Disclaimer: Los personajes/lugares nombrados a continuación no me pertenecen a mí, si no a la BBC.
PERO algunos personajes y lugares han sido inventados por mí. La historia tiene lugar en la cuarta temporada, luego de la muerte de Lancelot y Uther.
¡Ahora sí, a leer!
Solo mío.
-¡MERLÍN!- Gritó Arthur recién levantado. El joven hechicero fue corriendo hacia donde provenía el grito de su Rey.
-¿Si, Arthur? – dijo luego de llegar corriendo, cargado con la ropa limpia que traía de lavar.
-Ah, pero sí aquí estas…. – El joven rubio cruzó su aposento, todavía vestido con el pantalón que usaba para dormir. El pecho estaba desnudo, y su melena dorada estaba enmarañada. Se detuvo frente a Merlín, y le arrebató la ropa con la que se ocultaba la cara. Dirigió prenda por prenda hasta su nariz, y la olfateo cada una.
-Bien, la ropa esta limpia. Has cumplido, raramente, con tu papel de sirviente.
Merlín esbozo una sonrisa deslumbrante, y Arthur llego a pensar que Merlín siempre se mostraba feliz, sin importar en que situación se encontrase.
-Siempre cumplo, Arthur, pero el hecho de que no veas que lo hago, por ser un idiota, me esta afectando.
Arthur entorno los ojos y le sonrió con maldad. Se dio media vuelta, agarro su armadura, y se la arrojo a su sirviente, dándole de lleno al estomago. Merlín se quejo.
-Pero este acero no dice lo mismo, Merlín. Mira que mal pulido esta… - Recogió una hombrera y pasó dos dedos por ella. El metal no estaba pulido como él quería.
-Pero, ¡sí lo he pulido esta mañana, mientras tú roncabas como un cerdo!
-Merlín, tu forma de hablar no es digna para dirigirse a tu Rey – le reprocho. Le gustaba eso; le gustaba jugar con Merlín. Nunca se enojaba, siempre se mostraba amistoso. Algunas veces la cólera le subía lentamente, pero luego se le disipaba. A Arthur le gustaba ver hasta donde llegaba su enojo, pero nunca se lo demostró. Parecía ser una persona que nunca se enoja con nadie. Pese a que fuese su sirviente, Arthur sabia que era algo más: su amigo. Y valoraba eso, lo valora, raramente, más que nada.
-Algún día me enfadaré de verdad, te diré que te metas la armadura por las orejas y tendrás que buscarte otro sirviente.
-Pero antes tendría que decapitarte. – Arthur hizo una mueca, pero luego se hecho a reír. – Merlín, tú no te enfadas ni con un mosquito que te chupa la sangre hasta más no poder. Además, nunca me dejaras, porque, para lo único que sirves un poco, es para ser sirviente. Y créeme cuando digo que no encontraras a un Señor tan paciente como yo.
-Y tú a un sirviente leal, que se aguanta todos tus estados de ánimo.
- Oye – lo freno Arthur – los sirvientes se aguantan eso y mucho más.
-¿Incluso soportar a tu saco de pelea, aunque sea un enclenque?
-Incluso aunque sea un enclenque.
Merlín lo miro detenidamente, y luego de unos minutos, suspiro y junto la armadura del suelo. Se la acomodo en los brazos, de tal forma de que no le oculte la cara y poder ver por el camino.
-Supongo que te podrás vestir. – dijo mientras se dirigía a la salida.
-No soy tan idiota, Merlín. – murmuro Arthur.
El morocho se dio la vuelta y le sonrío.
-Ya veremos.
Abrió la puerta forzosamente y salio de la habitación. Arthur se quedo pensativo, observando por donde acababa de desaparecer su sirviente, y como un idiota sin sentido, sonrió.
Merlín no era el mejor sirviente, eso ya lo sabía, pero valoraba el esfuerzo y empeño que ponía en su trabajo. Sabía también que él no era el mejor amo, pero sí se podía decir que era un buen amigo. Sí no, Merlín ya tendría que estar muerto mas de diez veces –mínimo – por haberle contestado mal incontables veces.
De algo podía estar seguro: Merlín nunca lo iba a traicionar, ni mucho menos, a abandonar. Asíque la amenaza de que se busque otro sirviente no le preocupaba mucho. Además, si lo dejaba, estaba más que claro que nadie lo iba a querer como siervo.
