CAPÍTULO 1
— Todo lo que una mujer necesita saber sobre los hombres es que son criaturas que dependen de su bragueta. Apelad a sus calzas y tendréis un control absoluto sobre ellos, porque, cuando su miembro masculino está al mando, no lo está su cerebro.
Kagome estaba sentada en la cama junto a su hermana Kikyo, intentando no ofender a Sango revelando la diversión que le producía su proclamación. Se apretó el puño contra los labios para contener su regocijo.
Fue en ese momento cuando cometió el desafortunado error de mirar a Kikyo, y entonces ambas estallaron en carcajadas.
¿Quién no se reiría? Especialmente al imaginarse la enorme bragueta que vestía el prometido de Kikyo.
Oh Señor, Naraku desfilaba por doquier como el dios Príapo en un festival de vírgenes.
Su doncella, Sango, en cambio, no parecía muy complacida con el alborozo. Aclarándose la garganta, Kagome apretó los labios e hizo todo cuanto pudo por recuperar la compostura.
Sango puso los brazos en jarras y les hizo una mueca. Con apenas metro y medio de altura, la doncella no conseguía intimidar a nadie. Aún así, habían sido ellas quienes le habían preguntado sobre aquel tema. Lo menos que podían hacer era escucharla sin reírse.
— ¿Cómo pude creer que mis señoras se tomarían esto en serio? —preguntó Sango.
— Perdónanos —dijo Kagome aclarándose la garganta de nuevo y colocando las manos primorosamente sobre su regazo—. Nos comportaremos como es debido.
De hecho, no tenían más remedio, ya que estaban conspirando para buscarle un marido a Kagome, y, puesto que ninguna de las dos tenía la más mínima idea de cómo llevar a un hombre al matrimonio, Sango era la única mujer del castillo a la que se atrevían a preguntar. Cualquier otra habría ido directamente a su padre con el cuento.
Pero por suerte, la terrenal y a menudo corruptible Sango, podía contarse entre las que aún eran fieles a las damas a las que servía.
Sango lanzó su oscura trenza por encima del hombro y se encogió de hombros.
— Bien, como Lady Kikyo puede atestiguar, la parte de la seducción es bastante fácil. Es la parte de la conservación lo que es difícil.
El rostro de Kikyo se coloreó de un profundo tono rojo, haciendo que resaltasen sus ojos negros.
— Yo no hice otra cosa más que entrar en la habitación. Fue Naraku quien me sedujo.
Sango levantó la mano con la palma hacia arriba en un gesto de triunfo.
— Como dije, la seducción…
— ¿Pero qué ocurre si él no quiere ser seducido? —preguntó Kagome, interrumpiéndola.
Sango volvió a apoyar la mano sobre la cadera. Aunque Sango era en realidad dos años más joven que Kagome, había estado con todo tipo de hombres, y era considerada una experta por todas las jóvenes del condado.
— Milady —dijo Sango, su rostro reflejaba una resignada paciencia—, yo perdí mi honra cuando no era más que una niña, y puedo asegurarle que no ha nacido un hombre que no sea libidinoso. La única razón por la que no habéis tenido que luchar con ellos para quitároslos de encima es la afilada espada de Su Señoría.
Kagome no podía discutir eso. Su padre mantenía una estrecha vigilancia sobre sus dos hijas, como si fuesen sus más galardonados halcones, y desafiaba a cualquier hombre a mirarlas.
Y si uno de ellos osara tocarlas…
Bueno...
Le resultaba harto sorprendente que a Naraku aún le quedara algo bajo la bragueta.
De pronto, otra idea se le vino a la cabeza.
— Pero, ¿qué ocurre si yo lo deseo y él desea a otra? —preguntó Kagome.
Sango suspiró.
— Lady Kagome, siempre estáis con los "qué ocurre si", los "y", y los "pero". Déjeme que le diga que, con respecto a eso, no hay diferencia alguna aunque él tenga puestas sus miras en otro lugar. Muéstrele una ligera sonrisa, un poco de tobillo, un…
— ¡Un tobillo! —Jadeó Kagome—. Me moriría de vergüenza.
— Mejor de vergüenza que como una solterona.
