CAPÍTULO 13
Más tarde, esa misma noche, Kagome se encontraba en la planta superior con sus hermanas, sentada en la habitación de Kikyo. Los invitados se habían retirado hacía mucho tiempo, y ellas tres permanecían despiertas, hablando en susurros de lo que hacían cuando eran pequeñas. Por aquel entonces, habían pasado muchas horas juntas, hasta que salía el sol o hasta que su padre escuchaba su charla y las castigaba a permanecer en sus camas.
Kanna se había quitado el hábito de monja, y su corto pelo castaño marcaba un severo contraste con las largas trenzas de ellas. Aun así, era estupendo estar juntas de nuevo, aunque sólo fuera por una noche.
Kanna y ella estaban sentadas en la cama, mientras que Kikyo había tomado su lugar acostumbrado, delante de la ventana.
— ¿Visteis la cara de sorpresa de Lord Naraku cuando Lord Inuyasha lo golpeó? —preguntó Kikyo con la voz cargada de regocijo.
Consternadas, Kagome y Kanna intercambiaron una mirada atónita. Kikyo jamás había sido de las que perdonaban las muestras de violencia, fueran del tipo que fuesen.
¿Cómo podía alegrarse tanto que su prometido hubiese sido humillado delante de los invitados a la boda?
Kikyo se serenó y se volvió para mirar a Kagome.
— Lord Inuyasha nunca te ha golpeado, ¿verdad?
— No —aseguró Kagome rápidamente—. Generalmente se muestra tan controlado que no puedo imaginarme qué es lo que le ha poseído esta tarde para golpear así a Naraku.
Kikyo se dedicó a mirar fijamente por la ventana, como si estuviese considerando las palabras de Kagome.
Hubo varios minutos de silencio mientras Kagome y Kanna observaban la expresión pensativa de Kikyo. Algo no andaba bien. Kanna había confirmado sus sospechas cuando le había contado a Kagome, poco antes, que había notado las mismas cosas raras en Kikyo.
— Háblame de tus planes con Lord Inuyasha—dijo Kikyo rompiendo el silencio—. ¿Cómo va la cosa?
Kagome se retorció los dedos, incómoda. Quería a Kanna, pero hablar de seducir a un hombre con el que no estaba casada, delante de una monja, no era lo que se dice un plato de gusto.
Kanna le dio unas palmaditas en la mano.
— No juzgues al prójimo sin haberte encontrado en su posición. No temas mi censura, hermanita. Esta noche estoy aquí como confidente. Mañana podrás confesar tus pecados al padre Richard.
Kagome sonrió a su hermana, agradecida por su comprensión. En realidad, no había pasado tanto tiempo desde que Kanna reía como una tonta ante la perspectiva de casarse.
— No hay mucho que decir —empezó Kagome con un suspiro—. A decir verdad, Inuyasha ha demostrado ser muy testarudo. Parece absolutamente decidido a permanecer soltero.
— Entonces puede que debieras olvidarte del asunto —susurró Kikyo con una expresión preocupada.
Kagome frunció el ceño. Ésa no era la hermana que ella conocía.
— ¿Cómo se comporta Lord Inuyasha cuándo estás a solas con él? —preguntó Kanna.
— Es atento y amable, pero parte del problema consiste en que muy rara vez puedo estar a solas con él, y mientras otros están cerca, él no se acerca a menos de un metro de mí —Kagome miró a Kikyo—. ¿Cómo conseguiste estar con Naraku a solas?
— No hice nada —dijo Kikyo tímidamente—. ¿Recuerdas la noche que padre fue a Cromby? —Kagome asintió—. Pues Naraku vino a buscarlo. Tú estabas acostada con dolor de cabeza, y él se empeñó en que tomáramos unas copas de vino mientras esperábamos su regreso.
Kanna se quedó boquiabierta.
—Kikyo…
— Shh —dijo Kikyo. Apartó la mirada, como si un oscuro arrepentimiento hubiera anegado sus ojos—. Nunca le he contado a nadie toda la verdad. Me preocupaba mucho que se lo contarais a padre y me encerrara aquí para siempre. Vosotras dos no tenéis ni idea de lo mucho que odio este lugar. Quiero tener mi propio hogar, donde pueda ir y venir a mi antojo —su mirada se volvió dura—. Habría dicho o hecho cualquier cosa para largarme de Warwick.
Una ola de aprehensión atravesó a Kagome. Nunca había escuchado a Kikyo hablar con tanto rencor.
— No lo comprendo.
Kikyo apoyó la cabeza sobre el respaldo de la silla y miró al techo, parpadeando para contener las lágrimas.
— No sabía lo que hacía esa noche. Todo lo que podía pensar era que Naraku estaba interesado en mí y que, si hacía lo que me decía, quizás me sacara de aquí para siempre —la voz de Kikyo temblaba por las lágrimas reprimidas—. Naraku me llevó a la bodega del salón principal. Sentía que me daba vueltas la cabeza por el vino, y sus besos eran increíblemente maravillosos. Jamás me habían besado antes.
Kagome tragó saliva al recordar los labios de Inuyasha sobre los suyos. Si los besos de Naraku se parecían en algo a los de él, podía imaginarse por qué daba vueltas la cabeza de su hermana.
Kikyo se frotó la frente con la mano.
— Y entonces empezó a tocarme. Oh, Kag, Kanna… estaba asustada y confusa, y no sabía qué hacer. Le dije que no, pero él no me hizo ningún caso, y me aterraba pensar en gritar y que alguien nos descubriera y me culpara por ello.
— ¿Qué tratas de decir, Kikyo? —preguntó Kanna.
— ¿Te forzó? —quiso saber Kagome.
