Capitulo 17

La mañana tardó demasiado en llegar para Inuyasha, que le dio la bienvenida con alivio. Al fin había acabado todo. Pronto podría tener la paz que siempre había deseado, y terminarían todas sus miserias.

Reuniendo a su hermano y a un puñado de hombres, partió hacia Warwick. Mientras recorrían cada legua que les separaba de su destino, sólo tenía una esperanza.

Quería ver el rostro de Kagome una vez más antes de morir. Inuyasha podría descansar en paz si pudiese obtener esa única petición. Era en lo único que pensaba mientras cabalgaba.

Llegaron al castillo hacia el final de la tarde. Inuyasha arqueó una ceja al contemplar las desoladas murallas de piedra que tenía enfrente. Desde lejos, parecía que un millar de hombres habían tomado posición en los parapetos. Myoga se había tomado bastantes molestias para reforzar las defensas de su hogar.

— ¡Deteneos! —gritó Myoga cuando se acercaron al puente—. Vuestros hombres se quedarán fuera. Únicamente vos podréis entrar.

— No —le dijo Miroku a Inuyasha, guiando su caballo para colocarse a su lado—. No confío en él.

Inuyasha miró fijamente a su hermano con rostro inexpresivo.

— ¿No confías en que haga qué, Miroku? Me dirijo a mi ejecución.

—Inuyasha…

— No, hermano, quédate aquí. No quiero que seas testigo de eso.

Desmontaron a la misma vez y, en cuanto Inuyasha dio un paso hacia delante, se encontró rodeado por los brazos de Miroku en un fuerte abrazo.

— No vayas —le susurró Miroku al oído—. Podemos luchar contra el ejército del rey. Sabes que podemos hacerlo.

Inuyasha lo apartó con dureza, y al ver el dolor en los ojos de su hermano, le dio unas palmadas en el hombro.

— Cuídate, hermanito. Supongo que algún día compartiremos la eternidad, pero ruego que tú vayas a un lugar mejor que el que me espera a mí.

Con los ojos brillantes, Miroku tragó con dificultad, le dio unos golpes en el brazo y apartó la mirada.

Inuyasha inspiró profundamente y comenzó a atravesar a pie el puente que conducía hacia el castillo. Alzó la cabeza para mirar a los parapetos y se detuvo.

Por un instante, creyó que estaba soñando cuando vio el reflejo del sol sobre un cabello de chocolate puro. Pero habría reconocido esa esbelta figura en cualquier parte.

De hecho, su esencia estaba grabada a fuego en su alma.

Su Kagome.

El padre tiró de ella, y Inuyasha sabía que Myoga le estaba ordenando que se fuera de allí. Podía imaginar perfectamente la terca inclinación de su barbilla y el fuego en sus ojos mientras ella se negaba a hacerlo.

A Inuyasha se le hizo un nudo en la garganta; mil y una emociones le desgarraron simultáneamente mientras observaba atentamente los forcejeos de Kagome por librarse de su padre.

Sobre todas las cosas, se sintió agradecido por haber podido verla de nuevo.

Su presencia le dio fuerzas.

Desesperado, quiso decirle lo que sentía su corazón. Pero jamás se le habían dado bien las palabras tiernas. A decir verdad, ni siquiera conocía una palabra tierna.

No, era un hombre de acción, y, en ese instante, quería que ella supiera que no se arrepentía de nada. Quería que comprendiera lo mucho que la amaba.

En ese momento, él sería su Accusain. Su campeón. Su Rosa de la Hidalguía.

Sí, había tan sólo una forma de mostrarle la profundidad de su amor. Enderezando la espalda con orgullo, se quitó los guantes de malla de las manos y los arrojó al suelo.

— ¿Qué está haciendo? —preguntó Bankotsu.

Su padre hizo una pausa y miró hacia abajo, hacia donde estaba Inuyasha. Kagome aprovechó su distracción para librarse de sus brazos y correr de nuevo hacia el muro. Se colocó junto al rey y se asomó para ver lo que ocurría.

Inuyasha estaba de pie junto a la puerta, desnudándose. Lentamente, prenda a prenda, se deshizo de la espada, de la sobreveste, de la cota de malla y del relleno de la armadura, hasta que no quedó otra cosa más que su hermosa piel morena resplandeciendo bajo la luz del sol.

Completamente desnudo, se encaminó hacia la puerta.

