¡Dios! ¿Había pasado ya tanto tiempo? Desde que era verano, olvidaba hasta cual era mi nombre. Lo único bueno que sacaba de aquello era que mi tía me llevaría de compras, para que llevara un vestido bonito, y que así yo también lo pareciera. Alice no se había detenido a explicarme nada, porque con una única mirada, se había dado cuenta de que lo había entendido todo. Antes de llegar a la puerta del garaje, me paré en seco.

–Alice, voy a comer algo, tengo hambre –ayer ni me había dignado a cenar.

Me sonrió con dulzura, y me adentré en la cocina.

–Hola abuela –a ella le encantaba cocinar, y más desde que podía cocinar para alguien que pudiera degustar sus platos–. ¿Me preparas algo?

No tuve que decir nada más, porqué unas tostadas con mermelada me aparecieron delante.

–Menudas greñas que llevas cariño –Se rio, y yo con ella–. Supongo que Alice te habrá dado prisa, te bajaré un peine.

En menos de tres segundos se encontraba a mi lado, haciéndome una trenza. Cuando terminé de desayunar, deposité un beso en su mejilla, y bajé hasta el Porche amarillo de Alice. Abrió la puerta del garaje, y salió disparada, para encontrarse con la carretera.

–Alice, ¿por qué no me has dejado que me vistiera tranquilamente? –bostecé.

–Es que tu padre llegaría en nada de su "escapada" con tu madre –me guiñó un ojo– y tú y yo debíamos hablar de ciertas cosas.

–No sé de qué quieres hablar –me hice la loca.

–Pues yo sí... Te gusta, ¿a que sí?

–¿Eh?

–Que si te gusta.

–¡¿Quién?!

–¡Pues Jake! ¿¡Quién sino!?

Glup. Tragué saliva. ¿Cómo se había enterado? Había ido con sumo cuidado con los pensamientos que le filtraba a mi padre.

–Eh… –llegué a murmurar.

–Hablas en sueños Nessie –giró la cabeza para encontrarse con mis ojos–. No sé, como tu padre no se ha enterado.

Me ruboricé lo máximo que mi cuerpo me permitía, y desvié mi mirada al paisaje de la ventana. No quise contestarle en ese momento, quería evadirme.

Todo mi mundo estaba cambiando tan deprisa... Mi cuerpo tenía la apariencia de una adolescente de unos quince años, aunque aún me faltaba mucho por crecer.

–Nessie, ya hemos llegado...

Asentí y bajé del coche. Fuimos directas a las tiendas que más nos gustaban. Me enamoré de diversas prendas, pero lo que decidí llevar fue, un vestido de tirantes corto, de un tono crudo. Tenía tres botones en la parte del pecho, uno encima del otro. La falda del vestido estaba formada por volantes, que le daban una forma ondulada; y lo conjuntaría con el guardapelo que mi madre me regaló.

Mientras íbamos de vuelta al coche, me sacó de nuevo la conversación.

–¿Se lo vas a decir?

–¿A quién, a mi padre o a Jake?

Se rio de mi comentario, pero yo lo decía bien enserio.

–A Jake –me sonrió.

–No sé cómo hacerlo, para él yo soy como su hermana… Jamás me vería de esa forma.

–Tranquilízate –colocó su mano sobre mi hombro–. Esta coladito por ti –me aseguró.

–¿Cómo estás tan segura de eso? –enarqué una ceja.

–Porque yo sé de esas cosas. Soy muy intuitiva –me guiñó un ojo.

–Sí, será eso...

El trayecto de vuelta nos lo pasamos cantando. Unas veces, canciones épicas, otras eran los últimos hits del momento. Se me pasó volando el tiempo hasta que llegué a la casa de los abuelos. Aquella noche, había dormido allí porque mis padres necesitaban su intimidad, y como me pensaban como una niña inocente, no querían dejarme sola en casa. Alice subió por la puerta del garaje hacia su casa. Yo me despedí de ella con un efusivo abrazo, por el vestido, y por la tarde de chicas.

Caminé con las bolsas en mano, y un sonido a mi espalda me alarmó. Su olor me inundó la garganta.

