No fue la falta de reviews lo que motivó mi demora, fue la instalación de no-sé-qué-diablos en mi cuadra lo que se llevó la luz y el internet. Perdonen el retraso :)
El sábado de la semana en la que se celebra San Valentín. Mejor dicho, el día de San Valentín.
Una cita mala era mala suerte. Una cita mala el día de San Valentín era patético. Cliché, pensó Helga sintiéndose sarcástica. Y era, además, lo que había tenido que pasar para que se instalara (completamente irritada) en el bar que estaba a dos cuadras de su departamento. No era ninguna novedad, sin embargo, esa cita había estado condenada al fracaso desde el principio. Qué clase de zopenco planea una cita en San Valentín. Era el carnaval del amor, de la falta de privacidad, de los caramelos en forma de trasero y de toda esa explosión pegajosa y llena de amor. Era demasiado compromiso para tan poca confianza, demasiada presión para un par de novatos. Demasiado todo, todos y el jodido San Valentín.
—Estaba de mal humor, ¿entiendes? —Explicó aburrida y escogiendo un maní del montón—. Las flores estaban bien, pero los bombones de fresas lo arruinaron todo. Pensé que iba a ser una cita normal, pero ingenua de mí, olvidé que nada puede ser normal en este día de mierda.
—Te doy la razón sólo porque hace una hora hicieron una propuesta de matrimonio, en esta misma barra, y la aceptaron. —Sonrió en una mueca sardónica mientras limpiaba los vasos con un trapo demasiado húmedo para el trabajo—. Aunque no puedo dejar de señalar que te ves un poco amargada.
—Búrlate lo que quieras, Redmond. —Chasqueó la lengua—. No te veo con una cita, barman sabelotodo.
—Hey, yo estoy trabajando. ¿No escuchaste?, ¡una propuesta de matrimonio!, le tuve que esconder el anillo en las nueces. Muy romántico todo. —Se burló—. Y yo no me estoy quejando de San Valentín. Me siento muy feliz por todas esas parejas que se manosean en la oscuridad.
—Sí, claro. —Bufó—. ¿Dónde demonios están mis cervezas gratis?
—¿Gratis? —Arqueó una ceja.
—Soy una pobre chica sentada en un bar el día de San Valentín, luego de haber tenido la que tiene que ser la cita más horrenda del universo. ¿No ves películas?, se supone que ahora tienes que pretendes coquetear conmigo y darme algunos tragos gratis. —Exageró una mirada soñadora y batió las pestañas con intención—. ¿No es obvio?
—Película o no, tengo deudas que pagar y la botella cuesta tres dólares. ¿Tienes dinero o debo pedirte, muy amablemente claro, que te vayas a deprimir a tu departamento?
—Tu rudeza me ofendería si no me diera pena tu mezquindad. —Sonrió irónica—. Vamos, sirviente, tráeme el alcohol que soy un poco más rica que una miserable cerveza de tres dólares.
—Es un bar de estudiantes. —Se defendió y le dejó la botella al lado de un tazón recién relleno de nueces y maníes.
—Ah, por eso el servicio de porquería. —Alzó las cejas—. Sin ofender, claro.
—Te lo pasaré porque acabas de admitir que has tenido una noche de mierda… claro. —Rodó los ojos—. Tan entretenido como es escucharte, tengo otros clientes que atender. ¿No sufrirás mucho la media hora que estarás sola, verdad?
—Lárgate, Redmond, antes que decida que no me caes tan bien.
—A sus órdenes, señorita. —Hizo una breve y excesiva reverencia antes de sacarle la lengua y marcharse.
