Vasu terminó su discurso y volvió al asiento de piedra de alto respaldo que se le había preparado en el estrado. Junto con la mayor parte de los presentes, Haplo aplaudió brevemente. En realidad, un bostezo pugnaba por salir de su boca desde hacía varios minutos. El discurso de Vasu, aunque razonable en sus contenidos había resultado tedioso y francamente monótono en boca del líder patryn. Vasu era un buen hombre, un poderoso hechicero y un sabio líder, pero carecía por completo de talento para la oratoria. A diferencia de los sartán, los jefes patryn solían ser figuras autoritarias más inclinadas a impartir ordenes cortantes que a intentar persuadir mediante el dialogo.
Cuando los aplausos concluyeron fue el turno de Baltazar, que se levantó y avanzó hacia el borde de la tarima. El antiguo nigromante no había perdido en los cuatro ciclos pasados en el Nexo ni un ápice de su capacidad para intimidar con su presencia. Al igual que todos y cada uno de los asistentes, Haplo sintió de pronto que la escrutadora mirada del sartán de Abarrach estaba fija precisamente en él.
-Sabias han sido las palabras de Vasu. No voy a decir nada que pueda ser usado para enmendarlas o descalificarlas. Tan solo voy a reafirmar aquí y ahora lo que nos ha llevado a firmar este pacto, lo que ha hecho que dos antiguos pueblos enemigos unan sus destinos hasta el día en que ninguna luz brille ya en los mundos y sobrevenga el Fin. Lo que nos ha unido hoy aquí a nosotros, sartán y patryn, ha sido el deseo o más bien la imperiosa necesidad de crearnos un hogar.
»Algunos hay entre los aquí presentes que no parecen compartir ese deseo o sentir tal necesidad. Les aconsejo que al menos tengan esto en mente: estamos encerrados en el Laberinto por toda la eternidad. Nos necesitamos los unos a los otros si queremos sobrevivir en este infierno de magia que creamos en nuestra arrogancia -dijo con voz fuerte y clara, mirando directamente a un compacto grupo de sartán de Chelestra centrado en Ramu y del que salían murmullos de protesta y miradas de claro descontento.
»Un hogar, he dicho. En ello me reafirmo. Los sartán destruimos un universo para crear otro en el que sentirnos cómodos como dioses omnipotentes y solo conseguimos a causa de ello desgracia, dolor y el colocarnos en el mismo borde del abismo. Los patryn teníais similares ambiciones y os lo quitamos todo. Os arrojamos a un mundo en el que vuestra ira y vuestro odio solo os trajeron un sufrimiento incluso superior al nuestro.
»Esa es otra de las lecciones que nuestros hijos deberán recordar a partir de este día. No somos dioses. Nunca lo fuimos y nunca lo seremos. Sí, tenemos poderes que parecen dignos de dioses. Poder para destruir y construir universos, sanar o enfermar, liberar o esclavizar... Pero ni siquiera nuestro poder combinado es absoluto. Si lo fuera todo habría sido mucho más sencillo y no estaríamos en esta situación -dijo con un audible suspiro de pesar.
»Pero ni siquiera nosotros vivimos en el mundo que elegimos, sino el que se ha escogido para nosotros. Estamos en esta situación. Sabemos que hay fuerzas más grandes que las nuestras. Debemos comprender estas y otras limitaciones como única forma de superarlas y mejorar. Pues creo que ha quedado tristemente en claro que ni siquiera somos todo lo que podríamos llegar a ser.
»Un buen amigo, ya conocido por muchos de los que nos encontramos aquí reunidos, ha acuñado una frase que refleja bien esto. Al cerrar la puerta de nuestra prisión, hemos abierto muchas ventanas. Quisimos ser dioses y ahora que la Puerta de la Muerte esta cerrada hemos liberado nuestras almas del tremendo peso que solo los dioses deberían tener que soportar.
»Y no solo nos hemos liberado a nosotros mismos. ¿Quién sabe lo que encontraremos algún día si podemos volver sin peligro a los Cuatro Reinos? Cortamos las alas durante milenios a elfos, humanos y enanos, seres "inferiores" a los que insultamos llamándoles "mensch". Ahora que les hemos librado de molestas deidades, paternales o tiránicas que al final tanto daba, quizás lleguen a ser nuestros pares. Quizás nos superen y lleguen a cimas que no podemos ni imaginar. Durante milenios, las responsabilidades divinas que decidimos usurpar nos han impedido ver un mañana, no peor, no mejor. Tan solo distinto.
»Un sabio del Mundo Antiguo, anterior incluso al Gran Desastre, dijo una vez que, por suerte, nadie puede cruzar dos veces el mismo río. Nosotros hemos intentado cruzar el mismo río una y otra vez, congelándolo con nuestra magia, pero en realidad el río ha seguido avanzando con el paso lento y seguro de un glaciar. También a nosotros nos ha acabado llegando la hora de aceptar el cambio y permitir que el río siga su curso. No podemos evitar ser arrastrados por la corriente, ignorantes de las tierras a las que nos llevará. Porque si seguimos quietos, anclados en mil ciclos de rencillas e injurias, el glaciar nos aplastará y cuando no estemos se descongelará. Ha llegado la hora del cambio, repito. Ha llegado la hora de la paz.
