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CAPÍTULO 8
Con Sango pisándole los talones, Kagome bajó las escaleras llena de pesar. Le hubiese gustado haber podido despedirse de Rin, pero ésta estaba todavía en sus aposentos con Sesshomaru.
Aunque a Inuyasha no le vendría mal tener que esperar por ella de nuevo, Inuyasha no tenía ánimos para atormentarlo. No cuando se sentía tan desilusionada.
Cabizbaja, descendió los escalones para encontrarse a dicho ogro esperando junto a la puerta. Sin una palabra, le dio las alforjas a Inuyasha.
A su vez él le entregó las alforjas a su sirvienta.
— Llévalas de nuevo arriba —le dijo a Sango.
Kagome frunció el ceño y levantó la mirada del suelo para clavarla en el rostro de él.
— ¿Es que ahora no podré llevar ni siquiera eso?
Él se encogió de hombros con indiferencia.
— Podéis llevarlas si queréis, pero pareceréis un poco extraña llevando unas alforjas en la feria.
La alegría la atravesó y su humor mejoró instantáneamente.
— ¿Vais a dejar que vaya después de todo? —preguntó ella nerviosa.
Inuyasha le dirigió una mirada de reproche.
— Deberíais haberme dicho que Miroku aún no os había llevado. Nunca incumplo mi palabra, milady. La única razón por la que os permití venir aquí fue ver la feria. No puedo permitir que regresemos a Ravenswood hasta que hayáis ido.
Impulsivamente, le rodeó con los brazos y lo abrazó con fuerza. El cuerpo de Inuyasha parecía encajar bien entre sus brazos. Demasiado bien, pensó mientras notaba cómo se flexionaban sus músculos en torno a ella.
Él se libró rápidamente de su abrazo.
De todas formas, sus acciones no la acobardaron. Se sentía demasiado contenta en esos momentos para enfadarse por un pequeño desaire.
— Cuidado, milord —dijo traviesamente—. Podría empezar a pensar que no sois el ogro malvado que aparentáis ser.
Él no contestó, pero su semblante se suavizó ligeramente.
— ¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar allí? —preguntó ella.
Inuyasha sintió el impulso de sonreír, pero rápidamente se refrenó.
— No mucho. Los caballos ya están ensillados y esperando por vos.
Ella pasó a su lado corriendo, hizo una pausa en la puerta y se volvió para ver si él se había movido de donde estaba.
— Bueno, vamos, milord. ¡Deprisa!
Inuyasha hizo lo que le pedía, y, esta vez, cuando la ayudó a montar, puso mucho cuidado en no tocarla más tiempo del estrictamente necesario.
Pero el delicioso olor a madreselva de su pelo se le echó encima cuando montó su propio caballo y la condujo fuera de las murallas.
— ¿Creéis que habrá malabaristas? —preguntó Kagome en cuanto atravesaron el puente—. Me encanta mirarles. Y apuesto a que tienen un poste de mayo. Rin solía contar historias sobre la feria anual en York. Siempre había un poste de mayo, aunque la feria fuese en agosto.
» ¿Habéis visto alguna vez a un acróbata que pudiese colocar los pies por encima de la cabeza? En una ocasión vino uno al castillo de mi padre hace años y yo…
Continuó hablando sin parar hasta que a Inuyasha le pareció que su cabeza iba a estallar. Nunca había conocido a nadie a quien le gustase tanto hablar como a Lady Kagome. Ni siquiera a Miroku.
A decir verdad, no sabía de dónde sacaba tanta cháchara. ¿Es que nunca le faltaban las palabras, las ideas o las preguntas?
Tan sólo hacía una pequeña pausa para que él le diese una breve y elocuente respuesta, y entonces comenzaba de nuevo.
Después de un rato, él aprendió a emitir un simple gruñido cuando ella hacía una pausa para tomar aliento. Satisfecha con sus respuestas, ella llevaba todo el peso de la conversación, y al cabo del tiempo Inuyasha empezó a sentirse extrañamente complacido con el sonido de su feliz parloteo.
Cuando finalmente llegaron a la feria, ella saltó del caballo antes de que tuviese una oportunidad de ayudarla a desmontar. Le dejó asombrado que no se hubiese hecho daño.
— Oh, mirad —suspiró ella, con los ojos resplandecientes mientras giraba y daba vueltas sobre si misma como un niño en Navidad—. ¿No es precioso?
Inuyasha estudió el terreno atestado de tiendas, mesas y gente. Nunca le habían interesado esos sitios, pero Lady Kagome no parecía compartir aquella visión hastiada. Las tiendas multicolores y los banderines que anunciaban las mercancías y productos le parecían demasiado ostentosos.
— Aseguraos de no apartaros de mi lado —le advirtió a la dama mientras ataba los caballos a un poste y pagaba a un muchacho para que los vigilase.
— No lo haré —prometió ella.
Inuyasha se volvió para mirarla.
— Entonces empecemos por donde queráis, milady. El resto del día es vuestro.
Con el rostro iluminado, ella se alzó ligeramente las faldas y empezó a atravesar el terreno. Inuyasha no había visto nunca nada parecido a aquella mujer moviéndose a través de la multitud con la curiosidad de un niño eufórico.