Helga estuvo tentada a levantar el dedo medio en una señal no tan agradable, pero decidió que no valía la pena. Estaba cansada, aburrida principalmente y quizás, un poquito decepcionada. Podía ocultarlo con cinismo desgarrado, pero era una romántica hasta la médula. San Valentín no era per se (en latín, para darle más importancia) una celebración que le gustara. Era una excusa, eso sí, para permitirse tonterías como las que se permitía todo el mundo, pero nada más. Nada más y nada menos. Y claro, le gustaban las flores, los dulces, los poemas y las declaraciones de amor (así fueran torpes y elaboradas), ¿a quién no? Pero lo que más le gustaba, más que el chocolate blanco, era la sinceridad. Podrían burlarse de los tontos sin imaginación y de las tarjetas compradas en la tienda de la esquina, pero nadie podía reírse del brillo honesto y avergonzado que acompañaba un acto tan lleno de valentía. Exponerse, así tan desnudo y a la mala, era una gran alucinación que sólo los pretextos podían lograr. Las excepciones, mejor dicho. Sólo por ese día, ese único día, muchos cobardes se prometían ser diferentes y arriesgarlo todo. Como los templarios que buscaban sin la certeza de los hechos pero con la firmeza de la verdad. A caballo y por tierras agrestes, arrasando y luchando, saludando castillos y rescatando damiselas en peligro. San Valentín prometía muchas cosas y quizá… quizá era su culpa por esperar que las cumpliera todas.
Helga soltó un suspiro descorazonado y se volteó en su asiento para mirar a sus alrededores. No le gustaba eso de deprimirse en público. Era poco digno y su dignidad ya había sufrido suficiente por una noche.
En una de las mesas más grandes del lugar, la que estaba pegada a la ventana, estaban Alan y una chica (una camarera) conversando alegremente mientras terminaban de limpiarla. Bastardo mentiroso, pensó Helga no sin cierta envidia. Era culpa de San Valentín, claro. Nada tenía que ver que Alan fuera un chico, digamos, atractivo y que la chica fuera, digamos, también atractiva. Que trabajasen juntos no tenía nada que ver, por supuesto. Esa noche en particular, si las parejas se juntaban era todo por el puto San Valentín y sus lazos color rosa.
Rosa, digamos.
Helga dejó sus últimos pensamientos de lado. Si no quería deprimirse, mejor dejaba de lado todo el asunto de los enamoramientos de secundaria y los poemas ridículos que uno hace cuando es joven porque todavía no tiene en perspectiva el tamaño de la ridiculez. Ja. Si pudiese volver en el tiempo ahora, sería genial. Lo primero que haría sería pasarle una visita a su joven yo de nueve años para avisarle que mejor dejaba el asunto de Arnold en paz y comenzaba a estudiar en serio. Se hubiese ganado una beca más pronto que tarde y no habría tenido que quedarse con Bob y Miriam por más tiempo. Serás exitosa, hubiese mentido sin pizca de remordimiento. Tendría que pasar por una dura etapa de escasez estudiantil, ¿quién no había pasado por una pequeña crisis económica?, pero sabría de qué manera despertar la ambición Pataki. Había tenido años para practicar.
Serás feliz, Helga. Lo diría llena de confianza y guiñándole un ojo a su todavía inocente y despierta figura de la infancia.
—Uno no puede retroceder el tiempo. —Concluyó en un susurro que pretendía ser irónico, pero le salió lleno de una melancolía que no había reconocido hasta ese momento.
En su segundo repaso por el recinto se fijó con más atención en los clientes. Sorprendentemente, había menos parejas de las que había imaginado. Lógico, porque un bar no era un lugar que inspirara un romance Shakesperiano, pero la ubicación nunca le había importado demasiado al amor. Sintió que la indulgencia le llenaba de mejor humor que la cerveza y sintió esa especie de compasión que dura muy poco y que hace que uno se sienta más en sintonía con el mundo. San Valentín y todo, habían pequeños grupos que parecían negarse a la tradición y se reían a carcajada limpia mientras se contaban chistes en voz alta. Grupos lejanamente pares y desordenadamente genéricos. Sí, mucho mejor. Sin colores largamente repetidos en el día y con una cerveza, como la suya, en una mano.
