Capitulo con algunos diálogos eróticos están avisados ee jeje

Capitulo 4

Kagome se acababa de sentar a desayunar con Sango cuando, de repente, la puerta del torreón se abrió de par en par. Le dedicó un ceño fruncido a su doncella mientras un montón de gente se adentraba en la habitación en un frenesí de actividad.

Un hombre alto y enjuto, de alrededor de treinta años, lideraba la comitiva, y llevaba un librito negro apretado contra su costado derecho. Su pelo negro era fino y corto, y parte del flequillo caía continuamente sobre sus ojos, a pesar de las veces que él lo retiraba hacia atrás. Llevaba una túnica de color naranja brillante, y su lengua impartía órdenes a una asombrosa velocidad.

— Tú, allí —le dijo a una de las quince mujeres—. Elige a otras tres y empezad inmediatamente a limpiar el piso superior. Quiero a cuatro mujeres fregando la cocina, y el resto de vosotras podéis empezar aquí. Maese carpintero —se volvió hacia el anciano barbudo que estaba a su derecha—. Como podéis ver, este salón debe ser completamente restaurado —extendió el brazo izquierdo señalando los lúgubres y descoloridos muros—. Hay que apuntalarlos, pintarlos y… bueno, cualquier cosa que se os ocurra. Quiero que esto tenga un ambiente luminoso y fresco. Hogareño. Sí, eso es —dijo con una sonrisa satisfecha—, vamos a esforzarnos por conseguir un ambiente hogareño.

— ¿Milady? —preguntó Sango—. ¿Quiénes son estas personas?

— No lo sé —dijo Kagome—. Pero supongo que el hombre de la túnica naranja debe ser el mayordomo de Lord Inuyasha.

O algún lunático que había aparecido de repente en el salón del lord para empezar a cambiar las cosas. No, tenía que ser el mayordomo. Como si él estuviese escuchando sus pensamientos, el hombre se acercó a ella.

— Buen día, milady —dijo él con la cara iluminada y alegre—. Soy Denys , el mayordomo de Lord Inuyasha —se colocó el libro delante, lo abrió por la página que tenía marcada con una pluma de ganso y lo colocó sobre la mesa junto a ella. Cogió una redoma de tinta del pequeño bolso que tenía atado al cinto y le quitó la tapa. Hundiendo la pluma en la tinta, alzó la vista para dirigirse a ella—. Se me ha dicho que pregunte por vuestras necesidades particulares.

Antes de que pudiera contestar, se produjo otra conmoción en la puerta.

— Abrid paso —gritó alguien.

La muchedumbre se apartó como si del Mar Rojo se tratase mientras un grupo de cuatro hombres atravesaba la puerta cargando un enorme cabecero. Los hombres se detuvieron en cuanto estuvieron en el salón, y apoyaron la pieza de caoba, intrincadamente tallada, sobre el muro del fondo.

— ¿Puede alguien decirnos dónde tenemos que dejar esto? —preguntó un joven, jadeante.

— Bueno, ciertamente no en el salón —murmuró Denys en voz baja. Atravesó la habitación e hizo un gesto señalando las escaleras con el cañón de la pluma—. Escaleras arriba, a la derecha, en la habitación de la dama.

Denys se volvió hacia uno de los sirvientes de Lord Inuyasha y le dio instrucciones para que les mostrara el camino.

Estupefacta, Kagome contempló a los hombres mientras acarreaban con esfuerzo su nuevo cabecero por las escaleras.

— ¿Qué está pasando aquí? —le preguntó a Denys cuando regresó a su lado.

Él se estiró la manga meticulosamente y, entonces, la miró a los ojos.

— Lord Inuyasha me despertó una hora antes del alba y me ordenó que comenzase con los preparativos para vuestra estancia. Dijo que el torreón debía tener el mismo aspecto que si el rey en persona estuviese con nosotros.

Denys recorrió con el dedo la lista de artículos que había escrito en su libro.

— Se me ha dicho que encuentre un ama de llaves, un cocinero mejor y otro fabricante de cerveza. Hay que solicitar arbustos y flores, y otro jardinero. Más ganado y gallinas —dijo frunciendo el ceño mientras buscaba en la lista—. Me han pedido que consiga muchas gallinas.

