Capitulo 16

— ¿Por qué lloras? —le preguntó Myoga mientras Kagome se limpiaba las lágrimas de las mejillas. Pero era inútil, parecía no poder dejar de llorar.

Habían llegado a casa hacía tan sólo unas horas, y ella se había ido directamente a su habitación. En ese momento, estaba sentada frente a su tocador, llorando con la cabeza apoyada sobre los brazos mientras su padre trataba de consolarla.

— Te he liberado de tu captor —le dijo su padre, poniéndole una mano sobre el hombro—. Deberías estar contenta.

— No quería irme de allí, padre.

— ¡¿Qué?! —rugió él.

— Amo a Inuyasha.

— ¿Estás loca?

Incapaz de girarse para mirarlo mientras sentía sus ojos clavados en ella, Kagome sacudió la cabeza.

— Él no fue el responsable de la incursión en Keswyk.

— Eso no es más que otra mentira de las muchas que ha dicho. Yo mismo pude ver sus colores. Incluso iba montado en ese maldito caballo blanco suyo. ¿Crees que no reconozco a mi enemigo cuando lo veo?

— No era Inuyasha—insistió ella.

Entonces, cometió el error de girarse para enfrentarlo.

Su mirada de odio casi consigue abrasarla.

— ¿Y cómo sabes dónde estaba él en mitad de la noche?

— Yo… —Kagome se detuvo justo a tiempo. No serviría de nada decirle la verdad a su padre. Necesitaba tiempo para calmarse.

En uno o dos días le haría comprender la verdad.

Tenía que hacerlo, porque la vida sin Inuyasha era demasiado horrible para contemplarla siquiera.

Dos días después, Kagome fue en busca de su padre. Su criado la detuvo justo a la puerta de sus aposentos.

— Perdonadme, milady, pero acaba de llegar un emisario del rey y está reunido con vuestro padre.

A Kagome se le detuvo el corazón mientras contemplaba fijamente la puerta cerrada. El miedo la consumía.

— ¡Pero qué me decís! —bramó su padre, y su voz se escuchaba perfectamente a través de la gruesa puerta de roble y el muro de piedra.

Ella dio un brinco del susto.

— ¿Cómo es posible que esté en Normandía? —preguntó su padre—. Enviad a alguien a buscarlo sin más dilación.

Kagome se acercó y pegó el oído a la puerta.

— Ya se le ha enviado vuestro mensaje, milord —escuchó decir al emisario—. Pero no estará en manos Rey Bankotsu hasta dentro de algunas semanas. Aunque el asunto llegará a sus manos, y podéis estar seguro de que su majestad se encargará de ello.

Intercambiaron algunas palabras furiosas más antes de que ella escuchara al mensajero acercarse a la puerta. Kagome se apartó justo antes de que el hombre la abriera de par en par.

El hombre murmuró algo espantoso sobre su padre en voz baja y pasó junto a ella. Kagome decidió que éste no era el mejor momento para convencer a su progenitor de que Inuyasha no era culpable.

Dándose la vuelta, se encaminó hacia su cuarto para esperar a que se le pasara el enfado.

Los días se convirtieron en semanas mientras ella aguardaba a que su padre se calmara, pero a medida que pasaban los días sin tener noticias de Bankotsu, la indignación de Myoga crecía más y más.

Peor aún, empezó a reforzar las defensas del castillo contratando a caballeros y a soldados. Su padre estaba convencido de que Inuyasha estaba tras sus tierras, sin importar las veces que Kagome trató de asegurarle lo contrario.

— Tratará de apoderarse de nosotros mientras Bankotsu da vueltas por ahí —decía una y otra vez—. ¡Malditos sean los dos!

Kagome apenas hablaba con él. No se atrevía. Tal y como se encontraba últimamente, no estaba segura de lo que podría llegar a hacer.

Y lo que era peor, cuando pasó su primer mes en casa y no tuvo su flujo mensual, comenzó a sospechar algo que, a ciencia cierta, desataría una guerra entre su padre y Inuyasha.

Esa noche, Kagome envió su propio mensajero al rey, y rezó porque, en esta ocasión, Bankotsu se molestara en aparecer.

— ¿Inuyasha?

Inuyasha ni siquiera se movió cuando Miroku entró en sus aposentos. Estaba sentado frente al hogar, mirando el fuego inexpresivamente.

— Ha venido un emisario del rey.

Inuyasha asintió. Había estado esperándolo. A decir verdad, le asombraba que el rey hubiese tardado seis meses en convocarlo.