Las lágrimas se derramaron por sus mejillas, pero ella se las limpió con un gesto de la mano.
— No exactamente. Yo también tenía curiosidad, pero…
— ¿Pero? —preguntaron ellas al unísono.
Kikyo se echó a llorar.
— Duele mucho cuando un hombre te posee. Me daba la sensación de que iba a partirme en dos. Primero creí que me había hecho daño porque era virgen, pero, desde entonces, me ha tomado tres veces más, y siempre duele muchísimo. Ahora, todo lo que puedo pensar es cuántas veces más tendré que soportar un dolor tan horrible.
Kanna se inclinó hacia adelante.
— Pero dijiste…
— Ya sé lo que dije. Tenía miedo de decir la verdad.
Kagome se apartó de la cama y le dio a Kikyo un fuerte abrazo. Durante algunos minutos, la apretó con fuerza, dejando que llorara hasta quedar agotada.
Kanna mojó un paño y lo acercó hasta ellas, ayudando a Kikyo a secarse las lágrimas.
Cuando Kikyo hubo recuperado parte de su calma, apretó la mano de Kagome.
— Por favor, Kag—susurró—. No cometas el mismo error que yo. Ya no estoy segura de que la vida con Naraku vaya a ser mejor que la vida aquí, con padre.
Kagome le devolvió el apretón.
— Son sólo los nervios, ¿verdad? —preguntó Kanna—. ¿Te preocupa irte mañana?
Kikyo tragó saliva con dificultad.
— Quizás.
Kagome se arrodilló delante de su silla.
— No tienes por qué casarte, Kikyo. Ya lo sabes.
— Pero los invitados…
— No te preocupes —la interrumpió Kagome—. Han venido a disfrutar de la comida y la bebida, y ya se han servido ampliamente.
— ¡Kagome! —protestó Kanna—. ¡Qué descortés de tu parte! Jamás te había oído hablar así antes.
Kagome hizo un gesto brusco con la cabeza hacia Kikyo para indicar a Kanna que lo que había dicho, lo había dicho en beneficio de su hermana mayor.
Kikyo se apartó y miró a Kagome a los ojos.
— Prométeme que no permitirás que Lord Inuyasha tome tu virginidad —Kagome frunció el entrecejo—. No quiero que te haga daño, Kag. No puedes imaginar lo que se siente cuando un hombre te penetra. Y no se detienen hasta quedar satisfechos, ni siquiera cuando gritas de dolor.
Kagome se sintió cada vez más aturdida a medida que las palabras de Kikyo penetraban en su mente. Probablemente, si Kikyo tenía razón, Rin y Sango se lo habrían dicho, ¿no?
Y, ciertamente, no había sentido dolor en absoluto cuando Inuyasha la había acariciado en Lincoln. Pero, no obstante, él no había terminado el acto.
Pero nada de eso importaba en aquellos momentos. Había que hacer algo con la boda del día siguiente.
— No quiero que te cases con Naraku.
Kikyo la miró espantada.
—Pero…
— No —dijo Kagome firmemente—. Hablaremos con padre y…
—Kag , estoy embarazada.
Kagome cerró los ojos y apretó la mano de su hermana con todas sus fuerzas.
— Entonces vamos a rezar —susurró Kanna—. A buen seguro, el Señor sabe lo que es mejor.
Inuyasha se apoyó contra la pared del almenar y observó atentamente el foso que había más abajo bajo la luz de la luna. La brisa nocturna enviaba ráfagas gélidas a través del aire, pero él no las sentía.
Sus pensamientos giraban en torno a una atractiva doncella con el pelo de chocolate y los ojos café oscuro.
Escuchó pasos a su derecha.
Echando un vistazo, tardó mucho en reaccionar al ver que Kagome se acercaba a él.
— ¿Kagome?
Ella le ofreció una tímida sonrisa mientras se detenía a su lado e imitaba su pose, entrelazando las manos y apoyando los brazos contra el muro de piedra.
— Suponía que os encontraría aquí.
Inuyasha no se molestó en idear una excusa. Ella había aprendido hacía varias semanas que frecuentaba los parapetos por la noche, como un atormentado espíritu en busca de redención.
— Me temo que no podría dormir aunque quisiera —dijo él calladamente—. Miroku ronca como un jabalí a la carga.
Ella sonrió, pero Inuyasha percibió el asomo de tristeza en sus ojos.
— ¿Qué os preocupa, milady?
— Necesito hablar con alguien, y no hay ningún otro en el que pueda confiar.
Sus palabras lo sorprendieron.
— ¿Confiáis en mí?
— Sí, por supuesto.
Por primera vez en su vida, se sintió realmente galante, y una oleada de orgullo lo atravesó de arriba abajo.
— ¿Qué necesitáis?
— ¿Por qué golpeasteis a Naraku?
La ternura se esfumó en el instante en que la ira arraigó en su corazón. Bien, después de todo, ella no confiaba en él. Aún se estaba cuestionando sus actos.
— No os enojéis —dijo ella—. No trato de echaros la culpa. Mi hermana me ha contado algunas cosas que me hacen dudar de su naturaleza. Por lo que sé de vos, no sois dado a golpear a alguien sin un buen motivo.
— Vuestro padre jura otra cosa.
Ella le dirigió una mirada irritada, el tipo de mirada que no había recibido desde que vivía con su propio padre, y casi hubiese podido jurar que Kagome le había llamado cerebro de escarabajo.
— Yo no soy como mi padre —dijo ella fríamente—. He pasado algunos meses con vos, y creo que puedo juzgar vuestro temperamento por mí misma. Ahora, decidme por qué le disteis un puñetazo.