— ¿Gallinas? —preguntó ella, también confundida.

— Sí, coloradas, dijo Su Señoría. Sólo gallinas coloradas para la señora.

Kagome se rió al pensarlo.

Denys observó de nuevo sus notas.

— El ama de llaves se llama Kaede, y dijo que podría estar aquí esta tarde. Es viuda y parecía muy agradable. Si tenéis algún problema con ella, decídmelo y me encargaré de solucionarlo inmediatamente. Ahora, ¿qué otras cosas os hacen falta? —de nuevo, volvió a colocar la pluma en posición para anotar sus órdenes.

Kagome se sentó, completamente perpleja. Cuando le había hablado a Lord Inuyasha la noche anterior, había asumido que sería ella quien se encargase de poner las cosas en orden. Lo más que había esperado era el ama de llaves, y quizás una o dos chicas de la aldea para que la ayudasen con la limpieza. Nunca habría previsto un ejército de ayudantes que se encargaran de todo, y mucho menos los demás artículos que Lord Inuyasha había solicitado.

— Soy incapaz de pensar en nada más —dijo ella. Miró a su doncella, cuyo rostro reflejaba su propio asombro—. ¿Sango?

— Nada, milady. Parece ser que Su Señoría ya ha pensado en todo.

Satisfecho, Denys colocó de nuevo la redoma de tinta en el bolso y cerró su libro.

— Muy bien, entonces. Vos y vuestra sirvienta podéis permanecer tranquilas sabiendo que yo me encargo de todo. Si se os ocurre algo más que pudieseis necesitar, por favor, no dudéis en decírmelo.

— Gracias —dijo ella, abrumada por la generosidad de Draven.

Denys ya había empezado a alejarse de la mesa cuando se le ocurrió una idea.

— Esperad, ¿Denys?

De un salto, literalmente, él se encontró de nuevo a su lado.

Pensando en lo peculiar que era ese hombre, Kagome hizo un gesto con la mano señalando el lugar en que debería encontrarse la mesa del señor.

— ¿Por casualidad no ha solicitado Su Señoría una mesa y un estrado?

Kagome habría jurado que la cara del mayordomo había perdido su color.

— No, milady, no lo hizo.

— Entonces, puede que debáis agregar eso a vuestra lista.

Él vaciló.

— No creo que eso fuese muy inteligente, milady.

— ¿Y por qué no?

— Inuyasha está poco acostumbrado a la suntuosidad de la aristocracia —oyó decir a Miroku.

Kagome miró sobre su hombro para observarle de pie tras ella, con las manos a la espalda.

¿Cuánto tiempo llevaba allí?

— Eso no es algo suntuoso, Miroku —dijo ella—. Es lo que se espera.

— En otros salones, quizás, pero no aquí —Simon escrutó la actividad reinante—. Como siempre, Denys, estoy impresionado por tu minuciosidad.

— Es un placer complaceros, milord.

Miroku soltó una carcajada.

— Y lo haces. A Inuyasha en cambio...

— Esto es lo que él ordenó —replicó Denys, a la defensiva.

— Sí, pero estoy impaciente por ver la cara que pone cuando descubra esta refriega.

Denys asintió como si entendiese lo que Miroku había querido decir.

Kagome, por el contrario, estaba bastante perdida.

— Bien entonces —dijo Denys—, si no hay nada más, volveré al trabajo. Tengo que supervisar —Denys miró a Miroku—, y volver a supervisar.

Miroku dio su permiso y entonces retiró los brazos de su espalda para mostrar a Emily la hogaza de pan recién hecho que tenía en las manos.

— Lo cogí de la carreta del panadero. Lo trajo del pueblo, y pensé que os gustaría más que el que tenéis.

Ella se lo agradeció mientras él lo colocaba en el plato de madera y cortaba una rebanada.

— Huele deliciosamente —dijo ella, cogiendo un pedacito y metiéndoselo en la boca.

Y cubierto de miel y mantequilla sabía aún mejor.