Puede que hubiese algo de verdad en eso, y a esas alturas de su vida estaba empezando a sentirse bastante desesperada. Su padre no atendía a razones, de modo que, si tenía alguna oportunidad de encontrarse marido ella misma, sería mejor que la aprovechara.
— Un poco el tobillo —repitió Kagome; sentía que le ardía la cara sólo de pensarlo—. ¿Alguna cosa más?
— Hágale siempre esperar —dijo Sango—. La anticipación hará que el hombre os aprecie mucho más.
Kagome asintió.
Kikyo cruzó los brazos sobre su pecho.
— Ahora, la siguiente pregunta es: ¿dónde encontraremos a ese hombre?
Kagome frunció el entrecejo con frustración.
— Sí, ése parece ser el punto crucial de toda la seducción, ¿no es así? ¿Cómo voy a conseguir que un hombre se case conmigo si no puedo encontrar ninguno al que pueda desear?
— Bueno —dijo Sango—. Mi madre siempre dice que encontraréis una rosa donde menos os lo esperéis.
Más tarde, ese mismo día, Kagome abandonó las cocinas para dirigirse de nuevo hacia la torre. No había avanzado más de dos pasos cuando encontró su camino bloqueado por Onigumo, el primo del prometido de su hermana y el hombre al que ellas habían definido sin ningún miramiento como "el demonio procedente del agujero más apestoso del infierno".
Debían haberle convocado inadvertidamente con sus palabras esa mañana, porque Sango no había terminado aún con su discurso cuando Naraku y Onigumo se presentaron en la puerta.
Tan grande como un oso, Naraku se había llevado a Kikyo a un picnic y, descortésmente, había dejado a su primo atrás. Desde el momento en que su hermana y Naraku desaparecieron, Onigumo no había hecho nada salvo fastidiarla mientras merodeaba alrededor de sus faldas, intentando hacer todo lo posible por conseguir meterse bajo ellas.
A Kagome se le había agotado la paciencia, y todo lo que quería era librarse de su pestilencia.
Si Onigumo era la rosa a la que Sango se había referido más temprano, Kagome comprendió que la soltería tenía grandes posibilidades.
Él se apresuró a colocarse junto a ella e, inmediatamente, tomó su mano, provocando una oleada de repulsión a lo largo de su columna vertebral.
¿Por qué no podía dejarla en paz?
El hombre podía ser considerado tolerablemente guapo, siempre que la mujer estuviese lo suficientemente desesperada. Y Kagome rogaba que nunca llegase a estar tan desesperada.
Pero carecía de la más mínima higiene. Si era cierto lo de que la limpieza era sinónimo de devoción, entonces ese hombre era pagano hasta la médula, porque su escaso pelo rubio no mostraba señal alguna de ver un peine a menudo, y jamás había conocido el jabón. Sus ropas estaban eternamente arrugadas, como si durmiese con ellas, y por las manchas que echaban a perder el tejido, ella diría que él las limpiaba tan a menudo como su cabello.
— ¿Estáis preparada para darme ahora mi beso? —preguntó.
— Humm… No —contestó ella, intentando rodearle para seguir su camino—. Me temo que tengo muchas, pero muchas tareas que hacer.
— ¿Tareas? Seguramente encontraréis mi compañía mucho más deseable que cualquier tarea.
Personalmente, ella preferiría limpiar la sentina.
El hombre dio un paso para colocarse delante, atajando de nuevo su huida.
— Venid aquí, dulce Kagome. Sé lo sola que os encontráis en este lugar. Indudablemente, soñáis con un hombre que venga y os reclame para sí.
Efectivamente, lo hacía; pero la palabra clave era hombre. Puesto que había clasificado a Onigumo como algo cercano a una chinche, nunca se convertiría en el hombre con el que soñaba por las noches.
Él extendió la mano y apartó su velo a un lado de la cara, tomándose tales confianzas que ella arqueó una ceja para indicarle su desagrado. El apestoso hizo caso omiso de su mirada.
— Estáis dejando atrás rápidamente vuestros mejores años, mi señora. Quizás deberíais considerar hacer lo mismo que vuestra hermana para conseguir un marido vos misma.
Kagome no sabía qué parte de todo aquello le había ofendido más: si el insulto referente a su edad o que le recordase la humillación de su hermana al ser descubierta en la cama del primo de Onigumo.