Inuyasha apretó los dientes. Su primer instinto fue permanecer callado, pero, de algún modo, la verdad logró escapar de sus labios.
— Montclef insultó a vuestra familia.
— ¿A mi familia? —preguntó ella con escepticismo—. Encuentro bastante difícil de creer que defendierais a mi padre —hizo una pausa para mirarlo—. Naraku me insultó a mí, ¿no es cierto?
Inuyasha no contestó.
Ella extendió el brazo y acarició su mano derecha, justo en el lugar en que una enorme magulladura desfiguraba sus nudillos. Un temblor sacudió a Inuyasha cuando la calidez de la mano de ella se cerró en torno a la suya.
— Estáis herido.
— Montclef tiene la cabeza dura.
Kagome soltó una breve carcajada. Y, entonces, cometió el error de mirarla. La gentileza, la calidez y la preocupación resplandecían en la mirada de ella. Sintió como si alguien le hubiese dado un puñetazo en el estómago.
¿Cómo sería poder contemplar esa mirada el resto de su vida?
Fue entonces cuando notó las arrugas de preocupación en su frente. Todavía había algo en su cabeza que la atormentaba.
— ¿Hay algún otro problema? —preguntó él.
Soltando su mano, ella apartó la mirada.
— ¿Puedo preguntaros algo que es bastante comprometedor y bochornoso, pero que realmente necesito saber?
Campanas de alarma sonaron en la cabeza de Inuyasha. De repente, era como si estuviese acorralado por una manada de lobos.
— Si tenéis que hacerlo…
Ella asintió.
— Antes de haceros la pregunta, quiero que sepáis que esto no forma parte de mis intentos de conseguir que os caséis conmigo. Es una cuestión entre amigos, sencillamente.
Él irguió la cabeza. La voz de su interior le aconsejaba que saliera corriendo tan deprisa como sus piernas se lo permitieran.
Como un necio, no se movió.
— Una cuestión entre amigos. Muy bien, milady, preguntad.
— ¿Duele cuando…?
Inuyasha aguardó expectante a que continuara, pero no añadió nada más. En cambio, parecía haberse ruborizado y se negaba a mirarle.
Inuyasha inclinó la cabeza para poder verle los ojos, pero ella bajó la barbilla hasta el pecho y fijó la mirada en sus manos.
— ¿Duele cuando… qué? —la instigó él.
Ella lo miró por un instante, y después alzó los ojos hacia el cielo estrellado.
— ¿Duele cuando…? —el resto de sus palabras pareció perderse tras la mano que se había colocado sobre los labios.
— No entendí la última parte.
Kagome cerró los ojos, respiró hondo, y soltó bruscamente:
— ¿Duele cuando un hombre entra en una mujer?
Inuyasha no se habría sentido más asombrado si ella hubiese extendido la mano y lo hubiese abofeteado. Y mucho peores fueron las imágenes que acudieron a su mente, en las que la tomaba de todas las formas posibles, mostrándole la respuesta a su pregunta sin necesidad de palabras.
— Creo que prefiero el galimatías que farfullasteis cuando teníais la mano en la boca.
—Inuyasha, por favor… —le rogó, mirándolo finalmente—. Ya estoy lo suficientemente avergonzada. Te lo suplico, no hagas que me sienta peor. No sabía a quién más preguntarle. Sango ha desaparecido para hacer quién sabe qué, y esto no es algo que pueda preguntarse a desconocidos.
— Más bien no.
— ¿Y bien? —preguntó ella.
— ¿Por qué quieres saberlo?
— No puedo decírtelo, pero es muy importante.
Él se pasó una mano por el rostro. Si no supiera lo contrario, juraría que ella estaba acosándolo de nuevo, pero la preocupación que se leía en sus ojos era una prueba de que realmente necesitaba una respuesta sincera.
Sin prestar atención al abrasador dolor de sus ingles cuando su miembro se apretó contra el tejido de las calzas, hizo un gesto negativo con la cabeza.
— No, milady. No duele. De hecho, resulta de lo más placentero.
Y si no fuera por el miedo de que ella aceptara rápidamente, se ofrecería a enseñarle lo agradable que podía ser.
— ¿Alguna vez una mujer ha llorado cuando…? No, espera —dijo interrumpiéndose—. No quiero que me respondas a eso. No quiero saber con qué mujeres has estado.
Ella alzó la cabeza para mirarlo y sonrió de esa forma que le debilitaba las rodillas.
— Gracias por tu sinceridad. Sabría que podría contar contigo.
— Me concedes demasiado crédito.
— ¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar que quizás tú te concedes demasiado poco?
Inuyasha no pudo responder, y, en ese momento, no estaba seguro de que debiera hacerlo.
— Oh, Inuyasha—suspiró—. Ojalá pudieses verte a través de mis ojos, aunque sólo fuese un instante.
Él se burló de sus palabras.
— Ya me dijiste que eras una soñadora, milady. Cuando me miras, ves únicamente lo que deseas ver. Y piensas que soy una especie de héroe como aquéllos de los que hablan esos estúpidos trovadores en sus canciones. No soy Accusain, y jamás caminaría desnudo — ¿por qué tenía que aparecer esa palabra cada vez que hablaban?— a través de las puertas del enemigo para probar mi amor. Soy un hombre, Kagome. Eso es todo lo que soy.
— Sí, eres un hombre. En todos los sentidos de la palabra. Y yo soy una mujer que puede sentir cada una de las partes de tu cuerpo cuando estás cerca de mí. Más aún, puedo oler esa fragancia masculina tuya, y sentir tu presencia con cada uno de los poros de mi cuerpo.
