Capitulo 18

Por la mañana, Bankotsu reunió a su séquito y se marchó.

Y, tal y como Miroku había predicho, Inuyasha se levantó.

Kagome apenas podía creerlo mientras le ayudaba a vestirse. Con toda seguridad, la ropa le hacía daño al rozar los enormes cortes que tenía en la espalda, pero él no dijo una palabra sobre el asunto.

— No puedo quedarme todo el día en la cama —dijo cuando se puso en pie.

— Pues deberías hacerlo —insistió ella.

Él hizo un gesto negativo con la cabeza, tomó su mano y la condujo hacia el salón. Su padre les observó mientras entraban, dirigiendo a Inuyasha una mirada severa.

Kagome suspiró. Después de que haberle llevado el ungüento, había esperado que su padre se estuviese ablandando, pero por su ceño fruncido, podía deducir que su progenitor estaba muy lejos de aceptar a su nuevo yerno.

Inuyasha fue a saludar a Miroku, y ella tomó asiento junto a su padre.

— Si podéis aceptar a Naraku después de haberle encontrado en la cama con Kikyo, ¿por qué no dirigirle al menos una sonrisa a mi esposo?

— Porque conozco su naturaleza —gruñó su padre dirigiéndole otra mirada amenazante a Inuyasha—. Eso está más allá de tus posibilidades, Kag, porque tú sólo ves lo bueno de las personas. Pero yo sé la verdad sobre él y los de su calaña.

Meneando la cabeza, ella tomó asiento al lado opuesto de la mesa, lejos de él, para desayunar rápidamente. Podía sentir la mirada de su padre clavada en ella, pero no se la devolvió, y siguió comiendo pan y queso.

Inuyasha llegó a su lado justo en el instante en que ella comprendió que no debería haber comido nada.

Se le había revuelto el estómago.

— ¿Kagome? —preguntó Inuyasha con cara preocupada.

Ella intentó abandonar el estrado, pero tropezó. Inuyasha la sujetó contra él, y Kagome lo escuchó jadear cuando, inadvertidamente, ella se apoyó en su espalda. Aun así, no dijo nada mientras la ayudaba a llegar a la parte trasera de la habitación.

— ¿Estás mejor?

Ella asintió mientras su estómago se asentaba un poco.

— Es el bebé.

Inuyasha asintió.

— ¿Cuántas mañanas tendré que estar preparado para este tipo de saludo?

— No lo sé —contestó ella con sinceridad—. A mi madre le duraba el malestar todo el embarazo.

Acababan de reunirse de nuevo con su padre en el salón, cuando una figura encapuchada atravesó las puertas. Kagome frunció el ceño hasta que el recién llegado se quitó la capucha y pudo ver a una agotada Kikyo, con el vientre tan abultado por el embarazo que Kagome no podía creer que todavía no hubiese dado a luz. Pero lo que la asustó de veras fue ver los signos de paliza que Kikyo tenía en la cara.

La maldición de su padre se escuchó a lo largo y ancho del salón.

— Hija mía, ¿qué ha ocurrido? —preguntó dulcemente, tomando su magullada barbilla en la mano.

Kagome llegó corriendo a su lado.

Kikyo sollozó.

— Ha sido Naraku —jadeó—. Se ha vuelto loco —miró a su padre con las lágrimas deslizándose por sus amoratadas mejillas—. Quería matarte y heredar tus tierras a través de mí.

A su padre empezaron a dilatársele los orificios de la nariz por la furia.

— Que Dios me ayude, lo mataré por…

— ¿Lord Warwick? —gritó un muchacho que entró corriendo por la puerta que Kikyo había dejado entreabierta. Jadeaba por el esfuerzo, tenía una herida en la frente y sangraba—. Mi señor —dijo deteniéndose a la altura de su padre—. Tenéis que venir enseguida. Están atacando Falswyth.

Su padre soltó a Kikyo.

— ¿Quién osa hacer algo así?

— Es el conde de Ravenswood.

Todos los ojos del salón se volvieron hacia Inuyasha, que estaba sentado en una de las mesas inferiores, junto a Miroku.

Su padre miró de nuevo al mensajero.

— ¿Y cómo lo sabes?

— Escuché a uno de sus hombres dirigirse a él como tal antes de que me golpearan.

— ¿Pero qué tipo de artimaña es ésta? —gruñó su padre— ¿Mis dos yernos me atacan simultáneamente?