Kagome se tragó las lágrimas al comprender lo que estaba haciendo.

— Me pedisteis una prueba de sus sentimientos, Majestad. ¡Pues ahí la tenéis!

Bankotsu se volvió hacia a ella con el ceño fruncido.

— ¿Qué estáis diciendo?

— ¿Vuestra Majestad conoce la historia de Accusain y Laurette?

— Con la reina, nos conocemos tales insípidas narraciones de memoria.

— Entonces, Vuestra Majestad recordará la parte en la que Acussain camina desnudo a través de las tropas del padre de Laurette para demostrar su amor por ella.

— Sí, pero eso no es más que un cuento.

— Cierto —dijo ella, sobrecogida por una inmensa alegría—, un cuento. Y, cuando Inuyasha lo escuchó, me dijo que ningún hombre que se preciara de serlo haría algo así por una mujer; pero eso es lo que está haciendo ahora. ¿Qué otra cosa, sino el amor, le habría poseído para hacer algo semejante?

Bankotsu consideró sus palabras.

Miró de nuevo a Inuyasha con incredulidad durante varios inquietantes minutos.

Inuyasha llegó junto a la puerta, y Kagome rogó que Bankotsu se diera cuenta de la verdad.

El rey echó una última mirada, y entonces le hizo un gesto a Kagome.

— Venid con Nos, señora.

Kagome siguió a Bankotsu y a su padre fuera de las murallas, hacia la torre.

Una vez que estuvieron en el salón, Bankotsu se volvió hacia ella, con el rostro convertido en una máscara inexpresiva.

— Id a esconderos mientras nos hablamos con Inuyasha. No os mostréis a menos que se os —le dijo a su padre—, reclamaré vuestra vida si ella desobedece.

Su padre asintió y la llevó hasta la pequeña despensa que estaba detrás del estrado.

El corazón de Kagome latía con fuerza de miedo y de incertidumbre mientras aguardaba.

Parecía haber pasado una eternidad cuando al fin escuchó la familiar voz de barítono de Inuyasha saludando al rey.

— ¿Qué significa todo esto? —quiso saber Bankotsu, señalando el cuerpo desnudo de Inuyasha con una sonrisa de desprecio—. ¿Es acaso otro insulto que tenéis la necesidad de dedicarnos?

Inuyasha hizo un gesto negativo con la cabeza.

— No, sire. Jamás os insultaría, ni de palabra, ni de hecho.

— ¿Y cómo es que os mostráis desnudo ante nos? —furioso, Bankotsu se quitó la capa y se la arrojó.

Inuyasha atrapó la prenda con una mano.

— Cubríos.

— Gracias, sire —dijo, haciendo lo que el rey le ordenaba.

La fría mirada de Bankotsu se clavó en él.

— Ahora, explicadnos vuestros actos.

Inuyasha observó la pared de enfrente mientras evocaba el rostro de Kagome en su mente. Sacando fuerzas de su imagen, dijo:

— No quise que nadie malinterpretara mis actos, sire. Estoy aquí para aceptar mi castigo.

Una mirada de desilusión oscureció los ojos del rey.

— En ese caso, ¿estáis preparado para morir?

Inuyasha enfrentó la mirada de Bankotsu sin echarse atrás.

— Sí, sire.

— ¿Y no os arrepentís de nada?

Inuyasha sacudió la cabeza.

— ¿De nada en absoluto? —preguntó Bankotsu con escepticismo.

Inuyasha lo pensó un momento. Sí, se arrepentía de una cosa. Se arrepentía de no haberle dicho nunca a Kagome lo que sentía por ella.

Y, sobre todo, se arrepentía de haberle dado la oportunidad para huir de su casa.

Pero nunca se lo diría a Bankotsu.

— De nada, sire.

Bankotsu se mesó la barba pensativamente mientras caminaba delante de él.

— De modo que la muchacha es tan buena compañera de cama que vos, realmente, podéis asumir la tortura y la muerte sin arrepentiros. Nos tendremos que probarla…

— No os acerquéis a… —Inuyasha interrumpió su advertencia cuando se dio cuenta de que, en su furia, había avanzado un par de pasos hacia Bankotsu.

Bankotsu detuvo su caminar y arqueó su real ceja en señal de reproche.

— ¡Por el amor de Dios, Inuyasha! Es la primera vez que os hemos escuchado levantar la voz a nadie. Y, ni que decir tiene, a nos. Y, realmente, os habéis acercado a nos con intenciones imprudentes.

