ECHO
Foxes

Megan Reeves

En mis cortas diecisiete primaveras había estado al borde de la muerte en contadas ocasiones, pero siempre, y no sabía cómo, conseguía salvarme, por decirlo de alguna manera.

Recuerdo a mi abuela conmigo en su regazo, con quizás cuatro años, enfrente de la chimenea que daba luz y calor, a la oscura habitación, contándome cuentos e historias diciéndome siempre que el destino tenía algo preparado para mí. Claro, yo no lo entendía, y quizás ahora tampoco, pero recordar aquellas palabras, dichas desde una voz tan sabía era sumamente reconfortante.

Cuando volvimos a Forks, fuimos acogidos con los brazos abiertos, y poco a poco las cosas volvieron a la normalidad.

Para mí fue terriblemente duro, me costaba dormir, y cada vez que lo hacía me venían a la mente terribles pesadillas, tan terroríficas, que gritaba en sueños. Había temido, y sigo temiendo, a la muerte.

Supongo que me recuperé gracias a Seth. Siempre conseguía colarse en mi habitación por las noches, y se metía en la cama conmigo, y me abrazaba y yo lo sentía tan cerca de mí, que me resultaba difícil tener pesadillas con él tan próximo. Lo cierto es que no me tocaba, ni me besaba, pero yo tampoco se lo pedía.

Aun no estaba preparada para retomar la relación ahí donde la habíamos dejado, y supongo que él tampoco. Éramos personas distintas, y sabíamos que poco a poco todo volvería a la "normalidad", y que jamás nos volveríamos a separar el uno del otro.

Por otro lado, mi madre me había dado espacio, rara vez se separaba de mí, pero también era rara la vez que estaba psicológicamente conmigo. Porque si yo había cambiado, ella también lo había hecho. No sé exactamente de qué, pero sé que se dio cuenta de algo.

Y finalmente, cuando volví en mí, después de varias semanas de desconexión total, retomé el estudio pendiente que tenía para aprobar aquel dichoso examen.

Todos me habían instado a que dejara aquello, que tenía que descansar, pero yo no podía. Si era capaz de retomar mi vida en su sentido estricto y completo de la palabra debía hacerlo, y olvidar a aquella Megan triste e indecisa que siempre había sido.

Así que me centré, volví a los libros, a las mañanas madrugadoras, a las meriendas en la mesa del escritorio, y a acostarme con un libro en la cama hasta altas horas de la noche, y a dormirme sobre éste.

Y creo que funcionó, porque cuando salí del gimnasio, después de haber escrito hojas y hojas, sonreí con suficiencia. Esperaba haber aprobado.

Saludé a algunos de mis compañeros, a los que no había visto en meses, y también a algunas de mis antiguos amigos, pero no me quedé. Como ya había dicho antes, yo ahora era una persona completamente nueva, diferente a la anterior, y ellos seguían siendo los mismos de siempre.

Esperaba con el móvil en la mano, sentada en las escaleras del parking del instituto, cuando él apareció y se sentó a mi lado.

–Si Seth te ve conmigo te matará –le dije sin mirarle.

–No creo, ahora nos llevamos bien –se limitó a decir él.

–¿Ah si? –dije yo esta vez, mirándole a los ojos, a esos profundos ojos negros que tan enamorada me tuvieron una vez–. Eres un gilipollas Brum.

–Como echaba de menos tus insultos Megan, ¿cómo estás? –dijo Tyler sonriendo.

–Creo que no te importa una mierda como esté o deje de estar.

–¿Puedes dejar de actuar como una zorra por un momento? Estoy intentando hablar contigo tranquilamente y no me apetece discutir.

Me limité a callar, y rezaba porque me vinieran a buscar en ese mismo instante, porque no aguantaba tener al maldito Tyler Brum a mi lado ni un segundo más.

–¿Sabes? Voy a dejar de estudiar –me dijo después de estar unos segundo en silencio. Tampoco le contesté–. Mi padre dice que soy un gilipollas, que no valgo para nada –añadió.

