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CAPÍTULO 12
Kagome cabalgó el resto del camino a Ravenswood con Miroku. Aunque trató de introducir a Inuyasha en la conversación repetidamente, él se negó. Lo mejor que pudo obtener fueron respuestas monosilábicas.
¡Aquel hombre era una inaccesible montaña de silencio! Pero ya se daría cuenta de que ella encontraría la forma de subirse a él. Tanto literal como figuradamente.
De hecho, una vez que se hubo recuperado del sobresalto que le había producido el libro, estuvo considerando la posición setenta y tres con renovado interés. ¿Qué se sentiría al tener a un hombre prohibido y oscuro manejándola de esa manera?
Al tener a ese fuerte e indomable guerrero rodeándola, llenándola con su cuerpo, poseyéndola de una forma en que ningún otro hombre lo había hecho, a la vez que ella lo poseía como ninguna otra mujer.
Aquello ofrecía grandes y atractivas posibilidades.
Aun así, no podía imaginarse cómo sería sentirlo dentro de ella, aunque Sango le había asegurado que la posición setenta y tres, definitivamente, les proporcionaría mucho placer a ambos.
Kagome estudió atentamente la fuerte espalda de Inuyasha, y vio de nuevo aquellos húmedos músculos en su mente. Sí, pondría al descubierto aquella piel morena y la exploraría a placer con sus manos y con sus labios. Sería suyo.
Si conseguía que se casase con ella.
Su mente continuó divagando. ¿Qué conseguiría hacerlo reír? Los chistes no habían funcionado. Tenía que haber algo que ella pudiese hacer. Algo que él encontrase divertido.
Y lo encontraría.
Llegaron a Ravenswood con la puesta de sol. Exhausta y desanimada, permitió que Miroku la ayudara a desmontar.
Inuyasha no les esperó. Empezó a subir los escalones que llevaban a la torre. Kagome lo vio ponerse rígido al llegar a la puerta.
Ascendiendo las escaleras, se detuvo tras él y se asomó por encima de su hombro.
— ¡Dios bendito! —Susurró, recorriendo el interior con la mirada—. Veo que ha estado muy ocupado.
Se habían fabricado nuevas mesas y las habían colocado en las esquinas. La pintura blanqueaba los muros, antes pardos, y su olor le irritaba la nariz. Nuevos tapices habían sido colgados, y habían quitado las contraventanas para dejar pasar la luz a través de las resplandecientes vidrieras de colores. Había juncos recién cortados sobre el suelo, y un aroma especiado y agradable le dio la bienvenida.
— ¿Estoy en mi salón de verdad? —dijo Inuyasha ásperamente.
Kagome se rió.
— Eso creo.
— ¡Denys! —bramó Inuyasha, dirigiéndose al recibidor.
Denys apareció inmediatamente, apresurándose desde la puerta lateral.
— ¡Milord! —lo saludó.
Kagome vio la vacilación en el rostro del mayordomo mientras se frotaba las manos con un gesto nervioso.
— ¿Es de vuestro agrado?
Inuyasha la miró.
— ¿Milady?
Ella asintió.
— Ha quedado maravilloso.
Denys sonrió.
— ¿Ha sobrado algo del dinero que te di según el presupuesto que hiciste? —preguntó Inuyasha.
— Sí, milord —dijo Denys asintiendo con la cabeza—. Bastante, de hecho.
— Entonces quédatelo.
Denys parecía atónito.
— ¿Estáis seguro, milord?
— Te lo has ganado. Tómate la semana libre y descansa.
— Oh, gracias —dijo Denys con reconocimiento antes de marcharse.
Inuyasha se encaminaba hacia las escaleras cuando una voz severa le detuvo.
— ¡Ni se os ocurra subir con las botas llenas de barro!
Kagome arqueó una ceja, sorprendida ante aquel tono atrevido, en el momento en que una gruesa mujer, que parecía tener alrededor de cuarenta y cinco años, entraba en la antesala del salón de Inuyasha. Su pelo castaño oscuro se mezclaba con mechones grises, y mantenía su espalda erguida como si estuviese dispuesta a enfrentarse a un ejército tan sólo blandiendo su ingenio.
— No permitiré que me llenéis el suelo de barro —dijo ella con una voz incluso más dura que antes—. Aunque el salón sea vuestro, eso no os da derecho a estropear nuestro trabajo. Ahora, quitaos esas botas.
La expresión del semblante de Inuyasha habría acobardado al mismísimo demonio. Pero la mujer se limitó a detenerse delante de él, y enfrentó su mirada con una impertinente franqueza.
— ¿Quién eres? —exigió saber Inuyasha, con un tono letal y afilado.