— Padre, hay algo… —empezó Kikyo, pero su padre la detuvo con un gesto de la cabeza.

—Kag, llévatela arriba y cuida de ella —entonces dirigió una mirada amenazante a Inuyasha—. Preparad mis tropas —gritó, cogiendo su espada de su lugar sobre la chimenea que estaba a sus espaldas—. Acabaremos con esto de una vez por todas.

Mientras los hombres de su padre salían a toda prisa del salón, Inuyasha reunió a sus propios caballeros.

— Espera —dijo Kagome, aferrándose a su brazo—. No puedes ir. Estás herido.

Inuyasha meneó la cabeza con expresión severa.

— No pienso quedarme aquí mientras alguien ensucia mi nombre. Mataré a ese bellaco por esto. Ahora, ve y atiende a tu hermana.

Kagome quería seguir discutiendo, pero el gesto terco de su mandíbula le dijo que sería una pérdida de tiempo.

En cambio, se dirigió a su padre.

— Mi esposo cabalgará a vuestro lado. Os ruego que protejáis su espalda.

Su padre asintió, con una mirada todavía desconfiada, y acarició su brazo.

Hombro con hombro, los dos hombres a los que más amaba en el mundo, abandonaron el salón, dejándola a solas con los sollozos de su hermana.

Inuyasha percibió la desconfianza de Myoga en cuanto se acercaron a los caballos.

— ¿Todavía creéis que soy el responsable?

— Hasta que pueda comprobar lo contrario con mis propios ojos, sí.

Inuyasha rechinó los dientes. El padre de Kagome jamás lo aceptaría. Que así fuera. Nunca le había pedido a nadie que lo hiciera.

Al diablo con Myoga.

Inuyasha se encaramó cuidadosamente sobre silla de montar. Su espalda palpitaba como protesta, pero se las había apañado con heridas peores que ésas.

Apretando los talones contra los flancos del caballo, Inuyasha guió a sus hombres hasta Falswyth.

Cuando llegaron al pequeño pueblo, la horrorosa visión que les rodeaba hizo que arrugara los labios con disgusto. La mayoría de las casas estaban ardiendo, y la gente huía de los soldados decididos a robar, violar y asesinar.

Inuyasha escuchó el grito de una mujer. Mientras Myoga y sus hombres atacaban a los bandidos, bajó de un salto de su caballo y abrió de una patada la puerta de una de las casas que aún permanecía intacta.

Había una mujer tumbada sobre la mesa, y cuatro hombres sujetándola mientras un quinto le levantaba la falda y la obligaba a separar las rodillas.

Desenvainando la espada, Inuyasha atacó a los asaltantes. La asustada mujer se refugió en una esquina mientras él despachaba a los hombres.

Cuando mató al último de ellos, una sombra apareció a sus espaldas. Se volvió con la espada en alto para encontrarse a Myoga de pie junto a la puerta.

El padre de Kagome asintió con aprobación, y después se volvió y abandonó el lugar.

Inuyasha bajó su espada y se tomó un momento para asegurarse de que la mujer no estaba herida.

— Gracias, milord —sollozó ella mientras se obligaba a ponerse en pie.

Inuyasha no dijo nada, y salió para unirse a los hombres que luchaban fuera.

Fue entonces cuando vio que Myoga se enfrentaba a un hombre que llevaba una sobreveste que guardaba un impresionante parecido con la suya. Pero, aun peor que el hecho de que alguien se atreviese a hacerse pasar por él, era que el impostor estuviese a punto de matar al padre de Kagome.

Myoga luchaba con destreza, pero no era rival para el caballero, más joven y ágil, que giraba en torno a él, lanzado una estocada tras otra sobre su espada y su escudo. Myoga se tambaleaba ante sus acometidas.

Inuyasha corrió hacia ellos con la espada en alto. Los alcanzó justo a tiempo para desviar un golpe que, seguramente, le habría separado a su suegro la cabeza de los hombros.

Myoga se tambaleó hacia atrás mientras Inuyasha se encargaba del caballero. El hombre era fuerte, pero si Inuyasha se hubiese encontrado bien, no hubiese sido rival para él.

En sus actuales condiciones, sin embargo, se sentía más débil con cada estocada que caía sobre su espada. Podía sentir cómo se abrían las heridas de su espalda y cómo la sangre comenzaba a deslizarse a lo largo de su columna.