La luz del sol se reflejada en sus castaños mechones y en el color rosado de sus mejillas mientras pasaba rápidamente de un puesto a otro, examinándolo todo.
— ¿Castañas dulces para la dama? —preguntó un mercader cuando ella se acercó a su mesa.
Inuyasha notó su indecisión antes de que ella sacudiera la cabeza para declinar la oferta.
— Gracias, pero no.
Cuando se dirigió al siguiente tenderete, Inuyasha asintió al comerciante y le dio medio penique. Cogiendo las castañas peladas y asadas que estaban metidas en una bolsita de piel de oveja, la siguió hasta el siguiente puesto, donde ella examinaba un surtido de artículos de tocador.
— Tomad —dijo Inuyasha pasándole el dulce.
Ella contempló primero su mano y después su rostro y sonrió.
— ¿Cómo supisteis que las quería?
— Una mera suposición.
Su sonrisa se ensanchó cuando tomó una castaña y la colocó sobre su lengua.
— Mmm —susurró, cerrando los ojos para saborear el bocado—. Son deliciosas.
Pero no tanto como la dama que estaba delante de él. Vendería lo que le quedaba de alma con tal de ser la comida que saboreaba con tanto entusiasmo. Lamiéndose los labios, ella le quitó la bolsa de las manos.
— Deberíais probar esto —dijo ella, tomando otra castaña y poniéndola sobre la boca de él.
Inuyasha se obligó separar los labios. Los dedos le abrasaron la boca cuando ella la rozó al colocar el dulce fruto sobre ella.
— Delicioso —dijo él, más pensando en la sensación de su piel suave sobre él que en el sabor de la comida.
Algo captó su atención y ella giró la cabeza. Inuyasha dejó escapar un suspiro estampó su pierna herida contra el suelo en un intento por mantener su lujurioso cuerpo bajo control. El dolor hizo muy poco por disminuir su deseo.
— ¡Oh, mirad! Un malabarista. —Ella agarró su mano y tiró de él.
Sin habla, él permitió que lo arrastrara a través de la muchedumbre. Sabía que su contacto no significaba nada para ella, que estaba simplemente impaciente, pero a él le hacía arder hasta mismo centro de su ser.
Rechinó los dientes. Oh, le gustaría tener un momento para mostrarle placeres que excederían de lejos cualquier cosa que ella pudiese encontrar allí. Con lo mucho que la deseaba, podría proporcionarles a ambos fácilmente una semana entera de placer… si se atrevía a hacerlo.
Pero si osara hacer tal cosa, antes o después la maldición haría su aparición y su relación terminaría con un toque de difuntos.
Pasándose la mano sobre los ojos, contempló al malabarista alternando huevos, sandías y cuchillos.
Cuando el artista terminó, ella comenzó a dar saltos y aplaudió con fuerza mientras sostenía la bolsita de castañas contra su pecho. Él contempló la pequeña bolsa anidada entre sus grandes pechos con envidia. En aquel momento, cambiaría el lugar con la bolsita alegremente.
Ella se volvió para mirarlo con una sonrisa deslumbrante.
— Era muy bueno, ¿verdad que sí?
Inuyasha no tuvo oportunidad de contestar porque Kagome tomó su mano, le hizo girar, y se dirigió hacia la dirección contraria.
Su próxima parada fue un puesto de cintas y tejidos.
— ¿Una bonita cinta para la dama? —preguntó la anciana—. ¿O una tela para una linda túnica o un velo?
Kagome sacudió la cabeza.
—No. Sólo estoy echando un vistazo.
Después de un momento, Kagome hizo una pausa y volvió a mirar a través de la multitud buscando su próxima distracción, y fue entonces cuando Inuyasha vio los granos de azúcar que tenía sobre el labio inferior. Extasiado, miró los fijamente, deseando desesperadamente quitárselos con un beso. Atrapar ese labio entre sus dientes y lamer el azúcar mientras saboreaba la dulzura de su boca.
Ella dio un paso y Inuyasha dio un tirón para detenerla. Le observó confundida, con el ceño fruncido.
— Tenéis… um… Hay… —Inuyasha se interrumpió.
¡Por el amor de Dios, era sólo azúcar! ¿Qué era lo que le pasaba que no podía decirle que se lamiera los labios para quitársela y acabar de una vez?
Extendió la mano para retirar los granitos, pero en cuanto se dio cuenta de la manera en que temblaba, la dejó caer sobre el costado.
— ¿Qué pasa? —preguntó ella.
— Tenéis azúcar en el labio.
Ya está, ya lo había dicho.
Por fin.
— Oh —dijo ella, radiante—. Gracias.
La punta de su rosada lengua se deslizó sobre la zona, y si él había pensado que el azúcar era malo, no era nada comparado con la electrizante sensación que le abrasó las ingles cuando vio su lengua.
Y entonces ella se pasó la yema de los dedos por encima del labio; eso casi consigue matarlo.
— ¿Lo hice bien? —preguntó ella inocentemente.
Todavía no, pensó Inuyasha secamente, pero le encantaría ser él quién se lo hiciera.
Aclarándose la garganta ante aquel pensamiento traicionero, asintió.
— Sí. Ya está.
— ¡Vengan, vengan todos! —Clamó una voz desde el centro de la muchedumbre—. Alfred, el Rey de los Trovadores, está a punto de tocar.