–Eres un gilipollas Tyler, –"pero vales para muchas cosas", añadí en mi mente.

–Sí, lo sé –se encogió de hombros–. La he estado cagando a lo grande últimamente... Primero mi padre, luego tú... ¿Sabes lo que me dijo él cuando se enteró de que lo habíamos dejado? Que era un idiota por haberte dejado ir, él siempre te apreció mucho, y sabía que la culpa había sido mía.

–Basta Brum, no remuevas ese pasado de mierda, por favor te lo pido.

–Sí, supongo que tienes razón, no sirve de nada.

Volvimos a quedarnos en silencio, y yo le miraba de reojo.

–Pero ¿sabes? –Empezó de nuevo–. Me enamoré de ti, de veras, con todo mi corazón, aunque fuéramos unos críos. Y no me negarás que no lo pasábamos genial.

Me guiñó un ojo, y me dio un pequeño empujón y yo le miré con cara de mala uva.

–Mira Tyler, no sé a qué viene todo esto, pero sabes que estoy con Seth, y podrás hacer lo que quieras, pero jamás le dejaré, ¿entiendes?

–Me has malinterpretado –dijo sonriente–. Yo también estoy con alguien y ahora mismo no cambiaría lo que tengo por nada del mundo. Solo quería decirte que siempre serás una parte importantísima de mi vida.

–Gilipollas –le volví a decir–. Lo quiera o no, para mí también lo fuiste.

–Lo sabía –dijo riéndose.

Me pasó un brazo por los hombros y me estrechó en sus brazos, y pese a todo, yo también le abracé.

–Te había echado de menos Meg.

–Yo también Míster.

¿Cómo podían cambiar tanto las personas? Ni él ni yo éramos los mismos que una vez fuimos, y aun así lo recordábamos todo, lo que habíamos sido juntos, las risas, los besos, las peleas, los llantos, las noches. Todo había existido en un pasado, que parecía muy lejano. Y ahora, en el presente todo se sentía diferente.

Ciertamente él había madurado, no tan solo físicamente, la manera en que miraba, como hablaba, denotaba que ya no era el mismo crío que hacía tres años. Ya era capaz de enfrentarse a su padre, a decidir lo que quería de la vida, lo que quería de las personas. Y yo también. Pero, creo hondamente, que si hubiéramos seguido juntos, jamás hubiéramos crecido de esta manera, y nos hubiéramos destruido, de la forma que fuera.

No me arrepentía de haberlo dejado, pero recordaba con cierta añoranza todo lo que habíamos pasado juntos. Él me devolvió a la realidad de ese mundo de mentiras y secretos en el que vivía, en el que solo estábamos Helen y yo. Me hizo sentirme especial, me abrió los ojos ante todo aquello que me estaba perdiendo, mi niñez, mi juventud, mi adolescencia. Me dio a probar el sabor del amor en los labios, y me enseñó mucho sin quererlo. Me enseñó a contar con otra persona, me enseñó a ser yo misma, me enseñó a perder, a ganar, a llorar.

Y supe que siempre le recordaría, para siempre.

Me despedí de él, y me monté en la moto detrás de Seth. Le vi desaparecer por el retrovisor, cerrando aquel capítulo que aun seguía abierto en mi vida, y al que había olvidado darle un final. Esperaba que fuera feliz, porque yo también iba a serlo.

Sonreí para mis adentros, con el viento revolviéndome los pensamientos. Era el momento de dar un paso hacia delante.

Así que cuando Seth y yo, llegamos a su casa en La Push le besé locamente. Estando yo dispuesta a darnos aquello que siempre nos habíamos estado privando.

–Te quiero Seth –le dije yo.

–Te quiero Meg –me dijo él.

Y después de aquello hicimos el amor. Porque no había otra palabra para describirlo. Y saber que éramos él y yo y nadie más. Siendo uno. Como siempre debíamos haber sido.

Para siempre.