VANILLA SKY
Radiohead

Thomas Cullen

Había llegado a Forks en un abrir y cerrar de ojos. Era un pueblucho pequeño y no me fue difícil reconocer sus olores. Dos en especial que me volvían loco. El primero que seguí era el que más deseaba encontrar.

Me llevó hasta una tienda céntrica, muy modesta, que a pesar del ajetreo de la gente, parecía aportar serenidad. En el letrero se podía apreciar la palabra: Antique.

No me acerqué mucho, permanecí en la otra acera, esperando verla a través del cristal. Era ya bastante de noche, y para cualquier humano hubiera pasado desapercibido, pero obviamente no para ella. Sin embargo, parecía bastante distraída cuando salió de la tienda y la cerró. Había mucha gente en la calle y ella hablaba entretenida con una señora bastante mayor.

La miré, me deleité con su figura. Qué guapa era, y como no había cambiado, algo que era de esperar. Y como la echada de menos, a ella, a su compañía, a su hacer, a su cuerpo... Cuánto te quería y te quiero Helen.

La vi desaparecer al final de la calle, en un coche azul.

Seguidamente, me afané en buscar la segundo fragancia que me producía aquel sentimiento de locura momentáneo, y que había esperado no volver a sentir jamás.

Este me llevó un rato más, ya que se encontraba resguardado en un profundo bosque en una impresionante mansión. Toqué el timbre delicadamente.

Los Cullen me abrieron las puertas de su hogar como si para ellos yo fuera algo importante. ¡Já! Todo eran sonrisas falsas, falsos saludos, apretones de manos y abrazos. Los odiaba con toda mi alma, si era que tenía. Fueron varios minutos de cortesía antes de poder encontrarla con mis otros sentidos. Aunque era su olor el que me había llevado hasta allí me sorprendió encontrar que era ella. Era ella pero a la vez no lo era, porque había crecido, no era vampiro, y sin embargo, ahí estaba, como su protegida. Era una osadía por parte de quien fuera, tener a esa criatura con pleno conocimiento de lo que éramos. Aquello podía tener castigo, e iba a permitir que mi rencor, mi ira, y mis ganas de venganza intervinieran en mi decisión, por tanto merecía castigo.

La chica estaba adormilada en el asiento. Desde que habíamos salido de la casa se había desmayado. Su olor seguía siendo reconocible, me volvía loco, y quería acabar con ello de una vez, prometí que jamás volvería a sentirme de esta manera, y aun así estaba haciendo aquella locura.

–Gracias Susan –le dije a la azafata de vuelo. Ella me sonrió y dirigió unos segundos su mirada rojiza a la muchacha, y se marchó.

Siempre supe que tener contactos en todo el mundo era algo necesario y exigible. En más de una ocasión aquello había estado a mi favor.

Cuando se removió en su asiento, me vino un deje de esa fragancia suya, tan apetecible, y me volvieron a la mente todos aquellos recuerdos.

Su melena se mecía con el viento. Era de un color ocre, pero muy oscuro. Debía tener unos seis o cinco años. Estaba sola, columpiándose en un columpio viejo y raído por el óxido.

No sabría decir cuánto tiempo llevaba observando a esa chiquilla. Desde que habíamos llegado para reencontrarnos con nuestra familia, su perfume me había inquietado, era tan ínfimamente tentador. Le había suplicado y rogado a Helen que nos marcháramos, podíamos encontrarnos con ellos en otra parte, en otro momento. Pero ella parecía ocupada siempre en otras cosas.

Aquella inquietud congeló nuestra relación. Nuestra unión se basaba en el odio a lo que éramos. Odiábamos nuestra mísera existencia, y por tanto la existencia del otro. Pero, aun así nos queríamos con locura, porque era nuestro desprecio mutuo, el que nos volvía semejante. Y lo único por lo que agradecía ser como era, era porque la había encontrado a ella. Mi eterna compañera, mi amante, mi amiga.

Me volvía cada vez más y más huraño, más violento, y quería su sangre. Y a la vez quería que parara. Se metía en mi cabeza como un taladro, y se adentraba en cada una de las partes de mi cuerpo. Y fue por eso por lo que la vi retorcerse en el suelo, gimiendo.

Thomas, ¡basta! Es una cría –Helen acababa de llegar al aparcamiento donde había cometido el "acto".