Con el miembro más duro y más caliente aún que antes, la cabeza de Inuyasha se llenó de visiones en las que la besaba a la luz de la luna, le deslizaba la túnica sobre los hombros y la tomaba allí mismo, en el estrecho pasillo.
Sería tan fácil...
Ella se llevó la mano de Inuyasha a los labios y depositó un dulce beso sobre la magulladura de sus nudillos.
— Gracias por defender mi honor.
Cuando dejó caer la mano, Inuyasha pudo sentir el frío de la noche sobre su piel y el frío de la soledad de su alma con mucha más fuerza que nunca antes.
La ausencia de su calidez lo había dejado casi incapacitado.
— Te desearía dulces sueños —susurró ella, besándole suavemente los labios, que ardieron ante la tierna caricia—, pero sé que no podrás dormir en casa de mi padre. Te veré por la mañana.
Inuyasha contempló cómo se alejaba. Su corazón y su alma gritaban que detuviese su huida. Que la llamara para que volviese a su lado. Pero su sentido del honor se negaba a hacerlo.
No era suya.
Nunca podría ser suya.
Con el corazón destrozado, volvió a mirar fijamente el agua que había más abajo. En ese momento, deseó haber sido el que muriese aquel terrible día en la batalla. ¿Por qué la espada no había penetrado en su pecho?
Y, como había hecho prácticamente todos los días de su vida, maldijo su destino.
La mañana siguiente amaneció en un frenesí de actividad en el que todo el mundo se apresuraba a concluir los preparativos de última hora.
Kagome trató varias veces de conseguir estar de nuevo a solas con Kikyo para hablar con ella a cerca del matrimonio, pero su hermana no quiso escuchar nada del asunto.
— Está hecho —dijo Kikyo resignada—. Quise huir del hogar de padre y conseguí lo que deseaba.
Pero había algo raro en todo aquello. Kagome lo sabía en el fondo de su corazón, y sobre todo después de lo que Inuyasha le había dicho.
Finalmente, no le quedó más remedio que desearle toda la felicidad del mundo a su hermana y contemplar cómo Kikyo se unía a un hombre del que Kagome no se fiaba ni un pelo.
Después de que Naraku y Kikyo intercambiaran los votos a la puerta de la capilla, se dirigió hacia la parte delantera del templo para permanecer con su padre y con Kagura mientras el sacerdote concluía la misa de esponsales.
Miroku, Inuyasha y sus hombres estaban de pie en la parte trasera. Y cuando todo el asunto acabó y Kikyo y Naraku guiaron a sus invitados fuera de la capilla, Kagome se colocó al lado de Inuyasha para volver con él al lugar donde les aguardaba el banquete de bodas.
La mayoría de la gente caminaba más adelante, y ellos les seguían a paso lento.
— No he podido evitar notar vuestra inquietud —le dijo Inuyasha cuando salieron.
— Decidme —dijo ella—, ¿qué sabéis sobre mi cuñado?
— Tiene una pequeña propiedad a las afueras de York. Luché junto a su padre en los días de la ascensión de Bankotsu al trono, pero sé muy poco sobre sus cualidades personales.
— Vaya —dijo ella, decepcionada por su respuesta. Había esperado que él pudiese despejar sus miedos.
— He oído que tiene pendientes un buen número de deudas —dijo Miroku, uniéndose a la conversación—. Y Ranulf El Negro siente poco aprecio por él.
— ¿Ranulf? —preguntó Kagome. No había escuchado ese nombre en la vida.
— Uno de los consejeros del rey —le explicó Inuyasha—. Al igual que vos, Ranulf sólo ve lo bueno de las personas. Que alguien no le guste es una verdadera hazaña.
— Sí —dijo Miroku—. Le gusta incluso Inuyasha…
Éste le lanzó una mirada divertida a su hermano.
No se habló más mientras entraban en el salón, que había sido decorado con flores y sarga blanca. Las mesas estaban llenas a más no poder con comida, flores y regalos de boda para Naraku y Kikyo, así como también de pequeñas golosinas para todos los invitados.
Kagome tenía un lugar reservado en la mesa del lord, junto a su padre, pero optó en cambio por permanecer al lado de Inuyasha en una de las mesas inferiores.
Su padre contempló aquel acto con una patente desaprobación.
— ¿Por qué te sientas aquí? —le preguntó colocándose tras ella.
— Lord Inuyasha es mi protector y mi invitado, padre, y creí que sería lo apropiado; no pretendía faltaros al respeto.
De hecho, lo apropiado hubiese sido que su padre incluyera a Inuyasha en la mesa del señor. Era un grave desaire del que Inuyasha no había hecho mención siquiera. Pero como campeón del rey y uno de los nobles de más alta alcurnia entre ellos, Inuyasha nunca debería haber sido colocado en una de las mesas inferiores, como un invitado común.
— Bien, pues lo has hecho —dijo su padre ásperamente.
Inuyasha se puso lentamente en pie.
—Myoga, sé que nosotros tenemos nuestras diferencias, pero, por el bien de su hija, propongo que las dejemos a un lado.
Kagome sonrió ante la amabilidad de Inuyasha. Era maravilloso que propusiera algo así en su nombre.
Su padre lo recorrió con una furiosa mirada.
— ¿Me ofrecéis la paz?
— Os ofrezco una tregua.
Su padre rió con frialdad.
— ¿Del hijo de Inu no Taisho? Decidme, ¿también me atacaréis por la espalda en cuanto me dé la vuelta?
Kagome se quedó con la boca abierta al escuchar semejante insulto.
— No —continuó su padre—. No soy tan imbécil como Bankotsu. Conozco la sangre que corre por vuestras venas, y no confiaría en vos más allá de donde me alcanza la vista.
La ira oscureció los ojos de Inuyasha.
