El inmensamente poderoso, ocasionalmente brillante y definitivamente loco sartán, quien lo mismo se creía el poder supremo del Universo que una tierna muchachita de un lugar del Antiguo Mundo llamado Kansas, se acercó a los tres lentamente, sin prisas, mientras silbaba una cancioncilla que Haplo tenía la sensación de haber oído antes. ¿En Pryan tal vez? Sí, se respondió al ver la ligera expresión de fastidio en la cara humana del dragón. Era la música de una canción de taberna élfica que Zifnab había fingido usar para controlar a su dragón.
Aquella representación había tenido un toque de genialidad. Especialmente la del dragón, que había fingido oscilar entre un ridículo servilismo y una ferocidad carnicera. La de Zifnab había tenido menos mérito. Solo había tenido que fingirse loco del todo, lo cual no resultaba demasiado difícil para un chiflado de remate... Aunque el viejo sartán y su dragón se las habían apañado para dársela con queso a un montón de mensch y a cierto patryn obsesionado con la idea de ser identificado por sus enemigos los sartán, de los que entonces aún no conocía su destino. Pues bien, un sartán (loco, para más inri) le había reconocido como patryn antes incluso de verle por primera vez y a pesar de las precauciones de Haplo, Zifnab se las había apañado para tomarle el pelo y manejarle como si fuera un juguete. Sí, la de aquel sartán era una locura peculiarmente lúcida.
A pesar de lo inadecuado de la situación, una sonrisa asomó a sus labios al recordar su más bien patético papel de marioneta durante su viaje por Pryan. Mientras Haplo rememoraba hechos pasados, el desastrado mago llegó hasta ellos. Como prueba de su locura peculiarmente lúcida, cuando se fijo en los tres (la figura alta y musculosa de Haplo cerca de su atractiva y amada esposa Marit, con el bueno de Alfred en un discreto segundo plano), sus ojos brillaron bajo el ala de su sombrero de punta torcida de una forma muy especial. Un brillo sin relación con magia alguna, aparte de cuanto mágico haya en la alegría y la inocencia. No obstante, no había demasiada lucidez en la aflautada e infantil voz con que les preguntó en su susurro:
—Qué hacéis todos aquí, amigos? Esto parece una fiesta, pero creo que esperáis a alguien... ¿Estáis esperando a alguien importante? No puede ser el Emperador Palpatine... acaba de irse. Debe de tener a medio hacer otra Estrella de la Muerte. Tampoco puede ser el Doctor No. ¿El doctor Sí, quizás? —fue diciendo sin que Haplo ni nadie supiese en ningún momento a quienes correspondían tales nombres—. ¡Ah! ¡YA SÉ! ¡Estáis esperando al Mago de Oz! –gritó de pronto con una risita infantil, a la que Haplo no pudo evitar unirse.
—Si están esperando a un poderoso mago, señor, pero debo insistir en que te des prisa. El mago debe llegar muy pronto para hablar ante toda esta gente y tienes que haberte despedido ya de estos compañeros para cuando el mago llegue —dijo el dragón de Pryan con tono severo.
—Vaale, esta bien, Toto. No seas aguafiestas. Si va a venir un mago por aquí, ya habrá bastantes aguafiestas sueltos... Estos magos. Siempre refunfuñando y mandando, como el pesado de Gandalf y ese flacucho de Raist... —rezongó en respuesta Zifnab a su dragón mientras miraba a Haplo a los ojos—. Bueno, Hombre de Hojalata, deja de reírte. Toto cree que hablamos para la Historia y que el Día de Mañana se podrían ofender si descubren que por aquí nos reíamos mientras hacíamos cosas importantes. O sea, que el Día de Mañana, el mundo va a estar lleno de Pedantes Insufribles En fin... —añadió con un suspiro, antes de seguir hablando.