De la nada, en un respingo, la música comenzó a sonar. Fue la sorpresa, más que la melodía, lo que hizo que se tensara.
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Cómo fue,
no sé decirte cómo fue
no sé explicarme qué pasó,
pero de ti me enamoré
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Comenzó lenta y ceremoniosa. Suave y llena de gravedad, en una voz masculina y que articulaba el castellano tan poco usual en una rocola llena del espíritu estadounidense. Buscó el aparato con la mirada y encontró a un Alan divertido que se encogía de hombros y explicaba sin mucho detalle que había sido un regalo del cuñado del dueño. Se disipó la atención con renuencia, en un silencio curioso que descifraba el idioma desconocido. Parecía un esfuerzo en vano, cuando ninguno conocía la gramática ni estaba familiarizado con la pronunciación, pero el ritmo era agradable y sensual. Un verso, cómo no, tendría que ser fácil. Helga, incluso, se dio cuenta de su propia distracción mientras adivinaba que tanta dulzura cantada anticipaba, nada más y nada menos, que una canción de amor.
Amor. Con una 'r' vibrante al final era el único español que se sabía. Lo buscó atenta y malhumorada, pero la canción avanzaba y no daba tregua. Nada de amor vibrante.
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Fue una luz
que iluminó todo mi ser
tu risa como un manantial
regó mi vida de inquietud
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Nada de nada y en una de las mesas habían comenzado a cantar 'Bésame mucho' mientras brindaban por la única canción que se sabían en esa lengua tan particular. Le quitaban suavidad a la música y se volvía más evidente que ese era un solamente un bar, con una rocola y con un montón de borrachos felices.
La puerta se abrió y Helga cerró los ojos. Estaba mareada y había caído en la epifanía que era estar de buen humor por puro gusto.
—Pataki.
Parpadeó.
—Cabeza de balón.
Una ceja arqueada.
—Buenas noches.
—Gracias.
Una mirada incrédula. Perdón. Una carcajada breve.
—¿Gracias?
—No lo sé. —Respondió sincera—. Estoy un poco borracha.
—Así parece. Pensé que tenías una cita.
—La tenía, enano. Pero mira que lo único que pienso ahora es que a ti qué te importa si tengo una cita o no. —Sentenció a la defensiva—. Y no me estoy poniendo a la defensiva.
—Lo que tú digas, Helga. —Arnold rodó los ojos—. Preguntaba porque me gustaría acompañarte, si no te importa. Yo sí he tenido una cita… —Agregó con intención—. Y no ha ido tan bien como esperaba.
—Sí, supongo. —Chaqueó la lengua—. Si me mencionas tu cita de mierda te vas a freír espárragos. No quiero deprimirme, Arnoldo.
—Me pregunto qué habrá salido mal con la tuya. —Comentó sarcástico.
—Una castración. —Amenazó con los ojos entrecerrados—. Eso fue lo que salió mal. ¿Todavía quieres seguir preguntando?
—No. —Contestó tajante y ocupó el asiento a su lado. Alan estaba terminando de servir unos tragos y se acercó a saludar.
—Arnold. —Hizo un gesto con la cabeza—. ¿Qué te sirvo?
—Alan, cómo estás. Una cerveza está bien.
—Tu cara me dice que ya estás en conocimiento de la situación actual de nuestra amiga Pataki, ¿me equivoco? —Se burló en voz alta y le alcanzó la bebida.
—Soy Alan y me gusta hacer oraciones largas para que todos se enteren de mi sarcástico e intelectual sentido del humor. —Helga volteó y los amenazó con la mirada—. Váyanse a la mierda, me acabo de dar cuenta de la ironía.
—Tanta agresividad. —Alan alzó las cejas, pero la sonrisa complaciente que tenía grabada hacía eco a la de Arnold y Helga se preguntó cuándo había perdido su poder para intimidar a las personas.
—Si estás de mal humor, siempre podemos conversar. —Ofreció Arnold con una sonrisa indulgente—. Puedes burlarte de San Valentín, si quieres.
