CAPÍTULO 3
Justo antes del crepúsculo, atravesaron la muralla de Ravenswood. Kagome siempre había sabido que Ravenswood lindaba por el sur con la propiedad de su padre, aunque nunca había comprendido lo cerca que estaban en realidad.
Pero la proximidad física era lo único que tenían en común, porque jamás había visto un lugar más deprimente.
Desde luego, su capacidad de comparación era bastante limitada, puesto que sólo había visto el castillo de su padre. Aún así, dudaba que ningún otro lugar sobre la Tierra pudiera ser menos acogedor que el siniestro edificio que tenía justo delante.
Mientras contemplaba el desolado y oscuro torreón, Kagome tiró de las riendas de su caballo para que se detuviese. La miseria más absoluta y desagradable la rodeaba desde todos los ángulos.
El desaseado patio no tenía ninguna flor ni ningún arbusto en sitio alguno. La maleza era lo único que parecía haber en abundancia.
Un grupo de pollos esqueléticos picoteaba el suelo yermo y cacareaba, mientras los perros remoloneaban por los aledaños del patio.
A esas tempranas horas de la tarde, tan sólo un puñado de hombres haraganeaba por allí. Y ninguno dio la bienvenida a su señor. Continuaron haciendo sus cosas: sacando agua del pozo, atendiendo a los caballos y empacando el heno, como si temiesen incluso mirar al lord. Y en verdad, ella había visto a los piojos muertos moverse más rápido que cualquiera de ellos.
Kagome frunció el entrecejo, y se volvió sobre su montura para examinar la muralla interna.
— ¿Milady? —Preguntó Miroku—. ¿Qué estáis buscando?
— Una señal que indique que acabamos de atravesar la puerta hacia el Averno —dijo antes de poder evitarlo.
Horrorizada ante el desliz de su lengua, Kagome se apretó el puño contra los labios.
Miroku echó la cabeza hacia atrás y estalló en estruendosas carcajadas.
— Conservad vuestro sentido del humor, milady —dijo cuando se serenó—. Vais a necesitarlo —Miroku se apeó del caballo y entregó las riendas a su escudero—. Y no tengáis miedo alguno de ofenderme. Os aseguro que tengo la piel más dura que la de un jabalí.
— Y una enorme cabeza a juego con ella —murmuró Inuyasha mientras desmontaba y le daba las riendas a un joven mozo de cuadra.
— Muy cierto —admitió Miroku mirando a su hermano—. Y por esa razón te gusto tanto.
Inuyasha se quitó el yelmo, la cofia y el acolchado de la cabeza, y se los entregó a su escudero, que salió corriendo con ellos.
— Sólo hay una cosa que me gusta de ti.
— ¿Y es?
— Tu ausencia.
Miroku se lo tomó con calma y le dirigió una sonrisa a Kagome.
— Ahora podréis entender por qué tengo la piel dura.
Kagome le devolvió la sonrisa mientras la ayudaba a bajar del caballo.
Ese tipo de bromas entre Naraku y Onigumo siempre le habían hecho sentir incómoda, pero no la molestaron cuando Miroku e Inuyasha las hicieron. Quizás porque, al contrario que entre Naraku y Onigumo, no parecía haber animosidad real entre ellos. Era casi como si las batallas verbales fuesen una competición privada para ver quién conseguía decir la última palabra.
— Me temo que encontraréis Ravenswood muy diferente de Warwick —dijo Inuyasha mientras Miroku la dejaba en pie delante de él.
Le dio las gracias a Miroku mientras recorría con la mirada las viejas y oscuras escaleras de piedra que llevaban hasta la gruesa puerta de madera. No había nada acogedor ni cálido en aquel hogar. Nada en absoluto.
No era de extrañar que el hombre fuese tan rudo.
— Me las apañaré, milord. Simplemente presentadme a vuestra ama de llaves y yo…
— No hay ama de llaves —la interrumpió él.
— ¿Cómo decís?
Inuyasha se encogió de hombros.
— No tengo más que un puñado de sirvientes. Ya os daréis cuenta de que no soy un hombre dado a perder el tiempo en frivolidades.
Si no fuese por el hecho de que ella sabía que había empleado a veinte caballeros, ganado numerosos torneos en el continente y que había sido recompensado más que generosamente por el rey Bankotsu, se habría cuestionado su solvencia. Pero Lord Inuyasha era un hombre rico, con valores, supuestamente, incluso mayores que los de la corona.
Criticarle no conseguiría que el hombre al que pretendía seducir se encariñase con ella; Kagome suspiró.
— Muy bien, milord. Me las apañaré —repitió.
Inuyasha le ordenó a Miroku que buscase a alguien que se encargara de descargar las carretas.
— Os mostraré vuestros aposentos —le dijo, y entonces se dio la vuelta y comenzó a subir los escalones.
Aturdida, a Kagome le llevó todo un minuto darse cuenta de que debía seguirle. ¡No podía creer que el hombre no le hubiese ofrecido su brazo! Nadie le había hecho antes un desaire semejante.
Por lo menos, tuvo la decencia de mantener la puerta abierta para ella.
Recogiendo sus faldas, entró en el vestíbulo, y entonces se detuvo de repente.