— Perdonadme, Majestad —dijo él, bajando la mirada al suelo—. Perdí el control.

— Entonces la dama tenía razón. ¿La amáis?

Inuyasha sintió un nudo en la garganta, y se negó a enfrentar la mirada de Bankotsu por miedo a que leyera la verdad en sus ojos.

— ¿Acaso también tenía razón al decir que ha sido vuestro amor por ella lo que ha hecho que os quitéis las ropas?

Inuyasha no añadió una palabra.

¿Qué podría decir?

Bankotsu se colocó delante de él.

— Habla, muchacho, tu vida depende de tu respuesta.

Aun así, Inuyasha no dijo nada.

El rey aguardaba impaciente, pero antes de que pudiese hablar, continuó:

— Cuando vinisteis a Londres con Myoga, nos os preguntamos qué era lo que más valorabais en el mundo. Miroku nos dijo que era vuestro honor y que moriríais por protegerlo. Si os preguntásemos en este momento qué es lo que más valoráis, ¿qué responderíais?

Inuyasha miró a Bankotsu a los ojos.

—Kagome—dijo simplemente.

Para su sorpresa, Bankotsu asintió con aprobación.

— ¿Kagome? —la llamó el rey.

Inuyasha miró sobre el hombro del rey para ver que se abría una puerta. Kagome salió de allí; tenía los ojos brillantes mientras guiaba a su padre hacia él.

El júbilo lo atravesó al verla, y tuvo que reprimir el abrumador impulso de correr hacia ella y estrecharla entre sus brazos.

Únicamente la presencia de Bankotsu e impidió que lo hiciera.

Hambriento, se dio un festín con la imagen de su glorioso rostro y de sus rizos castaños. Bajó la mirada y se quedó absolutamente atónito al ver su abultado vientre.

— ¿Escuchasteis sus palabras? —le preguntó Bankotsu cuando se colocó al lado de Inuyasha.

— Sí, Majestad —murmuró ella.

— ¿Myoga? —le preguntó el rey a su padre.

— ¿Y qué pasa con la parte de mis tierras que él ha destruido? —inquirió Myoga.

Bankotsu cruzó los brazos sobre el pecho.

— Decidnos, ¿que os preocupa más, vuestras preciosas tierras o el hecho de que vuestro nieto nazca siendo el hijo bastardo de un hombre ejecutado por traición?

Myoga se aproximó a Inuyasha con un gesto de disgusto.

— Todavía no acabo de verlo claro.

Inuyasha mantuvo la boca cerrada.

— ¿Qué? —preguntó Myoga con escepticismo—. ¿No vais a darme una de esas respuestas inteligentes vuestras, Ravenswood? Nunca he sabido que no devolvierais insulto por insulto.

Inuyasha ni siquiera miró a Myoga; su mirada parecía perdida en la mujer que amaba y que estaba embarazada de su hijo.

— No lastimaría a Kagome insultándoos, Myoga. Sea cual sea la razón por la que me ama, también os ama a vos, y eso es suficiente para que yo os respete.

Myoga resopló.

— No puedo decir que apruebe este matrimonio, pero por el bien de mi hija, acataré los términos que decrete Vuestra Majestad.

Bankotsu asintió.

— Muy bien, entonces. Myoga, encaminaos fuera de vuestras murallas y haced venir a su hermano junto con sus ropas, y traed a un sacerdote. Nos veremos a estos dos casados antes de que termine el día.

— Gracias, Majestad —dijo Kagome con los ojos brillantes por la felicidad.

El rostro de Bankotsu se volvió adusto y hostil.

— No nos lo agradezcáis todavía, milady, porque aún falta por aclarar el asunto de su castigo.

Inuyasha volvió a mirar a Bankotsu.

Pudo ver la tristeza en los ojos del rey, pero esperaba poca misericordia de su parte.

— Siempre nos habéis servido fielmente —dijo Bankotsu—, pero aun así nos esperamos que entendáis que no podemos concederos una completa inmunidad.

— Sí, sire. No esperaba clemencia de ningún tipo.

Kagome, a su lado, trató de decir algo.

— Pero…

Inuyasha le hizo un gesto negativo con la cabeza, impidiendo que continuara.

Bankotsu sonrió cuando ella sujetó su lengua.