»Sabes, creo que al final no estáis esperando al Mago de Oz. Debe de ser otro mago. Tú querías llegar a la Ciudad de las Esmeraldas para tener un corazón bueno y generoso. No es que lo necesitarás, pero al final tuvimos que darte un empujoncito en la dirección adecuada. No te tortures demasiado. Metiste mucho la pata al principio, hiciste bastante daño, pero tenía que pasar. Y al final ayudaste a mejorar lo que te encontraste al llegar. Que las pesadillas no te torturen, amigo mío. Los remordimientos no tienen cabida en alguien como tú. Y no te preocupes por Xar. Estoy seguro de que al final comprendió el porque de tu lucha. Si quieres le llevó recuerdos de tu parte. No creo que tarde mucho en verle —aseguró mientras abrazaba fuertemente a Haplo
»En cuanto a ti, pequeña, poco tengo que decirte. Ayuda a este muchacho. Se hace el duro, pero en el fondo va a necesitar mucho amor para dejar de ser un solitario. Búscale algo que le ocupe las manos y la cabeza sin riesgo. Nada de andar por ahí exterminando caodines en masa o discutir con Alfred acerca del sentido de la vida toda la noche. Si se atreve a hacerlo, oblígale a encargarse a mano de las labores de la casa. Con ocho críos te aseguro que se le pasará pronto la melancolía. Y si aún así reincide, no te preocupes que ya me enteraré y le enviaré a Murdock y a M.A. a hacerle una visita. Tan solo una cosa más, querida. Cuéntales cuentos sobre el chiflado de Zifnab a tus pequeños, ¿te importará? Me haría muy feliz ser algo más que una nota a pie de pagina en una enciclopedia —le dijo a Marit a continuación, con ojos en los que asomaban las lagrimas.
»Y a ti, mi sesudo y torpe Espantapájaros. ¿Qué te voy a contar que no te hayas dicho tú mismo? Tengo que decirte que el León Cobarde se va a enfadar contigo. El valor era para Él, no para ti. Tú querías un cerebro, aunque parece que al final no necesitabas el cerebro y sí el valor. Bueno. No te preocupes. Ya hablaré con él y le diré que ha sido una confusión y tú... tú dile que te lo confiscaron en el aeropuerto y se acabó el problema —terminó estrechando con fuerza la mano de Alfred.
Ninguno de los tres dijo nada. Finalmente ellos y el resto del auditorio habían acabado entendiendo el significado de las palabras del Dorado, que seguía esperando junto a la radiante Piedra de la Unión y a los aún en trance Baltazar y Vasu, y de la emotiva despedida que acababa de dedicarles Zifnab. A pesar de sus rarezas y su destacado papel en el cierre de la Puerta de la Muerte, Zifnab había llegado a ser una figura muy querida por muchos de los habitantes del Nexo (especialmente en el caso de los más chiquitines) y de pronto la Catedral parecía pequeña para contener las emociones intensas y, en ciertos casos, contradictorias que inundaban las mentes de los presentes.
—Señor... —dijo una vez más el dragón.
—Sí, vamos ya —respondió de mala gana el sartán mientras soltaba la mano del confundido Alfred y se dirigía en silencio hacia el estrado, flanqueado por miradas de comprensión, cariño y pena. Solo una mirada reflejaba algo distinto, un profundo desprecio y un odio aún mayor. Como alertado por un sexto sentido, Zifnab se paró en seco y se volvió hacia la fuente de esa mirada. Al identificar la fuente, soltó un bufido de hartazgo y mal humor.
—Ramu, claro. Tú y el Regio debéis ser los únicos seres en toda la Creación capaces de odiar en este momento y en este lugar. Tu padre comprendió al final y al menos tuvo la mala excusa de hacer lo que hizo en nombre de lo que creía un bien mayor, pero tú, tú vas camino de convertirte en una triste parodia de dios justiciero y vengador, pero sin justicia por la que cometer venganza.