¿Un trovador? Inuyasha gimió por lo bajo. Seguramente Kagome tendría el buen juicio de no querer oír esas ridiculeces sobre el amor y el honor.
Personalmente, preferiría que le despellejaran antes que tener que escuchar el canturreo de un músico gimoteante.
— ¡Un trovador! —dijo ella con entusiasmo.
Él gimió audiblemente.
Pero ella no prestó atención a su dolor. Agarrando su muñeca, prácticamente atravesó corriendo la multitud hasta llegar al espacio que habían abierto para el atormentador evento.
Los bancos habían sido situados alrededor del tocón de un árbol en el que el trovador se había sentado mientras afinaba su laúd. Inuyasha la condujo hasta un banco a la izquierda del juglar. Cuando la zona estuvo rodeada de gente, el trovador empezó a cantar una historia sobre una dama normanda y el idiota de su amante.
Inuyasha no escuchó mucho antes de prestar toda su atención a la mujer que tenía a su lado.
Una ligera brisa revolvía su hermoso cabello, llevando mechones hasta el rostro. Distraídamente, ella alzó una esbelta mano y se colocó las hebras de pelo detrás de la oreja. Sus dedos acariciaron el lóbulo y la mandíbula, enviando oleadas de lujuria líquida a través del cuerpo de Inuyasha.
Se imaginó extendiendo la mano hasta esos mechones y pasando los dedos a través de ellos, arrastrándola contra su cuerpo y rindiéndose a su deseo de besarla como se debía.
De nuevo, el sueño le vino a la cabeza, y pudo ver la cremosidad de su carne desnuda resplandeciendo a la luz de las velas mientras caminaba hacia él. Y en ese momento de deseo, hubiese jurado que pudo sentir el cuerpo de la mujer apretado contra el suyo, sentir sus piernas rodeando sus caderas mientras se introducía profundamente en ella.
Apretó los dientes con desesperación. ¿Cómo diablos iba a pasar todo un año con ella sin tocarla, cuando todo lo que podía pensar era en poseerla?
¿En qué estaba pensando Bankotsu cuando ordenó esa estupidez?
En aquel instante podría olvidarse de su pasado, de su temperamento. De todo. De todo excepto de ella y de la risa que había traído a su vacía existencia.
¿Cómo lo hacía? ¿Cómo encontraba tal emoción y asombro ante cosas tan simples como una castaña o una cinta?
Dios querido que estás en los cielos, dame la fuerza que necesito para cumplir mi juramento. O envía un arcángel para que me mate aquí mismo, donde estoy sentado, antes de tener la oportunidad de manchar mi honor y el de ella.
No sería como su padre. ¡No traicionaría su juramento! Nunca.
Ella se volvió y lo miró con expresión tierna.
Inuyasha parpadeó y desvió la mirada rápidamente hacia el trovador. Tenía que concentrarse en algo. En algo que no fuese ella.
Decidido, escuchó la canción sobre un soldado sarraceno y una princesa normanda. La meliflua historia de amor sobre un hombre que se degrada a sí mismo por su dama fue casi suficiente para revolverle las tripas.
Por lo menos él sabía que jamás se comportaría de una forma tan imbécil por una mujer. ¡Un hombre adulto atravesando desnudo el ejército enemigo a causa de su amor!
Qué absurdo.
Repugnante.
Cuando el trovador terminó, Kagome se volvió hacia él y suspiró.
— Qué historia tan hermosa. Ha sido mi favorita desde que era una niña y un trovador vino al salón de mi padre y la cantó.
Él resopló con sorna.
— Menudo necio enamorado —dijo él pensando en el guerrero sobre el que el juglar había cantado—. Ningún hombre caminaría jamás desnudo hasta el castillo de su enemigo.
— Pero Accusain amaba a Laurette —insistió Kagome—. Y de esa manera pretendía probárselo a ella.
Inuyasha hizo un gesto de desprecio con la boca.
— Dejaré esas ridículas fantasías para los afeminados como los trovadores esos. Ningún hombre que se precie haría una cosa así.
Ella apoyó el hombro contra su brazo y le dio un ligero codazo.
— Quizás no, pero toda mujer sueña con ello.
Inuyasha se negó a mirarla para no dejarse hechizar otra vez por su encanto.
— Entonces las mujeres y los hombres tienen mucho en común, creo yo.
— ¿Cómo qué?
— Todo hombre que conozco sueña que una mujer desnuda atraviese los puentes de su castillo buscándole.
El color inundó sus mejillas y él pudo deducir que la había sorprendido bastante. A decir verdad, no sabía por qué había dicho una cosa así delante de ella. Nunca había sido tan burdo en presencia de una dama.
— Sois malo, milord —rió ella—. Muy malo, en realidad.
Desgraciadamente, no había sido ni la mitad de malo de lo que deseaba ser. De hecho, le habría encantado mostrarle un significado totalmente nuevo de la palabra malo.
Y de la palabra placer.
Especialmente desde que ella estaba dándole un nuevo significado a las palabras duro, desesperado, y anhelante.
El trovador cantó dos historias más igual de repugnantes antes de tomarse un descanso. Kagome se había puesto en pie antes de que Inuyasha pudiera pestañear, y ya estaba tironeando de él para que se levantara.