—Kaede. Vuestro mayordomo, Denys, me contrató para mantener este salón en condiciones, y eso es lo que pienso hacer.
Inuyasha abrió la boca para decir algo, y entonces frunció el entrecejo.
— ¿Kaede?
— Sí, la doncella de vuestra madre. Ya golpeé vuestro trasero cuando no erais más que un bebé, y puedo volver a hacerlo.
Los ojos de Kagome se abrieron de par en par ante la audacia de la mujer.
Inuyasha no demostró reacción alguna.
— Me dijeron que habías muerto.
La ternura brilló en los ojos marrón oscuro de la mujer, y Kagome pudo percibir su deseo de extender la mano para acariciarlo.
— Si lo estoy, entonces he vuelto para perseguiros —dijo en un tono mucho más amable—. Ahora, quitaos esas botas.
Ante el enorme asombro de Kagome, él obedeció.
— Gracias, milord —dijo Kaede—. Vuestras habitaciones os están aguardando arriba. Denys y yo hemos trasladado las cosas de la señora al cuarto de huéspedes.
— ¿Tenéis un cuarto de huéspedes? —preguntó Kagome.
Kaede sonrió amablemente.
— Su Señoría lo tiene ahora.
— Te agradezco tus servicios, Kaede—dijo Inuyasha suavemente, entonces comenzó a subir los escalones.
Kagome observó atentamente la extraña escena. ¿Quién habría pensado que el más fiero guerrero de Inglaterra subiría las escaleras en calcetines para complacer a su ama de llaves?
Sí, había mucha bondad en el corazón de Inuyasha.
Sonriendo, dio un paso hacia los escalones, pero el carraspeo de Kaede la dejó clavada en el sitio.
— Eso también iba por usted, milady.
Kaede se mordió los labios y se quitó los zapatos.
Kaede asintió con aprobación.
— Os enviaré la comida a vuestra habitación. Estoy segura de que querréis descansar. Ahora, si me seguís, os mostraré los nuevos aposentos.
Kagome se lo agradeció y empezó a subir.
Hizo una pausa cuando pasaron junto al cuarto de Inuyasha. La puerta estaba firmemente cerrada, y no se escuchaba ningún sonido procedente del interior.
Extendiendo la mano, acarició la dura madera que los separaba y se preguntó qué estaría pensando él. Había estado muy callado ese día. Mucho más de lo habitual, incluso para él.
— Os tendré —juró ella en voz baja.
Retiró la mano de la puerta y se apresuró a seguir a Kaede, que se dirigía al fondo del pasillo. El ama de llaves empujó la puerta y se hizo a un lado para dejar pasar a Kagome.
Los ojos de la joven se abrieron de asombro al contemplar la alegre habitación. La nueva cama resplandecía con las sábanas limpias y las colchas de pieles. Había otro juego de tapices sobre las paredes, y una gruesa alfombra cubría el empedrado del suelo.
Mientras ella se quitaba la capa, Kaede encendió el fuego.
— Si milady necesita algo, por favor, hacédmelo saber.
Kagome permaneció en silencio durante varios minutos, observándola trabajar.
— ¿Kaede?
La mujer se detuvo un momento y alzó la cabeza para mirar a Kagome sobre su hombro.
— ¿Sí, milady?
— ¿Tienes alguna idea de lo que podría hacer que Lord Inuyasha sonriera?
Una oscura tristeza atravesó los rasgos de Kaede.
— No hay nada en esta tierra que pueda conseguir eso.
— Pero seguramente…
— No, milady. Os lo prometo, nada sería capaz de traer una sonrisa a los labios de Su Señoría. No después…
Kagome esperó, pero Kaede se volvió hacia el hogar y añadió más leña.
— ¿No después… de qué? —la incitó Kagome.
— No soy yo la que debo decirlo —añadió, poniéndose en pie, limpiándose las manos en las faldas—. Pero si yo fuera vos, milady, evitaría a ese hombre a toda costa.
— ¿Y eso por qué?
— Porque todas las damas que han vivido bajo el techo de Ravenswood han muerto asesinadas.
Un escalofrío subió por su espalda mientras el terror y el miedo anidaban en su corazón.
— ¿Asesinadas? —susurró—. ¿Cómo?
— A manos de sus señores.
Kagome estaba horrorizada.
— ¿Y la madre de Inuyasha?
— Asesinada a manos de su sire.
La habitación pareció tambalearse a su alrededor. No podía imaginarse nada más horrendo.
— ¿Y Lord Inuyasha estaba allí cuando sucedió?
— Yaciendo inconsciente en el suelo por haberse atrevido a protegerla.