Jacob Black

Iba sola, caminando por el sendero. Carlisle me había dicho que se había ido de compras con su tía, así que volví mas tarde para verla. Y allí estaba ella, una niña, casi una mujer, que me volvía loco con sus andares, mientras su melena cobriza y ondulada pegaba pequeños brincos, cada paso que daba.

Se quedó quieta, había detectado mi olor. Se giró y al verme, soltó las bolsas que llevaba en la mano, y corrió hacia mí. La abracé en el aire y le di una vuelta.

–Hola Ness –le sonreí con dulzura, y me devolvió la sonrisa. Me derretí. ¡Basta Jake! No puedes enamorarte de ella, es todavía una niña, además ella te ve como un hermano...

–Hola –musitó.

–¿Cómo va cumpleañera?

–Todavía no es mi cumpleaños... –me reprochó.

–Oh... ya lo sé –reí–. Pero quiero felicitarte el primero tus tres años –quería hacerla rabiar, ella odiaba que la trataran de niña, cuando todos sabíamos que lo estaba dejando de ser–. Es una broma, boba –se sonrojó ante mi comentario–. Además quiero ser el primero en darte –busqué en mis bolsillos la bolsita de papel que tanto tiempo llevaba guardando. ¿Me lo había dejado? No, ahí estaba, lo saqué y lo puse en su delicada mano– esto.

–No hacía falta que me... –mientras sonreía abrió el regalo, y su expresión cambió. ¿No le había gustado? Era un lobo tallado a mano que yo personalmente había tallado hará unos tres años–. Jake... Me encanta.

Se abalanzó sobre mí y me abrazó con fuerza. Quizás no había sido buena idea entregarle aquel colgante que, anteriormente había pertenecido a su madre, y mi mejor amiga: Bella. Pero ella me había dicho que ese colgante nunca le había pertenecido, pensando que yo nunca la había amado, aunque sí que lo hice. Así que me hizo prometerle que cuando encontrara a la adecuada se lo daría, y así lo hice, ella era con la que quería vivir el resto de mi vida. ¡Pero qué imbécil! Jake, espabila, que ella no siente lo mismo aun. Meneé la cabeza para evitar esos pensamientos.

–Bueno ¿qué? ¿Me invitas a tu fiesta o no? –perecía aturdida, todavía, por el colgante–. ¿Hola? Tierra llamando a Nessie. Tierra llamando a Nessie. Responda por favor.

–¿Eh? ¿Qué? –dijo con cara de empanada, saliendo de sus pensamientos.

–Te decía que si me invitas a tu fiesta...

–Claro, ven cuando quieras. ¿Quieres pasar a casa? –Tragué saliva.

–No creo que sea prudente, tu padre acaba de llegar.

–Bueno pues nos vemos mañana por la noche... Porque vendrás ¿no? Tengo que darte algo… –Pero ¿qué era aquello? ¿Era una indirecta o qué? ¡Dios que poco sabía actuar delante de ella!

–¡Claro! Ni lo dudes.

–¡Renesmee Carlie Cullen! –la voz de Edward resonó en todo el sendero.

–Ya va, Edward –le grité–. No soy ningún lobo feroz.

–Bueno Jake, será mejor que me vaya –le dediqué una sonrisa pero ella quería más.

Se acercó a mí, y me abrazó con fuerza. Después colocó sus labios en mi mejilla y posó un beso dulce. Se fue corriendo y lo único que pude hacer fue quedarme allí parado con una mano en el lugar que sus labios me habían rozado. Me sonrojé, y en el momento en el que fui dueño de mi mente, me alejé de allí.

Renesmee Cullen

Renesmee Cullen había entrado en acción.

–¿Por qué has entrado en acción?–me preguntó mi padre con una sonrisa cuando entré en casa.

¡Mierda! El lector de mentes. ¡Piensa, piensa! Tarde con Alice de compras, vestidos, zapatos...

–Oh, vale, tranquila, te juro que no escucharé.

–Gracias papi –me acerqué y le di un beso–. ¿Y mamá?

–En tu habitación, tiene algo para ti. Seguro que es algo interesante… –me guiñó un ojo y se encogió de hombros.

–¡Muy bien!

Me apresuré a entrar y allí estaba ella. Me acerqué y le di un beso también.

–Hola cariño.

–Hola mamá –le sonreí delicadamente y me apresuré a contarle la mañana con Alice, saqué el vestido de la bolsa–. Mira, ¿a qué es precioso?