Arthur se vistió sin problemas para la ceremonia que iba a tener lugar esta tarde. Un viejo amigo de su padre, Sir Frederick, vendría a visitarlo. Era el Rey de unas tierras lejanas y algo exóticas, en donde el invierno recubría todo con una bella escarcha, y sus paisajes adquirían un don tan especial que llegaba a resultar mágico ante ojos de alguien.
Aunque el Rey era algo viejo, todavía se mostraba fuerte y capaz de cabalgar leguas y leguas para hacer una visita amistosa. Pese a la inconfundible gran amistad que forjo con Uther, pese a toda la ayuda que le brindo, pese al carisma y bondad que poseía, a Arthur no le generaba confianza. Algunas veces, el viejo se mostraba frío y engreído, o al menos así lo recordaba él.
El joven rubio salio de sus aposentos y se dirigió al Trono, pero antes fue interrumpido por alguien:
-¡Gwaine! ¿Qué haces aquí?
-El Viejo Rey ya ha venido, Merlín me ha pedido que les muestre a los guardias sus habitaciones.
-¿Y por que Merlín te ha mandado hacer eso?
-Porque lo estaban atareando con las preguntas. – Gwaine sacudió la cabeza para sacarse el largo pelo de la cara. – Se lo notaba algo alterado. Llevaba una armadura en sus brazos, y se le cayó un par de veces.
-¿Frente al viejo Rey?
-Sí, frente al viejo Rey. – Gwaine frunció el entrecejo. - ¿Hay algún problema?
-¿No puede omitir su estupidez ni siquiera por un momento? ¡Qué se le caiga la armadura frente a un Rey muy respetable, lo convierto en un completo inútil, más lo que es!
Gwaine sonrió.
-Oye, te lo estas tomando muy a pecho. El viejo se rió, junto a todos los demás, pero lo ayudo a recogerla.
A Arthur casi le da un ataque de cólera. Lo único que faltaba era que un Rey haga las cosas que su inútil sirviente no podía hacer bien.
-¿Dónde esta Merlín ahora? – preguntó, tratando de calmar sus nervios.
-Lo he visto con el Rey. Le ha caído muy bien, ha decir verdad.
Arthur suspiró. Tenía que alejarlo del Rey como sea. Merlín era muy propenso a decir lo que pensaba sin meditar bien las palabras. Y el viejo, según se acordaba él, no tenía mucha paciencia. Tenía que alejarlo antes de que cometa alguna estupidez.
-Gracias, Gwaine- soltó las palabras al aire, y se fue con paso apresurado al aposento del viejo amigo de su padre.
Mientras caminaba, los guardias lo saludaban con respeto, y trataban de entablar conversación con él. Pero Arthur no tenía tiempo, tenía que llegar con Merlín. Quizás su tío podría mostrarles mejor el castillo, por lo que al pasar Sir León, se lo consulto. Y este acepto de inmediato, y fue en su búsqueda.
Cuando llego a la habitación, se paró frente a la puerta, y antes de abrirla, escuchó con atención. Adentro se oían carcajadas. Frunció el ceño y entró.
Merlín estaba puliéndole el arma al viejo, mientras este le describía el viejo paisaje de su reino. Merlín lo escuchaba, entre fascinado y embobado.
-¡Oh, Arthur, mira cuanto has crecido! – Dijo Frederick al notar la presencia del Rey. – Apuesto a que tu padre estaría muy orgulloso si te viera.
Le hecho una mirada de soslayo a su sirviente, y Frederick lo noto, por lo que comentó:
-¡Tienes un gran sirviente, mi Señor! Le estaba comentando acerca de mi reino. ¿Sabía usted, que desde que era muy pequeño, Merlín ha soñado con visitarlo?
Arthur alzo las cejas y negó con la cabeza. Nunca hablaba de esos temas con Merlín.
-¿Es eso verdad, Merlín?
El joven hechicero levanto la cabeza y lo miro confundido. Luego, asintió con la cabeza.
-¿Y por que nunca me los has dicho?
-Porque nunca me lo has preguntado.
Arthur se quedo sorprendido, pero Frederick prorrumpió en carcajadas:
-¿Entonces tu sirviente me cuenta cosas que a ti no?
-Merlín – dijo el rubio sin hacerle caso al viejo - ¿Cómo es eso de que querías visitarlo?
Merlín dejo de pulir la espada y la guardo con cuidado en su funda. Luego se levanto, para quedar a la misma altura que su Rey.