Sintió un peso en el pecho y un nudo en el estómago. Kagome se santiguó ante la idea de un horror semejante. ¡Santo Cielo!, no era de extrañar que fuese tan retraído.
Al fin entendía por qué nunca sonreía. ¿Cómo podría? ¿Cómo iba nadie a tener sentido del humor después de haber visto algo tan horrendo?
Y en ese momento, deseó incluso más llegar hasta él.
— ¿Fue ésa la razón por la que te fuiste de aquí? —le preguntó a la mujer mayor.
— No, intenté quedarme para cuidar de Su señoría, pero su padre no quiso ni oír hablar del tema. Dijo que Lord Inuyasha ya había sido suficientemente malcriado por las mujeres. Que ya era hora de convertirlo en un hombre.
Por lo que había oído, Kagome pudo imaginarse lo que eso había traído consigo.
— ¿Y qué te ha hecho volver ahora?
Kaede frunció el entrecejo y estudió atentamente el hogar, como si estuviese meditando lo que debía decir.
— No es fácil contestar a eso, milady. Cuando Denys me pidió la primera vez que viniera, me negué. Recordaba demasiado bien cómo habían sido los condes anteriores, y temí que su hijo se hubiese convertido en uno de ellos. Pero entonces escuché la voz de la madre de Su Señoría rogándome que viniese a cuidar de él.
La mujer alzó la cabeza para mirar a Kagome a los ojos.
— Ella lo hacía casi todas las noches, mientras le preparaba la cama. «Kaede », solía decir, «si algo me ocurriese, por favor, cuida de mis hijos» —inspiró profundamente, y Kagome pudo ver las lágrimas en sus ojos—. Lady Izayoi era una santa. Era amable y buena como la misma Virgen, y, por ella, dejé que Denys me convenciese de volver a este lugar.
Con sus propios ojos cargados de lágrimas, Kagome se aclaró la garganta.
— Me alegro de que estés aquí, Kaede.
Kaede asintió, y después pidió permiso para ausentarse. Kagome se sentó sobre el tocador mientras su mente trataba de digerir lo que le había dicho el ama de llaves.
— Oh, Inuyasha—suspiró con un nudo en la garganta.
Le dolía pensar en lo que habría sufrido. Debía odiar a su padre por aquello. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Se preguntó qué habría hecho su madre para que su padre hiciese algo así.
Miroku, pensó ella con un sobresalto. Debió ocurrir cuando su padre se enteró de que Miroku era ilegítimo.
Cerrando los ojos, dio rienda suelta a las lágrimas que guardaba en su interior. Lágrimas por el muchacho que había visto lo que ningún niño debería presenciar, y lágrimas por el hombre en que se había convertido, quien se negaba a amar.
Durante toda una quincena, Kagome intentó pasar algún momento con Inuyasha, pero él la trataba como si fuera una leprosa con el baile de San Vito.
Al final, llegó a la conclusión de que cualquier intento de estar a solas con él sería inútil. Jamás comía en el salón con el resto de ellos, sino que permanecía encerrado en su cuarto o ni siquiera se molestaba en regresar a casa.
No tenía la más ligera idea de en qué ocupaba su tiempo. Y si Miroku lo sabía, no le había dicho nada.
Pero, al menos, Miroku le proporcionaba alguna distracción.
— ¿Por qué me molesto? —se preguntó mientras se sentaba en el gran salón para desayunar.
Algunos de los caballeros de Inuyasha estaban a su alrededor, pero ninguno lo bastante cerca como para oírla. No sabía dónde había ido Miroku esa mañana, y permitió que Sango se quedara durmiendo, ya que su doncella había estado despierta hasta muy tarde haciendo algo que no había querido compartir con Kagome. Y, conociendo a Sango, Kagome pensó que probablemente sería mejor no conocer ningún detalle.
Eligiendo un trozo de pan, Kagome suspiró.
Entonces, el griterío del vestíbulo llamó su atención.
Kagome alzó la mirada para ver cómo uno de sus baúles estaba siendo acarreado escaleras abajo por dos de los sirvientes. Se levantó de su asiento y los siguió afuera, donde los baúles fueron colocados en una carreta.
— ¿Qué está pasando aquí? —le preguntó a uno de los criados.
— ¿No estáis preparada?
Dio un respingo al escuchar la estruendosa voz de Inuyasha a sus espaldas. Girando en redondo, lo vio delante de la puerta.
— ¿De dónde habéis salido? —preguntó ella, asombrada de que un hombre tan grande pudiera moverse sin hacer un solo ruido.
— Estaba dejándole instrucciones a Denys.
Ella frunció el entrecejo.
— ¿Instrucciones?