–Sí, es muy bonito... –desvió la mirada–. Oye... Em... Tenemos que hablar...

–Claro... Dime...

–Verás, me he dado cuenta de que andas un poco colada por Jake...

–Pero... –canturreé y bufé, ¿qué objeción tendrían esta vez? Eres demasiado pequeña o mi favorita, él es un chucho y apesta.

–No hay ningún pero esta vez. Solo quiero que escuches lo que te voy a decir, y que no me juzgues, ni a mí, ni a tu padre, ni a Jake.

–Está bien –le sonreí–. Te escucho.

–Veras, como sabrás Jake es y fue mi mejor amigo –se tomó un respiro–. Pero lo que no sabes es que tu padre, hace mucho tiempo, decidió irse, porque pensaba que todo esto de los vampiros me estaba causando mal, pero solo empeoró su marcha. Durante cuatro largos meses viví como una zombi. Comía lo mínimo para sobrevivir, y me mantenía ocupada el máximo tiempo para evitar pensar en papá.

» Durante ese tiempo, mi amistad con Jake fue como mi comodín, que me salvó. Me salvó, y llegué sin quererlo, ni beberlo, a quererle mucho. Jamás entendí cuánto.

Glup. Un puño de saliva se quedó atascado en mi garganta, sin querer bajar. Quería llorar. Era realmente extraño que tu madre quisiera a alguien que tú también quieres de esa forma. Las lágrimas brotaron de mis ojos. Quería cumplir la promesa que le había hecho, pero ¿no se suponen que las madres están ahí para maldecir al chico que te hace daño, y no para quererlo como tú lo haces?

–Quiero saber –sorbí por la nariz– el final de la historia.

–Bueno, los dos pasamos muchísimos momentos juntos. Supongo que ese sentimiento se convirtió en mutuo. Pero jamás podría ser, porque yo ya era con tu padre. Le acabé haciendo mucho daño, cuando papá volvió.

» Pasaron muchas cosas, pero Jake no era para mí, ni yo era para él. Pero al nacer tú, la cosa más preciosa, pues...

–Pues ¿qué?

–Las cosas cambiaron, eso es una cosa que lo concierne a él contártela, no a mí. Pero quiero que sepas, mi vida, que después de nacer tú, el único sentimiento que he tenido hacia él ha sido cariño. Nada más.

–Mamá, ¿ocurrió algo entre vosotros? –era una pregunto obvia y con una respuesta también obvia, pero necesitaba que me lo dijera.

–Renesmee, tenía que mantenerle vivo. Fue egoísta por mi parte, pero él era parte de mi vida. Si moría, una parte de mí se iba con él, y un sentimiento de culpa me invadiría toda la vida. Le besé una vez, una vez, en la que le correspondí un beso, pero para que no se dejara matar, en una batalla suicida...

Demasiada información, necesitaba pensar, y no quería a nadie rondando a mí alrededor.

–Te... ¿has enfadado?

–No me puedo enfadar con el pasado, pero me gustaría estar sola.

Mi madre salió de la habitación, y nadie más que yo volvió a pisarla. Menudo cumpleaños. Me quedé dormida, entre lágrimas e imágenes en mi mente de Jacob con mi madre

Unas manos frías, mejor dicho heladas, me despertaron del profundo sueño blanco que estaba teniendo. El olor demasiado dulce me invadió, entreabrí los ojos, y vi una silueta pálida de cabellos dorados. Papá...

–Felicidades Nessie.

–¡Papá! –Le abracé y mis lágrimas brotaron de nuevo–. Gracias.

–¿Por qué lloras mi vida? Hoy es tu cumpleaños, no deberías sentirte desdichada.

–Oh, no papá. Está todo bien. Es solo que... Lo de mamá, me dejó tocada.

–Ness, tu madre nunca te haría daño de esa manera, tú lo sabes.

–Lo sé papá.

–Anda, vístete, que tienes una sorpresa en casa de los abuelos.

Asentí con la cabeza. Me vestí con unos vaqueros estrechos, y una camiseta bastante larga sin mangas gris. Me puse mis Vans azules favoritas, y salí de mi habitación hasta el cuarto de baño donde mi madre me esperaba.