Cuando se puso de pie, apretó la mandíbula por la rigidez de su rodilla. No se había percatado de que la mueca de dolor había sido visible hasta que se fijó en la expresión de Kagome.
La preocupación de su rostro lo sorprendió.
— ¿Cómo os heristeis la rodilla?
Su primer impulso fue mandarla a paseo con una réplica mordaz. Pero antes de que pudiese pensar en una, le dijo la verdad.
— Fui atropellado por un caballo en mi juventud.
Inuyasha omitió el pequeño hecho de que el jinete había sido su padre y que el suceso no había sido ningún accidente, sino un patente esfuerzo por asesinar a Miroku.
Las cejas de Kagome se unieron en una profunda V.
— Tenéis suerte de que no os dejase cojo.
Inuyasha se apoyó pesadamente sobre la articulación hasta que el dolor se redujo ligeramente.
— Fue únicamente gracias a mi fuerza de voluntad que no lo hiciese.
— Debe doler muchísimo.
Inuyasha no contestó.
De entre la muchedumbre les llegó el llanto de una chiquilla.
— ¿Mamá? —lloraba la pequeña.
Kagome miró más allá de él. Antes de que supiera lo pensaba hacer, se acercó a la niña que estaba a unos metros de distancia.
Se arrodilló ante la chiquilla y acarició suavemente su mejilla.
Por el vestido roto y el pelo desaliñado, Inuyasha dedujo que era la hija de algún campesino. Pero Kagome no parecía notarlo. Tomó una esquina de su capa y secó delicadamente las húmedas mejillas de la niña.
— ¿Has perdido a tu madre, cielo? —preguntó Kagome.
— Sí —sollozó la niña—. Quiero a mi mamá.
— ¿Cómo se llama?
— Mamá.
Inuyasha puso los ojos en blanco mientras caminaba para colocarse a su lado. Ese nombre ciertamente serviría de mucho.
Kagome sonrió amablemente.
— Bien, supongo que varias mujeres de las que están hoy aquí responderían a ese nombre. ¿Cómo es tu mamá?
— Muy bonita —dijo la niña, sorbiendo por la nariz.
Kagome le dirigió una rápida mirada por encima del hombro.
— Una mujer bonita llamada Mamá. ¿Creéis que podremos encontrarla, milord?
— Con esta multitud, quién sabe.
Entonces Kagome hizo una cosa totalmente inesperada: extendió la mano y le dio unos cachetes en la pierna buena.
— Milord, por favor. Estoy tratando de consolar a la niña. No la asustéis más.
Inuyasha sujetó su lengua. Ningún hombre, ni ninguna mujer, habían estado alguna vez tan cómodos en su presencia como para extender la mano y tocarle.
Ni siquiera Miroku.
— ¿Cómo te llamas, pequeña? —le preguntó Kagome a la chiquilla.
—Shiori.
— Pues venga, Shiori. Vamos a encontrar a tu madre. Debe estar buscándote también —Kagome se puso de pie, y para asombro de Inuyasha, cogió a la niña y se la colocó sobre la cadera.
— Milady —le advirtió Inuyasha—. Os ensuciará el vestido.
— Las lágrimas desaparecen con el agua, igual que la suciedad —dijo Kagome sin darle importancia.
La muchacha apoyó la cabeza sobre el hombro de Kagome y rodeó su cuello con los brazos. Inuyasha sintió algo extraño en su interior cuando Kagome acunó a la niña contra su pecho.
Aquel sentimiento era algo que, en realidad, no quería identificar mientras miraba a Kagome darle a la niña la bolsa de las castañas, llevarla a través de la muchedumbre y pararse para preguntarle a la gente si conocían a la niña o a su madre.
No habían llegado muy lejos cuando se dio cuenta de que Kagome parecía agotada por el peso de la pequeña, pero se negaba a soltarla.
— Traed —dijo él antes de pensarlo dos veces—. Dejad que la coja.
Los ojos de la niña se abrieron de par en par por el miedo, a la vez que se apartaba todo lo que podía de sus manos.
— ¿Me hará daño, milady? —le preguntó la muchacha en un susurro bastante audible.
— No, Shiori. Su señoría es un ogro bueno.
La muchacha parecía dudosa.
— Mamá dice que los nobles hacen daño a todas las pequeñas campesinas que se encuentran.
Kagome acarició el cabello de la pequeña para apartárselo de la cara.
— Tu madre tiene razón, indudablemente, y, por norma general, será mejor que te alejes de ellos siempre que te sea posible; pero éste es diferente de los demás. Te prometo que no te hará ningún daño.
— ¡Pero es muy grande!
Kagome le echó un vistazo por encima del hombro, y su expresión de admiración le produjo una extraña calidez en el pecho.
— Lo es, pero apuesto a que en sus brazos podrás ver bien a través de toda esta gente, y así encontrarás a tu madre.
La muchacha se mordió los labios y asintió. Se apartó de Kagome y tendió los brazos hacia Inuyasha.
Con tanto cuidado como pudo, Inuyasha cogió a la muchacha. Durante un instante, lo paralizó la peculiar sensación de sostener a un niño contra su pecho. Jamás había hecho algo así antes. Pero era agradable tener esos brazos larguiruchos alrededor de él y escuchar esa risa infantil junto a su cuello.