Tragando el pan, miró a Miroku mientras él echaba un vistazo al salón.

— ¿Por qué creéis que a vuestro hermano no le agradará? —le preguntó.

— A él le gustaría más que este sitio se derrumbara sobre su cimientos que tener que verlo de nuevo —pareció volver en sí mismo en cuanto se dio cuenta de lo que había dicho—. ¿Lo dije en voz alta?

— Sí, lo hicisteis.

Miroku meneó la cabeza, extrañado.

— Entonces, puede que Inuyasha tenga razón; debería morderme la lengua.

— Pues a mí me gustaría que no lo hicierais —replicó ella—. Porque me gustaría mucho saber qué tenéis que decir.

— Y entonces desearía habérmela tragado. Si Inuyasha me pillase aireando sus pensamientos, buenos o no, me la cortaría en un santiamén.

Ella podía entender bien su deseo de no provocar el enfado de su hermano. Por lo que había visto, Inuyasha podía hacerle mucho daño a alguien cuando le poseía la furia.

— Ahora, milady —dijo Miroku con una pequeña reverencia—, si me disculpáis, debería quitarme esta armadura, porque me está molestando en lugares que no debería mencionar en compañía femenina.

Sin saber muy bien qué responder a eso, contempló a Miroku seguir su camino entre las sirvientas que fregaban y los obreros.

— Éste es un lugar extraño, milady —dijo Sango cuando se quedaron de nuevo a solas.

—Y que lo digas —Kagome compartió el pan con su doncella—. ¿Por qué crees que Lord Inuyasha se niega a tener una mesa propia?

— No tengo la menor idea. Quizás por la misma razón que vos compartís el pan con vuestra doncella.

Kagome sonrió dulcemente.

— Eres más un familiar que una sirvienta, ya lo sabes.

— Sí, pero ¿no creéis que a Lord Miroku le pareció muy extraño encontraros aquí sentada conmigo?

Ella asintió.

— Sin duda, mi costumbre le resultó tan extraña como a mí me parece la de Lord Inuyasha. Pero dudo mucho que Lord Inuyasha considere a sus sirvientes como su familia. Por lo que he visto, permanece solo la mayoría del tiempo.

No, había mucho más en Su Señoría. Cosas que ni siquiera podía empezar a imaginar.

— Por si no os habéis dado cuenta, milady —dijo Sango, captando su atención—, Lord Inuyasha os ha proporcionado la oportunidad perfecta para ir en su busca.

— Estaba pensando exactamente lo mismo —dijo Kagome empujando su plato a un lado—. Después de todo, lo menos que puedo hacer es agradecerle sus esfuerzos.

— Un beso sería una bonita manera de agradecérselos.

— Sango —la reprendió ella—, yo nunca podría ser tan… tan… atrevida.

Sango se rió con tantas ganas que se atragantó con el pan.

Kagome le dio unas palmaditas en la espalda.

— No le encuentro la gracia.

— Supongo que no, milady, pero vuestro comentario la tenía, ciertamente —dijo ella, tosiendo para aclararse la garganta—. No creo haber conocido la época en que no fuerais atrevida.

Kagome se mordió el labio juguetonamente.

— Lo sé. Es terrible que digan cosas así de mí.

— Terrible o no, si milady desea atrapar al cuervo, debe poner la trampa; y nadie puso jamás una trampa eficaz siendo melindroso con el señuelo —Sango se puso de pie y tiró a Kagome de la túnica para bajar el escote.

— ¡Sango! —rogó Kagome encarecidamente mientras trataba de colocarlo de nuevo en su lugar.

— Oh, es sólo un poco —dijo ella, estirando el velo de Kagome y dejando un mechón del rizado pelo libre de la cubierta de lino, a la derecha de su rostro.

Sango inclinó la cabeza para estudiar el rostro de Kagome, y entonces entrecerró los ojos.

— No —dijo sacudiendo la cabeza—. Demasiado monjil para nuestras intenciones.

Extendiendo los brazos, Sango desprendió el velo de la cabeza, colocó las horquillas en su boca y ahuecó y alisó el cabello de Kagome con las manos.