—¿Lo prometen? —Le salió más anhelante de lo que había medido y sus interlocutores la miraron con idéntica paciencia conmovida. Los maldijo en su mente, pero se resignó a hablarles dado que su mejor amiga estaba teniendo la noche de su vida, nuevamente. Asintieron ambos y se animó a continuar—. No es que odie San Valentín, ¿saben?
—No más que otras festividades, seguro. —Intervino Alan y Arnold arqueó una ceja—. Continúa.
—Es sólo que este chico. Este chico de la cita horrible realmente me gustaba. Tocaba el violín, hablaba diez idiomas y leía como poseso. Me regaló una flor horrible junto con un poema maravillosamente bien logrado y la verdad no me gustó hasta que se acercó y me dejó un marcador de libros con hojas de césped.
—¿Césped? —Preguntaron al unísono y Helga les sonrió en una mueca.
—El día que me vio por primera vez, yo estaba leyendo a Whitman.
—¿Césped? —Repitieron incrédulos.
—Es estúpido, pero es un detalle que me gustó. —Explicó sin mucha ceremonia—. Y me gusta él, todavía. ¿Por qué me regaló bombones de fresa cuando se acordó que estaba leyendo a Whitman? ¡No tiene sentido!
—Bueno, quizá quería abarcarlo todo. —Sugirió Alan, aún sorprendido, mientras miraba a Arnold para que lo ayudase—. ¿Ya había sido romántico de manera extraña y…?
—Y seguro quería ser romántico de manera tradicional. —Terminó Arnold—. Pero el tema de las fresas no parece algo que te haría terminar con alguien que realmente te gusta.
—No. —Bufó desanimada—. Pero lo inició todo… Es muy difícil seguir queriendo a alguien cuando todas tus suposiciones sobre esa persona estaban basadas en un prejuicio equivocado.
—Explicación, por favor, señorita. —Dijo Alan y Arnold asintió.
—Es una fantasía, ¿está bien? —Se sonrojó ligeramente—. Su carácter no era exactamente miel sobre hojuelas. No odio a los presumidos que tienen motivos para serlo, pero no soy una fan. Nuestras conversaciones nunca eran especialmente emocionantes, pero siempre me esforzaba en encontrar algo inteligente y divertido. Y lo encontraba, claro, el tipo no es un imbécil. Lo buscaba porque el recuerdo del detalle me hacía pensar que había algo más en toda esa actitud pedante. ¿Adivinen qué? No había nada.
—¿Nada? —Preguntó Arnold mientras Alan apoyaba los brazos sobre la barra. Ambos la miraban muy atentos.
—Nada que me interesara al menos. —Se encogió de hombros—. Ver más allá de lo evidente es un asunto muy idiota. Me doy cuenta. ¿Pueden culpar a una chica por querer vivir un romance interesante?
Ambos se miraron incómodos y Helga soltó una carcajada.
—Bueno Helga, en realidad eso suena un poco egoísta. —Dijo Arnold finalmente. Alan adivinó el desastre que se avecinaba y sin pensar, se movió un poco, alejándose.
—¿Perdón?
—No lo digo por él. ¿Qué clase de idiota le regala fresas a una chica que tiene alergias? —Continuó molesto—. Pero no es su culpa que te hayas dado cuenta hasta ahora de que es un idiota. No puedes imponer una fantasía en el mundo real.
—Eso ya lo sé, Arnoldo. —Masculló entre dientes—. ¿Tienes otra observación evidente o ya te puedo ignorar?
—Todavía no te has quejado de San Valentín. —Se burló desafiante.
—Está implícito. —Contestó en un tono sabiondo—. Sólo San Valentín pudo haberlo impulsado a llevarme regalos en una cita normal. Sin regalos no se habría roto la fantasía.
—En conclusión, terminaste con él porque te llevó regalos… —Soltó Alan sin poder contenerse, su voz llena de diversión—. Pataki, eres tan extraña que ya ni siquiera sé si el adjetivo te alcanza.