— Es bueno saber que podéis manejarla —le dijo a Inuyasha, y entonces, la sonrisa desapareció de su rostro—. Después de la boda, Inuyasha recibirá veinte latigazos por su desobediencia.

Kagome abrió la boca para hablar, pero Inuyasha colocó un dedo sobre sus labios.

Bankotsu caminó hacia Myoga.

— Venid y ayudadnos a encontrar al sacerdote.

Al llegar a la puerta, Bankotsu se volvió para mirarles.

— ¿Inuyasha?

— ¿Sí, sire?

— Nos esperamos que esta vez, cuando hagáis un juramento sagrado, tengáis mejor suerte a la hora de mantener vuestro voto.

— No tendré el más mínimo problema para hacerlo, sire.

Bankotsu sonrió.

— Nos también creemos eso.

Cuando se quedaron a solas, Kagome lo miró a los ojos.

— Veinte latigazos… Lo siento mucho, Inuyasha.

— Créeme, veinte latigazos son mucho mejor que la alternativa —con ternura, puso una mano sobre su vientre, maravillándose ante lo que veía—. ¿Por qué no me lo dijiste?

Ella le sonrió.

— Quise hacerlo, pero nadie aceptó el soborno para llevarte las noticias. Temían la ira de mi padre.

Entonces él la tomó entre sus brazos. Kagome se sentía maravillosamente bien allí, sobre todo esa parte redondeada de ella que se apretaba contra el estómago desnudo de Inuyasha.

— Ven, muchachita —le susurró al oído—. Mientras ellos están ocupados en otras cosas, vamos a buscar un lugar tranquilo en el que pueda mostrarte lo mucho que te he echado de menos.

Ella bajó la mirada hacia su hinchado miembro.

— Puedo verlo por mí misma.

Él enterró el rostro en su cuello, inhalando su cálida fragancia.

— Puedes llamarme Príapo.

Ella se rió y lo abrazó con fuerza.

— Entonces vamos, Príapo, deja que te enseñe nuestra habitación de matrimonio.

Kagome le guió escaleras arriba, hasta su habitación, en la que Sango estaba esperando. Su doncella abrió unos ojos como platos al contemplar el estado de desnudez de Inuyasha.

Sin decir una palabra, Sango salió de allí rápidamente, dejándoles a solas.

Inuyasha dejó caer la capa del rey y la atrajo hacia sus brazos. Finalmente, Kagome pudo darle el beso que había deseado darle desde el momento que lo había visto desnudo fuera.

— Eres mi héroe —murmuró contra sus labios.

— Sí, señora —dijo él—. Tuyo y de nadie más.

Kagome sonrió mientras él le desataba la túnica y la deslizaba sobre sus hombros. Se sintió temerosa y tímida cuando él la observó fijamente. Hacía meses desde la última vez que le había visto, y su abultado vientre no mejoraba para nada su autoestima.

— No me mires —dijo, retirándose hacia una de las esquinas a oscuras—. Estoy tan enorme como una vaca hinchada.

Inuyasha colocó los dedos sobre sus labios.

— No, milady. Es mi hijo lo que llevas ahí —dijo acariciando su vientre con ternura—. Y eso te hace aún más hermosa a mis ojos.

Sus palabras la estremecieron.

— Te he echado muchísimo de menos —dijo, rodeándolo con los brazos.

— Te juro, Kagome, que jamás tendrás motivos para echarme de menos de nuevo.

— Mi dulce Inuyasha—susurró ella contra sus labios—. Jamás permitiré que me abandones otra vez.

Esa tarde, hicieron el amor lentamente, saboreándose el uno al otro hasta que Sango regresó para prepararla para la boda.

Inuyasha se vistió rápidamente, y se separó a regañadientes de ella para bajar a firmar los documentos.

Al contrario que el día que se casó su hermana, el humor de Myoga era triste y sombrío. Inuyasha hubiese deseado poder encontrar una forma de dejar sus diferencias a un lado por el bien de Kagome y de su hijo.

El hijo de ambos.

Hizo una pausa para pensarlo. Ella le había dado mucho más de lo que nunca había soñado tener. Y la amaba por ello.

— Bueno, aquí llega —dijo Bankotsu.

Con Miroku de pie a su derecha, Inuyasha se giró para ver a Kagome entrando en la pequeña habitación donde la esperaban junto al sacerdote. En lugar de llevar los colores de su padre, ella vestía una túnica de un rojo brillante y una capa negra, sujeta con el broche que le había regalado. Sus colores, pensó él, sintiendo una oleada de orgullo.

