Antes que nada, aviso que este es el último Capítulo. Pero, quien sabe…Leerlo hasta el final.
Arthur sintió como un vacío empezaba a invadirle todo su ser. Merlín yacía inconsciente en sus brazos: todavía no estaba muerto, no aún, pero sí no hacía algo al respecto, puede que así se encontraría en algunas horas.
Tendría que regresar a Camelot. De inmediato. Ir con Gaius. Y sabía que para llegar el tiempo mínimo era un día. Y con la herida mortal de Merlín…
No. No pudo siquiera pensar en eso. No iba a permitir que su amigo muriese. Había partido de Camelot en secreto hacía el reino de Frederick para traer de vuelta a Merlín a casa; y ahora no podía permitir que muriese.
Rasgó un pedazo de la camisa de Merlín – un pedazo importante- y se la ato en torno al tronco. Eso no iba a curar la herida de Merlín, pero por lo menos iba a parar un poco la hemorragia.
Aupó a Merlín y le paso un brazo sobre la espalda, y otro por debajo de las piernas; de modo que cargo con Merlín sobre sus brazos.
-Aguanta, amigo. – le susurro al inconsciente.
Las lágrimas le habían parado de caer, pero todavía estaban amontonadas en sus ojos, nublándole la vista. Maldijo en voz baja y busco a su caballo, pero no estaba por ninguna parte. Al parecer, los bandidos que habían escapado se lo habían llevado.
Optó por no gritar. No iba a servirle de nada insultar a los bandidos: ya se habían llevado al caballo, y las maldiciones no lo iban a hacer regresar, al igual que a su amigo curar.
Miro el rostro de Merlín, que estaba cubierto por una fina capa de sudor.
Dentro de poco tendrá fiebre, y la pasará peor. Tengo que apurarme
Buscó el caballo de Merlín, pero se acordó que cuando entro en batalla, no había visto a ningún caballo. Y a Merlín tampoco. De seguro, se había escondido en un árbol, porque no sabía esgrimir una espada.
-Tonto de ti: si hubieses sido mas inteligente no te encontrarías en esta situación. – Le murmuro, aunque sabía que no podía oírlo. Estaba sumido en un gran sueño, del cual, si no se daba prisa, no iba salir jamás.
Le echo la culpa a Merlín por eso, porque en realidad no quería echársela a si mismo. No quería ser el culpable de la muerte de su mejor amigo…Pero, ¡sí aún Merlín estaba vivo! ¿Por qué ya lo daba por muerto?
Quizás porque sabía que no iba a llegar a tiempo….
No. Borró ese pensamiento de su cabeza. Iba a llegar a tiempo. No iba a volver a fallarle.
-Perdóname, Merlín. En verdad lo siento… - susurro, y apretó al joven hechicero contra sí mismo. Estaba frío, y él, demasiado caliente.
Emprendió una marcha. Era obvio que no iba a encontrar a ningún caballo, y en vez de merodear hasta encontrarlos de nuevo, prefirió caminar y seguir el rumbo de vuelta a Camelot.
A lo mejor, tendría suerte y en su camino se encontraba al animal.
Aunque ya fuese de día a pleno, en aquel bosque el sol no llegaba muy bien. Había largos trechos en los que los rayos solares se escondían y todo el bosque se sumía en oscuridad, como si de repente se hubiese hecho de noche.
El frío descendía de las copas de los árboles y hacían tiritar a cualquiera, incluso a Arthur.
Volvió a maldecir por lo bajo, y con su capa negra, trato de proteger a su amigo del frío. Lo hizo todo con una mano, y eso hizo hacerle movimientos torpes. Pero, al fin y al cabo, consiguió tapar las rodillas y parte de la cintura de Merlín.
El ritmo que había optado era uno de paso ligero. Iba a tardar más de un día en llegar a Camelot, y seguramente, tendría que hacer alguna parada. Pero lo malo de todo esto, es que no había ninguna aldea alrededor. Tendrían que ocultarse en la humedad de una cueva, con un fuego apenas visible.
Aquella idea hizo a Arthur apurar el paso. Preferiría descansar de noche, pero también prefreirá haber trazado una gran distancia entre el Reino de Frederick y Camelot. En otras palabras, preferiría estar lo más cerca que podía antes de pisar alguna cueva.
Merlín se removió en los brazos de Arthur.
-Tranquilo, Merlín. Estoy contigo. – Las palabras le salieron de la boca como sí nada, cómo sí quisiera haberlas dicho desde hace mucho.
Mantuvo la vista fija en el bosque, sin poder mirarlo a los ojos.