Una vez más, Sango examinó durante algunos segundos antes de asentir y quitarse las horquillas de la boca.

— Ahora sí. Hermosa como un ángel. Pero recordad, no son pensamientos angelicales los que debéis tener.

Kagome puso los ojos en blanco.

Sango pellizcó las mejillas de su señora para darles algo de color.

— Humedeceos los labios y listo.

Kagome hizo lo que le había dicho.

— Deséame suerte.

— Suerte, milady, y mucha fortuna.

Con una inspiración profunda para infundirse valor, Kagome fue en busca de Lord Inuyasha para agradecerle sus atenciones como se debía.

En lo más negro de la noche, Inuyasha subió los tortuosos escalones que conducían a sus aposentos. Más cansado de lo que se había sentido jamás, sentía el familiar dolor en su rodilla, el dolor producido por una herida rápidamente olvidada.

Todo lo que quería era tranquilidad, soledad, un lugar donde nadie lo molestase. Un lugar donde pudiese olvidarse del mundo y donde el mundo se olvidase de él.

Le dio un empujón a la puerta.

Inuyasha no dio más que un paso hacia el interior del cuarto, y entonces se quedó paralizado.

Kagome estaba sentada en una enorme tina bruñida. Se había recogido su largo pelo chocolate en la parte superior de la cabeza, y varios mechones se rizaban sobre sus cremosos hombros.

La luz de una docena de velas fabricadas con cera de abeja resplandecía sobre su piel desnuda, blanca como la leche. Y a Inuyasha se le hizo la boca agua por el deseo de saborearla.

Sin percatarse de su presencia, ella alzó un delicado brazo y restregó un lienzo con la pastilla de jabón. Podía escucharla tararear una suave y alegre tonada mientras pasaba el paño lentamente sobre su brazo, dejando un rastro de espuma.

Su cuerpo reaccionó inmediatamente a la situación; la contempló mientras ella inclinaba la cabeza hacia un lado y acariciaba la carne del cuello con sus largos y esbeltos dedos. Inuyasha se mordió los labios mientras se imaginaba cómo sabría esa piel si la tomase entre sus dientes y jugueteara sobre ella con su lengua.

Empezó a jadear; no podía apartar la mirada de ella mientras Kagome empezaba a enjabonarse los pechos con suaves caricias, masajeándose. Extendió los dedos sobre los tiernos montículos, jugueteando con los endurecidos pezones, cubriéndolos con más espuma y haciendo que sus ingles se pusieran más calientes y más duras de lo que jamás habían estado.

Inuyasha no pudo soportarlo. Inconscientemente, se acercó a ella.

La punta de su espada rozó contra el marco de la puerta, alertándola de su presencia.

Alzando la mirada, Kagome se quedó con la boca abierta mientras saltaba para cubrirse con las manos, derramando el agua sobre el borde de la tina y salpicando todo el suelo alrededor.

Los ojos de ambos se encontraron, clavándose los unos en los otros, y una lenta sonrisa se dibujó en el rostro de la joven mientras abría los brazos audazmente para dejar a la vista sus pechos desnudos, regalándole la vista con la maravillosa imagen de sus ojos abiertos de para en par y su cuerpo desnudo.

Entonces, para el absoluto asombro de Inuyasha, ella salió del agua como una tentadora ninfa, completamente despreocupada por su desnudez.

Él fue incapaz de moverse mientras se daba un festín con la visión de su cremoso cuerpo resplandeciendo como seda líquida a la luz de las velas.

Se le secó la boca, y arrastró la mirada desde la parte superior de su cabeza hasta sus esculturales pechos y la estrechez de su cintura. Pero lo que más atrajo su mirada fueron los mojados y oscuros rizos que aparecían entre sus muslos. Rizos que parecían atraerle con la promesa de un húmedo y resbaladizo calor que le daría la bienvenida a los reinos del paraíso.

¡Por todos los santos!, Le parecía la criatura más adorable de la tierra.

— Os estaba esperando, milord —dijo ella mientras la expresión de su rostro se suavizaba.

Inuyasha no podía hablar.

Ella pasó la pierna sobre el borde de la tina y se aproximó a él con el lento y seductor caminar de una experta cortesana.