Oh, vamos Helen… Juguemos un rato. ¿No estás harta de todas esas normas, de todas esas reglas?–la miré con profundidad.

Pero, no es necesario matar a nadie, ¿entiendes? –se fue acercando lentamente, y en mi interior rezaba porque ella no se acercara más. No sabía yo lo que estaba dispuesto a hacer–. Si no te gusta esto, podemos marcharnos, empezar de nuevo… Huir.

¿Huir? ¡¿Huir?! –chillé dando pasos hacia ella. Ella se detuvo y retrocedió–. ¡Estoy harto de huir! ¿No lo estás tú, Helen?

¿Cómo se atrevía a decirme que huyéramos, cuando ella sabía tan bien como yo que eso no arreglaría nada en absoluto?

Thomas… –susurró mi nombre, sabiendo que tenía razón.

Carlisle apareció a su lado, y esperaba que ninguno de los dos se atreviera a hacer ninguna locura, porque no era dueño de mí.

Thomas, ¿te das cuenta de lo que estás haciendo? Si los Vulturis te descubren, te matarán.

Carlisle, hermano –le dije abriéndole los brazos.

Me iba perfecto saber que aquello que había hecho implicaba mi muerte. Estaba cansado de esta vida, y de lo completamente vacía que estaba.

Intercambiaron miradas, y de pronto Helen me agarró abrazándome con intensa fuerza. Sentí como me pedía disculpas, por haberme abandonado por no haber sabido protegerme de aquello que más temía: yo mismo.

Carlisle se apresuró a succionar la ponzoña, pero me zafé del abrazo de Helen, dejándola en el suelo y adelantándome a atacar al que era mi hermano. Carlisle se apartó enseguida y ambos empezamos una escabrosa pelea. No iba a permitir que salvaran aquello que me estaba atormentando, porque indirectamente lo que harían aquellas dos personas que yo tanto amaba, sería atormentarme.

Vi por el rabillo del ojo, mientras seguía atacando duramente a Carlisle, como Helen le había clavado los colmillos a la chiquilla.

Se levantó del suelo y se acercó a Carlisle y a mí, que seguíamos peleando. Me agarró del brazo y me estiró hacia el suelo. Me quedé mirándola a los ojos, como supuse que sería la última vez. La había abandonado yo primero, y le había fallado.

Basta Thomas, no puedes permitir que esto controle tu existencia. Te voy a pedir que vuelvas a huir, pero no conmigo, sino de mi.

Como haría todo aquello que ella me pidiera, me fui, para no volver jamás.

Y hasta aquella misma noche, no la había vuelto a ver. Y seguía amándola tanto como siempre.

Seth Clearwater

En el momento en el que Alice abrió la puerta supe que algo había pasado.

–¿Dónde está?

–Seth… –susurró ella apenada. La aparté de la puerta y me adentré en la estancia.

Al parecer el destino nos había puesto más trabas. Quizás me las ponía yo solo, porque siempre era el culpable de que Megan y yo no pudiéramos estar juntos. Cuando parecía que todo se iba a arreglar, yo tenía por costumbre meter la pata.

En este caso, resultaba que el vampiro que conocí en mi viaje, no era nada más y nada menos que el hermano perdido de Carlisle: Thomas Cullen. Él era el compañero de Helen y él había intentado matar a Megan, aunque la razón era desconocida.

Se había presentado en la casa nada más que media hora antes que yo, y se la había llevado, de nuevo la razón era desconocida, y también sus intenciones. Pero se la había llevado, y yo no había estado allí para protegerla, y todo por mi culpa.

Huí de nuevo, hacia el bosque, lleno de ira y rencor, pero también de desesperación y cansancio. Estaba harto de perderla por ser siempre un completo y perfecto gilipollas.

Golpeé el suelo con furia y algunas lágrimas de rabia cayeron por mi rostro, y de pronto lo sentí, su olor, su rastro. Me transformé y corrí en su busca, pero ese olor desaparecía por segundos, y sin más, lo perdí.

Volví como humano y me tumbé en el suelo, mirando al cielo, que ya había oscurecido. Me volví a sentir como un año antes, cuando Megan estaba en coma, cuando casi la perdía todos los días. Ahora la estaba perdiendo, y no podía evitar pensar: ¿sabría yo cuando ella dejara de existir?

El movimiento de unos matorrales me alertó; era Nessie.