— ¡Padre, por favor! —rogó ella tomando su brazo—. Os ha hecho una oferta de buena fe.
— Y yo la he declinado. Como haría cualquiera con la cabeza sobre los hombros. Sólo un necio se fiaría alguna vez con un Ravenswood bajo su techo o a sus espaldas.
Durante un minuto cargado de crispación, Kagome temió que Inuyasha golpeara a su padre. Y justo cuando estaba segura de que lo haría, él dio un paso atrás.
— Vamos, Kagome, Miroku, nos marchamos de este lugar.
Con un nudo en la garganta, ella asintió.
— ¡Pero si el banquete no se ha terminado! —gruñó su padre—.Kagome aseguró que se quedaría durante algunos días. No podéis llevárosla todavía.
— Sí, padre, sí que puede.
La expresión herida del rostro de su padre inundó de lágrimas los ojos de Kagome, pero se negó a llorar. O a tratar de hacer cambiar de opinión a Inuyasha. Su padre lo había insultado sin ningún motivo y, por el bien de ella, Inuyasha lo había soportado sin una sola queja.
No le pediría nada más.
— Le diré a mi primo Houyo que vaya en busca de mis baúles —le dijo a Inuyasha—. Si preparáis los caballos mientras, iré a despedirme de mis hermanas.
Inuyasha asintió y se fue, dejándola a solas con su padre.
— ¿Por qué no habéis cedido ni siquiera un poco, padre? —le preguntó cuando estuvieron solos.
Su rostro se endureció.
— ¿Querías que me humillase ante un hombre como él?
El nudo de su garganta se tensó aún más. ¿Cómo podría ser tan estúpido?
— No voy a discutir este tema con vos. Había esperado que le dieseis una oportunidad para probaros…
— Asesinó a mi gente, Kag. ¿Acaso lo has olvidado?
Ella vaciló.
— No, yo no lo creo. No más de lo que le creo a él cuando dice que vos atacasteis su pueblo —miró a su padre directamente a los ojos—. ¿Lo hicisteis?
— Ya sabes que no. Fue una patraña que le contó a Bankotsu para ocultar su alevosía. ¿Cómo puedes dudar de mí?
Ella le puso una mano en el brazo.
— No dudo de vos, padre. Pero creo que los dos deberíais dejar de culparos el uno al otro el tiempo suficiente como para considerar la posibilidad de que ambos seáis inocentes, y de que alguien más está haciendo incursiones en vuestras tierras; de esa manera, quizás pudieseis unir vuestras fuerzas para descubrir quién es ese alguien.
Su padre entornó los labios.
— Ya sé quién es ese alguien, niña, y si fueras más lista, te quedarías aquí, bajo mi protección.
Kagome le dio unas palmaditas en el brazo.
— Sabéis que no puedo hacer eso. El rey ha ordenado otra cosa —se puso de puntillas y besó la mejilla de su padre con cariño—. Voy a despedirme de Kikyo y de Kanna.
Kagome atravesó la atestada habitación en busca de sus hermanas. Un borrón rojo pasó a toda prisa junto a ella, y al instante reconoció la túnica escarlata de su primo.
— ¿Houyo? —le dijo antes de que se pusiera fuera de su alcance.
Él se giró hacia ella.
— ¿Sí?
— ¿Podrías encargarte de que lleven mis baúles a la carreta de Lord Inuyasha, por favor?
Él asintió, pero vaciló un instante mientras sus ojos se dirigían hacia la puerta.
— ¿Ocurre algo? —preguntó ella.
Houyo se pasó una mano a través de su corto pelo negro.
— Supongo que no, es sólo que…
Como no terminó de decir lo que pensaba, Kagome le preguntó:
— ¿Es sólo qué…?
Él unió las cejas en un profundo ceño.
— Anoche, Kikyo dijo que el hombre que golpeó Naraku era Inuyasha de Taisho.
—Sí.
Él la miró directamente a los ojos.
— Pues ese no es el hombre contra el que luché la noche del incendio en el pueblo. Estoy seguro.
El corazón de Kagome se detuvo.
— ¿Qué estás tratando de decir?
— Luché contra él, Kag—dijo Houyo con voz segura y una mirada sincera—. Tuve al conde justo delante de mis narices, o al menos a un hombre que se vestía como él. Reconocí la sobreveste, pero el hombre contra el que luché era de mi misma altura y constitución. Si hubiese luchado contra un hombre que era una cabeza más alto que yo y con los hombros mucho más amplios, lo hubiese recordado muy bien.
— ¿Se lo has dicho a mi padre?
— Traté de decírselo anoche, pero se negó a creerlo. Dijo que yo estaba equivocado.
— ¿Pero estás seguro?
— Sí. Herí a ese tipo, incluso. Un corte en el antebrazo derecho, a mitad de camino entre la muñeca y el codo.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kagome. ¡Estaba en lo cierto! Había alguien más intentando enfrentar a su padre y a Inuyasha. Y no le cabía la más mínima duda de que si Houyo hubiese luchado con Inuyasha, ahora estaría yaciendo en su tumba.
Pero, ¿quién podría tener algo que ganar consiguiendo que lucharan el uno contra el otro?
Allí estaba pasando algo definitivamente extraño. Y, de una u otra forma, descubriría qué era.
Inuyasha no empezó a relajarse hasta que atravesaron las puertas y comenzaron a atravesar las propiedades del padre de Kagome.
Ella había tratado de hablarle, antes de que salieran, sobre la ridícula idea de que alguien estaba perpetuando las hostilidades entre su padre y él, pero no había creído una palabra sobre el asunto. No era más que otra de las muchas mentiras de Myoga.
Y ya había escuchado suficientes.