Completamente hechizado, seguía sin poder moverse. Ni siquiera cuando ella se detuvo delante de él y extendió la mano para acariciar su cara. La fiebre hizo erupción en su cuerpo, y le permitió que ella inclinase su cabeza mientras se alzaba sobre las puntas de los pies para alcanzar sus labios.

Ella apretó los pechos contra la armadura mientras envolvía los brazos alrededor de su cuello.

Rodeando su mojado y desnudo cuerpo con los brazos, Inuyasha tomó posesión de su boca, completamente embelesado. Gimió cuando saboreó la miel de su aliento, de su lengua. El aroma a madreselva llenó su cabeza, y cerró los ojos, deleitándose con el sonido de su acogedor suspiro mientras recorría su cadera con las manos, ahuecándolas sobre sus nalgas y apretándola contra él.

De algún modo, descubrió que su armadura yacía en un charco a sus pies, y que estaba completamente desnudo ante ella, mientras Kagome le recorría el pecho con las manos.

Inuyasha trazó un círculo de besos alrededor de la mujer, desde sus labios, pasando por su cuello hasta sus hombros. Se colocó detrás, deslizando las manos sobre sus pechos tensos mientras ella se arqueaba contra su pecho. Enterró los labios en su nuca y ella jadeó de placer.

— Te deseo,Inuyasha—susurró, y aquella voz logró que su cuerpo se elevase hacia nuevas cotas de necesidad.

Descaradamente, ella tomó sus manos y las colocó de nuevo sobre sus pechos.

— Haz conmigo lo que quieras.

Echando la cabeza hacia atrás, Inuyasha soltó su grito de guerra mientras deslizaba las manos desde sus pechos hasta sus brazos y sus manos. Entrelazó los dedos con los de ella y entonces colocó las manos de la mujer sobre la pared que tenían enfrente.

Sí, tendría lo que quería de ella esa noche. Al diablo su juramento y al diablo su pasado. Durante ese instante, lo único que sabía es que sentía como si le perteneciera. Como si fueran a concedérsele todos sus deseos.

Su peinado se deshizo en un montón de rizos. Enterró el rostro en su melena e inhaló la esencia de ella. Kagome alzó una mano y la enterró en su pelo.

— Te amo, milord —susurró ella, y por alguna razón que Inuyasha no pudo examinar a fondo, aquellas palabras no le aterraron.

Entonces, ella se dio la vuelta para tenerlo cara a cara, y tomó sus labios con los de ella. Exploró atrevidamente su cuerpo con las manos, con pasión, frotándose contra él, aumentando su deseo hasta convertirlo en una necesidad voraz.

— Sabes tan dulce —susurró ella, dejando los labios y trazando un sendero a lo largo de su mandíbula hasta el cuello.

Inuyasha aspiró con fuerza el aire entre los dientes cuando ella succionó la carne de su cuello. Entonces ella empezó a descender. Bajó por su pecho, su abdomen, su ombligo, y, cuando lo tomó dentro de su boca, creyó que muy bien podría morirse allí donde estaba.

Pero no lo hizo. En cambio, enterró una mano en su cabello y se estremeció mientras los escalofríos de placer estallaban en todo su cuerpo. Los labios y la lengua de ella jugueteaban con él implacablemente, haciéndole experimentar un éxtasis abrasador. Y justo cuando creía que no podría resistirlo más, ella se apartó y se puso lentamente de pie.

Kagome tomó su mano y la llevó al dulce néctar que había entre sus muslos, hacia el húmedo calor que le decía que estaba preparada para él.

— Ven dentro, cariño; está caliente y acogedor —murmuró ella.

Temblando por la invitación, Inuyasha no vaciló. La apretó contra la pared y se introdujo en ella hasta el fondo. Kagome soltó un gemido en su oído mientras se ponía de puntillas, y después descendió sobre su miembro.

Era el paraíso. El auténtico y bendito paraíso. Aquello que él jamás imaginó que alcanzaría.

Empezó a moverse para llegar hasta él.

— Sí, Inuyasha, así —gemía ella insistentemente mientras le exprimía el cuerpo con el suyo propio.

