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CAPÍTULO 9

Kagome miró fijamente a Rin, asombrada por su declaración.

— ¿Qué ha provocado que cambies de opinión?

— Oh, Kag, ¡él es maravilloso! —dijo efusivamente—. Lo que hizo por Sesshomaru… no puedes ni imaginarte lo preocupado que ha estado Orrick todo este tiempo pensando en lo que le ocurriría cuando Lord Inuyasha viniese. Y luego está eso de llevarte a la feria… —hizo una pausa, como si de repente se le hubiese ocurrido otra idea—. ¿Lo has pasado bien con él?

— Sí, pero…

— Pero nada —dijo Rin, interrumpiéndola—. He contratado a algunos de los músicos de la feria para que toquen esta noche. Habrá un baile, y tú podrás seducirle.

— ¿Cómo? Apenas parece reparar en mi presencia. Aunque… —Kagome se detuvo al recordar lo que había acertado a escuchar.

— ¿Aunque?

Se encogió de hombros.

— Le escuché decir algo antes de que saliéramos.

— ¿Algo sobre qué?

— Sobre mí —confesó ella—. Dijo que me deseaba, aunque yo no he visto ninguna prueba de ello. Me temo que no sé cómo debo tratarle. No se parece a ningún hombre de los que he conocido —Kagome la miró—. ¿Cómo lo hiciste tú? ¿Cómo captaste la atención de Lord Sesshomaru?

— Respiré —dijo ella melancólicamente—. Él sabía que mi madre y mis hermanas mayores habían sobrevivido a multitud de partos, y que yo tenía una buena dote. Eso fue todo lo que necesité.

Eso no serviría en su caso.

— A Lord Inuyasha no parecen interesarle esos asuntos.

— No —concordó Rin —. Habrá que pensarlo bien —se mordió los labios y examinó el salón. De repente, abrió los ojos de par en par y sonrió—. ¡Creo que ya sé quién puede ayudarnos a pensar!

Agarró el brazo de Kagome y, literalmente, la arrastró hasta llegar junto a Miroku.

— Milord —dijo Rin—. ¿Podríamos solicitar su ayuda un instante?

— No, Rin—susurró Kagome—. ¡No puedes estar hablando en serio! Se lo dirá a Lord Inuyasha.

— No si hacemos que jure guardar el secreto. Sois un hombre de palabra, ¿no es cierto, Lord Miroku?

— Depende de la palabra —dijo Miroku evasivamente, mirando a una y otra mujer—. Me doy cuenta de que estáis preparando algo, y no hay nada que me guste más que este tipo de complots —se frotó las manos con satisfacción—. ¿Qué están tramando las damas?

— Primero, tendréis que jurar que guardaréis secreto eterno —dijo Rin.

— Muy bien, mis labios están sellados —Miroku mantuvo sus labios cerrados con el pulgar y el índice de una mano.

Rin asintió con beneplácito.

—Kagome quiere casarse con vuestro hermano.

— ¡Rin! —Kagome se quedó con la boca abierta, horrorizada por el hecho de que lo hubiese soltado con tan poca delicadeza—. ¿Cómo has podido…?

—Oh, calla —dijo Rin—. No hay ninguna necesidad de darle vueltas al asunto. El tiempo es esencial. Necesitas un marido, y Lord Inuyasha necesita un heredero. ¿No es eso cierto, milord?

Miroku las miró de reojo mientras parecía meditar la pregunta. Se acarició el mentón, cubierto por la perilla.

— ¿Cómo debería responder a eso? —Preguntó cubriéndose los labios con los dedos—. Mi parte ambiciosa, que heredaría las tierras de Inuyasha, dice que no. Él no necesita un heredero. Me agradaría enormemente poseer semejantes riquezas, sin embargo, el hermano respetuoso que hay en mí está de acuerdo con las damas.

Su aire de broma se disipó cuando enfrentó la mirada de Kagome.

— ¿Y qué hay de vos, milady? Me gustaría conocer lo que sentís por mi hermano antes de comprometerme.