No por desprecio o ira, si no, porque tenía la sensación de que le estaba fallando. Y no podía aguantar los ojos celestes de Merlín, cuya luz se iba pagando paso a paso.
Pero cuando bajo la cabeza para comprobar si seguía durmiendo, se encontró con que Merlín estaba observando al cielo, no a su Rey.
-¿Nos dirigimos a Camelot? – habló cómo si se encontrase de maravillas, pero la expresión que hizo al tomar aire le hizo entender a Arthur que estaba gravemente herido.
-Sí, Merlín. – contesto, tajante.
-¿Ni siquiera en mi lecho de muerte vas a hablarme con mas amabilidad? – bromeó Merlín. Era increíble: se estaba muriendo, y aún así tenía lugar para las bromas pesadas.
Pero el rubio no tenía tiempos para bromas.
-No, Merlín, por que eso no sucederá.
-Y sí no sucede, temo decirte que vas a seguir teniendo a un pésimo sirviente.
-Mientras te tenga vivo y coleando, me basta, Merlín. – Arthur siguió caminando, acordándose del camino de memoria.
Merlín rió con ganas, pero luego ahogo un grito. Le dolía el pulmón izquierdo; allí, donde le habían herido.
-¿Puedes aguantar un día, Merlín? – El rubio siguió con su voz fría, pero en realidad, dentro, estaba sufriendo más que cualquier otro día. No podía soportar el hecho de perder a Merlín.
Merlín inhalo despacio.
-Yo creo que sí….
-La sangre te sigue corriendo, pero no tanto. Cuando lleguemos a una cueva, te limpiare la herida y te pondré otra tela nueva. No será gran cosa, pero bastará para seguir.
-¿Y crees que habrá alguien en Camelot capaz de curar la herida?
-Gaius podrá.
-Arthur, tú no vives con Gaius. Yo sí. Y lamento deciros, pero…
-Calla – lo interrumpió. No quería oír la verdad. Sabía que Gaius no iba a poder salvarlo mediante los medios comunes…Tal vez, con algo de magia… - Él podrá hacerlo. No importa cómo. –añadió, intrigante.
Esta vez, pudo sentir cómo Merlín lo miraba atentamente:
-Con magia tampoco podrá. – Merlín adivino al instante a lo que se refería. - Se necesita magia muy poderosa, y hechizos de gran nivel para…
-¡¿Y tú que sabes sobre eso?! – Inquirió con dureza. No quería tratar así a Merlín, pero lo estaba desesperando su negatividad. No podía ser tan pesimista. Él, que siempre había sido tan…tan…positivo.
-¿Y tu como sabes que no? – pregunto él, con voz baja y respiración jadeante. No tendría que hablar mucho más, o la salud empeoraría. – Yo vivo con Gaius, y he leído unos cuantos libros acerca de…
-¡Ya basta, Merlín! – Arthur dirigió la vista hacia el morocho. Los ojos de él estaban atentos y curiosos, cómo siempre. Pero esta vez, su mirada demostraba cansancio y dolor. Los de Arthur, seguramente, estaban vidriosos. – Cállate. Empeoras tu estado.
-¿Has llorado, Arthur? – pregunto con un deje de diversión en su voz.
¿Sí se estaba muriendo, por que no podía cerrar la boca?
-Sigo siendo tu Rey, Merlín. No debo contestar a tus preguntas.
-Tú no, pero tus ojos ya me contestan por sí solos. A propósito, ¿Por qué estabas en el camino real? ¿Acaso ibas por mí?
Arthur cerró los ojos para que las lágrimas se retiraran, y cuando volvió a abrirlos, fulmino con la mirada a Merlín.
-No estaba muy seguro sobre tu seguridad. Y veo que no me he equivocado. Me pregunto que habrías hecho sí yo no llegaba a aparecer en el camino.
-Probablemente estaría muerto y no estaría sufriendo como ahora.
Aquello le dolió. Y mucho.
Arthur estaba tratando de llegar a Camelot, y Merlín no lo valoraba. O sí lo hacía, no lo daba a entender. Sabía que estaba sufriendo, pero no tenía en sus manos el modo de hacer que no sufra, salvo una cosa; pero nunca se atrevería. No. Nunca.
Ahora lo único que podía hacer era caminar hacia Camelot, con la vista fija en la nada, tratando de ocultar sus sentimientos.
Pero Merlín notó que lo había herido, por lo que murmuró:
-Lo lamento, no quise decir eso. Me mantendré callado.
