SWEET DISPOSITION
The Temper Trap
Estábamos en la entrada de la casa Cullen. Yo viendo la despedida que estaban protagonizando Ness y Jake. Se besaban como en las películas, como si mañana no fueran a verse, como, yo suponía, también besaba a Seth. Se decían 'te quiero' sordos y mudos, pero llenos de significado. Me había girado, porque después de todo, yo no era una cotilla.
Me encontraba en esa situación porque había decidido hacer caso al corazón en lugar de a la razón, esa misma mañana. Porque cuando Ness y Jake, amablemente me habían acompañado a mi casa, ellos habían esperado por mí, y la sorpresa fue que en mi casa no había nadie, y mis llaves estaban dentro. Porque Ness se comprometió a quedarse conmigo mientras su familia, encontraba a la mía, un detalle que intenté reusar, pero la insistencia de la chica era tal, que al final accedí. Porque la búsqueda no fue necesaria debido a que mi madre ya estaba encontrada, en casa de los Cullen.
Por eso, ahí estaba yo. Viendo a dos tórtolos, que podríamos haber sido Seth y yo, pero que no éramos ni podríamos ser, o eso pensaba yo. Esperando a que mi madre me acompañara a casa, me acostara y me arropara. Hoy no quería acostarme y levantarme como Megan.
Tras la despedida larga y tortuosa, por fin, Ness y yo nos adentramos en la lujosa estancia, y nos dirigimos hacia un amplio salón, donde se encontraban los Cullen y mi madre.
Todos posaron su mirada en mí, escudriñándome, oliéndome, al fin y al cabo.
–Hola Megan –me dijo mi madre levantándose y acercándose a mí–. No esperaba que llegarais tan pronto.
Continué sin decir palabra. Carlisle, era la única cara conocida para mí.
–Te presento a los Cullen –dijo ella con una sonrisa. Dijo varios nombres, pero solo retenía dos: Bella y Edward. Eran los más bellos en sí mismos, y los que reconocí como a los padres de Ness.
Mi madre notó en mi cara el cansancio y la desesperación y no alargó mucho más la conversación, para mí vana y sin mucho sentido. Antes incluso de poder llegar a la puerta Ness me había abrazado, me había dado su teléfono, y casi obligado a darle el mío. Me había rogado que descansara, que mañana sería otro día. Y cuánta razón tenía.
Nicole EvansSuponía que lo que había pasado era lo de siempre. No aceptar lo que ellos eran. Pero, ¿qué eran? No eran nada más que ellos mismos.
Después de que ella se fuera, la fiesta no se había alargado mucho más, y Embry y yo, habíamos sido de los primeros en irnos.
Íbamos caminando por la calle, a un paso relativamente despacio. Ya había oscurecido completamente, y las estrellas brillaban enormemente.
–¿Cómo está Seth? –le pregunté al final.
–No lo sé, Quil se fue con él y no los he vuelto a ver –se encogió de hombros y me miró apenado –. La verdad es que me siento un poco culpable.
–¿Tú? –le dije enarcando una ceja–. Si eres un tontorrón buenazo. Nunca dices nada de demás.
–En mayor parte la culpa es del bocazas de Quil –sonrió–. Pero eso no quiere decir que no me siga sintiendo culpable.
–¿Culpable de qué? No te atormentes Em –le dije cogiéndole de la mano–, todo entre ellos se arreglará. Los conozco.
–¿Qué fuerte, no? –añadió.
–¿El qué?
–Que te hayas encontrado con Megan, precisamente aquí.
–¿Verdad? Ha sido… –suspiré– como encontrarse veinte dólares en una chaqueta olvidada que nunca te ponías.
–Sí –se rió–, bonita metáfora.
Le saqué la lengua, mientras buscaba mis llaves para abrir la puerta de mi casa, a la que acabábamos de llegar. De lejos se escuchó la voz de Quil llamándonos. Llegó en segundos ante nosotros. Miré detrás de él. Seth no iba tras suyo.