— La boda de vuestra hermana es mañana. Asumí que querríais ir. De hecho, vuestra doncella me dijo que ya lo teníais todo empaquetado.
La alegría la inundó al escuchar esas palabras. ¡Eso era lo que Sango había estado haciendo hasta tan tarde!
— No creí que me permitierais asistir.
— Soy una bestia, Kagome, no un bastardo.
Ella lo rodeó con los brazos y lo abrazó con fuerza. Apretó la mejilla contra su rostro sombreado por la barba y trató de no notar la forma en que su aliento abandonaba sus pulmones.
— En este momento, milord, no sois otra cosa que un hombre muy dulce —susurró en su oído.
Él se puso tenso, pero no se apartó. Era una pequeña victoria, pero una que ella aceptó alegremente.
Kagome se mordió los labios y se separó de él.
— Dadme un momento, regresaré enseguida.
— ¿Un momento o una hora?
— Un momento —le dijo ella riéndose—. Os lo prometo.
Él asintió, y Kagome corrió hasta su cuarto para coger la capa.
En su habitación, vio a Sango, que parecía muy satisfecha.
— ¿Os ha gustado la sorpresa? —preguntó la sirvienta.
— ¿Por qué no me lo dijiste?
Sango le ayudó a atarse la capa.
— Quería que supierais que era cosa de Su Señoría, y no mía. Fue él quien preguntó por la fecha de la boda cuando regresamos de Lincoln.
— ¿Eso era lo que estabas haciendo anoche?
Sango sonrió tímidamente.
— Gracias. Ahora coge tu capa y vámonos; no quiero hacerle esperar.
Inuyasha no podría creer lo que veían sus ojos cuando Kagome apareció sólo unos minutos después de haber subido. La felicidad coloreaba sus mejillas, y había una marcada ligereza en sus pasos mientras se acercaba a él.
Estaba realmente encantadora. Y aunque sabía que no tenía ningún derecho a ir a las tierras de su padre, la felicidad de ella bien merecía un poco de incomodidad.
Si había algo en vida que él respetaba, era a aquéllos que aman a su familia.
— Ayúdala a montar —le dijo a Miroku.
Miroku lo miró con el ceño fruncido.
— ¿Estás seguro?
Él asintió.
Una vez que estuvieron sobre los caballos, Inuyasha guió a la pequeña comitiva a través de las murallas.
Llegarían a las tierras de su padre justo después del ocaso.
¡Vaya, qué alegría!, pensó malhumoradamente.
Pero haría feliz a Kagome, y, por alguna razón que no atinaba a comprender, su felicidad era más importante para él que su propia soledad.
Las últimas semanas habían sido una tortura. Cuanto más la veía, más la deseaba. Incluso en esos momentos, todo lo que podía pensar era en cómo sería enterrar la cara en el hueco de su garganta y saborear la dulzura de su piel.
Se había pasado en vela una noche tras otra, imaginándose el aroma de su cabello sobre la almohada. La sensación de sus senos apretados contra su pecho. El sonido de sus suspiros de placer junto a los oídos mientras ella le rodeaba la cintura con las piernas y daba la bienvenida a su miembro dentro de su cuerpo.
Soltó un juramento por lo bajo al sentir que todo su cuerpo clamaba por apoderarse de ella.
Y, por si eso no fuera bastante, Kaede había vuelto a su hogar. Con una opresión en el corazón, trató de no pensar en la última vez que la vio.
Inuyasha negó con la cabeza. No quería recordarlo. Era mucho más fácil desterrar todo recuerdo de amabilidad. Desterrar todo recuerdo de ser amado y protegido. Y, sobre todo, tenía que desterrar todos los pensamientos sobre Kagome antes de que lo volvieran loco.
Kagome espoleó a su caballo cuando las murallas del hogar de su padre aparecieron ante su vista. Galopó a toda prisa hasta llegar al puente.
Durante años, esas paredes de piedra gris habían supuesto una prisión, pero aun así, sintió que la inundaba la alegría al verlas. ¡Estaba en casa!
Thomas, el partisano, estaba de guardia. Riendo, le hizo un gesto con la mano para saludarla, y ordenó que levantaran el rastrillo.
Con el corazón cantando en su pecho, condujo a Inuyasha y a sus cinco hombres a través de la barbicana.
Gritos de bienvenida llegaron de todos lados, y saludó con la mano a la gente que conocía de toda la vida: Graham, el panadero; Evelyn, la mujer del arrendatario, Timothy, el maestro de armas… y así muchos más.
La puerta de la torre se abrió justo cuando llegaba al pie de las escaleras de piedra.