Ovaciones y aplausos siguieron al líder sartán mientras este volvió a su asiento. Sin embargo, Haplo vio con una mezcla de pena y rabia las caras burlonas y miradas irónicas de muchos de los pertenecientes al grupo que tan duramente había increpado Baltazar. Al girarse para volver a mirar el estrado, se fijó en la cara bondadosa y sincera de su amigo Alfred. El sartán también miraba a Ramu y sus seguidores, aunque en él no había rabia, solo lastima y una profunda tristeza. Dos gruesas lágrimas rodaban por la cara del sartán.
Haplo estaba a punto de decirle unas palabras de consuelo a su amigo cuando un silencio sepulcral se apoderó del enorme edificio. Todas las miradas convergieron en las monumentales puertas de bronce del edificio, que acababan de abrirse solemnemente. Dos figuras entraron por ella. Una era la de una mujer de pelo blanco y facciones jóvenes, totalmente vestida de negro. La otra era un hombre joven de facciones increíblemente hermosas, vestido con los ropajes más ricos imaginables. Poco tenían que ver ambas figuras salvo un brillo de eternidad en sus ojos, pero mientras que los de ella parecían despedir un resplandor dorado, los de él brillaban con un rojo sanguinolento. Donde una era sombra, la otra era oscuridad.
Tanto el Dorado como el Regio (pues talen eran ambas figuras, las máximas encarnaciones del Bien y el Mal en todos los mundos) portaban en sus manos una esfera de piedra pulida del tamaño de una cabeza humana. Según pudo observar Haplo, los colores de cada esfera se correspondían con el de su portador. Mientras el Dorado llevaba un orbe de mármol níveo, el Regio traía una bola de basalto negro como una noche sin estrellas.
Rodeados por el respetuoso silencio que se había adueñado del lugar, ambos avanzaron hasta el estrado, al que ascendieron sin titubeos. Una vez sobre la elevada plataforma, se pusieron frente a Vasu y Baltazar, a los que saludaron con sendas reverencias.
-Llego la hora del juramento –dijo sencillamente el Dorado.
-Si así va a hacerse, debe hacerse ahora –asintió con tono de voz frío el Regio, para a continuación esbozar una sonrisa de malignidad pura–. Aunque antes debemos enunciar las condiciones del pacto si ha de ser valido.
El Dorado le miró con cara de disgusto, pero acabó asintiendo y volviéndose hacia la muchedumbre empezó a hablar.
-Venimos en nombre de nuestros pueblos como testigos de este pacto de alianza y hermandad entre enemigos jurados. Estas piedras pronto se unirán en una sola que, respaldada por todo vuestro poder común será símbolo visible de este acuerdo. Aunque perezcáis, devorados por el mal desatado que rige este mundo, ni esa sombra ni ninguna otra de este mundo o cualquier otro podrá romper, mellar o aún mover ese símbolo, mientras la vida florezca aún en algún lugar.
-Pero solo si la traición no surgiese entre vosotros –intervino el Regio con un cruel tono de voz que parecía prometer que tal cosa era solo cuestión de tiempo-. Cuando aparezca y se rompan los términos del acuerdo, la esfera estallará y no podrá ser reparada nunca. El acuerdo nunca podrá volver a ocurrir y vuestros pueblos quedarán abandonados a su suerte... y a nuestras mandíbulas.
El Dorado miró a su némesis con ira y el Regio respondió con una burlona sonrisa. Durante unos instantes el choque entre ambos seres pareció inevitable, ante la vista alarmada de todos los presentes en la Catedral. Al final y aunque le llevó unos momentos, el Dorado se controló y dijo lacónicamente:
-Procedamos.
Aunque el Regio chasqueó la lengua, obviamente decepcionado, inclinó la cabeza y se puso en su lugar. Siguiendo el ritual que Zifnab había descrito con todo lujo de detalles, ambos se acercaron, extendieron los brazos e hicieron que los globos blanco y negro que portaban se tocasen. Ambos se fusionaron en una esfera gris del mismo tamaño que quedó flotando en el aire, a mitad de camino de ambos, cuando tanto el dragón de Pryan como la serpiente de Chelestra se apartaron unos pasos.
Vasu y Baltazar se levantaron de sus asientos como uno solo y se acercaron a la flotante bola gris. Sin que nadie les dijese lo que tenían que hacer, apoyaron sus manos en extremos opuestos de la esfera. Brillantes luces y cegadoras tinieblas se agitaron veloces en la masa gris, a medida que la historia de sartán y patryn se volcaba dentro de la esfera, con su carga de bien y mal que decidiría bajo cual de los Dos Principios nacería la alianza resultante de aquello.