Había un olor indescriptible en la casa, algo semejante a la madera podrida, humo y otras cosas demasiado apestosas para considerarlas siquiera. La menguante luz del sol se colaba a través de las contraventanas de madera cerradas, mostrándole la abundancia de juncos podridos, la chimenea apagada y las tres desvencijadas mesas colocadas en mitad del salón. Cinco perros correteaban por allí, rebuscando entre los juncos, y la superficie de las mesas parecían no haber conocido en su vida algo semejante a la limpieza.
A pesar de que lo intentó con todas sus fuerzas, no pudo evitar que su nariz se arrugara de disgusto. Se cubrió con la mano en un intento de sofocar el hedor.
Examinando rápidamente el salón con la mirada, se fijó en la carencia de estrado y de la mesa para el lord.
— ¿Dónde está vuestra mesa, milord?
— No tengo ninguna —dijo él mientras la rodeaba para dirigirse hacia el piso superior.
¿Había sido sarcasmo lo que había detectado en su voz? No estaba segura, y él no detuvo su andadura.
Apresurándose a seguirle, ascendió por las escaleras, llenas de corrientes de aire. Por lo menos, allí arriba, el hedor disminuía, así que pudo respirar normalmente.
Él se detuvo en la cima de las escaleras y empujó una puerta para abrirla. Dio un paso atrás para permitirle la entrada, con una mano extendida hacia la puerta y la otra en el puño de su espada.
Kagome tragó con dificultad mientras pasaba a su lado. Estando tan cerca de él podía escuchar su respiración, sentir la calidez de su aliento sobre la piel.
Abrumada por su presencia, seguir hacia delante fue todo lo que pudo hacer para no inhalar el crudo, agradable e indómito olor del cuero y las especias.
Nunca en su vida se había sentido de esa manera. Sin aliento. Tan excitada.
Así de viva y sensible.
De nuevo, la imagen de un león negro atacando se le vino a la mente, porque el conde era así de salvaje e imprevisible. Letal y desconcertante. Por un momento, se le ocurrió la idea de que él podría atraparla en un instante y hacer con ella lo que quisiera. No tendría fuerzas suficientes para detenerlo.
Pero el hecho fue que él ni siquiera se acercó a ella, y eso sólo aumentó la curiosidad de Kagome. Y la atracción que sentía por él.
Buscando algo que le mantuviese alejado de sus pensamientos, se detuvo y contempló la austera habitación, que rivalizaría con la de cualquier monasterio por lo espartana que era.
Todos sus pensamientos tiernos hacia él se evaporaron.
— Esto no me sirve en absoluto —dijo ella, horrorizada ante la mera idea de tener que pasar una sola noche en aquella inhóspita habitación.
— Dijisteis que os las apañaríais.
Ella lo miró con escepticismo.
— Creí que tendríais una casa, señoritingo, no un calabozo —Kagome se arrepintió de sus palabras en cuanto salieron de su boca, pero él no mostró el más mínimo signo de furia, ni de cualquier otra cosa.
Se quedó de pie en la puerta, apartado. La luz del sol, que se estaba poniendo, tiñó de tonos rojizos sus cabellos, y se reflejó en el gélido dorado de sus ojos.
Tenía la espalda completamente recta, su mano izquierda descansaba sobre la empuñadura de su espada, y la miraba como si estuviese evaluando su temple.
— Me temo que Bankotsu no me dio tiempo a hacer las preparaciones convenientes para que vuestra estancia resultara más confortable. Enviaré a Hachi para que cambie el colchón y ponga sábanas nuevas.
— Milord —empezó ella, sabiendo que debería guardar silencio sobre ese asunto, pero demasiado reacia a no decirlo—. Espero que no os lo toméis a mal, pero vuestra casa es horrible, y escasamente adecuada para que vivan las personas.
— Decidme, milady, ¿existe una manera buena de tomarse esa declaración?
— No —admitió ella—. Pero no me quedaré aquí a menos que se hagan algunos cambios.
Su mirada se endureció.
— Os quedaréis aquí, sin importar lo que pase.
— Os aseguro que no.
La furia llameó en sus ojos, tan intensa que Kagome dio un involuntario paso hacia atrás. Pero se negó a acobardarse completamente.
— Vos haréis lo que os digan, señora.
Eso la sacó de sus casillas. Conocía su condición de señora, pero con esa posición venían ciertos derechos, y ese hombre había violado rápidamente cada uno de ellos.
— No soy uno de vuestros hombres para que me deis órdenes, y tampoco soy vuestra esposa.
— Cierto, sois mi rehén.
— No, soy la pupila del rey. ¿No es eso lo que él dijo? —Si no lo conociera mejor, habría jurado que vio un brillo de humor en aquellas profundidades heladas—. Y mi padre me contó que el rey había dicho que todo lo que me hicieran a mí, se lo harían a él. ¿No es eso correcto también, milord?
— Lo es.
— Entonces os pregunto: ¿esperaríais que Su Majestad Real durmiera en este cuarto?