— ¡Kag! —bramó su padre, bajando a toda prisa los escalones, como un niño.
Kagome, se dejó caer del caballo directamente en sus brazos. Su padre la abrazó con tanta fuerza que, por un momento, temió que le rompiera las costillas.
— Mi preciosa Kag—susurró en su oído—. ¿Por qué estás aquí?
— Lord Inuyasha me trajo a la boda de Kikyo.
Myoga se puso rígido ante la mención del nombre de su enemigo. Apartándose de ella, miró a su alrededor hasta que vio a Inuyasha aproximándose sobre su caballo blanco. El odio resplandeció en sus ojos.
— ¿Te ha tocado?
Ella sacudió la cabeza, aunque pudo notar cómo el rubor invadía su rostro.
Lo que habían compartido había sido culpa suya, y no quería que Inuyasha se viese dañado por ello.
— Es un buen hombre, padre.
Myoga hizo una mueca de asco.
— Es el diablo.
— ¿Ya estamos otra vez con eso? —dijo Inuyasha irónicamente mientras tiraba de las riendas para detenerse—. Creía que a estas alturas ya habríais encontrado otro insulto para mí.
— ¡Bastardo!
Inuyasha le dedicó una mirada de hastío a Miroku.
— A mi parecer, hermano, el conde necesita tu consejo para maldecir de forma efectiva al enemigo. Sus esfuerzos son, como mucho, endebles.
Su padre dio un paso hacia él, pero Kagome lo detuvo.
— Por favor, padre.
Éste hizo una pausa e inclinó la cabeza para mirarla, luego asintió.
— Venid, milord —le dijo Kagome a Inuyasha—. Me encargaré de buscaros unas habitaciones.
— Nosotros acamparemos…
— No —dijo ella bruscamente antes de que Inuyasha pudiera terminar—. Vinisteis a una fiesta y exijo que asistáis.
— ¿Exigís? —preguntó Inuyasha con tono incrédulo.
— Sí —replicó ella, alzando la barbilla con obstinación—. Ahora desmontad y permitid que nuestro mozo de cuadra se encargue de vuestros caballos.
Inuyasha intercambió una mirada cauta con Miroku.
— ¿Tú qué piensas? —le preguntó—. ¿Crees que la dama ha perdido completamente el juicio ahora que ha regresado?
Miroku se encogió de hombros.
— Haré lo que tú decidas. Dentro o fuera, a mí me da lo mismo.
Inuyasha miró a Myoga.
— ¿Tengo vuestra palabra de que no se hará daño a ninguno de mis hombres?
— ¿Aceptaríais mi palabra?
— En lo que a ellos se refiere, sí.
— Entonces podéis dormir tranquilo. En mi casa no sufriréis ningún daño.
Inuyasha asintió y les hizo un gesto a sus hombres para que desmontasen.
Kagome respiró profundamente, aliviada. Después de todo, quizás pudiese recuperar la paz entre ellos.
Aun así, se dio cuenta de la forma en que Inuyasha mantenía la mano firmemente apretada contra el puño de su espada mientras ascendía los escalones, con Miroku un paso detrás de él, y de la rigidez de la espalda de su padre.
Bueno, quizás la paz era esperar demasiado. A estas alturas, se contentaba con que no hubiese derramamiento de sangre.
Kagome enlazó el brazo con el de su padre y se encaminó hacia la torre.
Los invitados a la boda se apiñaban en el enorme salón, yendo de un grupo a otro, probando la comida y charlando mientras los músicos tocaban. Nunca antes había visto tal multitud de personas en la casa de su padre; ni siquiera podía localizar a ninguna de sus hermanas entre el gentío.
Percibió la reserva que se instaló inmediatamente en el rostro de Inuyasha, la tensión de su cuerpo. Se detuvo un momento.
Myoga odiaba las muchedumbres tanto como Inuyasha.
— ¿Por qué tantos, padre?
Sus rasgos se ensombrecieron.
— Naraku así lo deseaba —dijo simplemente—. Yo no tenía el menor deseo de que el matrimonio empezara peor de lo que ya es. Sólo quiero que Kikyo sea feliz, de modo que creí que sería mejor complacer a mi nuevo hijo.
Alguien, a quien ella no conocía, llamó a su padre.
Naraku estaba de pie al lado del desconocido con ese familiar, y casi maligno, fruncimiento de labios, cuando saludó con la mano a su padre.
¿Qué tenía ese hombre que la enervaba de esa manera?
¿Y por qué Kikyo no lo veía?
Notó la renuencia en los ojos de su padre antes de que se excusara para acudir donde estaban ellos. Inclinándose para darle a Kagome un beso en la mejilla, susurró:
— Volveré en cuanto pueda.