No podía contar las veces que había pensado en ir a buscar a Kagome y obligarla a volver a su casa durante los últimos meses. Pero ella había hecho su elección aquel día. Y, aunque sabía que ella no le había quedado otro remedio, se negaba a desafiar aún más al rey.

No, aceptaría su destino como un hombre.

— Dile que pase.

El heraldo entró vistiendo el león rojo y dorado de la corona.

—Inuyasha de Taisho, conde de Ravenswood, el rey solicita vuestra presencia. Estará en Warwick una quincena después del próximo sábado. Vuestra asistencia es obligatoria.

— Decidle a Su Majestad que allí estaré.

El heraldo asintió, y después se fue.

Inuyasha seguía sin moverse. Se limitaba a mirar fijamente el fuego, sin ver nada en realidad, como hacía últimamente. Era como si toda su energía le hubiese abandonado y no le quedaran fuerzas para realizar el más mínimo movimiento.

No tenía ni voluntad ni deseo de hacerlo.

Nada.

Los días que siguieron a la partida de Kagome, Miroku había tratado de que participara en las conversaciones. Pero a medida que pasaban las semanas y Inuyasha seguía sin dirigirle la palabra, aceptó finalmente dejarlo en paz.

Inuyasha no quería que nadie se le acercara.

De hecho, no quería absolutamente nada.

Estaba impaciente porque llegara Bankotsu y la inminente muerte que la presencia del rey exigiría.

Esa sería la única cosa a la que, gustosamente, daría la bienvenida.

— Milady, el rey solicita una audiencia con vos.

Kagome temblaba de miedo cuando Sango mantuvo la puerta abierta para que ella pasara. El rey había llegado esa misma mañana, y sabía que sería sólo cuestión de tiempo que la convocase.

Aun así, la aterrorizaba enfrentarse a él.

— Valor, milady —susurró Sango, colocando una mano sobre su hombro.

Kagome le agradeció el gesto y le dio unas palmaditas en la mano.

Inspirando profundamente para infundirse valor, se obligó a salir de sus aposentos para bajar las escaleras que la conducirían al salón de su padre, donde Bankotsu la esperaba.

Los guardias del rey y algunos de sus cortesanos merodeaban cerca de las escaleras. Sus sirvientes se esforzaban por ofrecerles comida y bebida mientras los sabuesos vagabundeaban entre sus piernas.

Para su espanto, todos los ojos se volvieron hacia ella cuando descendió el último escalón, y un abrumador silencio se instaló en la sala.

Kagome estiró la mano para acariciar el broche de Inuyasha que llevaba prendido en la capa, tratando de que le traspasara algo del coraje del hombre. Se le había partido el corazón cuando Sango lo trajo de vuelta. Pero a medida que pasaron los meses, había empezado a ponérselo en recuerdo del maravilloso día que habían pasado.

Y ahora, más que nunca, necesitaba esos recuerdos.

Cuando se acercaba al grupo, los cortesanos juntaron sus cabezas para cuchichear, y ella alcanzó a oír algunas cosas terribles.

— No creo que sea lo bastante hermosa como para merecer la muerte de un campeón —dijo una de las más crueles damas de compañía de la reina cuando pasaba junto a ella.

— Y yo que siempre había creído que Ravenswood prefería la compañía de su escudero… —dijo uno de los hombres.

— ¡Mejor que yo, que pensaba que prefería a su hermano!

Se escucharon fuertes carcajadas.

Kagome se ruborizó, dirigiendo una atrevida y furiosa mirada a los que se estaban burlando de ella y de su lord.

Ellos apartaron la mirada, con el rostro lleno de vergüenza.

Como nunca había sido de las que se dejaba intimidar, Kagome mantuvo la cabeza en alto.

— Reíd, si lo consideráis oportuno —les dijo—. Pero incluso la yema del dedo de Lord Inuyasha vale más que todas vuestras señorías juntas. Y ya que estamos, me gustaría añadir que ninguno de los aquí presentes sería lo bastante valiente para mirarlo a la cara, y mucho menos para repetir esas palabras delante de él.

Ellos intercambiaron una mirada que le hizo pensar a Kagome que había acertado plenamente.

Su padre apareció entre la muchedumbre y asintió con aprobación cuando se unió a ella. La besó en la frente y colocó la mano de ella sobre su antebrazo.

— Que nunca se diga que mi hija no es la mujer más valiente de la Cristiandad —le susurró.