–Renesmee... Yo... Siento lo de anoche. Feliz cumpleaños.

Le sonreí y le di las gracias. Y la estrujé fuertemente en un abrazo de madre-hija.

Coloqué un beso en su mejilla, y acabé de arreglarme en el baño, más tarde, salí de casa, de camino a la casa Cullen.

Abrí la puerta, y me adentré en el salón. La alegría me invadió. ¡La tía Rosalie, y el tío Emmet habían vuelto para mi cumpleaños!

–¡Rosalie, Emmet!

El segundo se abalanzó sobre mí, y me hizo girar por toda la sala. Su "nueva" mujer se acercó a mí con la mandíbula caída.

–Renesmee, estás crecidísima, no me puedo creer que tan solo haya pasado un año.

Me abrazó, con cuidado, con miedo a romperme. Ella era como mi segunda madre, me había cuidado, y alimentado desde siempre. Se apartó de mí y colocó sus manos en mi cara, rodeándola.

–Me alegro mucho de verte –sonrió feliz y añadió–. Por cierto, ¡feliz cumpleaños!

Emmet me dio una caja, con muy buena presentación.

–Espero que te guste Nesita –me llamó Emmet así. Con ese mote que siempre había odiado, ya desde niña.

Lo abrí con cuidado de no estropear el papel, pero viendo lo impacientes que se ponían todos, e incluso yo, decidí que el papel se podía ir a la mierda. Eran las llaves de un vehículo, dentro había un casco precioso color amarillo post-it, con tres líneas que lo surcaban de arriba abajo.

–Espero que no te importe que no sea un coche, pero todavía eres un moquito, Nesita –Emmet sonreía, aferrado a Rosalie –. Es el regalo de ambos.

Giré la cabeza hacia mi padre que, poco a poco, desensanchaba su sonrisa perfecta para convertirla en una mueca. Jake, me enseñó a conducirla, hacía unos tres meses.

–Te dejaré conducirla solo si es necesario, nada de ir a dar paseos porque sí –me advirtió.

Le sonreí como aprobación, y fui hasta el garaje para verla. Era una Vespa genial. Como en las películas. Era roja, de un rojo vivo, y que me encantaba. Me senté encima y me mordí el labio. En las horas siguientes ya le había pedido a papá con éxito que me dejara ir a la playa con la Vespa.

Me llevé una cesta de mimbre con una toalla y mi bañador, por si al llegar podía encontrar buen tiempo. Dejé la moto en el aparcamiento, y con agilidad me senté sobre la toalla en la arena. El tiempo no acompañaba demasiado, pero era un gran lugar donde ver pasar las horas, sin tener que estar pendiente de la "gran" fiesta que tía Alice quería organizar.

Unos pasos me alertaron de que alguien venía por detrás.

–¡Seth!

–Hola Ness... –se sentó a mi lado y le di dos besos.

–Oye, ¿cómo estás? Hace tiempo que no te veía.

–Ni yo a ti –me miró con detenimiento, como nunca lo había hecho–. Vaya, si que has... cambiado...

Me reí ante ese "vaya".

–¿Vendrás a mi fiesta de cumpleaños?

–No me digas que es tu cumpleaños –me miró apenado.

–Si, pero no importa si te has olvidado, no debo ser tu centro del universo –reí ante mi comentario "jocoso", aunque no lo debió ser para él, porque me abrazó con tristeza y sollozó–. ¡Hey! ¿Seth? ¿Qué pasa? Oye siento lo que he dicho ¿vale? No quería hacerte sentir mal.

–Ness, necesito a alguien que me apoye...

–Pues aquí me tienes para lo que sea ¿vale?

–Gracias.

–¿Qué es lo que pasa?

–Una amiga a la que quiero mucho, está en coma. Y la echo mucho de menos Nessie.

Ouch. Yo y mis meteduras de pata. Era increíblemente torpe cuando hablaba con la gente.

–Lo siento –se apartó de mí y se restregó las manos en los ojos. Hasta ese momento no me había fijado en las ojeras que enmarcaban sus profundos ojos negros–. ¿Sabes qué? Hoy te vienes a mi fiesta, olvídate de todo un momento, y disfruta de esos momentos que te da la vida. No puedes quedarte ahí sufriendo, así lo que harás será impedirte vivir –cuando la cagaba la cagaba, pero había que decir que tenía una labia...