-Siempre, desde que era chico, con mi madre hemos soñado con visitarlo. Se dice que de noche, en invierno, parece un lugar mágico. Me lo ha prometido, pero nunca pudimos hacerlo. Y el sueño ha quedado en la nada.
-Tiene un gran sirviente, mi Señor. – comento Frederick con un tono sospechoso. – Uno destinado a hacer grandes cosas.
Arthur lo miro sin comprender.
-¿A que te refieres? Que no te confunda su cara de chico bueno, Frederick. No es muy buen sirviente. De hecho, si se le pagara por su trabajo, ya estaría muerto de hambre.
Merlín bajo la cabeza, herido por ese comentario. Él sabía que no era tan malo como Arthur decía, pero no se lo podía hacer demostrar. En cambio, Frederick le contra ataco:
-Puede que como sirviente no sea muy bueno, pero por eso no se lo juzga a la gente. Sino por sus actos, y su lealtad. Tenedlo en cuenta, mi Señor. Puede que alguna vez te arrepientas de haberlo dicho.
Se quedaron mirando los dos, en silencio. Merlín sentía cómo si fuera un intruso allí. Pero al final, Frederick suspiro y termino diciendo:
-Arthur Pendragon, hay mas en ti de Uther de que lo que seria conveniente. Pero a la vez también hay cosas de tu madre.
Al rubio se le pusieron todos los sentidos alertas.
-¿Conoció a mi madre?
-Era muy buen amigo de tu padre, como un hermano, puedo decir. Pero yo no estuve de acuerdo con la Gran Purga, y fue allí donde me distancie. Cuando todo acabo, supe la verdad. Tu madre era un ser maravilloso, y fue injusta su muerte.
-¿Qué es lo que tengo de ella? – preguntó, desesperado. Su padre nunca le había comentado mucho acerca de su madre. Y la había visto una sola vez, pero en forma fantasmal. Y aquello le había destrozado.
-Su corazón.
El viejo le sonrío y salio de sus aposentos, seguramente, para dar una vuelta en el castillo que tan bien conocía. Arthur se quedo pensativo, frente a Merlín, y cuando este quiso pasar para seguir con sus quehaceres, Arthur lo detuvo:
-Necesito mi armadura bien pulida. Y también mi espada.
Pensó que Merlín se iba a quejar, pero en vez de eso, se encogió de hombros y le susurró:
-Sí, señor.
Luego de la ceremonia de bienvenida, de las historias relatadas, y de los abrazos amistosos, tuvo lugar el banquete, que se celebro a la noche.
Arthur estaba vestido con sus mejores ropajes, y al lado suyo se encontraba el Rey, quien tenía su sirviente soso y aburrido a la espera.
Merlín se sentó junto a los caballeros, a pedido de Gwaine. Aquel morocho le tenía cariño a Merlín, y aunque este se la estaba pasándolo de maravillas, cada dos o tres minutos voltea la cabeza en dirección a su Rey para ver si necesitaba algo. Arthur lo llamaba más veces de las debidas. Y cuando Merlín se levanto a la novena vez, Frederick lo regaño:
-¡Dejad a tu sirviente disfrutar y atiéndete un poco vos mismo! – Dio una carcajada estridente a la que se les unió medio salón, entre cantos de borrachos y chistes malos. – Ven Merlín, siéntate a mi lado. Te contare una historia de mi Reino.
Merlín miro nervioso a Arthur. Este le calvo sus penetrantes ojos azules en los suyos de igual color.
-Lo lamento, me encantaría oír la historia, pero tengo que atender a mi Rey.
-Ba, pamplinas. Lo puede atender Chauncey, mi sirviente. Sí tanto se queja de tus servicios, que se libre de ellos al menos por esta noche. Mi sirviente le dará todo lo que necesita. Cumple con todo. Chauncey – llamó. El sirviente asintió con la cabeza. – Encárgate de que el Rey tenga todo lo que necesite.
Frederick tomo del brazo a Merlín y lo obligo a sentarse a su lado. Comenzó por describirle todo el paisaje nuevamente, pero esta vez, con lujos de detalles. Merlín, al cabo de unos minutos, dejo de preocuparse por Arthur y abrió sus oídos al relato que tenia a continuación.
Arthur lo miro con mala cara y pensó que luego se le ocurriría una forma de vengarse.