Y dicho esto, volvió a cerrar los ojos. Pero el rubio sabía que no estaba dormido. Y para romper el silencio incomodo que se formó, susurro:
-No tengo los medios para que no sufras, Merlín. Y no puedo dejarte morir. No lo haré. Estoy dando lo mejor de mí. Correría, pero si lo hago, se que te dolerá más la herida. No se que hacer, salvo seguir caminando. – A lo último, la rabia invadió sus venas, y tuvo deseos de gritar, pero los contuvo.
-No fue mi intención. Sabes que nunca pienso antes de hablar. – reconoció Merlín, y aquello hizo sacarle un deje de sonrisa a Arthur.
-Lo sé, Merlín. Lo sé mejor que nadie. Pero ahora necesito que te mantengas fuerte, y positivo. No decaigas, Merlín. Encontrare la forma de curarte, aunque eso incluya que tenga que sacrificar mi vida.
Merlín abrió los ojos al instante.
-Ni se te ocurriría hacer tal locura. – amenazó.
-Sí tengo que hacerlo, lo haré.
-Con tu vida muerta no recuperaras la mía, Arthur. – razonó Merlín.
-No, pero a veces es el precio que alguien dispone…
-Es él precio de la balanza de la vida; pero dudo que encontréis a un hechicero capaz de curarme. – Merlín adivino sus intenciones.
Arthur suspiro.
-Hay uno. – dijo como si nada.
El morocho sabía a quién se refería, pero esta vez, estaba muy equivocado. Emrys no podía curarlo. Merlín no tenía ni siquiera la pócima para convertirse en el anciano, ni las fuerzas para conjurar un hechizo tan poderoso. Y tampoco se iba a arriesgar a delatarse. No. Sí Arthur lo dejaba unos minutos a solas, podía ver que tan fea estaba la herida. Y también podría pedir ayuda a otros magos, sin que se enterase. De seguro su destino no era morir. Necesitaba quizás un castigo, pero no morir.
-Emrys no nos ayudará esta vez. Además, ¿te olvidas de lo de Uther? – Merlín trato de sonar algo más amistoso. No tan decaído.
-Gaius me contó que mi padre poseía un collar en el cuello, y que el hechizo que había conjurado el anciano podía curarlo. No fueron sus intenciones matarlo. El hechizo se altero por el collar, cumpliendo con su objetivo. – La voz de Arthur fue monótona, como si hubiese llevado días esperando a que alguien le pregunte por ello.
Entonces…Arthur sabía que las intenciones del viejo eran buenas. Merlín se sintió mejor.
-Entonces, ¿opinas que la magia no es mala? – inquirió, intrigado.
Arthur se paro en seco, y clavo su mirada en la del joven hechicero.
-¿No deberías estar callado? – le respondió él. Merlín sonrió.
-No puedo. El deseo es más fuerte que yo.
-Ya lo creo...– murmuró Arthur, y retomó la marcha. – No, Merlín. Opino que la magia no es tan mala. Pero sigo teniendo mis dudas.
Se hizo un silencio, en donde pareció que ambos estaban meditando todavía la respuesta. Al cabo de unos instantes, Arthur inquirió:
-¿Y tú, Merlín, que opinas de la magia?
Aquello trajo por sorpresa al joven hechicero. Nunca antes le habían preguntado a él que opinaba de la magia, ni mucho menos Arthur. Él no podía dar su veredicto sin arriesgarse demasiado, por lo que medito la respuesta; pero al parecer, Arthur estaba impaciente por ver que contestaba:
-¿Te he cogido a la vanguardia, eh? Vamos, decidme que piensas.
Merlín trago con dificultad.
-Yo no opino que la magia sea mala. En todo caso, la maldad está en que se hace con ella, y quién. – Trato de explicar su ideología lo mejor que pudo, sin expandirse a grandes rasgos.
-¿Entonces opinas que la magia es buena, y sólo depende de quién y para que la use? Eso es una buena manera de explicar las cosas. – Arthur sonrió, pero de pronto callo. Luego, meneo la cabeza, incrédulo. – Vaya, Merlín, a veces, hasta pienso que… - hizo un silencio. – No, nada. Mejor olvídalo.
Pero Merlín no quería olvidarlo.
-¿Piensas qué?
Se tomo unos instantes antes de responder:
-En algunas ocasiones…No sé cómo explicarlo. Mira, la primera vez que nos encontramos, te he tratado mal. Lo admito.
-No tan mal como lo haces ahora. –bromeo el otro. Arthur lo ignoró.
-Pero recuerdo haberte dicho que había algo especial en ti. Y todavía lo creo. – hizo una pausa. – En realidad creo que me escondes algo. Siempre.
El morocho no supo que responder, por lo que optó a reírse.