Inuyasha no sabía qué lo había sorprendido más: que ella tuviese las agallas de plantarle cara o que sus argumentos demostrasen semejante juicio. En verdad, sabía que su casa no era más que una apestosa pocilga. Su vida giraba en torno a la guerra, no en torno al hogar.
Jamás había podido soportar Ravenswood, y gustosamente se habría ido de allí para siempre, o dejado que la torre se desmoronara hasta los cimientos. Era únicamente su deber hacia el rey lo que le hacía permanecer allí. Ravenswood era una de los puntos clave del reino. Estratégicamente situado entre el norte y el sur, se necesitaba a alguien leal al rey que lo controlara.
A pesar de eso, no podía permitir que una dama de buena cuna soportase aquellas instalaciones. Tales cosas eran la especialidad de su padre.
— Muy bien, milady. Me aseguraré de informar a mi mayordomo que debe llevar a cabo cualquier modificación que deseéis hacer.
— ¿Eso incluye a una ama de llaves?
— Si es necesario...
— Lo es.
Inuyasha asintió e hizo todo lo posible para ignorar la dulce fragancia floral de su cabello castaño. Si no le fallaba la memoria, era madreselva. Habían pasado más años de los que podía contar desde la última vez que había estado tan cerca de una dama. Pero de una cosa estaba seguro: ninguna otra mujer le había hecho desear con tanta intensidad acariciar la cremosa suavidad de sus mejillas.
Había algo en Lady Kagome que le llegaba hasta lo más hondo de una manera desconcertante.
De hecho, apenas podía obligarse a permanecer quieto y no inclinarse para capturar esos labios con los suyos. ¿Serían tan dulces y suaves como parecían?
Su necesidad de comprobarlo rayaba en la desesperación.
¿Qué había en esa mujer que lo atraía tanto?
Y entonces lo supo. Tenía un cuerpo tan bien formado como ninguno que hubiese visto, y un coraje que podría rivalizar con el de cualquier hombre. Y era el coraje lo que él valoraba por encima de todas las cosas.
— Lo dejo en vuestras manos —dijo quedamente, intentando no fijarse en el hecho de que su coronilla le llegaba justamente hasta la barbilla. Era una mujer alta, de la talla perfecta para su dolorido y hambriento cuerpo.
¡Por los pulgares de San Pedro! Tenía que alejarse de ella. Inmediatamente.
Señor, no podía pensar más que en el lecho que estaba tan sólo unos metros más allá. Un lecho que raramente se había usado, pero del que deseaba desesperadamente sacar partido mientras tuviese a esa mujer en su habitación.
Sí, incluso con los ojos abiertos de par en par, podía verse a sí mismo tumbándola en la cama, despojándola de sus ropas y comprobando por sus propios medios la riqueza de su piel, blanca como la leche, y el dulce sabor de su carne.
Enterrándose profundamente en la cálida humedad que había entre sus muslos.
Todo su cuerpo se incendió de necesidad.
— Os enviaré a Hachi para que habléis con él —dijo, y se volvió para salir de allí mientras aún podía.
Ella extendió una mano para agarrarle del brazo. Inuyasha se quedó completamente inmóvil ante su vacilante contacto. Semejante gentileza le era desconocida, y pocos, o más bien ninguno, le habían tocado deliberadamente, a menos que fuese para causarle una herida de algún tipo.
No podía ni hablar mientras le echaba un vistazo a su femenina mano, que descansaba inocentemente sobre su antebrazo. Aquellos dedos, largos, esbeltos y graciosamente ahusados, con las uñas bien arregladas. Quedarse quieto fue todo lo que pudo hacer para no tomarlos en su mano, llevárselos a la boca y probar la dulzura y la delicadeza de sus yemas.
¿Se hacía ella la más mínima idea de cómo aquella descuidada caricia le hacía arder por fuera y por dentro?
— Disculpad mi insolencia, milord. Normalmente no suelo ser tan desconsiderada.
Él alzó la mirada de su mano para contemplar aquellos exóticos ojos café oscuro, que le recordaban a una fuente de chocolate.
— Vuestro padre os describió como la más gentil de las doncellas que hubiese nacido alguna vez.
Una delicada sombra de rubor coloreó sus mejillas, haciéndole desear deslizar los labios por sus pómulos y por sus largas pestañas. Saborear su aliento con la lengua.
Jamás descubriría su sabor, se recordó. Las mujeres como ésta traían la muerte con ellas, y nunca perdería el control de sí mismo. Nunca rendiría su cuerpo a las urgencias que abrasaban sus ingles.
— Mi padre exagera a menudo mis virtudes, milord.
— Pero no exageró vuestra belleza —susurró él.
¿Cómo había escapado eso a su control?
Su rubor aumentó, y la mirada de placer en su rostro casi consiguió derretirlo.
Inconscientemente, se acercó a ella, deseando inhalar más su dulce, intoxicante y femenina fragancia; deseando sentir sus brazos alrededor de él como si…
¡Retrocede! Rugió su mente antes de perder aún más el control.
Sin otra palabra, Inuyasha hizo lo que no había hecho jamás en su vida.
Se retiró del conflicto.
No miró ni una sola vez hacia atrás mientras abandonaba la habitación, descendía las escaleras y entraba en el decadente salón. Su cuerpo entero se estremecía por la lujuria reprimida que ella había despertado en él; se sacudía violentamente con la necesidad.