— Está muy duro —rió la niña—. No es blandito como vos, milady.
Kagome le dio unas palmaditas en la espalda a la chiquilla, rozando la mano de él mientras lo hacía.
El anhelo lo golpeó con tanta fuerza en el pecho que, durante un momento, lo dejó sin respiración. El anhelo de un sueño que había desterrado y olvidado.
Y por un momento se permitió pensar en lo que sería su vida si se atreviese a tomar una esposa. Lo que sería llevar a su propio hijo en brazos.
Pero tan pronto como ese pensamiento penetró en su mente, escuchó el eco de los gritos en su cabeza. Sintió el dolor en su rodilla y supo en lo más hondo de su corazón que jamás se atrevería a correr semejante riesgo.
— ¡Shiori!
Él se volvió ante el grito de alarma.
— ¡Mamá! —contestó la muchacha, dándole patadas con las piernas.
Inuyasha bajó a la niña y ella corrió hacia la campesina, que abrió los brazos para atrapar a su hija.
— ¡Oh Shiori, temía haberte perdido para siempre! Ya te advertí que no corretearas por ahí.
— Lo siento, mamá. No volveré a hacerlo. Te lo prometo.
Inuyasha se quedó atrás mientras Kagome se acercaba a ellas.
— Mira, mamá —dijo Shiori mientras le mostraba la bolsa a su madre—. La señora me dio castañas dulces.
La mujer pasó la mirada de lo que sostenía la niña hasta Kagome, y luego la bajó hasta el suelo.
— Mi más sincero agradecimiento, milady.
— Ha sido un placer —contestó ella—. Tenéis una hija maravillosa.
La mujer le dio las gracias de nuevo, tomó la mano de Shiori, y se la llevó lejos. Cuando Kagome se volvió hacia él, pudo ver la tristeza que reflejaban sus ojos.
— ¿Qué pasa, milady? —le preguntó.
— Dudo mucho que lo entendierais. —Con la alegría anterior desaparecida, se abrió camino a través de la multitud a un paso mucho más comedido.
Inuyasha no añadió nada más, pero, tras unos minutos, ella le dijo:
— Era una niña muy dulce, ¿verdad?
Él se encogió de hombros.
— Jamás había estado cerca de un niño antes, así que no tengo con quién compararla.
Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Kagome mientras se colocaba de nuevo un mechón de pelo detrás de la oreja.
— Yo tenía a muchos cerca en el castillo de mi padre, los hijos de nuestros campesinos y los de aquéllos que los enviaban a nuestro cuidado. Pero lo que más deseo en este mundo es tener a mi alrededor a mis propios hijos.
— Entonces, ¿por qué no os habéis casado?
Le brillaban los ojos por las lágrimas contenidas.
— Mi padre se niega a ello —dijo con tristeza mientras seguía adelante—. No importa cuántas veces se lo ruegue y se lo suplique, no cederá.
— ¿Por qué?
— Tiene miedo.
— ¿De?
— Perdernos.
Inuyasha frunció el entrecejo.
— Pero para conseguir sus propios fines egoístas, ¿os privaría de lo que deseáis? No parece muy justo.
— Lo sé —dijo ella, envolviéndose con sus propios brazos mientras seguía caminando de nuevo—. Y en días como éste eso casi me hace maldecirlo. Pero sé que no lo hace por maldad. Lo hace por amor, y no podría culparle por eso.
— Supongo que puedo comprenderlo.
Ella le recorrió con la mirada.
— ¿De verdad? No creo que sea muy fácil para los demás comprender sus motivos. Sé que no conocéis muy bien a mi padre, pero es un buen hombre, con un gran corazón.
Inuyasha no respondió.
— Incluso ahora —continuó ella—, puedo recordar la mirada de su rostro el día que mi hermana Anna murió. Cuando falleció mi hermana mayor, Kagura, lo pasó muy mal. Pero la muerte de Anna realmente destrozó algo en su interior. Yo tenía once años, y nos reunió a mí, a Kikyo y a Kanna entre sus brazos y juró que nunca permitiría que un hombre nos matase.
Inuyasha sintió que la sangre abandonaba su rostro.
— ¿Cómo murieron? —preguntó, intentando desterrar la imagen de su propia madre yaciendo sin vida.
— Como mi madre, murieron durante el parto. Y hasta la fecha, mi padre sigue culpándose por cada una de sus muertes. Por la de mi madre porque él quería otro hijo, y de las de mis hermanas porque les permitió casarse —respiró hondo—. Al principio me sentí agradecida, cuando vi que mis amigas se casaban con hombres que eran mucho mayores que ellas. Pero con el pasar de los años, empecé a sentir una especie de agujero en mi interior.
Inuyasha se preguntó por qué ella estaba contándole aquello. No era el tipo de persona que la gente viese como un confidente. Pero permaneció en silencio cuando continuó.
— Cada vez que veo a una madre con su hijo, lo noto todavía más. Y ahora desearía... —sacudió la cabeza—. ¿Creéis que soy una estúpida?
— Creo que sois una mujer que sabe lo que quiere.
Ella le miró y le dedicó una sonrisa agradecida.
— ¿Y qué hay de vos?