— Puedo encontrar un marido por mi cuenta, gracias —dijo con glacial cortesía—. No necesito ayuda alguna de vuestra parte.
La furia oscureció la mirada de él.
— Os tendré —enredó su puño en el velo.
Kagome apretó con fuerza los dientes a la espera del dolor que sabía sobrevendría cuando saltó para ponerse fuera de su alcance. Las horquillas que aseguraban el velo le arrancaron el cabello antes de dejarlo libre para que escapara.
Corrió a lo largo de las murallas más alejadas del castillo con la esperanza alcanzar la torre llena de gente antes de que él la capturara de nuevo.
No fue tan afortunada.
Onigumo tiró el velo al suelo y esa vez la agarró del brazo para conseguir que se detuviera.
Kagome dio un respingo ante la manera en que sus dedos se le clavaban en la parte superior del brazo cuando intentó desprenderse de él. Asustada y enfadada, deseó que su padre estuviese en casa. Ningún hombre se atrevería a mostrar semejante insolencia ante su fiero talante, y dondequiera que fuese Kagome, la mirada vigilante de su padre siempre la acompañaba.
— Tendré ese beso, zorra.
¡Antes besaría a una mula leprosa! Aterrorizada, Kagome miró alrededor buscando una manera de escapar de él.
Un grupo de pollos estaba justo a su lado, remoloneando junto a sus pies. Cuando Onigumo lanzó una patada hacia ellos, de repente le vino la inspiración.
Volvió la cara hacia su pestilencia con una sonrisa encantadora mientras recordaba los consejos que Sango les había dado esa misma mañana.
— ¿Onigumo? —dijo con su voz más suave.
Funcionó. La furia abandonó su rostro y soltó su brazo para tomarle la mano. Depositó un baboso beso sobre su palma.
—Ah, Kagome, no os hacéis idea de cuántas noches he permanecido acostado en el lecho soñando con vos y vuestros suaves suspiros. Decidme, ¿cuánto más deberé esperar antes de probar la fruta que se encuentra entre vuestros suculentos muslos?
Hasta que se congelen las llamas del infierno.
Kagome contuvo dichas palabras antes de que se le escaparan. No podía creer en la suerte que tenía: cuando por fin encontraba un nombre que le susurraba poesía, era la más obscena y ofensiva poesía que nunca hubiese podido imaginar, y procedía de un individuo que estaba tan sólo a un paso de ser un troll verrugoso.
Pensándolo mejor, no estaba ni siquiera a un paso.
Se obligó a sí misma a no permitir que el desagrado se reflejara en su rostro, mientras arrancaba la mano de su repugnante sujeción.
Escuchó caballos aproximándose. Asumiendo que eran sus soldados regresando de hacer la ronda, ni siquiera se molestó en mirar hacia atrás cuando atravesaron la muralla.
En cambio, se limpió la mano subrepticiamente con la falda.
— Al final me habéis convencido, milord.
Su semblante reflejó una imposible arrogancia mientras adoptaba una pose frente a ella semejante a la de un desplumado pavo real.
— Sabía que no podríais resistiros a mí, milady. Ninguna mujer lo hace.
Ese hombre debería persistir en su hábito de permanecer en compañía de mujeres que hubiesen perdido su capacidad de ver, su capacidad de juzgar, y, sobre todo, su capacidad de oler.
— Cerrad los ojos, Onigumo, y os daré aquello que vuestra tenacidad merece.
Una ladina sonrisa curvó sus labios cuando accedió a cerrar los ojos y se inclinó hacia delante con lo que ella creía que él pensaba que era un gesto seductor.
Arrugando la nariz ante el espantoso aspecto que presentaba, cogió a una de las gallinas coloradas que se encontraban a sus pies y la alzó hasta sus labios.
Onigumo emitió un ruidoso besuqueo cuando colocó la boca sobre el cuello del animal.
Debió iluminarle el hecho de que sus labios se encontraban posados sobre plumas, y no sobre carne, porque abrió los ojos para encontrarse con la inquisitiva mirada de la gallina.
Con los ojos abiertos de par en par, dio un vigoroso alarido de sorpresa.