Ella era suya, y nadie volvería a apartarla de su lado jamás.

La ceremonia fue breve, y Myoga vaciló un instante antes de dar su aprobación finalmente.

Inuyasha no había hecho más que besarla cuando Bankotsu llamó a sus guardias para que lo escoltaran al patio.

— No —dijo Kagome, extendiendo una mano hacia él.

Inuyasha besó su mano para tranquilizarla y se apartó de ella.

— Todo irá bien, Kagome—susurró él.

La empujó ligeramente hacia los brazos de su padre.

Kagome observó cómo Inuyasha y Miroku seguían serenamente a los guardias hacia el patio reservado para castigar a los malhechores.

Retorciéndose para liberarse de la sujeción de su padre, ella les siguió. Se detuvo cuando su mirada se encontró con el verdugo del rey, que esperaba con un látigo con puntas de metal en la mano.

Su padre se detuvo a su lado y trató de hacerla regresar.

— No deberías ver esto.

Ella apretó la mandíbula obstinadamente.

— Es mi esposo, y mi lugar está a su lado.

Pero apenas consiguió pronunciar las palabras, y rogó por tener las fuerzas necesarias para permanecer allí y ver cómo le herían.

Lanzándole una mirada llena de cariño, Inuyasha se desató la túnica y desnudó su espalda. Kagome miró al rey, esperando que detuviese todo aquello. Por la expresión del rostro de Bankotsu, pudo deducir que a él le divertía ese evento incluso menos que a ella.

Pero él no dijo una palabra, y sus esperanzas se desvanecieron.

El verdugo utilizó el travesaño del patíbulo para atar las manos de Inuyasha sobre su cabeza. Cuando todo estuvo preparado, el verdugo miró al rey.

— Comenzad —ordenó Bankotsu.

Miroku se volvió de cara a la pared. Kagome se encogió cuando el hombre encapuchado arrojó el látigo sobre la espalda de Inuyasha. La sangre salpicaba las ropas del hombre, pero su esposo no emitió ni un solo sonido mientras su cuerpo se tensaba y se contraía por los golpes.

— Dios mío —murmuró su padre—, ¿es que no siente el dolor?

— Sí, lo siente —dijo ella, mientras descargaban otro latigazo y él seguía en silencio.

Con un nudo en la garganta, sentía cómo las lágrimas se deslizaban sobre sus mejillas. Apretó la mandíbula para no decirles a gritos que detuvieran aquella locura, y no pudo seguir mirando. Imitando a Miroku, se puso de cara a la pared y aguardó a que terminara.

Una vez impartidos los veinte latigazos, el verdugo cortó sus ataduras. Inuyasha se mantuvo en pie un instante antes de tambalearse.

Miroku lo sujetó contra su pecho.

— Te tengo —susurró.

Inuyasha asintió mientras Miroku se colocaba el brazo de su hermano sobre el hombro y lo ayudaba a caminar hacia ella.

— Como en los viejos tiempos, ¿eh? —le dijo Inuyasha a su hermano.

La mirada que Miroku le dirigió a su padre estaba cargada de un odio como ella no había visto antes.

Kagome acarició el rostro de Inuyasha cuando pasaron junto a ella.

—Miroku—dijo Inuyasha con voz ronca—, dile que me pondré bien.

— Creo que ya lo sabe —dijo, conduciéndolo hacia el castillo.

Más o menos a mitad del patio, Inuyasha perdió la consciencia.

Kagome guió a Miroku hasta sus habitaciones y lo ayudó a colocar a Inuyasha boca abajo sobre la cama, para evitar que su espalda sufriese aún más daños.

Tan suavemente como pudo, limpió la sangre que le cubría. Frunció el ceño al contemplar la piel desgarrada e hinchada por la paliza.

— ¿Qué quiso decir con eso de "como en los viejos tiempos"? —le preguntó a Miroku.

Éste colocó la túnica de Inuyasha junto a la cama.

— Su padre solía azotarle así cada cierto tiempo. Cuando terminaba, Sin le ayudaba a volver a la cama.

— ¿Y por eso no ha gritado?

— Sí. Su padre añadía cinco latigazos por cada sonido que hiciese.

A Kagome le dio un vuelco el corazón.

Llamaron a la puerta.

— Adelante —dijo Kagome.

Para su sorpresa, su padre se reunió con ellos llevando una pequeña redoma en la mano.