— ¿Yo? —preguntó sorprendido.
— ¿No anheláis tener una familia?
La pregunta le pilló desprevenido. Nadie le había preguntado eso antes.
— Tengo mi espada, mi escudo y mi caballo. Esa es toda la familia que necesito.
Ella frunció el entrecejo.
— ¿Y qué pasa con Miroku?
— Al contrario de vuestro padre, milady, yo no me aferro a las personas. La mayoría de las veces, disfruto de la compañía de mi hermano. Pero sé que llegará un día en que se irá. Es ley de vida.
— ¿No os preocupa quedaros solo?
— Llegué a este mundo de esa manera y, seguramente, así será como lo deje. ¿Por qué debería esperar que los años entre esos dos sucesos fueran diferentes?
Kagome se limitó a mirarlo fijamente mientras digería sus palabras. Su tranquila aceptación de los hechos la dejaba pasmada.
— ¿Y no desearíais que fuese de otra manera?
— Si no deseas nada, no hay nada que pueda defraudarte.
Aquellas palabras le produjeron un escalofrío. ¿Cómo podría vivir pensando así?
— Vivís en un lugar frío, milord. Y el hecho de que parezca gustaros tal y como eso hace que os compadezca.
— ¿Me compadecéis? —preguntó con incredulidad.
— Por supuesto que sí.
Kagome suspiró. No había ninguna necesidad de llevar más allá esa discusión. Él era un hombre terco y le llevaría algún tiempo atravesar sus espinosas defensas. Pero lo lograría.
De una manera u otra.
— Vamos, milord —dijo ella tomando su mano de nuevo—. No sigamos hablando de cosas tan serias mientras nos encontramos en medio de tanta diversión. Veo que se están preparando para una lucha cuerpo a cuerpo, y algo me dice que os gustaría mucho más ver eso que escuchar otra de las historias del trovador.
Inuyasha asintió.
Y así pasaron el resto de la tarde. Aunque Inuyasha no se mostró interesado en nada, parecía bastante contento de ver cómo ella se divertía.
Kagome trató una y otra vez de que él se relajase y disfrutara un poco, pero fue inútil.
— Vamos, Lord Inuyasha—dijo señalando el poste de mayo—. ¿No os gustaría aligerar los pies y bailar un rato?
— Si hiciese algo así, milady, todo el mundo se daría cuenta de lo descoordinado que soy, y siendo un caballero de la corona y no un necio, no me agradaría lo más mínimo que se riesen de mí —la instó amablemente a dirigirse hacia el poste con un ligero codazo—. Id a bailar, si tenéis que hacerlo.
— Muy bien —dijo ella apartándose de su lado y cogiendo una de las cintas rojas.
Inuyasha cruzó los brazos sobre el pecho mientras contemplaba a Kagome bailando alrededor del poste. Era realmente asombrosa. Su cabello y su falda revoloteaban a su alrededor cuando giraba en círculos, entrelazando su cinta con las de los otros participantes sin dejar de reír.
Cómo deseaba poder decir que lo que le había contado sobre su vida era verdad. Porque, en realidad, sí deseaba algo.
A ella.
Y entre ellos no se interponía nada más que unas simples palabras.
Y una maldición.
Sí, la maldición. Apretando los dientes, intentó borrar de su mente la imagen del rostro pálido de su madre.
Sin importar lo que sintiera, jamás rompería la palabra que le había dado a Bankotsu. La seguridad de Kagome estaba por encima de sus necesidades y deseos.
Se controlaría.
Después del baile, ella volvió a su lado, con los ojos chispeantes.
— Deberíais haberos unido a nosotros —le dijo sin aliento—. Ha sido maravillosamente divertido.
Impulsivamente, Inuyasha acarició un mechón de pelo que caía sobre su mejilla. Las yemas de sus dedos se demoraron sobre la suavidad de su piel antes de que él apartase el pelo hasta la sien.
Fue un gesto sin importancia, pero aun así, envió oleadas de deseo a través de todo su cuerpo, aturdiéndole. Dejó caer la mano, pero seguía sintiendo la calidez de su piel abrasándole, y deseó con todas sus fuerzas hacer a un lado su voto y tomarla de una vez por todas.
No tocaré a la dama ni por enojo ni por lujuria.
¡Cumpliría su juramento!
Con la voluntad reafirmada, dijo:
— Odio tener que apartaros de la diversión, milady. Pero oscurecerá dentro de una hora, y me temo que debemos regresar.
— Muy bien. —Extendió la mano y entrelazó su brazo con el de él.
Inuyasha se puso rígido; sabía que debería apartarse, pero le gustaba la sensación que le producía tenerla a su lado.
Relajándose, la guió a través de los comerciantes y sus mercancías.
Cuando pasaron frente al puesto de un orfebre, percibió que Kagome aminoraba la marcha. Inuyasha se detuvo y, con renuencia, desligó su brazo del de ella.
— Tened —dijo sacando un marco de oro de su monedero—. Id y compraos alguna bagatela como recuerdo de este día.
— No puedo aceptar eso —dijo ella, devolviéndoselo—. Es demasiado dinero.
— Adelante —dijo él con amabilidad, colocándoselo en la mano—. Os aseguro que no hay nada en esta feria que pueda arruinar mis finanzas.