Sus sentimientos. Ésa era una pregunta muy difícil de contestar.

— Me parece lo suficientemente aceptable como marido.

Miroku resopló.

— ¿Y eso es todo lo que necesitáis?

— Necesita que alguien cuide de él —dijo Kagome, intentándolo de nuevo.

Miroku se rió.

— Eso es lo último que necesita. Os aseguro que puede apañárselas bastante bien solo. Intentadlo otra vez.

Rin le dio un codazo.

— Dile lo que me has dicho a mí, Kag.

Ella negó con la cabeza.

— La deja sin aliento, y está bastante encaprichada con él.

Kagome abrió la boca para reprender a su amiga, pero Rin no le habría hecho ningún caso.

— Ella percibe la bondad en su interior. ¿Tiene razón en eso, milord?

Miroku asintió.

— Muy bien, os ayudaré —echó un vistazo a lo lejos y palideció—. Aquí viene. Simulad que estamos hablando de cosas sin importancia.

Inuyasha frunció el ceño cuando cruzó el salón y vio a Miroku, a Rin y a Kagome reunidos en un círculo, como si estuviesen confabulándose para algún tipo de acción criminal.

Cuando se acercó, Miroku empezó a silbar, y su mirada recorrió rápidamente a las mujeres, que parecían concentradas en una conversación sobre velos.

Kagome se retorcía los dedos mientras hablaba con Rin.

— El verde es el mejor color para... para... para... las cosas.

— Oh, sí. Queda muy bien en cosas como… bueno, en muchas cosas.

— ¿Qué está pasando aquí? —preguntó Inuyasha suspicazmente.

En ese momento, tres rostros se volvieron hacia él con tal mirada de inocencia que habría hecho reír a cualquier otro hombre.

Inuyasha inclinó la cabeza y, de pronto, se sintió como un gato acorralado por tres ratones.

— ¿Qué clase de conspiración es ésta?

— ¿Conspiración? —preguntaron ellos casi al unísono.

Miroku le dio unas palmaditas en la espalda.

— Llevas sirviendo al rey durante tanto tiempo que ya ves cosas raras donde no las hay.

¿Lo creían tan necio como para no darse cuenta de que allí estaba pasando algo?

Evidentemente sí.

— Venid —dijo Rin tomando el brazo de Miroku—. Permitidme conduciros a la mesa y haceros partícipe de la maestría culinaria de nuestros cocineros. Os gustará el faisán asado —le dijo a Inuyasha—. La salsa de bayas de saúco es la más sabrosa de toda la Cristiandad.

Con renuencia, Inuyasha les siguió, sin poder sacudirse aún la incómoda sensación de que él era el único ganso que iba a ser cocinado a fondo en el salón esa noche.

Rin lo sentó a la mesa entre Kagome y Miroku. Se sentía atrapado, incapaz de escapar. Con un nudo en la garganta, guardó silencio mientras los criados servían la comida.

Miroku se inclinó hacia él.

— ¿Te encuentras bien?

Inuyasha respiró hondo y asintió, aunque podía sentir que estaba comenzando a sudar.

— ¿Milord? —le dijo Kagome, atrayendo su atención.

Cuando la miró a los ojos, observó una gentileza en sus rasgos que alivió el nudo de su estómago.

— Perdonad mi atrevimiento —dijo ella—, pero Rin me ha dicho que habrá un baile después de la comida. ¿Querrías uniros a mí?

Una imagen de ella danzando alrededor del poste de mayo le vino a la mente. No se le ocurría nada que pudiese proporcionarle mayor placer que bailar con ella.

— No, milady, no lo haré.

La desilusión oscureció sus ojos.

— A mí me encantaría bailar con vos —dijo Miroku, inclinándose por delante de Inuyasha para hablar con ella.

Una puñalada de celos atravesó su corazón, pero no dijo nada. En cambio, concentró sus pensamientos en servir la comida a Kagome. Observó la gracia de sus movimientos mientras comía. Y cuando ella tomó el cáliz y colocó los labios en el mismo lugar por el que él había bebido, sintió un escalofrío deslizándose por su espalda. Había algo muy íntimo en ese gesto. Era casi como si hubiesen compartido un beso.