No podía recordar la última vez que había tenido una mujer, pero había sido primitivo, básico y rápido, como todos sus encuentros con el bello sexo. Ni una sola vez había deseado permanecer junto a una mujer, más que el tiempo estrictamente necesario para aliviar su cuerpo.
Pero Kagome era diferente. No se le ocurría nada más maravilloso que pasar una noche entera haciéndole el amor, lenta y metódicamente. Acariciando cada centímetro de su cuerpo con sus manos, sus labios y su lengua.
¿Por qué sentía eso por ella? No lo sabía. Acababan de conocerse y ya…
No tenía ningún sentido, de ninguna de las maneras.
Cerrando los ojos, apoyó la espalda contra el frío muro de piedra. Debía ser el hecho de que había jurado no tocarla.
Sí, eso debía ser.
Era su fruta prohibida, y aunque ella pudiera tentarle implacablemente, no haría caso. Había jurado sobre los huesos de los dedos de San Pedro y por su honor que no le pondría una mano encima, ni por furia ni por lujuria. ¡Cumpliría su voto aunque eso le volviera loco!
A solas en sus aposentos, Kagome se sentó sobre la pequeña mesa que había frente a la ventana, picoteando de su comida. En verdad, le preocupaba comer cualquier cosa de allí. Dadas las repugnantes condiciones en que se encontraban las paredes, sólo podía pensar que las cocinas estarían muchísimo peor.
Hachi, un mozalbete próximo a la veintena, había cambiado la paja de su colchón y le había proporcionado sábanas nuevas. Su doncella, Sango, había barrido el viejo polvo de la habitación y había limpiado el hollín de la chimenea. Seguía siendo una habitación deprimente, iluminada tan sólo por un candelabro de pared que sostenía dos velas de sebo, pero al menos estaba limpia. Por esa razón le había dicho a Sango que instalara su camastro en esa cámara hasta que pudiesen echarle un vistazo al resto de la torre.
Mientras bebía un sorbo de su amargo vino, la puerta de la habitación se abrió.
—Inuyasha, yo... —La voz de Miroku se interrumpió al verla sentada junto a la ventana.
Kagome frunció el entrecejo ante su intrusión y depositó la copa de nuevo sobre la mesa.
Las cejas del hombre se unieron sobre sus ojos.
— ¿Dónde está Inuyasha?
— No lo sé, milord. ¿Por qué lo buscáis aquí?
— Éstos son sus aposentos.
Kagome notó que se había quedado con la boca abierta ante tales noticias. Con renovado interés, contempló el simple lecho y las austeras sillas de madera. ¿Por qué le habría cedido Inuyasha su habitación?
— Me dijo que debía permanecer aquí.
Miroku pareció aún más confundido.
— Perdonadme, milady, por la intromisión.
Y después se fue. Kagome observó fijamente la puerta cerrada. ¿Por qué, en nombre del cielo, habría hecho Inuyasha una cosa así? Si no lo conociera mejor, habría pensado que había más de una razón lujuriosa que justificaba su caridad, pero el hombre parecía totalmente indiferente en lo que a ella se refería.
No, sus acciones no tenían ningún sentido en absoluto.
Suspirando, alejó esos pensamientos de su cabeza y preparó una lista mental de las cosas que debería hacer al día siguiente para conseguir que ese lugar fuese un sitio adecuado para vivir.
Una hora más tarde, Sango se reunió de nuevo con ella y le dijo que todas sus pertenencias habían sido descargadas y que serían llevadas a sus aposentos al día siguiente. Ambas se colocaron la ropa de cama y después se metieron en el lecho con las velas aún ardiendo, por si acaso algo más preocupantes que las chinches aguardaba para atacar en la oscuridad.
Kagome se pasó la noche inquieta y revolviéndose. Su cuerpo no estaba acostumbrado a un colchón tan duro y poco fragante, y como no había pasado jamás una noche fuera de su propia habitación, no podía habituarse a los nuevos sonidos y olores de la torre.
Y por si eso no fuese lo suficientemente penoso, cada vez que lograba dormirse era atrapada por sueños sobre un oscuro, apuesto y enigmático hombre. Un hombre atemorizante a la vez que seductor.
Nunca había conocido a nadie como Inuyasha, y no sabía cómo tratarle. Un aura de fuerza y peligro parecía adherirse a su cuerpo, advirtiéndole que, si él quería, podría ser verdaderamente aterrador.
Si él quería…
Había sido muy amable hasta ese momento, pero demasiada gente parecía temerle, incluyendo a su padre, para que ese único hecho la hiciese quedarse tranquila.
Sus pensamientos volvieron hacia Naraku y Kikyo. Naraku parecía tratar a Kikyo respetuosamente, pero Kagome lo había pillado golpeando a su caballo con una espuela rota. Y cuando su escudero había dejado caer su espada accidentalmente, había visto a Naraku atizarle al muchacho un buen golpe con el revés de su mano.
Si su padre respetaba a un hombre así, y le llamaba su hijo y su aliado, entonces ¿cómo sería el hombre al que llamaba su enemigo?