Ella lo observó escépticamente mientras frotaba la moneda entre su pulgar y el índice.
— ¿Estáis seguro?
— Me complacería mucho que lo gastarais.
La contempló mientras ella se acercaba para mirar las pulseras expuestas sobre la mesa.
— Mirad esto, milady —dijo el comerciante, sosteniendo un intrincado collar con una esmeralda—. Este collar sería un complemento perfecto para usted—la asistente del mercader colocó la pieza alrededor de la garganta de Kagome.
Sus dedos largos y elegantes acariciaron la cadena de oro trenzado, alzando la gran esmeralda en forma de lágrima para estudiarla atentamente.
— Es precioso —susurró ella.
— Sí, y vos le hacéis justicia —dijo la muchacha.
Inuyasha estaba de acuerdo.
Respirando profundamente, apartó la mirada. Sabía que no le hacía ningún bien seguir deseando algo que no podía tener. Había aprendido hacía mucho tiempo que no debía mirar fijamente el sol si no quería quedarse ciego.
Así que se obligó a contemplar a la gente que tenía alrededor, moviéndose entre la muchedumbre.
Varios minutos después, Kagome regresó a su lado.
— ¿Comprasteis el collar? —le preguntó.
Ella negó con la cabeza, y antes de que él pudiera moverse, asió su capa. Inuyasha frunció el ceño mientras la observaba colocar las manos bajo la tela fruncida que sujetaba su broche y desprenderlo. Se colocó el broche entre los dientes, y, en su lugar prendió una elaborada pieza de oro que tenía incrustada un cuervo negro de esmalte rodeado por rubíes rojo oscuro.
Ella se quitó el viejo broche de la boca y sonrió.
— Me recordó vuestro emblema —dijo mientras le alisaba la capa—, y pensé que vos necesitaríais más un recuerdo alegre de la feria que yo. —Sus manos se demoraron sobre el pecho de él mientras inclinaba la cabeza para mirarle.
Abrumado, no sabía qué le había agradado más: su sonrisa, el contacto de sus manos sobre el pecho o el hecho de que hubiese pensado en él a la hora de comprar algo. Las tres cosas le llegaban a lo más profundo del alma.
— Gracias, Kagome—dijo con voz ronca—. Lo guardaré siempre como un tesoro.
Ella ensanchó su sonrisa.
— ¿Os dais cuenta que es la primera vez que utilizáis mi nombre para dirigiros a mí? Comenzaba a preguntarme si lo recordabais.
Tomó de nuevo su brazo y comenzó a caminar hacia donde habían dejado los caballos.
— Gracias por este día —dijo afectuosamente—. Ha sido uno de los mejores que he pasado jamás.
Él tragó con dificultad. Aquél era, sin duda alguna, el mejor día de su vida, y hubiese dado cualquier cosa porque no terminara.
Cubrió la mano de ella con la suya y se deleitó con el contacto de los dedos femeninos bajo los propios. Su piel era como cálido terciopelo, y él deseó poder probar su sabor con la lengua.
Inuyasha le dio un ligero apretón y la guió hacia los caballos.
No estuvo tan parlanchina durante el viaje de vuelta, y más o menos a la mitad del camino, Inuyasha se giró para ver por qué. Ella tenía los ojos cerrados y parecía estar quedándose dormida. Dio un respingo, como si se hubiese sobresaltado por algo y después parpadeó para aclararse la vista. Entonces se cubrió la boca con la mano y dio un enorme bostezo.
Inuyasha detuvo su caballo y tomó las riendas de ella. Kagome le miró con el ceño fruncido.
— Será mejor que montéis conmigo antes de que os caigáis del caballo.
Antes de que pudiera protestar, la levantó de la silla y la depositó sobre su regazo. Sus caderas se apretaron contra sus ingles, incendiándole como si fuesen lava fundida.
Ella no dijo una palabra mientras le rodeaba la cintura con los brazos y apoyaba la cabeza contra su pecho, como un bebé. La parte superior de su cabeza le llegaba a la barbilla, y él pudo sentir la calidez del cuerpo de la mujer encima del suyo. Su aliento le acariciaba suavemente la garganta, produciéndole escalofríos.
Por un momento no pudo moverse ni un milímetro, y tuvo que luchar duramente contra el impulso de espolear a su caballo hacia los árboles, tumbarla sobre la hierba y poseerla. Una y otra vez. Podía imaginarse sus suspiros de placer sobre su oreja mientras el se mecía entre sus muslos, blancos como la leche, tomando posesión de su cuerpo y de su alma.
¿Habría un placer mayor?
Inuyasha apretó con fuerza las riendas. No la tocaría. ¡Por todo lo que era sagrado, no lo haría!
Tratando de recuperar el control, ató las riendas del caballo de Kagome a su silla y siguió el camino hacia la casa de Sesshomaru. Apenas habían andado tres metros cuando ella se quedó dormida. Y sólo entonces, Inuyasha se permitió relajarse.
Sin pararse a pensarlo, inclinó la cabeza para descansar la mejilla contra su coronilla, donde podía inhalar el dulce olor a madreselva de ella y sentir los suaves mechones de su cabello sobre la piel, sobre los labios.
— Los ogros pueden ser divertidos —murmuró ella en voz muy baja, sin despertarse en ningún momento.