Para él era fácil decirlo, ya que no tenía ni idea de lo mucho que le temblaban las rodillas, o del nudo que tenía en el estómago.

Palmeándole la mano para darle fuerzas, su padre la guió a través del salón hacia donde esperaba el rey.

Kagome vio a Bankotsu al instante. Un hombre alto con el pelo rojo, era difícil pasarlo por alto. Había esperado que estuviese sentado, pero, sin embargo, se paseaba de un lado a otro de la habitación con las manos enlazadas a la espalda.

Ella realizó en una pronunciada reverencia cuando, finalmente, él se percató de su presencia.

— Mirad lo que ha hecho ese hombre —espetó su padre, señalado su abultado vientre.

Bankotsu entrecerró los ojos al contemplar su barriga, que sólo recientemente había comenzado a demostrar su condición. Kagome colocó las manos sobre el vientre protectoramente.

— Dejadnos —ordenó Bankotsu—. Nos deseamos dirigirnos a la dama en privado.

Su padre asintió y la dejó a solas con el rey.

Kagome entrelazó las manos, que estaban heladas, y mantuvo la mirada clavada en el suelo.

Bankotsu se acercó, deteniéndose justo enfrente de ella.

— Sois una muchacha atractiva. ¿Acaso fuimos desconsiderados al colocaros bajo la protección de Inuyasha?

— Majestad, yo…

— ¿Es que os hemos ordenado que hablarais? —gruñó él.

Kagome tragó saliva por el miedo, y cerró rápidamente la boca.

— De modo que —continuó Bankotsu— sois capaz de acatar órdenes.

Ella asintió mientras observaba los zapatos dorados del rey.

— Bien —se quedó callado durante varios minutos, en los que el corazón de Kagome casi se salía del pecho. Cuando habló de nuevo, su voz sonó adusta y furiosa, y sus ojos la observaron con malicia—. Ahora, contestad sí o no. ¿Es Inuyasha el padre de vuestro hijo?

Ella se mordió los labios, negándose a responder. Si no podía explicarse, no añadiría una palabra más que pudiese condenar al hombre al que amaba.

La mirada llena de ira del rey la dejó sin respiración.

— ¿Estáis poniendo a prueba nuestra paciencia? —preguntó Bankotsu, con un tono de voz incluso más amenazante que antes.

— No, Majestad.

— Entonces responded nuestra pregunta.

Kagome creyó que se desmayaría de lo nerviosa que estaba mientras el silencio parecía dilatarse interminablemente.

El rey echaba fuego por los ojos.

— ¿Por qué os negáis a contestar?

Las lágrimas se derramaban por las mejillas de Kagome cuando alzó la cabeza.

— No puedo hacerlo.

Bankotsu frunció el entrecejo.

— Acabad con eso ahora mismo. Nos despreciamos las lágrimas —le tendió un pañuelo—. ¡Por el amor de San Pedro, enjugaos los ojos!

Ella hizo lo que le ordenaban.

Suavizando la mirada, el rey añadió:

— Ahora decidnos lo que ocurrió mientras estabais bajo la custodia de Inuyasha.

Kagome inspiró profunda y lentamente, y comenzó a narrarle a Bankotsu toda la historia sobre cómo se había sentido desde el primer momento en que vio a Inuyasha, hasta el momento en que perdió la virginidad.

Hizo todo lo que pudo para no avergonzarse, pero quería ser franca con el rey. Quería que perdonara a Draven.

— De modo que ya veis, Majestad, no fue culpa suya —dijo, alzando la mirada hacia él—. Inuyasha trató de resistirse, pero yo no se lo permití. Si alguien tiene la culpa, soy yo.

La mirada fija de Bankotsu hubiese rivalizado con el propio invierno por su frialdad.

—Inuyasha sabe mejor que nadie lo que nos hacemos con aquéllos que nos traicionan.

— Pero Majestad, os lo suplico, él es vuestro fiel servidor. Os ha servido durante toda su vida.

— Suficiente —dijo él, interrumpiéndola y aterrorizándola con su tono áspero—. Habláis de sus servicios como si supierais mucho sobre ello. Y, conociendo a Inuyasha como lo conozco, encontramos eso muy difícil de creer. Decidnos, ¿os ha hablado Inuyasha alguna vez de cómo entró a formar parte del servicio a la corona?

Ella negó con la cabeza.

La frialdad desapareció de sus ojos cuando comenzó a hablar de Inuyasha.

— No llegaría al metro y medio de altura cuando lo conocimos. ¿Sabéis por qué?

— No, Majestad.