-Sí tengo algo que esconder, el secreto ya tendría que haberse dicho. Soy malo para ese tipo de cosas.
-En lo general, sí. Pero esta vez…Hay algo raro en ti, Merlín. Y sé que no vas a contarme qué. Y fue por eso que decidí que yo iba a averiguarlo, aunque me pase la eternidad descifrándolo.
-Pues entonces, suerte con eso. – murmuró Merlín.
Arthur enarco las cejas.
-Entonces, sí hay algo…
-Que no te voy a contar. – Merlín termino la frase por él.
El joven hechicero sabía que Arthur nunca iba a descubrir su secreto, no sí él no le decía algo que lo encarrile hacia el camino correcto. Pero cómo no tenía planeado hacer eso, siguió callado, esperando.
Tenía una vaga esperanza de que no tuviese que morir. Tenía la intuición de que alguien lo iba a salvar. No Arthur, otro.
Pese a que había cometido un error, ahora estaba tratando de repararlo. Sí le advirtieron sobre eso, no veía el porqué de que se tuviese que morir. Alguien iba a rescatarlo y curarlo. Y él no tendría que usar la magia, ni decirle a Arthur nada respecto a eso. Por lo que prefirió seguir sufriendo, ahora que era un poco tolerable, a que demostrarle a Arthur su verdadero poder.
Pero sí ya no podía seguir aguantándolo, algún plan de escape se le tendría que ocurrir. Quizás convencer a Arthur que lo deje a solas unos momentos era una buena idea para examinar la herida y ver qué podía hacer por su cuenta…
Mientras seguía pensando que hacer, el cielo ya estaba oscureciendo. Y Arthur no estaba nada contento con eso.
-Pronto tendré que hallar una cueva. No pienso introducirme en el bosque a plena oscuridad.
Y luego de decir aquello, el cielo emitió un sonido grave. Un trueno, seguido por un relámpago.
-Maldición. – murmuró Arthur.
La lluvia no tardo en caer. Aunque el rubio trato de cubrir a ambos con la capa negra, no basto para que él no se mojase todo.
Merlín sentía a cada rato frío y calor, frío y calor…Síntomas de que la fiebre estaba empezando a asaltarlo. No veía la hora de que Arthur paré en una cueva, y le deje hacer una primera guardia. Necesitaba calmar el dolor, al menos eso podía hacer.
Arthur apretó el paso, y luego de varias paradas y retornas de marchas, se decidió por una cueva negra, cuya entrada estaba camuflada por las ramas de un árbol.
Dentro, la humedad afloraba en las paredes, pero al menos estaba seca. Y era un buen lugar donde cabían dos personas que querían refugiarse de la lluvia, la cual se empezó a tornar cada vez peor.
Se había desatado una tormenta, y con ella venia el viento, los truenos y los rayos.
Arthur seguía cargando a Merlín , y la cueva era lo suficientemente alta como para que la cabeza del primero solo rozara con la tierra.
-Ya me puedes bajar. –susurró Merlín, quién sentía dormido los huesos.
Arthur asintió con la cabeza, sin mirarle siquiera.
Dentro, la cueva era oscura, y el rubio no tardó en prender una fogata, que ilumino enseguida el rostro contraído por el dolor de Merlín.
Arthur se desprendió la capa y se la entrego a su amigo, pero cómo sabía que este se encontraba en un pésimo estado, él mismo la deposito sobre Merlín como una sabana.
Merlín se quedo perplejo ante aquel acto.
-Arthur, puedo hacerlo, no estoy tan mal como tú crees. –Aseguro.
El rubio no se molesto en prestarle atención. Y cuando termino de hacer lo suyo, a Merlín no le quedo otra opción que agradecerle.
-Entra en calor, y luego te revisare la herida. No soy un gran maestre, pero algo me puedo defender.
Lo que el joven hechicero necesitaba no era que su amigo lo revise, era que lo deje a solas, para ver lo que le pasaba. Pero no podía planteárselo de esa forma, por lo que asintió con al cabeza y trato de cerrar los ojos, fingiendo no sentir dolor.
A su alrededor podía sentir como Arthur se quitaba la cota de malla, quedándose solamente con la fina camisa bordo de Camelot que siempre llevaba.
Oyó también como se desprendía de su espada, y la dejaba a su lado. Luego, se sentó en el suelo, y Merlín no escucho nada más.
Intrigado, abrió los ojos, se dio la vuelta, y se llevo la sorpresa de que Arthur lo estaba mirando fijamente. Ni siquiera se molestó en apartar la mirada cuando Merlín lo descubrió.