Puliendo mi armadura mas veces de las debidas, arreglando los establos, barriendo todos los lugares del castillo, ayudando en la cocina…
Bien, tenía muchos lugares y cosas para vengarse de él, pero mientras tanto, lo iba a dejar que disfrute del estúpido relato, aunque él no estuviese disfrutando nada del banquete.
Por otra parte, Chauncey hacia todo lo que el le ordenaba, pero era aburrido. No contradecía nada, no entablaba conversación, asentía a todo, e incluso, no compartía opiniones ni nada. Le pregunto como la estaba pasando, y Chauncey se limito a encogerse de hombros y a servirle mas vino.
Pronto se termino por aburrir lo suficiente como para dar por concluido el banquete. Frederick lo felicito nuevamente y volvió a decirle que su padre estaría orgulloso de él. Arthur se limito a regalarle una sonrisa falsa.
Los días siguientes se las paso de maravilla. Hizo cobrar a Merlín por dejarlo de lado muy bien. Lo obligo a ordenar los establos, pulir todas sus cosas –incluyendo chucherías regaladas -, lavar todas sus prendas y barrer todo su aposento.
Merlín se quejo varias veces, y eso hizo sacarle varias sonrisas a Arthur.
En un momento, el rey le comento a Merlín:
-Chauncey es el sirviente más depresivo y aburrido que he conocido en toda mi existencia. Tal vez, el viejo tenga razón, ser un buen sirviente no significa que haya que hacer las cosas bien.
Merlín sonrío:
-Entonces, te gustan mis quejas y mis comentaros idiotas.
-Sí, a veces me hacen sacar algunas sonrisas, pero hay otras veces que me dan ganas de colgarte.
-Lo tendré en cuenta.
-A propósito, ¿todo bien con el viejo?
El morocho se encogió de hombros.
-Un buen Señor, y divertido.
-¿Mejor que yo?
-Todos son mejores que tú, Arthur.
Arthur rió y le tiro una prenda sucia a la cabeza.
-La quiero bien limpia para cuando regrese, ¿esta claro?
-Claro como el cristal.
El rubio salio de sus aposentos y se dirigió a la sala central, donde lo esperaba Frederick.
-¡Majestad, la he pasado de maravilla! – Dijo cuando lo vio entrar.
-Suena como despedida, Frederick.
-Por desgracia, es una despedida. Mi hija solicita mi presencia en el Reino. Ha surgido un problema con un grupo de bandidos.
-Lo lamento, ¿puedo ayudar en algo?
-Has ayudado demasiado, Arthur. Me has calmado mis nervios. Sé que cuento con un aliado si algo surge mal. Eres un digno Rey, y eso me tranquiliza bastante.
Arthur sonrío y apoyo una mano en el hombro de su amigo. Tal vez, Frederick no era tan malo….
-Me alegra saber que el hijo de Uther estaba en buenas manos, y rodeado de mucha gente que lo quiere.
Arthur iba a contestarle, pero un estrepitoso ruido hizo que todos los presentes en el salón voltearan.
Merlín acababa de entrar a tropezones en la sala. Cargaba con la armadura del Rey, que pronto se le cayó por trastabillar.
Todos los presentes en la sala rieron, menos Arthur, quien tenia ganas de matarlo. Frederick, en cambio, estaba llorando de la risa.
-¡MERLÍN! – Grito Arthur, y todos callaron.
El sirviente recogió todo a los apurones y se acerco a él.
-¿Qué diablos haces aquí? Pensé que te dije que quería todo limpio.
-Yo lo llamé. – dijo el viejo, todavía riéndose.
-¿Por qué? – inquirió el rubio, sin entender. Merlín tenía que obedecerlo a él, no al viejo.
-Tengo una propuesta para hacerte.
Todos en el salón se retiraron, menos Merlín, y el siervo de Frederick. Aquello, a Arthur, no le sonaba bien.
-Adelante.
Arthur tomo una silla y se sentó, y ofreció al viejo a imitarlo, pero este prefirió estar parado y vagar por el salón, mientras comentaba:
-Iré al grano: me agrada Merlín, y creo que el modo en cómo lo tratas no es aceptable.
Arthur se quedo sorprendido, y pudo notar como Merlín se removía de su lugar. Estaba tan incomodo como él.
-Perdone, pero con el debido respeto, creo que nadie puede decirme la manera en la que tengo que tratar a mi sirviente…
-Ahí te equivocas: yo creo que merece otro trato, por todo lo que hace por ti. Basta con estar observándolos una hora para darse cuenta de que sobreexplotas al chico.