–Sí, supongo, y ¿a qué hora es la fiesta?

–Pues a las 8 pm.

–Dentro de ¿media hora?

–¡No que va! –dije para mí misma, mientras miraba el móvil, horrorizada–. Voy a llegar tarde. Alice me va a matar. –sufrí imaginando las consecuencias de lo que consistía dejar plantada a Alice.

–Seth, te veo luego –le di un beso en la mejilla y me apresuré hasta la Vespa, con el casco en mano y la cesta–. ¡Adiós!

Me saludó, con una sonrisa. Corrí con la moto, lo máximo que me permitió, y alcancé mi casa a tan solo un cuarto de hora antes de que todo empezara.

Alice me esperaba con cara de enfado, y me dio prisa en vestirme. Lo hizo todo rapidísimo, me maquilló y me peinó en menos de diez minutos, y el tiempo restante lo dediqué a ponerme el vestido, los zapatos de cuña, no muy altos, y a colocarme el colgante del lobo, y el de mi madre. Alice, me había preparado también una chaqueta vaquera sin mangas para que no fuera tan sosa.

El timbre comenzó a sonar y bajé las escaleras para saludar a los presentes. El salón se fue llenando hasta quedar atestado, pero la persona que verdaderamente me importaba que apareciera no lo hizo. Había hablado con Sue y Charlie, y con Jasper, que me regaló una camiseta con la palabra "NESITA". Le miré con cara de pocos amigos, pero no le hice más caso, porque en ese momento él llegaba.

Jake apareció por la puerta con un tulipán blanco, en la mano.

–¡Jake! –le saludé. Vestía de traje y corbata.

–Hola Ness –extendió la flor hacia mí, y me dio un beso en la mejilla– es para ti.

–Oh, gracias, es preciosa –me sonrojé un poco–. Acompáñame a ponerla en agua.

Fuimos hasta la cocina donde coloqué la flor en un jarrón con agua. Desde la ventana se veía una noche clara con estrellas, salí a la terraza y me apoyé a la barandilla, y Jake me imitó.

–¿Qué te pasa? –me preguntó, dándome un empujoncito y poniéndose a mi lado.

–¿A mí? Nada.

Se rio en silencio. Era cierto que estaba rara, claro, ahora él me gustaba como algo más que un amigo.

–Tenías que darme algo, ¿recuerdas?

Me miró bajo la oscuridad y yo le miré a él. Nos sonreímos. Esa era la señal. El momento. Jamás encontraría otro igual. Levanté la cabeza, para llegar a la altura de la suya. Y fui a juntar mis labios con los suyos, parecía que él lo deseara tanto como yo, pero de pronto, a escasos milímetros su boca de la mía, se apartó.

–Lo siento –llegué a decir cabizbaja, dispuesta a marcharme hacia la fiesta.

–Oye –dijo mientas me estiraba del brazo–, espera…

–¿Qué? ¿Jake? –Le espeté. Me abrazó mientras empezaba a llorar–. Esto ya es bastante vergonzante.

–Deja que te cuente algo. Mira, no lo he inventado yo, pero resulta, que a los licántropos les pasa una cosa que es la imprimación. Es algo así como que encuentran a su media naranja. Pero esto, es para toda la vida. No hay más.

–¿Y qué? –le pregunté como si la cosa no fuera conmigo.

–Pues que esto, Nessie, lo que nos pasa, es para toda la vida.

No quise entender lo que me decía. Me apreté con fuerza a él, agarrándolo de la camisa. ¿Y si era verdad? Porque, ¿qué otra razón habría para que se hubiera quedado, si él y mi madre se habían querido? Me fui separando lentamente y atisbé su rostro en la oscuridad. Me estaba mirando con una sonrisa, y cuando le iba a dedicar la mejor de mis sonrisas, me plantó un beso, de esos de película.

No supe distinguir cuanto tiempo llevábamos comiéndonos el uno al otro, porque sabía que ese era el primer beso de muchos, y que este iba a ser uno de los especiales. Me importó poco que mi padre pudiera oírme, o que mi abuela se asomara, o que fuera mi cumpleaños y estuviera pasando de todo el mundo, bueno menos de Jake.