Bankotsu empezó a pasearse de un lado a otro antes de continuar con su historia.

— Nos habíamos estado reuniendo las tropas en Francia para luchar contra Suikotsu, cuando contemplamos su entrenamiento por casualidad —se interrumpió un momento, como si estuviese recordando el evento—.Inuyasha luchaba como un león, y nos presenciamos asombrados cómo consiguió desarmar a su señor. Supe en ese instante que estaba observando a un muchacho que llegaría a ser invencible en la batalla.

Kagome arqueó una ceja al notar el desliz de Bankotsu al referirse a sí mismo en singular. Pero, sabiamente, mantuvo cerrada la boca, y él siguió hablando.

— Sabiendo que el chico se convertiría un día en un renombrado caballero, acepté el voto de fidelidad de Miles de Poitiers y de su escudero. Miles nos sirvió bien, y cayó en la batalla por Arundel.

El rostro de Bankotsu parecía en trance mientras recordaba el suceso.

— Nunca olvidaré aquel momento —dijo con voz calma y reflexiva—. Me giré justo a tiempo para ver a Inu no Taisho de Ravenswood abalanzarse sobre mí con la espada en alto. Suelen decir que la vida pasa ante tus ojos cuando estás a punto de morir. Y es cierto. La vi claramente. Y, mientras me preparaba para recibir la estocada que significaría mi muerte, apareció de la nada el escudero de Miles.

Bankotsu meneó la cabeza, como si le resultara difícil aceptar lo ocurrido ese día, incluso tantos años después.

—Inuyasha cogió a Inu no por la cintura y ambos rodaron por el suelo, alejándose de mí. Lucharon con tal odio y habilidad que yo no podía apartar mis ojos de ellos.

» Inu no hirió al muchacho y se colocó para dar el golpe de gracia pero, de algún modo, Inuyasha logró ponerse en pie, a pesar de que tenía una herida en el vientre que habría matado a la mayoría de los hombres.

Kagome apretó los dientes al recordar la larga cicatriz que se extendía cerca de su ombligo.

Bankotsu frunció el ceño.

— Cuando Inu no extendió su espada, Inuyasha le dio un golpe directo a la mandíbula e insertó la espada en el cuerpo de Inu no. Éste soltó una despiadada carcajada mientras se tambaleaba hacia atrás. Le dio unas palmaditas a Inuyasha en el hombro —Bankotsu la miró a los ojos—. ¿Sabéis lo que le dijo a Inuyasha entonces?

Kagome sacudió la cabeza.

— «Al fin has conseguido que me sienta orgulloso de ti, cerebro de escarabajo. Hoy al fin puedo admitir que eres el hijo de mi sangre. Porque únicamente mi hijo sería capaz de matarme».

Un escalofrío la recorrió de arriba abajo al imaginar lo que Inuyasha debió haber sentido.

— Jamás podré olvidar ese momento —susurró Bankotsu, con los ojos oscuros y atormentados—. Ni la expresión del rostro de Inuyasha. Aceptó aquellas palabras como si no le sorprendieran en absoluto. Yo, por el contrario, estaba atónito. No podía concebir el hecho de que un padre le dijera algo tan brutal a su hijo en el momento de su muerte. Entonces, Inuyasha se volvió hacia mí y me tendió la espada de su padre, jurándome su inquebrantable fidelidad. Lo nombré caballero en ese mismo lugar y, ni una vez desde aquel día, ha hecho nada que me hiciese cuestionarme su lealtad.

Su mirada reflejaba la misma ira del infierno.

— Hasta ahora.

Kagome sentía el escozor de las lágrimas tras los párpados, pero las contuvo.

Él la recorrió de arriba abajo con una gélida mirada.

— Nos no podemos evitar preguntarnos qué es lo que ha conseguido que un hombre tan leal olvidara su juramento. ¿Qué decís vos, señora? ¿Podéis darnos alguna razón por la que nos deberíamos perdonarle la vida?

— Sí —contestó ella, mirando a Bankotsu a los ojos—. La razón más importante de todas, sire… el amor.

El rey parpadeó, incrédulo.

— ¿El amor?

— Sí, Majestad. Nos amamos el uno al otro.

Él resopló con escepticismo.

— ¿Inuyasha enamorado? ¿Esperáis sinceramente que nos creamos una cosa semejante? Como vos misma señalasteis, nos lo conocemos prácticamente de toda la vida. Jamás hemos sido testigos de una acción suya que no haya sido resultado de una serena y premeditada deliberación. ¿Y ahora nos ofrecéis esa pobre excusa para su traición?