Su asaltante consiguió acertar una estocada ascendente sobre su escudo que le hizo inclinarse hacia atrás. Antes de que pudiera recuperarse, un nuevo golpe a su derecha le envió al suelo.

Inuyasha aterrizó con fuerza sobre su espalda. Jadeó cuando el dolor explotó, atravesando su cuerpo. Apenas podía respirar, y mucho menos moverse.

Había llegado su hora.

Su oponente alzó su espada contra él, y Inuyasha se preparó para recibir la estocada mortal, pero, justo en el momento en que el caballero iba a descargar la espada, Myoga rodeó su cintura y, de un golpe, lo alejó de él.

Con torpeza y agudos dolores, Inuyasha rodó a un lado y se obligó a ponerse en pie. Le resultó sumamente difícil. Le dolían todas y cada una de las partes de su cuerpo.

Se dirigió tambaleándose hacia su caballo, aferrándose a la silla para mantenerse erguido.

Echó un vistazo al lugar donde Myoga aún luchaba contra el impostor y vio que un segundo bandido pensaba atacar al padre de Kagome por la espalda.

Inuyasha sacó la daga de su cinto y la arrojó con mortífera precisión al pecho del asaltante. Myoga vio caer al hombre, y entonces, con renovadas energías, acabó con el que tenía en frente con un terrible golpe de su espada.

Sin fuerzas, Inuyasha trató de subirse a la montura. Era inútil.

Cayó de rodillas al suelo.

— ¿Ravenswood?

Escuchó la voz de Myoga como si llegara desde muy lejos. Alguien le quitó el yelmo, pero Inuyasha no podía estar seguro de quién era. El dolor era demasiado grande.

Miró el rostro de Myoga mientras flotaba por encima de él.

— Muchacho, no vas a morir así. ¿Me has oído?

Inuyasha no pudo responder. Cerrando los ojos, dejó que la oscuridad lo arrastrara.

Kagome corrió hacia las escaleras tan pronto como escuchó que regresaban los hombres. Kikyo se unió a ella.

Cuando vio a su marido colgando sobre su caballo, Kagome sintió que la sangre desaparecía de su rostro y que el terror la consumía. Pero, incluso peor que la extraña posición de Inuyasha, era el hecho de que su padre se negaba a enfrentar su mirada.

— ¡Por lo que más quieras, Dios mío, no! —dijo Kagome con voz ahogada.

Si no hubiese sido porque los brazos de su hermana la sujetaban, se habría derrumbado.

Miroku y su padre bajaron a Inuyasha del caballo y lo llevaron hacia ella.

— ¡Moveos, hijas! —dijo su padre—. Tenemos que llevarlo dentro antes de que muera.

Kagome cerró los ojos de alivio.

— ¿No está muerto?

— No, hija, no —dijo su padre con voz tierna—. Ahora, muévete.

Todavía temblando, ella abrió la puerta y, dando gracias a Dios, les siguió escaleras arriba.

Horas después, Kagome estaba sentada junto a la cama de Inuyasha, en su habitación. Él acababa de despertarse.

— Me asustaste —le dijo en tono de reproche.

Su mirada se clavó en ella.

— Me asusté hasta yo.

— ¿Qué quieres decir?

Inuyasha extendió la mano para tomar la suya.

— Hasta hoy, en una batalla, jamás me había preocupado si vivía o no. Hoy me he dado cuenta de que sí me importa. Cuando caí al suelo, sólo podía pensar en ti y en el niño. Por primera vez en mi vida, no deseaba morir. Deseaba volver aquí para verte. Quería estar aquí para ver nacer a nuestro hijo.

Ella cubrió su mejilla con la mano.

— Te amo, Inuyasha.

— Te amo —dijo él también.

La puerta de la habitación se abrió. Kagome alzó la mirada para ver a su padre vacilante en la entrada.

Nunca antes lo había visto tan inseguro.

— ¿Padre? —preguntó ella.

Él se aclaró la garganta y entró en la habitación.

— No esperaba que estuvieseis despierto —le dijo a Inuyasha.

— ¿No habéis oído decir que el demonio nunca duerme? —respondió Inuyasha amargamente.

Kagome pudo ver la vergüenza reflejada en los ojos de su padre mientras éste se acercaba a la cama.

— No me lo vais a poner fácil, ¿verdad?

Kagome frunció el entrecejo.

— ¿Poneros fácil el qué?

— Pedir disculpas.

Kagome casi se cae al suelo del susto. Su padre no había pedido disculpas a nadie en toda su vida.