Una vez que se fue, Kagome se volvió hacia Inuyasha.
— No tenía ni idea de que sería así.
Ella no había visto a Inuyasha tan reservado y adusto desde el primer día que llegó a Warwick con los hombres del rey.
— Acamparemos fuera…
— No —dijo ella tomándole del brazo para impedir que se fuera—. Hay habitaciones suficientes para vosotros.
Un músculo empezó a palpitar en la mandíbula del hombre.
— ¡Kagome!
Ella se volvió en el mismo instante en que Kikyo la tomaba por la cintura para abrazarla con fuerza.
— ¡Has venido! No puedo creerlo.
Kagome se rió y abrazó a su hermana. Pero cuando miró a Kikyo a los ojos, la risa desapareció. Había un rastro de congoja en su rostro, y había perdido bastante peso.
— ¿Estás enferma? —preguntó ella, preocupada por la apariencia de Kikyo.
— No —dijo Kikyo con voz insegura—. Es sólo que he estado muy ocupada con los preparativos de la boda.
Kikyo estaba escondiendo algo. Kagome lo sabía a ciencia cierta.
Pero ése no era el momento de preguntárselo. En cambio, Kagome se obligó a recomponer de nuevo una sonrisa y le presentó a Inuyasha a su hermana.
— Es un honor conocerla —dijo Inuyasha de forma casi encantadora—. Lady Kagome habla de vos constantemente, y debo decir que tenía razón. Seréis una novia muy hermosa.
Kikyo se ruborizó.
— Gracias, milord.
— ¡Kikyo!
Su hermana se encogió ante el grito de Naraku.
— Debo irme —les dijo Kikyo. Agarró la mano de Kagome—. ¿Te veré después en mi habitación?
Kagome asintió.
Una vez Kikyo se fue, ella miró a Inuyasha.
— Así que sabéis mostraros encantador.
— No carezco por completo de modales.
Miroku resopló.
— Sí, me han dicho que incluso a un mono pueden enseñarle…
Inuyasha le dio un codazo en el estómago a Miroku. Éste aspiró el aliento entre los dientes y se frotó el vientre.
Inuyasha se apartó de su hermano y miró a Kagome atentamente.
— ¿Qué os preocupa?
Kagome miró a los lados con inquietud.
— ¿Quién dice que estoy preocupada?
— Yo mismo.
¿Qué provecho sacaría escondiéndole sus sentimientos? De hecho, de pronto sentía el extraño impulso de confiar en él.
— ¿No os pareció que mi hermana actuaba de forma extraña?
— Como no la conocía hasta ahora, diría que la he visto normal.
— ¿No os parecía estresada o nerviosa? —preguntó ella.
— Su boda es mañana. Imagino que el nerviosismo es típico en estos casos.
— Quizás. Pero aún así… —Kagome sacudió la cabeza—. No hay duda de que me estoy comportando como una estúpida. Vamos, señores —dijo ella, tomando el brazo de Inuyasha y mirando a Miroku—. Permitidme que os dé algo de comer y que después os lleve a vuestros aposentos.
Inuyasha dejó que le arrastrara por el salón, condenándose en todo momento por no largarse de allí. Jamás debería haber venido. Myoga era su enemigo mortal, y todo en ese hombre le gritaba a Inuyasha que no era bienvenido.
Y todo por su sentido de la caballerosidad. Mejor ser azotado que estar rodeado de tanta gente que quería verle muerto.
A diferencia de Kagome, él podía entender perfectamente el desasosiego de su hermana ante tal multitud. ¿Quién querría convertirse en semejante espectáculo?
Después de que les entregaran la comida, Kagome les dejó durante un tiempo para socializar con su familia.
Miroku le pasó una copa de cerveza, y Inuyasha se la bebió de un trago mientras veía a Kagome gritar y apresar a una monja en un fuerte abrazo. No había duda de que era su hermana Kanna, pensó.
— ¿Inuyasha, conde de Ravenswood?
Inuyasha se volvió hacia la voz desconocida para encontrarse a un caballero tan sólo unos años mayor que él de pie detrás de su silla. El hombre era, al menos, una cabeza más bajo que él, y tenía la barba y el cabello negro, además de unos ojos insidiosos. Bajó la mirada para contemplar su sobreveste gris, pero no pudo recordar el emblema del jabalí, bordado sobre rojo.
Inuyasha se puso en guardia inmediatamente.
— ¿Sí? —le preguntó al extraño.
— Naraku, barón de Montclef —dijo él extendiendo el brazo—. Pronto seré el novio. He oído de mi prometida que estabais aquí, y quería estrechar el brazo un hombre tan afamado.