¿Era el conde de Ravenswood el ogro que aseguraban las leyendas?
¿Cómo podría saberlo alguna vez?
Cuando llegó la mañana, Kagome le dio la bienvenida, y también al alivio que le proporcionó librarse de esos obsesivos pensamientos. Con la ayuda de Sango, se puso una túnica azul claro con un velo blanco, y bajó rápidamente a desayunar.
Hizo una pausa en la puerta mientras inspeccionaba el salón vacío. ¿Dónde estaba todo el mundo?
No podía haberse perdido la comida, ¿o sí?
Confundida, salió por la puerta delantera de la torre. Los hombres de Inuyasha estaban aún entrenando en la liza. Y por su apariencia, llevaban haciéndolo desde hacía algún tiempo.
En la parte exterior del campo, Miroku estaba sentado sobre el suelo, apoyando la espalda contra un manzano para tomar un descanso mientras animaba a los dos caballeros que estaban luchando con las espadas.
No vio a Inuyasha por ningún sitio. Recogiéndose las faldas, descendió los escalones y se encaminó a través del patio hacia el lugar donde los hombres estaban entrenando.
Mientras rodeaba el torreón, descubrió al instante dónde se encontraba Inuyasha. Era el más alto de los hombres, y parecía estar entrenándose mucho más seriamente que los otros. La luz de los comienzos de la mañana arrancaba destellos de su cota negra y de su escudo, del mismo color.
Le rodeaba un grupo de cuatro hombres, y estaba haciendo un espléndido trabajo defendiéndose de todos cuando éstos le atacaban casi simultáneamente. Jamás había sido testigo de semejantes agilidad o velocidad. No era de extrañar que la gente cantara sus alabanzas, pensaba mientras le veía desviar su espada de uno de los atacantes para atajar el golpe del hombre que estaba detrás de él.
Por Dios, no sabía que un hombre tan grande pudiese moverse con semejante gracia y facilidad. Dudaba mucho que incluso Marte o Ares pudiesen luchar mejor.
Absolutamente sobrecogida, observó cómo desviaba cada estocada con asombrosa precisión mientras giraba en una macabra danza para encontrarse con el siguiente asalto, y conseguía hacer retroceder al atacante sobre sus talones.
Fue en ese momento cuando comprendió que ese hombre podría derrotar fácilmente a su padre en la batalla. A pesar de la increíble fuerza de su progenitor, le había visto entrenar las veces suficientes como para saber que no era rival para la habilidad de Lord Inuyasha.
Aquel pensamiento le hizo sentir náuseas.
— ¡Buenos días, hermosa Kagome! —dijo Miroku saludándola.
Al escuchar su nombre, Inuyasha se volvió en su dirección y dejó su lucha. Tan pronto como se detuvo, uno de sus hombres lo golpeó en la cabeza desde uno de los lados.
Inuyasha maldijo audiblemente mientras giraba hacia el hombre y levantaba su espada.
Kagome, que se había apresurado a ir hacia él en cuanto lo golpearon, vaciló al oír el fiero grito de batalla. Jamás había escuchado semejante rabia. No podía imaginar lo que sería tener que enfrentarse a la embestida de la espada de Inuyasha.
El hombre que había golpeado al señor dejó caer su espada, se arrodilló muerto de miedo, y alzó el escudo sobre su cabeza a la espera del golpe que recibiría. Los otros tres caballeros se retiraron rápidamente del ejercicio.
La espada de Inuyasha formó un arco hacia el hombre que permanecía agachado, y, justo cuando ella estaba segura que le cortaría la cabeza, detuvo la hoja a un centímetro escaso del escudo levantado del hombre.
Todo pareció congelarse durante el instante en que la espada se mantuvo allí. Tan cerca, pero sin tocarlo realmente.
Inuyasha permaneció tan quieto como una estatua. Kagome no tenía ni idea de cómo había logrado mantener la increíble estocada bajo control antes de cortarle al pobre caballero primero el escudo, y después el brazo.
Después de una dilatada pausa, Inuyasha clavó su espada en el suelo frente al agazapado caballero.
Kagome se acercó a ellos lentamente, asombrada ante el hecho de que Inuyasha ni siquiera jadeaba a causa del ejercicio.
— En pie, Hakudoshi—dijo él con voz tranquila—. Comprendo que eres nuevo en mi compañía, pero deberías saber que yo jamás te golpearía porque me dieses una buena estocada cuando estaba distraído. Me giré hacia ti únicamente porque pensé que me atacarías de nuevo.
El caballero bajó su escudo y se quitó el yelmo. Se pasó un brazo por la frente, cubierta de sudor.
— Perdonadme, milord. Mi último instructor no era tan comprensivo.
Inuyasha extendió el brazo y lo ayudó a ponerse en pie.
— Id y tomaos el desayuno.
Hakudoshi hizo rápidamente lo que él le había ordenado.
Kagome frunció el entrecejo cuando Miroku se detuvo a su lado. Lord Inuyasha no parecía estar herido, a pesar de que la fuerza del golpe había sido considerable.
— ¿Os encontráis bien, milord? —le preguntó.