La aterrorizada gallina le graznó en represalia. Alzó las alas y comenzó a aletear sobre las manos de Kagome en un esfuerzo por liberarse. Kagome la dejó ir, sólo para que el animalillo se lanzara contra Onigumo, que levantó su brazo para protegerse cuando sus hermanas gallinas se unieron a la refriega. La gallina le picoteó la cabeza, dejando algunos mechones del fino y grasiento cabello completamente de punta, mientras el resto de sus compañeras se arremolinaban en torno a sus pies, haciéndole tropezar.
Hombre y pollos cayeron hacia atrás en una cacofonía de maldiciones y cloqueos.
Con un juramento que habría empequeñecido cualquier otro, trastabilló hacia el abrevadero que tenía a sus espaldas. El agua salpicó a su alrededor, y Kagome dio un paso hacia atrás para evitar que la mojase. La gallina chilló, salió disparada hacia el borde del abrevadero y enterró la cabeza bajo las plumas del ala en un esfuerzo por aliviar el daño que Onigumo le había hecho.
Cuando Onigumo se levantó en el abrevadero escupiendo agua, el pollo se apresuró a posarse sobre su cabeza. Kagome estalló en carcajadas.
— ¿La más gentil de las doncellas? Myoga, vuestras mentiras no conocen límite.
Ese profundo y resonante tono de barítono no pertenecía a la voz de ninguno de sus soldados. La risa se atascó en su garganta, y Kagome se giró para ver a su padre en compañía de otros quince hombres.
Por su rostro, pudo deducir la profundidad del desagrado de su padre.
Aún así, el alivio la inundó ante su presencia. Finalmente, no tendría que tolerar a Onigumo ni un minuto más.
Cuando empezó a caminar hacia él, su mirada se deslizó hacia la izquierda de su progenitor. A lomos del más blanco de los sementales que ella hubiese visto jamás, había un caballero con una sobreveste rojo sangre engalanada con un escudo de armas en el que aparecía un cuervo negro. Aunque no podía ver el rostro del hombre, pudo sentir su abrasadora mirada sobre ella. Se detuvo a mitad de camino. Jamás había contemplado una apariencia como la suya. Permanecía erguido sobre su montura, como si su caballo y él formaran una única criatura de increíbles fuerza y poder.
La cota de malla se amoldaba sinuosamente sobre su cuerpo, duro como una roca debido a los años de entrenamiento, y vestía su armadura con tanta soltura como si fuese una segunda piel. Sus amplios hombros estaban echados hacia atrás con arrogancia, y la cota lo único que hacía era enfatizar la anchura de los mismos.
El enorme y poderoso corcel empezó a moverse nerviosamente, pero él lo mantuvo al instante bajo control con un enérgico apretón de sus muslos y un firme tirón de las riendas.
Kagome aún seguía sintiendo la mirada de él sobre su cuerpo; caliente, poderosa.
Perturbadora.
Aquél era un hombre que demandaba atención. Un hombre acostumbrado al control y a la autoridad. Emanaban de cada parte de su cuerpo.
Y mientras ella lo observaba con una mirada inquebrantable, él elevó una mano y se quitó el enorme yelmo.
El corazón de Kagome dejó de latir durante unos momentos antes de comenzar a hacerlo de nuevo, esta vez con todas sus fuerzas. Jamás en su vida había visto un hombre tan guapo. Sus ojos eran de un dorado tan claro que parecían resplandecer al mirarla fijamente desde aquel rostro de rasgos definidos, rodeado por la plateada cofia de la cota de malla. Las cejas negras que se arqueaban sobre sus ojos le dijeron que su cabello debía tener el color de las alas de un cuervo.
Había algo fascinante en sus ojos. En ellos se advertía una aguda inteligencia a la vez a una precavida mirada que mantenía sus emociones bien ocultas. Kagome tenía la impresión de que nada escapaba a su atención. Jamás.
A pesar de toda su apostura, sin embargo, había una dureza en sus esculpidos rasgos que hablaba de que una sonrisa resultaría casi extraña en aquellos labios.
La recorrió con una atrevida y evaluadora mirada, que incendió la sangre de la muchacha, mientras se colocaba el yelmo bajo el brazo. Kagome no sabría decir lo que opinaba de ella, pero cuando sus ojos se posaron sobre su torso, sintió que sus pechos se tensaban en respuesta al ardiente calor de su mirada.