— ¿La comida no es de vuestro agrado? —le preguntó ella en voz baja cuando notó que apenas había comido nada.

Inuyasha sacudió la cabeza.

— La comida está bien.

— ¿Entonces por qué no la coméis?

— No tengo hambre.

— ¿Sabéis, milord? No os he visto comer lo suficiente como para satisfacer a una abeja. ¿Cómo habéis crecido tanto alimentándoos tan sólo del aire?

— Se lo dejo a Miroku—dijo Inuyasha secamente—. Él come suficiente para ambos.

Kagome se rió cuando observó el plato de Miroku, en el que éste había apilado una cantidad de pollo, faisán, manzanas asadas y puerros digna de un rey.

— ¿Qué? —preguntó Miroku cuando notó que le miraba.

— Se limita a admirar tu glotonería.

Miroku tragó lo que tenía en la boca y alzó su copa.

— Buena comida, buena música y buenas mujeres son todo lo que necesito en la vida para ser feliz. Espero que algún día, hermano, pruebes esa combinación.

Inuyasha se apoyó sobre el respaldo de la silla, negándose a picar en el cebo por una vez. A decir verdad, no se sentía con ganas. Todo lo que quería era salir de allí.

La presencia de Kagome a su lado era el único consuelo que tenía.

Observó cómo ella mordía delicadamente un tierno pedazo de pollo, lamiéndose después esos labios rojos para quitarse la salsa. El consuelo se convirtió en un lecho de espinas que se le clavaron en todo el cuerpo.

Sería una grosería abandonar el salón. Lo sabía.

Pero aún así…

Lo has pasado peor.

¿De verdad? No podía recordar que ni siquiera las heridas más graves que había sufrido en la batalla le hubiesen dolido tanto como las ingles en ese preciso momento.

Parecía que había pasado una eternidad cuando, al fin, convocaron a los músicos y la gente empezó a levantarse de las mesas. Miroku se apresuró a tomar la mano de Kagome para sacarla a bailar.

Inuyasha lo observó con envidia. No había cojera alguna en los andares de Miroku, ni muestras de dolor en sus zancadas. Y, por un momento, deseó no haber corrido ante el caballo de su padre aquel día.

La vergüenza lo embargó ante semejante pensamiento. La vida de Miroku bien había merecido la pena. Mejor haber perdido la pierna que Miroku hubiese perdido la vida.

Pero deseó que, por una vez en la vida, fuese él quien bailara.

Suspirando, se levantó de la mesa y fue en busca del solaz que pudieran proporcionarle las almenas.

Kagome interrumpió su baile en cuanto se percató de que Inuyasha se iba. La tristeza parecía aferrarse a él, como si la alegría de la noche lo deprimiera.

— ¿Dónde va? —inquirió, preguntándose si había algo de verdad en sus sospechas.

Miroku se volvió para mirarle.

— A las almenas, sin duda.

— ¿A las almenas? —Frunció el ceño—. ¿Por qué?

Miroku se encogió de hombros.

— Lleva haciéndolo desde que puedo recordar. Se pasa la mayor parte de la noche paseando por ellas.

— ¿Por qué? —repitió ella.

Miroku le hizo un gesto indicando que le siguiese hasta una esquina apartada del salón.

Una vez que estuvieron lejos de los demás, Miroku dijo:

— Debéis jurar que no repetiréis lo que estoy a punto de deciros.

— Lo juro.

Miroku guardó silencio durante un minuto, como si estuviese reordenando sus pensamientos. Una profunda tristeza oscureció sus rasgos.

— No os podéis imaginar la niñez a la que Inuyasha sobrevivió, milady. Su padre jamás deseó un hijo. Lo único que deseaba era un legado. Quería que Inuyasha se entrenase para convertirse en un guerrero, y no en un hombre, e hizo todo lo que se le ocurrió para matar a la parte humana que había en él.