Finalmente, un blanco cegador se impuso y oleadas de suave luz empezaron a recorrer la piedra como los latidos de un corazón. Los ojos del Regio se enrojecieron, proclamando una urgente necesidad de muerte y destrucción en masa, y la sombra que le rodeaba se hizo más espesa, en abierto desafío a la luz de la Piedra de la Unión. Solo cuando su ira se disipó un poco y recuperó algo de su cruel pose habló sin palabras al dorado, con el más infernal de los odios en sus ojos y un tono de amenaza que fue percibido por todos los presentes y que hizo que muchos cayeran al suelo de rodillas, pura y simplemente aplastados por el peso de la desesperación absoluta.
-Has triunfado, prima. Tú Principio se ha impuesto. Pero te recuerdo que aún quedan muchas batallas por librar. Te prometo que te destruiré por esto, aunque no antes de que este pacto sea roto y su recuerdo extirpado de la Creación.
-Amenazas en vano. Estamos en medio de una tregua y en presencia de la Onda. No se admiten disputas entre los Principios mediante la fuerza en presencia de la Onda, ¿hace falta que te lo recuerde? –respondió sin que le temblará la voz el Dorado.
-Sea. La tregua es sagrada. Tú y tus patéticos protegidos tenéis hasta medianoche para celebrarlo. Después seguirá la guerra, como siempre seguirá, hasta mi victoria final –reconoció la serpiente, y sin una palabra más se desvaneció.
La partida del Regio fue como si un enorme peso hubiera sido retirado de encima de todos los presentes. Los que se habían derrumbado se levantaron, intentando conservar restos de dignidad, y se enjugaron con prontitud las lágrimas. Mientras tanto, el Dorado sonriendo con dulzura y una pizca de traviesa satisfacción ante la ira del Regio, había apartado a Ramu y a Baltazar de la reluciente Piedra de la Unión.
Aunque ambos dirigentes se apartaron sin resistencia, la reluciente piedra parecía seguir obrando su influjo sobre ellos, pues sus miradas seguían fijas en ella y así siguieron, apartados del mundo que les rodeaba, durante un largo rato, como si sostener lo que durante un infinito instante había parecido la fuente de todo el poder del Universo no fuera algo dentro de los límites de meros mortales.
No obstante, el dragón en forma de mujer no pareció preocuparse en demasía por el estado de ambos. Tras una rápida y fugaz mirada a ambos se volvió hacia la audiencia una vez más. Allí con voz potente y los brazos abiertos, como un mesías del Antiguo Mundo, arrancó con su voz cargada de bondad y alegría la inquietud y desanimo sembradas por las crueles palabras del Regio.
-Esta hecho. Sartán y patryn de todos los mundos sois desde hoy un solo pueblo. La brecha se ha cerrado y los rencores que manchaban vuestras almas han sido eclipsados por la luz de esta alianza. Nunca antes había habido un juramento tan sagrado como este y un veredicto tan digno de celebración como este. Pocos habrá en el futuro. Mirad la luz de esta piedra en los días más inciertos del mañana. Esta luz será vuestro faro en la noche más negra. Esta luz es vuestro destino final, un destino que tendréis que ganaros con vuestros actos cada día, pero que acabará haciendo de este mundo un lugar más dichoso y feliz. Aunque a muchos no os lo parezca, hoy es un día de alegría y celebración, de paz y amor. Un día de todo lo que alimenta a mi estirpe y nos hace fuertes. Haceos también vosotros fuertes en el amor antes que en el odio a vuestros enemigos. Qué el amor crezca en vuestros corazones sin limites ni barreras y venceréis al mismo Laberinto.
Haplo, aún impresionado por los acontecimientos y aturdido por la magnitud de las fuerzas que habían sido liberadas por breves momentos, empezó a aplaudir con toda la energía de su cuerpo. Toda la Catedral de la Alianza, incluso el recalcitrante grupo de sartán de Chelestra, se llenó de aplausos atronadores. Sin embargo, el Dorado pidió silencio con los brazos extendidos y siguió hablando.
-Los hay que merecen más este reconocimiento que yo. Hoy es el día de uno que durante mucho tiempo ha luchado por reunir las ramas divididas de su pueblo. Uno que ha cumplido con éxito una larga y dura misión y que se ha ganado un descanso. Una pequeña tristeza para los que le conocemos en medio de la felicidad de este día –explicó con un atisbo de pena en los ojos el dragón-. ¿Te importaría entrar, amigo y maestro?
Sartán y patryn se giraron a una hacia las puertas aún abiertas de la Catedral. Recortadas contra la luz que entraba por ellas había dos nuevas figuras. Una de ellas, con un aspecto parecido al de un vagabundo apaleado, respondió a la pregunta del Dorado en tono infantil y alegre:
-Por supuesto que sí, tía Em. Pero antes tengo que despedirme del Espantapájaros y del Hombre de Hojalata. Y de la Bruja Buena del Norte y de los Monos Alados y de unos cuantos más. ¿Me acompañas, Toto?
Con un suspiro salido más de la costumbre que de verdadera exasperación, la otra figura (más alta y atlética que la de su acompañante) asintió en silencio y entró en la Catedral de la Mano de su señor. Zifnab y "su" dragón se encaminaron hacia Alfred, Marit y Haplo.