Pero no tenía ninguna intención de humillar a su padre delante de ella. Dejaría que siguiera engañándose. No era un necio.
No tan pronto como le habría gustado, llegaron a los límites de sus tierras. Y en el momento en que empezaron a remontar una escarpada colina, un movimiento entre los árboles a su izquierda captó su atención.
Inuyasha echó un vistazo justo a tiempo para vislumbrar el reflejo de un rayo de sol sobre una ballesta en el bosque. Antes de que pudiera gritar una palabra de advertencia, una flecha salió de la ballesta para clavarse en su muslo izquierdo.
Con un siseo de dolor, hizo girar a su caballo.
— ¡Nos atacan! —gritó a Miroku y a los demás mientras una lluvia de flechas caía sobre ellos.
Inuyasha colocó su caballo de forma que pudiese proteger a Kagome de las flechas.
— ¡Llévate a Kagome a un lugar seguro!
Miroku agarró las riendas de la mujer y la arrastró hasta un bosquecillo de árboles mientras sus hombres se reunían a su lado, sacando las armas.
Apretando los dientes para aguantar el dolor del muslo, Inuyasha desenvainó la espada y guió a sus hombres hacia los asaltantes ocultos en el bosque.
Su caballo se elevó sobre las patas traseras cuando una flecha se clavó sobre sus ancas. Inuyasha se esforzó por mantenerse sobre la silla, tratando de evitar que su caballo huyera; sus hombres continuaron galopando hacia los asaltantes sin detenerse a esperarle.
Justo en el momento que recuperó el control de Goliath, una flecha se enterró profundamente en su pecho, empujándole hacia atrás. La agonía corría a través de sus venas con cada fatídico palpitar de la herida.
Inuyasha se negó a ser derribado por unos cobardes que permanecían escondidos entre los árboles.
Apretó con fuerza las rodillas contra los costados de Goliath, decidido a permanecer sobre la montura. Otra flecha se clavó en su pierna. El dolor atravesó la extremidad hasta que ya no pudo seguir sujetándose a su caballo.
Goliath relinchó con fuerza y se alzó de manos una vez más; fue en ese momento cuando Inuyasha notó que se deslizaba hacia abajo.
Cayó a tierra con un rotundo porrazo que le dejó sin respiración.
Aturdido, se tumbó sobre su espalda, intentando mover los brazos o las piernas, pero no sentía nada, excepto el dolor pulsante de las heridas, mientras la lluvia de flechas seguía cayendo sobre él.
Desde su escondite entre los árboles, Kagome vio cómo caía.
— ¡Inuyasha! —gritó y recogiendo sus riendas comenzó a dirigirse hacia él.
— ¡Volved aquí! —le espetó Miroku intentando recuperar de nuevo las riendas de su caballo.
Kagome se apeó de su caballo y corrió hacia Inuyasha, a pesar de las flechas caían peligrosamente cerca de ella.
No pensó en los arqueros ni en ninguna otra cosa. Todo lo que tenía en mente era la figura inmóvil que estaba delante de ella.
Inuyasha no hacía ni un solo movimiento.
Se arrodilló a su lado.
— ¿Inuyasha? —susurró, quitándole cuidadosamente el yelmo y acariciando su mejilla helada. Le temblaban las manos cada vez más a medida que el pánico iba apoderándose de su cuerpo. No podía estar muerto. No su campeón. No de esa manera.
— ¿Inuyasha? —gritó.
Él abrió los ojos y la miró.
Kagome casi gritó de alegría.
— ¡Agáchate! —dijo Inuyasha, pero su voz había perdido la fuerza.
Las lágrimas se derramaron sobre su rostro cuando vio las tres flechas que sobresalían de su cuerpo. Y la sangre… Había demasiada sangre.
Miroku apareció detrás de ella y, agarrándola del brazo, la levantó a la fuerza del suelo.
— ¡Apártate de él! —gruñó, empujándola en dirección contraria.
Aquella furia injustificada dejó a Kagome estupefacta.
— Necesita ayuda.
— Pero no la tuya.
Consternada, no se movió mientras él se agachaba para ayudar a Inuyasha a levantarse del suelo. Éste emitió un jadeo de dolor cuando Miroku se colocó su brazo derecho sobre el hombro para ayudarle a permanecer en pie.
Sólo entonces Kagome se dio cuenta de que las flechas habían dejado de caer.
— Tenemos que volver a casa de mi padre —dijo.
La intensa mirada de odio de Miroku casi consigue prender fuego a su túnica.
— ¿Para qué? ¿Para que pueda terminar lo que empezó?
Ella se quedó con la boca abierta.
— ¿No creeréis que mi padre ha tenido algo que ver con esto?
— Vi sus colores. Eran los de Warwick.
— No —dijo Inuyasha ásperamente—. Esto no ha sido cosa de su padre.
— ¿Qué? ¿Te has vuelto loco? —gruñó Miroku mientras le ayudaba a llegar hasta la carreta—. ¿Quién si no?
— No lo sé —dijo con voz ronca, tambaleándose en los brazos de Miroku—. Pero Myoga no me atacaría con arqueros que podrían herir a Kagome. No correría un riesgo semejante.
— ¿Y cómo lo sabes? —preguntó Miroku.
— Lo sé —susurró Inuyasha—. Limítate a llevarme a casa.
Kagome apresuró sus pasos para mantenerse a la par que ellos.
— Pero la casa de mi padre está más cerca.
Inuyasha la observó con expresión sosegada, a pesar del dolor.
— Un halcón herido no se acuesta en el cubil de un zorro.
Cuando llegaron a la carreta, Miroku se apartó de Inuyasha, quien se mantuvo en pie agarrándose con el brazo herido al costado del carro. Miroku empujó su baúl a un lado, pero Kagome lo detuvo.