— Esto es un ungüento de linaza. Ayudará a aliviar el escozor de su espalda.

— Gracias —dijo ella, atónita ante el obsequio. ¿Sería posible que se estuviese ablandando ante Inuyasha?

Se aferró a esa esperanza y rogó porque así fuera.

Su padre echó una última mirada a la figura inconsciente de Inuyasha y abandonó la habitación.

Con tanto cuidado como pudo, Kagome extendió el espeso y especiado ungüento sobre las heridas, y luego le cubrió con una fina sábana.

Limpiándose las manos con un paño, miró a Miroku, que permanecía junto a la pared del fondo con expresión agobiada y dolorida.

— ¿Cuánto tardará en curarse? —le preguntó.

— Estará en pie mañana.

— ¡No! —dijo ella con incredulidad.

Miroku asintió.

— No podrá moverse muy rápido, pero caminará —con un último vistazo a la figura dormida de su hermano, se encaminó hacia la puerta.

— ¿Miroku? —le dijo antes de que alcanzara el picaporte—. Decidme una cosa, si vos erais el hijo ilegítimo, ¿por qué su padre lo castigaba a él y no a vos?

— Jamás supo que yo era un bastardo mientras viví en su casa —Miroku volvió a mirar hacia la cama—. Y no fue porque su padre no lo intentase, sino más bien porque Inuyasha se interponía constantemente entre nosotros.

Miroku inspiró profundamente y la miró.

— ¿Sabéis que cojea de vez en cuando?

Ella asintió.

— Yo tenía alrededor de cinco años, y estaba intentando golpear el blanco cuando me caí del caballo. Su padre trató de atropellarme con su caballo como castigo por mi incompetencia. Por un instante, todo lo que pude ver fue su enorme caballo de guerra abalanzándose sobre mí, y al momento, estaba tendido a un lado del campo y Inuyasha estaba bajo el semental; le había roto la pierna por cuatro sitios.

Kagome cerró los ojos ante un horror semejante. No podía imaginar cómo lo habían soportado cualquiera de los dos.

— ¿Cómo os enterasteis de las circunstancias de vuestro nacimiento? —preguntó ella.

Miroku se encogió de hombros.

— Nuestra madre se lo dijo a Inuyasha poco antes de morir. No fue capaz de ponerse en contacto con mi padre, pero sabía que Inuyasha viajaba lo suficiente con el suyo como para encontrar a alguien que pudiese enviarle un mensaje para que viniese a buscarme.

— ¿Y lo hizo?

— Sí. Mi padre vino a por mí el día después de que ella muriese, y me crió en Normandía.

En ese instante, todo cobró sentido para ella.

— ¿Miles de Poitiers?

Simon asintió.

— Él era mi padre.

Ahora sabía cómo había llegado Inuyasha a formar parte del servicio del rey.

—Inuyasha fue a Normandía para encontraros. Y así es como llegó a ser escudero de vuestro padre, ¿no es cierto?

— Y hemos permanecido juntos desde entonces. Le debo la vida a mi hermano, en más de una manera.

— Sois un buen hombre, Miroku.

Miroku sacudió la cabeza.

— En comparación, no soy más que una minucia, porque era él quien se quedaba para enfrentarse a su padre, mientras que yo siempre huía aterrorizado.

— Sois demasiado duro con vos mismo.

— Puede que sí, pero os agradezco mucho que lograrais llegar hasta él cuando yo no pude hacerlo.

— Jamás podría haberlo conseguido sin vos.

— Entonces, seremos eternos aliados.

Kagome sonrió mientras él la dejaba a solas con su marido.

No era ésa la forma en que había imaginado pasar su noche de bodas. Pero no iba a quejarse, porque tenía todo lo que siempre había deseado: un marido al que amaba, y algo que ni siquiera se había atrevido a soñar, un marido que le correspondía.

Algunas horas más tarde, el rey envió a su médico para que atendiera a Inuyasha. Una vez que el castillo se quedó en silencio, ella se acurrucó junto a él y lo observó mientras dormía, acariciando su apuesto rostro.

— Eres mío para siempre —susurró, y entonces cerró los ojos y se durmió.

Continuara….

Chicos hemos llegado casi el final, el próximo capítulo será el desenlace más un pequeño epilogo les agradezco seguir la historia porque a mí me ha encantado adaptarla, nos vemos el próximo capitulo.