—Lo sé, ¿verdad? —Respondió irónica y rodó los ojos.
—Helga no es extraña. —Intervino Arnold y su tono se volvió malicioso. La susodicha alzó una ceja y Alan lo miró con curiosidad renovada—. Helga es cursi.
Eso bastó. Alan soltó una carcajada seca que se ahogaba en sus propias afirmaciones. Mierda, tienes razón, decía emocionado y como si le hubiese encontrado un tesoro inigualable. Helga, por otro lado, visiblemente ultrajada no encontraba palabras para expresar la magnitud de su indignación. Abría y cerraba la boca sin encontrar el orden ni los adjetivos.
—Pataki, te acaban de descubrir. —Dijo Alan luego de calmar su ataque de risa—. Eres tan cursi como todas esas chicas de las que siempre te quejas. Como tu cursilería tiene que lidiar con tu cinismo, parece más elaborada. ¡Pero eres cursi! Carajo, qué genial.
—¿Perdón? —Soltó, por fin, y arrugó el ceño—. ¿Están drogados? Qué sarta de estupideces están diciendo.
—¿Estupideces, segura? —Arnold parecía tan pagado de sí mismo que Helga no lo reconoció por un momento. Alan también, estaba ignorando los llamados que recibía de varias mesas del local—. Porque tu romance interesante parece el guión de cualquier película de ahora. ¿Luego de enamorarte de él qué?, ¿se iban a casar y tener hijos?
—Oh, Arnold, ¿es este tu intento de humor negro? —Resopló Helga—. ¿Y qué si me quería casar con él y andar con un poni sobre un arco iris? —Hubo una breve pausa en la que los tres se miraron asqueados—. El punto es que… no soy cursi. Soy romántica. Hay una gran diferencia y no la explicaré porque sus cerebros de pez no alcanzarán a entenderla.
—Sí, claro. —Se burló Alán.
—Ya. —Apoyó Arnold con una mirada sabionda.
Helga decidió que no era justo. Explicar, hablar y recibir esas opiniones babosas que no eran más que la forma descarada en la que el par de caraduras la estaban juzgando.
—¿Y qué, si se puede saber, consideran romántico? —Dijo demandante—. Porque la verdad es que no creo que lo sepan.
Arnold y Alan adivinaron problemas, pero no les llegó la confirmación sino hasta que Helga se mordió los labios y decidió agregar, malhumorada.
—Sus respectivas vidas amorosas, se habrán dado cuenta, dejan mucho que desear.
Los tres, en distintas maneras, se preguntaron cómo es que habían acabado conversando sobre lo último que querían conversar en un día que era tan particularmente inconveniente.
—¡Hey! —Intentó defenderse Alan, picado—. Mi vida amorosa. Lo has dicho tú, Pataki, amorosa. Está muy bien, gracias.
—Sí, claro. —Se burló en un bufido—. A ver, ¿y se puede saber por qué nunca has tenido una relación seria?
Alan la miró indignado y completamente convencido de que estaba equivocada. Volteó en busca del apoyo de Arnold, pero se encontró con una gran pared de incomodidad. Más a la defensiva que al principio, Alan inició la defensa de una causa que creía justa. La verdad.
—He salido más que tú, Pataki. No serás tan irracional como para culparme por algo que no ha funcionado. —Replicó sarcástico e hizo un gesto de desestimación con la mano a los que le pedían cerveza.
—Y tú no serás tan irracional como para no darte cuenta que tus fracasos tienen un denominador común, eh. —Alzó las cejas de manera enfática—. Pero no te aflijas, te lo digo yo, eres un promiscuo.
—¿Qué? —Replicó estupefacto—. ¿Yo?, ¿qué?, ¿no creerás…? ¡Helga!
—Es tu vida sexual, Alan, pero no me vengas a dar lecciones cuando tú no pasas del primer capítulo. —Se cruzó de brazos—. Notarás que el cabeza de balón aquí presente no ha dicho nada. En su idioma está siendo educado y dándome la razón.