— Soy un hombre orgulloso —le dijo a Inuyasha—. Lo admito, pero no lo soy tanto como para no admitir mis errores. Y estaba muy equivocado con respecto a vos…

Su padre hizo una pausa, y continuó con el cumplido más grande del que ella le creía capaz:

—… mi señor.

Y, entonces, percibió que los rasgos de Inuyasha se suavizaban, y que sus músculos se relajaban ostensiblemente.

Su padre tragó saliva para deshacer el nudo de su garganta.

— Lo único que puedo decir en mi defensa es que conocía muy bien a vuestro padre, y sé que no hace falta que os diga la clase de hombre que era —miró a Inuyasha a los ojos—. Todavía no entiendo por qué me salvasteis la vida hoy. Yo no lo habría hecho por vos.

— Ni yo habría esperado que lo hicierais.

Su padre asintió; un músculo palpitaba en su mandíbula.

— Creo que eso es lo que más me duele de todo. Pero quiero que sepáis que si hubiese sido bendecido con un hijo, me hubiese gustado que fuera como vos.

Inuyasha soltó una amarga carcajada.

— Entonces deberíais estar agradecido de haber tenido únicamente hijas. Si lo recordáis, yo maté a mi padre.

Su padre le dirigió una mirada amable.

— Y hoy salvasteis su vida. Porque tanto si me reconocéis como si no, desde este día en adelante, os consideraré hijo mío.

Kagome sonrió a su padre. Nunca se había sentido tan orgullosa de él, y, por la expresión de Inuyasha, supo lo mucho que las palabras de su progenitor significaban para él.

— Os lo agradezco, Myoga.

— Padre —corrigió él.

Inuyasha rió con desgana.

— Os lo agradezco, padre.

El padre de Kagome se volvió para marcharse.

— ¿Myoga?

Su padre se giró con un suspiro exasperado.

— Ya veo que tendréis que practicar lo de padre, ¿eh?

— Trabajaré en ello —prometió Inuyasha—. Pero me preguntaba quién era el tipo al que matasteis, el que llevaba mis colores.

Su padre la miró con expresión preocupada.

— ¿No se lo has dicho?

— No he tenido oportunidad.

Él asintió y volvió a mirar a Inuyasha.

— Era Naraku el que llevaba vuestra sobreveste. El hombre al que arrojasteis la daga era su primo, Onigumo.

Inuyasha miró a una y a otro.

— ¿Pero por qué?

— Según Kikyo, se casó con ella para poder quedarse con mis tierras —dijo su padre—. El estado de sus finanzas era tal que necesitaba toda mi riqueza, y no podía esperar a que muriera por causas naturales. Como no podía matarme sin ser colgado por asesinato, planeó una estratagema para enfrentarnos, de manera que vos pudieseis matarme en su lugar.

Inuyasha frunció el entrecejo.

— ¿Por qué no se casó con una heredera rica o con una viuda?

— Lo intentó, pero como no contaba con el favor de la corona, nunca consiguió la aprobación de Bankotsu—su padre rechinó los dientes, y ella pudo leer la expresión de pesar en su rostro—. He sido un estúpido. Di la bienvenida a un hijo que no se lo merecía y volví la espalda al único que era decente.

— Sois demasiado duro con vos mismo,Myoga.

— ¡Padre! —gruñó él.

Inuyasha le dirigió una mirada divertida.

— Padre.

— Buen chico; ahora descansad. Mi nieto necesita a su propio padre.

Kagome no pudo resistirse a fastidiar a su padre.

— ¿Y cómo sabéis que será un niño?

— Después de no tener más que hijas, imagino que el Señor me debe un muchacho.

Kagome se rió.

Su padre les dio las buenas noches y les dejó a solas.

Ella miró a Inuyasha y jadeó al sentir un ligero movimiento en su vientre.

— ¿Qué? —preguntó él.

Ella se sintió invadida por la alegría.

— Se ha movido. Es la primera vez que noto al niño.

Y, para mayor deleite, Inuyasha sonrió.

Hemos llegado al final de esta historia solo falta el epilogo, les agradezco a cada uno de ustedes por leerla, ha sido para mí un honor adaptarla a Inuyasha ya que es mi novela favorita, espero que les haya gustado tanto como a mí.

Saludos y nos vemos en otra historia de esta autora que adaptare luego, no les digo cuando lo hare pero sé que es pronto.

Nos vemos en el Epilogo.

Saludos.