-¿Por qué te fue tan difícil no hacerme caso, Merlín? – Dijo pausada y sombríamente. – Ahora, tal vez, no estarías en este estado.
Merlín bajo la cabeza, lamento.
-Lo siento.
Arthur suspiró y se levanto, para quedarse al lado de Merlín. Se sentó con las piernas cruzadas sobre su regazo, y seguía manteniendo la mirada fija en Merlín.
-Que yo lo sienta no va a cambiar las cosas, ¿Verdad? – pregunto Merlín. Al Rey apenas se le veía la cara, pero los ojos estaban notables. Muy notables.
-No cambiará tu estado, y sólo empeorará el mío. Pero, déjalo estar. Ahora nos preocuparemos por tu herida.
Arthur cambió de lado, para quedar a la izquierda de Merlín. Estaba también más cerca del fuego, y eso le proporcionaba mayor luz.
Cuando retiro la capa, Merlín tirito.
-Acércate más al fuego. – sugirió Arthur. Pero Merlín se quedo fijo en su lugar.
El rubio volvió a suspirar y le levanto la camisa hasta el pecho a Merlín. Y cuando vio la tela manchada de sangre, y el recorrer de un hilillo de esta por la panza de su amigo, sintió que se iba a desmayar.
Nunca había curado a alguien, a decir verdad. Ni siquiera había desinfectado una herida. Para eso estaba Merlín. Pero ahora él tenía que atenderlo, e iba a dar lo mejor de sí.
-Quédate quieto, Merlín.
Agarro su cantimplora y se hecho agua en las manos, aunque eso no le servía para calmar los nervios.
Volvió a buscar su espada y cortó un pedazo de su camiseta. Luego, con cuidado, arranco la tela sucia y volcó un poco de agua. Y con manos algo temblorosas, apretó la herida y empezó a trazar círculos.
-Moja la tela limpia y mantenla apretada en la herida. – murmuro Merlín.
Arthur hizo lo que le pidió, y cuando la tela entro en contacto, Merlín dio un grito ahogado.
-Sería mejor con alcohol, pero no tengo. – susurro Arthur.
Repitió el proceso de apretar, refregar y volcar más agua unas cuantas veces. Pero a la última vez que iba a hacerlo, Merlín le suplico:
-Por favor, no lo hagas. Me haces más daño.
Tenía la cara empapada de sudor, al igual que una parte del cuerpo. El pecho le subía y bajaba lentamente, y Arthur podía notar cuanto esfuerzo estaba haciendo su amigo para poder respirar.
Arthur se sintió un completo inútil, y le dolió haberle hecho más daño a su amigo.
Para terminar con la tarea, corto un pedazo más limpio de su capa, y lo enrolló entorno al tronco de Merlín. Luego, volvió a bajarle la remera.
-Dejara de sangrar un poco, al menos. – murmuro, dolido.
Merlín se dio cuenta, y trato de decir algo, pero Arthur se lo impidió.
-Descansa un poco, Merlín. – Le volvió a subir la capa, y se acerco a la cabeza, donde le planto un beso.
Merlín cerró los ojos, y Arthur se retiró al otro lado de la hoguera. Mirando al fuego, y pensando.
Cuando Merlín se despertó, aún quedaban algunas brasas de la hoguera. Comprobó que Arthur estuviera lo suficientemente dormido y volvió a reanimarlas. Luego, se bajo rápidamente la capa, corrió el vendaje y se observo la herida.
Oh, no. Esto tenía muy mala espina.
Con un rápido y casi silencioso ruido, conjuro unas palabras para que la herida le dejase de sangrar y doler. Aunque iba a seguir allí, al menor no le iba a molestar tanto. Y Arthur se iba a poder sentir un poco mejor.
Trato de incorporarse, sosteniéndose de una de las paredes de la cueva, pero cuando hizo fuerza con las rodillas para levantarse, las fuerzas le fallaron y aterrizo de bruces, con un fuerte ruido.
Arthur se sobresalto y enseguida cogió la espada. Giro la cabeza en todas las direcciones, y cuando vio que no había ningún enemigo, volvió a guardarla. Se fijo en el lugar vacio de Merlín, y se incorporó rápidamente.
-¡MERLÍN! – Gritó, y el sonido sordo de un quejido de Merlín fue el que lo guio hasta él.
-¡Pero, ¿qué estás haciendo?! - su voz contenía ira.
Se acerco a su compañero rápidamente y lo volvió a acostar boca arriba. Pero eso no era lo que quería Merlín, ahora que ya sabía que tan grave era su herida.