Kagome le miró fijamente, intentando asimilar lo que le estaba diciendo.

— No lo entiendo.

La tristeza de sus ojos se hizo aún mayor.

—Inuyasha no duerme mucho porque su padre pensaba que el sueño era una debilidad. Dormir es ser vulnerable. Siempre que pillaba a Inuyasha dormitando, lo golpeaba para despertarlo.

Ella recordó la rabia que había visto en los ojos de Inuyasha cuando lo despertó en el huerto. Por un momento, había temido realmente que la golpeara.

— ¿Cómo es posible que Inuno hiciese una cosa así? —preguntó.

— Su padre no tenía corazón —susurró Miroku—. Los condes de Ravenswood son tan grandes guerreros porque se les enseña a no sentir nada salvo ira y odio. Es fácil permanecer fuerte durante la batalla cuando no tienes nada que perder en la vida. De hecho, siempre han dado la bienvenida a la muerte y al alivio que les proporciona abandonar sus miserables y solitarias vidas.

El corazón de Kagome se detuvo.

— ¿Y Inuyasha?

— En la mayoría de las cosas, es diferente. Hay mucho de nuestra madre en él, aunque lo niega. Ella vivió lo bastante como para enseñarle lo que era la bondad, lo que se sentía al ser amado y protegido. Sabe lo que es proteger y amar pero, por alguna razón, se niega a ver ese lado de su personalidad. En cambio, sólo percibe la parte de él que es como su padre. Si conseguís que se dé cuenta de que no es como Inuno, conseguiréis un marido que jamás se apartará de vuestro lado.

Un estremecimiento de duda la atravesó. ¿Podría mostrarle lo que era el amor a un hombre al que habían hecho tanto daño?

— Os lo prometo, él merece la pena.

— ¿Pero cómo, Miroku? No sé cómo lograrlo.

Él suspiró.

— Yo tampoco. Inuyasha se encerró en sí mismo hace tanto tiempo que ni siquiera yo puedo alcanzarle. Nunca hubiese pensado que un hombre pudiera ser demasiado fuerte, pero, en el caso de mi hermano, debo admitir que así es.

La mente de Kagome dio vueltas a sus pensamientos hasta que un verso de su canción favorita pareció destacar entre lo demás.

— ¡Claro! —le dijo nerviosa a Miroku—. Accusain y Laurette.

Miroku frunció el entrecejo.

— No comprendo.

— Es una historia que escuchamos esta tarde en la feria. Trata de un soldado sarraceno y una princesa normanda. Pertenecían a dos mundos completamente diferentes, pero el amor permitió que llegaran el uno hasta el otro. Sanó su corazón herido y le permitió amarla.

— Pero eso no es más que un cuento, y esto es la realidad.

— Quizás, pero no soy otra cosa que una soñadora, y como tal, estaría muy mal por mi parte no hacer lo que Laurette haría si estuviese en mi lugar.

Miroku arqueó una ceja.

— ¿Y eso es…?

— Buscar a mi príncipe allí donde mora —le dio unas palmaditas en el brazo a Miroku—. Deseadme suerte.

Miroku esperó hasta que ella se hubo ido antes de susurrar:

— Deseo mucho más que eso, Kagome. Deseo que tengas éxito.

Inuyasha miraba fijamente la oscuridad de la noche que le rodeaba. Las antorchas habían sido encendidas para iluminar las puertas y el castrillo, pero más allá de eso no se veía nada. Tan sólo el negro vacío de la oscuridad.

Siempre había encontrado consuelo en la noche. Como los brazos de una madre, ella le hacía sentir que era único. Le recordaba a la muerte, y si cerraba los ojos, podía simular que el mundo había terminado. No había nada. Ni dolor, ni soledad, ni pasado. Ni futuro.

Nada.

Pero cuando abría los ojos, la realidad volvía de nuevo.

¿Cuándo acabaría de una vez?

— ¿Milord?

Se volvió hacia la suave voz que sonó a sus espaldas.

— ¿Milady? —dijo con aspereza—. ¿Qué estáis haciendo aquí?