—Kagome—dijo él por fin, disfrutando de la sensación que producía aquel nombre en sus labios mientras se retiraba ligeramente para zambullirse profundamente de nuevo en ella.

— Milord —dijo Kagome, aún más insistentemente que antes.

—Kagome—suspiró él.

— ¡Milord!

Inuyasha se despertó con un sobresalto cuando alguien lo agarró por el hombro. Su primer instinto fue acabar con su atacante, y apenas pudo contenerse antes de rendirse a ese instinto de autoprotección.

Parpadeó un par de veces mientras observaba unos exóticos y brillantes ojos cafés situados en un sorprendido rostro. Los mismos ojos de gato con los que acababa de soñar.

Kagome estaba de pie junto a él, totalmente vestida. Y aquella no era su habitación, donde el sueño había tenido lugar. Era el viejo huerto que había detrás del torreón.

— ¿Os encontráis bien? —preguntó ella.

— Sí —dijo él con voz ronca, cambiando de postura para evitar que ella viese su poderosa erección, que sobresalía como una cucaña de tres metros.

No sabía qué le molestaba más: que hubiese interrumpido su sueño o que le pillase en medio de una fantasía juvenil, una de esas que no tenía desde que era un mozalbete.

¿Cómo podían traicionarle sus propios sueños de esa manera?

Y aún peor, en un castillo lleno de gente, ¿por qué tenía que haber sido Kagome quien lo hubiese despertado?

¿Era posible que se sintiese más avergonzado?

No, ni siquiera aunque hubiese sido el propio Papa el que lo hubiese despertado.

— ¿Estáis seguro de que os encontráis bien? —preguntó ella de nuevo—. Tenéis la cara muy roja. —Extendió la mano para tocar su frente.

Por un momento, Inuyasha se quedó inmóvil. Deseaba tanto que lo tocara que se había quedado paralizado.

Hasta que, finalmente, recobró el juicio. Poniéndose en pie de un salto, puso a una distancia prudencial entre ellos, porque si ella volvía a tocarlo mientras la pasión del sueño aún lo torturaba, mucho se temía que se rendiría a las necesidades de su cuerpo y la tomaría allí mismo.

— Estoy bien —insistió, agradeciendo a todos los santos que su túnica fuese tan larga que ocultara su bochornosa condición a los ojos de ella.

— ¿Estáis seguro de que vuestra herida no se ha infectado?

Inuyasha rechinó los dientes al recordar lo que había ocurrido esa mañana. Primero le permitía distraerle hasta el punto de ser golpeado, y ahora…

¿Qué diablos le estaba pasando? Siempre había sido capaz de mantener el control.

Kagome se detuvo delante de él y cogió el libro que él había estado leyendo antes de dormirse. El escote de su túnica era tan bajo que, sin darse cuenta, ella le ofreció una amplia visión del profundo valle entre sus pechos, y de esos deliciosos y apetitosos montículos. Se quedó sin aliento ante la textura cremosa de su piel.

¡Y su maldito cuerpo se puso aún más duro!

Maldiciendo por lo bajo, intentó distraerse mirando una intrincada pieza de caoba que había apoyada contra la pared que había tras ella, y el cerdo que vagaba fuera de su pocilga.

No ayudó en absoluto. Ni siquiera un poco.

— ¿Peter Abelard? —preguntó ella, y su suave voz lo hechizaba de tal manera que, sin darse, cuenta la miró a los ojos.

Esos ojos...

¿Qué había en ellos que le atraía tanto? Eran de un café profundo, terroso, y brillaban con una especie de luz interior, una especie de espíritu que no sabría definir.

Y de repente esos ojos parecieron aturdidos.

Dándose de puntapiés mentalmente, respondió a la pregunta de la mujer con la primera tontería que se le vino a la cabeza.

— ¿Os parece extraño que lea los escritos de un monje?

Ya que en esos momentos el sol brillaba en lo más alto y arrancaba destellos a su achocolatado cabello, pensamientos de monje era lo último que se le pasaba por la mente.

— Encuentro extraño que leáis cualquier cosa.