—No te atrevas a hablar de mi padre, traidor. Primero intentaste impedir la Separación. Te opusiste a un universo perfecto y en orden. Después no quisiste enviar a nuestros enemigos a un reformatorio en justo pago por sus aborrecibles crímenes. Dejaste morir a mi padre en las mazmorras de Abarrach y después con la ayuda de tus... aliados me engañaste y me hiciste acudir con mi pueblo aquí, para obligarnos a unirnos a nuestros antiguos enemigos para usarnos como marionetas en esa guerra que libran contra las serpientes dragón —respondió o más bien gritó Ramu en respuesta, mientras el Dorado y el acompañante de Zifnab agitaban sus cabezas en gesto de pesar, aunque algunos murmullos aislados de asentimiento surgieron de entre los sartán más cercanos al consejero.
—No voy a enzarzarme ahora en una disputa contigo, Ramu. Mi destino me aguarda. Pero se consciente de que esa actitud te llevará a la ruina. Es posible que os llevé a todos a la ruina. No tengo más que decirte. Adiós, Ramu. Lamento que no te parezcas más a tu madre.
Sin hacer caso de la mirada recriminatoria y colérica de Ramu, Zifnab reanudó la marcha hacia la palestra. Sin embargo, en vez de subir por los escalones que permitían el ascenso a la plataforma, miró alarmado a uno y otro lado, como buscando algo.
—Lo he perdido. No puedo hacerlo. Tengo que encontrarlo —dijo como para si mismo mientras se ponía de rodillas y con la nariz pegada el suelo parecía husmear el rastro de algo.
—Tienes el sombrero sobre tu cabeza, señor. En cuanto a los zapatos rojos, Dorothy los perdió al volver del país de Oz, pero eso no importa, porque ahora tienes que ser Zifnab. Tan solo una última vez más, amigo. Una vez más y todo habrá terminado —dijo con tono desgraciado el dragón.
Al oír la voz del dragón, Zifnab se levantó del suelo, dándole la espalda al dragón. Cuando se giró para mirar a los ojos del que había sido su amigo, compañero y apoyo durante milenios, la locura había abandonado por completo su mirada. El sartán intentó decir algo varias veces, pero las palabras parecían incapaces de salir de su boca.
—Tengo miedo —consiguió murmurar al fin—. Tanto miedo como durante... durante...
—Lo sé, amigo. Todos teméis a la muerte. Pero tú, más que nadie, sabes que esa sombra es falsa, un irracional temor. En parte gracias a ti, un destino mejor os aguarda más allá de las barreras del tiempo y el espacio. Durante la Separación pediste un deseo, pero se te concedieron dos. El segundo fue la promesa de que nunca volverías a estar solo. Yo te acompañaré todo el camino. Tú solo tendrás que dar solo el último paso. Un poco de valor y todo acabará, amigo y señor.
Aunque la cara del mago se arrugó en una mueca de angustia y sus labios palidecieron por la tensión, finalmente asintió y con los ojos cerrados y apoyándose torpemente en el caballero albino de negros ropajes en que se había transformado el dragón de Pryan, subió hasta el estrado. Allí abrió los ojos y su mirada se cruzó con la del Dorado.
En ese momento, pareció recuperar el aplomo y se volvió hacia todos los asistentes. Cuando habló su voz era firme, segura y enérgica, sin rastro de la debilidad que le había asaltado momentos antes o de los incomprensibles referencias que salpicaban sus delirios.
—Hola, mis niños. Estoy aquí para despedirme de vosotros. Este es mi último paso. Mis últimas palabras de este lado de la Muerte y por tanto os rogaría un poco de atención. Después podéis escupir cuando oigáis cualquiera de mis nombres o reverenciar mi recuerdo, que poco me va a importar. Pero en estos últimos momentos y después de todo lo que he pasado para conseguir alcanzar este momento, exijo un poco de respeto y de atención.