-¿Y que hace por mi? Nada, incluso su trabajo lo hace mal.
-Porque lo intimidas, lo sobreexplotas, Arthur. Yo creo que Merlín hace bastantes cosas por ti, pero tu no te das cuenta.
Arthur suspiro y resopló. Esto no era lo que tenía pensado. ¿Qué un viejo lo estuviera regañando por como trataba a su sirviente? ¿Dónde se había visto?
-¿Qué cosas hace por mi, que yo no sepa?
-Te ha salvado la vida muchas veces.
Arthur rió con ganas. Eso era ridículo, debería ser al revés.
-¿Se lo ha dicho Merlín? Vaya, Merlín, y yo que pensaba que no podías mentir.
El joven hechicero se quedo callado, observando a Frederick. Él no había comentado nada acerca de eso, y aprecia como si Frederick supiera cosas que Arthur no, como si supiera lo que Merlín fuera…No, eso era imposible. Solo muy pocas personas sabían quien era en verdad.
-No, Merlín no. Pero uno se entera de cosas; cosas que casi nadie sabe. Cosas secretas.
Bueno, esto era demasiado para Arthur. El viejo ya estaba delirando.
-Oiga, no es divertido.
-No, no lo es.
-Usted tenía una propuesta. Dígamela, así puedo seguir con mis otras cosas.
Frederick se paro delante de él, y le sostuvo la mirada largo rato, como si intentara leer su expresión cuando le iría decir lo siguiente:
-Le propongo un intercambio de sirvientes. Merlín a cambio de Chauncey.
Arthur se quedo mudo. ¿Un intercambio de sirvientes? ¿Y para qué iba querer Frederick a un sirviente tan inútil sí tenía a uno que le hacía todo? No, no, no. Estaba equivocado. Merlín no iba a ir a ninguna parte. Además, el viejo era una persona mayor, y necesitaba el cuidado de alguien responsable, no de Merlín.
-¿Y bien, Mi Lord, que contesta?
Arthur no perdió el tiempo.
-Qué no.
Pudo sentir como tres pares de ojos lo miraban sorprendido y extrañado.
-Pero, Alteza, ¿no se queja usted de que su sirviente es un incompetente?
-Sí, pero…
-Entonces, déjame librarte de su incompetencia…
-¿Para que quiere usted a alguien como Merlín?
-Chauncey necesita…aire nuevo. Temo por su salud que estar conmigo lo ha vuelto algo...depresivo. Necesito que se ocupe de alguien joven y fuerte, no de un viejo como yo. Y yo, a la vez, necesito a alguien que me haga sacar de lo habitual, que haga chistes, y que le interese lo que tengo para decir.
-Entonces, necesita a alguien divertido y que no haga lo que le ordena. Frederick, no me gusta contradecir a la gente, pero creo que esta equivocado. Merlín no es la clase de sirviente que necesita una persona mayor. No es responsable.
-No temas por mi seguridad muchacho. Tengo a toda una guardia que me sigue hasta el baño. Tengo el presentimiento que Merlín será un gran compañero.
-¡Por el amor de Dios! Ni siquiera sabe esgrimir una espada.
-Eso no es problema. Me tomare el tiempo para que pueda aprender. Yo estoy viejo, y mi reino, lejos. La paz reina. Merlín aprenderá muchas cosas.
-No, esa es mi respuesta.
Frederick, sin siquiera escucharlo, se dirigió a Merlín:
-Con Chauncey ya lo he hablado, y a él no le molestaría cambiar de lugar. ¿Y a ti, joven? ¿Te molestaría ser el sirviente de un viejo? No tendrás que hacer muchas cosas, y no estarás puesto bajo ninguna amenaza. Y podrás visitar el lugar que siempre has querido conocer.
Arthur lo miro atentamente. Parecía como sí Merlín estuviese debatiendo una lucha en su interior. Su cara no expresaba nada, raramente, y eso hizo poner más nervioso a Arthur.
Él no podía irse. Le daba igual la seguridad del viejo. A él le importaba Merlín. Y además, no quería tener de sirviente a alguien tan aburrido, con quien solamente cruzaba las palabras para que le haga lo que quería. No, a él le gustaba la forma de ser de Merlín. Por lo cual, antes de que Merlín pudiese contestar, volvió a decir:
-No.
Frederick sonrío.
-¿Por qué no, su majestad?