— Yo podría decir lo mismo de vos, milady —añadió él secamente, quitándole el libro de las manos—. No sabía que Myoga se molestase en instruir a sus hijas.

— Yo podría decir lo mismo de Inu no—Kagome se mordió los labios en cuanto las palabras salieron de su boca y vio la furia que encendía los ojos de él. No era su intención ofenderle—. Es decir…

— Os entendí perfectamente, milady —dijo Inuyasha con un tono tirante y formal.

No era así como había pretendido que transcurriera ese encuentro. Pero Kagome no había esperado que estuviese tan irritable. Especialmente después de haber escuchado la ternura con que pronunció su nombre mientras le sacudía un hombro para despertarle.

¿Qué demonios le pasaba a ese hombre?

Tratando de subsanar cualquier agravio que le hubiese provocado inadvertidamente, le explicó la peculiar educación que había recibido.

— Mi padre consideró inteligente que aprendiéramos a leer para asegurarse de que nuestro mayordomo no le estafase su dinero. Siempre creyó que una mujer instruida sería de ayuda.

La amargura oscureció los ojos del hombre.

— Y mi padre tenía la creencia de que, mientras su mayordomo temiese por su vida, no osaría esquilmar a su señor, instruido o no.

Eso concordaba con lo que siempre había oído sobre los señores de Ravenswood. Su implacable brutalidad se había convertido en leyenda hacía mucho tiempo.

Aún así, no creería por nada del mundo que el vivaracho Renkotsu temiese por su vida. De hecho, parecía más que satisfecho con su puesto.

— ¿Es esto otra muestra de vuestro grosero humor? —preguntó ella, recordando lo que Miroku le había dicho sobre Inuyasha.

Su rostro no cambió ni un ápice.

— Descubriréis que no tengo ningún sentido del humor. Al menos, ninguno del que tenga noticias.

Kagome hizo una pausa. No tenía ni la más mínima idea de qué responder a eso. Así que, en lugar de seguir profundizando, decidió cambiar hábilmente de tema.

— En realidad, vine a buscaros para agradeceros lo que hicisteis.

— ¿Lo que hice?

— En el castillo —dijo ella, dando un paso hacia él—. Ha sido mucho más de lo que… —la voz se le cortó cuando lo miró a los ojos. Ahora no tenían el gélido color dorado que había visto al principio, pero seguían teniendo una extraña mezcla de dorados.

Nunca había visto ojos parecidos a aquéllos. Le recordaban al oro de una joya. Por el amor de Dios, si incluso tenía una mancha roja en su ojo izquierdo, justo debajo de la pupila.

Su mirada se clavó sobre ella exactamente de la misma forma que lo hacía la de Onigumo siempre antes de intentar darle un beso.

Kagome permaneció completamente inmóvil, a la vez excitada y preocupada ante la posibilidad de que él tratara de hacerlo.

Lord Inuyasha era muy grande en comparación con ella, y eso que jamás se había considerado menuda.

De hecho, su padre apenas era unos centímetros más alto que ella, pero a este hombre no le llegaba más que a los hombros.

La suave brisa acariciaba los oscuros mechones del cabello de Inuyasha. Su mirada recorría los labios de ella, y Kagome vio el hambre que había en aquellos ojos. En ese momento, deseó sentir su boca sobre la de ella, saborear la esencia de ese hombre.

Jadeante, se lamió los labios a la expectativa de su beso.

Él inclinó la cabeza casi imperceptiblemente, y separó los labios.

Justo cuando estaba segura de que la besaría, él se enderezó bruscamente.

— Tengo que irme —dijo agriamente, colocando su libro bajo el brazo.

Molesta por su despedida, le observó mientras caminaba alrededor de ella y se dirigía hacia la torre.

Kagome colocó las manos en las caderas y le contempló mientras se alejaba.

— Esto no va a ser fácil —murmuró en voz baja.

¿Cómo iba a conseguir que se enamorara de ella si se negaba incluso a permanecer cerca?

Descorazonada, pero sin rendirse, se encaminó de nuevo hacia la torre.

Sólo había conseguido darse la vuelta cuando el escudero de Inuyasha prácticamente la derribó.