— Sacadlo del carro y dejadlo fuera.
Miroku frunció el entrecejo.
— Pero vuestras…
— Dejadlo.
Miroku asintió e hizo lo que ella le pedía. Una vez preparada la cama, ayudó a Inuyasha a subirse a la carreta y a tumbarse cuidadosamente.
Kagome abrió el baúl y sacó el joyero y una túnica de color azafrán y se unió a Inuyasha en la carreta.
— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó Inuyasha cuando ella empezó a rasgar el vestido.
— Preparándote algunas vendas —contestó ella.
— Pero tu túnica…
— Shh —le dijo, poniéndole los dedos sobre los labios—. No malgastes las fuerzas.
El carro siguió adelante dando bandazos de un lado a otro. Kagome meditó si sería conveniente quitarle las flechas, pero llegó a la conclusión de que sería mejor que no. En primer lugar, estaban en movimiento y podría causarle aún más daño, y en segundo, temía que al quitarle las flechas sangrara todavía más. Así que empezó a usar los pedazos de túnica para aplicar presión sobre las hemorragias, tratando de contenerlas.
Examinaba continuamente su rostro que, a cada minuto que pasaba, parecía estar más y más pálido. Tomó un trozo de su vestido y empezó a limpiarle la sangre que tenía en la mejilla.
La ternura de su mirada la dejó sin aliento.
— Tenéis unas manos muy delicadas —dijo él suavemente.
Ella sonrió con tristeza, recordando la primera vez que le había dicho aquello.
Y entonces, él hizo la cosa más insospechada: extendió el brazo y tomó la mano de ella con la suya. Se colocó la mano en el pecho, sobre su corazón, y cerró los ojos.
Kagome no sabía qué le había sorprendido más: que él finalmente hubiera tratado de tocarla, o que confiase en ella lo suficiente como para cerrar los ojos mientras estaba sentada a su lado. Ambos eran gestos de poca importancia, y, con cualquier otro hombre, podrían haber pasado inadvertidos; pero para Inuyasha eran actos monumentales, y no pensaba pasar por alto ninguno de los dos.
Kagome se miró fijamente la mano. Parecía diminuta comparada con la de él. La piel bronceada de Inuyasha hacía que la suya pareciese aún más pálida. Tenía heridas en los nudillos, y pudo ver el cardenal que se había hecho al golpear a Naraku cuando el hombre la había insultado.
Fue en ese momento cuando comprendió que lo amaba.
No sabía cómo había ocurrido, pero así era.
Le temblaron los labios cuando dejó que su amor por él la inundara. Era algo asombroso. Maravillosamente cálido y absolutamente embriagador.
Impulsivamente, le retiró el pelo de la frente. Los mechones de seda negra acariciaron sus dedos cuando los introdujo en su cabello. Le sorprendió que él no protestara, pero Inuyasha no dijo una palabra más en todo el trayecto a casa.
Llegaron a las puertas después de la puesta de sol. La fiebre había comenzado, y Inuyasha había perdido tanta sangre que Kagome temía aún más por su vida.
Había perdido la consciencia mientras viajaban, y Miroku y uno de sus caballeros tuvieron que llevarlo hasta su cuarto. Kagome ordenó a Kaede que fuese en busca de su costurero y algo de vino, y luego corrió para alcanzar a Miroku.
El rostro de éste estaba casi tan pálido como el de Inuyasha, cuando extendió la mano hacia la flecha que su hermano tenía en el hombro.
— Esto va a despertarle. Monty—le dijo al caballero que le había ayudado—, prepárate para sujetarle cuando intente golpearme.
El caballero asintió.
Miroku tiró de la flecha. Inuyasha se despertó con una maldición que la hizo ruborizarse. Como Miroku había predicho, levantó un brazo para golpearlo, pero Monty lo atrapó antes de que pudiera derribar a su hermano.
Inuyasha echó la cabeza hacia atrás y gimió.
— Aguanta —susurró Miroku, y entonces extendió la mano para atrapar la flecha de la pierna.
Completamente despierto ahora, Inuyasha apretó la mandíbula con fuerza y extendió el brazo ileso sobre su cabeza para aferrarse al cabecero mientras Miroku la sacaba.
Kagome se encogió al contemplar cómo el cuerpo de Inuyasha se ponía rígido mientras su hermano se esforzaba por extraer la saeta. No sabía cómo era capaz de soportarlo sin gritar. Finalmente, Miroku arrancó las dos últimas flechas.
Éste sujetó una venda contra el hombro de Inuyasha, y Kagomese apresuró a apretar otra contra la pierna.
Después de algunos minutos, la sangre dejó de fluir.
— Cauterízala —dijo Inuyasha entre jadeos.
— ¿Qué? —preguntó Kagome aturdida por la sorpresa.
— Llévatela de aquí, Miroku—gruñó Inuyasha—, y hazlo.
Miroku pidió a Monty que la escoltara fuera.
Kagome meneó la cabeza.
— Pero…
— No hay tiempo para discutir —dijo Miroku, sacando la daga de su cinturón.
Lo último que pudo ver fue a Miroku poniendo la daga sobre los rescoldos del fuego antes de que Monty le cerrara la puerta en las narices.
Pero ella no se fue.
Tenía el estómago hecho un nudo de miedo e incertidumbre mientras esperaba fuera del cuarto de Inuyasha.
Después de unos minutos, Miroku abrió la puerta. El sudor cubría su cara, y parecía estar enfermo.
— Necesito un trago —susurró mientras pasaba a su lado con Monty pisándole los talones.