-Ya se lo he dicho, temo por su seguridad.
-Esa excusa no me complace. A otro perro con ese hueso.
-No, es no. Y es mi última respuesta. – Se paro del asiento y explico – Chauncey, contigo no es el problema. El problema es con tu Rey. No estoy de acuerdo en que Merlín vaya, no es alguien que pueda tener a su cuidado a una persona mayor. Sé que podrás obtener lo que necesita en otro Reino, pero mi respuesta sigue siendo que no.
-Yo… sí puedo agregar.. – empezó Merlín, pero Arthur lo fulmino con la mirada.
-No, Merlín, no puedes agregar nada. Tú eres sólo un sirviente.
-Pero esto le consta a él también, Alteza. Déjalo explicarse. – Se dirigió al morocho. – Merlín, adelante.
-Me gustaría ir.
Arthur río a carcajadas limpias, pero falsas.
-¡Esto es una locura! Merlín, acéptalo: ambos sabemos que no eres bueno.
El joven le iba a responder algo, pero Frederick se le adelantó:
-Me marchare en dos días. Y en esos dos días, tu puedes pensar mejor, Arthur. Piénsalo: no es una mala idea. Sí dices que sí, lo tendré a prueba una semana, y luego te lo devolveré. Y si las cosas marchas bien, puede que venga de nuevo y conversaremos para llegar a un acuerdo.
-¿Acuerdo? ¿Qué acuerdo?
-Para que sea mi sirviente hasta que la muerte disponga de mí.
Sin pensarlo, a Arthur se le escapo un grito:
-¡NO!
Los tres lo miraron asombrados, incluso Chauncey. Bueno, que lo miren como lo miren. Pero el no iba a acceder.
¿Tener a Merlín fuera más de siete días? ¿O incluso, toda la vida? No, Merlín era su sirviente, y nadie podía apartarlo de su lado. Era algo torpe, y no hacia las cosas bien, pero además era su amigo.
-Frederick, la respuesta sigue siendo no. – comento algo mas calmado.
Miro a Merlín, y lo obligo a retirarse.
-En dos días tendrás tu respuesta, pero creo que ya sabes que va aseguir siendo que no.
Arthur agacho la cabeza, en gesto de despedida.
-Arthur, no seas torpe. Ambos sabemos que este acuerdo es bueno…
-Puede que sea bueno, pero no alejare a Merlín de mi lado. Lo necesito.
-¿Para qué? Si dices que es un inútil.
-Pero es un buen amigo. – volvió a repetir.
Frederick se cruzo de brazos y miro a Merlín:
-Que su respuesta no interfiera en tus deseos, Merlín. Te estaré esperando. Analiza y piensa en todo.
El rubio fulmino con la mirada al viejo amigo de su padre y se dirigió hacia donde estaba Merlín, quien lo observo con una mirada llena de…¿De qué? ¿De ira? ¿Sufrimiento? ¿Arrepentimiento? No podría descifrarla, pero no le gustaba el modo en que su sirviente lo observaba.
Caminaron en silencio hasta el aposento de Arthur, y cuando llegaron a allí, Merlín volvió a tomar la charla:
-Arthur, escucha, es verdad: en serio quiero ir allí.
-Y yo en serio no me fío de él. Merlín, no.
Se saco la remera y la tiro hacia la cama. Estaba todo transpirado. Pensar en el hecho de perder a Merlín lo había sacado de sus modales….
-Arthur, en serio, quiero ir. No te vendrá mal librarte de mí. –Aquello nunca pensó que lo iba a decir.
-La respuesta es no, Merlín.
-¿Por qué no? Tú no puedes decidir eso. – comento en un tono mas enojado.
-Puedo y lo hago, Merlín. Eres mi sirviente, y no permitiré que nadie te tome como el suyo. Imagínate, un señor en tus manos, algo viejo, puede morir en un día. – se excuso, aunque era mentira. Y si no lo era, le daba igual la salud del viejo.
-Eso es mentira. Solamente lo dices porque eres un posesivo.
-Merlín, la respuesta es no. Punto. Tema zanjado. – murmuro, malhumorado.
Merlín hizo algo que nunca pensó que iba a hacer: lo enfrento. Cruzo el aposento y se paro frente a Arthur, y con un dedo acosador, pregunto:
-¿Por qué no puedes admitir el hecho de que soy mejor de lo que tu dices?
-Porque no lo eres. – dijo Arthur, tratando de parecer divertido.