— Me temo que lo peor será el zumbido en los oídos —dijo Inuyasha mientras se sacaba el yelmo de la cabeza.
Kagome dejó escapar un grito ahogado cuando vio el reguero de sangre que descendía desde su sien.
— No, milord, me temo que lo peor es el corte que tenéis sobre la ceja.
Enemigo de su padre o no, no pensaba permanecer frente a una herida abierta y no hacer nada. Se volvió hacia Miroku.
— Mi doncella está arriba, en mis aposentos. Por favor, decidle que vaya en busca de mi costurero y de una copa de vino.
Con una inclinación de cabeza, Miroku se dispuso a obedecer.
Kagome tomó la mano de Lord Inuyasha para conducirle hasta un lugar a la sombra, pero cuando ella comenzó a caminar, él no se movió.
Desconcertada, se giró para mirarlo.
Tenía el ceño fruncido y la miraba con recelo.
— ¿Por qué me tocáis? —preguntó.
Kagome miró hacia abajo y observó con sorpresa que sus manos estaban unidas. Le soltó inmediatamente.
— No quise ofenderos, milord. Lo único que pensaba era que podría atender mejor vuestra herida si estuvieseis sentado.
— Mi escudero puede atender mi herida.
Ella enarcó una ceja.
— Milord, si la cicatriz de vuestro cuello es una evidencia de la habilidad del muchacho, entonces os ruego que me permitáis coser vuestra frente. Me estremezco sólo de pensar la cicatriz que él os dejaría ahí.
Como si hubiese escuchado su nombre, el escudero apareció desde uno de los lados de la torre. Tenía un taburete en su mano derecha, un cuenco en la izquierda y una toalla de lino colgada sobre el hombro.
— Lord Miroku me dijo que os trajese esto, milord —le dijo a Inuyasha—. También he traído paños y agua.
Lord Inuyasha se quedó quieto un momento, como si estuviese discutiendo consigo mismo, y al final dijo:
— ¿Dónde queréis que sitúe el taburete, milady?
Por alguna razón, Kagome se sintió como si le hubiese vencido en una escaramuza.
— Allí, por favor —dijo ella, señalando el lugar en el que Miroku había estado descansando antes.
El muchacho corrió para obedecerla.
Ella encabezó la comitiva, con Inuyasha a no más de un paso por detrás. Mientras caminaba, podía sentir su mirada sobre ella, como una gentil caricia. Percibió que él deseaba mucho tocarla, aunque la mera idea le resultaba ridícula, especialmente dado el tono de su voz al preguntarle por qué le estaba tocando, para empezar.
El escudero colocó el taburete donde ella le había indicado, y después escapó a la carrera para retirar la espada y el yelmo de su amo del campo de entrenamiento.
Inuyasha se aposentó sobre el taburete mientras Kagome sumergía una esquina del paño en el agua.
No fue hasta que él se libró de los guantes de malla y los balanceó sobre sus muslos cuando Sango llegó con el costurero y el vino.
— Gracias, Sango—dijo ella, quitándoselos de las manos y colocándolos sobre el suelo junto al cuenco del agua.
Para su consternación, Sango, que permanecía de pie detrás de Inuyasha, observó la parte de atrás de la cabeza del caballero y después encontró la mirada de su señora y se dio unas palmadas en el pecho, dando a entender que su corazón latía tan rápido como el de Kagome. Por si aquello no fuese lo suficientemente malo, Sango convirtió su mano en un puño y se mordió el dedo índice mientras su lujuriosa y hambrienta mirada recorría el cuerpo del hombre de cabo a rabo.
El rubor inundó las mejillas de Kagome ante los expresivos gestos de su doncella.
En ese momento, Inuyasha alzó la cabeza para observar a Kagome, y viendo hacia dónde se dirigía su mirada, se volvió y pilló a Sango todavía mordiéndose el dedo.
La sonrisa de Sango desapareció inmediatamente, y sacándose el dedo de la boca, lo agitó y dijo:
— ¡Malditas pulgas! Algunas me picaron anoche.
Lord Inuyasha parecía mucho menos que convencido cuando se volvió hacia Kagome.
Sango intercambió una mirada con ella y alzó las cejas varias veces.
— ¿Milady tiene todo lo que desea? —preguntó Sango en un tono que significaba «estaré encantada de dejarles a solas».
— Sí, Sango, gracias.
— Si milady me necesita para cualquier otra cosa —Kagome se encogió ante la forma en que sango acentuó la palabra—, por favor, no dudéis en llamarme.
— No lo haré, Sango. —Kagome le dirigió una elocuente mirada—. Gracias.
Sango hizo otro gesto con el que simulaba besar la cara de Lord Inuyasha, y después se encaminó rápidamente hacia la torre.
Avergonzada hasta el fondo de su alma, Kagome abrió el costurero.
— Decidme, milady, ¿vuestra doncella está poseída por algún demonio que le obliga a realizar esos extraños movimientos?
Sonriendo, Kagome enhebró una aguja, se colocó a su lado y recogió la toalla mojada.
— Si ese demonio tiene un nombre, milord, me temo que deberemos llamarle Malicia.