Ella se colocó mejor la capa sobre los hombros.

— Vine a buscaros.

— ¿Por qué?

— ¿Por qué no?

— ¿Sois siempre tan impertinente? —preguntó él.

— Sí.

¿Qué había en ella que la hacía enfrentarse a él como ningún otro se había atrevido antes?

— No estoy de humor para juegos, milady. Deberíais volver dentro antes de que os congeléis.

— ¿Vendréis dentro conmigo?

Él negó con la cabeza.

Las risas llegaron desde el salón.

— El bufón —dijo Kagome con suavidad—. Deberíais haberos quedado a escucharle.

— ¿Por qué? —y a continuación, antes de que ella pudiese hacerlo, agregó: — ¿Por qué no?

Ella sonrió.

— En realidad, iba a decir que no os vendría mal reír de vez en cuando. La risa es el néctar de Dios.

Dio un paso hacia él y, para su asombro, extendió los brazos y colocó las manos sobre sus mejillas. Estaban sorprendentemente calientes, dado el frío que hacía.

Con los pulgares, tiró de sus mejillas hacia atrás, tratando de formar una sonrisa.

— ¿Veis? —dijo ella—. No se os ha roto la cara.

Inuyasha se apartó de su contacto y volvió a apoyarse sobre las almenas para contemplar la oscuridad del bosque. Kagome se acercó para colocarse a su lado, imitando su posición.

Pasaron varios minutos allí de pie. Aunque no se tocaban, Inuyasha podía percibir el cuerpo de ella con tanta claridad como si estuviesen hombro con hombro, cadera con cadera, pie con pie. De hecho, podía sentirla con cada fibra de su cuerpo.

Inuyasha intentó ignorarla, pero el viento atrapó su dulce y femenina esencia y la llevó hasta él.

Las risas del salón disminuyeron a medida que la música empezaba de nuevo.

— Ya es suficiente —dijo Kagome, rompiendo el silencio. Tomó la mano de él y le hizo girarse hacia ella—. Bailaré con vos.

— No sé bailar —confesó él.

— Sí, claro que sabéis. Olvidáis que os he visto entrenando, y todo hombre capaz de girar y maniobrar como vos lo hacéis, podrá bailar sin ningún tipo de problemas.

— Os aplastaré los dedos de los pies.

— Se curarán.

No supo qué responder a eso, así que le permitió tomar sus manos y enseñarle unos cuantos pasos. Para su enorme asombro, no le pisó los pies, y, más asombroso todavía fue el hecho de que se divirtiese haciendo algo tan inofensivo.

Estaba en armonía con todo lo que se refería a Kagome mientras ésta se deslizaba a su alrededor. Con la luz de la luna iluminando los mechones de su pelo. Con la risa en sus ojos. Sintiendo el cuerpo de la mujer tan próximo al suyo propio.

Ella había logrado convertir su hambre en un apetito frenético que bramaba y rugía demandando que la tomara. Las oleadas de anhelo lo golpeaban con energía, y permanecer inmóvil fue todo lo que pudo hacer para permanecer impasible ante la fuerza del temporal.

Ella dio una vuelta y tropezó. Inuyasha la cogió justo antes de que se cayera.

La sostuvo entre sus brazos, inclinada. Sus labios estaban tan cerca que apenas les separaban unos centímetros y sus pechos presionaban el uno contra el otro.

Él estudió atentamente el color rosado de sus labios, deseando con todas sus fuerzas atreverse a enfrentar la ira del rey para probarlos.

Sería tan fácil...

Kagome se aferró a él con los ojos abiertos de par en par, mirándole con gratitud.

— Mi héroe —susurró.

Inuyasha la miró fijamente. El título de héroe le había sido concedido hace años por necios que no sabían absolutamente nada de él, y por hechos que ni siquiera podía recordar. Pero, por primera vez en su vida, se sintió realmente heroico al verse reflejado en las oscuras pupilas de los ojos de ella. Y aún más sorprendente fue descubrir la alegría que le brindaron sus palabras.