-Lo soy, sí no, aquel hombre no te hubiese ofrecido hacer un cambio de sirviente. Al parecer, el suyo le aburre.
-Tal vez sea así, cómo tal vez no. A quien le importa. – dijo en tono indiferente.
-Es así, y no puedes decidir mi deseo.
-Entonces, ¿para que estamos discutiendo?
-Para demostrarte que valgo mas de lo que tu crees. – susurro en un tono frío.
Arthur tiro la remera que antes había agarrado, y alzo la voz:
-¡¿No puedes entender que te estoy haciendo un favor?! Quien sabe quien esta allí a fuera, quien se esconde, con el deseo de matarte.
-Sí mi seguridad es lo que te preocupa, descuida, el viejo Rey ira bien protegido. – comento algo mas calmado Merlín.
-Son muchas leguas, Merlín. En Camelot estarás mejor resguardado.
-¿Y tú que sabes? – El joven hechicero volvió a tomar el tono frío. Se estaba enfadando de verdad.
-¿Es que acaso no confías en la seguridad de la que disponemos? – Sí Merlín se iba a enfadar, Arthur también podría hacerlo.
-No es eso, es que quiero esto, de verdad. Arthur…
-Merlín, ¿para que quieres ser el sirviente de otro Rey? Creía que aquello no te gustaba.
-No es eso, eso no me gusta, desde ya. Me gusta el hecho de pensar que valgo algo para otro persona, y además, podré descubrir un lugar con el que hace mucho he soñado…
-Sí el paisaje es lo que te importa, te prometo que cuando sepa la ubicación y los planes de Morgana, y cuando descubre quien es el traidor, te llevare a visitarlo. – Arthur trato de encontrarle la vuelta, pero obviamente, Merlín resistió.
-Mientes. Nunca haces nada de lo que te pido. Nunca me escuchas, ni siquiera cuando tu vida corre peligro. Y añado ahora, que siempre, por arte de magia, terminas salvado.
-Y ahora soy yo el que quiere salvarte de un peligro…
-…que no sabes sí existe realmente o no. – concluyo él.
-Merlín, eres mi sirviente, y mi amigo, y por eso sigo diciendo que no.
-Puede que sea tu sirviente, pero eso no te da derecho a gobernar mi vida. Sí a mi se me da el placer de ir con otro Rey para ser su sirviente, lo haré. Y si tu fueras mi amigo como dices, me dejarías ir, y no te pondrías tan histérico, orgulloso y celoso. Dejarías que sea feliz solamente por un momento.
-¿Celoso? ¿Histérico? ¿Orgullo? ¿Acaso eres infeliz, Merlín? – pregunto Arthur, incrédulo.
-No, bueno, sí…algunas veces. Sobre todo cuando me tratas como un idiota incompetente bueno para nada. – El rubio tenia el presentimiento que Merlín llevaba meses aguantando decir eso.
Arthur se lo quedo viendo, y luego de unos minutos, volvió a decir:
-No.
Merlín resopló y se acerco a la puerta, donde se apoyo.
-Será mejor para ti también, tendrás un sirviente a tu gusto: uno que te haga las cosas rápidamente, uno que no te rechiste ni discuta contigo, que se calle y asiente a todo lo que dices…
-Resumido, a alguien aburrido y sin sentido del humor. – No le gustaba aquello.
-Pero hará lo que quieras, y no será un inútil, como dices que soy yo.
-Merlín, no me convencerás.
-¿Qué es lo que te preocupa realmente, para decir que no?
-Es extraño, no te voy a mentir. Un Rey como de su calaña, pidiendo a un sirviente como tú… no encaja. Hay algo que no me gusta, que me resulta sospechoso.
-Quieres decir, que no te preocupa que bandidos nos ataquen, si no, que el mismo rey o alguno de sus soldados, me ataque a mi. – Merlín sonrío.
-Exacto, puedes venderles información sobre Camelot. Nunca me he confiado de él.
-Pero tu padre sí, eran grandes amigos. Y no te tendrás que preocupar, se guardar un secreto, incluso cuando me veo amenazado.
-Igual, sigo diciendo que no. Velo por tu seguridad, Merlín.
-Da igual, iré de todas maneras, y no me lo impedirás. Y si para eso tendrás que desterrarme de Camelot, o sacarme de mis servicios, cortésmente lo aceptare.
-No sabes lo que dices… y no lo haré. No te desterrare.