»Acabo de caer en la cuenta de que soy el ser vivo más viejo que existe. Más incluso que los venerables aquí presentes. Ellos y sus contrapartidas malignas nacieron con el nefasto error al que conocemos como la Separación, pero yo soy el más viejo de los sartán supervivientes de los que vivíamos en aquella época. Más viejo en años y mucho más viejo en vida, pues cuando vosotros habéis tenido que confiaros al sueño de la magia para sobrevivir, yo he seguido viviendo y sufriendo a lo largo de estos siglos interminables. Baltazar hablaba antes de cargas que no están hechas para mortales y si las vuestras fueron pesadas, os aseguró que la mía lo ha sido bastante más. Aspiro a que hagáis buen uso de mi sacrificio.
»Quizás en beneficio de los patryn que aún no conocen mi historia, de los sartán de Abarrach y aquellos jóvenes de Chelestra cuyos mayores les ocultaron su pasado deba decir algo acerca de mi pasado. Me conocéis por el nombre de Zifnab, aunque el nombre rúnico bajo el que nací es Darlum, el Caminante en mi lengua sartán. Viví en el Antiguo Mundo y formé parte del Consejo de los Siete. Fui el único que se atrevió a desafiar a Samah, mientras el noble líder del Consejo les metía el miedo en el cuerpo a mis compañeros hasta que logró que aceptasen la Separación de los Mundos. Ese día dije que somos como gotas de agua en el océano que al movernos en la misma dirección formamos mareas, corrientes y olas. A pesar de mi oposición al plan, Samah no se atrevió a enviarme al Laberinto junto con los sartán a los que había tildado de herejes y los derrotados patryn. La captura de los patryn y las purgas intestinas nos habían costado mucha sangre y mucho poder. El Consejo de los Siete estaba asustado ante la posibilidad de que incluso con todo el poder sartán acumulado en la Séptima Puerta la Separación pudiera salir mal. Aunque fui depuesto, mi poder era grande y respetado y no permitieron a nuestro líder condenarme al Laberinto.
»Creo que ni siquiera mis colegas en su momento de máximo terror hubieran estado dispuestos a seguir adelante con el plan si hubieran sabido las consecuencias que traería eso. Pero no las sabían y siguieron adelante. Todas las gotas se movieron con todas sus fuerzas en la misma dirección y provocaron un maremoto. Yo había logrado escapar de las garras de Samah, de la antigua ciudad que los sartán habíamos hecho nuestro hogar en el Antiguo Mundo, un lugar de gran belleza llamado Roma.
»Pero no pude escapar del poder liberado a través de la Séptima Puerta. Vi a los desgraciados mensch a los que había tratado de ayudar morir a miles. La tierra se agrietaba y escupía fuego, los cielos se tornaron negros... Hay dos palabras en lenguas antiguas que definen bien lo que fue la Separación: Apocalipsis, el Final, y Armagedon, la Última Batalla. Mientras mis semejantes destruían el mundo, gracias a mi magia fui capaz de protegerme momentáneamente, hasta que fui el último ser sobre un mundo moribundo.
»Allí, en medio de la soledad más espantosa que nunca haya conocido ser alguno, tuve de un tiempo para reflexionar en el pasado de sartán y patryn. Ambos pueblos descendemos de un tronco común, aunque nuestra magia, nuestras lenguas y nuestro mismo aspecto se ha diferenciado con los años. Eso era algo sabido pero no admitido. Todo lo más, los sartán reconocíamos en nuestros enemigos una rama aberrante de sartán desviados. Mientras la destrucción proseguía imparable y el grito de millones de muertos aún zumbaba en mis oídos, juré que si salía de aquel infierno en que habían convertido la Tierra, no descansaría hasta reunir a patryn y sartán en un solo pueblo para evitar que por odio volviesen a cometer un error de tal magnitud.
