CAST NO SHADOW
Oasis
Siempre había creído saberlo todo. Fue mi gran virtud pero también mi gran desdicha. Veía arder mi cuerpo, veía liberarse mi alma, que había sido retenida para siempre en este cuerpo endemoniado, y que ahora ella, volvía al mundo del que había sido privada; volvía a Dios.
Veía como por fin, volvía a ser humano, por una milésima de segundo, por un instante, antes de dejar este mundo, que tantos años me habían permitido conocer tan bien.
Y era en ese momento, en el que al fin volvía a ser libre. Me liberaba de aquello que me había estado torturando por siglos, que era mi propia existencia, porque a aquello no se la podía llamar vida. Es más, moría sin morir en mí.
Cuando él pronunció su nombre, sonó tan burdo, tan vasto, tan desagradable, que noté un escalofrío recorrerme la piel. Aquéllos mancillaban su nombre, con su mención y el pensamiento que tenían sobre ella.
Ella, pero, no era nada de lo que aquéllos habían dicho. Ella era la luz en la oscuridad, la lluvia en el desierto, el aire en el vacío. Ella era Helen, mi Helena, mi guerra, mi paz. Y aun así, lo permití, por minutos, que aquéllos la mencionaran de aquella manera.
Y luego estaba aquello por lo que yo había ido hasta allí. Por lo que había huido, por lo que me había separado de Helen. Por lo que ella amaba.
Por lo que había decidido luchar, yo también.
Siempre había sido aquella rabia la que decidía mi forma de actuar, sumada a mi suficiencia y pedantería. Cometía errores y aciertos, pero esta vez, por primera vez, había decidido corregir los errores, sino todos, uno.
Y todo por amor, por amor a Helen, por amor a todo lo que ella amaba por tanto.
Así a la muchacha por el brazo y la retuve en su adelanto hacia a Aro, este me miró sonriente y expectante.
–Me retracto de mis acusaciones Aro. Ella debe volver a su casa –dije en tono firme.
Todos me miraron jocosos, incluso la chiquilla, aunque ésta de forma más terrorífica.
–Oh querido –dijo Aro adelantándose–, me temo que va a ser imposible. Todos somos testigos del crimen.
Ante el porte amenazador del vampiro, la retuve a mi vera, casi abrazándola. Pero no desistí.
–Hagamos un trato –le dije–. A ti no te interesa matarla, los Cullen están a su favor, y según ha llegado a mis oídos, recientemente habéis tenido ciertas disputas.
–Se ha cometido un crimen Tom. Y alguien debe pagar por ello –dijo Cayo.
Ciertamente había dado en el clavo, ellos temían a ese aquelarre y les odiaban, era evidente.
–Sabes que si la matas los tendrás aquí tarde o temprano –le dije a Aro–, pero puedes decidir no matarla. Con ello, estarán en deuda contigo.
Aro se mantuvo en silencio, pensativo. ¡Lo estaba meditando! Además, cuando Cayo iba a replicar, yo añadí:
–Y yo pagaré por los crímenes cometidos. Fue mi culpa que ella supiera de nuestra existencia.
Cayo calló, y pareció ensanchar una tenue sonrisa. Marco permanecía impasible con la mirada a lo lejos. Aro seguía pensando. Les tenía, los había pillado por donde les dolía.
–Así sea pues –dijo al fin Aro y chasqueó los dedos.
Me separaron de la joven duramente, y esta cayó al suelo. Me cogieron de las extremidades y me arrastraron al medio del salón.
Giré la cabeza en busca de su mirada, la que pertenecía a ésa que me había enseñado tanto en tan poco tiempo. Habían resurgido de nuevo aquellos sentimientos que una vez me habían mantenido con vida.
Me miraba aterrada desde el suelo, con la cara ennegrecida, con los ojos llenos de lágrimas. Y le hice saber que lo sentía, lo sentía terriblemente.
Mis últimos pensamientos habían sido para Helen, que me había enseñado a apreciar lo que tenía, a jamás conformarme, que me había enseñado a perdonar, a amar.
Y la perdoné, por haberme obligado a huir de ella una vez, por haberme privado de amarla. Y también le pedí perdón, por haberla obligado a hacerme huir, por no haber sabido amarla como se merecía.
Oí aquel fuerte crak, olí aquel humo candente, y la vi a ella por última vez.
Ahora era feliz. Jamás volvería a atormentarme por ser lo que era, y todo gracias al amor.
El amor me había salvado.
Megan ReevesHabía vivido con la muerte continuamente, pero jamás había visto morir un hombre. Un hombre de verdad.
"Te perdono" le hice saber a través de mi mirada, y esperando encontrar el miedo en la suya, solo vi felicidad.
Seguía aterrada en el suelo, todo lo que percibía a través de mis sentidos sonaba cruel. Él había sido capaz de sacrificarse, por mí, aquello que más odiaba en el mundo, y por Helen.
Aquél que se llamaba Cayo me seguía mirando divertido, e hizo un gesto de morder hacia mí, y Marco añadió:
–Vete niña. Los Vulturis no rompemos nuestras promesas.
Olí como se encendía un fuego, y como alma que lleva el diablo me levanté, y corrí por la puerta por la que había entrado. Me dolía terriblemente el tobillo derecho y cada vez que lo apoyaba se me salía el corazón por la boca.
Pero mi sentido de supervivencia era más grande que aquel dolor insoportable, y corrí y corrí, y lloraba, y esas lágrimas caían por mi rostro desconcertantes, por la inminente pena, y alegría.
"Seth" gritaba yo continuamente. Esperaba poder salir de allí, esperaba vivir.
Quizás corrí horas o minutos, por largos pasillos y conductos, húmedos y fríos. Y fue de pronto que una luminosidad y una calidez me sobresaltaron, y supe que pronto estaría fuera de allí. Supe que podría vivir.
El sol de un atardecer me devolvió la vista, hasta ahora cegada por la oscuridad. Aquel castillo se encontraba en la cima de una colina que tenía grandes vistas periféricas de la ciudad.
Y cuando salí de allí, respiré aire nuevo y limpio, y tuve dos segundos para ordenar mis pensamientos, me encontré ante la nueva realidad, y me puse a llorar de nuevo. Estaba sola, estaba perdida.
–Seth... –susurré al aire.
Volví a correr, en busca de algo, en busca de alguien, que me salvara. Y lloraba, realmente lloraba, y eran aquellas lágrimas las que entorpecían mi vista, y las que me supusieron un choque contra alguien.
–Megan... ¿Qué? –dijo su voz.
Me abracé a su cuerpo, a él temblando.
–Por favor Seth, sácame de aquí y llévame a casa –dije mientras que titiritaba y lloraba desconsoladamente.
Lo noté estrujarme fuerte a la vez que yo dejaba mis lágrimas caer por su cuello.
–Vayámonos a casa Meg.