— Os ruego que me disculpéis, milady —dijo él—. Debo preparar el caballo de Su Señoría.

Kagome frunció el entrecejo mientras el muchacho iba corriendo hacia los establos. Su consternación aumentó cuando entró en el vestíbulo y escuchó a dos caballeros hablando.

— Creí que no iríamos a Lincoln hasta dentro de dos semanas.

— Parece que Ravenswood cambió de parecer.

El otro caballero emitió un gruñido desde lo más profundo de su garganta.

— Empiezo a cansarme de tanto viaje. Acabamos de llegar de Londres.

— Si yo fuera tú —dijo el otro caballero con una nota de advertencia en la voz—, no pronunciaría esas palabras en alto para que él pudiese oírlas. Si así fuera, pasarías los dos próximos meses de vigía.

Continuaron su conversación mientras pasaban junto a ella y salían por la puerta principal.

Antes de que pudiera recuperarse, Kagome escuchó la voz de Miroku en las escaleras.

— ¿Qué quieres decir con eso de que estás destinado a Lincoln?

— Ya sabes lo que me ordenó el rey.

— ¿Pero ahora? —Miroku prácticamente rugía.

— Ahora es un momento tan bueno como cualquier otro —dijo Inuyasha con ese tono grave y mortífero suyo.

Miroku resopló.

— Es por ella, ¿verdad?

El corazón de Kagome dio un salto ante aquellas palabras. Se apresuró a colocarse tras la pared que había junto a la puerta, se apretó contra ella y escuchó atentamente.

— No seas absurdo —gruñó Inuyasha—. Ya te dije que la dama no significa nada para mí.

— Entonces, ¿por qué has adelantado la fecha del viaje?

— Porque me viene bien.

— ¿Y eso por qué?

—Miroku, déjalo estar. Parto hacia Lincoln. La dama queda a tu cuidado hasta que regrese. ¿Puedo confiar en que te encargarás de velar por su seguridad?

— Sí, velaré por su seguridad. Pero entérate de una cosa,Inuyasha. No podrás huir siempre de ella. Antes o después tendrás que volver.

Ella escuchó cómo Inuyasha se detenía justo al otro lado del muro.

— ¿Tú crees? Me he enterado que se están elaborando planes para una Cruzada en Normandía. Quizás…

—Bankotsu jamás te relevaría de su servicio el tiempo suficiente para una cruzada, y lo sabes bien.

— Te asombraría descubrir lo que puede hacer el rey si yo se lo pido.

Hubo varios segundos de silencio antes de que Inuyasha hablara de nuevo.

— Muy bien, vete a Lincoln. Pero debes saber algo. Jamás creí que llegaría el día en que te vería retirarte de una batalla, y muchísimo menos ante una mujer.

Kagome giró la cabeza para ver cómo Miroku se acercaba a grandes pasos hacia la puerta para cerrarla después de golpe. Tan pronto como la puerta se cerró tras él, escuchó las palabras que Inuyasha pronunció en voz baja.

— Y yo jamás creí que encontraría una mujer a la que deseara con tanta desesperación —suspiró tristemente—. Belleza, eres un señuelo con un anzuelo mortal, y este pez no tiene otro remedio que huir antes de que lo captures.

Kagome se apoyó contra el muro mientras él bajaba los escalones, siguiendo los pasos de Miroku.

Durante varios minutos, se limitó a quedarse allí de pie, rumiando las palabras de Inuyasha.

«Y yo jamás creí que encontraría una mujer a la que deseara con tanta desesperación»

Al contrario que con Onigumo, que continuamente la acosaba con ese tipo de comentarios, las palabras de Inuyasha le resultaron especiales, porque él no había tenido ninguna intención de que nadie más las oyese. Una extraña ternura la envolvió. Una que no podía definir y que no estaba segura de por qué estaba sintiendo.

Eran sólo palabras. Pero aún así…

Eran especiales.

Kagome sonrió. Si de verdad él pensaba eso, entonces había esperanzas para su objetivo.

Pero no si ella le permitía que huyera.

Continuara….

Saludos y gracias por sus comentarios.