TROUBLE
Coldplay
Renesmee Cullen
Le veía dormir plácidamente, es más, roncaba. La tenue luz que procedía de la ventana se reflejaba en su gran espalda atezada. Aunque estábamos apretados en su diminuto camastro, parecía que la cama era demasiado grande, ya que la distancia entre uno y otro era ínfima.
Si ya era costumbre que nos viéramos casi todos los días, que desayunáramos juntos se había convertido en un ritual. Era imprescindible que pasáramos cada segundo posible juntos, porque, ¿quién sabía cuántos nos quedaban?
Habíamos tomado una decisión: Cuando supiéramos como afrontar la situación, no volveríamos a hablar de ello, hasta que se acabara el verano. El problema era que aún no sabíamos cómo afrontarla.
Cada uno había pensado en algo, o yo al menos lo había hecho. No podía irme si no era con él, y él no podía quedarse si no era conmigo. Quizás pasar tanto tiempo juntos, no estuviera dando el resultado que nosotros queríamos. Me costaba más y más irme, o decirle que se fuera.
Me levanté cuidadosa y sigilosamente de la cama en busca de mi ropa, que se encontraba esparcida por el suelo. Me apoyé un instante en la cama para colocarme las botas, cuando él me agarró por detrás, y me tumbó de nuevo en la cama.
–No te vayas –dijo con la cabeza pegada a la almohada.
–No quería despertarte –le dije yo sonriendo, dándole un beso en los labios.
–Mmmm –remugó dándose la vuelta–. No te vayas.
Me aprisionó con su fuerte brazo a la cama.
–Jake, tengo que irme.
–¿Por qué? Siempre te quedas hasta la cena.
–Tengo que hacer algo.
–Ness… –Remugó mientras se volvía para mirarme, y atacando mi cuello añadió–: nogtehvayasm.
–Jake –le dije yo.
Conseguí apartarme a duras penas.
–Está bien, como quieras –se apartó bruscamente y se giró hacia la pared.
–¿Te has enfadado? –No respondió– Jake no te enfades, solo necesito estar sola.
Me acerqué a su lado de la cama y le abracé por la espalda. Le di un beso sordo en el cuello.
–¿Sola? –preguntó él.
–Necesito pensar en algunas cosas…
Ambos miramos hacia el techo de la habitación y nos quedamos en silencio. Rebuscó entre las sábanas y me cogió de la mano, y entrelazamos nuestros dedos.
–Yo ya he pensado en ello –dijo él de pronto.
–Jake, prometimos que…
–Me da igual, Ness, tenemos que hablar de esto.
No dije nada, era una estupidez, pero estaba realmente asustada.
–Es inevitable que te vayas, y estás loca si piensas que voy a quedarme aquí.
–No te puedes venir conmigo Jake, no serías feliz, ni yo tampoco…
–¿Entonces quieres que me quede aquí y que no te vuelva a ver jamás?
–Vendré todos los veranos, y las vacaciones y…
–Y… ¿qué?
Ambos nos erguimos sobre la cama.
–Podrías venir los fines de semana, o cuando tu tengas vacaciones…
–Ness, no sé, es mucho tiempo y dinero, ¿te das cuenta?
–Yo podría pagarte los billetes…
Él sonrió, y alzó mi mentón, que segundos antes había caído por el apocamiento ante nuestras diferencias económicas.
–Estaría tan loco por verte, que hasta dejaría que Eddie me llevara en volandas.
Le sonreí con una ancha sonrisa, que él aprisionó con su boca. Y de nuevo caímos sobre el enredo de sábanas y volvimos ahí a donde habíamos empezado.
Y si antes había creído que estar tanto tiempo juntos nos estaba causando mal, ahora sabía que habría perdido la chaveta si me hubiera marchado.
Megan ReevesToda la noche sin dormir, daba como resultado unas ojeras gigantes y una cara paliducha. En vano, podría haber hecho cualquier cosa, porque aquello no tenía solución alguna. Solo cabía esperar que Helen no se diera cuenta.
Eso era pedir demasiado, ¿cómo no se iba a dar cuenta? Era mi madre, las madres saben cuando sus hijos están enfermos, o preocupados. Pero no podía evitar preguntarme si se daría cuenta, porque al fin y al cabo, no era mi verdadera madre. Helen se hubiera escandalizado si hubiera oído eso. Para ella yo era su hija y punto. Pero, ¿qué hubiera dicho mi madre, mi madre de verdad, si me hubiera visto con una pinta como la que llevaba?
No la recordaba mucho, por no decir en absoluto. Me acordaba de los desayunos, del olor a chocolate y a tortitas que siempre parecía desprender la cocina. Pero sin embargo no podía ponerle cara, ni a ella ni a papá.
¿Me parecería más a ella o a él? Me pregunté mirándome al espejo. Quizás ese pelo lacio fuera de ella, junto a esa nariz respingona. Y quizás esos ojos marrones que me devolvían la mirada fueran de él.
Recordaba perfectamente el día que habían muerto. Ya no lloraba cuando lo pensaba, pero me hacía preguntarme, ¿y si yo hubiera ido con ellos? ¿Y si mamá no se hubiera puesto de parto esa mañana? ¿Y si papá hubiera ido más despacio? ¿Y si aquel coche se hubiera detenido? ¿Y si Rosie hubiera sobrevivido?
Era inevitable pensar en ello, ¿y dónde estaría yo ahora?
Jamás habría sido atacada, porque jamás habría vivido en el orfanato, porque jamás habría perdido a mis padres ni a mi hermanita no–nata. Jamás habría sabido que el mundo no era lo que parecía ser, porque jamás habría conocido a Helen, porque jamás la habría querido como la quiero ahora.
Jamás habría conocido a Seth, aunque siempre le hubiera amado sin darme cuenta, sin saberlo, porque estábamos destinados a ser, le conociera o no.
Volví de nuevo a la habitación. Mi vida era completamente un mundo de secretos, falsedades y mentiras. Pero, aun así era sincero todo lo que yo decía y sentía. Quizás no fuera mi madre, pero Helen se había comportado como la mejor de las mejores, y claro que la quería. La quería de verdad, y de todo corazón, y eso no podía quitármelo nadie, jamás. Yo la tenía a ella, como ella me tenía a mí.
Miré el corcho de la pared del cuarto. Era enorme, y estaba cubierto de trozos de papel, y cientos de fotografías. Aquello era un resumen de lo que había sido mi vida hasta hacía unos pocos meses. Recuerdos de mis amigos, de las fiestas, del instituto, de Canadá, de viajes... Y sin embargo, a lo que se reducía ahora, era un calendario de Junio, de los días tachados, de los días que hacía que Seth se había marchado. De los días que hacía que no sabía de él, y aquello me estaba matando, me estaba volviendo completamente loca.