De repente, cobró suma importancia para él que ella lo viese de esa manera. Que nunca se sintiese desilusionada.

Una necesidad oscureció los ojos de Kagome mientras le contemplaba a la luz de las antorchas.

— ¿Qué es lo que queréis de mí? —preguntó mientras se enderezaba para ponerla en pie delante de él.

Ella se mordió los labios.

— Supongo que debería mostrarme tímida con estas cosas, pero nunca lo he sido. Me he dado cuenta que la franqueza es, a menudo, la mejor manera de enfrentarse a los problemas, y para mostrarme acorde con mi naturaleza, os diré exactamente lo que quiero —alzó la barbilla para mirarlo con una expresión de absoluta sinceridad—. Os quiero a vos, milord.

La observó fijamente con rasgos impasibles, sin comprender del todo lo que pretendía decirle.

— ¿Me queréis para qué?

— Para marido.

Se quedó boquiabierto. ¿En qué demonios estaba pensando aquella mujer? ¿Es que había perdido la cabeza?

— ¿Os hacéis una idea de lo que estáis diciendo? —le preguntó.

— Pues sí, claro —contestó Kagome, indignada.

Inuyasha se apartó ligeramente de ella. No sabía qué diablos la había poseído, pero aquello era una estupidez de primer orden.

— No tenéis ni idea de lo que pedís, milady. A lo que os estaríais condenando.

— No estoy de acuerdo —dijo dando un paso hacia él y extendió la mano para agarrar su brazo.

Una vez más, él se apartó.

— No me conocéis en absoluto.

— Y mi madre no conocía en absoluto a mi padre. De hecho, no lo vio hasta el día de la boda, y aun así, se amaron el uno al otro. Muchísimo.

— Habláis de ello como si fuese una cuestión simple.

— El matrimonio a menudo lo es.

— Os estáis comportando como una estúpida, señora. Largaos de aquí —le dio la espalda y empezó a caminar hacia el torreón.

Ella corrió tras él y le bloqueó el camino.

— No podréis escapar de mí. No pienso permitirlo.

Sintió cómo la furia le invadía ante el hecho de que ella se atreviese a bloquearle el paso. Especialmente cuando todo lo que deseaba hacer era huir de ella y de los confusos sentimientos que le provocaba.

— ¿Es ésta vuestra manera conseguir que os envíe a casa con vuestro padre?

Ella lo miró como si el mero pensamiento la ofendiese.

— Lo último que quiero es que me enviéis a casa. Quiero un marido.

— Entonces regresad al salón y buscad otro.

Y antes de que supiera lo que pensaba hacer, Kagome tomó su rostro entre las manos, se puso de puntillas y apoyó sus labios contra los de él.

El deseo inundó todas las fibras de su cuerpo.

Reaccionando de forma totalmente instintiva, Inuyasha la apretó entre sus brazos y amoldó su cuerpo contra el de él. Kagome se rindió totalmente a sus caricias mientras él le abría la boca para probar su dulzura. Enredó los brazos alrededor del cuello del hombre y suspiró de alegría.

La cabeza de Inuyasha rugía como si hubiese bebido demasiada cerveza, y todo pensamiento racional desapareció de su mente.

No existía nada salvo ella; nada salvo su cuerpo cálido y flexible contra el de él; nada excepto el sabor de su boca, el olor a madreselva de su pelo, y el sonido de su respiración entrecortada sobre sus oídos.

Su beso era una mezcla de inocencia y timidez, aunque curioso e intrépido. Él jamás había sentido algo así, y tampoco había deseado nada como deseaba tener un lecho para ellos dos en esos mismos momentos.

En su excitación, ella apretaba los pechos contra su torso, inflamándole aún más cuando se frotaba contra él, rozando con la cadera su miembro duro e hinchado.

Inuyasha se apartó de sus labios con un gemido y se atrevió a hacer lo que llevaba tanto tiempo deseando. Enterró los labios en el hueco de su garganta y mordisqueó su tierna carne con los dientes. Kagome jadeó de placer y, sepultando las manos en su cabello, lo apretó con fuerza contra ella.