—Creo que puedo hablar por mí mismo, Helga. —Aclaró rápidamente el aludido y miró a Alan con una mezcla de culpa y comprensión—. No le estoy dando la razón, que quede claro. —Afirmó con total honestidad. La rubia rodó los ojos—. Pero, ehem, puede que… ¿quizá si intentaras primero conocerlas más?
—¡A ver! —Dijo enfadado, por fin—. Ahora resulta que yo, YO, soy el que tengo problemas con las relaciones, ¿están bromeando?
—Si la bota te queda… —Contestó Helga, mirándose las uñas, aparentemente indiferente.
—Oh Alan, soy tan miserable, regálame cerveza. —La imitó sarcástico—. Creo que estás prestándome demasiada atención, Pataki. Qué me dices de Arnold, ¿eh?, él fue el que dijo que eras cursi.
Arnold le lanzó una mala mirada, pero a Alan no le importó.
—¿Qué, el cabeza de balón? —Arqueó una ceja—. Pff, por favor.
Alan se rió sin querer y Arnold se ofendió más que si lo hubiese insultado.
—¿Por favor, qué, Helga? —Preguntó serio, la voz anormalmente fría y el cejo fruncido—. ¿Qué ibas a decir?
—Nada. —Dijo con una sonrisa falsa—. Por favor, no hay nada que pueda decir sobre ti. Eso.
—Ja. Ahí lo tienes. —Dijo Alan lanzándole una mirada significativa a Arnold—. Ya que es tu turno, me iré a cumplir con mis deberes laborales.
Sólo cuando se marchó, Arnold soltó de mala manera.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—Si no te importa… ¿qué ibas a decir?
—¿De verdad quieres saber? —Pero continuó antes de que el otro contestara—. En tu caso es tan ridículo que explicarlo da risa.
—Explícalo de todas maneras.
—Arnoldo, eres un chico típico, supongo que lo habrás notado. —Continuó burlona—. Eres típico, tienes romances típicos y seguramente tendrás un gran amor muy típico.
—¿Típico?
—Así es. Tu problema es que eres muy típico. Exageras y, no creas que disfruto diciéndolo, aburres.
Era evidente que sí estaba disfrutando el momento.
—¿Perdón?
—Está bien, te perdono.
—¡No, Helga! —Masculló enfadado—. ¿Yo soy aburrido?
—Me han contado.
—¿Quién?
—La novia antes de esta, y la anterior antes de esa y todas las que llegué a conocer. Tú no eres un prostituto como Alan, pero eres tan mojigato que las aburres. —Sonrió, así llena de felicidad complacida, con los brazos cruzados y con el aura llena de tengo la razón marca Pataki. Helga gozó de esos minutos silenciosos que siguieron a su declaración vengativa y se regodeó en su triunfo como nunca antes se había complacido en algo. No todas las veces había estado tan ligera y sin barreras, producto de esa libertad ebria, y decidió que era un estado que le gustaba bastante.
—Sabes, Helga. —Escuchó que Arnold le contestaba. Su voz sonaba irritadísima, sin pizca de los tonos bonachones que hablaban mucho de su paciencia—. Opinas como si me conocieras mejor que yo a ti.
—¿Y?
—Y resulta que estás equivocada.
Helga parpadeó. Era una verdad establecida que odiaba estar equivocada. Más aún, odiaba que le dijeran que estaba equivocada. Odiaba, sobretodo, a los zopencos que se atreviesen a sugerirlo. Arnold debía ser el rey de todos ellos si lo decía con tanta confianza. Zopenco ignorante. La situación no se le hacía menos fácil si cuando se volteaba a verlo, Arnold seguía pareciendo tan enojado e intimidante. Pero el rey de los zopencos estaba muy equivocado si creía que en eso, justamente en el enojo, iba a ser capaz de intimidarla. JA. Se burló sin pizca de diversión y todavía perfectamente decidida a sostenerle la mirada y sostener el mundo si se decía que esa noche Arnold Shortman se atrevía a decir semejante tontería.