-Pero sí me sacaras de mis servicios.
-¿Y si te resulta agradable el modo en como te trata ese Rey? Si te trata bien, no querrás volver a mis servicios.
-Eso es verdad. Sí me trata bien, supongo que me quedaría a vivir allí.
-No lo dices en serio. ¿Y Gaius?
-Supongo que podré visitarlo, si no me destierras.
Arthur pregunto lo que verdaderamente le importaba:
-¿Y yo?
Merlín lo observo en silencio. Luego susurro:
-También, si no estas tan ocupado con todo el asunto de la realeza.
-Merlín, no iras allí, ¿lo entiendes? No iras. – Arthur agarró algo para entretenerse, y no pensar en el hecho de que Merlín se quería marchar de su lado.
-Arthur, será solo de prueba. Desde chico quería ir allí, es un lugar de ensueños, un lugar mágico… Por favor, Arthur, no es nada del otro mundo. Volveré, y seré tu sirviente. Serán solo dos semanas. – insistió.
Arthur bufó.
-¿Dos semanas? Ni hablar. El lugar esta muy lejos, y si surge algún inconveniente, tardare, mínimo, un día para encontrarte.
-Vamos Arthur, tienes a los caballeros, no me necesitaras a mi. No soy de ayuda, incluso a veces surgen mas problemas cuando estoy yo merodeando.
-Es bueno que lo reconozcas. – murmuro.
-Por esa razón, estarás dos semanas libre de mi estupidez.
-Estaré dos semanas aburrido. Y preocupado.
-¿Preocupado? Sé protegerme solo, y sí veo que algo sale mal, picare espuelas y regresare a Camelot cuanto antes.
-Merlín, no. – volvió a decir. Ya no podía contenerse por mucho más.
El hechicero resoplo, pero en vez de seguirle la discusión e implorarle, le contesto a modo definitivo:
-Piensa y dí lo que quieras: pero yo iré de todos modos. Y si al regresar, ya no quieres mis servicios, lo entenderé perfectamente. Puede que el Rey me quiera permanentemente a su servicio, como puede que no. Pero de todas maneras, volveré para informarte en persona. Y allí tú podrás tomar una verdadera decisión. Pero ahora, yo me marcharé con él.
Se dio la vuelta para abrir la puerta, pero ni bien la entorno, sintió a Arthur detrás de él, quien volvió a dejar en su lugar la puerta de un portazo. Merlín se sobresalto y giro para encontrarse con el. Lo primero que observo fueron dos faroles celestes que lo observaban con ira, pero a la vez con tristeza, y un cierto modo de posesión. El rubio apoyo sus dos brazos en la puerta, dejando acorralado a Merlín.
-Tú eres MÍ sirviente y MI amigo, y no vas a marcharte.
-Puede que sea tu sirviente, pero no por eso vas a impedirme qué…
-¡DEJATE DE ESO! Tu eres mío, solo mío. Que no se te olvide, Merlín.
No supo que responder. Arthur estaba en una faceta que el no conocía. Estaba en terreno inexplorado.
-¿Qué…que me quieres decir?
-Lo que oyes, Merlín – dijo decidido – Eres mío, y nadie te tomara como su sirviente, y tu no aceptaras ordenes de nadie más. Solo de mí. ¿Lo entiendes? Te quiero para mi solo.
-Mi cabeza puede recibir mas ordenes que las tuyas.. – dijo él, a modo de broma. Pero Arthur no estaba para chistes. Su cara era seria, y su tono de voz, duro y salvaje.
-Quiero que solamente reciba mis órdenes, y aunque a veces no las obedezca, lo quiero. Y punto.
Merlín trato de moverse, pero cuando lo hizo, Arthur lo aprisiono aún más.
-Arthur, no era para que te pongas así…
-Sí me pongo así es porque me importas, a conciencia tuya.
-Pero…yo… no soy tuyo. Y tu no eres mío. En todo caso, le correspondes a Gwen…
-¿Y quien dice eso?
-Mmm, ¿tu corazón?
-Mi corazón solo bombea sangre. No dice ni piensa. Ese es mi cerebro. Y mi cerebro te quiere solo para mí.
-¿Solo para ti? – pregunto Merlín en voz baja, como si no estuviese seguro de lo que acababa de escuchar.
Arthur se acerco aún más a él, y a escasos centímetros de sus labios, le susurro:
-Mío. Solo y Eternamente…. Mio.