»No esperaba respuesta a mis súplicas. Entonces ni siquiera yo creía en la existencia de un poder superior al de la magia rúnica de nuestros pueblos, pero como descubrí entonces estaba equivocado. La esencia misma del Bien y del Mal presentes en el mundo adquirieron la facultad de manifestarse físicamente en el mismo momento de la Separación. Me concedieron la oportunidad de llevar a cabo mi deseo. Me dieron poder superior al que nunca nadie de nuestro pueblo haya tenido y la inmortalidad hasta el día en que mi misión quedará cumplida. También me concedieron el don de la locura, gracias al que pude sobrevivir llevando en mi interior la angustiosa carga de lo visto durante la Separación.
»Mientras el mundo acababa de deshacerse bajo mis pies y la creación de Ariano, Pryan, Abarrach y Chelestra comenzaba, fui llevado al Laberinto. Gracias a mi recién adquirido poder logré cruzarlo en pocos años, en compañía del que desde entonces ha sido mi compañero inseparable —siguió tras una mirada de profunda gratitud a su amigo el dragón.
»Pronto se me hizo patente que el Laberinto daba alarmantes muestras de desgobierno, aunque aún no había revelado toda la malignidad de la que ahora hace gala. Logré llegar al Nexo antes que ningún otro de los prisioneros de este mundo y tras una corta estancia en la que dejé atrás libros con los que esperaba la justa ira de los patryn se aplacará al ver la grandeza y armonía del plan sartán, abandoné este mundo. Pronto descubrí el problema: las encarnaciones del Mal puro habían seguido a Samah al hermoso mundo de Chelestra y el Consejo de los Siete después de deshacerse de la Séptima Puerta no se habían atrevido a exponer a los Reinos Separados a la infección que eran las serpientes dragón. Aunque el problema fue diagnosticado correctamente, el tratamiento fue desastroso. En lugar de intentar combatir los graves fallos de la Separación mediante la suma de poderes, Samah debilitó aún más a los sartán aislándolos en mundos incompletos en los que tuvieron que luchar por la mera supervivencia, recurriendo para ello a estrategias demenciales o simplemente desesperadas como la nigromancia en Abarrach o la creación de los titanes en Pryan.
»En fin, el resto es historia conocida. Samah logró congelar (en todos los sentidos) a las serpientes dragón en los océanos de Chelestra y yo y mis aliados permanecimos a la espera en Pryan, mientras la situación en los Reinos Separados se agravaba y la locura del Laberinto degeneraba, creando el caldo de cultivo para la aparición de Xar. La Puerta de la Muerte, el previsto paso entre los mundos, estuvo muy cerca de hacer honor a su nombre al permanecer cerrada tanto tiempo. Xar al decidir explorar los Reinos Elementales desencadenó involuntariamente una cadena de acontecimientos que nos han llevado al presente y al cumplimiento de mi tan ansiado objetivo.
»Y ya esta. No ha sido tan malo, creo yo. También en esto he sido afortunado. He sido uno de los pocos hombres que han leído su panegírico. Os recomiendo la experiencia. Os aseguro que da que pensar... Y ya me voy. Hora de devolver lo que se me dio. Adiós. Good Bye. Arrivederci. Sayonara.
Sin más palabras y tras una arcaica reverencia sartán de respeto hacia el Dorado, un apretón de manos a "su" dragón y una mirada de despedida al atento público, apoyó sus manos sobre la Piedra de la Unión. Su cuerpo pareció brillar levemente y ese brillo se unió al de la piedra, que aumento su luminosidad. En ese instante, Zifnab apartó las manos y retrocedió varios pasos, con respiración irregular y jadeante.
—Y así termina todo y una parte de mí os acompañará siempre —dijo débilmente, antes de agregar con una sonrisa picara—. Me... encanta que los planes... salgan bien.
Y tras pronuciar estas palabras se desplomó sobre el suelo y exhaló su último suspiro.