— Hablas incluso cuando estás dormida —dijo él, muy contento por saberlo, y más aún por el hecho de que ningún otro hombre lo sabía.
Sólo él.
Inuyasha inclinó la cabeza y estudió atentamente su rostro. Apoyó la mejilla de Kagome sobre su hombro y cubrió suavemente su barbilla con la mano. Tenía los labios levemente separados, y sería muy fácil inclinarse hacia delante y apoderarse de ellos.
Si no hubiese dado su palabra.
Durante toda su vida, su palabra había sido su garantía. Jamás la había roto. Pero nunca antes mantenerla había sido semejante tortura.
— Lilas —susurró ella—. Están creciendo lilas.
¿Pero qué es lo que estaba soñando? No podía ni imaginárselo.
Tiernamente, pasó la yema del pulgar por su labio inferior, recordando el azúcar que había allí esa misma tarde. Ella sacó la lengua, rozando ligeramente su dedo.
Inuyasha retiró la mano como si le hubiera quemado, de hecho se sentía como si lo hubiese hecho.
Aun así, ella parecía haberle hechizado, y se encontró a sí mismo una vez más acariciando su cara con delicadeza. Antes de poder detenerse, se inclinó hacia delante y apretó los labios contra su mejilla. Inuyasha jadeó, ya que, en ese momento, todo su cuerpo estalló en llamas.
Su piel era suave y seductora, y sabía realmente a rayos de sol. La apretó con fuerza contra su pecho y enterró la cara en el hueco de su garganta, donde pudo percibir el latido de su corazón bajo los labios. Ella suspiró en su oído.
Que el cielo lo ayudara, pero la deseaba, y en ese instante sentía que su control se evaporaba.
Reprendiéndose por su estupidez, se enderezó sobre la silla de montar y espoleó a su caballo para que les llevase de vuelta al castillo antes de que se rindiese a la lujuria.
Una vez que los muros de Orrick estuvieron a la vista, la sacudió con suavidad para despertarla. Kagome se estiró lánguidamente contra él, como un gatito. El tejido de su túnica se tensó sobre sus pechos, y, otra vez, él notó que se ponía duro en respuesta a lo que veía.
Cuando ella abrió los ojos y vio su cara, se sobresaltó ligeramente.
— ¡Dios! —susurró—. Había olvidado que me llevabais.
Si él hubiese podido olvidarlo también…
— Creí que sería mejor que regresarais a vuestra montura antes de atravesar la muralla.
Ahogando un bostezo, ella asintió.
Inuyasha se apeó con ella, y la ayudó a subir a su propio caballo. Su calidez se adhirió a él durante todo un minuto antes de evaporarse y dejarle anhelante de nuevo.
Montando en su caballo, la condujo hacia el castillo.
Cuando entraron en el salón, habían preparado un enorme banquete que rivalizaría con los festines del rey. Los sirvientes iban corriendo de un lado a otro, trayendo la comida desde las cocinas y adornando las mesas.
— Por fin habéis regresado —dijo Sesshomaru saludándole cuando se acercó.
— ¿Qué es todo esto? —preguntó Inuyasha.
—Miroku me dijo que partíais mañana, así que pensé que deberíamos organizar una buena despedida para vos.
— Huele maravillosamente bien —dijo Kagome, atravesando los pocos metros que la separaban de Rin.
Inuyasha miró el estrado, cubierto con telas rojas, y un sentimiento de miedo se apoderó de él. A decir verdad, habría preferido tomar su cena en privado, pero no había forma de declinar la oferta sin ofenderlo.
— Intenté decirle que no lo hiciese —dijo Miroku en voz baja cuando se colocó detrás de él—. Pero no me hizo caso.
Inuyasha notó la visible cojera de Miroku cuando éste hizo una pausa a su lado.
— ¿Cómo está tu tobillo esta noche?
— Mejor.
— Ya veo.
— ¿Qué quieres decir?
— Cuando salí esta tarde, era el otro del que te quejabas. Puede que no tengas herido el tobillo, sino la cabeza.
Una enorme sonrisa se dibujó en el rostro de Miroku.
— Me has pillado. Bueno, por lo menos ahora ya no tengo que preocuparme de cojear —posó la mirada sobre el pecho de Inuyasha—. Bonito broche. ¿Te poseyó algún demonio que te obligó a comprarlo?
Inuyasha echó una rápida mirada al lugar donde Kagome hablaba con Rin . Sintió un punzante dolor en el corazón y suspiró.
— Fue una pequeña tontería. Si me disculpas, tengo que hablar con mi escudero.
Kagome frunció el ceño cuando vio a Inuyasha abandonar el salón.
— Me pregunto a dónde va —dijo Rin a su lado.
— No tengo ni idea.
— Bueno, mucho mejor. Ahora no tendré que preocuparme de que él nos escuche.
— ¿Que escuche qué?
Rin se volvió para observarla, apretando la mandíbula con un gesto decidido.
—Kagome, como que Dios está en el cielo, tenemos que encontrar la manera de hacer que Lord Inuyasha te lleve al altar.
Continuara…
Espero que les gustase la continuación, aquí Inuyasha muestra más sus sentimientos y el deseo que siente hacia Kagome espero comentarios.