— ¿Qué está pasando aquí? —exigió saber su padre mientras desmontaba y se dirigía hacia ella.
Kagome dio un respingo ante su tono atronador, agradecida de que la distrajese de las extrañas cosas que el examen del caballero le había provocado.
Onigumo ahuyentó al pollo de su cabeza y salió del abrevadero tratando de conservar algo de dignidad.
Fracasó miserablemente.
— Creo que deberíais preguntarle a vuestra hija si es su costumbre atacar con un pollo a todo hombre que la moleste —dijo el guapo caballero con una pizca de diversión en su voz. Su rostro, en cambio, no mostraba nada.
— Silencio, Ravenswood —gruñó su padre—. No sabéis nada sobre mi hija o sus costumbres.
— Eso cambiará en breve.
Kagome arqueó una ceja ante aquel comentario. ¿Qué habría querido decir con eso?
No lo habría creído posible, pero el rostro de su padre se puso aún más rojo, y sus ojos, más oscuros. Fue sólo entonces cuando recordó cómo había llamado al apuesto caballero.
No podía ser Inuyasha de Taisho, conde de Ravenswood; ¿no era ése el hombre por el que su padre había ido a visitar a Bankotsu?
¿Por qué demonios estaban cabalgando juntos? Dado el odio que sentía su padre por el conde, no se le ocurría ninguna razón.
Allí estaba sucediendo algo muy extraño, y no podía esperar a encontrarse a solas con su padre para descubrir qué era.
Los ojos de su padre se ablandaron cuando la miró.
— ¿Onigumo te hizo daño, Kagome?
Onigumo se puso rígido.
— Jamás le haría daño a una dama. —Sus ojos, en cambio, contaban otra historia. Ella pudo percibir allí una maldad genuina, y se juró en silencio que se aseguraría de que nunca volviese a atraparla sola.
De todas formas, Kagome no era alguien a quien se intimidase con facilidad. Podría manejarle bastante bien, con o sin pollo.
— Estoy bien, Padre. —Aseguró ella.
— Ha sido al pollo a quien él ha aterrado —dijo el conde irónicamente.
Kagome se mordió los labios para evitar reírse mientras miraba más allá del hombro de su padre, confirmando que el rostro del conde no albergaba el menor rastro de humor.
Los orificios nasales de Myoga se dilataron.
Kagome le rodeó con los brazos y le apretó con fuerza. Lo último que quería es que estuviese enfadado al llegar a casa. Pasaba demasiado tiempo absorto en sus pensamientos y sintiéndose miserable. Además, odiaba ver la infelicidad en cualquier persona.
— Me alegro muchísimo de que estéis en casa. ¿Habéis tenido un viaje agradable?
— Un viaje por el infierno habría sido más agradable. —Murmuró él.
Su padre dirigió una fiera mirada a los caballeros montados a caballo.
— Bien podríais quedaros esta noche. Podéis partir a primera hora de la mañana.
El conde de Ravenswood entrecerró los ojos para observar a su padre.
— Tengo por costumbre no dormir con mis enemigos. Acamparemos fuera de vuestros muros —su mirada se hizo aún más gélida—. Saldremos de aquí con las primeras luces. Os aconsejo que tengáis todo preparado para entonces.
Y con esa misteriosa advertencia, el conde hizo girar a su magnífico caballo de guerra y condujo a todos los hombres, salvo a los dos emisarios reales y a los tres caballeros de su padre, más allá de las murallas.
Onigumo se excusó y dejó un rastro de agua a su paso mientras se dirigía al establo.
Kagome miró a su padre. Había algo extraño en todo aquel asunto.
— ¿Padre?
Él suspiró y colocó un pesado brazo sobre sus hombros.
— Ven, mi preciosa Kagome. Necesito hablar contigo a solas
Inuyasha y sus hombres encontraron un pequeño claro un poco más allá de la puerta del castillo, donde un pequeño arroyo les proporcionaría agua fresca. En solitario, como prefería, se puso a cepillar a su caballo mientras sus hombres montaban las tiendas y su hermano, Miroku, encendía el fuego.
No obstante, no podía borrar la imagen de la hija de Myoga de su mente. Todo lo que tenía que hacer era cerrar los ojos y podía verla tan explícitamente como cuando la había tenido delante, con el rostro iluminado y sonriente, y sus ojos café oscuro resplandeciendo por la travesura.