—¿Ah sí? —Respondió con ansías de batalla. Dispuesta a derrotarlo en silencio, con la sola amenaza de su presencia.
—Sí. —Corroboró con la voz ronca, llena de crueldad—. Sé, por ejemplo, que te gustaría ser una de esas novias con las que parece que has hecho amistad.
—Pff, ya, claro. Llámame cursi, Arnoldo. Qué original. —Se le escapó antes de que lo pudiese controlar.
—Creí que ya habíamos hablado de eso, Helga. —Le sonrió en una mueca—. Yo me refería a otra cosa.
—¿A qué, si se puede saber?
A qué, melenudo insoportable.
—A que estás enamorada de mí.
¿Qué?
—¿QUÉ? —Abrió los ojos horrorizada—. ¿Cómo sabes?
NO.
—No lo sabía. —Le contestó, divertido—. Lo sospechaba, pero gracias por confirmarlo.
NONONONONONO.
A Helga se le pasó la ebriedad, el triunfo y la sangre del cuerpo. El momento era tan alucinante, horroroso y ridículo que no tenía ni la más mínima idea de cómo reaccionar. Parecía tan fácil y vergonzoso y nada de lo que había imaginado y temido, que ahora el coraje se le hacía agua y la garganta se le secaba en eso que no era más que mortificación absoluta.
—No es verdad. —Negó débilmente, descompuesta y con arduos deseos de que la tierra se abriese en un hoyo gigante.
—Claro que sí. —La contradijo fácilmente—. Es bastante obvio en realidad.
—No lo es. —Graznó confundida—. ¿Quién demonios eres y qué le has hecho a Arnold?
—Estaba esperando a que decidieras aceptarlo. Ya sabes, porque eres terca y tienes mal genio y seguramente pensabas que el mundo se acabaría porque lo sé.
Un universo paralelo, eso está pasando, ¿qué… qué… sólo QUÉ?
—En serio, ¿quién rayos eres tú?
—El mundo no se iba a acabar por una cosa así. Se acaba tu falso orgullo, nada más.
—¿Quién te lo dijo? —Preguntó desesperada—. Se congelará primero el infierno antes de que dejes de ser tan menso… digo, denso.
—No lo soy. —Dijo ofendido—. Pero admito que Phoebe me ayudó a entender ciertas cosas.
Ah.
Phoebe.
Genial.
—Traidora. —Masculló entre dientes—. Me las pagará.
—Antes de que planees vengarte de tu mejor amiga… —Señaló rodando los ojos—. ¿No te parece que en realidad es una situación muy conveniente?
—¡Claro que no! —Exclamó—. ¿Qué tiene de conveniente?
—Helga. —Suspiró—. ¿Qué te hace suponer que no tengo nada mejor qué hacer un sábado en la noche que aparecerme casualmente por aquí y acompañarte?
—¿Eh?
—El denso soy yo. —Ironizó.
Y tenía que ser él, claro, porque a Helga no le alcanzaban las conexiones neuronales para terminar de entender la única conclusión lógica que se insinuaba. No la única, claro, pero la más excitante y peligrosa. La que le erizaba la piel y le embriagaba el espíritu mucho más que el alcohol.
Arnold la miraba, distinto a lo que estaba acostumbrada, fijamente y con un brillo malicioso que le encendía la sangre. Parecía que la reserva incómoda que se había instalado el día anterior había desaparecido en el aire. Quedaba, eso sí, la expresión gentil y honesta que siempre la había hecho sentirse querida. Y querer llegó muy rápido y galopante, en el bombeo ruidoso e inesperado de su corazón. No sabía que se podía sentir tan bien, confesarse sin confesarse y recibir una confesión al mismo tiempo. Le picaban las manos y las piernas no le obedecían. Qué romántico tenía que ser y qué cursi, porque era verdad que el mundo desaparecía en una proeza física. Y esta vez, no tuvo que hacer nada. Ni esconderse, ni sufrir, ni perderse en un mar de incertidumbre. Esta vez, maravillosa noche, dejó que Arnold la mirara intensamente, dejó que la desarmara lento y sin interrupciones, sin rabia Pataki y con toda la sorpresa del momento.