–Hola Quil –dije yo primera–, ¿y Seth?
–Será mejor que entremos –dijo cabizbajo pasando por delante de nosotros y entrando en mi casa.
Miré a Embry enarcando una ceja antes de entrar.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Embry sentándose en el sofá. Quil permaneció de pié frente a él.
–¿Está bien? –pregunté yo, sentándome sobre un puf.
–Creo que la he cagado –dijo él. Esperamos a que hablara de nuevo–. Discutieron muy fuerte, ¿sabéis? Se dijeron cosas muy feas los dos. Y él se puso muy nervioso y ella le pegó una bofetada. Y él se puso aun más nervioso. Si-si no hubiéramos estado ahí no sé qué hubiera pasado –tartamudeó–. Llegamos Jake y yo a tiempo, y yo me lo llevé hacia el bosque.
»Allí no dejó de decir barbaridades de todo tipo. Pero conseguí apaciguarlo un poco. Le dije que tenía que dejarla recapacitar, que se alejara un tiempo de ella, que habían estado demasiado juntos en tan pocos meses. Me dejé llevar, ¿sabéis? –Dijo mientras se ponía a caminar por el salón–. Empecé a decir tonterías, y él creyó que hablaba en serio, y malinterpretó lo que decía. Y…
–Quil –dijo Embry–, al grano.
–Se ha ido tíos –soltó él.
–¿Qué? –llegué a decir yo.
–Ha sido culpa mía –Quil se llevó las manos a la cabeza y luego a la cara– Yo, lo siento.
–Quil no ha sido culpa tuya, tú jamás le dirías que se marchara –lo consolé yo–. Él ha tomado la decisión que ha tomado más correcta.
–Supongo…
–Además, mañana será otro día ya verás… –le sonreí.
–Está bien… Me voy a ir chicos, ya he arruinado el plan suficiente a dos personas, no quiero hacérselo a otras dos más –nos guiñó un ojo y salió por la puerta.
Estuvimos un rato en silencio, pensativos, antes de que ninguno de los dos hablara.
–¿Te vas a quedar esta noche? –pregunté yo al fin.
–¿Y tu padre? –preguntó él alzando una ceja.
–No está –le sonreí pícara guiñándole un ojo.
Me levanté del puf y le cogí de la mano conduciéndolo por las escaleras hasta mi habitación.
–Está bien, pero como me saque con el bate como la última vez, te juro que no respondo –dijo medio serio.
–Yo te defenderé –sonreí.
Le agarré de las solapas de la camisa y le planté un beso en los labios. Me aferré a su cuello y él me cogió por los muslos, y me alzó hasta tenerme a su altura. Le rodeé la cintura con las piernas mientras él intentaba abrir la puerta de mi habitación a tientas. Tropezó varias veces antes de llegar a la cama mientras yo intercambiaba carcajadas con besos.
Y esa noche trágica para algunos, mágica para otros, nos perdimos entre las sábanas, entre el uno y el otro.
Renesmee CullenAcababa de enviar un mensaje difundido para Megan y Niki para que nos viéramos a la mañana siguiente cuando mis padres me abordaron sin previo aviso. Tenían la mirada seria y ello significaba o bien que la había cagado, o que realmente la había cagado.
–Tenemos que hablar contigo –dijeron casi a la vez mientras se sentaban en una silla cada uno, en frente del sofá. A veces me recordaban a los androides futuristas automatizados y sin sentimientos que salían en las series de sci-fi.
–Está bien –dije yo mientras me acomodaba en el sofá–, ¿qué he hecho esta vez?
–No es nada de eso –aclaró mi padre.
–Es algo más complicado –añadió mi madre.
–¿Entonces? –Ninguno contestó– ¿Y bien?
–Nos mudamos Nessie –soltó papá
–¡¿Qué?! –Chillé yo– ¡¿A dónde?! ¡¿Cuándo?!
–A Juneau –dijo mamá.
–Alaska –añadió papá.