Inuyasha estrechó su brazo renuentemente. Aquéllos que le adulaban eran, a menudo, a los que había que vigilar más de cerca. Especialmente cuando se les daba la espalda.
Y había algo en ese hombre que no le gustaba en absoluto, si bien no tenía la más mínima idea de lo que era. Pero algo en su conducta le había puesto alerta.
Kagome y la monja pasaron a su lado.
Inconscientemente, Inuyasha las siguió con la mirada.
Montclef se rió y le dio unas palmadas en la espalda. Inuyasha rechinó los dientes ante aquella indeseada familiaridad. Apenas podía tolerar que Miroku hiciese eso, pero un desconocido…
Le hervía la sangre.
— Tenéis muy buen gusto, milord —dijo Montclef con una carcajada mientras contemplaba también el balanceo de las caderas de Kagome con más que un ligero interés—. Decidme, ¿hay algo mejor en la vida que ensangrentar vuestra espada en un campo virgen?
Los labios de Inuyasha se curvaron en una mueca de furia. Ése era el tipo de comentario que hubiese hecho su padre. Y el hecho de que estuviese dirigido a Kagome le ponía aún más furioso.
Como un necio, Naraku continuó.
— Tan fogosa como es Kagome, imagino que proporcionará una magnífica cabalgata. Decidme —dijo él, inclinándose y bajando la voz a un tono confidencial—, ¿se la habéis metido en la boca ya?
Una rabia ciega le nubló la vista, y antes de pensarlo dos veces, Inuyasha estampó el puño directamente en la cara de Naraku. El barón dio una vuelta y cayó al suelo.
Inuyasha saltó por encima de la mesa para agarrar al barón y golpearlo de nuevo.
De pronto, Miroku estaba allí, intentando separarlo de Naraku.
La música y las voces se detuvieron al instante, y la gente comenzó a rodearlos para ver lo que había ocurrido.
Naraku se levantó temblorosamente del suelo, con la furia ardiendo en los ojos. Se limpió la sangre de los labios y miró fijamente a Inuyasha.
— Es de una dama de lo que estáis hablando —dijo Inuyasha con un gruñido, mientras trataba de quitarse a Miroku de encima—. Y os aconsejo que sujetéis mejor vuestra lengua en lo que a su reputación se refiere a fin de no encontraros con alguien ofendido que os rompa la boca.
— Había pensado que podríamos ser aliados —bramó Naraku—. Pero esta noche, habéis cometido un gravísimo error.
— ¿Qué está pasando aquí? —Exigió saber Myoga, abriéndose camino entre los espectadores—. ¿Naraku? —preguntó, mirando el rostro sangrante del barón.
Myoga alzó la barbilla del barón y evaluó los daños que Inuyasha había ocasionado en la nariz y en la mejilla del hombre, y después le dio unas palmaditas de camaradería en la espalda, mientras llamaba a uno de los criados para que se ocupara de las necesidades del barón.
Intercambiaron algunas palabras en voz baja, y entonces el barón volvió su mirada ultrajada hacia Inuyasha . El odio hacía que se le hincharan las ventanas de la nariz.
— Os quiero fuera de mi salón.
Miroku dio un paso adelante.
— Pero Inuyasha sólo…
— Vamos, Miroku—dijo rotundamente, interrumpiendo a su hermano—. No tengo el menor deseo de permanecer donde no soy bienvenido.
Inuyasha dio un paso y se encontró a Kagome de frente, con los brazos en jarras. Sus ojos resplandecían de enojo y él estaba seguro de ser la causa de su enfado.
Miró a su padre.
— ¿Aún se me considera una dama en este salón, padre?
— Por supuesto —dijo él enfáticamente.
— Entonces Lord Inuyasha es bienvenido aquí.
—Kagome—gruñó su padre como advertencia.
— Padre —le dijo a su vez—. Si se va, me iré con él.
Inuyasha alzó una ceja ante su descaro. Así que no era su paciencia la única que ponía a prueba… En cierto modo, le alivió saber que ella no le tenía miedo a nadie.
Las cejas de Myoga se unieron en un ceño furioso.
— Maldigo el día que me complací con tu carácter Kagome. Cómo iba a imaginarme entonces que me perseguiría en la vejez —Myoga entornó los ojos para observar a Inuyasha—. Muy bien, puede quedarse, pero si golpea a otro invitado, le echaré de aquí de una patada en el culo. ¿Has comprendido?
Ella asintió.