Y el pollo...
Casi soltó una carcajada. Pero entonces su sonriente rostro se apareció ante él una vez más, provocándole un doloroso tormento que atacó intensamente sus ingles.
Rechinando los dientes, apretó con fuerza el cepillo.
Lady Kagome no era la típica belleza delicada que no hacía más que suspirar. Tenía una particular cualidad exótica que casi desafiaba su habilidad para dar nombre a su esencia o a sus encantos.
Pero lo que más le había llamado la atención eran sus enormes ojos de gata, que tenían un brillo maquiavélico y contemplaban el mundo con una asombrosa intrepidez.
Era esbelta, con una abundante cabellera de rizos castaños que descendían hasta sus caderas. Dudaba mucho que los ángeles del cielo tuviesen un rostro tan suave y seductor. No le extrañaba que Myoga hubiese rechazado el mero pensamiento de dejarla partir. Un tesoro así debía ser protegido con mucho cuidado y, a pesar de sí mismo, sintió un diminuto grado de respeto por el hombre que había intentado proteger a su hija.
Goliat levantó la cabeza y resopló.
— Lo siento, chico —dijo él cuando comprendió que había estado demasiado tiempo cepillando el mismo lugar. Inuyasha le dio una ligera palmada al flanco del caballo para enmendar su desconsideración. No era propio de él ser descuidado con sus animales, y esperaba no haberle hecho una herida mientras soñaba despierto.
Eliminando a la muchacha de sus pensamientos, continuó con sus quehaceres.
Estaba agregando avena al morral de su caballo cuando se aproximó Miroku.
— ¿No es lo que esperabas? —preguntó su hermano.
— ¿El morral? —respondió, en un intento deliberado de evitar que su hermano sacara a colación un tema mucho más inquietante—. Está igual que siempre.
Miroku puso los ojos en blanco.
— No me refería al morral, como bien sabes. Era de la dama de lo que estaba hablando. ¿Puedes creer que la hija de Lord Nariz Grande sea tan encantadora? Soy incapaz de recordar la última vez que vi una dama tan bien formada.
— Es la hija de mi enemigo.
— Y la mujer a la que has jurado proteger.
Inuyasha ató el morral por encima de la cabeza del caballo.
— ¿Por qué me molestas con hechos que ya conozco?
Miroku le echó una diabólica mirada cargada de elocuencia, y si hubiese sido cualquier otro hombre, esa capacidad de irritarle le habría mandado a la tumba hacía mucho tiempo. Pero a pesar de todas las molestias que le causaba, Inuyasha amaba a su joven hermano.
Miroku le sonrió de oreja a oreja.
— ¿Sabes? Resulta tan raro verte inquieto que pienso disfrutar de la novedad. Hace que parezcas casi humano.
Inuyasha acarició la frente de Goliat, y después se dispuso a recoger la montura y las alforjas del suelo antes de volver con sus hombres.
Se detuvo un momento al lado de Miroku.
— Cualquier humanidad que existiese en mí, puedo asegurarte que hace mucho tiempo que fue abatida. Tú, mejor que cualquiera de mis hombres, deberías saberlo. La protegeré porque mi rey así lo ha ordenado. Más allá de eso, ella no existe para mí.
— Lo que tú digas.
Inuyasha entrecerró los ojos.
— Pues eso es lo que digo —dijo, y se encaminó hacia la fogata.
— Espero que algún día comprendas, hermano, que no eres ningún monstruo salido del infierno.
Inuyasha ignoró las palabras de Miroku. En realidad, envidiaba el optimismo de su hermano. Era un extraño regalo que su madre le había dado a su hijo menor. Pero él no había sido tan afortunado, y el destino jamás había sido amable con él. Aferrarse a los sueños y esperanzas sólo enfatizaba lo vacía que siempre había estado su vida. Y no era tan estúpido como para creer que las cosas podrían cambiar.
No lo habían hecho hasta ahora y, ciertamente, nunca lo harían. Ése era su destino, y saldría adelante ahora, al igual que lo había hecho con anterioridad.
Continuara….
Espero que les haya gustado nos vemos en el próximo capitulo.