No lo entendía. Sí su destino era estar con Arthur, ¿Por qué nadie venia a ayudarlo? Estaba claro que él no podía hacer nada al respecto.
Sus fuerzas casi no existían, y su poder empezaba a decaer. Él no podía salvarse. Alguien tendría que venir. Y rápido. Porque no iba a durar mucho tiempo.
Hizo que Arthur lo sentara contra la pared, y cuando lo consiguió, volvió a pedirle que se arrodillase junto a él.
-No puedo, Arthur. No puedo. – se limito a decir. Se iba a dar por vencido. Nadie iba a venir a rescatarlos.
Al rubio se le desfiguro la cara. Y por segunda vez, las lágrimas volvieron a amontonárseles en los ojos celestes.
-No digas eso, tú puedes, Merlín.
-No, no puedo. Fui un idiota, nunca tendría que haberme ido de tu lado. Y por hacer eso, ahora estoy pagando las consecuencias.
-Eso no es verdad. – Pero Arthur no entendía a lo que se refería Merlín. Era verdad, y era su culpa.
Las lágrimas empezaron a caerle por la mejillas a Merlín, y no le importaba llorar delante del Rey. Si iba a morir, quería que supiese que no le daba vergüenza llorar.
-Merlín, escúchame. No vas a morirte. No si puedo hacer algo al respecto.
Arthur tomo la cabeza de Merlín entre sus manos y lo obligo a levantar la mirada.
-No vas a abandonarme, ¿me oíste? Eres mi amigo, y no vas a abandonarme. – A Arthur se le quebró la voz y se le tensaron los músculos. Estaba desesperado. Merlín se iba a dar por vencido, y él quería hacer que cambie de opinión.
-Duele… - explico Merlín. – Haz algo. – El hechizo que había hecho no había bastado, solo duró unos pocos minutos.
-No puedo hacer nada, Merlín.
-Sí, sí que puedes. – En la desesperación, Merlín ya pensó en su última alternativa: la muerte. Estaba claro: Frederick se lo había dicho: su vida estaba en sus manos, o tal vez no. Y tenía razón: su vida estaba en las manos de Arthur.
El Rey pareció en tender a lo que se refería, y cuando lo hizo, negó rápidamente con la cabeza, y repitió varias veces:
-¡No, no, no, no, no! ¡NO! – Poso unas de sus manos en su pelo y comenzó a tirarse de él, como si quisiera despertarse de algún sueño. Pero, lamentablemente, aquel infierno era verdad. - ¡No puedes pedirme eso! ¿Lo entiendes? ¡NO PUEDES!
Merlín trato de recuperar la compostura, pero la herida le dolía mucho cómo para pensar con claridad.
-Hazlo, Arthur. Por favor. Coge tu espada y termina con mi vida. – susurro, entre gemidos de dolor.
Arthur lo miro a los ojos, y volvió a posar sus manos abiertas en torno a su cara. Se acercó más a él; tanto que pudo sentir el aliento de Merlín.
-No. Voy. A. Hacerlo. –dijo haciendo énfasis en cada silaba.
Merlín lo miro a los ojos, e intentando una vez más, susurró:
-Por favor.
Y para su sorpresa Arthur rompió a llorar. No era un llanto caótico, sino, más bien sus lágrimas empezaron a caer sin sentido por sus pálidas mejillas, mientras observaba impasible a Merlín.
Sucio, llorando y con la mirada pérdida, daba mucha pena.
Arthur se acerco a Merlín, quien tampoco despegaba la vista de él.
Lentamente, el pulgar de Arthur barrió una lágrima que acababa de soltarse de las pestañas de Merlín; mientras que fue descendiendo, y acaricio, con el dedo índice, el labio inferior de Merlín.
Ahora, la vista de ambos no estaba concentrada en sus ojos, sino, en sus labios.
Arthur cerró los parpados, y se acerco aún más a Merlín, hasta cerrar el espacio que había entre ellos dos con un suave beso.
Los labios de Merlín estaban salados a causa de las lágrimas, pero no le importo. Apretó los suyos con fuerza y atrajo la cabeza de Merlín hacía la suya, queriendo borrar cualquier distancia y centímetros que los separaba.
El morocho no tardo en responder. Abrió poco a poco los labios, y con sus manos temblorosas, hundió los dedos en el pelo sucio de Arthur, debatiendo mentalmente si hacia lo correcto.
La tensión entre ambos se disipo por completo cuando se unieron sus labios, y parecía que eso no iba a acabar jamás.
Olvidándose de la herida de Merlín y de su dolor, se sentó a horcajadas sobre él y comenzó a descender los labios hasta el cuello.