Kagome entró a toda prisa a la habitación para encontrarse a Inuyasha de nuevo inconsciente. Miroku le había quitado la ropa y lo había cubierto unas mantas de piel antes de salir.
Se detuvo al lado de la cama y contempló la figura que descansaba sobre ella.
Al igual que su hermano, Inuyasha estaba cubierto de sudor. La piel de su hombro estaba enrojecida y llena de ampollas donde Miroku había colocado la hoja sobre la herida para cerrarla. Y el hedor de la carne quemada aún impregnaba el ambiente.
Kagome extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarlo. A pesar del terrible dolor él ni siquiera había gritado.
¿Cómo había sido capaz de soportarlo en silencio?
Kaede entró tras ella con una jarra de agua y unos paños. Kagome se lo agradeció, derramó el agua en la palangana y humedeció un paño.
— ¿Cómo está? —preguntó Kaede mientras atizaba el fuego.
— No lo sé —murmuró Kagome—. Todo lo que podemos hacer es rezar.
Kaede asintió y salió de la habitación, dejándola a solas con él.
Con tanto cuidado como pudo, Kagome enjuagó su frente enfebrecida. La incipiente barba de sus mejillas le raspó la palma de la mano mientras comprobaba la temperatura de su piel.
Las largas pestañas descansaban sobre sus bronceados pómulos. Nunca antes le había visto tan tranquilo. Tan relajado.
Y era tan apuesto que le robaba el aliento.
Recorrió con el paño su duro y musculoso pecho, retirando la sangre de la herida y del brazo. Detuvo la mano junto su emblema heráldico y lo tomó entre sus dedos. Fabricado con oro puro, resplandecía bajo la mortecina luz. Los pétalos de la rosa habían sido meticulosamente trabajados, y en la parte de atrás se leía simplemente: "La Rosa de la Hidalguía".
Kagome sonrió, acariciando las palabras. Le venían como anillo al dedo, y se dio cuenta de que, a pesar de que no era el hombre de rubios cabellos con el que había soñado, Inuyasha era todo lo que había deseado alguna vez. Era su rosa, y había venido a buscarla para llevársela a lomos de su blanco corcel.
En lugar de con radiantes sonrisas y poesía, la cortejaba con valor y honestidad.
Rozando su frente con los labios, inhaló la masculina fragancia que emanaba de él. Un día atraparía su corazón, igual que él había capturado el suyo.
Serás mío.
Cuando le lavaba el brazo, recordó las palabras de Houyo.
Aunque tenía numerosas cicatrices en su cuerpo, no había ni rastro de una herida en el antebrazo.
Kagome se quedó paralizada al comprender el significado de aquello. ¿Quién habría tramado semejante artimaña?
¿Y por qué?
Al menos, Inuyasha no era tan obtuso como su padre. Él había comprendido que su padre no le habría atacado de forma tan cobarde. Quizás, cuando despertara, buscaría al culpable, y finalmente podría hacerse justicia.
Abstraída en sus pensamientos, bajó la manta distraídamente desde el pecho hasta la cintura.
Se detuvo en cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Casi todo el cuerpo del hombre estaba desnudo ante ella.
Tragando con dificultad, deslizó lentamente el paño húmedo por la abultada zona de su torso. Su pecho se elevaba y descendía al ritmo de su respiración.
La piel oscura de Inuyasha parecía llamarla, y Kagome se preguntó qué se sentiría al acariciarla.
Mordiéndose el labio, apartó el paño a un lado. Agradecida de estar a solas, deslizó la mano sobre la piel enfebrecida, maravillándose ante su textura, ante la sensación de sus rígidos pezones bajo su palma. Era como terciopelo sobre acero. Nunca había sentido nada tan maravilloso.
Hambrienta por sentir más de él, arrastró una mano sobre sus pectorales, encantada con la suavidad de su piel.
Inuyasha gimió.
Kagome detuvo la mano sobre los prominentes músculos de su vientre.
Él lanzó un fuerte suspiro e inclinó su cuerpo hacia la derecha. A consecuencia de sus movimientos, la manta se escurrió más abajo, exponiendo todo su cuerpo a los ojos de Kagome.
A ella se le secó la garganta al mirar ávidamente su desnudez. Incluso inconsciente, un aura de poder crudo y masculino parecía emanar de él, advirtiéndole al mundo lo peligroso que ese hombre podía llegar a ser.
Había visto la mayor parte de su cuerpo mientras luchaba con el jabalí, pero el miedo no le había dejado disfrutarlo. Ahora, no había nada que la distrajese de aquel cuerpo duro y esbelto.
Nada que nublase sus pensamientos, excepto el candente deseo que la abrasaba.
Era un hombre magnífico.
Impulsivamente, se inclinó hacia delante para posar los labios sobre los de él. Inuyasha gimió cuando ella lo besó, deslizando su mano por el torso y la espalda desnudas. El deseo hervía en el vientre de Kagome, palpitando y clamando por sus caricias, por alguna muestra de afecto hacia ella.
—Kagome—susurró él, y su nombre fue como una caricia sobre sus labios.
— Estoy aquí —contestó ella, pero se dio cuenta de que aún seguía inconsciente.
Separándose de él, estiró una mano para alcanzar las mantas y le cubrió con ellas.
— Siempre estaré aquí —le dijo—. Y ni siquiera tú conseguirás apartarme de tu lado.
Por lo menos, esperaba poder lograrlo. Todavía tenía que descubrir una forma de llegar hasta él. Una forma de que le abriese su corazón.
Sólo esperaba que fuese posible conseguir que un hombre le abriese un corazón que él decía no poseer.
Continuara….
Espero comentarios.
Kagome ya sabe que lo ama falta nuestro querido Inu.
Saludos