— Pero es la verdad, Majestad.

Bankotsu rió amargamente.

— Nos creemos que vos lo amáis; las mujeres son muy propensas a tales emociones románticas. Pero Inuyasha es un guerrero hasta la médula. Nos encontramos imposible de creer que sienta algo así. No —dijo decididamente—. Tendremos que castigarlo de la manera que prometimos hacerlo si él os tocaba.

— ¿Y cuál será ese castigo, sire?

Bankotsu arqueó una ceja por la sorpresa.

— ¿Él no os dijo cuál sería el precio a pagar por vuestra virginidad?

— No.

— Cuando llegue la mañana, será colgado, arrastrado y descuartizado por traición.

Kagome se sintió como si le hubiesen dado un puñetazo. De hecho, no sabía muy bien cómo conseguía seguir en pie, porque se le doblaban las rodillas y le temblaban las piernas de miedo.

— ¡No! —jadeó—. ¡No podéis estar hablando en serio!

Con el rostro inexpresivo, el rey asintió.

—Inuyasha sabía cuáles serían las consecuencias —dijo Bankotsu con frialdad.

Kagome cerró los ojos y se esforzó por respirar.

— Por favor, Majestad —rogó ella—. Haced lo que queráis conmigo, pero no le hagáis daño. Os lo suplico. No cuando todo ha sido culpa mía.

Pero él no dijo nada.

Kagome dio rienda suelta a su agonía, y cayó sobre sus rodillas, llorando de desesperación.

— ¿Qué es lo que he hecho? —preguntó, deseando no haber planeado jamás seducir a Inuyasha.

— Levantaos, señora.

Kagome se enjugó las lágrimas y se mordió los labios para evitar que temblaran antes de ponerse en pie.

Esta vez, pudo contemplar un ligero ablandamiento de la expresión de Bankotsu mientras éste la contemplaba atentamente.

— ¿De veras lo amáis?

— Sí, Majestad. Más que a mi vida.

Bankotsu consideró sus palabras durante un instante y empezó a pasearse de nuevo de un lado a otro.

— ¿Estáis al tanto de las acusaciones de vuestro padre con respecto a las actividades de Inuyasha?

— Sí, Majestad, pero sé que Inuyasha no lo hizo.

— ¿Y cómo lo sabéis?

— Estaba con él la noche que Keswyk fue atacado.

— ¿Podéis probarlo?

Ella se miró el vientre.

Bankotsu rió con sorna.

— Sí, os creemos.

Durante varios minutos, él siguió paseando en silencio mientras ella se retorcía las manos, aterrada al pensar lo que podría decirle a ella, o hacerle a Inuyasha.

Justo cuando ya estaba segura de que sus nervios no podrían seguir aguantando el repiqueteo de los zapatos de Bankotsu sobre el empedrado del suelo, él habló.

— Muy bien, milady, nos os diremos lo siguiente: vuestro amor por Inuyasha es patente. Si cuando llegue mañana, nos vemos pruebas de que él también os ama, y de que ha sido su amor por vos lo que ha motivado que nos traicione, nos podríamos decantarnos por la misericordia.

Kagome lo miró, llena de esperanza.

— Pero —avisó Bankotsu , con rostro severo— si no vemos nada de eso y Inuyasha demuestra no haber hecho otra cosa más que usaros mientras estuvisteis bajo su cuidado, nos ejecutaremos su castigo completa y rápidamente. ¿Queda claro?

— Sí, Majestad.

— Ahora, dejadnos.

Kagome le hizo una reverencia y se alejó del rey caminando hacia atrás.

Una vez las puertas del salón estuvieron cerradas, ella suspiró de alivio.

¡Había una oportunidad! No era más que una pequeña oportunidad, pero era algo a lo que aferrarse.

Seguro que Inuyasha la…

Kagome detuvo el pensamiento a medida que la realidad se abría paso en su mente.

Señor, ¿se estaba engañando? Inuyasha era un hombre hecho de hierro. Jamás demostraba sus sentimientos, y, con toda probabilidad, atravesaría las puertas estoicamente para aceptar su castigo sin ni siquiera dirigirle una mirada.

Kagome puso una mano sobre el vientre y sobre la vida que allí crecía.

— Por favor —rezó en voz baja—. Quiero tener un padre para mi bebé.

Continuara….

Hola a todos ya nos encontramos en la recta final de esta historia, les agradezco sus comentarios, espero subir la continuación pronto.

Saludos .