-Arthur… - susurró Merlín.
No sabía si aquello era una señal para que siga o para que se detenga. Pero prefirió pensar en lo primero, por lo que continuo.
Las manos inexpertas de Merlín acariciaron la espalda de Arthur por debajo de la remera, y pudo percibir lo tensos que estaba sus músculos.
Arthur volvió a ubicar sus labios en los de Merlín, pero esta vez, el morocho respondió de otra forma. Abrió más la boca, permitiéndole a Arthur entrar en ella, y cuando lo estaba por hacer, un ruido fuera los hizo volver a tierra.
Arthur se separo bruscamente de Merlín y giro la cabeza hacia la entrada, donde dos figuras se detuvieron.
-Mierda. – susurro Arthur.
Se levanto rápidamente y apago el fuego con lo poco que quedaba de su agua. Luego, cogió su espada y arrastro a Merlín consigo unos cuantos metros, hasta doblar hacia la derecha, en donde la cueva se transformaba en un escondite.
Arthur se tropezó y cayó de espaldas a la pared, y arrastro consigo a Merlín, que cayó de espaldas sobre su pecho.
Y cuando se iba a cambiar de posición, Arthur le susurro:
-No te muevas.
Y le señalo hacia el corredor.
Las figuras que habían visto estaban ahora dentro de la cueva, muy cerca de ellos.
Merlín contuvo el aliento y apoyo pesadamente la cabeza contra el hombro de Arthur. Estaba totalmente explayado sobre el cuerpo del rubio, y la forma en la que estaban le hizo desear otras cosas, pero no podía pensar en eso ahora.
Bastante inesperado había sido que besara a Merlín.
Pero no se arrepintió. Había querido hacer eso desde hacia tiempo.
-¿Por qué me bésate? – le susurró Merlín al oído.
-¿Por qué no me paraste? – respondió Arthur.
Se miraron y sonrieron como dos idiotas. Pero la mueca de Merlín cambio rápidamente, adoptando una de dolor.
-Aguanta, ya casi es de día. Esta amaneciendo. Y en cuanto se hayan largado esos tipos, te llevare a Camelot.
Pero ambos sabían que sí, llegaban o no, Merlín no iba a sobrevivir. No sin magia. Y para encontrar a Emrys tenían que hacer un largo trayecto, e iba a ser en vano. Porque Emrys, para cuando llegara Arthur, iba a estar muerto.
Las dos figuras comenzaron a moverse, y se acercaron más y mas al escondite en donde estaban los dos tirados.
Iban a encontrarlos.
La luz que portaban se hizo visible, y cuando Arthur maldijo en voz baja, uno de los otros imploro:
-¡Los he encontrado!
Se acercaron rápidamente hacia ellos, y apartando la espada, iluminaron sus rostros:
-Vaya, sí tenemos a Arthur Pendragon y a su sirviente, Merlín. Quién, por cierto, no se encuentra en buen estado.
Arthur reconoció al viejo que se hallaba detrás. Lo había visto antes. ¡Era el viejo druida!
-Por favor, salvadlo. – le rogo.
El viejo dirigió su mirada hacia él, y luego hacía Merlín. Y sonriendo amablemente, se acerco a ellos.
-Sabes quién soy. – no era una pregunta sino un hecho.
Arthur asintió con la cabeza. Sentía como Merlín iba desfalleciendo lentamente.
-Salvadlo. –repitió.
El acompañante del viejo lo observo durante unos segundos, y luego, cogió en brazos a Merlín.
-Herida interna. Pulmón izquierdo dañado. Esto va a doler. – estaba claro que su acompañante no era un druida, sino un aprendiz.
Arthur se incorporo lentamente, y cuando quiso acercarse hacia donde habían depositado a Merlín, el viejo druida se lo prohibió:
-Vamos a terminar con el dolor. – murmuro. Sus ojos se dirigieron a la espada que su ayudante había cogido de Arthur. – Lo siento, Arthur.
Y cómo si todo fuese extraño para él, Arthur no respondió nada.
El viejo druida se acerco a Merlín, y se intercambiaron los papeles. Ahora el ayudante estaba impidiendo que Arthur interrumpiera.
-Merlín, ¿puedes oírme? Voy a salvarte. Voy a hacer que el dolor desaparezca.
Merlín no contesto. Aunque su pecho subía y bajaba lentamente, estaba claro que volvía a estar inconsciente.
Arthur sintió, de pronto, un amor hacía la magia. Una inmensa gratitud si salvaban a su amigo. Una gran deuda con ella. Y pronto se acordó de las palabras de Merlín: la magia no era mala, sino que la maldad estaba en quienes querían hacer el mal con ellas.