Limpió la herida de Lord Inuyasha. Su frente estaba caliente al tacto y, al contrario que su padre, Lord Inuyasha no se quejó cuando el paño raspó su piel. Se limitaba a observarla fijamente, con una intensidad que le chamuscaba la piel.
— La mayoría de las damas habría golpeado a sus sirvientas ante semejante insolencia.
— Bueno, no puedo ser tan hipócrita como para castigarla por un pecado que también he estado cerca de cometer yo.
La mirada de él se suavizó.
— Sí, tengo la impresión de que podríais ser una buena maestra en esos asuntos.
— Comparativamente hablando, ella no es más que un aprendiz y yo soy el maestro artesano.
Cuando introdujo los dedos entre los negros mechones para mantenerlos lejos de la herida, se quedó aturdida por su suavidad. Su cabello era tan fino como la seda, y se deslizaba entre sus dedos. Jamás había sentido nada como aquello, ni como el calor que su presencia provocaba dentro de ella. Sentía su propio cuerpo vibrante y cálido, poseído por un terrible palpitar.
— Oléis a manzana y a canela —dijo él con voz ronca.
Kagome hizo una pausa, sosteniendo el paño contra su ceja.
— Es el perfume que usa mi hermana —dijo ella suavemente—. Siempre le he dicho que atraería más a las moscas y a las abejas que a los hombres.
Él frunció el entrecejo.
— ¿Entonces por qué lo lleváis?
— La echo de menos, y llevarlo me reconforta.
Él apartó la mirada.
Humedeciéndose los labios con la lengua, Kagome introdujo la aguja y el hilo en la copa de vino.
Inuyasha estaba sentado con las piernas abiertas y las manos apoyadas en las rodillas. Kagome trataba de no fijarse en el modo en que la rodeaba mientras se situaba entre sus muslos para coser la herida. Ni el modo en que sus pechos se pusieron extrañamente tensos y repentinamente pesados al estar a la altura de sus ojos.
Y cuando él aventuró una mirada hacia ellos, Kagome sintió un peculiar y poderoso dolor entre las piernas.
Tragó con dificultad para desechar las rarezas de su cuerpo mientras se disponía a coser la ceja.
— Me temo que esto os dolerá un poco.
— Os aseguro, milady, que ya me han cosido las suficientes veces como para no notarlo.
Él lo demostró ciertamente mientras ella terminaba la primera puntada. Permaneció tan quieto como una estatua. Su padre habría maldecido y se habría apartado, como todos los hombres a los que había cosido. Pero Lord Inuyasha se limitó a permanecer sentado, con la mirada fija en el suelo a sus pies mientras le daba tres diminutas puntadas para cerrar la herida.
Apartándose un poco, cogió las tijeras del costurero.
— Tenéis unas manos muy delicadas —dijo él con una voz profunda que sonó extraña a los oídos de ella.
— Gracias, milord. No está en mi naturaleza hacer daño a las personas.
Cortó el hilo, y se agachó a por la bolsa de hierbas que guardaba en el cesto. Mientras preparaba una cataplasma que disminuyese la hinchazón, sentía la mirada de él observando cada uno de sus movimientos.
¿Qué había en esa gélida mirada que le hacía estremecerse y la acaloraba al mismo tiempo?
De nuevo, se preguntó cómo sería besarle. Kikyo le había dicho que besar era la mejor parte del abrazo de un hombre, y algo en su interior le decía que los besos de Inuyasha serían, de hecho, maravillosos.
— ¿Qué os trajo al campo de entrenamiento esta mañana, milady? —preguntó él.
Kagome mezcló las hierbas con el vino.
— Me preguntaba por qué no había nadie en el salón para desayunar.
— No es mi costumbre hacerlo hasta media mañana —apartó la mirada y ella respiró hondo, tratando de aliviar el ardor que le producían sus ojos—. Le diré a Shippo que informe al cocinero de que tiene que levantarse más temprano para preparar algo de comer para vos.
— ¿Shippo? —preguntó ella mientras extendía la cataplasma sobre su ceja. Su piel era muy diferente de la suya. Era suave, pero no delicada. Era, simple y llanamente, masculina. Y cálida. Terriblemente cálida, y muy perturbadora para la tranquilidad de una doncella virtuosa.
— Mi escudero.
— Ah —dijo ella mientras terminaba sus menesteres. Cuando se inclinó para alcanzar la toalla, su cadera rozó inadvertidamente la parte interior del muslo del hombre.
Inuyasha resopló abruptamente, y se puso de pie tan rápido que ella dio un grito involuntario.
Antes de que pudiera disculparse, él se había alejado tanto que ya no la oiría.
Inuyasha realizó largas y profundas inspiraciones mientras luchaba contra la lujuria que invadía todo su cuerpo. Le dolían los muslos como si alguien hubiese colocado un hierro al rojo vivo sobre ellos. Y tenía las ingles tan duras y calientes como si el mismo infierno se hubiese instalado sobre su regazo.
Si se hubiese quedado durante un momento más a su lado, los habría deshonrado a ambos.
Sin otro pensamiento que poner la mayor distancia posible entre ellos, se encaminó hacia el establo, que, desgraciadamente, estaba ocupado por Miroku.