El dulce sabor de su piel se grabó a fuego en los labios y en la lengua de Inuyasha mientras ella se estremecía en sus brazos. La deseaba. En ese lugar, en ese momento.

Su cuerpo ardía por ella y no podía pensar en otra cosa que en poseerla.

Kagome gimió ligeramente al percibir la cruda sensación de poder que emanaba del hombre a medida que la lengua y los labios obraban esa magia sobre su cuerpo. Cientos de espirales de placer atravesaron todo su cuerpo, dejándola con una insólita y pulsante necesidad.

Sin vergüenza alguna, ella apretó los labios contra sus mejillas, sombreadas por la barba incipiente, encantada con el sabor y el contacto de aquella piel masculina. Lo sintió temblar mientras deslizaba una mano sobre su pecho derecho, dándole un ligero apretón. Ella se sobresaltó ante la extraña sensación que la atravesó, y su deliciosa agonía no hizo más que aumentar cuando él cubrió su pecho y hundió la cabeza bajo la línea de su escote para besar la carne que estaba justo al lado de la firme cúspide.

Oh, era maravilloso. Sentirle tan fuerte y exigente entre sus brazos mientras le proporcionaba un placer que Kagome jamás había conocido. Nunca se había sentido así, y, en ese momento, supo que no descansaría hasta que Inuyasha fuese de su propiedad.

Y cuando él metió la mano dentro de su escote y acarició el pecho desnudo con sus dedos, ella pensó que lo más seguro era que se desmayara de placer.

Inuyasha gimió al sentir el pesado pecho en su mano y su pezón tenso contra su palma mientras movía la boca hacia su oreja. Produjo miles de escalofríos sobre la piel de ella con la lengua, maldiciendo a la vez el condenado tejido que le impedía acariciar todo su cuerpo.

Con la cabeza dándole vueltas, Inuyasha regresó hacia sus labios y la empujó contra la pared.

Kagome tomó el rostro de Inuyasha entre las manos mientras se deleitaba en la sensación del firme cuerpo de él apretándola con fuerza contra las frías rocas. Lo besó con fiereza cuando él asaltó su boca. Nunca había saboreado nada como ese hombre. Era totalmente increíble. Absolutamente maravilloso.

Se dio cuenta vagamente de que le estaba subiendo el dobladillo de la túnica. Recorrió con las manos sus nalgas desnudas, dejando un rastro de calor y placer sobre su piel. Y antes de que se diera cuenta de lo que iba a hacer, Inuyasha bajó la mano entre ellas y separó cuidadosamente los pliegues inferiores de su cuerpo para tocarla donde nadie la había tocado jamás.

— Oh, Inuyasha—gimió mientras sus dedos aliviaban el dolor palpitante que sentía en el mismo centro de su ser, y ella se frotaba instintivamente contra su mano.

Inuyasha se quedó paralizado al escucharla pronunciar su nombre, y la realidad le cayó encima de repente.

Un minuto más y habría…

Soltando una maldición, se obligó a apartarse de ella antes de que fuese demasiado tarde.

Ella volvió a acercarse, pero él agarró sus brazos para evitarlo. Tenía los labios hinchados por sus besos. Y al ver sus ojos cargados de pasión, Inuyasha pudo comprobar que Kagome lo deseaba tanto como él a ella.

Pero tomarla significaría su muerte.

— ¿Tanto me odias que sacrificaríais tu virginidad para verme muerto? —preguntó con furia.

Ella parpadeó confundida.

— Yo no te odio, Inuyasha. ¿Cómo podría?

El hechizo en el que ella lo había envuelto desapareció ante esas palabras, y, una vez más, la claridad reinó en su mente.

— Me parece que la pregunta sería: ¿Cómo podríais no hacerlo?

Continuara…..

Sé que muchos se morirán de coraje con este capítulo este Inuyasha mira que detenerse en lo más bueno jeje pero así es la historia que le vamos a hacer.

Saludos