El druida volvió a levantar la mirada hacia Arthur, quien lo miro perplejo y desorientado. Y cómo si se estuviera disculpando, el viejo sonrió con tristeza y saco de sus bolsillos una pequeña y plateada daga.
Y pronto Arthur comprendió. Iban a calmar el dolor, sí. Pero para siempre.
Iban a matarlo.
Cuando reacciono, ya era tarde. El ayudante lo tenía tomado por detrás, procurando inmovilizarlo con magia si era necesario.
Y al comprobar que así lo había hecho, Arthur comenzó a gritar:
-¡No puedes hacer esto! ¡No puedes matarlo! ¡NO A ÉL! ¡NO A ÉL!
El druida no lo escucho, y lentamente, comenzó a levantarle la remera. Cortó los vendajes y la sangre volvió a manar como un rio.
Arthur estaba desesperado. No podía haber hecho tanto para nada. No podía haber confiado en aquel hombre, para que lo matase. No, no podía. Debía haber un error.
Merlín no tenía que morir.
El druida apoyo la hoja en la herida de Merlín, y mientras Arthur gritaba incoherencias, maldiciones y ruegos, clavo la daga con decisión.
Merlín gimió bajito, y luego se calló.
Arthur cayó de rodillas frente al cuerpo inerte de Merlín, y comenzó a llorar. Las palabras no le salían, lo único que podía hacer era llorar y expresar su dolor mediante las lágrimas.
¿Merlín, muerto? ¿Luego de todo lo que habían pasado?
No, imposible. No podía ser verdad.
Y había tantas cosas que le quería haber dicho….
Estuvo arrodillado varios minutos, librado al fin del ayudante del druida.
El viejo todavía no se había ido, y murmuraba incoherencias sobre el cuerpo de Merlín.
Arthur no quería mirarlo. Ni siquiera quería dirigir sus fuerzas contra él. Atacarlo no serviría de nada. Merlín ya estaba muerto.
Oyó como el viejo volvía a incorporarse. Luego, se dirigió hacia Arthur.
-Hice lo mejor que pude. Sin la copa de la vida en mis manos, es difícil salvar una vida.
Arthur tuvo ganas de gritarle infinitas cosas, pero se limito a seguir llorando. Se limito a seguir existiendo, inmóvil en su lugar. Hasta que el druida poso su mano sobre su hombro, en una muestra de afecto.
El rubio la retiro con desprecio y asco, y se incorporo para hacerle frente y gritarle todas las cosas que tenía ganas de decirle:
-¡No vuelva a ponerme las manos encima! ¡No luego de lo que le hizo a mi amigo! ¡Usted no tenía que haberlo matado! – las lágrimas volvían a caerle sobre las mejillas, pero no le importo llorar delante del druida.
-¡Usted es un hombre cruel! – siguió. - ¡No merece la vida! ¡Merlín era alguien digno, bueno! ¡Nunca mato a alguien y si lo hizo, fue en defensa propia! ¡Nunca…
-Lo sé – lo interrumpió el druida.
Aquello hizo enfurecer más a Arthur.
-¿Y si lo sabe, porque lo hizo? ¿Porque mato a mi amigo? – pregunto en un susurro apenas audible, cargado de dolor.
El druida iba a responder, pero un ruido atrás suyo le gano de mano.
Arthur levanto la cabeza, y observo como Merlín volvía a la vida.
-Tu amigo está vivo. Nunca ha estado muerto, Arthur Pendragon.
El rubio lo miro, lleno de sorpresa. Y sin esperar una explicación, se abalanzó sobre Merlín.
-¡MERLÍN! – grito, lleno de alegría.
Una gran sonrisa se le dibujo en el rostro de Arthur, y cuando fue a arrodillarse al lado de Merlín, este lo miro confundido.
A Arthur no le importo como se encontrase, y lo abrazó amigablemente. Lo abrazo como nunca lo había hecho. Y, raramente, Merlín no le había devuelto el abrazo.
-Merlín… - susurro Arthur.
Poso una mano en la mejilla de Merlín, pero este la rechazo. Y con una voz fría y llena de confusión y desorientación, preguntó:
-¿Quién eres?
….Y la sonrisa de Arthur se remplazo nuevamente por las lágrimas….
¿El Fin?
Bueno, bueno. ¿Les gusto? Como verán, me gustan los finales trágicos. Pero este no es del todo trágico, ya que Merlín está vivo. Y, quién sabe, todo puede suceder Las dejo con la duda….
¡Nos veremos!