Myoga lanzó una última mirada furiosa a su hija y se giró para rogarles a sus invitados que siguieran con sus entretenimientos. La atmósfera del salón se normalizó una vez que se retomaron las conversaciones y los músicos empezaron a tocar de nuevo. Kikyo le dedicó a Inuyasha una extraña y casi agradecida mirada, y después desapareció entre la multitud con la monja a su lado.
Naraku continuó mirando fijamente a Inuyasha hasta que el hombre al que Kagome había atacado con el pollo se le acercó. Entonces se fueron de allí juntos.
Inuyasha se relajó un tanto, hasta que vio la condenación reflejada en el rostro de Kagome.
— ¿Por qué lo golpeasteis? —le preguntó con tono grave y enfadado.
— Me suplicó que lo hiciera.
— Oh —dijo ella, divertida a pesar de todo—. Ya veo. Se limitó a acercarse a vos y os dijo «Lord Inuyasha, por favor, dadme un puñetazo en la cara y lanzadme al suelo delante de mis invitados».
— Algo así.
Kagome puso los ojos en blanco y lo dejó allí con Miroku.
— ¿Por qué no le contaste lo que dijo? —le preguntó Miroku airadamente.
— ¿Para qué?
El escepticismo brilló en los ojos de Miroku.
—Kagome tiene derecho a saber, igual que su padre, la clase de hombre con el que va a casarse su hermana.
— ¿Y por qué debo ser yo quien se lo diga? —replicó Inuyasha con el cuerpo en tensión—. Montclef es bienvenido en este salón, mientras que yo no. ¿Has creído por un momento que Myoga escucharía algo de lo que yo le dijese sobre su nuevo hijo?
Ante la mención del barón y de lo que había hecho, toda la furia abandonó de su cuerpo.
— No quise golpearlo —admitió Inuyasha, avergonzado por sus acciones—. Pero me puse tan furioso que actué sin pensar —contempló a Kagome, que estaba hablando de nuevo con la monja y con Kikyo. Apretó los puños cuando el miedo lo invadió—. Si hubiese sido Kagome, el golpe la habría matado.
Miroku emitió un suspiro exasperado.
— No le habrías pegado a Kagome.
Inuyasha no podía apartar la mirada de ella. Había perdido por completo el control con Naraku.
Dios bendito, ¿y si hubiese sido ella?
¿Qué pasaría si un día…?
Miró a Miroku y recordó la época en que eran niños. La única vez que había golpeado a su hermano.
Habían estado peleándose por algo de lo que ya ni se acordaba cuando Miroku, inesperadamente, le había dado un puñetazo en la mandíbula.
Encolerizado, Inuyasha le había devuelto el golpe. Y la fuerza del impacto había hecho que Miroku se tambaleara hacia atrás y cayese rodando por las escaleras.
Incluso en esos momentos, podía verlo en su cabeza como si estuviese ocurriendo de nuevo justo delante de él. Miroku, su hermano pequeño, al que siempre había querido más que a su propia vida, herido a causa de su furia. Inuyasha se había pasado la mayor parte de su niñez aceptando los castigos de su padre en lugar de Miroku.
¿Cuántas veces lo había protegido?
Pero aun así, ese día, había sido él quien había hecho daño a su hermano; su furia había sido tan grande que le había golpeado sin darse cuenta siquiera. Aunque viviese un millar de años, jamás olvidaría la imagen de Miroku cayendo, el sonido de su cuerpo al golpear los escalones, o la visión del brazo roto de su hermano mientras yacía al pie de las escaleras, gritando de dolor.
No, era hijo de su padre, y aunque mantenía el control mejor que él, Inuyasha sabía que una vez que la rabia se apoderaba de él estaba indefenso ante ella.
Si había sido capaz de golpear a Miroku, podría golpear a cualquiera.
Con el corazón destrozado, Miroku se pasó una mano por el rostro.
— Sólo es cuestión de que me haga enfadar demasiado.
—Inuyasha, tú no eres…
— No, hermano. Es un riesgo que jamás correré. Como la de mi padre, mi furia es demasiado intensa cuando se libera. Y mi fuerza demasiado grande —le dedicó a Miroku una dura mirada—. ¿Puedes decir, honestamente, que estás completamente seguro de que jamás le haré daño a Kagome? Es más, ¿cuántas veces has huido de mi presencia cuando pierdo el control?
Miroku apartó la mirada, y Inuyasha tuvo su respuesta.
Incluso Miroku admitía que había una posibilidad. Su propio hermano le temía.
Con una última mirada a Kagome, Inuyasha sintió el anhelo en su corazón más profundamente que nunca.
Pero jamás arriesgaría la vida de ella de esa manera. Nunca.
Continuara…
Lo prometido es deuda aquí está el capitulo espero que les gustase dejen sus comentarios.