— Creí que estarías en la torre —le espetó Inuyasha a su hermano, que permanecía de pie frente al improvisado camastro que había fabricado la noche anterior.
— Me enteré por Shippo de que habías trasladado tus pertenencias aquí, y vine a asegurarme de que era cierto.
Inuyasha intentó ignorarlo mientras se quitaba la sobreveste.
— ¿Dónde está mi escudero?
— Comiendo, la última vez que lo vi. Espera, deja que te ayude.
Inuyasha le dio la espalda a Miroku para que su hermano pudiera desabrochar y desatar su armadura.
— ¿Por qué cediste a la dama tus habitaciones?
Inuyasha tensó la mandíbula.
— No es asunto tuyo.
— Lo sé, pero es que nunca te he visto actuar de forma tan extraña.
Cerrando los ojos, Inuyasha deseó que Miroku se largase de una vez. Pero le conocía lo bastante bien como para saber que Miroku no se iría hasta haber conseguido las respuestas que buscaba. Era el más molesto de los hábitos de un hombre que, de por sí, tenía un montón de hábitos molestos.
— Le cedí mi habitación porque era el cuarto más limpio de la torre, y trasladé mis cosas aquí porque si permanezco lejos de ella no podré hacerle daño.
Percibió que Miroku apretaba la cota de malla con fuerza entre sus dedos.
— ¿Cuántas veces tengo que decirte que no eres tu padre?
Inuyasha se libró de su sujeción, y después se sacó la pesada cota por la cabeza.
— No me conoces tan bien como piensas, hermano.
Miroku le dedicó una mirada cargada de ira.
— Nunca te he visto golpear a alguien cuando estás furioso. ¿Por qué…?
— ¿Y qué me dices de tu brazo? —preguntó Inuyasha, interrumpiéndole.
El enojo se esfumó de su semblante a la vez que su rostro empalidecía considerablemente.
— Éramos unos chiquillos, Inuyasha, y fue un accidente.
— Eso no tiene importancia —dijo él, tratando de desterrar de su mente la imagen de su hermano tumbado en el suelo, herido por su propia mano—. Casi te mato aquel día.
— Jamás has levantado una mano contra mí desde entonces.
— Porque nunca me has puesto furioso.
Miroku resopló.
— Bien, ciertamente no ha sido por falta de esfuerzo de mi parte.
— Yo no lo encuentro divertido.
— Mira —dijo Miroku triunfalmente—. Ahora estás enfadado conmigo, pero aun así no has intentado hacerme daño.
— Eso no es lo mismo —insistió él—. No puedo… no —se corrigió Inuyasha—, no correré semejante riesgo con la seguridad de ella. No cuando he jurado impedir que nada le haga daño alguno.
Miroku suspiró.
— Vaya. Esperaba que su presencia hiciera que te dieses cuenta de que puedes estar con una mujer y no hacerle daño.
Inuyasha deseó poder creer eso. Pero se conocía muy bien. Le poseía la misma furia que a su padre, y no era capaz de detenerla.
¿En cuántas ocasiones, durante la batalla, había matado sin tan siquiera darse cuenta? Una vez que la furia se apoderaba de él se volvía un mero títere. No sentía nada, no veía nada, no sabía nada hasta que no acababa.
Y entonces era demasiado tarde para el pobre alma que se hubiese cruzado en su camino.
Habiendo presenciado la muerte de su propia madre bajo esa clase de furia, no podía arriesgar a sabiendas la vida de la mujer o la de sus herederos.
No, la maldición de su sangre se acabaría con él. Se aseguraría de ello.
Con una mirada de hastío en el rostro, Miroku se apartó del poste de madera y salió del establo.
Inuyasha terminó de quitarse la armadura y se puso una túnica negra y unas calzas.
Cuando abandonó el establo, vio que Kagome volvía a la torre con Shippo a su lado. Ambos se reían de algo. El melodioso sonido de su risa invadió sus oídos.
Qué no daría él por ser libre para bromear con ella, y por ver que sus ojos se iluminaban con la diversión.
Con la cabeza erguida, su chocolate pelo castaño y el velo flotando tras ella, era una criatura seductora y llena de gracia.
Y, por primera vez en su vida, deseó que Miroku tuviese razón
¿Cómo sería llevar la vida de un hombre normal? ¿Sentarse frente al hogar mientras su dama se encargaba de sus quehaceres y atendía a sus hijos?
¿Que le mirase con una sonrisa dedicada únicamente a él?
Vendería lo que le quedase de alma por algo así.
Pero aquello era un sueño que había tenido que dejar atrás hacía mucho tiempo. Y en ese momento, la presencia de Kagome en su hogar lo había traído de nuevo a la superficie con tanta fuerza que maldijo el decreto de Bankotsu.
Por mi honor, yo, Inuyasha de Taisho, conde de Ravenswood, juro que jamás dejaré a Lady Kagome en manos de la violencia o la lujuria. Ella dejará mi compañía de la misma manera en que vino, o yo deberé atenerme a la justicia del rey, cualquiera que sea.
Aunque fuera la última cosa que hiciese, cumpliría ese juramento, y que su cuerpo y sus necesidades se fuesen al infierno.
Continuara…
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