Era el momento. Llegó lento y con el aviso del amor desesperado. Una mano que descansaba firme en su cintura y que se le quitaba el norte a la orientación. Ya no importaba el norte, ni el sur, porque Arnold la besaba y sus sueños nunca se habían sentido tan pequeños en comparación. Y claro, estaba en un bar mugroso, con música en castellano y con grupos de amigos que celebraran por los rebeldes que no creían en celebraciones. Helga se sentía rebelde con ellos, libre en su cuerpo, llena de pasión emocionada y embelesada. Felizmente embelesada aunque más tarde tuviese que negarlo con todas sus fuerzas.
Tenía que ser San Valentín y tenía que ser Arnold, ambos por supuesto, quienes la sorprendieron sin consideración alguna.
Holo por tercera vez :)
Ñam, espero sinceramente que nadie se haya esperado el desarrollo de los eventos. Ahora no comentaré nada porque es bastante evidente que es una nueva forma de ver las cosas y prefiero que me digan lo que piensan sin que yo me ande metiendo (tanto). Además, como mencioné la entrega anterior, queda abierta la posibilidad de un anexo. Si la quieren me dicen: Sí, Killa, ponla y ya no jodas con tanta encuesta. Ñam, yo sé que así me quieren ;)
Bueno, queda agradecerles nuevamente por el apoyo enorme que le están dando a mis escritos y a mí. No saben lo feliz que me hacen, me pongo gelatinosa :D
¡Los quiero mucho!
Respuesta a los reviews anónimos:
lily12. Gracias por escribir, cariño :) Y no sientas mal, me alegra que des tu opinión. Eso me ayuda a manejar la trama. Sobre las groserías... mmm... verás, como en este fanfic ya no son niños, sino adultos, estoy intentando que el lenguaje lo refleje. Estoy de acuerdo contigo cuando dices que Arnold es muy bueno, pero yo no lo consideraría un santo. Hay muchos episodios en los que se enoja y deja de ser tan 'santo' como parece. Y sobre Helga, bueno, ella utiliza bastantes groserías (camufladas la mayoría), pero las utiliza. Así que dispénsame el uso de las mismas pues es para aportar a la trama. Sin embargo, tomaré en cuenta lo que me dices para futuras referencias. ¡Abrazos muy fuertes! Espero leerte pronto ;)
Polly. Gracias cariñet ;) qué mejor premio que disfrutes con lo que escribo. La verdad es que estoy volviendo a mis raíces, yo solía escribir pura comedia y bueno, ya no quería que Arnold y Helga sufriesen tanto. Así que esto es lo que salió. Me demoré un día más y un poco en la noche porque tenía que editar algunas cosas. Igual esta vez no tardé tanto, ¿verdad? Pues sí, ojalá mi musa te haga caso y no se vaya de parranda así sin avisar y sin invitarme :P ¡Gracias a ti, cariño! Que eres de mis favoritas en la sección 3 Un abrazote del tamaño del Everest :)
Espero que este 'one-shot' les haya gustado. Es kilométrico como es usual en mis escritos, pero así de a pocos no se siente, ¿no? Como es una nueva dinámica la que manejo, estaré esperando sus apreciaciones muy impaciente. no teman en mencionar cualquier descuadre y me sería muy útil si notan que es así pues es esta dinámica la que manejaré en 'La esquina veleidosa'. Quiero con todo mi corazón poder leernos más seguido, queda de mi parte la promesa de que trataré de actualizar pronto. Nos vemos mis retoños del cielo.
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